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miércoles, 17 de julio de 2019

LIBERTAD: FÁCIL DE NOMBRAR Y DIFÍCIL DE VIVIR



A todas horas aparece la libertad en boca de políticos, periodistas y demás personal que nos machaca a diario desde todos los altavoces habidos y por haber. También desde lo alternativo, desde lo antisistema se reclama el concepto como cuestión central. Todo se hace o se dice en nombre de la libertad, de su libertad. De la que significa elegir, tener opciones, hacer uso de eso que llaman libre albedrío. Eso es lo que nos hacen creer, lo que han conseguido que creamos, sin más. Sin cuestionar si eso es posible o no. Sin darnos cuenta de que eso carga todo lo que sucede sobre nuestros hombros, como si viviéramos en pequeños compartimentos estancos y nuestras vidas fueran una obra exclusiva de nuestras decisiones.
La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar, por la ideología dominante y transmitida por lo que se ha dejado de llamar propaganda para convertirse en publicidad. La libertad se reduce entonces, a la posibilidad de inscribirse en una lógica mimética, de participar en la carrera en la que todo el mundo aspira a ascender a los niveles superiores de la escala social que propone el mundo mercantil.
Querer la libertad que ofrece este sistema induce a inscribirse en el movimiento gregario y supone no tener que obligarse a reflexionar, analizar, comprender, pensar; es decir, ahorrarse todo esfuerzo crítico propio, pues basta con obedecer.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.

Pero más allá de todo esto hay infinitud de conceptos, situaciones, prácticas asociadas a ese concepto llamado libertad. Libertad también es pensar por uno mismo, inventar, amar sin reservas, establecer planos de igualdad, coherencia y muchísimas otras cosas que exigen un esfuerzo y una constancia muy difíciles de sostener en un mundo en que todo se ha concebido para mantener muy limitado el espíritu crítico y la acción sincera. Es en este segundo plano, el de la acción sincera, donde la lucha se hace necesariamente personal e intransferible, donde no sirve más conciencia que la propia y donde está la verdadera batalla. Sin una victoria en este plano, cualquier cambio, cualquier revolución se antoja imposible. Pero todos los significados que queramos atribuirle a la libertad se dan siempre en un contexto, en un marco totalmente ajeno a nosotros, en el que no hemos participado de su creación de ninguna manera porque hhemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario. Nuestras habilidades creativas fuera de los márgenes están atrofiadas, han sido inutilizadas. Por tanto, no podemos más que elegir el sentido en que vamos a seguir reproduciendo los viejos esquemas. Puede que con nuevas formas pero, desde luego, con los mismos fondos de siempre. Hemos perdido la capacidad de crear imposibles, de crear lo utópico. No estoy seguro de cómo ni cuándo pero el oportunismo y el cinismo se han impuesto como rasgos definitorios del sujeto actual. Son valores en alza en una sociedad de consumidores exacerbados. El cinismo es imprescindible para sobrellevar la perpetua insatisfacción de este tipo de vida en la que es imposible alcanzar la plena satisfacción de unas necesidades (cada vez, más y mayores) que constantemente se van alejando de nosotros mismos. Una vida con una precariedad emocional derivada de esta insaciabilidad y de lo volubles que resultan los deseos de cada cual ante la avalancha de imaginería que se nos viene encima a diario. Desde los medios de comunicación pasando por la ciudad escaparate y por cualquier otro canal presente en nuestras vidas. El oportunismo es la cualidad básica que se esconde detrás de todos esos mantras actuales tales como el emprendimiento, la resiliencia y demás artefactos creados para que soportes de manera efectiva los embates que te va dando la vida mientras esperas tu momento, la oportunidad para pasar por encima de todos sin mirar atrás, para encaramarte en esa escalera social por la que anhelas ascender aunque para ti, como para la mayoría, sus escalones son infranqueables y fabricados de un material altamente escurridizo.
Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.
Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida. Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

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lunes, 20 de mayo de 2019

SEGUIMOS BAILANDO AL SON QUE NOS MARCAN



Tocan elecciones, varias, pues allá vamos. Llevamos meses comiendo caldo electoral de día y de noche. Todo se centra en eso. Ahora toca parar el fascismo, en las anteriores acabar con el bipartidismo y el Régimen del 78, en las próximas tal vez salvar el proyecto europeo, o que sé yo. Todo esto con una simple acción, el voto, que para eso es la quintaesencia de la democracia. Sí, miles de años de evolución han dado como resultado que poner un papel en una caja s la mejor forma de tener el control sobre tu vida. ¡Bravo!

