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jueves, 21 de abril de 2022

¡VIVE! NO PIENSES Y DISFRUTA DEL ESPECTÁCULO.

La evolución sigue su camino. En 50 años hemos pasado de espectadores pasivos a opinadores pasivos. En ambos casos, la clave está en el segundo término.

Hemos avanzado (no sé si es la palabra correcta) de lo que Debord definió como alguien que se sitúa frente a la realidad y la observa sin más a alguien que tiene la necesidad, incluso la obligación, de opinar sobre todo lo que observa. Lo que ninguno de los dos sujetos está dispuesto a hacer bajo ningún concepto es tratar de intervenir en esa realidad. Se mantiene en una posición de pasividad, más bien de impotencia ante lo que sucede.

Situados de esta forma no tenemos la capacidad de cambiar nada de nuestra realidad. Y ahí, justo en esa impotencia autoimpuesta nos sentimos muy bien, seguros y con la conciencia tranquila. Situados en ese lugar es imposible ser salpicados por la inmundicia de lo que nos rodea. Podemos seguir viviendo en nuestra fantasía democrática del primer mundo.

De hecho, vivimos en una época dorada para ejercer de espectadores (nada es por casualidad) Hay tal cantidad de información a nuestro alcance que literalmente somos incapaces de procesar nada. Simplemente observamos mínimamente, opinamos al respecto y a otra cosa que se nos va la vida. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de las redes y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema, por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo.

Cero reflexión, cero actuación.

Bajo ningún concepto tratar de establecer una relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en la vida. En ningún caso, emprender una acción que pueda mover la silla desde la que asistimos, impertérritos, al espectáculo de nuestra propia degradación. Incluso cuando lo observado nos lleva a un estado de indignación elevado preferimos considerarnos víctimas (nunca colaboradores necesarios y, por supuesto, nunca culpables) y esperar a que los otros, sean los que sean, resuelvan la situación. Mientras tanto, reforzamos nuestro patio de butacas particular y nos atrincheramos en él con más fuerza si cabe.

Nada causa más temor que notar cómo se tambalean los cimientos sobre los que has construido tu reducto. Así que procuras no hacer nada que pueda desencadenar el terremoto. Te mantienes a la expectativa, observando. Perpetuando tu condición de espectador, colaborando en la reproducción continua del espectáculo.  

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miércoles, 30 de marzo de 2022

!A DESBROZAR¡

Eliminar los obstáculos o impedimentos que dificultan una acción.

Me gusta esta acepción del verbo desbrozar. Con seguridad es la menos utilizada de todas pero se ajusta como un guante a la idea que me ronda por la cabeza si trato de definir con cierto grado de precisión en qué se ha convertido (si es que no ha sido siempre así) mi vida y la de tantas personas a lo largo y ancho del globo.

La acción por antonomasia es vivir. Nada hay más importante y más simple a la vez. Sin embargo, qué difícil se vuelve en este mundo insensible que todo lo convierte en mercancía, en objetos sujetos a la extracción de beneficio tras lo cual no nos queda más que ser simples desechos.

Pasamos la vida tratando de desbrozar los caminos por los que queremos transitar. En el esfuerzo, ni siquiera llegamos a advertir que esos caminos están más que despejados. Prácticamente existen sólo para que la gente como tú y como yo los transitemos. Y a pesar de eso, a pesar de haber sido andados por millones antes que nosotros se hace imposible no desbrozarlos día tras día. Caminos diseñados para que jamás consigamos llegar a ninguna parte pero tengamos la sensación de haber hecho lo imposible por lograrlo. Ya lo decía el poeta, se hace camino al andar aunque no vayamos a ningún sitio en particular.  

Es una locura. De las primeras cosas que tratan de inculcarte es de la necesidad de escoger un camino, de trazarte unas metas, ir a por ellas… Todo eso dota de sentido tu vida, te dicen. Se supone que pasas gran parte de vida aprendiendo (desde tu casa, la escuela, la sociedad, los medios…) la mejor manera de transitar esos caminos y resulta que apenas te han enseñado nada. Nadie te ha explicado la verdadera naturaleza de esos caminos. En definitiva, nadie te ha enseñado la cara real de la vida, la que no entiende de teorías abstractas sino que sólo reconoce la práctica cotidiana.

