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lunes, 15 de mayo de 2023

CANSANCIO VITAL

Me costó mucho tiempo identificar esa sensación que me envolvía cada anochecer, cuando el mundo se detenía una vez que todas las tareas del día quedaban liquidadas. Siempre pensé que ese momento debía ser el mejor de todos. De pequeño imaginaba que cuando nos íbamos a dormir y todo permanecía en calma, los adultos se dedicaban a esas cosas maravillosas y secretas que sólo ellos conocían y que todos deseábamos averiguar porque, al fin y al cabo, en eso debía consistir eso de crecer y hacerse mayor.

Al principio lo achaqué al cansancio físico. No estaba acostumbrado, todavía, a ser adulto y al nivel de exigencia en ese plano que esa condición conllevaba. Suponía que con el paso del tiempo iba a acostumbrarme, que sin darme cuenta el propio devenir de los acontecimientos me iba a preparar para sobrellevarlo todo. De chaval nunca me había parecido ver a ningún adulto cansado de la vida.

Pero he llegado hasta aquí (y no son pocos los años) y la cosa no ha mejorado. El tiempo no cura una mierda. En este caso, lo empeora todo. Tal vez, eso sí, aporta conocimiento de causa aunque no siempre.

No sé cómo explicarlo, ni siquiera si es necesario hacerlo, pero es un cansancio violento, agresivo. O al menos, ese es el efecto que me produce. No es una violencia dirigida a nadie ni a nada. Simplemente, no quiero saber nada, no quiero hablar con nadie ni necesito que nadie venga a reconciliarme con el mundo. Por eso lo siento violento porque te aísla y te cubre con un manto que te separa de todo lo demás. Definitivamente, aísla y en consecuencia, divide.

No será el ingrediente primordial de la sopa pero, sin duda, ayuda y mucho a esta vida desconectada que caracteriza nuestra sociedad. Es un cansancio que destruye toda posibilidad de relación con el otro. No hay nada de qué hablar ni que compartir. Se vive en un estado de pasividad absoluta donde esta inacción la vives con dolor pero no puedes dejar de vivirla. Es un circuito cerrado, no hay escapatoria dentro de los parámetros que se consideran correctos para ser considerado un buen ciudadano.

Otra característica que le confiere ese carácter violento es que este cansancio no tiene correspondencia con el plano físico ni con el mental de la vida.

No tengo un trabajo agotador físicamente que justifique este estado (ni siquiera la crianza es justificación). Por supuesto, no debería existir ningún trabajo que agotara mentalmente hasta el extremo. Sé que los hay pero lo son más por como lo encaran las personas que lo ejercen que por la importancia extrema del asunto. La Tierra seguirá girando cuando el último ser humano haya desaparecido por muy especial e importante que sea la función que desempeñe.

Ojalá este cansancio tuviera que ver con mi aportación al mundo, ya me gustaría sentir sobre mis hombros el peso de una responsabilidad ineludible que justificara tanta violencia. Pero no, nada de eso. Es un cansancio injustificable, es un cansancio anodino que sólo responde a la más absoluta inoperancia a la hora, simplemente, de ser.

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miércoles, 30 de marzo de 2022

!A DESBROZAR¡

Eliminar los obstáculos o impedimentos que dificultan una acción.

Me gusta esta acepción del verbo desbrozar. Con seguridad es la menos utilizada de todas pero se ajusta como un guante a la idea que me ronda por la cabeza si trato de definir con cierto grado de precisión en qué se ha convertido (si es que no ha sido siempre así) mi vida y la de tantas personas a lo largo y ancho del globo.

La acción por antonomasia es vivir. Nada hay más importante y más simple a la vez. Sin embargo, qué difícil se vuelve en este mundo insensible que todo lo convierte en mercancía, en objetos sujetos a la extracción de beneficio tras lo cual no nos queda más que ser simples desechos.

Pasamos la vida tratando de desbrozar los caminos por los que queremos transitar. En el esfuerzo, ni siquiera llegamos a advertir que esos caminos están más que despejados. Prácticamente existen sólo para que la gente como tú y como yo los transitemos. Y a pesar de eso, a pesar de haber sido andados por millones antes que nosotros se hace imposible no desbrozarlos día tras día. Caminos diseñados para que jamás consigamos llegar a ninguna parte pero tengamos la sensación de haber hecho lo imposible por lograrlo. Ya lo decía el poeta, se hace camino al andar aunque no vayamos a ningún sitio en particular.  

Es una locura. De las primeras cosas que tratan de inculcarte es de la necesidad de escoger un camino, de trazarte unas metas, ir a por ellas… Todo eso dota de sentido tu vida, te dicen. Se supone que pasas gran parte de vida aprendiendo (desde tu casa, la escuela, la sociedad, los medios…) la mejor manera de transitar esos caminos y resulta que apenas te han enseñado nada. Nadie te ha explicado la verdadera naturaleza de esos caminos. En definitiva, nadie te ha enseñado la cara real de la vida, la que no entiende de teorías abstractas sino que sólo reconoce la práctica cotidiana.

Y así vas pasando, tratando de eliminar unos obstáculos que no sabías que te ibas a encontrar porque has estado toda la vida siguiendo las instrucciones supuestamente correctas. Has cumplido a pies juntillas con el plan preestablecido. Pero al parecer, ese plan sólo funciona en determinadas condiciones. Condiciones tan particulares que tan sólo un porcentaje muy reducido de la población está en condiciones de cumplirlas. Este pequeño grupo poblacional coincide a la perfección con el poseedor de la gran mayoría de la riqueza material del planeta. Pero ni siquiera esa gente queda exenta de la obligación de desbrozar para seguir su camino (aunque nada que ver con el trabajo que debemos realizar el resto de los mortales).

Esta ingente tarea debería prepararnos, servirnos de entrenamiento para cuando tratamos de abrir nuevas vías por las que el discurrir de nuestras vidas sea más aproximado a lo que llevamos en nuestros corazones y nuestras mentes. Pero no lo es, no sirve de nada. Ni contamos siempre con las mismas herramientas para desbrozar ni los obstáculos con los que nos encontramos son siempre iguales. En muchas ocasiones, desconocemos por completo las razones por las que nos esforzamos tanto en desbrozar, simplemente, lo hacemos. Es lo que nos han enseñado, es lo que hemos querido creer.