Vamos a ello, nos engañamos y votamos. Ya s sabe, el mal menor, votar con la nariz tapada… Por seguir con los tópicos, ahí va otro. Eso es como salir al campo a que no te goleen y cosechar la mayor derrota del año (sucede en nueve de cada diez ocasiones, en la otra pierdes igual pero más decorosamente) Da igual quién gana, aunque ganen los “tuyos”, tú pierdes siempre. Es sencillo, el juego tiene unas normas y si juegas tienes que seguirlas. Si las sigues no hay posibilidad de que el resultado te sea favorable, a menos que te conviertas en ferviente seguidor del juego y admitas que las migajas que puedan caerte son un suculento botín. En el mejor de los casos, mejorará algún aspecto superficial que en poco afecta a lo fundamental. En el peor, te quitarán el maquillaje de golpe y verás el verdadero rostro de un mundo que agoniza y, mientras lo hace, destruye todo lo que encuentra a su paso.

Vivimos en las llamadas democracia liberales (afortunados que somos) cuyo nombre, en contra de lo que muchos puedan pensar, no se debe al predominio de la libertad individual de las personas, sino a la libertad del Capital para seguir siendo acumulado por unas pocas manos. Y eso es todo, podrán darle cincuenta mil vueltas al asunto, pero el meollo se mantiene intacto.

Aun así, nosotros a lo que nos digan, que no nos falten temas ni elementos para marear la perdiz y demostrar lo buenos oradores y argumentadores que somos todos.
Que si quién es el más fascista de todos, o el más imbécil, llámalo como quieras; que si los gobiernos del cambio han servido para cambiar algo o no, que si un fulano ha apadrinado la sanidad pública, que si tal o cual ha hecho méritos para esto o lo otro; que si tu bandera es más grande y más bonita que la mía… Hasta los que tienen claro (o eso me parece) que no participan en el circo, andan todo el día pendientes de todo y buscando, de paso, traidores entre los suyos que hayan sucumbido a la tentación. Y así pasan los días, los años, la vida.

Lo peor, es que todos sabemos que hasta las decisiones que no son más que migajas para nosotros, no dependen de los votos sino de la presión social en la calle y en el trabajo. Ningún gobierno aprueba nada mínimamente favorable a la mayoría sin que ésta lo exija, al fin y al cabo, si no lo van a poder rentabilizar en votos en las próximas elecciones para qué molestarse. Se lo ponemos tan fácil, somos tan dóciles, nos conformamos con tan poco…
 

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miércoles, 19 de julio de 2017

EL FACTOR ESTADÍSTICO



Hace unos días, en una de esas conversaciones con amigos típicas del verano, que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan; un buen amigo recordaba una sentencia de su profesor de estadística el primer día de clase: “La estadística es el arte de engañar con números”.

Y los números están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma.

Así, la estadística se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.

Día tras día, se esgrimen estadísticas para demostrar las bondades del modelo socioeconómico y político del que formamos parte. Vemos cómo el factor estadístico nos dice que estamos en un momento de euforia colectiva a nivel económico y, sin embargo, cada día están más llenos los comedores sociales, los desahucios se multiplican, las puertas traseras de los supermercados en las que muchos esperan el sustento que no pueden conseguir por otros medios, se convierten en escenarios improvisados de la tragedia cotidiana de miles de personas.

La estadística nos dice que el salario medio en España ronda los 22.000 euros anuales pero apenas conocemos a personas con esos ingresos y, sin embargo, conocemos a muchísimos con trabajos precarios por debajo del salario mínimo.

También nos cuentan las estadísticas las bondades del capitalismo. Una de ellas es el aumento de la esperanza de vida a nivel global situándola por encima de los 70 años. Sin embargo, se olvida de mencionar los 3 millones de niños menores de 5 años que mueren de hambre cada año, es decir, seis niños por minuto. Al parecer no todos los números valen lo mismo ni necesitan ser conocidos ni difundidos.

Así, también en la política, vemos cómo el factor estadístico se impone al comprobar la manera en que los partidos políticos se apropian de la representación del pueblo por amplias mayorías al recibir vía votación el respaldo de, en el mejor de los casos, el 15% o el 20% de la población total.

