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lunes, 17 de junio de 2019

CANSANCIO Y CONTROL



Retomando el último texto publicado en el blog, sigo dándole vueltas a como parece ir evolucionando el modelo social en el que estamos inmersos y las diferentes consecuencias que eso tiene para nosotros.
Hablaba de esa sociedad de la cadena de montaje, de la fábrica, de su rigidez de valores, en definitiva, de esa sociedad tan atada en corto. Así en ese momento se podía ver claramente aquello que más la definía en ese aspecto.
Una sociedad de control delimita claramente con sus muros físicos lo aceptable de lo inaceptable, convirtiendo así en locos y/o criminales a todos aquellos que no encajan en el estrecho marco de acción que estable. Sus parlamentos, sus cárceles, cuarteles, hospitales, colegios,… se encargan perfectamente de esta función. Sin embargo, toda esta maquinaria es harto pesada de mantener engrasada y a pleno rendimiento. Y vemos como, poco a poco, con la aparición y el predominio de ese nuevo modelo donde la fábrica pierde peso y la economía financiera (con todo lo que implica) se hace dueña y señora, surge la necesidad de acotar su funcionamiento para tan sólo casos especiales. Adoptando una nueva forma para su desempeño diario mucho más “económica” y que consume menos recursos y, por tanto, que la proporción del pastel a repartir entre las élites sea mayor. Una forma de control que es una “consecuencia natural” (así lo predisponen las teorías científicas) de la sociedad de consumo y del emprendimiento en la que estamos hundidos hasta el cuello.
Ahora el controlador ya no es externo, nosotros mismos nos encargamos de realizar esta labor. Y parece que lo hacemos realmente bien. La verdad es que nos lo ponen fácil. Basta con hacernos creer que lo tenemos todo a nuestro alcance, que cualquier hijo de vecino puede ser el nuevo rey del mambo y llevar una vida de lujo para que entreguemos todo nuestro arsenal de rebeldía interior. Miedo, avaricia, idiotez… razones múltiples que conducen al mismo lugar: sumisión a las reglas que otros han diseñado para nosotros.
Abandonada toda esperanza, nos lanzamos a la carrera por los senderos marcados, sin darnos cuenta de que todos son circulares. Todos nos llevan al punto de inicio, o lo que es lo mismo, a ninguna parte. Porque en esta sociedad, el final de la carrera es la muerte, sólo con el movimiento perpetuo puedes mantenerte a flote dentro de ella. Aunque eso signifique cronificar un cansancio vital que nos lleva a una especie de suicidio del espíritu, a una vida artificial, vacía. Ese cansancio vital es uno de los mayores factores de control en este nuevo modelo. A veces, lo podemos identificar como conformismo o apatía, pero en cualquier caso, eso no surge de la nada. Nace de una estrategia predeterminada por la que la velocidad se ha apoderado de todas nuestras acciones, no sólo produciendo beneficios para los capitalistas sino que también en todo aquello que debiera definirnos: el amor, la reflexión, la lucha y la resistencia, el compromiso… todo debe hacerse rápido, todo nos cansa en extremo. Así, es difícil no caer en el fracaso una y otra vez. Así es como nos sentimos cada vez más cansados, más derrotados, más predispuestos a controlarnos y ser controlados. Nos conduce a un inmovilismo vital que nos encierra en nosotros mismos o, en el mejor de los casos, en pequeños grupos humanos creados alrededor de una idea común que con el paso del tiempo se vacía de significado, si es que alguna vez lo tuvo.
El bucle puede no tener fin, quién sabe. Lo único cierto, al menos para mí, es que pasan los años y nada parece cambiar, nada hace sospechar que podamos ser capaces de romper sus paradigmas, sus estrategias. Aunque siempre he creído que en la derrota es donde uno empieza a vislumbrar la esperanza.
 

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viernes, 8 de junio de 2018

UTOPÍA O DESASTRE






La lucha del hombre contra el poder,
es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera.

La mayoría de las crisis a las que nos enfrentamos son manifestaciones de un mismo mal: una lógica basada en la dominación por la que se considera que la mayoría de seres humanos somos simples cosas de las que se pueden prescindir. Esto mismo, se aplica al planeta mismo en el que habitamos.



En primer lugar, es necesario que seamos capaces de reconocer las conexiones existentes y los intereses que se esconden tras las guerras, las migraciones forzosas, el cambio climático, la absoluta dependencia de los combustibles fósiles, el racismo, la represión, la violencia contra el débil como forma de situarse en el mundo… Como decía, todo esto no son compartimentos estancos. Todo sigue una lógica y obedece a unos intereses.

Generación tras generación vamos aprendiendo a pensar en compartimentos estancos. El paradigma de la terapia rápida y centrada en la solución se impone y nos condena a prescindir del trabajo de largo alcance, de soluciones duraderas que nos parecen siempre inalcanzables.

La necesidad de recuperar el pensamiento utópico es acuciante. Cada año que pasa queda menos rastro, al menos en Occidente, de otra forma de vida que no sea la vivida bajo el capitalismo en cualquiera de sus diferentes formulaciones. Además, pronto ni siquiera quedará el recuerdo del llamado Estado del Bienestar, ya que las nuevas generaciones sólo conocen el yugo del capitalismo salvaje y competitivo que no ofrece ninguna contrapartida por mínima que sea. En estas condiciones es difícil poder llegar a soñar, ya no digamos pensar y realizar, una alternativa que evite el cataclismo hacia el que nos conducimos.

Estamos totalmente integrados en el esquema del capitalismo, somos sus hijos y sus perpetuadores. De esta forma, la capacidad de exigir nada que no sean pequeñas reformas o reajustes al marco actual se nos escapa. Mantenemos la capacidad de decir NO; pero cada vez nos queda más lejos la posibilidad de proponer. Entre otras razones, es esto lo que hace tan maleables y fáciles de aplacar los movimientos de protesta surgidos en las últimas décadas.

Hemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario.

Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.

Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida.
Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

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domingo, 12 de noviembre de 2017

JUDICIALIZACIÓN DE LA VIDA: Nada nuevo bajo el sol


Parece ser que en los últimos tiempos vivimos un aumento de la judicialización de la vida, según se encargan de recordarnos diariamente los medios de comunicación de masas. Pareciera como si hasta la fecha esto no hubiera estado sucediendo y la mal llamada Justicia no hubiera estado persiguiendo y castigando a todo aquel que no encaja o no acepta la norma.

Incluso ahora mismo, se circunscribe este fenómeno exclusivamente a lo que sucede con los políticos profesionales cuando día a día se juzga y se condena a personas que, de una forma u otra, protestan o actúan denunciando un sistema que, precisamente, destaca por su falta de justicia. Pero a todos ellos no les afecta la judicialización de la vida, porque a ojos de la masa son delincuentes sin más. Así se encargan de hacerlo saber todos los que colaboran en la elaboración de discursos y verdades oficiales.

Manifestantes de diversa índole, gente que lucha por no ser desahuciada, artistas de toda clase, periodistas, sindicalistas, activistas de movimientos sociales y un largo etcétera. Todos sin excepción son delincuentes para un sistema judicial hecho a medida del poder. Todos han incumplido la norma, la ley. Eso es lo que importa, aquí la verdadera justicia no tiene cabida.


¿Para qué y a quién sirve el sistema de justicia?

Siguiendo las argumentaciones aparecidas durante un debate sobre justicia popular entre militantes maoístas y Michel Foucault iniciado en 1971 vemos que este sistema de justicia se asienta sobre tres patas fundamentales: policía-jueces-cárcel. A lo largo de la historia moderna de los Estados se han identificado tres grandes funciones de este sistema judicial. Según la coyuntura político-social ha predominado una u otra pero siempre han estado y estarán presentes las tres.