Pero al parecer, aquello de que uno todo lo puede y todo lo tiene en su mano no acaba de ser del todo cierto. Más nos hubiera valido aprender a manejar herramientas para desbrozar que toda esa charlatanería barata. Mejor dicho, ojalá haber comprendido antes que las herramientas están ahí, a nuestro alcance… al alcance de todos. Porque sí, esas herramientas son colectivas y siempre han estado ahí. Sólo desde ahí, desde lo común uno puede empezar a desbrozar con cierto sentido su camino. No sólo eso, sino que también es posible compartir esas herramientas sin que necesariamente implique tener que llegar al mismo lugar que el resto. Sin duda, aprendizajes maravillosos que nadie nos procuró (aunque tal vez sí y no supimos verlo) y que tal vez no acabemos de descubrir jamás o seamos incapaces de llevarlos a cabo ante la sobredosis individualista que acarreamos.

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domingo, 21 de febrero de 2021

ARRAIGAR PARA CRECER



“Si no nos cuidamos nosotros, ellos no lo van a hacer”

Esta frase con algunas ligeras modificaciones llevo ya un tiempo oyéndola (bastante largo, demasiado) en los pocos espacios que todavía se pueden compartir.

Yo, demasiado ingenuamente me temo, me vuelvo a ilusionar pensando en que esta vez sí, esta vez ha llegado la hora de la autoorganización, del reconocimiento entre iguales frente a jerarcas de todo tipo. En definitiva, de la solidaridad y el apoyo mutuo.

Sin embargo, de manera casi inmediata, algo se dispara y saltan las alarmas. Los viejos temores, las experiencias vividas y sus posteriores reflexiones y aprendizajes vuelven a primera línea.

¿Quiénes son ellos? Y más importante todavía ¿Nosotros?

Me es fácil imaginar que el ellos se refiere a los políticos. No sé si a todos o cada uno anda pensando en los que no son de su cuerda. Quisiera equivocarme.  Aun así tengo claro quiénes son ellos para mí y va más allá de cuatro títeres políticos. Pero lo que me preocupa, sobre todo, es el nosotros. Porque tengo la sensación que ese nosotros deja fuera a muchísima gente. De hecho, dudo que ese nosotros vaya más allá de un pequeño círculo al que consideramos como nuestros iguales. Ya no queda un nosotros colectivo, ese tiempo pasó. En la actualidad vivimos dispersos, en todos los sentidos. Pasamos por la vida con un programa de mínimos, simplemente vivir sin que nos molesten ni ser molestados. Lo han conseguido, creemos que esta máxima es posible cuando la realidad es que este objetivo aspiracional no es nada más que convertirse en una perfecta pieza del engranaje que te atrapa mientras crees vivir una vida plena. Andamos desorientados y desarraigados, literalmente hablando. Vivimos simplificando, mostrando indiferencia y surfeando un eterno presente con una manera de hacer que oscila entre el egoísmo capitalista que nos empuja a pasar por encima de todos y la inmersión en el primer fenómeno de masas que se nos cruza por delante.

¿Es posible un nosotros en estas condiciones? ¿Es acaso deseable?

No lo sé, no tengo repuesta. Pero lo que sí sé es la necesidad de arraigar. Arraigar en el sentido de vincularse a otros, de establecer relaciones fuera de paradigmas mercantiles y de interés. Construir un nosotros por el mero hecho de reconocernos como iguales y saber que eso es un buen punto de partida. No es fácil en este mundo de apariencias en el que hemos crecido pero dejar las máscaras sociales atrás también es necesario. Sólo así es posible dejar de ver todo lo que se mueve en los márgenes como algo socialmente reprochable o directamente, criminal. En los márgenes es donde existe la posibilidad de arraigar, a partir de ahí tenemos la posibilidad de crecer.

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viernes, 22 de enero de 2021

MIEDO EN TUS OJOS

Hace tiempo escribí un texto que empezaba tal que así:

“El miedo siempre está presente. Es una emoción básica y uno de los motores para bien o para mal, de las sociedades humanas.

Siempre he oído que hay que hacerlo cambiar de bando; pero el miedo está en ambos lados. Simplemente, unos tienen las armas y las herramientas para protegerse de sus miedos. Otros, nos las negamos.”

Hoy, el miedo está muy presente en nuestras vidas. Fundamentalmente, miedo a perder lo que cada cual tenga, miedo a que nada sea igual por mucho que lo que hubiera con anterioridad no fuera precisamente lo ideal, lo deseado… pero, al fin y al cabo, era algo y era de cada uno. Lo peor de esto es que nadie más allá de los afines (ojalá sea así) va a hacer nada para quitarnos ese miedo. Más bien al contrario.

El miedo sirve de instrumento de control de las masas y ayuda a moldear un hecho cultural (el famoso relato) y un instrumento de gobierno político a medida de unos pocos. Nos machacan a diario, dicen que con la intención de concienciarnos, azuzan para que el miedo no pare de crecer. Lo hacen a través de una inmensa tela de araña que conforma la maquinaria del Poder (medios de comunicación, policía, ejército, partidos políticos, sindicatos,...) nos exigen grandes sacrificios a nivel personal así como una competitividad salvaje que nos convierte en enemigos hasta de los supuestos “nuestros”; nos obligan a aceptar un moldeamiento de las conciencias para encajarlo todo; Sobre todo, nos sentencian a una sumisión total.

Al trenzar este cúmulo de temores consiguen configurar una herramienta para el chantaje individual y colectivo, previa depreciación de la vida en beneficio del mercado y de la supuesta seguridad y bienestar colectivo. Cuando impera el miedo es más fácil encontrar enemigos, señalarlos y hacerles culpables de cualquier cosa. Más fácil para aquellos que lo necesitan, para los mismos de siempre. Se vive mucho mejor con un enemigo al que culpar.

Y el miedo va minando, se nota en los rostros de la gente, lo ves en esa pequeña franja que queda visible en esta normalidad impuesta. Lo intuyes en el resto del cuerpo. Nos achicamos y se crecen. Nos desarmamos y nos encierran. Lo aceptamos y siguen ganando. El miedo se extiende poco a poco y junto a su hermano el cansancio se antepone a todo y se acaba convirtiendo en conformismo y pasividad, en una inercia de rendición. A pesar de toda la propaganda nada bueno va a salir de aquí.

En esta situación todo se complica. La línea temporal se rompe, sólo el presente importa, aquí y ahora. Trabajar y consumir. Nada más, no hay propuesta alternativa. En este tipo de no vida, se cultiva el miedo para evitar la búsqueda de lo distinto: para evitar que la imaginación traspase las fronteras del presente. Se cultiva el miedo como distracción, para evitar que la precariedad de nuestras vidas nos empuje a pensar en nuevas formas sociales que desborden lo diseñado para nosotros. Es por eso que en las situaciones de miedo se aprovecha para legitimar el poder a base de  leyes que no encuentran respaldo alguno; son sólo el resultado de una prueba de fuerza. Y esta fuerza no es más que la capacidad de infundir miedo, es decir, el método más rápido de lograr un control social necesario para que todo siga igual (o peor).  