Y así vas pasando, tratando de eliminar unos obstáculos que no sabías que te ibas a encontrar porque has estado toda la vida siguiendo las instrucciones supuestamente correctas. Has cumplido a pies juntillas con el plan preestablecido. Pero al parecer, ese plan sólo funciona en determinadas condiciones. Condiciones tan particulares que tan sólo un porcentaje muy reducido de la población está en condiciones de cumplirlas. Este pequeño grupo poblacional coincide a la perfección con el poseedor de la gran mayoría de la riqueza material del planeta. Pero ni siquiera esa gente queda exenta de la obligación de desbrozar para seguir su camino (aunque nada que ver con el trabajo que debemos realizar el resto de los mortales).

Esta ingente tarea debería prepararnos, servirnos de entrenamiento para cuando tratamos de abrir nuevas vías por las que el discurrir de nuestras vidas sea más aproximado a lo que llevamos en nuestros corazones y nuestras mentes. Pero no lo es, no sirve de nada. Ni contamos siempre con las mismas herramientas para desbrozar ni los obstáculos con los que nos encontramos son siempre iguales. En muchas ocasiones, desconocemos por completo las razones por las que nos esforzamos tanto en desbrozar, simplemente, lo hacemos. Es lo que nos han enseñado, es lo que hemos querido creer.

Pero al parecer, aquello de que uno todo lo puede y todo lo tiene en su mano no acaba de ser del todo cierto. Más nos hubiera valido aprender a manejar herramientas para desbrozar que toda esa charlatanería barata. Mejor dicho, ojalá haber comprendido antes que las herramientas están ahí, a nuestro alcance… al alcance de todos. Porque sí, esas herramientas son colectivas y siempre han estado ahí. Sólo desde ahí, desde lo común uno puede empezar a desbrozar con cierto sentido su camino. No sólo eso, sino que también es posible compartir esas herramientas sin que necesariamente implique tener que llegar al mismo lugar que el resto. Sin duda, aprendizajes maravillosos que nadie nos procuró (aunque tal vez sí y no supimos verlo) y que tal vez no acabemos de descubrir jamás o seamos incapaces de llevarlos a cabo ante la sobredosis individualista que acarreamos.

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martes, 4 de junio de 2019

NARCISO DIRIGE EL ESPECTÁCULO



Hubo un tiempo en que Edipo era el rey. Hoy, sin duda, Narciso le ha destronado.
Lo cierto es que son dos caras de una misma moneda. Una moneda que tiene múltiples imágenes pero siempre la misma representación: el sufrimiento psíquico que padecen muchísimas personas en un entorno socioeconómico tan hostil para la inmensa mayoría de la población.
Por supuesto, si alguien espera una disertación psicoanalítica pude ir cambiando de canal. Por aquí no entrará lo que anda buscando por mucho que la premisa inicial apunte en esa dirección. Me interesa más lo que representan esos conceptos y las asociaciones que se pueden realizar con el modo de vida bajo el sistema capitalista y con la propia evolución de dicha forma de vida.
El mito de Edipo siempre se ha identificado con la represión, el deseo no satisfecho, el miedo… En lo que concierne a lo que pretendo plasmar aquí, podemos relacionarlo con un modelo productivista, con la fábrica. Con ese Capitalismo que se fortalecía de la fabricación de bienes y la explotación de aquellos que los producían. En ese mundo de la omnipresencia de la cadena de montaje, los empleos podían llegar a ser muy estables y no era extraño el que una persona dedicara toda su vida a una sola empresa. Lo normativo, aquello que el sistema establece como el ideal al que todo buen ciudadano debe aspirar a alcanzar, estaba perfectamente delimitado. La vida estaba muy estructurada si se quería estar dentro de la norma y no ser señalado ni tratado como un apestado social. Trabajo y familia (en ese orden), esos eran los pilares sobre lo que todo debía descansar. Así que trabajo y familia era lo que debía ser mantenido a toda costa y en lo que había que volcar toda la energía. Sobre esas dos vigas maestras, sostenía Edipo su imperio.
Era un modelo social rígido y solidificado que no permitía la más mínima desviación del camino marcado, por tanto, cada desliz debía ser reprimido. En la mayoría de los casos, autoreprimido. Para el resto se reservaban los mecanismos represivos del Estado (tal y como sigue sucediendo y seguirá haciéndolo mientras existan entidades con el monopolio de la violencia legal).