Todo son estadísticas, números que justifican acciones causantes de muertes que, sin embargo, reflejan un supuesto bienestar social. Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que la estadística tiene un uso todavía más perverso.

El factor estadístico determina lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida.

En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven.

En el ámbito de la salud, el factor estadístico decide quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo.

También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.

Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero.
 

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viernes, 12 de junio de 2015

REFLEXIONES DEL AHORA

Desorientados o simplemente reorientados, una vez más, hacia la eterna promesa de la neutralidad de las instituciones, hacia la posibilidad de virar el rumbo del sistema, de hacerlo más amable. Nos negamos a aceptar que esta democracia tiene el timón trucado y siempre apunta hacia el mismo lugar por muchas vueltas que le des y cuando además de apuntar dispara: no hace prisioneros, tira a matar.
El poder de seducción del sistema es grande y su capacidad para crear nuevos actores en su espectáculo es inacabable. No sólo ha conseguido encauzar el descontento de mucha gente con inquietudes políticas sino que se ha superado a sí mismo: ha conseguido que aquellos desencantados que consideran que lo único que no funciona son los políticos ladrones encuentren a su nuevo paladín de la decencia encumbrado de la noche a la mañana y ni siquiera se han molestado en plantearse cómo ha sido posible esa aparición.

Es cierto que la capacidad de seducción es muy potente y cuenta con unos medios de difusión de masas que la hacen altamente eficaz. Sin embargo, no hay que menospreciar el factor miedo. Sí, ese miedo que a menudo oímos decir que “está cambiando de lado”; cosa ésta que no deja de tener su parte de verdad; pero que sigue habitando mayoritariamente en nuestro lado.

Por muchas razones diferentes tenemos grabado a fuego que la pérdida es dolor. Ese dolor nos aterra y, por tanto, cualquier posibilidad de pérdida nos da auténtico pavor.

Con este miedo es con el que juegan y casi siempre ganan. En la mayoría de ocasiones la posibilidad de perder algo que ingenuamente creemos poseer, ya sea algo tan etéreo como la libertad, la seguridad vital… o algo tan material como una vivienda o un trabajo nos impide asumir el compromiso necesario para sacar adelante aquellos proyectos o tomar las decisiones en las que decimos creer o confiar.

Por eso seguimos dejando que la corriente nos arrastre, que sean otros los que decidan cómo debe ser nuestra vida. Seguimos creyendo que la utopía basta con pensarla, que para vivir ya tenemos eso que llamamos la vida real y que en esta realidad sólo es posible tratar de mejorar nuestra condición sin tener demasiado en cuenta al resto porque si lo hacemos ni siquiera podemos mejorar la nuestra. Es la ley del posibilismo que nos imponen y aceptamos como dogma. Así seguimos asistiendo al espectáculo sin darnos cuenta que somos parte de él. Lo que sucede, incluido el teatro electoral y el posterior juego de las sillas, no nos es ajeno, estamos incluidos en él y es nuestra obligación tratar de revertir el guión de la obra porque el final está escrito y no es nada bueno. Pero no queramos cambiarlo sin salirnos del guión porque eso es imposible y una vez más... a la vista está. Mientras el cambio de cromos se hace visible y nos distrae al tiempo que nos polariza al más puro estilo futbolero (“que si yo soy de éste y tu de aquel…”) el sistema sigue afianzando sus bases y sigue avanzando en sus planes. Basten como muestra los diversos tratados de libre comercio (o libre esclavitud si hablamos con propiedad) que andan impulsándose alrededor del mundo o, en un nivel más cercano, el apuntalamiento del yugo militarista impuesto sobre África desde la base Morón. 

Mientras tanto, parece que todo queda en suspenso a la espera de ver si se confirma la hipótesis lanzada desde los medios de información acerca de que el tiempo de la nueva política ha llegado y el poder ha sido tomado por la izquierda (signifique eso lo que signifique) y todos volvemos a replegarnos en nuestros reductos en la eterna espera del momento oportuno. Tal vez el momento oportuno sea cualquiera y éste sea tan bueno como el que más. Pensémoslo. Hagámoslo.

