Mostrando entradas con la etiqueta sistema. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sistema. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de abril de 2022

¡VIVE! NO PIENSES Y DISFRUTA DEL ESPECTÁCULO.

La evolución sigue su camino. En 50 años hemos pasado de espectadores pasivos a opinadores pasivos. En ambos casos, la clave está en el segundo término.

Hemos avanzado (no sé si es la palabra correcta) de lo que Debord definió como alguien que se sitúa frente a la realidad y la observa sin más a alguien que tiene la necesidad, incluso la obligación, de opinar sobre todo lo que observa. Lo que ninguno de los dos sujetos está dispuesto a hacer bajo ningún concepto es tratar de intervenir en esa realidad. Se mantiene en una posición de pasividad, más bien de impotencia ante lo que sucede.

Situados de esta forma no tenemos la capacidad de cambiar nada de nuestra realidad. Y ahí, justo en esa impotencia autoimpuesta nos sentimos muy bien, seguros y con la conciencia tranquila. Situados en ese lugar es imposible ser salpicados por la inmundicia de lo que nos rodea. Podemos seguir viviendo en nuestra fantasía democrática del primer mundo.

De hecho, vivimos en una época dorada para ejercer de espectadores (nada es por casualidad) Hay tal cantidad de información a nuestro alcance que literalmente somos incapaces de procesar nada. Simplemente observamos mínimamente, opinamos al respecto y a otra cosa que se nos va la vida. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de las redes y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema, por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo.

Cero reflexión, cero actuación.

Bajo ningún concepto tratar de establecer una relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en la vida. En ningún caso, emprender una acción que pueda mover la silla desde la que asistimos, impertérritos, al espectáculo de nuestra propia degradación. Incluso cuando lo observado nos lleva a un estado de indignación elevado preferimos considerarnos víctimas (nunca colaboradores necesarios y, por supuesto, nunca culpables) y esperar a que los otros, sean los que sean, resuelvan la situación. Mientras tanto, reforzamos nuestro patio de butacas particular y nos atrincheramos en él con más fuerza si cabe.

Nada causa más temor que notar cómo se tambalean los cimientos sobre los que has construido tu reducto. Así que procuras no hacer nada que pueda desencadenar el terremoto. Te mantienes a la expectativa, observando. Perpetuando tu condición de espectador, colaborando en la reproducción continua del espectáculo.  

Imprimir

miércoles, 30 de marzo de 2022

!A DESBROZAR¡

Eliminar los obstáculos o impedimentos que dificultan una acción.

Me gusta esta acepción del verbo desbrozar. Con seguridad es la menos utilizada de todas pero se ajusta como un guante a la idea que me ronda por la cabeza si trato de definir con cierto grado de precisión en qué se ha convertido (si es que no ha sido siempre así) mi vida y la de tantas personas a lo largo y ancho del globo.

La acción por antonomasia es vivir. Nada hay más importante y más simple a la vez. Sin embargo, qué difícil se vuelve en este mundo insensible que todo lo convierte en mercancía, en objetos sujetos a la extracción de beneficio tras lo cual no nos queda más que ser simples desechos.

Pasamos la vida tratando de desbrozar los caminos por los que queremos transitar. En el esfuerzo, ni siquiera llegamos a advertir que esos caminos están más que despejados. Prácticamente existen sólo para que la gente como tú y como yo los transitemos. Y a pesar de eso, a pesar de haber sido andados por millones antes que nosotros se hace imposible no desbrozarlos día tras día. Caminos diseñados para que jamás consigamos llegar a ninguna parte pero tengamos la sensación de haber hecho lo imposible por lograrlo. Ya lo decía el poeta, se hace camino al andar aunque no vayamos a ningún sitio en particular.  

Es una locura. De las primeras cosas que tratan de inculcarte es de la necesidad de escoger un camino, de trazarte unas metas, ir a por ellas… Todo eso dota de sentido tu vida, te dicen. Se supone que pasas gran parte de vida aprendiendo (desde tu casa, la escuela, la sociedad, los medios…) la mejor manera de transitar esos caminos y resulta que apenas te han enseñado nada. Nadie te ha explicado la verdadera naturaleza de esos caminos. En definitiva, nadie te ha enseñado la cara real de la vida, la que no entiende de teorías abstractas sino que sólo reconoce la práctica cotidiana.

Y así vas pasando, tratando de eliminar unos obstáculos que no sabías que te ibas a encontrar porque has estado toda la vida siguiendo las instrucciones supuestamente correctas. Has cumplido a pies juntillas con el plan preestablecido. Pero al parecer, ese plan sólo funciona en determinadas condiciones. Condiciones tan particulares que tan sólo un porcentaje muy reducido de la población está en condiciones de cumplirlas. Este pequeño grupo poblacional coincide a la perfección con el poseedor de la gran mayoría de la riqueza material del planeta. Pero ni siquiera esa gente queda exenta de la obligación de desbrozar para seguir su camino (aunque nada que ver con el trabajo que debemos realizar el resto de los mortales).

Esta ingente tarea debería prepararnos, servirnos de entrenamiento para cuando tratamos de abrir nuevas vías por las que el discurrir de nuestras vidas sea más aproximado a lo que llevamos en nuestros corazones y nuestras mentes. Pero no lo es, no sirve de nada. Ni contamos siempre con las mismas herramientas para desbrozar ni los obstáculos con los que nos encontramos son siempre iguales. En muchas ocasiones, desconocemos por completo las razones por las que nos esforzamos tanto en desbrozar, simplemente, lo hacemos. Es lo que nos han enseñado, es lo que hemos querido creer.

Pero al parecer, aquello de que uno todo lo puede y todo lo tiene en su mano no acaba de ser del todo cierto. Más nos hubiera valido aprender a manejar herramientas para desbrozar que toda esa charlatanería barata. Mejor dicho, ojalá haber comprendido antes que las herramientas están ahí, a nuestro alcance… al alcance de todos. Porque sí, esas herramientas son colectivas y siempre han estado ahí. Sólo desde ahí, desde lo común uno puede empezar a desbrozar con cierto sentido su camino. No sólo eso, sino que también es posible compartir esas herramientas sin que necesariamente implique tener que llegar al mismo lugar que el resto. Sin duda, aprendizajes maravillosos que nadie nos procuró (aunque tal vez sí y no supimos verlo) y que tal vez no acabemos de descubrir jamás o seamos incapaces de llevarlos a cabo ante la sobredosis individualista que acarreamos.

Imprimir

viernes, 29 de octubre de 2021

LA CUEVA NO DA PARA MÁS


La excepcionalidad convertida en norma apenas deja espacio para algo que no sea sobrevivir.


Por todos lados y desde hace tiempo aparecen señales del agotamiento de un sistema que no resiste más. El extractivismo radical, el desprecio absoluto a la naturaleza, la financiarización de la vida y un consumo de lo superfluo elevado a culto no dan más de sí. Obviamente, nada de esto es reconocido (al menos oficialmente) por una minoría mayoritaria que gobierna y legisla para someter a la mayoría del planeta y beneficiar a unos pocos carentes de conciencia y dispuestos a todo por engordar sus, ya de por sí, saciadas cuentas corrientes. Frente a este desplome sistemático, sólo hay que ver para el caso de España los números del último informe sobre pobreza elaborado por Cáritas, se ha vuelto más necesario que nunca mantenernos en un estado de shock permanente. La vida se ha convertido en una serie de sucesos puestos en primer plano para mantenernos ocupados y con el suficiente miedo como para no plantearnos nada más.