La primera de estas funciones sería el hecho de actuar como factor de proletarización. Es decir, obligar al pueblo a aceptar la premisa tan nefasta de que la única vía de conseguir su sustento es a través del salario. Por tanto, éste debe aceptar su condición de trabajador y las condiciones de explotación que esto supone.
Esta función tuvo mucha importancia durante la época de la revolución industrial y los éxodos humanos desde el campo hasta las urbes. Toda vez asimilada la condición de trabajadores (independientemente de si se tiene empleo o no, ya que es más una cuestión de instaurar una mentalidad que una condición física real). Esta función, sufre una derivada por la que se persigue a los que, asumiendo su nuevo rol, pretenden conseguir mejoras en sus condiciones de explotación. Así se consagra la persecución al sindicalismo más combativo y, de paso, se inicia y allana el camino hacia el actual sindicalismo pactista.
Una segunda función, derivada de la primera, es hacer ver y comprender a la mayoría trabajadora que los que no aceptan y se resignan a ese papel son delincuentes, gente peligrosa. En definitiva, el desecho de una sociedad prácticamente perfecta. Por lo tanto, es imprescindible que la gente “de bien” mantenga la distancia, desprecie y condene cualquier tipo de comportamiento que no se ajuste a la norma.
En ese sentido, el sistema de justicia sirve como refuerzo a todo un entramado periodístico, sociológico y político que se encarga, en primera instancia, de construir el relato oficial que debe ser aceptado por la población. En caso contrario, es cuando actúa el sistema de justicia.

Finalmente, existe una tercera función de vital importancia. Esto es debido a que se aplica fundamentalmente sobre aquellos elementos más politizados de la sociedad. A lo largo de los tiempos, se les ha etiquetado de agitadores, revolucionarios, terroristas... Y a través de una difusa maraña de leyes que no sancionan otra cosa más que la crítica al sistema dominante, se condena a prisión a los que osan alzar la voz contra el poder en alguna de sus múltiples expresiones.


Esta enumeración de las funciones del sistema de justicia capta bastante bien, en mi opinión, la esencia de dicho sistema, por lo menos, en lo que atañe al mantenimiento y perpetuación del orden social vigente. Con el paso del tiempo posiblemente se haya refinado, se haya revestido de una supuesta legitimidad que se arroga por el hecho de que la legislación emana del Parlamento, digno representante de la voluntad popular (así reza en los dogmas de los actuales sistemas democráticos).

Pura palabrería, simples disfraces que a duras penas logran ocultar, si no fuera por el excelente trabajo que realiza el periodismo oficial, la realidad. La norma y, por tanto, la justicia tal y como   nos la hacen entender está hecha por y para unos pocos privilegiados. Precisamente, para mantener sus privilegios. De hecho, esto significa que la justicia queda suplantada por la legalidad. No les queda otro remedio porque este sistema en el que vivimos no es capaz de soportar nada, su fragilidad inherente sólo puede verse subsanada a través de una fuerza de represión global. El sistema de justicia es un pilar fundamental de esta fuerza. Sostiene en gran medida las relaciones de poder, las impone.

La judicialización de la vida no es un fenómeno novedoso. Es un elemento intrínseco del desarrollo de las democracias modernas. Es un factor destinado a dar forma a la vida social y, cada vez más, la personal. De tal manera que cada uno sepamos cuál es nuestro papel y qué podemos esperar si no nos atenemos a él. También actúa creando un relato unificador con el consabido lema de “todos somos iguales ante la ley” creando una ficción que necesita mantener de vez en cuando con el enjuiciamiento de elementos que no forman parte del pueblo. Aunque cualquiera puede observar que no son más que pantomimas, incluidos los casos que acaban con algún paso fugaz por la prisión.

Es por esto, que un cuestionamiento radical de este sistema se hace imprescindible cuando hablamos de construir una nueva sociedad, un nuevo mundo. Hay que abordar la necesidad de recuperar la justicia por encima de la legalidad y de cómo esa justicia debe ser puesta en el centro del modelo que regule las relaciones sociales.

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martes, 13 de junio de 2017

ATRAPADOS


“Vivimos en el mejor de los sistemas posibles” esta sentencia o algunas parecidas son recitadas a diario de manera directa o indirecta desde cualquier altavoz de los utilizados para recordarnos lo afortunados que somos. Sin embargo, yo no veo esa “fortuna” por ningún lado. En mi entorno inmediato no consigo dar con personas satisfechas y contentas con sus vidas tal y como debiera ser según el libro de instrucciones de las democracias avanzadas de occidente que nos inculcan desde pequeños.
Obviamente, la culpa es nuestra. Esa es la única explicación razonable. No sabemos adaptarnos, no somos resilientes o no seguimos al pie de la letra las indicaciones que tan amablemente se nos brindan desde ese engendro llamado psicología positiva que tan en boga anda en estos tiempos o, simplemente no nos hemos topado con el coach adecuado. Cualquier explicación de esta índole o similar es suficiente porque, de lo contrario, nos veríamos obligados a cuestionarnos demasiadas cosas. Y, sinceramente, cada vez veo esto más difícil porque si algo caracteriza a la ciudadanía de esta sociedad tan perfecta es la progresiva precarización de la mente.

Ahora que está tan de moda etiquetar la pobreza, asignándole diversos adjetivos para rehuir hablar de la pobreza como tal, reivindico una nueva adjetivación: la pobreza mental. Por supuesto, al igual que cualquier otra forma que le queramos dar a la pobreza es fruto de un modo de vida y un sistema de explotación diseñado para la acumulación de riqueza en unas pocas manos cueste lo que cueste. Como cualquier sistema que se precie todo está enfocado y reorientado hacia su propio beneficio que no es otro que su conservación y perpetuación. Para ello, no duda en deformar todos los aspectos de la vida hasta hacernos partícipes de nuestra propia decadencia y destrucción.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.
Esto es lo que veo cada día a mi alrededor: gente resignada con una vida que al parecer le ha tocado como si fuera el resultado de un sorteo. Sin cuestionar nada más allá de lo que por momentos le aleja de mantener el ritmo de la corriente y que una vez reestablecido ese ritmo (una vez solucionados los problemas que pudiera tener para conseguir ingresos o techo o tratamientos médicos o lo que fuera) se sumerge plácidamente en la corriente hasta el próximo resbalón. Si, por el contrario, estos problemas no se solucionan siempre queda el derecho al pataleo; pero siempre en voz baja y entre conocidos mientras crece el desprecio hacia los que se mantienen dentro de la corriente. Y aunque cada vez este grupo va siendo mayor, seguimos sin desviar ni un ápice de nuestra energía a tratar de revertir ese círculo vicioso del que hablaba. En realidad tratamos con todas nuestras fuerzas de volver a él.
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jueves, 27 de abril de 2017