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jueves, 26 de diciembre de 2019

SELIGMAN Y LAS LUCES DE NAVIDAD

Estamos jodidos. El mundo se va a la mierda, mejor dicho, nosotros nos vamos a la mierda como especie arrasando con todo lo que encontramos a nuestro paso. Porque el mundo seguirá aquí cuando no seamos más que un recuerdo lejano en la memoria del universo.

Sin embargo, vivimos en la época de la felicidad, la felicidad por decreto. La felicidad como meta. Nuestro objetivo en la vida es procurarnos la felicidad, como si tal cosa estuviera en nuestras manos, como si esa dichosa felicidad existiera y pudiera admirarse en cualquier escaparate comercial o, simplemente, comprarse desde el sofá del salón. ¿Acaso no es así como funciona?
Hasta la ONU tiene instaurado el Día Internacional de la Felicidad (el 20 de marzo, ¿será casualidad que coincida con la llegada de la primavera?) ¿Se puede tener más poca vergüenza? La misma organización que dice estar luchando por erradicar la pobreza, el hambre y todo tipo de calamidades provocadas por las injusticias estructurales en las que se apoya la sociedad moderna (de la que la misma ONU es uno de sus mayores representantes); pretende que festejemos la felicidad mientras contemplamos las muertes de millones de seres humanos cada año auspiciadas y permitidas por los mismos que dirigen ésta y todo el resto de organizaciones que aseguran existir por y para el bien de la humanidad.
Pero claro, todo está en ti. Si tú eres feliz que más dará el resto.

Seligman, uno de los padres de la psicología positiva tan en boga en la última década y que tanto daño ha hecho y sigue haciendo, afirmaba haber encontrado la fórmula de la felicidad. Nada más y nada menos. Todo muy científico para que la gente lo creamos a pies juntillas y no reparemos en las donaciones millonarias que alentaron la creación de dicha corriente psicológica y su posterior encumbramiento.
Como decía, Seligman definió la “auténtica felicidad” de la siguiente manera: la Felicidad es la suma de nuestra herencia genética, nuestros actos voluntarios y nuestras circunstancias. Por circunstancias se refería al entorno vital (nivel socio-económico y educativo, situación laboral, entorno familiar, lugar donde vivimos…) A todo esto le adjudicaba un peso del 10% dentro de la ecuación. A nuestros actos voluntarios un 40%, y a la herencia genética el 50% restante.
Así que… ¡Tantachán! Se obró la magia. A poco que tu genética te haya tratado bien, resulta que la felicidad está en tus manos, en tus actos voluntarios. Ya sabes, si estás jodido es porque TÚ quieres.
Los gobernantes lo entendieron rápidamente. En muchos de los Estados modernos, los tratados constitucionales explicitan que el Gobierno y toda su maquinaría tienen como deber último trabajar por la felicidad de sus ciudadanos (o por su bienestar como se indica en las Constituciones más recientes). Si el objetivo es ser feliz y el Estado está aquí para garantizarlo, lo único que deben procurar es alentarte y convencerte de que tú puedes. Para qué legislar asegurando unas condiciones materiales dignas, para qué procurar un mundo con justicia y libertad si, simplemente, basta con propagar la buena nueva: ser feliz es fácil, está en tus manos, no busques excusas en nosotros.

Así que ya sabes, embelésate con las luces, sé feliz en tu burbuja y no mires atrás… así todo irá bien. 
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lunes, 27 de agosto de 2018

SÓLO CUANDO TE DETIENES…

Sólo cuando te detienes, ni que sea por un breve periodo de tiempo, y consigues apearte del ritmo habitual de una vida que se empeña en ir a toda velocidad, tienes la oportunidad de saborear y hasta casi entender muchas de las sensaciones que experimentas a diario y van conformando tu experiencia vital.


Me puedo detener porque no trabajo durante unos días, vacaciones. Me puedo detener porque por fin todos estamos en casa sin atender a más cuestiones que a las que nosotros queramos; moviéndonos, viviendo al ritmo que nos marcamos, desacompasados de la métrica habitual que nos acelera hasta hacernos perder el sentido de la realidad.

Estos pequeños oasis en el tiempo vienen a corroborar algo en lo que siempre he creído. El trabajo, la ocupación, esa ansia por mantenernos activos (más allá de satisfacer las necesidades que lamentablemente sólo podemos realizar a través del salario o su equivalente), es el verdadero enemigo de cada uno de nosotros. Esa centralidad del trabajo que se ha impuesto y que hemos aceptado en nuestras vidas. Ese seguimiento ciego del precepto religioso del “ganarás el pan con el sudor de tu frente”… Como si la vida hubiera que ganársela, como si no fuera suficiente con estar aquí para vivir, ha permitido que, durante muchísimos años, cada vez un número mayor de seres humanos hayan renunciado a enfrentarse a la pesada carga del sentido y de la libertad humana.

Así es como estas cuestiones se han ido convirtiendo en abstracciones cada vez más alejadas de nuestra realidad hasta prácticamente desaparecer de nuestro horizonte intelectual y transformar sus significados en nuestro vocabulario habitual. Y como siempre sucede, lo que no se nombra, no se piensa y lo que no se piensa, no existe.

El camino ha quedado bien abonado para que crezca la semilla de una sociedad abúlica, incapaz de ejercer como tal y formada por seres con una falta absoluta de capacidad para, si quiera, imaginar una vida diferente. Y los pocos que sueñan con hacerlo (y los menos que tratan de vivir ese sueño) son considerados por sus propios congéneres como peligrosos y, por supuesto, unos completos vagos que no aportan nada al bien común. Esos mismos son los que idolatran a los héroes modernos, en su mayoría verdaderos parásitos sociales, y adoran a una clase dirigente que vive alejada del mundanal ruido defendiendo unos intereses ajenos a los de sus admiradores.

Cuando te detienes, puedes observar y reflexionar sobre ello. Sobre todo, puedes observarte y hasta tener el valor de reconocer que no te reconoces en tu forma de vivir. Puedes conversar, pensar, planear, soñar, tomar decisiones, amar… todo acciones consideradas peligrosas para el buen funcionamiento social. Por eso necesitan que no nos detengamos, que no tengamos tiempo de parar. Trabajar (sea en un empleo o en su búsqueda) es lo que debe hacerse hasta que nuestras reservas físicas y mentales queden bien diezmadas y ya no podamos ofrecer beneficios. A partir de ahí, pasar lo más desapercibidos posible y, a poder ser, no tardar mucho en morir no sea que resultemos una carga demasiado pesada para la sociedad. Esa es la vida de un buen ciudadano, un buen hombre. Ese es el sentido de nuestra existencia para el mundo en el que vivimos.