Es muy difícil que en momentos como los que vivimos actualmente (y que duran ya unos cuantos añitos) mantengamos intacta nuestra capacidad de respuesta. La excepcionalidad convertida en norma nos ofrece un panorama en el que no hay nada más allá del ahora. En ese ahora sólo cabe una meta: sobrevivir (a menos que pertenezcas a la minoría privilegiada de la humanidad). Como decía la canción: No future

Planes que vayan más allá de conseguir superar el fin de mes quedan reservados para cada vez menos personas alrededor del planeta. Para muchos otros ni siquiera el plano temporal que supone un mes puede ser abarcado, toda su energía debe concentrarse en llegar al final del día. Sin más.

Con este panorama esbozado parece imposible no verse sumergido en la vorágine atomizadora que nos aísla sin remedio y que, si no estamos alerta y prevenidos, nos conduce a considerar al resto como potenciales enemigos en lugar de naturales aliados. A esto le podemos sumar el tsunami reaccionario que se va desplegando poco a poco pero de manera constante conduciendo a muchos hacia una deriva autoritaria y de reforzamiento del expolio capitalista.

El apocalíptico escenario en el que nos obligan a movernos no deja lugar a dudas. Esto se acaba tal y como lo conocemos, lo cual no quiere ni tiene por qué querer decir que lo que venga después va a ser mejor. De hecho, no creo que estemos ni de lejos preparados para ese después con lo cual las probabilidades de que sea mucho peor son bastante altas.

Una sociedad organizada en torno al consumo como la nuestra, difícilmente podrá resistir el hecho de que cada vez ese consumo sea más excluyente y exclusivo, en manos de menos personas. Las diferencias sociales se acrecientan: los ricos son más ricos y el resto más pobres. Está cayendo el mito de las clases medias (por fin) y con él los dogmas del esfuerzo y la superación personal para obtener todos los beneficios que el sistema capitalista puede ofrecer. Y esto sucede a pesar del constante bombardeo mediático de gurús de toda clase encargados de difundir el mensaje de que sólo los mejores se salvarán y el resto son justos merecedores del ostracismo económico y social. Vamos que el pobre lo es por decisión propia y por pereza. Mientras el eje de rotación social siga siendo una cuestión como el consumo exacerbado y no queramos comprender que eso condena a la pobreza y a la muerte a millones de personas estamos jodidos. Realmente no necesitamos de estos escenarios excepcionales que continuamente nos impactan, no se me ocurre nada más excepcional y apocalíptico que el modelo actual donde se permite (permitimos) y se celebra una desigualdad social que directamente podemos calificar de asesina.

Esto es una jodida catástrofe y, probablemente, el cuerpo nos pide adentrarnos más en la cueva personal que vamos construyendo día a día a modo de coraza. Lo hacemos con la esperanza de que nos proteja a sabiendas de que nada construido desde la atomización en la que vivimos va a quedar en pie. Y lo seguimos haciendo porque lo contrario, la construcción colectiva, requiere de una energía de la que mayoritariamente hemos sido desposeídos por este sinvivir que hemos adoptado como vida. Porque sobrevivir nos agota de tal manera que nada parece ser posible más allá de eso. Llegar al fondo de la cueva y permanecer acurrucados esperando confortablemente a que algún día (tal vez más pronto que tarde) todo se derrumbe con nosotros adentro o salir y enfrentarnos a una realidad dolorosa y difícilmente soportable pero que irremediablemente debe ser transformada si queremos que haya un mañana para los que nos sucederán. Lo bueno de todo esto es que todavía podemos elegir.


Imprimir

viernes, 26 de junio de 2020

¿ES LA DEMOCRACIA UNA DISTOPÍA?

De forma recurrente hablo y, de vez en cuando, escribo sobre la necesidad de recuperar la utopía como elemento central en el pensamiento crítico. No sólo por la necesidad personal de cada cual de ir atisbando un horizonte hacia el que caminar, sino como contraposición a una realidad cuyos elementos se vuelven cada vez más distópicos, más inhabitables. Existen infinidad de esos elementos que nos afectan, que condicionan nuestra vida durante cada segundo de nuestra existencia. Y ante los cuales hay que empezar por resistir para poder existir. Sin embargo, hay un elemento que probablemente engloba a todos, o prácticamente a todos los otros, y que rara vez es situado en la lista de elementos distópicos, de aspectos sobre los que al menos es necesario reflexionar y poner en tela de juicio.
Este elemento es la democracia, sí la sacrosanta democracia.

La democracia es el marco en el que los miembros de las sociedades que se consideran a sí mismas como ideales, tenemos para desenvolvernos. Lo domina todo, incluido el lenguaje con el que formamos los conceptos, las ideas con las que performamos nuestras vidas. Utilizamos ese lenguaje para describir aquello que nos incomoda, que nos crea malestar, que nos oprime. También para delimitar aquello que anhelamos, a lo que aspiramos. De esta forma, sin darnos cuenta, se impone un modelo de vida que es incapaz de transgredir los márgenes que nos ofrecen. Se coloniza nuestro interior al mismo tiempo que esa colonización tiene su reflejo en el mundo exterior, donde la fuerza es utilizada de forma más o menos explícita, para imponer ese modelo basado en la libertad. Una libertad que como mucho es un mal sucedáneo del ejercicio de la misma. Una libertad que como todo en esta vida es definida dentro de los límites de lo democrático, es decir, de lo asumible.

A partir de ese momento, no es posible imaginar nada mejor que la democracia. Tal vez podamos imaginar cómo mejorar algunos aspectos concretos (eso que unos llaman regeneración democrática, otros tal vez lo llamen democracia digital, tal vez si siguiéramos buscando podríamos hallar docenas de denominaciones para otros tanto modelos de mejora democrática). Pero, desde luego, lo que no somos capaces de vislumbrar es un sistema superador de la democracia. Es posible que esto se deba a que tenemos la creencia, transmitida de generación en generación de que la única alternativa a la democracia es la dictadura y ésta es, sin duda, el peor de los males. No lo pongo en duda. No deseo una dictadura de ningún tipo a nadie. Ahora bien, eso no implica que le desee un sistema democrático. Porque como decía, no quiero dictaduras y las democracias no dejan de ser dictaduras sociales en las que se imponen, como siempre, los intereses de una minoría. Así ha sido desde su origen.
Siempre se habla de la democracia ateniense como el principio del sistema hace ya unos cuantos siglos. Pero ya en ese momento, el gobierno del pueblo no era más que el gobierno de los poseedores, de los propietarios, hombres. Ni mujeres ni esclavos.
Hasta llegar a nuestros días, la democracia ha ido variando, construyéndose siempre respondiendo a una correlación de fuerzas muy desiguales entre aquellos que poseían la riqueza y los que no. Siendo así, no es de extrañar que en cualquiera de las diferentes manifestaciones que la democracia ha ido mostrando siempre hayan respondido a los intereses de unos pocos.
Pero si algo confiere de forma definitiva esa pátina distópica a la democracia es su carácter omnipresente. Jamás ha habido un modelo de gobierno tan intrusivo como la democracia que pretende abarcar todos los aspectos de la vida. Pretende legislarlo todo hasta lo más íntimo. Y lo que es peor, siempre con criterios económicos. Siempre con el beneficio en mente. Esto la ha convertido en el sistema ideal para el desarrollo del capitalismo ya que ha conseguido que un modelo económico nacido para el beneficio de los Estados se haya convertido en un elemento autónomo situado por encima de los Estados mismos. Esto explica en gran medida el porqué de la supremacía del modelo democrático y de su incuestionabilidad.