TAMBORES DE GUERRA



Suenan tambores de guerra. Nada nuevo bajo el sol,   salvo por la insistencia de los medios de comunicación que, como siempre, se encargan de poner el foco donde el sistema considera oportuno. Porque los tambores de guerra nunca han dejado de sonar y jamás lo harán mientras la opresión y la muerte generen beneficios.
La guerra siempre está en marcha, vivimos inmersos en ella. Forma parte fundamental del orden autoritario, especialmente del capitalismo. La sociedad está en constante guerra. Unos contra otros tratando de conquistar una meta impuesta como si fuéramos pequeños roedores en busca del pedacito de queso que el científico de turno otorgará al que sobreviva a cuantas tropelías se le ocurran. En estos casos, donde la maquinaria bélica está relegada a un segundo plano (eso sí, siempre insinuante, siempre presente en el imaginario colectivo) se considera que vivimos en tiempos y lugares de paz. Aunque a diario las víctimas de esa paz se suceden arrastradas a una vida de penuria moral y física hasta el final de sus días.
Pero la guerra es el pasatiempo favorito de los poderosos. Es apostar a caballo ganador porque vaya como vaya siempre ganan los mismos y el riesgo de pérdida es cero. Los muertos, sean del bando que sean siempre los ponen los mismos. Los vencedores también.
La industria de la muerte es una colosal máquina que genera beneficios económicos astronómicos y garantiza el mantenimiento de un orden social basado en el poder en todas sus dimensiones (propiedad, dominio, lucro, explotación…) Bien sea como causa directa de muertes y sufrimiento allá donde esta industria despliega su poderío, bien sea a través de un efecto colateral y no menos devastador: el miedo. Porque las balas y las bombas matan al instante pero el miedo aniquila lentamente. El miedo atenaza las mentes, cierra las bocas, encoge la esperanza. Consigue que cada cual se encierre en su situación y no quiera/pueda ver más allá. Cierra la puerta a cualquier atisbo de acción espontánea, independiente, genuina y las abre de par en par a la mansedumbre, al seguidismo, a la servidumbre total y, por tanto, a la perpetuación del orden social vigente.
La guerra está siempre presente, lo sepamos o no, no se detiene nunca y derrama nuestra sangre por todo el mundo. En la actualidad hay docenas de países donde a diario, guerras más o menos declaradas, se cobran vidas humanas. Yemen, Siria, Palestina, Sudán, Libia, México, Ucrania, Nigeria, Colombia, Turquía, Iraq… son sólo algunos ejemplos. Sin embargo, el egocéntrico occidental medio, acostumbrado a devorar las informaciones sin procesarlas está ya inmunizado ante el dolor ajeno, apenas siente un suave golpe en su coraza. Necesita una amenaza más palpable para sentir el suficiente temor para legitimar la imparable rueda de la guerra. Al parecer no es suficiente con la psicosis terrorista, así se recurre nuevamente al terror nuclear. Esta amenaza, es la máxima expresión técnica de la dominación, nada produce un efecto tan devastador en las mentes y los cuerpos. Bastó una sola aplicación del horror nuclear para marcar a las siguientes generaciones de por vida (por si acaso, de vez en cuando, nos muestran alguna prueba nuclear para recordarnos quien manda). Sin duda, fue el inicio de una etapa de esplendor para el sometimiento mundial. Suficiente para que, al menos en occidente, se acatara el orden establecido sin rechistar. Años más tarde, con la caída del imperio soviético, se sellaría ese nuevo orden mundial.
Ahora, la exhibición de la amenaza nuclear hace que la industria de la muerte aumente exponencialmente sus beneficios. Se sabe ganadora, sabe que siempre será el bastión del poder independientemente de quien lo ostente formalmente. Mientras existan estructuras de dominación, éstas se sustentaran en la guerra. La guerra siempre está presente, a todas horas. Sus efectos están bien presentes en nuestros cuerpos y sobre todo en nuestras mentes.
 

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jueves, 21 de julio de 2016

DESCONFÍA DEL PREDICADOR


Predicar es defender o extender una doctrina o unas ideas, haciéndolas públicas o patentes. Es pronunciar un discurso o un sermón de supuesto contenido moral. También tiene una acepción en la que dice aconsejar o reprender a una persona, amonestándole o haciendo observaciones para persuadirle de algo.

Todo esto y más es lo que hace el predicador, una figura muy extendida en estos tiempos (probablemente a estas alturas ya todos tengamos a varios en mente) Habitualmente, un predicador necesita de un púlpito para hacerse oír y, de eso, hoy en día vamos muy sobrados. En la época de la interconexión, de la información (o desinformación según se mire) cualquiera es susceptible de convertirse en predicador. Desde el Gobierno, la Iglesia, la Patronal, los medios de comunicación, la cúpula del partido, el comité de empresa… pero también en la asamblea de tu colectivo, en tu grupo de amigos, en cualquier página de Internet… Muchos son los que sienten la necesidad de predicar la verdad, su verdad.

Desconfía del predicador que se atribuye una superioridad moral y/o intelectual para explicarte cómo funciona el mundo y en qué nos hemos estado equivocando, que asegura ser el portador de todas las respuestas y conoce todos los hechos habidos y por haber.

Desconfía del predicador que sabe en cada momento qué es lo que debes hacer, cómo debes pensar y cómo tienes que sentirte al respecto.

Desconfía del predicador que se sitúa a sí mismo como ejemplo a seguir, como faro intelectual o espiritual en un mundo de penumbras peligrosas.

Desconfía del predicador que afirma conocer la solución a tus problemas pero jamás se detiene a preguntar por ellos puesto que sus razonamientos son infalibles y carece de sentido el tener que apoyarlos en nada que no sean sus propias teorías.

Desconfía del predicador que se erige como el guardián de una teoría, la única, capaz de hacer realidad la salvación de la humanidad; que se atribuye la potestad de señalar a los que cumplen los preceptos de forma ortodoxa y a los que no son más que falsarios vendedores de humo cuyo único propósito en la vida parece ser reventar el inevitable triunfo de la verdadera teoría.

Desconfía del predicador que utiliza todos los medios a su alcance para bombardear intelectualmente, desconfía de mí. Lo que escribo es fruto de mis reflexiones y mis vivencias y, probablemente, sólo me sirva a mí en el mejor de los casos. Desconfía y que esa desconfianza te lleve a la duda y a la necesidad de reflexionar y experimentar, en definitiva a vivir. No rechaces sin más al predicador porque eso te lleva a convertirte en uno más que se dedica a replicar y repetir consignas y opiniones que carecen de sentido si no van acompañadas de la práctica en la vida cotidiana. Predicar es fácil, cualquiera puede hacerlo (yo mismo sin ir más lejos) y en una época en que el espectáculo es lo que prima la figura del predicador gana adeptos a cada segundo convirtiéndonos en meros hinchas fanáticos de uno u otro. Lo complicado es acompañar con hechos a las palabras. La coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos es la única manera de transitar por esta vida con un mínimo de certidumbre acerca de nuestro camino. Cuando esto sucede, sobran los predicadores. Hechos y palabras son necesarios pero siempre que caminen a la par.

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sábado, 1 de noviembre de 2014