Por eso detenerse es malo, porque ofrece la oportunidad de empezar a vislumbrar otros mundos, otros sentidos de la vida.
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viernes, 8 de junio de 2018

UTOPÍA O DESASTRE






La lucha del hombre contra el poder,
es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera.

La mayoría de las crisis a las que nos enfrentamos son manifestaciones de un mismo mal: una lógica basada en la dominación por la que se considera que la mayoría de seres humanos somos simples cosas de las que se pueden prescindir. Esto mismo, se aplica al planeta mismo en el que habitamos.



En primer lugar, es necesario que seamos capaces de reconocer las conexiones existentes y los intereses que se esconden tras las guerras, las migraciones forzosas, el cambio climático, la absoluta dependencia de los combustibles fósiles, el racismo, la represión, la violencia contra el débil como forma de situarse en el mundo… Como decía, todo esto no son compartimentos estancos. Todo sigue una lógica y obedece a unos intereses.

Generación tras generación vamos aprendiendo a pensar en compartimentos estancos. El paradigma de la terapia rápida y centrada en la solución se impone y nos condena a prescindir del trabajo de largo alcance, de soluciones duraderas que nos parecen siempre inalcanzables.

La necesidad de recuperar el pensamiento utópico es acuciante. Cada año que pasa queda menos rastro, al menos en Occidente, de otra forma de vida que no sea la vivida bajo el capitalismo en cualquiera de sus diferentes formulaciones. Además, pronto ni siquiera quedará el recuerdo del llamado Estado del Bienestar, ya que las nuevas generaciones sólo conocen el yugo del capitalismo salvaje y competitivo que no ofrece ninguna contrapartida por mínima que sea. En estas condiciones es difícil poder llegar a soñar, ya no digamos pensar y realizar, una alternativa que evite el cataclismo hacia el que nos conducimos.

Estamos totalmente integrados en el esquema del capitalismo, somos sus hijos y sus perpetuadores. De esta forma, la capacidad de exigir nada que no sean pequeñas reformas o reajustes al marco actual se nos escapa. Mantenemos la capacidad de decir NO; pero cada vez nos queda más lejos la posibilidad de proponer. Entre otras razones, es esto lo que hace tan maleables y fáciles de aplacar los movimientos de protesta surgidos en las últimas décadas.

Hemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario.

Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.

Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida.
Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

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viernes, 20 de abril de 2018

ES CUESTIÓN DE TIEMPO QUE TODOS SEAMOS TERRORISTAS

Esta semana se ha iniciado el juicio por una de las mayores y más graves farsas orquestadas por el Estado en los últimos tiempos. Ocho chavales están siendo juzgados, acusados entre otras cosas de terrorismo, por una pelea en un bar a las cinco de la mañana en Altsasu (Navarra). Les piden hasta 60 años de cárcel, tres de ellos llevan ya más de 500 días en prisión preventiva.

Hay numerosa información y muchísima más desinformación sobre el tema, el que quiera averiguar que averigüe. No pretendo hacer una crónica de nada, sólo quiero tratar de aclarar algunas ideas y ordenar pensamientos que surgen ante este hecho que, desgraciadamente no es aislado ni mucho menos. Los montajes, la represión, la incesante necesidad de crear enemigos públicos… en definitiva, alimentar el miedo de la gente para justificar un constante fortalecimiento de las estructuras policiales y judiciales. Pilares básicos del Estado y garantes de su control sobre la población.

¿Cómo es posible que una pelea con resultado de fractura de tobillo y contusiones varias sea calificada como acto terrorista? Sencillo, en las últimas dos décadas se han creado las condiciones necesarias para ello.

En 1998, el héroe por antonomasia del progresismo nacional y eterno refundador de la izquierda, Baltasar Garzón introduce y asienta las bases, a través del conocido como sumario 18/98, de lo que a partir de entonces se conoce como la teoría del entorno o el manido “todo es ETA”. Bajo este paraguas, todo el mundo se convirtió en susceptible de ser juzgado bajo el paraguas de la lucha contra el terrorismo. Esto se vería refrendado en el año 2000 con la firma del pacto antiterrorista por parte de PSOE y PP.
Dando un salto en el tiempo nos encontramos en 2015, donde al calor de los atentados yihadistas se firma un nuevo pacto. Aquí se da una vuelta de tuerca a la definición de terrorismo, ampliando el rango a todo aquello que el Estado considere contrario a sus intereses y dejando la puerta abierta a lo que está sucediendo en la actualidad. No sólo en este caso sino en tantos otros donde cualquiera es susceptible de ser acusado de terrorismo. Anarquistas, comunistas, artistas varios, periodistas, miembros de movimientos sociales, activistas vecinales, tuiteros y un largo etcétera están envueltos en causas judiciales de este tipo.

Pero todo este proceso sólo ha sido posible por la permisividad de una sociedad constantemente bombardeada con terribles noticias y ensimismada en su felicidad consumista que ha recibido con los brazos abiertos cualquier medida en beneficio de su supuesta seguridad. Sin sospechar siquiera que cualquiera, por buen ciudadano que crea ser, es susceptible de convertirse en el enemigo si el Estado lo necesita para fortalecerse.
La imposibilidad de articular respuestas políticas potentes al margen de las estructuras de los partidos que siempre acaban por fagocitar todo movimiento social, ha hecho triunfar la lógica de la exigencia de más y más legislación para resolver cualquier cuestión que nos afecte. Esto facilita mucho el trabajo de cualquier Estado a la hora de promulgar leyes en defensa propia que, por supuesto, siempre son vendidas como beneficiosas para la sociedad.


Volviendo al caso de Altsasu, no dudo que esos chavales van a comer mucha más cárcel y que sus vidas y las de sus familias están jodidas para siempre. Ojala me equivoque, pero el juicio será una farsa absoluta sin posibilidad real de defenderse. Lo peor es que existe un amplio sector de la población que se alegrará de que esto sea así, sin ser capaces de entender la magnitud de las consecuencias que tienen para todos. Básicamente, si no estás con el poder puedes ser considerado un terrorista y, si es así, no sólo tú, sino todo tu entorno, sufrirá las consecuencias.

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sábado, 3 de febrero de 2018

¿DESUBICADOS? YO, AL MENOS, SÍ


Así me siento. También perplejo ante mi incapacidad de entender lo que me rodea. La propia marcha de lo cotidiano se me escapa. No comprendo nada y, cada vez menos, a nadie.

Habitamos varios mundos en paralelo. Cada día vivimos varias vidas que las consideramos como nuestras y ya no estoy seguro siquiera de que alguna de todas sea verdadera.