Además, la democracia es considerada como un sistema moralmente insuperable ya que es ni más ni menos que la representación del interés popular. Aunque es evidente que la única representación existente es la de los intereses de aquellos que poseen la riqueza sigue siendo, aparentemente, irrefutable esta afirmación. Al fin y al cabo, el pueblo elige libremente a sus representantes así que no hay nada que objetar. Es tal su grado de perfección moral que continuamente se inician guerras alrededor del mundo en su nombre. Se trata de imponer la perfección del sistema allá donde todavía se muestren indecisos ante él. Por supuesto, es todo por el bien del pueblo aunque para ello haya que asesinar al propio pueblo. La democracia pretende ser el único modelo posible. Su democracia debe ser para todos, sin excepción.

Democracia o barbarie. Podría ser el eslogan de los tiempos y, no obstante, no parece que la barbarie haya desaparecido ni mucho menos en los países democráticos. Basta ver cualquier informe (o abrir los ojos a tu alrededor si no es que tú mismo la sufres en primera persona) escogido al azar del organismo oficial que se quiera sobre condiciones de vida para ver la lamentable situación en que se encuentran las sociedades democráticas. Sirvan como ejemplos los de EEUU, donde las desigualdades sociales y todo lo que conllevan son abismales o la propia España, donde la pobreza alcanza a un tercio del total de la población. Podríamos fijarnos en el acceso a la vivienda, o a la educación, o a la sanidad o cualquier otro parámetro que se nos ocurra para ver qué intereses defiende la democracia.


Tal vez no presente los niveles brutales de represión pura y dura de las dictaduras (cuyo recuerdo facilita mucho más la imposición democrática) pero de ahí a la perfección como sistema de organización social hay un abismo. Hay margen para poder, al menos, confrontarla, para incluir, al menos,  esta oposición en el marco de nuestra conciencia. Es posible que estos sean buenos tiempos para ello. Tal vez esta nueva normalidad de la que tanto hablamos incluya la posibilidad de responder a la pregunta que encabeza este escrito. En caso de una respuesta afirmativa, estaremos más cerca de nuestro sentir. Y eso sí que es moralmente positivo.
Imprimir

jueves, 13 de febrero de 2020

DESBORDAR LO GESTIONABLE

Una de las definiciones que ofrece la rae de gestionar es la de ocuparse de la administración, organización y funcionamiento de una empresa, actividad económica u organización.

Es un término que, evidentemente, proviene de la esfera económica, del mundo jurídico-empresarial que se ha instalado en todos los ámbitos de nuestras vidas, de tal manera que ya forma parte fundamental de nuestro quehacer diario.

Todo es susceptible de ser gestionado, todas las personas somos susceptibles de ser gestionadas (incluso de autogestionarnos) Cualquier concepto que consigamos pensar es gestionable: personas, conflictos, relaciones, emociones, entorno, tiempo, migraciones… Nada ha conseguido escapar al poderoso influjo de la mercantilización. Todo es un producto, todos lo somos. Los grandes gurús, encumbrados como la voz de sus amos, nos alientan a que seamos buenos gestores. Todo esto sucede porque hasta el último rincón de nuestra vida ha sido conquistado por la megamáquina capitalista y convertido en simple producto.

Ya no se afrontan conflictos ni retos, se gestionan. Ya no se reclama ni se confronta, se gestiona. Ya no se sufre ni se ama porque ahora las emociones se gestionan. Todo se ha convertido en una maldita burocracia individualizada.

Los gobiernos han adoptado como su forma habitual de funcionamiento la gestión de la crisis permanente, sometiéndonos a la excepcionalidad constante, convirtiéndola así en la norma. De esta forma, la crisis es continua y su gestión imprescindible. En nombre de esta constante urgencia el poder encuentra mil y una oportunidades para reestructurarse y poder modificar sus mecanismos de control una y otra vez mientras la mayoría espera la llegada de mejores tiempos. Tiempos que nunca van a llegar.

Lo lógico sería pensar que la crisis es el fracaso del sistema, es decir, lo que vivimos en la actualidad no sería otra cosa que la gestión sin fin de un derrumbe que nunca acaba de llegar pero que no podemos (¿queremos?) evitar porque, en última instancia, la lucha siempre acaba siendo por ver qué forma de gestionar es mejor. Porque hemos perdido la capacidad de imaginar siquiera algo diferente.
Hemos adoptado el vocabulario del enemigo y lo hemos interiorizado hasta hacerlo nuestro. Con ello, hemos aceptado su marco conceptual, su lógica de razonamiento, la del beneficio económico. Somos parte de él, jugamos en el mismo equipo.


La única opción es desbordar lo gestionable, imposibilitar su forma de gobernarnos, de dominarnos. Hacer impensable la neutralización de conflictos, de posibilidades de cambio. Romper el marco teórico que constriñe todo cuanto sucede a día de hoy para poder así negar la gestión. Porque, en última instancia, negar la gestión es negar la posibilidad de ser gobernados. Es abrir la puerta hacia un nuevo horizonte.