Pero los tiempos cambiaron, porque el Capital así lo exigía en su progreso imparable hacia la nada más absoluta. Ahora, el dinero ya no se sustenta en la producción sino que descansa sobre sí mismo. La fábrica ha quedado relegada a la periferia del núcleo financiero. Y se ha llevado consigo la necesidad de una sociedad rígida de asalariados obedientes. No sólo se han deslocalizado los puestos de trabajo, también las formas sociales de vida. Lo normativo ha cambiado.
Emprendedores, dinámicos, dispuestos a sacrificarlo todo por su carrera, imaginativos, resilientes… Y toda esa charlatanería que conocemos de sobra (y que el engendro de la psicología positiva y su hijo bastardo el “coaching” se han encargado de encumbrar). Se utiliza para enmascarar lo de siempre: la esclavitud del salario, la necesidad de ganarse la vida para los desposeídos.
La sociedad del espectáculo se ha impuesto y con ella la imagen, lo superficial, lo externo, se ha convertido en lo fundamental.
Con estos mimbres, Narciso se ha encumbrado en el trono. La egolatría y la falta de empatía campan a sus anchas en una distopía que reniega de las clases sociales y su eterna lucha en pos de un sálvese quien pueda ridículo. Sólo hay que echar un vistazo al mundo digital, a las redes sociales (el mundo real para muchos) para observar a Narciso cabalgando por sus dominios. La rotura de vínculos sociales, el desapego y el desarraigo dan paso a una sociedad reconcentrada en sí misma, donde cada individuo está convencido de que puede ser el siguiente triunfador, aunque para ello deba pasar por encima de quien sea y deba renunciar a lo que sea. El primer paso para ser un triunfador es parecerlo (ya sabemos que la imagen lo es todo). Así la representación de nosotros mismos que ofrecemos al mundo es fundamental. Pero cada uno sabe lo que hay detrás de esa imagen. Cerrar los ojos y obviarlo no lo hace desaparecer. Es justo ahí, en la necesidad que tenemos de no ver nuestro propio reflejo, nuestra propia miseria donde Narciso sustenta su reinado.
 

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sábado, 10 de septiembre de 2016