Compartimentos estancos. El trabajo, la familia, las amistades, militancias varias… Somos personas diferentes en cada situación. Parece como si existiera una desconexión dentro de nosotros en cada ámbito. Lo que sucede en cada compartimento se queda ahí. No parece tener relación alguna con el resto. Nos engañamos pensando que es una buena estrategia, adaptativa. Buscamos entre las teorías de última hora algún término que nos convenza y lo conseguimos. Nos creemos inteligentes emocionalmente, socialmente adaptados, resilientes, empoderados o cualquier otra etiqueta que nos convenga. Lo que sea con tal de no ver la etiqueta que realmente arrastramos con nosotros, somos carne de cañón.

Tal y como vivimos, desconectados unos de otros sin ser capaces de ver las relaciones entre lo que nos sucede y lo que les sucede al resto, estamos destinados a ser como hojas secas. Caídas en el suelo y a merced del viento, moviéndonos al son que nos mandan y en la dirección a la que somos empujados.

Todos los campos de nuestra vida están interconectados. Las vidas de la mayoría están conectadas entre sí. Y no sólo eso, sino que además están atravesadas por decisiones tomadas por gente que nada tiene que ver con nosotros. Y lo peor es que les dejamos hacer y les damos la razón a pesar de que la mayoría de las veces, estas decisiones vayan en contra de nuestros deseos, nuestras aspiraciones e intereses.

Somos como camaleones que tratamos de adaptar el color que más nos conviene para pasar inadvertidos en cada situación, para no diferenciarnos, que no se fijen en nosotros por si acaso. La diferencia puede comportar el estigma y eso nos puede conducir a una vida vivida en los márgenes, haciendo inalcanzable los sabrosos frutos de una existencia consumista. Y al parecer, nadie quiere eso. Todos queremos disfrutar de ese modelo. Queremos experimentar la posesión de los objetos, hasta de las personas como fuente de felicidad.

Me siento desubicado en una sociedad como esta, no la comprendo. Sé que somos muchos así, algunos conscientes de su manera de sentir. Otros, la mayoría, todavía no. Saben que las cosas no son como les gustaría, que su vida no es la que habían soñado tantas veces de pequeños pero no logran identificar la causa de esa desazón, el porqué de esa sensación de vivir permanentemente desubicados, fuera de lugar.



Lo saben y nos ofrecen vías para canalizar esa inquietud, para mostrarnos que estamos equivocados y que no hay de qué preocuparse. Ocio controlado y diseñado para no sentirte fuera, para tener la sensación de pertenencia y de que valen la pena los sinsabores diarios, las penurias cotidianas. Ocio narcotizante que nos mantiene aferrados a una existencia irreal, una existencia que transitamos pero que no vivimos, virtual. Nos deslumbran, nos engatusan y nos hacen creer que eso es lo que debemos hacer. Ahí reside su concepto de felicidad, el que nos tienen reservado. Nos lo creemos y nos entregamos gustosos como autómatas programados para no pensar y no sentir nada fuera de lo predeterminado. Pero no es suficiente, nunca lo es. Puede enmascarar la realidad durante un tiempo pero a la larga sólo hace que aumentar la insatisfacción. Lo cierto es que de esa insatisfacción se nutren para mantener constante el flujo de personas aferradas a esa ilusión de felicidad.



Somos nuestras propias víctimas al aceptar esas vías. Hemos desplazado los puntos de referencia que nos permitían ubicarnos en el mundo de forma natural y los hemos sustituido por otros a los que hemos dado categoría de guías absolutos. El dinero, la acumulación, el consumo, el trabajo asalariado, la apariencia… Todos factores ajenos a nuestra propia naturaleza que han usurpado un lugar que no les corresponde y han engendrado seres desubicados, antinaturales. Con vidas donde prevalecen el egoísmo, el odio al otro, la competitividad, la falsedad…



La necesidad de reencontrar un eje de coordenadas que nos permita ubicarnos de nuevo como lo que realmente somos es acuciante. Seres que nos apoyamos los unos a los otros, solidarios, dispuestos a no dejar caer a ninguno de nuestros semejantes, sin miedo de mostrar nuestra naturaleza, orgullosos de ella.

Yo, al menos, es ahí donde estoy. Tratando de ubicarme de nuevo en un mundo de claroscuros pero con una gran cantidad de potencial dispuesto para iluminarlo y hacer que las vidas valgan la pena ser vividas a cada instante.


miércoles, 3 de enero de 2018

NO QUIERO SER COMO ELLOS


Cambio de año, tiempo de reflexión, de análisis y de nuevos propósitos para mejorar nuestra vida mientras seguimos dando vueltas alrededor del sol y acumulando experiencias y muescas en nuestro cuerpo y nuestra mente. Así es como año tras año se suelen plantear estas fechas.
No tengo lista de buenos propósitos, hace tiempo que dejé de leer cuentos de hadas. Tal vez debería recuperar esa costumbre, seguramente eso me ayudaría a soñar con más nitidez.
Para este año y desde hace tiempo sólo tengo clara una cosa: no quiero ser como ellos. Tengo la convicción de que a partir de ahí llegaré a saber, o al menos me acercaré a la comprensión, de lo que me gustaría que fuera y lo que deseo que sea.
No quiero ser como los que ven el mundo desde la óptica de la posesión y la propiedad. Los que consideran la vida una mercancía más con la que negociar y obtener beneficio, que creen que puede ser prescindible si con ello se consigue un beneficio.
 
No quiero ser como los que anteponen el análisis económico a cualquier decisión que deban tomar. Haciéndolo en función de la rentabilidad. Esos que desconocen o, simplemente obvian, sentimientos y experiencias como la belleza, la solidaridad, la alegría o el dolor.
 