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jueves, 15 de mayo de 2014

LA FARSA*



Hoy me han llegado las primeras invitaciones para la gran fiesta de su democracia. Exacto, unas papeletas para las próximas elecciones europeas (y de los que se hacen llamar socialistas ni más ni menos). Este hecho ha roto mi endeble intención de mantenerme al margen de este espectáculo, así que ya que parece ser que me tienen en cuenta voy a hacerles llegar mi opinión al respecto. Por si acaso se les ocurriera leerse este artículo.

De nuevo se ha alzado el telón y como no podía ser de otra forma aparece ante nuestros ojos la misma función de siempre aunque con ligeros retoques por parte de la dirección de la obra para asegurar el lleno el día del estreno. Son conscientes de que en las últimas representaciones ha ido bajando el número de votantes de manera escandalosa aunque hayan hecho lo imposible por ocultarlo y, sobre todo, han tratado de culpabilizar y de señalar a los que no participan del espectáculo.

Para el estreno de esta temporada han incluido alguna novedad con el fin de hacerla más atractiva, así al habitual acaparamiento de los papeles protagonistas por parte del partido único bipolar que protagoniza y se adjudica el papel de garante de la democracia, tenemos un mayor y más selecto número de secundarios. Y también han optado por añadir tramas secundarias para cubrir el mayor espectro de público posible.

Así vemos cómo han repetido la trama del juez estrella que se pasa a la política pero con unos tintes más populistas que la anterior ocasión con Garzón. Le han diseñado un partido a medida para que pueda acaparar al público que sostiene la teoría de que el problema de todo es la falta de transparencia de los políticos. En mi opinión el pastel se está deshinchando por momentos y difícilmente cumplirá con su cometido con algo más que un aprobado raspado. En esta misma línea tenemos el partido del hombre que susurraba los secretos fiscales suizos y que todavía queda en un plano de menor importancia.

Desde luego la apuesta estrella de la temporada es la propuesta personalizada en una figura de la televisión alternativa que de la noche a la mañana pasó a tener cuota de pantalla en todos los medios de desinformación controlados por la dirección de esta trama. Con esta línea argumental han acertado de lleno, al menos de momento, para captar la atención de una gran parte de los descontentos con la situación que hasta la fecha no estaban muy identificados con ninguno de los principales protagonistas. También han conseguido crear la polémica entre aquellos que en principio no querían saber nada de la función y que al final de una manera u otra acaban participando y, por tanto, asumiendo la farsa electoral.

Todas estas vías nuevas han restado protagonismo a los habituales secundarios que en anteriores representaciones habían ido aumentando su cuota de pantalla, sin embargo, siguen siendo fundamentales para dar esa apariencia de pluralidad que tanto gusta a los directores del cotarro.

Ahora en serio, el poder no es para nada estúpido y sabe que necesita que sigamos participando del juego electoral y que así se siga justificando esta patraña de sistema democrático. En las últimas convocatorias electorales se ha ido agrandando la cantidad de gente que se abstiene por una u otra razón. Eso siempre ha sido así, la diferencia es que cada vez parece que es mayor el número de esas abstenciones que se hacen de manera consciente y con la intención de no seguir apoyando la falsa electoral y el asqueroso axioma que pone en el centro de la democracia al voto.

Esto es lo que les preocupa realmente y se nota. El único mensaje coincidente en su totalidad por todos los aspirantes a ocupar poltrona de poder es el de votar. Hasta la saciedad se oye el argumento de que votar es la única opción de cambiar las cosas. Esta frase en boca de los habituales no me produce otra cosa que vergüenza ajena y asco a partes iguales, pero dicha por todo ese elenco de secundarios de los que hablábamos (y sobre todo, oída y aceptada ciegamente por gran parte del personal que se posiciona por la construcción de ese otro mundo posible) que se envuelven en la bandera de la verdadera democracia, la transparencia, la construcción desde abajo y cosas por el estilo me da a entender qué lejos estamos todavía de forjar una forma de organización social donde no haya nadie por encima de nadie y donde no exista la posibilidad de abusar del poder que da el tener en las manos las vidas de otras personas.

Cada cual que actúe como crea conveniente, yo por mi parte no quiero participar de la farsa y esta será mi única aportación a la función y, por favor, que nadie me venga con la tontería de si no votas luego no te puedes quejar.