DESHUMANIZADOS

Hace unos pocos días se conmemoraba el aniversario de la muerte de Aylan, un pequeño ser humano que murió tratando huir de unas circunstancias vitales que pese a lo que pudiera parecer, no son una fatalidad del destino, sino la realidad orquestada y ejecutada por el hombre.
En realidad, no se conmemoraba su muerte. Más bien, la publicación de la fotografía donde ésta se representaba. Aylan era un pequeño kurdo que murió en las costas turcas huyendo del Estado Islámico y, esto, no deja de ser una paradoja macabra que, por supuesto, ningún gran medio de comunicación se tomó la molestia de comentar. La familia de Aylan huía de sus verdugos y murió en la puerta de los mismos verdugos. Era un viaje que ya estaba condenado, sin posible final feliz, pero a nadie le importa.
Porque en esta sociedad prima el espectáculo y éste está en la fotografía, está en el continente y no en el contenido. Hace un año aquella foto revolucionó los mass media que le dedicaron horas y horas a lo que ellos se encargaron de denominar la crisis de los refugiados (aunque en realidad se les niegue todo refugio, pero esto es sólo otro de esos aspectos irrelevantes). Sólo era eso, espectáculo. Docenas de entrevistas y reportajes que repetitivamente “denunciaban” la situación en que se hallaban y se hallan esos cientos de miles de seres humanos. Por supuesto, ni una sola referencia a causas o culpables más allá de la versión oficial, ni una sola alusión al hecho de que aquella no era una situación excepcional tal y como se nos quería hacer ver. Porque lo cierto, es que no lo era, no lo es.
Un año después, esos mismos medios recuperan el tema preguntándose qué ha pasado. Creían (o eso pretenden que creamos) que aquella fotografía cambiaría el mundo o, al menos, aquella situación dándole una solución. Nos infravaloran, sin duda, nos infravaloran y nos creen incapaces de comprender que todo su despliegue sirvió para lanzar campañas y mensajes y lavaconciencias y para, efectivamente, dar una solución: criminalizar al diferente y tratarlo en consecuencia. A él y a los que al margen de lo institucionalmente marcado deciden hacer algo al respecto. Sólo hay que ver cómo al tiempo que se rasgaban las vestiduras por la falta de soluciones se lanzaba la construcción de un nuevo muro antipersonas por parte de Francia e Inglaterra en Calais.
Sin embargo, no voy a negar que hay un aspecto de lo repetido estos últimos días que me ha llamado la atención por lo acertado; aunque difiero y mucho, del carácter excepcional que le daban. Se hablaba estos días de que la principal causa de la inacción política e, incluso, ciudadana se debía a la deshumanización a la que se había sometido a los refugiados (curiosamente esos mismos medios parecían autoexcluirse de este fenómeno, cuando son fundamentales para ello).
La deshumanización no es un fenómeno natural y puntual como pareciera, ni siquiera es la consecuencia de una determinada forma de pensar y/o actuar. Deshumanizar, quitar el carácter humano o sentimental a las personas, es algo absolutamente imprescindible para el funcionamiento de una sociedad consumista y explotadora como ésta de la que formamos parte.
Deshumanizar lo hacemos todos o casi, cada uno tiene sus razones pero es un mecanismo al que todos recurrimos para, de forma consciente o no, justificar nuestra forma de hacer. Al no reconocernos como lo que somos y aceptar una supuesta superioridad moral, intelectual o del tipo que sea podemos seguir viviendo como si tal cosa, como si Aylan fuera un caso aislado y no uno entre miles que cada año mueren tratando de cruzar unas fronteras, tras las que suponen un paraíso, que justificamos y defendemos por encima de todo creyendo que son algo más de lo que realmente son: meras divisiones estratégicas que delimitan las casillas de un tablero global en el que en el mejor de los casos somos simples peones y la mayoría de las veces, no pasamos de simple mercancía que es consumida y desechada.
Sólo así, podemos seguir adelante sin pensar en que cada año las prioridades de unos pocos que hábilmente transforman en los deseos y necesidades de unos muchos, condenan a muerte por falta de alimentos a más de tres millones de pequeños seres humanos como Aylan en todo el mundo. Haciendo un cálculo grosero y rápido corresponde a la muerte de un niño cada diez segundos, pero no importa cuántos millones mueran porque no son como nosotros, no nos importan, no nos incumben.
Esa misma deshumanización la trasladamos a nuestro día a día, a nuestro entorno. Parece que ya muy pocos nos incumben, sólo a los muy cercanos (por las razones que sea) los consideramos como a iguales y, por tanto, merecedores de nuestra atención, comprensión y solidaridad.
Sé y sabemos, por mucho que nos digan y nos lo quieran hacer creer, que esto no es innato. Nuestra naturaleza es solidaria, colaborativa y desprendida. Pero han conseguido que esto sólo aflore en situaciones extremas cuando la desgracia nos golpea de modo tal que no la podamos obviar. Por supuesto y afortunadamente, existen y siempre existirán esos seres que todavía comprenden de verdad que la solidaridad es la verdadera fuerza del Ser Humano.