No quiero ser como los que voluntariamente deciden obviar lo perverso y criminal del mundo en que habitamos para disfrutar de su vida material. Los que bloquean deliberadamente sus sentidos para no sentir nada, a excepción del gusto que utilizan para comprobar cómo cada día se alimentan y mantienen su estómago lleno.
No quiero ser como los que callan por miedo a ofender o al qué dirán y luego descargan toda su rabia sobre los que les rodean convirtiendo sus vidas en infiernos. Los que actuando de esta forma reproducen infinitamente el modelo que critican y perpetúan el dolor.
No quiero ser como los que se indignan sentados en el sofá, ante la tele o el ordenador y claman al cielo para que se haga justicia pero son incapaces de ver esa injusticia a su alrededor y de mover un solo dedo para remediarla.
No quiero ser como los que aseguran tener la verdad y critican a todo aquel que intenta actuar para modificar el orden y las circunstancias de lo que no le gusta, pero jamás mueven un dedo ni se arremangan para demostrar al mundo su tan preciada verdad.
No quiero ser como los que viven asumiendo que las cosas son como deben ser y nada se puede hacer para que ocurran de modo diferente. Los seguidores del fatalismo y la resignación, del orden establecido, en definitiva, no quiero ser como los que se conforman con recibir las migajas mientras otros sólo reciben muerte.
No quiero ser como los que a la primera encrucijada recurren a la seguridad de los medios, a las verdades construidas para defender intereses que les son ajenos. Los que jamás cuestionan la versión oficial y creen sin ningún tipo de remordimientos en todo aquello que les dictan al son de la música del poder.
No quiero ser como los que consideran unas muertes más importantes que otras, unas vidas más preciosas que otras. Los que justifican toda las atrocidades del mundo mientras no sean ellos los que las sufren y les permitan mantener una vida artificial repleta de paliativos que enmascaran la infelicidad galopante.
No quiero ser como los que renuncian a sus sueños porque llegó la hora de madurar y asumir que la vida no siempre es como uno desea. Los que se mienten diciéndose que es el momento de convertirse en un buen ciudadano y no asumen la derrota personal que están sufriendo, la claudicación.
No quiero ser como los que se lamentan del tiempo perdido y no ven que siempre hay tiempo. Los que dan por buena cualquier excusa para retrasar indefinidamente la toma del control de su existencia.
No quiero ser como los que dicen vivir una vida estupenda mientras se pudren día a día en sus trabajos, en sus casas, con sus eventos sociales y luego acuden a la red para dejar claro que deberían ser objeto de envidia y de admiración por parte de sus congéneres.
No quiero ser como los que se vanaglorian de ser empleado del mes, ciudadano modelo o esposo ejemplar.
Existen muchos ellos como los que no quiero ser. Pero estoy convencido de que hay muchos más con los que comparto camino y con los que acabaré coincidiendo a lo largo del trayecto. La dificultad y la belleza estriba en que ese trayecto está por hacer, en muchos casos hasta por pensar y, sobre todo, por recorrer. Pero quiero creer que sabiendo cómo no quiero que sea, poco a poco, el horizonte se irá aclarando y me permitirá ver con mayor nitidez la senda que voy construyendo.
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miércoles, 19 de julio de 2017

EL FACTOR ESTADÍSTICO



Hace unos días, en una de esas conversaciones con amigos típicas del verano, que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan; un buen amigo recordaba una sentencia de su profesor de estadística el primer día de clase: “La estadística es el arte de engañar con números”.

Y los números están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma.

Así, la estadística se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.

Día tras día, se esgrimen estadísticas para demostrar las bondades del modelo socioeconómico y político del que formamos parte. Vemos cómo el factor estadístico nos dice que estamos en un momento de euforia colectiva a nivel económico y, sin embargo, cada día están más llenos los comedores sociales, los desahucios se multiplican, las puertas traseras de los supermercados en las que muchos esperan el sustento que no pueden conseguir por otros medios, se convierten en escenarios improvisados de la tragedia cotidiana de miles de personas.

La estadística nos dice que el salario medio en España ronda los 22.000 euros anuales pero apenas conocemos a personas con esos ingresos y, sin embargo, conocemos a muchísimos con trabajos precarios por debajo del salario mínimo.

También nos cuentan las estadísticas las bondades del capitalismo. Una de ellas es el aumento de la esperanza de vida a nivel global situándola por encima de los 70 años. Sin embargo, se olvida de mencionar los 3 millones de niños menores de 5 años que mueren de hambre cada año, es decir, seis niños por minuto. Al parecer no todos los números valen lo mismo ni necesitan ser conocidos ni difundidos.

Así, también en la política, vemos cómo el factor estadístico se impone al comprobar la manera en que los partidos políticos se apropian de la representación del pueblo por amplias mayorías al recibir vía votación el respaldo de, en el mejor de los casos, el 15% o el 20% de la población total.

Todo son estadísticas, números que justifican acciones causantes de muertes que, sin embargo, reflejan un supuesto bienestar social. Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que la estadística tiene un uso todavía más perverso.

El factor estadístico determina lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida.

En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven.

En el ámbito de la salud, el factor estadístico decide quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo.

También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.

Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero.
 

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jueves, 21 de julio de 2016

DESCONFÍA DEL PREDICADOR


Predicar es defender o extender una doctrina o unas ideas, haciéndolas públicas o patentes. Es pronunciar un discurso o un sermón de supuesto contenido moral. También tiene una acepción en la que dice aconsejar o reprender a una persona, amonestándole o haciendo observaciones para persuadirle de algo.

Todo esto y más es lo que hace el predicador, una figura muy extendida en estos tiempos (probablemente a estas alturas ya todos tengamos a varios en mente) Habitualmente, un predicador necesita de un púlpito para hacerse oír y, de eso, hoy en día vamos muy sobrados. En la época de la interconexión, de la información (o desinformación según se mire) cualquiera es susceptible de convertirse en predicador. Desde el Gobierno, la Iglesia, la Patronal, los medios de comunicación, la cúpula del partido, el comité de empresa… pero también en la asamblea de tu colectivo, en tu grupo de amigos, en cualquier página de Internet… Muchos son los que sienten la necesidad de predicar la verdad, su verdad.

Desconfía del predicador que se atribuye una superioridad moral y/o intelectual para explicarte cómo funciona el mundo y en qué nos hemos estado equivocando, que asegura ser el portador de todas las respuestas y conoce todos los hechos habidos y por haber.

Desconfía del predicador que sabe en cada momento qué es lo que debes hacer, cómo debes pensar y cómo tienes que sentirte al respecto.

Desconfía del predicador que se sitúa a sí mismo como ejemplo a seguir, como faro intelectual o espiritual en un mundo de penumbras peligrosas.

Desconfía del predicador que afirma conocer la solución a tus problemas pero jamás se detiene a preguntar por ellos puesto que sus razonamientos son infalibles y carece de sentido el tener que apoyarlos en nada que no sean sus propias teorías.

Desconfía del predicador que se erige como el guardián de una teoría, la única, capaz de hacer realidad la salvación de la humanidad; que se atribuye la potestad de señalar a los que cumplen los preceptos de forma ortodoxa y a los que no son más que falsarios vendedores de humo cuyo único propósito en la vida parece ser reventar el inevitable triunfo de la verdadera teoría.