CORRUPCIÓN II

Después de un par de años, sigue con mayor intensidad, si cabe, el aluvión de casos de corrupción en las esferas políticas. A cada momento de multiplican las noticias que desde todos los medios de desinformación sin excepción se lanzan. Por eso, nos vemos en la obligación de actualizar una entrada publicada con anterioridad y ahondar un poco más en el tema.
La idea que se está tratando de transmitir es tan simple como atractiva: el problema es la corrupción política y el deficiente sistema democrático fruto de la transición. Por tanto, la solución a todos nuestros problemas reside en arreglar esto. Así, siguiendo esta línea argumental, nos encontramos con la corrupción política generadora de una crisis de representatividad (de paso aderezada con la corrupción de la casa irreal) y un bipartidismo incapaz de seguir creando ilusiones creíbles para la población son los nuevos mártires a sacrificar en el teatro capitalista.
Seamos sinceros, la corrupción política es intolerable y una muestra más del desprecio absoluto que sienten por aquellos a quien dicen representar pero, desde luego, no es la excepción dentro de la normalidad democrática en la que nos dicen que vivimos. Todos los casos que aparecen cada día en las noticias no son más que un botón de muestra, la corrupción es algo inherente al sistema capitalista.
No hay que entrar demasiado en detalle para que cualquiera pueda ver claramente que todo gobierno no es más que un órgano gestor de los intereses de los poderosos. El poder económico se sirve del político y, éste, recoge el fruto por el trabajo bien hecho. Los gobernantes, como buenos empleados, venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Eso es todo. Unos lo llaman corrupción; otros funcionamiento normal de las dictaduras parlamentarias. No podemos esperar otra cosa de un sistema en el que todo y todos somos meras mercancías y cuyo único objetivo es el beneficio económico y la dominación. Lo que pasa con los partidos políticos es un granito de arena más de la corrupción dentro de un sistema corrupto desde la médula.
Un sistema político social que ensalza valores como el éxito, la competitividad, el crecimiento ilimitado, la posesión personal a través del ejercicio de la dominación y el fomento del consumo desmesurado y llevado al límite de lo absurdo conduce, irremediablemente, a la corrupción como vía rápida para conseguir todo esto. Así, el capitalismo, premia la corrupción como método a seguir en cualquier esfera de la vida.
Corrupción en la política cuando se usa el poder para el propio beneficio o el de terceros, corrupción en la esfera laboral cuando se pagan salarios de miseria y se exige la vida del trabajador, corrupción en la educación cuando se fomentan los valores capitalistas a sabiendas de que esto conlleva una sociedad desigual, corrupción en la sanidad cuando se medicaliza a las personas bajo cualquier pretexto y se ignoran los factores sociales y ambientales que nos enferman, corrupción en las relaciones sociales cuando se intenta aparentar lo que no se es a base de posesiones materiales sin sentido, corrupción en la justicia cuando sistemáticamente se criminaliza a la gente que lucha, corrupción en la universidad cuando la intelectualidad justifica y legitima un sistema criminal, corrupción en los servicios sociales al permitir la miseria oficializada en lugar de denunciar la injusticia social, corrupción en los medios de comunicación cuando sirven de altavoz del poder en lugar de avanzadilla de la sociedad, corrupción en los cuerpos policiales y militares que defienden los intereses del poder a sangre y fuego,…
Pero en realidad, sí debemos ir un poco más allá para ver cómo la corrupción está en la esencia misma de este sistema y todos estamos alcanzados por ella.
En este sentido me gusta la segunda acepción que el diccionario de la RAE da del término corromper: Echar a perder, depravar, dañar, pudrir. Exactamente eso es lo que ha sucedido y sucede con la esencia humana, echada a perder desde el mismo instante en que aceptamos someternos a las diferentes condiciones que están en la misma base del sistema de dominación humana bajo el que vivimos. Aceptamos que nuestras vidas orbiten alrededor del dinero (que ni se respira, ni alimenta) que nos es más que papel mojado que funciona simplemente porque nos lo creemos, porque confiamos en él cuando no somos capaces de confiar en la mayoría de seres humanos. La aceptación del dinero conduce inevitablemente (porque el poder así lo establece, ya que para la mayoría de las personas es la única manera de obtener dinero) a la prostitución del trabajo asalariado que es la mayor fuente de corrupción de lo humano. La necesidad de trabajar para vivir, de ganarse la vida, está en la esencia misma de la corrupción. Cuando uno no es libre de vivir como quiere sino como debe para poder acceder al trabajo y así a la vida, inevitablemente se ve obligado a aceptar cualquier tipo de condición e imposición. Una vez superado ese listón la deshumanización es tal que cualquier cosa a la que los medios de desinformación llaman corrupción nos parece normal porque en el fondo, todos sabemos que eso es lo de menos al lado de lo que “debemos” hacer cada día para sobrevivir.
Por eso, el poder pretende centrar toda la rabia y el desengaño de la gente en la corrupción política, porque así mantiene intactos todos los demás ámbitos de corrupción, que son mucho más importantes para el buen funcionamiento del sistema. Al fin y al cabo un gobierno es lo más fácil de sustituir (incluyendo la jefatura de estado si hace falta). Todas las alternativas están previstas y las cartas ya están sobre la mesa para que nada cambie, reconduciendo como siempre el malestar social hacia la legitimación del sistema a través del planteamiento de falsas alternativas que aglutinan ese malestar.
Sin embargo, como cada vez que el poder se descubre, abre una ventana a la oportunidad de la respuesta popular y eso es algo que no podemos desaprovechar. Si la chispa que lance definitivamente a la gente a la calle es la corrupción, pues que sea. Pero que no se pierda la perspectiva de lo que realmente es el problema: el Capitalismo y el sistema de dominación que lo sustenta.

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jueves, 24 de abril de 2014

EL ENEMIGO A ABATIR



Bajo este título caben multitud de propuestas, seguro que la mayoría podríamos hacer una lista más o menos larga en función de creencias o teorías que hemos ido desarrollando con el tiempo. Sin embargo, este texto quiere centrarse en unos enemigos menos aparentes y, por tanto, mucho más difíciles de identificar y combatir. Se trata de atacar aspectos que están muy relacionados con la incapacidad de cambio del sujeto actual.

Concretamente quiero referirme a dos conceptos muy relacionados entre sí y que forman parte del eje troncal de la construcción del ser humano actual, sobre todo el amamantado por la llamada cultura occidental: la inmediatez y la nula tolerancia a la frustración.

Durante las últimas décadas la inmediatez (el aquí y el ahora) se ha ido adueñando de nuestras vidas sin que apenas nos hayamos dado cuenta. Por supuesto, esto no ha ocurrido de forma casual si no que forma parte de una concepción mucho más amplia diseñada para convertir a las personas en meros autómatas que se dedican a pasar por la vida sin más aspiración que la de sufrir lo menos posible. Poco a poco todos los ámbitos de la vida se han ido transformando y donde antes había solidez y los tiempos eran de larga duración, ahora todo debe ser instantáneo, inmediato. De lo contrario, pierde rápidamente su “valor” y no es deseable ya; convirtiéndolo en desechable (así, de este modo, aceptamos de pleno el pensamiento dominante que convierte todo en “productos de usar y tirar”, hasta la vida).

Desde bien pequeños lo inmediato se ha convertido en la medida del tiempo en que se basa nuestra vida. Esto ha sido imprescindible para consolidar el modelo social instaurado que nos ha transformado en mano de obra semiesclava y/o consumidores. La llamada sociedad de consumo precisa de la inmediatez en la producción para poder vender más y más independientemente de las necesidades reales que tengamos. Para ello no sólo requiere de la creación de necesidades ficticias (en las que pone todo su empeño a través de la publicidad y la industria del ocio) también necesita que no podamos esperar a la hora de satisfacer esas necesidades creadas para poder mantener ese ritmo infernal que tanto beneficio económico da a unos pocos a cambio de la destrucción absoluta de todo lo que nos rodea. Pero el poder sabe que esto no es suficiente, la sociedad de consumo es tan sólo un argumento más dentro de la dinámica de dominación. Ese modelo terminará tarde o temprano por eso necesita más y para variar lo está consiguiendo.
Nos han introducido la inmediatez en el centro de nuestra forma de vida, todo, absolutamente todo debe ser realizado sin demora y también todo resultado debe ser obtenido de forma automática al completar la misión encomendada. Esto es más importante de lo que pueda parecer a primera vista, han conseguido mecanizar absolutamente nuestras vidas de tal forma que apenas quedan rastros perceptibles de la esencia humana. Donde deberían existir capacidades y esfuerzo para gozar y construir la vida sólo hay ansiedad y desesperación por conseguir y poseer supuestos bienes que tan sólo sirven para enmascarar una falta absoluta de interés por el desarrollo de un proyecto vital coherente y realmente ilusionante.