Imprimir

lunes, 17 de junio de 2019

CANSANCIO Y CONTROL



Retomando el último texto publicado en el blog, sigo dándole vueltas a como parece ir evolucionando el modelo social en el que estamos inmersos y las diferentes consecuencias que eso tiene para nosotros.
Hablaba de esa sociedad de la cadena de montaje, de la fábrica, de su rigidez de valores, en definitiva, de esa sociedad tan atada en corto. Así en ese momento se podía ver claramente aquello que más la definía en ese aspecto.
Una sociedad de control delimita claramente con sus muros físicos lo aceptable de lo inaceptable, convirtiendo así en locos y/o criminales a todos aquellos que no encajan en el estrecho marco de acción que estable. Sus parlamentos, sus cárceles, cuarteles, hospitales, colegios,… se encargan perfectamente de esta función. Sin embargo, toda esta maquinaria es harto pesada de mantener engrasada y a pleno rendimiento. Y vemos como, poco a poco, con la aparición y el predominio de ese nuevo modelo donde la fábrica pierde peso y la economía financiera (con todo lo que implica) se hace dueña y señora, surge la necesidad de acotar su funcionamiento para tan sólo casos especiales. Adoptando una nueva forma para su desempeño diario mucho más “económica” y que consume menos recursos y, por tanto, que la proporción del pastel a repartir entre las élites sea mayor. Una forma de control que es una “consecuencia natural” (así lo predisponen las teorías científicas) de la sociedad de consumo y del emprendimiento en la que estamos hundidos hasta el cuello.
Ahora el controlador ya no es externo, nosotros mismos nos encargamos de realizar esta labor. Y parece que lo hacemos realmente bien. La verdad es que nos lo ponen fácil. Basta con hacernos creer que lo tenemos todo a nuestro alcance, que cualquier hijo de vecino puede ser el nuevo rey del mambo y llevar una vida de lujo para que entreguemos todo nuestro arsenal de rebeldía interior. Miedo, avaricia, idiotez… razones múltiples que conducen al mismo lugar: sumisión a las reglas que otros han diseñado para nosotros.
Abandonada toda esperanza, nos lanzamos a la carrera por los senderos marcados, sin darnos cuenta de que todos son circulares. Todos nos llevan al punto de inicio, o lo que es lo mismo, a ninguna parte. Porque en esta sociedad, el final de la carrera es la muerte, sólo con el movimiento perpetuo puedes mantenerte a flote dentro de ella. Aunque eso signifique cronificar un cansancio vital que nos lleva a una especie de suicidio del espíritu, a una vida artificial, vacía. Ese cansancio vital es uno de los mayores factores de control en este nuevo modelo. A veces, lo podemos identificar como conformismo o apatía, pero en cualquier caso, eso no surge de la nada. Nace de una estrategia predeterminada por la que la velocidad se ha apoderado de todas nuestras acciones, no sólo produciendo beneficios para los capitalistas sino que también en todo aquello que debiera definirnos: el amor, la reflexión, la lucha y la resistencia, el compromiso… todo debe hacerse rápido, todo nos cansa en extremo. Así, es difícil no caer en el fracaso una y otra vez. Así es como nos sentimos cada vez más cansados, más derrotados, más predispuestos a controlarnos y ser controlados. Nos conduce a un inmovilismo vital que nos encierra en nosotros mismos o, en el mejor de los casos, en pequeños grupos humanos creados alrededor de una idea común que con el paso del tiempo se vacía de significado, si es que alguna vez lo tuvo.
El bucle puede no tener fin, quién sabe. Lo único cierto, al menos para mí, es que pasan los años y nada parece cambiar, nada hace sospechar que podamos ser capaces de romper sus paradigmas, sus estrategias. Aunque siempre he creído que en la derrota es donde uno empieza a vislumbrar la esperanza.
 

Imprimir

lunes, 20 de mayo de 2019

SEGUIMOS BAILANDO AL SON QUE NOS MARCAN



Tocan elecciones, varias, pues allá vamos. Llevamos meses comiendo caldo electoral de día y de noche. Todo se centra en eso. Ahora toca parar el fascismo, en las anteriores acabar con el bipartidismo y el Régimen del 78, en las próximas tal vez salvar el proyecto europeo, o que sé yo. Todo esto con una simple acción, el voto, que para eso es la quintaesencia de la democracia. Sí, miles de años de evolución han dado como resultado que poner un papel en una caja s la mejor forma de tener el control sobre tu vida. ¡Bravo!

Vamos a ello, nos engañamos y votamos. Ya s sabe, el mal menor, votar con la nariz tapada… Por seguir con los tópicos, ahí va otro. Eso es como salir al campo a que no te goleen y cosechar la mayor derrota del año (sucede en nueve de cada diez ocasiones, en la otra pierdes igual pero más decorosamente) Da igual quién gana, aunque ganen los “tuyos”, tú pierdes siempre. Es sencillo, el juego tiene unas normas y si juegas tienes que seguirlas. Si las sigues no hay posibilidad de que el resultado te sea favorable, a menos que te conviertas en ferviente seguidor del juego y admitas que las migajas que puedan caerte son un suculento botín. En el mejor de los casos, mejorará algún aspecto superficial que en poco afecta a lo fundamental. En el peor, te quitarán el maquillaje de golpe y verás el verdadero rostro de un mundo que agoniza y, mientras lo hace, destruye todo lo que encuentra a su paso.

Vivimos en las llamadas democracia liberales (afortunados que somos) cuyo nombre, en contra de lo que muchos puedan pensar, no se debe al predominio de la libertad individual de las personas, sino a la libertad del Capital para seguir siendo acumulado por unas pocas manos. Y eso es todo, podrán darle cincuenta mil vueltas al asunto, pero el meollo se mantiene intacto.

Aun así, nosotros a lo que nos digan, que no nos falten temas ni elementos para marear la perdiz y demostrar lo buenos oradores y argumentadores que somos todos.
Que si quién es el más fascista de todos, o el más imbécil, llámalo como quieras; que si los gobiernos del cambio han servido para cambiar algo o no, que si un fulano ha apadrinado la sanidad pública, que si tal o cual ha hecho méritos para esto o lo otro; que si tu bandera es más grande y más bonita que la mía… Hasta los que tienen claro (o eso me parece) que no participan en el circo, andan todo el día pendientes de todo y buscando, de paso, traidores entre los suyos que hayan sucumbido a la tentación. Y así pasan los días, los años, la vida.

Lo peor, es que todos sabemos que hasta las decisiones que no son más que migajas para nosotros, no dependen de los votos sino de la presión social en la calle y en el trabajo. Ningún gobierno aprueba nada mínimamente favorable a la mayoría sin que ésta lo exija, al fin y al cabo, si no lo van a poder rentabilizar en votos en las próximas elecciones para qué molestarse. Se lo ponemos tan fácil, somos tan dóciles, nos conformamos con tan poco…
 

Imprimir

jueves, 3 de enero de 2019

RETRATO DE UN PRODUCTO (En su doble vertiente)

Soy un producto, o eso es lo que se pretende, lo que quieren que seamos, lo que probablemente ya sea a estas alturas.
Un producto del que todo es factible de ser aprovechado, consumido. Cada partícula de mi ser sirve para hacer negocio con ella. Cualquier aspecto inmaterial que me conforma vale para que obtengan beneficio de él. Tanto lo físico como lo intelectual, incluso aquello que podría ser considerado como espiritual es comprado por el mejor postor a diario. Se vende quiera o no, oponga mayor o menor resistencia sucede constantemente. Y si lo pienso, ni que sea por un momento, me doy cuenta de que me vendo por nada.

Soy consumido a cambio de consumir, un triste círculo vicioso que no debería consolar ni al más estúpido de los humanos. Y sin embargo, lo hace. Casi siempre lo hace. No hay otra explicación para esa espiral en la que nos consumimos y llamamos vida. Vida triste que rápidamente nos encargamos de poner en el escaparate, presumiendo. Absurdo, no existe otra palabra que lo defina.

Exhibido en un escaparate de alcance mundial, sin pudor, sin escrúpulos, con toda la crudeza que requiere reducir un ser humano a la simple condición de objeto. Pero no un objeto cualquiera, sino uno de la más baja condición, uno de usar y tirar. De los que no requieren siquiera un mínimo de mantenimiento. Porque además de ser un producto susceptible de ser comprado o vendido, también soy un producto de este tiempo. Tan asimilada mi condición que yo mismo me pongo en ese escaparate. No necesito que nadie lo haga por mí, yo me basto y me sobro para hacerlo y hasta para vanagloriarme por ello. La estupidez es imprescindible para ser un buen producto, es una característica muy apreciada por los compradores.