Desconfía del predicador que utiliza todos los medios a su alcance para bombardear intelectualmente, desconfía de mí. Lo que escribo es fruto de mis reflexiones y mis vivencias y, probablemente, sólo me sirva a mí en el mejor de los casos. Desconfía y que esa desconfianza te lleve a la duda y a la necesidad de reflexionar y experimentar, en definitiva a vivir. No rechaces sin más al predicador porque eso te lleva a convertirte en uno más que se dedica a replicar y repetir consignas y opiniones que carecen de sentido si no van acompañadas de la práctica en la vida cotidiana. Predicar es fácil, cualquiera puede hacerlo (yo mismo sin ir más lejos) y en una época en que el espectáculo es lo que prima la figura del predicador gana adeptos a cada segundo convirtiéndonos en meros hinchas fanáticos de uno u otro. Lo complicado es acompañar con hechos a las palabras. La coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos es la única manera de transitar por esta vida con un mínimo de certidumbre acerca de nuestro camino. Cuando esto sucede, sobran los predicadores. Hechos y palabras son necesarios pero siempre que caminen a la par.

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domingo, 28 de septiembre de 2014

A VECES HAY QUE DETENERSE PARA SEGUIR


Llevo una temporada de renovación. Necesito espacio y estoy vaciando cajones, armarios y demás y está siendo una experiencia más que interesante.

Ando recuperando escritos propios, recortes de periódicos y textos que he ido guardando por diferentes motivos a lo largo del tiempo (material de cuando las “cosas iban bien”, y de cuando dejaron de “ir bien”) y, sinceramente, me está permitiendo redescubrir algunas cosas que ya intuía y en cierto modo sabía.

En primer lugar, me está permitiendo constatar de nuevo que la vida es puro humo en la inmensa mayoría de las ocasiones y de los casos. Da igual el escenario que se nos ponga delante, ya sea en un momento de eso que llaman crecimiento económico y empleo a borbotones, ya sea en plena crisis y máximo desempleo, parece que se repiten las mismas dinámicas sociales e individuales. Antes y ahora prima el mismo modo de funcionar entre las personas, inconexo y carente de emoción social; incapaz de pensar y obrar más allá del interés personal inmediato. Esto me lleva a pensar que en las constantes llamadas que se hacen al cambio y la revolución, a la lucha contra la tiranía y el poder andan un tanto cojas. Por un lado, nos centramos en ir contra los que ostentan el poder, olvidándonos de nosotros mismos. Aunque esta lucha triunfara repetiríamos constantemente los mismos errores si no somos capaces de entender que no somos más que el producto refinado de un modelo social que nos empuja hacia lo inmediato y lo superficial siendo así que cualquier lucha acaba convirtiéndose en pura reforma por mucho que queramos vestirla con los ropajes más radicales. Por otro lado, se produce un fenómeno por el cual cuanto más consigue el sistema crear individuos desconectados entre sí y con una falta absoluta de empatía, más energía debe destinar la sociedad (de la que todos formamos parte) para mantenerlo. Así, todo el esfuerzo que deberíamos dedicar a satisfacer las necesidades reales se canaliza en trabajos absurdos y protestas estériles que, queriendo o no, sólo consiguen el efecto de perpetuar la situación.

También veo que la industria de la muerte sigue campando, como siempre, convertida en uno de los motores de este salvaje sistema. Esto es una constante inherente al capitalismo, es imprescindible matar y destruir para mantener la máquina viva, para que los engranajes funcionen a la perfección es necesario engrasarlos con sangre. Da igual la época y las razones esgrimidas, siempre ha sido el maldito dinero (lo vistan de motivos geopolíticos, religiosos, o de lo que quieran vendernos). Una y otra vez se fomenta el miedo y el terror, creando enemigos, convirtiéndolos en la excusa perfecta para continuar con el despliegue militar tanto en el exterior como en el interior de cualquier país. Se aprovecha la constante miseria a la que nos somete el sistema, tanto económica como ética, para fomentar el patriotismo ya que es muy seductor como válvula de escape ya que permite focalizar la culpa de la situación en el diferente. Pero, por encima de todo, permite mantener una situación de enfrentamiento entre los desheredados de cada sociedad que imposibilita cualquier intento de internacionalización revolucionaria. Llegados a este punto no podemos engañarnos, en la situación actual la revolución es una cuestión de todo o nada. Cualquier revolución individual será aplastada sin remisión, sólo es posible revertir la actual situación mediante una reacción internacional en cadena que imposibilite cualquier intento de represión.

El afán de consumir y poseer sigue creciendo día tras día, da igual que no tengamos siquiera las necesidades básicas cubiertas, parece que no podamos evitar que la vida gire en torno a lo superfluo, a cosas que realmente no son necesarias para vivir. Han conseguido que estos objetos prescindibles sean los únicos capaces de hacernos sentir ilusión por seguir adelante. Este afán permanece intacto en la base de los fracasos de la mayoría de experiencias prerrevolucionarias que se vienen dando alrededor del mundo, convirtiéndolas normalmente en movimientos tendentes al reformismo. Inevitablemente, se acaba imponiendo una especie de “realismo” que obliga a perseguir objetivos supuestamente factibles que, en caso de conseguirse, acaban siendo ampliamente superados en otros ámbitos por las constantes agresiones del poder. Están muy bien las reformas pero no van más allá de aspectos irrelevantes que tan sólo sirven para maquillar la situación y, sobre todo, para desgastar las energías de los que se deciden a luchar por algo.

Afortunadamente, también constato que somos muchos los que seguimos aprendiendo y trabajando con el objetivo de ir construyendo el tipo de vida que queremos vivir, buscando e indagando en múltiples vías que de forma más o menos acertada acortan la distancia entre lo que pensamos y lo que vivimos. Si conseguimos desprendernos de la inmediatez con la que el sistema nos obliga a vivir y somos capaces de compartir experiencias sin prejuzgar desde los dogmas de cada uno, podremos dar un paso importante por ese camino revolucionario que tan largo parece. Soy consciente de que está lejos la posibilidad de una revolución digna de tal nombre, sin embargo, hay que estar preparados para reconocer las pequeñas oportunidades y experiencias prerrevolucionarias que se van gestando o van surgiendo en momentos puntuales para ir ampliando el espectro de gente dispuesta a avanzar y, sobre todo, para no torpedearlas si no cumplen con la ortodoxia que cada uno considere como la única capaz de llevarnos hacia una nueva sociedad.

lunes, 9 de julio de 2012

MENTES PRECARIAS*

* Una de las acepciones de precaria: que sólo es poseída como préstamo y a voluntad del dueño.

El desarrollo voraz del sistema capitalista y de su maquinaria de adiestramiento ha permitido alcanzar un nuevo estadio en la evolución de la mente humana, sobre todo en la llamada sociedad occidental: la mente precaria.

La mente precaria, a diferencia del resto, no se rige por la acumulación de experiencias, ni por el descubrimiento de patrones formales, ni por relaciones causales, ni por ningún otro parámetro habido o por haber. Se rige por las órdenes directas de su amo, quien en su infinita bondad le cede espacios de autonomía para dirigir los aspectos más básicos del día a día del cuerpo que le da cobijo, pero nada más.