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martes, 24 de junio de 2014

LO GLOBALIZARON TODO (O CASI)


Globalizaron a su Dios y el culto al dinero se impuso en todos los rincones del planeta. Se dio por finalizado el combate religioso por imponer al verdadero Dios, todo el mundo quedó convencido y así nos propusimos adorarle hasta las últimas consecuencias, unificando los diferentes cultos en uno sólo y con un sólo precepto: “harás cualquier cosa por poseerme”

Globalizaron la guerra y enfrentaron a los que jamás tuvieron ganas de hacerlo, consiguiendo convertir el planeta en un enorme campo de batalla donde el asesinato es la cara habitual de la vida y donde uno puede alegrarse de que en su tierra se fabriquen las armas que matan a cualquiera en cualquier parte del mundo.

Globalizaron el hambre hasta convertirla en tan normal que pasó desapercibida ante nuestros ojos y empezamos a verla como algo tan natural que pensamos que pasar hambre era bueno para la salud.

Globalizaron el afán de tener, de poseer. Y nos encontramos con un mundo en que todo tiene propietario y por tanto todo es susceptible de ser vendido: los seres vivos, los inertes, el agua, la luz, la tierra, el cielo, hasta la luna es objeto de compra-venta.

Globalizaron la producción de todo tipo de inutilidades y consiguieron que la miseria se extendiera imparablemente por todo el planeta mientras unos pocos llenaban sus bolsillos con esa miseria.

Globalizaron la democracia y la ausencia de libertad se hizo más patente que nunca.

Globalizaron la cultura y la comida basura apareció hasta debajo de las piedras mientras la poesía era desterrada a un universo paralelo.

 
Lo globalizaron todo, o casi todo. Se olvidaron de nosotros, del ser humano. Para nosotros tenían un plan diferente, totalmente contrario.

Nos atomizaron, nos individualizaron, nos convirtieron en seres inconexos para hacernos creer que éramos únicos mientras nos transformaban en una masa amorfa y homogénea incapaz de reconocernos como iguales. Anularon nuestra capacidad de globalizar los sentimientos, de empatizar, de amar, de sentirnos como uno sólo frente a su mundo salvaje y miserable. Consiguieron arrastrarnos y situarnos en la posición justa que debíamos ocupar para que toda la maquinaria de miseria y muerte que supone su globalización funcionara a las mil maravillas. Nos impusieron y nos dejamos hacer un moldeamiento a medida de la injusticia y el dolor que ha supuesto su modelo.

Así nos convertimos en seres capaces de devorar cualquier producto, a cualquier precio, de cualquier parte del planeta pero que no conseguimos ver el dolor a nuestro lado, ni siquiera en nosotros mismos.

Somos incapaces de reconocer que nos golpeaba a diario un látigo que nos hace un poco más serviles cada día, un poco más inútiles como personas.

LO GLOBALIZARON TODO Y NOS CONVERTIMOS EN NADIE, EN NADA.


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domingo, 16 de diciembre de 2012