Como decía, soy un producto de mi tiempo y envuelvo mi vida con colores llamativos en forma de experiencias vitales porque sé que el contenedor es más importante que el contenido. Experiencias que vendo como únicas, sin ser consciente de que son exactamente las mismas que venden el resto, porque ya la imaginación no nos da para más. Porque somos material clonado, moldeados bajo un mismo patrón que nos hace creer únicos cuando no somos más que copias que van perdiendo calidad con el paso del tiempo.

Imprimir

viernes, 19 de octubre de 2018

SU MIEDO, NUESTRO MIEDO

El miedo siempre está presente. Es una emoción básica y uno de los motores para bien o para mal, de las sociedades humanas.
Siempre he oído que hay que hacerlo cambiar de bando; pero el miedo está en ambos lados. Simplemente, unos tienen las armas y las herramientas para protegerse de sus miedos. Otros, nos las negamos.


El sistema basado en la acumulación de capital se tambalea, se dirige a su fin tal y como lo hemos conocido hasta ahora. No parece que nada mejor vaya a surgir de sus cenizas (al menos para nosotros). Sus dos principales fuerzas motrices se agotan y se están volviendo insuficientes para mantener la dominación capitalista.
La explotación a través del trabajo asalariado ya no sirve para mantener su tan necesaria paz social. Por muchos trabajos inútiles que inventen ya no son suficientes para emplear a toda la masa obrera existente. Además los salarios de miseria hacen inviable el mantenimiento del nivel de consumo que necesita la maquinaria capitalista para mantener su función. Esto no tiene vuelta atrás por muchas motos que pretendan venderse desde el progresismo tecno-optimista oficial.
La depredación de recursos naturales y bienes comunes en todo el planeta ha llegado a límites insostenibles literalmente y las catástrofes se suceden y seguirán haciéndolo. Nada importa si reporta beneficios.

Esto es una bomba de relojería y lo saben, lo saben desde hace mucho tiempo, tal vez desde siempre. Nosotros, apenas empezamos a intuirlo. Ambos tememos la explosión de la bomba. Pero ellos siempre han tratado de controlarla y lo consiguen una y otra vez.

A golpe de leyes, de educación, de comunicación de masas, de sistemas de representación vacíos e inocuos… Siempre consiguen retornar las aguas a su cauce consiguiendo mantener esa paz social tan importante para poder seguir impunemente acaparando toda la riqueza. Al fin y al cabo se trata de eso. Cuando todo falla, siempre quedan los golpes. Es la única manera con la que logran dominar por completo su mayor miedo: el estallido de esa falsa burbuja en la que vivimos. La violencia es su bálsamo, su derecho, así lo dictaminan sus leyes.
Saben que la quiebra de esa burbuja sólo es posible si logramos desembarazarnos de esa falta de responsabilidad que nos han inoculado a través de todo ese entramado de representantes y gestores (partidos, sindicatos, iglesia, ongs…) que se encargan de nuestras vidas con nuestra complicidad. Hemos crecido bajo la premisa de acatar las acciones que hacen en nuestro nombre y aceptarlas como nuestras. Hemos aprendido a ser espectadores de nuestras propias vidas dejando que la voz cantante la lleven ellos. Superar el actual mundo depredador y formar parte de la construcción de un mundo mejor sólo es posible si lo hacemos en primera persona, sin intermediarios que nos digan lo que hay que hacer y cuándo hay que hacerlo, dando la cara a sabiendas de que eso implica dolor y represión. Y eso, sin duda, nos da mucho miedo. Un miedo que nos atenaza y nos hace creer que vivimos mucho mejor acatando y desahogándonos en el anonimato. Deseando, en la intimidad, que la eterna promesa de un mañana mejor sea renovada una vez más y nos permita seguir sin tener que arriesgar en demasía.


Lo siento, eso ya no es posible.

Imprimir

viernes, 8 de junio de 2018

UTOPÍA O DESASTRE






La lucha del hombre contra el poder,
es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera.

La mayoría de las crisis a las que nos enfrentamos son manifestaciones de un mismo mal: una lógica basada en la dominación por la que se considera que la mayoría de seres humanos somos simples cosas de las que se pueden prescindir. Esto mismo, se aplica al planeta mismo en el que habitamos.



En primer lugar, es necesario que seamos capaces de reconocer las conexiones existentes y los intereses que se esconden tras las guerras, las migraciones forzosas, el cambio climático, la absoluta dependencia de los combustibles fósiles, el racismo, la represión, la violencia contra el débil como forma de situarse en el mundo… Como decía, todo esto no son compartimentos estancos. Todo sigue una lógica y obedece a unos intereses.

Generación tras generación vamos aprendiendo a pensar en compartimentos estancos. El paradigma de la terapia rápida y centrada en la solución se impone y nos condena a prescindir del trabajo de largo alcance, de soluciones duraderas que nos parecen siempre inalcanzables.

La necesidad de recuperar el pensamiento utópico es acuciante. Cada año que pasa queda menos rastro, al menos en Occidente, de otra forma de vida que no sea la vivida bajo el capitalismo en cualquiera de sus diferentes formulaciones. Además, pronto ni siquiera quedará el recuerdo del llamado Estado del Bienestar, ya que las nuevas generaciones sólo conocen el yugo del capitalismo salvaje y competitivo que no ofrece ninguna contrapartida por mínima que sea. En estas condiciones es difícil poder llegar a soñar, ya no digamos pensar y realizar, una alternativa que evite el cataclismo hacia el que nos conducimos.

Estamos totalmente integrados en el esquema del capitalismo, somos sus hijos y sus perpetuadores. De esta forma, la capacidad de exigir nada que no sean pequeñas reformas o reajustes al marco actual se nos escapa. Mantenemos la capacidad de decir NO; pero cada vez nos queda más lejos la posibilidad de proponer. Entre otras razones, es esto lo que hace tan maleables y fáciles de aplacar los movimientos de protesta surgidos en las últimas décadas.

Hemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario.

Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.

Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida.
Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

Imprimir

martes, 22 de mayo de 2018

IMPUNIDAD

Definida como la excepción de castigo o escape de la sanción que implica una falta o delito, falta de sanción. Sinceramente, creo que va mucho más allá y sus implicaciones son devastadoras.
Sobre todo, la impunidad es un rasgo característico de los que se saben en el lado del poder, de aquellos que lo encarnan y de los que se encargan de defenderlo y perpetuarlo. La impunidad es una prerrogativa de los vencedores, siempre lo ha sido.
En el lado de los vencidos, de los perdedores, que es el mayoritario, se sufren las consecuencias de esa impunidad. Dolor, humillación, enfermedad, esclavitud, muerte… y todo aquello que el ser humano es capaz de padecer. Porque la impunidad permite al poderoso hacer lo que le venga en gana, cuando quiera y, por encima de todo, a quien quiera. No hay contrapartida, si es bueno para sus intereses (sean de la índole que sean) se hace y punto. Así funciona el mundo. Como prácticamente todo en este sistema criminal en el que vivimos, la impunidad es jerárquica. Cuanto más alto sea el lugar ocupado en ese orden jerárquico mayor es el grado de impunidad del que se goza y menor la posibilidad de caer.