Vivimos bajo el prisma de una lógica que considera como argumentaciones válidas e imprescindibles la priorización de lo material sobre lo intangible, poniendo en primer plano la satisfacción del cuerpo frente a la del espíritu (sin necesidad de que este término tenga ninguna connotación religiosa). De esta cuestión parece lógico extraer una conclusión bastante simple pero demoledora para todos aquellos que de una forma u otra aspiramos a formar parte del cambio, de la revolución o como queramos llamar a la imprescindible nueva forma de habitar y relacionarnos con el planeta del que formamos parte. Un ser humano construido bajo la ley de lo inmediato y con una mínima capacidad de resistencia frente a la adversidad, está condenado a no formar parte de una verdadera revolución (a lo sumo, pequeñas revueltas que puedan acabar en ligeras reformas y lavados de cara pero sin nada de sustancial en ellas). El sacrificio y el esfuerzo que supondría un verdadero cambio está fuera del alcance de este sujeto. Dirigido por la satisfacción inmediata de sus deseos que confunde con sus necesidades no tiene la fuerza moral suficiente para postergar la obtención de aquello que desea más allá de lo que dura un suspiro y mucho menos está dispuesto a arriesgar aquello que cree poseer y que le hace tan aparentemente feliz (aparentemente porque en realidad una vez obtenido lo deseado, esto pasa a convertirse en una fuente de insatisfacción permanente hasta que se consigue sustituirlo por algo que se valora como mejor) para obtener ese otro mundo posible y necesario sin explotación ni dominación. Pero esto no es posible en nuestra sociedad actual, donde para soportar esta inmediatez y huir de la frustración que lleva asociada vivimos totalmente alucinados con la esperanza de alcanzar unos referentes sociales que los medios de comunicación nos inyectan a cada momento sin compasión, donde necesitamos vivir drogados (perdón, quise decir medicados) para no ser plenamente conscientes del dolor que causamos y nos causa una vida basada en el vacío, en la ausencia total y absoluta de ideales universales en los que de verdad basar una existencia cada vez más cercana a la felicidad.

La rotura de lo apremiante de este modelo vital es necesaria para establecer una base sólida desde donde crear una existencia nueva. Soy consciente de que las circunstancias actuales apremian, sin embargo no más que a lo largo de siglos de dominación y esclavitud sufrida por millones de seres humanos. No hay que caer en su trampa, la revolución no puede ni debe ser inmediata, el que venda eso miente (y lo que es peor, seguramente sabe que miente) Esto no quiere decir que no hay nada que hacer, más bien al contrario el trabajo es inmenso y de largo recorrido. Por eso es imprescindible aprender a tratar con la frustración que provoca lo inmediato. Si tenemos clara esta premisa nada podrá detenernos.
 

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lunes, 29 de julio de 2013

DESIDIA INOCULADA


Desidia: Falta de cuidado, interés, energía o actividad. Desidia, dejadez, abandono, negligencia, pereza, indolencia… Tiene que ver con el comportamiento humano, sobre todo, en el ámbito social que finalmente es donde todas las personas estamos situadas.
Inocular: Introducir una sustancia en un organismo. Transmitir por medios artificiales una enfermedad contagiosa. Pervertir, contaminar.
 
Afrontamos y padecemos una realidad donde la desidia es un valor siempre cotizado, imprescindible para que este sistema criminal y depredador funcione. Es necesario que los seres humanos pierdan el interés y la energía necesaria para luchar por sí mismos y por los demás. Una vez conseguido esto, la esclavitud mental y posteriormente la física están al alcance de la mano. Por eso el poder no ha dudado, ni lo hará, en desplegar todo su arsenal para inocular esta desidia que tanto le favorece. Sabe que el control se obtiene mucho más por la sumisión voluntaria que por la represión (que reserva para aquellos que se muestran más resistentes a esta inoculación masiva), por eso se muestra tan persistente y, desgraciadamente, tan eficaz en su propósito de que la desidia sea un rasgo fundamental del comportamiento humano. Esto sucede en mayor medida en aquellas sociedades autodenominadas desarrolladas y democráticas.
 
 
La desidia se fomenta de varias formas:
 
Desconectando a las personas entre sí. Es decir, se potencia la creencia de que cada uno debe preocuparse por sí mismo y que nadie va ayudarle en un mundo donde lo importante es lo alto que puedas llegar y no cómo lo hagas. Desconectando a las personas de sí mismas, fortaleciendo el culto a lo externo, a lo que se ve y relegando el mundo interior al carácter de menudencia que es mejor no desarrollar por ser poco más que una pérdida de tiempo.
Haciendo sentir a la gente que nada de lo que le sucede y pasa a su alrededor depende de ella. Afianzando la creencia de que deben ser los elegidos (elegidos por el sistema) los encargados de dirigir nuestras vidas y el papel de la gente queda reducido a la aceptación. Así se establece el delegacionismo como método básico de funcionamiento social y como método de absoluto control social.
Acelerando el ritmo de vida y encumbrando la medida del tiempo (el tiempo es oro, o al menos eso se nos hace creer) La coronación del dinero como valor absoluto y de la sociedad del trabajo como único medio para acceder a él, nos convierte en máquinas dedicadas en exclusividad a la consecución de los objetivos que la sociedad nos marca. Estas condiciones que nos imponen para sobrevivir obligan a centralizar la vida en la cuestión laboral, impidiendo cualquier consideración de importancia que no tenga que ver con esto. Lo que crea una cultura de lo inmediato en la que no tiene cabida el esfuerzo desinteresado ni la implicación personal en lo común.
 
Mecanismos de inoculación:
 
Es sabido que el poder tiene infinitud de maneras de ejercer su dominación sobre las personas y en la cuestión de la que estamos hablando, utiliza varios de los mecanismos más potentes a su alcance.
- Sistema educativo: Durante décadas, millones de personas hemos pasado por este filtro encargado de modelarnos y adecuarnos a las necesidades de cada momento histórico. La misma introducción de este sistema responde a la necesidad de producir en serie combustible humano para alimentar el engranaje de la recién llegada sociedad industrial. Desde ese mismo instante se vislumbró el potencial de la educación estatal y de la imperante necesidad de universalizarla. Esta necesidad se ha visto colmada, independientemente del tipo de régimen político instaurado y de la supuesta orientación ideológica del mismo. En todos estos lugares el sistema escolar tiene un objetivo primordial más o menos oculto: transmitir y asegurar la asimilación de una necesidad de ser enseñados.
De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros; sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que el propio poder se encarga de medir y catalogar. Esto nos lleva al desapego por el otro, puesto que necesitamos concentrarnos en lo que se espera de nosotros y, por tanto, todo lo que no tenga que ver con eso no importa y no merece esfuerzo alguno.
- Medios de comunicación: Los medios de desinformación masiva se dedican incesantemente al bombardeo continuado de noticias y situaciones a cada cual más horrible y desgraciada. La estrategia es clara y simple, insensibilización por desgaste. Y de verdad que lo han conseguido, la gente es capaz de comer mientras en ese lapso de tiempo ve u oye docenas de muertes por diversas causas, catástrofes ambientales a cada cual peor, gran cantidad de usureros delincuentes saliéndose con la suya sin mayores problemas,… este bombardeo permite que no se establezcan relaciones entre estos fragmentos de la realidad, al mismo tiempo que consigue que la gente desconecte y deje de empatizar.
Por otro lado, jamás se muestran los logros colectivos, a excepción hecha de los deportivos y, normalmente, las noticias que proporcionan al gran público sobre lo colectivo tiene que ver con la maldad.
- Partidos políticos y sindicatos: Después de mucho tiempo estas organizaciones han conseguido desarticular todo lo común y relegar el papel de la gente al de mero espectador de lo que acontece. En diferentes etapas han conseguido desarticular todo lo que huela a común y organización popular, han logrado desmovilizar y desmotivar a la gente al someterlos a un continuo desgaste por las migajas del sistema y, finalmente, han conseguido desarticular todo intento de participación política a través de sus monumentales aparatos burocráticos y de su descarada inserción en los mecanismos de control del sistema capitalista.
- Mercado laboral: En esta sociedad del trabajo en la que vivimos, el capitalismo maneja uno de los mejores métodos de control que tiene el efecto secundario de la inoculación de la desidia: lo que ellos llaman el paro estructural o la masa de gente sin trabajo. La presión ejercida sobre las personas sin trabajo asalariado y su condena a vivir en el lado de los excluidos socialmente facilita la desconexión social y el encumbramiento del todo vale porque: en esta sociedad o trabajas o estás muerto. Así se deja de tener interés en el otro para centrarnos en nosotros mismos y en cómo mejorar nuestra situación personal aunque, para ello, haya que pasar por encima de otra persona.
- Religión: No podemos olvidar el papel que juegan las grandes religiones en las sociedades actuales (por mucho que quieran definirse como laicas). Lejos de priorizar aquello del amor al prójimo; se ha impuesto la resignación y la aceptación a los hechos de la vida como algo que no podemos controlar puesto que proviene de la voluntad divina (aunque ésta sea la voluntad de los poderosos). También se ha impuesto la concepción de la caridad como método de compensación por aceptar el destino, de tal manera que se desarticula cualquier opción de cambiar el orden establecido puesto que de esta forma se perpetúan los estratos de poder y dominio. No en vano la iglesia, el brazo armado de la religión ha sobrevivido a siglos de avatares diversos. Ha sabido como nadie aliarse al poder y pasar a formar parte de él.
 