LA SOCIEDAD ENFERMA: EL TRIUNFO DE LOS PSICÓPATAS

No hace falta ser muy observador para darse cuenta de que el sistema capitalista ha implantado un modelo de vida, en el sentido amplio de la expresión, que conduce irremediablemente a la aniquilación de cualquier tipo de vida. Este modelo se fundamenta entre otras cosas en la constante explotación de todos los recursos y seres disponibles en pos de una constante acumulación de riqueza y poder.
Esta necesidad imperiosa de anclar todos los aspectos de nuestra vida a la obtención de dinero, ha llevado a tener que relegar toda forma de vida con visos colectivos para dejar paso a la atomización absoluta. De ahí a la legitimación de cualquier estrategia y recurso para imponernos al “otro” hay un paso (y lo hemos dado sin dudar ni un instante).
Toda esta deriva social se ve constantemente alentada por un sistema que se encarga de oprimir cualquier intento de resistencia y de construcción alternativa que pueda surgir (gracias al excelente trabajo realizado por su maquinaria propagandística y de adiestramiento).
Así pues, tenemos asentadas las bases de una sociedad enferma o, más bien, deberíamos decir deliberadamente enfermada.
¿Por qué hablamos de deliberadamente enfermada?
En el plano físico parece más que evidente que el modelo capitalista en su constante explotación de los seres vivos y los entornos naturales donde viven, nos conduce sin remedio a la enfermedad. A estas alturas es imposible negar la degradación ambiental del planeta: amplias zonas del planeta esquilmadas, desertizadas, arrasadas en nombre del beneficio (por supuesto del económico, porque es el único tipo de beneficio que importa en este sistema) inmediato; obviando la condena a muerte que supone para millones de seres vivos (entre los que nos encontramos, por si alguien piensa que sólo hablo de “bichitos y plantitas”). La sobreproducción del modelo capitalista conduce, inevitablemente, a la sobreexplotación y con ello a la muerte. Por otro lado, ese afán de producir y acumular beneficio ha propiciado unos éxodos masivos de seres humanos, facilitando el desarraigo y la total desconexión entre personas y entre las personas y la naturaleza catalizando, de esta forma, la propagación de la enfermedad social.
El constante desprecio que el modelo capitalista muestra por el bien común, se demuestra nuevamente en la mercantilización absoluta de todo lo imprescindible para la vida humana (agua, tierra, alimentación, salud… incluso el aire que respiramos a través de ese nauseabundo engendro del mercado de emisiones) Por supuesto, como todo lo que toca el capitalismo, todos estos elementos han sido condenados a muerte y, por ende, nosotros con ellos: aguas contaminadas y esquilmadas, tierras roturadas hasta la saciedad exprimidas de todo nutriente y envenenadas con todo tipo de productos químicos, alimentados desnaturalizados fruto de su producción artificial, la salud como objeto de negocio a base de grandes farmacéuticas que nos enferman y nos convierten en sujetos dependientes de sus drogas, aire irrespirable…
Desde el punto de vista humano, todo esto se traduce en cientos de millones de víctimas mortales y miles de millones de esclavos al borde de la deshumanización.
Este sistema tiene incalculables efectos negativos como hemos visto. Sin embargo, como integrante de eso que se ha dado en llamar “sociedad occidental” (rica y poderosa según los cánones capitalistas) me interesa, también, profundizar en los efectos que tiene el capitalismo en el plano psicológico.
Como hemos dicho, la atomización social es evidente y esto ha ido de la mano de la creación de un individualismo exacerbado. La estrategia capitalista es evidente, el aislamiento de los individuos relegan al olvido las soluciones colectivas. De tal forma se sustituyen los valores de cooperación y solidaridad por los de competitividad y egoísmo. Fruto de esta evolución se impone un nuevo modelo psicológico triunfante: se encumbra la personalidad psicopática. No deja de ser curioso que el modelo psicológico que el capitalismo alimenta como deseable socialmente se diagnostique oficialmente como un trastorno antisocial de la personalidad.
La característica principal de los psicópatas es que tienen anestesia selectiva afectiva, es decir, no sienten culpa pero sí emociones como la ira o la tristeza. Sólo les mueve su propio interés y para llegar a ello, que es obtener dominio y poder sobre su ambiente, pueden llegar a simular amor, compasión… sólo hasta conseguir sus objetivos. Cualquier estrategia es válida para conseguir sus fines que son anular la voluntad del otro para explotarlo, atacarlo y demostrar su superioridad y su desprecio. Algo muy importante es que el psicópata tiene la capacidad de juicio conservada, es decir, sabe la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal pero no le importa.

A continuación, se enuncian algunas características que definen la personalidad psicopática:
1)      Locuacidad y encanto superficial