Los Estados como superestructuras carentes de rostro y alma son los encargados de mantener ese privilegio que supone la impunidad. Con su inmensa maquinaria bélica, judicial y burocrática. Al tiempo que Los grandes capitalistas parapetados tras sus enormes fortunas son los receptores del beneficio último que otorga el uso y disfrute de este privilegio. Ambos controlan, crean y ejecutan el sistema judicial que debe impedir esa impunidad y que, de hecho, se la impide a la mayoría de la población que no forma parte de su bando. Pero, a consecuencia de esto, ellos tienen las manos libres para ejecutar sus planes sin ningún contratiempo.
Además controlan a millones de mercenarios en todo el mundo (sean funcionarios públicos o no) que se encargan de ejecutar sus designios haciendo uso de la impunidad que se les concede por trabajar para el bando ganador.

A lo largo del tiempo, podemos encontrar miles de ejemplos. En la actualidad, por citar alguno, vemos cómo el Estado de Israel lleva masacrando palestinos desde hace décadas sin que nada pase. Estados Unidos monta y desmonta guerras y gobiernos allá donde le place sin que nadie diga nada. Pero no sólo ellos, cualquier Estado goza de la capacidad de arruinar las vidas de la gente si con ello obtiene algún beneficio.

Qué decir de las grandes empresas. Sólo hay que ver el desprecio con el que las multinacionales del petróleo, la energía o la minería tratan a la naturaleza y a las personas que forman parte de ella alrededor del mundo. Su sistema les protege.


La impunidad, al igual que muchos otros rasgos distintivos de este sistema, ha sido totalmente integrada y asimilada por la mayoría de la población. No se concibe como privilegio sino como consecuencia natural del devenir de la sociedad. Incluso se envidia y se desea. Porque en este mundo donde se premia el individualismo egocéntrico y descerebrado, la capacidad de poder actuar sin tener que asumir las posibles consecuencias, es un valor en alza, deseado por muchos.

Imprimir

lunes, 18 de enero de 2016

COMO SIEMPRE… GANAN ELLOS



Día tras día, todos los canales a mi alcance para recibir información están saturados y copados por las andanzas de los partidos políticos y lo que parece ser el inicio de algo que cambiará para siempre la forma de entender la democracia. Al menos eso es lo que se vende por todos los medios posibles y, en verdad, el mensaje cala y mucho. Tanto los que lo creen a pies juntillas como los que no, dedican tiempo y esfuerzo a debatir sobre ello sin ser capaces de variar ni un ápice sus planteamientos.
Admito que tiene su cierto interés todo este debate (a mi juicio bastante estéril) porque, por lo menos, está haciendo que mucha gente ande interesándose por cómo funciona todo esto que llaman democracia. Ahora sólo falta que dejen de comportarse como hinchas futboleros defendiendo a su equipo y traten de analizar y razonar sobre los hechos. Pero no nos engañemos. Cada gesto, cada declaración, cada movimiento que se ensalza o se aborrece es un paso más que se da hacia la inacción, hacia el más de lo mismo.
El teatro político está en un momento álgido. Tanto en España como en Catalunya los que se autoproclaman como portadores de la voz del pueblo y sus supuestos enemigos políticos están dando lo mejor de sí mismos. Veinticuatro horas al día de emociones garantizadas como si de un reality show se tratara (aunque pensándolo un poco, tal vez se trate de eso). Se inician legislaturas épicas en ambos parlamentos que pasarán a la historia por su carácter rupturista, por su contribución a la democracia, a la libertad, por su… ¡Espera! ¿Eso no era cuándo la Constitución del 78? ¿O era cuando entró Felipe? ¿O cuándo Bildu o IU tocaron silla? ¿Zapatero? ¿El tripartito catalán?
Dicen los más entendidos (de los que campan por platós y redacciones) que ahora es diferente, que ahora es el pueblo el que ha entrado en el parlamento. No sé qué decir, por mucho que me esfuerce no logro imaginarme cómo ese pueblo ha pasado, en tan poco tiempo, de proclamar que el poder no reside ni en el Parlamento ni en los Gobiernos ya que son meros títeres de grandes transnacionales y fondos de inversión que todo lo devoran, a asegurar que ahora sí, que es el momento en que la política (se entiende que la que se hace a través de los cauces establecidos, claro) va a hacerse por y para el pueblo, como si el poder por arte de magia se hubiera esfumado de las manos del gran capital.
Así es que empieza el juego:
Votos, pactos, acuerdos, legislaturas, diputados, sentido de estado, democracia, partidos, proceso, unión, negociación, reformas… DECEPCIÓN
No cabe esperar otro resultado, no es posible otra cosa que no sea la decepción. Tarde o temprano (normalmente no hace falta esperar demasiado) caen las máscaras y se desmorona ese castillo que con tanto esmero se había construido, lástima que se hiciera en el aire. Por supuesto, para que llegue la decepción primero hay que creer. Hay que hacer un acto de fe y pensar que las reglas que impone el sistema permitan abolir dicho sistema. Yo no lo creo, más bien me inclino a pensar que los Parlamentos no son ese órgano democrático de representación de la voz del pueblo, sino que son unas máquinas potentes con unos engranajes que garantizan el actual orden de las cosas. El orden democrático es el eufemismo utilizado para mantener la tiranía del salario, la acumulación de beneficios, la explotación humana y de la naturaleza, la dominación ideológica…
Por supuesto, que mientras nos pueda más la boca que lo que hacemos seguiremos sometidos a los designios de los Gobiernos y sus Parlamentos. Pero dejemos algo claro: jamás ningún cambio sustancial nació ni nacerá de ningún Parlamento, a lo sumo refrendará una conquista social cuando crea que sus consecuencias estén más que controladas. Así uno de los mayores logros de la lucha obrera fue la jornada laboral de ocho horas diarias allá por 1919, conseguida tras una intensa lucha encabezada por una huelga de 44 días y un alto coste humano por la terrible represión ejercida por Estado y patronal. Obviamente, el Gobierno encabezado por Romanones prefirió sellar ese avance ante la posibilidad de que todo aquello derivase en algo peor para el orden establecido. Bien sabían que la dictadura del salario estaba impuesta y bien afianzada en el imaginario colectivo.
Parece claro que a día de hoy una movilización popular del tal calibre, con todo el factor de solidaridad que conlleva, parece improbable (entre otras causas precisamente por la aparición de esos partidos autodenominados como voceros del pueblo, que han conseguido vaciar las calles haciendo creer que el trabajo ya está hecho con su llegada al Parlamento) y, más improbable todavía parece que el sistema se sienta tan presionado como para ceder en alguno de sus privilegios y conceder una ración un poco mayor de las migajas con las que nos sustentamos a día de hoy, porque eso es de lo único que hablamos cuando lo hacemos de la vía parlamentaria: migajas.
Así que… como decía, mientras no estemos dispuestos/preparados para romper las normas y salir de su tablero de juego no queda otra que seguir trabajando en la construcción de alternativas, en la agitación, en la creación de otros modelos relacionales lejos de la monetarización… En definitiva, trabajar en nuestras ideas, sentimientos y acciones porque esto es lo único que tenemos para enfrentar este mundo loco y criminal. Ningún partido ni ningún Gobierno están con nosotros en esas luchas, sólo podemos contar con lo que somos y lo que hacemos.
 