Esto sólo pretende ser un esbozo de cómo se consigue la inoculación de la desidia en el comportamiento humano. Las consecuencias que se derivan son simplemente terribles y las vivimos a diario. Así, vemos pasar ante nuestros ojos situaciones y acciones que nos afectan directamente pero no somos capaces de reaccionar por esa terrible desconexión producida por la desidia (desde luego entre otros factores). Por supuesto, contamos con el ejemplo de todas las personas que se muestran resistentes a este contagio y luchan y construyen a diario para cambiar esta realidad terrible.
 
Sin embargo, la inmensa mayoría cae bajo los efectos de esta inoculación contra la que debemos combatir.
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domingo, 16 de junio de 2013

NO SOMOS CAPACES DE RECONOCERNOS


Es una idea que recurrentemente me viene a la cabeza y que creo que está en la base del triunfo del capitalismo como sistema de sometimiento y poder. No somos capaces de reconocernos como lo que somos, como iguales.
Hace mucho tiempo que sabemos que más de medio mundo malvive al borde de la muerte por inanición, sabemos que hay pueblos enteros sometidos bajo el dominio militar y represor y sin embargo, no somos capaces de actuar en consecuencia. No nos reconocemos como iguales, si lo hiciéramos sería imposible no tomar partido de inmediato y de forma decidida hasta acabar con esta situación.

Podríamos pensar que la distancia nos impide comprender la verdadera dimensión de este crimen, que el innegable sesgo etnocentrista con el que se nos presenta la información y la analizamos nosotros puede hacer muy difícil alcanzar ese posicionamiento claro. No obstante, este débil argumento (difícilmente sostenible) se desmorona al poner el foco de atención en lo cercano donde esos condicionantes y esos sesgos no existen.
 

A nuestro alrededor vemos día a día como la vida de muchas personas se va desmoronando a cada instante, gente sin un techo bajo el vivir, personas que no tienen qué comer, múltiples sufrimientos desatendidos y dejados de lado porque no son compatibles con la lógica capitalista, niños pasando hambre en nuestro entorno y un sinfín de problemas a cada cual más desesperante. Tanto que el número de suicidios ha aumentado espectacularmente desde que se inició esta ofensiva capitalista contra los seres humanos. Este dato debería ser extremadamente doloroso porque un suicidio no es más que la terrible confirmación de una derrota, de una derrota de la sociedad, de todos nosotros.  

En un sistema cuya mejor arma de desactivación es el individualismo llevado al extremo, la respuesta natural debe ser lo colectivo. Para ello, debemos empezar a reconocernos en un plano de igualdad. Lo colectivo sólo puede surgir de la conciencia y del reconocimiento de que hemos sido anulados como seres críticos a través de cientos de años de sometimiento.

La alianza entre el Estado y el Capitalismo ha trabajado y sigue haciéndolo de manera intensa dedicando sus mayores esfuerzos a fabricar individuos y no personas. Este es el paso previo fundamental para anular nuestra capacidad de reconocernos como iguales.
 

La enajenación a la que se somete a cualquier ser humano (especialmente si desarrolla su existencia en los mal llamados países democráticos) desde la infancia es constante. Sistemas educativos diseñados para crear autómatas sin capacidad de raciocinio, perfectamente dispuestos a acatar todo aquello que le está reservado en la vida; modelos sociales vacíos de contenido moral a los que admirar con la secreta esperanza de convertirse en uno de ellos; referentes culturales prefabricados con el único propósito de hacer olvidar la verdadera cultura: la cultura popular; un inmenso sector dedicado exclusivamente a entretener al personal cumpliendo de manera tan eficaz su objetivo que ha acabado por convertirse en el analgésico más potente jamás utilizado por el ser humano.

El fomento de la diferencia es otra de las grandes armas del sistema. A lo largo de la historia, las religiones, las características personales, los determinantes culturales, la lengua, el territorio,... Todo ha sido utilizado siempre por los poderosos para mantenernos ocupados en guerras estériles que no nos dejan siquiera atisbar las verdaderas causas de la situación de opresión bajo la cual llevamos muchísimos años.

Incluso en los ambientes más comprometidos con la lucha por la justicia social se percibe esta incapacidad que hace que se parcialicen las luchas en función de la capacidad de identificarse como iguales con los destinatarios de esas luchas.

El trabajo por romper el egoísmo inducido en el que vivimos es imprescindible. Para ello, debemos perder el miedo al compromiso y al sacrificio, sin la capacidad de creer y pensar en el otro, sin el esfuerzo que supone la formación personal para poder actuar con conciencia, es imposible siquiera hacerle un rasguño al sistema.

Es imprescindible empezar a pensar de forma colectiva ya que lo contrario nos ha conducido a la interminable espiral de reivindicaciones y luchas parciales (basadas en la aparente mejora de las condiciones de vida para unos a costa del sometimiento y la humillación de otros muchos) que tan sólo han conducido al fortalecimiento de este sistema criminal que tiene sometida a la inmensa mayoría de la humanidad.

Es necesario recuperar la capacidad de reconocernos como iguales, como partes de lo colectivo. Sólo así, será posible empezar a socavar los espacios de poder y dominación que están en la base de nuestra aniquilación como seres humanos.

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domingo, 26 de mayo de 2013

LAS LEYES EDUCATIVAS PASAN, EL SISTEMA EDUCATIVO PERMANECE

Ya la tenemos aquí. Año y medio después de acceder al poder ya tenemos nueva ley educativa (en este caso la LOMCE, Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa). Aunque faltan los trámites habituales del paripé parlamentario, la ley ha llegado para quedarse (al menos hasta que llegue un nuevo gobierno y decida hacer su propia reforma).
 
Esto no es nada nuevo, cada gobierno ha lanzado su reforma educativa, cada una con sus matices ideológicos en función del papel asignado al partido de turno en este teatro de marionetas a cuyo funcionamiento se le llama normalidad democrática. Eso sí, ninguna de todas estas leyes y reformas sucesivas han cuestionado, ni de forma leve, los verdaderos objetivos que se esconden tras el sistema educativo de nuestra sociedad.

Durante décadas, millones de personas hemos pasado por este filtro, llamado sistema educativo, encargado de modelarnos y adecuarnos a las necesidades de cada momento histórico. La misma introducción de este sistema responde a la necesidad de producir en serie combustible humano para alimentar el engranaje de la recién llegada sociedad industrial.