*Según el diccionario de la RAE farsa.
(Del fr. farce).
1. f. Pieza cómica, breve por lo común, y sin más objeto que hacer reír.
2. f. Compañía de farsantes.
3. f. despect. Obra dramática desarreglada, chabacana y grotesca.
4. f. Enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar.

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jueves, 29 de septiembre de 2011

PONIENDO EN ORDEN MIS IDEAS II: ELECCIONES

Siguiendo en la línea del anterior post, he decidido continuar aclarando posiciones.
Últimamente, hablando con unos y con otras, ha surgido la cuestión de cómo posicionarse ante la próxima cita electoral. El planteamiento de salida viene a ser el siguiente: qué hacer para intentar mejorar la situación.
En mi opinión, esta premisa inicial es errónea porque considero que se pueden hacer muchas cosas pero, desde luego, ninguna de ellas depende ni va a depender de lo que pase el día de las elecciones. Me sorprende que, de repente, vuelva a aparecer ese miedo a que ganen unos u otros. No soy un veterano en la lucha por una manera de vivir basada en otros valores, pero si hay una frase que he oído hasta la saciedad en este periodo de tiempo ha sido: “lo llaman democracia y no lo es”. Entonces la pregunta aparece por sí sola: si no es una democracia ¿por qué estamos discutiendo sobre qué hacer frente a las elecciones? Y si, además, añadimos la coletilla que siempre acompaña al primer slogan “es una dictadura y lo sabéis”, creo que no hay más que decir. ¿Qué valor tienen unas elecciones bajo el puño de una dictadura? Todos nos hemos puesto de acuerdo en que el poder, en la actualidad, reside en el sistema financiero y los grandes inversionistas que actúan a través de sus lacayos políticos con el único objetivo de someter a la población mundial para su propio beneficio. Entonces, qué sentido tiene participar. El único que yo le veo es la aceptación de toda esta maquinaria opresora esperando, tal vez, incorporarnos a ese grupito de peones que viven de las migajas del sistema.

Obviamente, no defiendo la no participación sin más, defiendo la participación política verdadera, la que, día a día, se hace desde abajo, desde la calle en la lucha diaria. Defiendo el papel del pueblo como auténtico poseedor del poder, creo que somos todos y todas los que debemos organizarnos para decidir por nosotros mismos cómo debe ser el modelo político, social y, por ende, económico en el que queremos vivir. Eso no es posible bajo una dictadura partitocrática en la que priman los intereses personales y de partido por encima del bien de las personas. Se habla de democracia representativa porque, supuestamente, los políticos representan la voluntad del pueblo. Sin embargo, esa voluntad jamás es escuchada y mucho menos existe un espacio para que se exprese. Por otro lado, esa voluntad ha sido anulada a base de constantes bombardeos (mediáticos en unos países y literales en otros) y de consumismo (desaforado en los primeros y reducido hasta la inanición en los segundos). Se nos dice que nuestra manera de expresar esa voluntad es a través de las urnas en una especie de fiesta de las libertades (cuántas veces he oído decir “la suerte que tienes de que ahora se puede votar”), sin embargo, la libertad de ese día consiste en meter un sobre dentro de una caja, ahí termina todo.
No necesitamos representantes, necesitamos tomar las riendas de nuestras vidas. No es posible creer que unas estructuras totalmente jerarquizadas y dependientes de las dádivas de los bancos y el Estado vayan a defender los intereses de las personas, máxime cuando, la mayor parte de las veces, estos intereses chocan frontalmente con los perseguidos por estos benefactores de los partidos. Jamás en la historia de este sistema político-económico se ha legislado a favor de las personas frente al capital, jamás. Ninguna decisión política relevante ha sido tomada contra estos grandes capitales. Es más, todavía recuerdo cuando el actual presidente del gobierno sentado junto a un sonriente César Alierta anunciaba el fin del impuesto del patrimonio allá en 2008 (para los que se sientan tentados de replicar usando el anuncio del retorno de este impuesto, sólo una respuesta: por favor evitémonos estas tonterías).

Definitivamente, me he conseguido organizar en lo referente a esta cuestión. Para mí sólo existe una democracia, la que se basa en la participación directa y única de todas las personas, sin partidos.