Imprimir

miércoles, 24 de junio de 2015

SOBRE COERCIÓN Y PERSUASIÓN



Entró en vigor la ley mordaza; aunque de manera encubierta lleve activa desde antes incluso de que ningún político se atreviera a formularla. Es una vuelta de tuerca más que considerable en la escalada dictatorial en la que andamos envueltos. Parece que definitivamente los tiempos de la zanahoria han pasado y se impone el palo como método de gobierno. Y esta vez, no sólo la gente comprometida y militante es la que se arriesga a sufrir todo el peso del aparato represivo, sino que cualquiera puede ser la víctima, especialmente esa especie tan desarrollada en los últimos años que centra su espíritu de lucha en el salón de su casa sentada frente al ordenador.

Cuando hablamos del palo y la zanahoria nos referimos a la típica forma en  que las élites ejercen el poder sobre el común de la humanidad. El ejercicio del Poder exige la coerción física (o su amenaza) y la manipulación psicológica. Con el despliegue del aparato represivo (policial, judicial, carcelario...) se ejerce una presión directa e inmediata sobre toda aquella persona considerada peligrosa para el orden social establecido y que además se atreve a demostrar su disconformidad de manera pública a través de sus actos. La coerción no es sólo a nivel físico (y eso que España es una de esas democracias donde la tortura y la violación de los derechos humanos están a la orden del día, tal y como saben todos aquellos que la sufren y tal y como lo denuncian organismos tan poco revolucionarios como Amnistía Internacional).
Otro nivel importante de coerción es el económico. Cada vez se apela más a la sanción económica como método para persuadir a todos aquellos que creen que tienen algo que conservar de que la protesta y la disidencia es un camino que conduce directamente a la desposesión y, por tanto, a la exclusión del sistema y aunque parezca paradójico esto frena a muchísima gente cuando parecería razonable vivir excluido de esta locura. Además de todo esto, tenemos la coerción psicológica que tiene muchas aristas pero que sin duda las políticas de dispersión en las cárceles son un claro exponente del inmenso daño que inflingen tanto a los presos como a sus allegados. Podríamos seguir enumerando situaciones donde los llamados ciudadanos libres (eso se supone que somos) nos vemos sometidos por la acción del palo, sin embargo, creo que todos las conocemos sobradamente.


Por otro lado, tenemos la zanahoria. Porque al poder le interesa una población sumisa pero contenta y agradecida por el tipo de vida que lleva. Así tenemos que para garantizar el control social se necesita ejercer la fuerza pero también desarrollar la persuasión. La persuasión es otra manera de denominar al adoctrinamiento pero con pequeñas diferencias, ya que la persuasión se consigue colonizando el imaginario colectivo. Poco a poco a través de la educación, los medios de desinformación, los espectáculos de masas y la cultura prefabricada se van imponiendo unos presupuestos básicos que acotan el mundo adaptándolo a las necesidades de las élites. Esta constante persuasión hace que vayamos construyendo un personaje que nada tiene que ver con nosotros pero que acaba dominando nuestra vida, porque la necesidad de adaptación a las exigencias del sistema hace que acabemos identificándonos, exclusivamente, con nuestra máscara social, necesaria para la supervivencia. Con ello se genera un vacío interior, se aniquila la propia vida y tratamos, entonces, de generar nuevas realidades a través de redes sociales cibernéticas o cualquier otro sucedáneo. Así la despersonalización queda consumada.

Lamentablemente esto se extiende también entre los que se consideran alternativos o contrarios al modelo social vigente. La persuasión que ejerce el Poder es tan intensa que parece imposible siquiera imaginar alternativas fuera del orden establecido. Alternativas que no conlleven en su misma génesis la fiebre economicista que todo lo envuelve o que no dependan del criterio infalible de unos cuantos elegidos, son rechazadas por la mayoría de contestatarios al calificarlas de utópicas. Todo las opciones quedan restringidas al marco teórico que el propio sistema nos ofrece. En consecuencia, nada de todo esto puede superar ese marco, nada nacido bajo las mismas premisas que rigen el sistema puede acabar con ese Poder establecido y ejercido, independientemente de la forma que adopte cada Estado.
  

Imprimir

viernes, 22 de mayo de 2015

ES TIEMPO DE REFLEXIONAR (o eso nos dicen)

Nos dicen que es el momento de reflexionar y, en mi opinión, deberíamos hacerles caso aunque sólo fuera por esta vez. Pero hagámoslo bien, pensemos en cómo es el mundo en el que vivimos, en la vida que llevamos y en cómo nos gustaría que todo esto fuera. Luego actuemos en consecuencia pero no sólo una vez cada cuatro años como les gusta que hagamos; sino todos los días. En cada acción, en cada decisión que tomemos deberíamos tener presente esa reflexión.

Guerras, hambre, enfermedad, miseria, explotación, exilio… en definitiva muerte. Ese es el panorama que vive la inmensa mayoría de los seres humanos, muertes todas ellas evitables fuera de un mundo regido por el lucro y la acumulación de riqueza y poder, es decir, fuera de un mundo capitalista. Por el contrario, todas esas muertes son imprescindibles dentro de él, son necesarias para mantener la maquinaria capitalista perfectamente engrasada. No hay alternativa, el sistema exige el sacrificio de una cantidad exorbitante de vidas cada día.

Miles de personas mueren cada día tratando de cruzar fronteras que tan sólo existen para proteger los intereses del poder, tratando de huir de una realidad atroz cuyo único horizonte es la muerte cercana. Otras tantas perecen a causa de unas guerras en las que, como siempre, los oprimidos luchan entre sí mientras los verdaderos causantes de la guerra observan cómo fluctúa su cuenta de beneficios según apuesten por uno u otro bando (aunque la costumbre suele ser apostar por los dos). Otras mueren simple y llanamente de hambre, mueren porque el sistema exprime sus vidas y el territorio que habitan sin importar nada más que la ganancia que de ello obtienen.  Muchas más malviven compartiendo su vida con enfermedades que no sólo son curables sino que, en muchos casos, se deben al comportamiento devastador del poder en la explotación de recursos naturales.
Es posible que se pueda sentir esto como lejano; aunque sólo si tenemos inoculado el egoísmo capitalista que impide ver más allá de las circunstancias personales, porque cualquier ser humano que no haya perdido del todo su “humanidad” es imposible que no sienta como propio todo este dolor en mayor o menor medida (a pesar de los innumerables métodos de distracción e inutilización de la conciencia de los que disponemos en las llamadas sociedades desarrolladas).