Es decir, una “gran mente” (o el conjunto de los dominadores del mundo) rige a millones de mentes precarias (o la inmensa mayoría de los dominados) que vivimos en la más absoluta ignorancia con respecto a este hecho.


Hay que reconocerle cierto mérito a este sistema criminal. Aunque tengas todos los medios a tu alcance no es fácil conseguir este nivel de efectividad. Requiere de mucho tiempo y esfuerzo dedicado a manipular y adoctrinar generaciones enteras de mentes para alcanzar esta generalización de la precariedad mental. Ha sido necesario desplegar todos los tentáculos de una maquinaria infernal llamada capitalismo, al igual que ha sido imprescindible el soporte logístico ofrecido por su necesario aliado el Estado.

Alcanzar tan rotundo éxito sólo ha sido posible al situar en el centro de esta maquinaria al sistema educativo (convertido en obligatorio por el bien de la humanidad) desplazando a un segundo plano a la, hasta hace poco, estrella del amaestramiento de fieras: el sistema represivo (judicial, policial y penitenciario) que, no por ello, ha perdido su vigencia y su importancia sino que, simplemente, ha pasado a ser el plan B por si falla la educación de las mentes.

Sin duda, estos dos sistemas son el eje fundamental en el que se basa la precarización de la mente actual.
 

Si imaginamos la mente precaria como uno de esos adosados exactamente igual a los tropecientos que le rodean formando una urbanización (o sistema), tenemos que los pilares centrales encargados de aguantar la mayor parte del peso los forma el sistema educativo. Durante décadas, millones de personas hemos pasado por este filtro encargado de modelarnos y adecuarnos a las necesidades de cada momento histórico. La misma introducción de este sistema responde a la necesidad de producir en serie combustible humano para alimentar el engranaje de la recién llegada sociedad industrial. Desde ese mismo instante se vislumbró el potencial de la educación estatal y de la imperante necesidad de universalizarla. Esta necesidad se ha visto colmada independientemente del tipo de régimen político instaurado y de la supuesta orientación ideológica del mismo. En todos estos lugares el sistema escolar tiene un objetivo primordial más o menos oculto: transmitir y asegurar la asimilación de una necesidad de ser enseñados.

De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo, allanando de esta manera el camino a la precarización de las mentes. Junto a esta enseñanza, también nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Esto nos lleva irremediablemente a la aceptación de toda clase de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la “gran mente” se encarga de medir y catalogar.
 

Junto a estos pilares centrales de los que hablábamos tenemos toda una serie de tabiques que compartimentan nuestra mente precaria y que conforman esa sociedad para la que nos prepara la escuela: la sociedad de consumo. Vivimos en un sistema en que la capacidad de consumir/devorar (perfectamente medible) nos hace más o menos valiosos. Es nuestra obligación mantener a toda costa nuestro nivel de consumo si no queremos vernos degradados socialmente. Esto sólo es posible si somos poseedores de una mente precaria que nos impide vislumbrar tan siquiera el sadismo de este tipo de organización social. El consumo desaforado que ayudamos a mantener a cada paso sólo es posible a costa de la vida de millones de seres humanos, a fuerza de reducir a la condición de esclavitud a gran parte de la población mundial y a estar a punto de llegar a la meta en la absurda y desastrosa carrera por la destrucción del planeta.


Para mantenernos dentro de este terrible modelo social tenemos las paredes exteriores del adosado (es preciso señalar lo bien que la palabra adosado describe el concepto de mente precaria como algo no natural). Estos muros de contención están formados por el sistema represivo en que se basa todo Estado-Sistema (policial/militar, judicial y penitenciario). Nuestras vidas se rigen por unas leyes ajenas a nosotros, diseñadas y puestas en marcha por esa “gran mente” que nos domina precisamente para asegurar su control. Todo el sistema represivo está diseñado para impedir cualquier intento de subvertir el orden establecido y para asegurar que la distribución de los recursos en su totalidad se hace en la dirección correcta). Pero la élite dominante no se conforma con eso. Nuevamente, a través de la precarización de las mentes ha logrado que la inmensa mayoría esté totalmente de acuerdo con el sistema y esté dispuesta a apoyarlo hasta las últimas consecuencias. Nadie cuestiona la existencia de un ejército que tiene la potestad de tomar el mando de la situación en cuanto lo estime oportuno. No existe ninguna duda acerca de que los cuerpos policiales deben existir porque, al parecer, todos somos unos desalmados y necesitamos a alguien que se nos controle y nos reprima. Qué decir de las cárceles, vendidas como centros de reinserción (nunca he comprendido el significado de esto) pero cuyo principal objetivo es mantener recluido a cualquiera que sobre en este sistema (por su condición social, su manera de pensar, su origen étnico,…). Lo que es innegable, es que estos muros exteriores se van mejorando a cada minuto que pasa, haciendo de la mente precaria una fortaleza casi indestructible.


Por último y como es sabido, los adosados (mentes precarias) suelen formar parte de urbanizaciones (grupos sociales). Aquí entra en juego el último elemento de la jugada maestra de la “gran mente”, los jardines que embellecen y mantienen unidos a todos los elementos del grupo social. Estos jardines están formados por los medios de desinformación masiva y por la industria del entretenimiento. Estas dos vertientes se conjugan perfectamente creando todo un mundo de apariencias en el que vive la mente precaria. Nos suministran la información precisa para hacernos ver lo afortunados que somos, y lo mal que podríamos llegar a estar si se produjera cualquier alteración del orden establecido. Nos ayudan a crear una identidad colectiva (reforzada por la industria del entretenimiento) mostrándonos a los nuestros y marcándonos a nuestros enemigos. Este doble sistema (desinformación y entretenimiento) hace que las mentes precarias ocupen toda su capacidad en espejismos y cortinas de humo (no sea caso que todo lo descrito anteriormente haya dejado el mínimo resquicio a la capacidad crítica que se nos presupone a los seres humanos) y las mantiene en una falsa actividad durante toda su existencia.


El plan es absolutamente genial pero, como todos los grandes planes, no es infalible. La clave es ir al origen, a los cimientos de la mente precaria y no desperdiciar energías en luchas estériles por podar el jardín o cambiar el color de los muros.

El principio del fin de esta dominación pasa por romper con el sistema educativo (de adiestramiento), con sus enseñanzas sobre todo las ocultas. Pasa por recuperar el control en nuestro proceso de autoconstrucción como seres humanos y en poner en primer plano la libertad en todos sus ámbitos. También pasa por reconocernos como iguales pero no en la precariedad mental sino en la potencialidad de construir nuevos cimientos que todos poseemos.

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