Desde ese mismo instante se vislumbró el potencial de la educación estatal y de la imperante necesidad de universalizarla. Así, en el Estado español se institucionaliza la educación a partir de la Constitución de 1812, donde el Estado se hace con sus riendas (hasta entonces en manos del clero) estableciendo dos principios básicos, al menos sobre el papel, que perduran a día de hoy, la universalidad (todo el mundo está obligado a pasar por ahí) y la homogeneidad de lo enseñado (garantizando así la imposibilidad de dotar a la escuela de una dimensión emancipadora y crítica imprescindible).

Esta necesidad se ha visto colmada independientemente del tipo de régimen político instaurado y de la supuesta orientación ideológica del mismo. En todos estos lugares el sistema escolar tiene un objetivo primordial más o menos oculto: transmitir y asegurar la asimilación de una necesidad de ser enseñados. De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo, dejándolo siempre en las manos de los expertos. Junto a esta enseñanza, también se nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Esto nos lleva irremediablemente a la aceptación de todo tipo de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros; sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la maquinaria opresora se encarga de medir y catalogar.

El poder siempre ha sido muy hábil en lo que se refiere al sistema educativo, a lo largo de la historia ha sabido siempre dotar a la escuela del envoltorio adecuado en función de los vientos que soplaban. Ha convertido al sistema educativo en un arma de doble filo. Por un lado, adiestra y prepara a las futuras generaciones para engrasar la maquinaria social y, por otro lado, sirve de arma arrojadiza para el debate político entre los diferentes actores sistémicos. En esta segunda vertiente, vemos cómo en el Estado español desde hace muchos años se ha establecido este debate en torno a la religión en la escuela y a la dicotomía pública-privada. A primera vista debates interesantes y necesarios pero que vistos con un poco de atención no son más que cortinas de humo que, en realidad, sólo sirven para distraer nuestra atención (de hecho, en todo este tiempo, independientemente del color del gobierno, la iglesia ha estado muy presente en la escuela y la privatización ha sido subvencionada por el Estado a manos llenas) y obligarnos a tomar posición en uno u otro sentido y, así, no tomar conciencia del verdadero debate: ¿Qué tipo de educación queremos? ¿Necesitamos un sistema educativo controlado por el poder? ¿Tiene sentido defender una educación que nos instruye para ser esclavos?...

Así se ha conseguido que la escuela se haya convertido en los últimos tiempos en la Iglesia del pueblo trabajador. El objetivo de que todo el mundo tenga iguales oportunidades de educarse es deseable y completamente realizable. Sin embargo, tratar de llevar esto a cabo a través de la escolarización obligatoria (tal y como hace el Estado) no es más que el mismo mecanismo utilizado por la Iglesia para captar y fidelizar a las personas. Lo que nos lleva a asimilar que es en el sistema educativo donde reside la verdad absoluta e incuestionable.


Ha llegado la hora de romper con esta creencia. Ya basta de defender una escuela que jamás ha cuestionado ni lo hará los mecanismos de dominación y explotación del poder.

Por supuesto hay que defender la educación pública. Pero hay que ir más allá en esa defensa. Hay que crear una verdadera educación pública basada en la participación de todos frente al modelo de expertos vigente. Hay que cambiar el paradigma actual en el que es imprescindible la acreditación estatal de cualquier habilidad para poder ejercerla como si el único lugar donde se puede aprender fuera la escuela. Hay que apostar por una gestión colectiva y por un papel protagonista de las personas que desean aprender independientemente de la edad que tengan. Y, sobre todo, hay que dejar que sea cada cual el que decida su camino, a qué ritmo y en qué momento quiere recorrerlo.

Es hora de construir otra forma de educar, donde todos tengamos nuestra parte de responsabilidad, donde la persona sea el centro de su educación y decida cómo y cuándo. No necesitamos factorías de crear esclavos, necesitamos construir espacios donde acompañar y facilitar los procesos de formación de seres humanos libres y críticos.

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martes, 16 de octubre de 2012

¿EDUCACIÓN PÚBLICA? SÍ, PERO DE VERDAD

Volvemos a las andadas. Nuevo gobierno y ya tenemos nueva ley educativa (en este caso la LOMCE, Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa). Poco han esperado para lanzarla pero claro es lo que tiene la mayoría absoluta, que ni se molestan en guardar las formas.
Esto no es nada nuevo, cada gobierno ha lanzado su reforma educativa, cada una con sus matices ideológicos (por supuesto jamás poniendo en tela de juicio el orden establecido). Sin embargo, estos matices son los que sirven para encender la mecha del “debate político” y dejar de lado lo importante de la cuestión.
Ahora tocan las reválidas, la eliminación de educación para la ciudadanía, la segregación sexista, la exaltación de la patria… Por supuesto, toca el tema estrella cuando gobierna la cara derechona del sistema: la privatización de la educación y el trato de favor hacia la educación privada (mayoritariamente religiosa).
A todo esto hay que añadir el recorte radical que sufre el presupuesto dedicado a educación y lo que esto conlleva: menos profesorado, más alumnos por aula, no cubrir bajas, el despido de miles de interinos, la reducción de las rutas de transporte, de las becas, del servicio de comedor (la polémica de los tuppers es demencial). Como gran novedad incluye un bufón como ministro de educación.
Vale decir, y que quede claro, que entre la educación pública, tal y como se entiende mayoritariamente, y la educación privada hay que luchar y defender la pública. La cuestión que aquí queremos destacar es que la lucha no debe quedarse ahí.
Percibo un más que comprensible cansancio a mi alrededor por parte de la gente que un día sí y otro también sale a la calle a protestar contra toda la batería de reformas y leyes con las que nos golpea el poder. El sistema ha acelerado su marcha en la parte del globo en la que vivimos (en otras latitudes llevan siglos sufriéndolo) y la reacción se está desarrollando a alta velocidad. Tan rápida va, que ya empieza a desgastarse. Y es que este sistema tiene la gran virtud de haber conseguido encauzar toda la contestación en defender cuestiones y aspectos que son claramente favorables al mantenimiento y al reforzamiento del propio sistema. Nos explicamos:
Llevamos mucho tiempo defendiendo un sistema público de educación frente al modelo privatizador por el que aparentemente apuesta el neoliberalismo. Hemos creado plataformas para ello, hemos tragado salir con los sindicatos pactistas y con otros que claramente trabajan para la patronal, hemos gritado, nos hemos asambleado y hemos hecho mil y una acciones para defender esa educación pública. Sin embargo, no debemos perder de vista que ese sistema de educación pública que defendemos no es más que una engrasada maquinaria de fabricar millones de peones desechables para el sistema y un buen puñado de obreros especializado y mandos intermedios que en un futuro serán los modernos cipayos de nuestra sociedad.
Hay diferentes estrategias para conseguir que defendamos un sistema que no es perjudicial, se mire como se mire. En los últimos años, con la llegada de ese capitalismo salvaje llamado neoliberalismo, ha sido el fantasma de la privatización del servicio. Esta estrategia ha forjado la idea de que la educación va a ser exclusivamente para ricos (siempre dentro del esquema educación igual a escolarización) y, por tanto, favorece el surgimiento de la protesta popular a favor del sistema educativo público para regocijo del Estado que contempla complacido cómo nos dedicamos como posesos a defender su sistema de adoctrinamiento favorito.
En el tema educativo hemos caído (como en casi todos los ámbitos) en la lucha por el mal menor. Decimos aborrecer el sistema capitalista y la esclavitud y pobreza que genera y, sin embargo, nos dejamos el aliento en ponerle parches una y otra vez, de tal manera que al final sólo conseguimos reformarlo y reforzarlo. Transformando la lucha social en un motor de refinamiento del sistema.
La educación es algo en lo que hemos dado el brazo a torcer desde hace mucho tiempo. Hemos aceptado la ecuación que propone el poder de que educación es igual a escolarización, permitiendo de esta manera que sea el Estado el que decida qué conocimientos, valores y actitudes debe poseer cada persona. Por supuesto, la decisión es totalmente favorable a sus intereses y convierte el sistema educativo en el arma más poderosa de dominación y transmite el mensaje de la necesidad que tenemos las personas de ser enseñadas y aleccionadas en las cosas supuestamente más importantes para nosotras. Todo este mecanismo de dominación lo envuelve el poder con el manto del Estado social, bajo el pretexto del derecho universal a la educación, sin embargo, lo que realmente pretende y consigue es que el pueblo crea que no es posible la educación sin el sistema educativo estatal. Y, así, convierte este derecho en el derecho universal al sometimiento. De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo y deleguemos en el Estado paternalista. Junto a esta enseñanza, también nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Lo que nos lleva irremediablemente a la aceptación de toda clase de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros; sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la maquinaria estatal se encarga de medir y catalogar.
Por supuesto, como he dicho anteriormente, hay que defender la educación pública. Pero hay que ir más allá en esa defensa. Hay que crear una verdadera educación pública basada en la participación de todos frente al modelo de expertos vigente. Hay que cambiar el paradigma actual en el que es imprescindible la acreditación estatal de cualquier habilidad para poder ejercerla como si el único lugar donde se puede aprender fuera la escuela. Hay que apostar por una gestión colectiva y por un papel protagonista de las personas que desean aprender independientemente de la edad que tengan. Y, sobre todo, hay que dejar que sea cada cual el que decida su camino y a qué ritmo quiere recorrerlo.