Lo que no podemos sentir lejano es nuestro día a día, nuestro modo de vivir. Reflexionemos sobre cómo la experiencia única de la vida se desarrolla dentro de unos límites impuestos tan estrechos (cada vez más) que prácticamente nos hemos visto reducidos a convertirnos en seres que luchan por la supervivencia en lugar de disfrutar y experimentar la vivencia. Hemos aceptado el camino marcado de sumisión a los poderes fácticos y hemos abrazado la única vía que el poder reserva a los oprimidos para poder sobrevivir: el salario. Así, nos vemos abocados a aceptar todo aquello que nos imponen para poder acceder a nuestro pedacito de pastel que rápidamente consumimos, para facilitarnos el acceso a aquello que consideramos esencial, sin tener la oportunidad de preguntarnos el cómo y el porqué de la situación. Negándonos, de esta forma, la ocasión de disfrutar de nuestra propia vida.
Reflexionemos como nos dicen, pero hagámoslo sobre todo esto y sobre tantos otros aspectos que condicionan y rigen nuestra vida. Hagámoslo  de verdad y, luego, veamos si un cambio radical es posible a través de los mecanismos que nos ofrecen.

No se trata de votar a tal o cual o de no votar. Se trata de comprender qué podemos esperar de cada una de esas acciones. Se trata de ver la posibilidad real de cambio que puede existir, de demoler este modo de vida criminal a través de mecanismos ofertados por el propio sistema. Pero, sobre todo, se trata de comprender que no existe razón alguna por la que la mayoría de las personas deban vivir miserablemente mientras unas pocas se apoderan de todo.

Imprimir

sábado, 1 de noviembre de 2014

CORRUPCIÓN II

Después de un par de años, sigue con mayor intensidad, si cabe, el aluvión de casos de corrupción en las esferas políticas. A cada momento de multiplican las noticias que desde todos los medios de desinformación sin excepción se lanzan. Por eso, nos vemos en la obligación de actualizar una entrada publicada con anterioridad y ahondar un poco más en el tema.
La idea que se está tratando de transmitir es tan simple como atractiva: el problema es la corrupción política y el deficiente sistema democrático fruto de la transición. Por tanto, la solución a todos nuestros problemas reside en arreglar esto. Así, siguiendo esta línea argumental, nos encontramos con la corrupción política generadora de una crisis de representatividad (de paso aderezada con la corrupción de la casa irreal) y un bipartidismo incapaz de seguir creando ilusiones creíbles para la población son los nuevos mártires a sacrificar en el teatro capitalista.
Seamos sinceros, la corrupción política es intolerable y una muestra más del desprecio absoluto que sienten por aquellos a quien dicen representar pero, desde luego, no es la excepción dentro de la normalidad democrática en la que nos dicen que vivimos. Todos los casos que aparecen cada día en las noticias no son más que un botón de muestra, la corrupción es algo inherente al sistema capitalista.
No hay que entrar demasiado en detalle para que cualquiera pueda ver claramente que todo gobierno no es más que un órgano gestor de los intereses de los poderosos. El poder económico se sirve del político y, éste, recoge el fruto por el trabajo bien hecho. Los gobernantes, como buenos empleados, venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Eso es todo. Unos lo llaman corrupción; otros funcionamiento normal de las dictaduras parlamentarias. No podemos esperar otra cosa de un sistema en el que todo y todos somos meras mercancías y cuyo único objetivo es el beneficio económico y la dominación. Lo que pasa con los partidos políticos es un granito de arena más de la corrupción dentro de un sistema corrupto desde la médula.
Un sistema político social que ensalza valores como el éxito, la competitividad, el crecimiento ilimitado, la posesión personal a través del ejercicio de la dominación y el fomento del consumo desmesurado y llevado al límite de lo absurdo conduce, irremediablemente, a la corrupción como vía rápida para conseguir todo esto. Así, el capitalismo, premia la corrupción como método a seguir en cualquier esfera de la vida.
Corrupción en la política cuando se usa el poder para el propio beneficio o el de terceros, corrupción en la esfera laboral cuando se pagan salarios de miseria y se exige la vida del trabajador, corrupción en la educación cuando se fomentan los valores capitalistas a sabiendas de que esto conlleva una sociedad desigual, corrupción en la sanidad cuando se medicaliza a las personas bajo cualquier pretexto y se ignoran los factores sociales y ambientales que nos enferman, corrupción en las relaciones sociales cuando se intenta aparentar lo que no se es a base de posesiones materiales sin sentido, corrupción en la justicia cuando sistemáticamente se criminaliza a la gente que lucha, corrupción en la universidad cuando la intelectualidad justifica y legitima un sistema criminal, corrupción en los servicios sociales al permitir la miseria oficializada en lugar de denunciar la injusticia social, corrupción en los medios de comunicación cuando sirven de altavoz del poder en lugar de avanzadilla de la sociedad, corrupción en los cuerpos policiales y militares que defienden los intereses del poder a sangre y fuego,…
Pero en realidad, sí debemos ir un poco más allá para ver cómo la corrupción está en la esencia misma de este sistema y todos estamos alcanzados por ella.
En este sentido me gusta la segunda acepción que el diccionario de la RAE da del término corromper: Echar a perder, depravar, dañar, pudrir. Exactamente eso es lo que ha sucedido y sucede con la esencia humana, echada a perder desde el mismo instante en que aceptamos someternos a las diferentes condiciones que están en la misma base del sistema de dominación humana bajo el que vivimos. Aceptamos que nuestras vidas orbiten alrededor del dinero (que ni se respira, ni alimenta) que nos es más que papel mojado que funciona simplemente porque nos lo creemos, porque confiamos en él cuando no somos capaces de confiar en la mayoría de seres humanos. La aceptación del dinero conduce inevitablemente (porque el poder así lo establece, ya que para la mayoría de las personas es la única manera de obtener dinero) a la prostitución del trabajo asalariado que es la mayor fuente de corrupción de lo humano. La necesidad de trabajar para vivir, de ganarse la vida, está en la esencia misma de la corrupción. Cuando uno no es libre de vivir como quiere sino como debe para poder acceder al trabajo y así a la vida, inevitablemente se ve obligado a aceptar cualquier tipo de condición e imposición. Una vez superado ese listón la deshumanización es tal que cualquier cosa a la que los medios de desinformación llaman corrupción nos parece normal porque en el fondo, todos sabemos que eso es lo de menos al lado de lo que “debemos” hacer cada día para sobrevivir.
Por eso, el poder pretende centrar toda la rabia y el desengaño de la gente en la corrupción política, porque así mantiene intactos todos los demás ámbitos de corrupción, que son mucho más importantes para el buen funcionamiento del sistema. Al fin y al cabo un gobierno es lo más fácil de sustituir (incluyendo la jefatura de estado si hace falta). Todas las alternativas están previstas y las cartas ya están sobre la mesa para que nada cambie, reconduciendo como siempre el malestar social hacia la legitimación del sistema a través del planteamiento de falsas alternativas que aglutinan ese malestar.
Sin embargo, como cada vez que el poder se descubre, abre una ventana a la oportunidad de la respuesta popular y eso es algo que no podemos desaprovechar. Si la chispa que lance definitivamente a la gente a la calle es la corrupción, pues que sea. Pero que no se pierda la perspectiva de lo que realmente es el problema: el Capitalismo y el sistema de dominación que lo sustenta.

Imprimir