2)      Autovaloración exagerada – Arrogancia

3)      Ausencia total de remordimiento o culpa

4)      Manipulación ajena y utilización de la mentira y el engaño como recurso

5)      Ausencia de empatía en las relaciones interpersonales

6)      Impulsividad

7)      Ausencia de autocontrol

8)      Irresponsabilidad

9)      Estilo de vida parásito
No hace falta ser muy observador para ver que ésta es la personalidad que impera en todas las esferas donde hay poder en juego. Así, vemos cómo estos rasgos descritos coinciden con lo que se observa en el mundo de la política profesional, de la empresa, de los cuerpos policiales y el ejército. Es decir, en lo que constituye los pilares del sistema. Sin embargo, el verdadero triunfo del capitalismo en este sentido es que ha conseguido expandir este modelo psicológico, no sólo a los centros de control y poder (lo cual le permite dirigir con mano de hierro la sociedad global) sino a todos y cada uno de los rincones de la sociedad. Así se ha conformado una sociedad psicológicamente enferma donde todo vale con tal de ser el primero.
Estos son los mimbres con los que se enfrenta cualquier alternativa que intenta construirse partiendo de la recuperación de lo colectivo.
Si bien la personalidad psicopática como tal se supone que es innata, no es menos cierto que a lo que este artículo se refiere es al aprendizaje cultural que hacemos las personas, ya que al observar cuál es el modelo de persona triunfadora tendemos a imitarlo, con todas las consecuencias negativas que ello supone. Por eso es necesaria una urgente desprogramación cultural y un reaprendizaje de aquellos valores que ensalzan lo común frente a lo individual, la cooperación frente a la dominación. En definitiva aquellos valores que propicien una sociedad donde las relaciones de poder no tengan cabida. Este proceso sólo es posible desde el inicial reconocimiento por parte de cada uno de nosotros. De lo erróneo de este sistema dominado por psicópatas que, como ya hemos dicho, sólo buscan su satisfacción personal, representada en la obtención de poder y dominio sobre los demás, sea como sea.
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jueves, 4 de agosto de 2011

LA TRIBU FRENTE AL INDIVIDUO

De nuevo en ruta, un paso más en el largo camino hacia la dignidad. De la decisión de cada persona surge el colectivo, emerge la necesidad de volver a nuestros orígenes, la tribu. Esta vez, sin cometer el error de formar miles, sólo una, la tribu humana.

En un sistema cuya mejor arma de desactivación es el individualismo llevado al extremo, la respuesta natural debe ser lo colectivo. El uso de nuestras capacidades para recuperar lo que por derecho es nuestro, el espacio público donde hablar, debatir y decidir por nosotros mismos es un primer paso, un buen primer paso, pero sólo eso.
El gran paso consiste en llevar adelante esas decisiones. Por ello, romper el egoísmo inducido en el que vivimos es imprescindible. Sin el compromiso y el sacrificio, sin la capacidad de creer y pensar en el otro, sin el esfuerzo que supone la formación personal para poder actuar con conciencia, es imposible siquiera hacerle un rasguño al sistema, y estoy convencido de que para llevar adelante nuestras decisiones habrá que hacerle mucho más que un simple rasguño.
Indudablemente, esto es ampliamente conocido por los valedores del funcionamiento actual del mundo. De hecho, lo saben tan bien que sus mayores esfuerzos van dedicados a fabricar individuos y no personas.
La enajenación a la que se somete a cualquier ser humano (especialmente si desarrolla su existencia en los mal llamados países democráticos) desde la infancia es constante. Sistemas educativos diseñados para crear autómatas sin capacidad de raciocinio; perfectamente dispuestos a acatar todo aquello que le está reservado en la vida; modelos sociales vacíos de contenido moral a los que admirar con la secreta esperanza de convertirse en uno de ellos; referentes culturales prefabricados con el único propósito de hacer olvidar la verdadera cultura: la cultura popular; un inmenso sector dedicado exclusivamente a entretener al personal cumpliendo de manera tan eficaz su objetivo que ha acabado por convertirse en el analgésico más potente jamás utilizado por el ser humano.
El fomento de la diferencia es otra de las grandes armas del sistema. A lo largo de la historia, las religiones, las características personales, los determinantes culturales, la lengua, el territorio,... Todo ha sido utilizado siempre por los poderosos para mantenernos ocupados en guerras estériles que no nos dejan siquiera atisbar las verdaderas causas de la situación de opresión bajo la cual llevamos muchísimos años.
El retorno a lo tribal, a las raíces de nuestro mundo nos conduce inevitablemente a lo colectivo y es desde ahí, desde donde debemos iniciar la necesaria revolución.

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