martes, 14 de agosto de 2012

DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD NACIONAL

Lo veníamos contando en artículos anteriores (1, 2 y 3). El Estado, lejos de desmantelarse como afirma la propaganda de los medios de desinformación, sigue reforzando su estructura principal: la encargada de controlar y reprimir a la sociedad.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, contará con un Departamento de Seguridad Nacional, según la modificación del Real Decreto del 13 de enero que se publicaba el pasado 23 de julio en el Boletín Oficial del Estado (B.O.E.). Seguimos así la estela, como siempre, de los EEUU y, tras dejar que utilicen la base de Rota como punta de lanza de la red de “defensa” (como ya sabemos todos, en el lenguaje oficial defensa significa ataque) global y la llenen de submarinos repletos de armamento nuclear ahora también tenemos Departamento de Seguridad Nacional (y su consiguiente máximo responsable, Alfonso de Senillosa).

Tal es la importancia de esta cuestión, que la modificación del Real Decreto se ha producido por un cauce muy poco habitual. Ha sido habilitada directamente por el Presidente del Gobierno sin pasar, siquiera por el Consejo de Ministros. Así se dispone que «bajo la dependencia orgánica y funcional del director adjunto del Gabinete», el Departamento de Seguridad Nacional «es el órgano permanente de asesoramiento y apoyo técnico en materia de Seguridad Nacional a la Presidencia del Gobierno».

Según la prensa oficialista las funciones de este nuevo aparato de control social serían las siguientes:

Siete funciones

Entre las funciones del Departamento de Seguridad Nacional, la modificación del Real Decreto constata:

1. Contribuir a la elaboración, implantación y revisión de las estrategias, así como la coordinación y el seguimiento de las directivas y la integración de los planes que en materia de seguridad nacional se desarrollen.

2. Contribuir a la elaboración de propuestas normativas, estudios e informes sobre Seguridad Nacional y la divulgación de la información que resulte de interés en esa materia, sin perjuicio de las funciones que correspondan a otros órganos.

3. Estudiar y proponer, en su caso, la normativa necesaria para el funcionamiento y actuación del Sistema Nacional Gestión de Situaciones de Crisis, así como programar y coordinar los ejercicios de conducción de crisis.

4. Prestar apoyo a los órganos del Sistema Nacional de Gestión de situaciones de Crisis, asumiendo las funciones de Secretaría Técnica de la comisión Delegada del Gobierno para Situaciones de Crisis y de aquellos otros que determine el Presidente del Gobierno.

5. Mantener y asegurar el adecuado funcionamiento del Centro Nacional de Conducción de Situaciones de Crisis y las comunicaciones especiales de la Presidencia del Gobierno, así como proteger su documentación.

6. Realizar el seguimiento de los riesgos, amenazas o situaciones de crisis o emergencia nacionales e internacionales, en coordinación con los órganos y autoridades directamente competentes, y servir como órgano de apoyo para las decisiones de la Presidencia del Gobierno o de la Comisión Delegada del Gobierno para Situaciones de Crisis.

7. Analizar los posibles escenarios de crisis, estudiar su posible evolución, diseñar y custodiar, en coordinación con los órganos competentes los planes de contingencia que respondan a cada una de la situaciones, manteniéndolos actualizados, elaborando con los respectivos Ministerios los catálogos de medidas de respuesta.

La primera tarea de este Departamento es elaborar una nueva estrategia de seguridad nacional. Normalmente, en estas estrategias aparecen varios apartados:
- Seguridad territorial (“el funcionamiento ininterrumpido como un Estado independiente y más específicamente la integridad territorial del país”)

- Seguridad económica (“el funcionamiento ininterrumpido del país como una economía eficaz y eficiente”)

- Seguridad ecológica (“capacidad de auto-recuperación suficiente del medioambiente en caso de alteración”, refiriéndose, por ejemplo, tanto a la gestión de los recursos hídricos como al cambio climático)

- Seguridad física (“funcionamiento ininterrumpido de los seres humanos en su medioambiente”, poniendo como ejemplos una ruptura de los diques o un accidente en una factoría química)

- Estabilidad social y política (“la existencia continuada e ininterrumpida de un clima social en el que los grupos de personas vivan sin mayores conflictos en el marco de un Estado democrático y valores esenciales compartidos”)


Un vistazo rápido a estos apartados nos lleva a ver cuáles van a ser los verdaderos objetivos de todo esto:
La creación de una gran red de espionaje y control social para tener controlados a cada uno de los habitantes del Estado, tal y como se ha ido haciendo en las últimas décadas, con la excepción de que antes se perseguía a aquellos con ideales fuera del orden establecido (sic), ahora todo el mundo será objeto de seguimiento y control.

Especial atención merece el apartado de seguridad económica. Este organismo va a asegurarse de que el país funcione como una economía eficaz y eficiente, es decir, se va a encargar de perpetuar este sistema esclavista pasando por encima de cualquier derecho individual de los seres humanos. Van a garantizar que nada cambie y que la minoría que domina y maneja el sistema se continúe lucrando infinitamente a costa de la inmensa mayoría de explotados y oprimidos. Para ello, van a hacer valer el objetivo de la estabilidad social y política, ¿Cómo? Pues exactamente como se dice un poco más arriba: garantizando una sociedad sin conflictos dentro del marco de un Estado democrático. ¿Cómo se traduce esto? Garantizando la “paz social”, es decir, criminalizando todo intento de desobediencia civil y ejerciendo la represión en todas sus vertientes (policial, judicial, económica, laboral, política,…), siguiendo con sus políticas de adoctrinamiento social a través de los medios de control social de masas (sistema educativo, medios de desinformación, ocio consumista,…) y pactando con los “agentes sociales” el reparto de las migajas y la caridad de Estado.

Todo esto es lo que ellos llaman democracia y el Departamento de Seguridad Nacional no tiene otro objetivo que mantener a toda costa este estado de la situación.

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