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martes, 30 de agosto de 2011

APUNTALANDO LA DICTADURA

De sobra conocida la reforma de la Constitución (hasta hace bien poco intocable al parecer de los que ahora mismo le meten mano sin rubor) que van a perpetrar los máximos dirigentes de la dictadura capitalista que sufre España, no hay ya ningún motivo por el cual no debamos todos y todas salir a la calle y luchar por la democracia (voy a obviar lo de “verdadera democracia” porque democracia sólo hay una: la del pueblo). Personalmente, sigo apostando por la desobediencia civil y la noviolencia, lo que no significa que no me defienda si me parten la cara; pero que cada cual luche como crea oportuno. Mi apuesta es no violenta tanto por convicción personal como porque no puedo olvidar que el Estado y sus aliados mantienen, a día de hoy, el monopolio de la violencia sobre todos los ámbitos. Ellos tienen los medios, nosotros, la razón.
La razón de saber que la verdad y la justicia está de nuestro lado, la razón de padecer día tras día esta falsa democracia que dura ya demasiados años y contra la cual es nuestro deber moral rebelarnos.

La reforma constitucional es la gota que colma el vaso (sé que a muchos de los que vais a leer esto el vaso se os colmó hace mucho tiempo). Es poner de manifiesto que las personas no pintamos nada en las decisiones que afectan a nuestra vida y a cómo queremos vivirla. Está reforma deja muy claro quién manda aquí y ahora más que nunca es necesario denunciar este binomio fascista que constituyen Estado y Capitalismo. Han pasado por encima del pueblo sin ningún problema y han destrozado la que, se supone, es la Carta Magna de todos los que vivimos en este territorio llamado España, al que sólo le queda llorar ante la caída hacia el vacío que la sociedad que habita en él, ha emprendido.

Sólo por si alguien anda perdido diré que esta reforma tiene muchos significados, los más destacados en mi opinión:

- Significa el final de la ilusión democrática en la que muchos todavía vivían. La soberanía y el poder no reside en el pueblo sino en el Estado y el Capital.
- Significa la consagración del capitalismo más salvaje y depredador a la altura de dogma de fe obligatorio.
- Significa que nuestras vidas son del sistema financiero y queda sellado en las reglas del juego.
- Significa que sólo aquellos que posean dinero a granel tendrán asegurada una vida digna.
- Finalmente, significa que la historia continua y nada cambia. Siempre el pueblo ha sufrido y así seguirá.

Vivimos en una época muy triste para las personas, creímos haber tocado el cielo y ahora vemos que todo era una ilusión. Creímos que el mundo iba a mejor, que luchábamos contra el hambre y la miseria en el mundo; y resulta que, cada vez más, la vemos a nuestro alrededor. Como ya digo, esto no es sólo por la reforma de la Constitución que, al fin y al cabo, siempre ha sido papel mojado cuando les ha interesado. Esto es por la miseria moral de la que todos participamos y que no somos capaces de dejar atrás.

Sólo espero que esta reforma sirva para que la gente despierte y no se deje engañar nunca más por esa calaña política que dicen servirnos y lo único que hacen es apretar más y más la soga que el Capital ha puesto alrededor de nuestro cuello.

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lunes, 23 de mayo de 2011

REFLEXIONES DESDE LA CALLE

Ha sido una semana de emociones intensas que se iniciaba con docenas de manifestaciones por todo el territorio nacional seguidas de multitud de concentraciones asamblearias y finalizada con unas elecciones donde, sin entrar mucho en detalles, es fácilmente observable otro nuevo triunfo de la "oficialidad" del sistema (esta vez le ha tocado a la mitad azul manteniendo así la falsa ilusión de diversidad ideológica que el sistema divide entre rojo y azul).


Muchas reflexiones se pueden hacer sobre este breve pero intenso periodo de tiempo. Hoy, sin embargo, queremos hablar de lo vivido y experimentado en primera persona.


No sé si había algún tipo de interés oculto en los orígenes de lo que los medios de desinformación llaman Movimiento 15M pero si lo había podéis estar seguros de que se les ha ido de las manos porque más allá de lo que pueda suceder de aquí en adelante, en mi opinión, hay una serie de cuestiones que van a quedar ahí como éxitos indiscutibles.


En primer lugar, se ha logrado sacar a la calle la política, la realidad social y muchos otros temas, superando y ampliando los habituales lugares de discusión de este tipo de cuestiones. Para mí, está siendo una gozada poder hablar, sobre todo, intercambiar opiniones e informaciones con otras personas cara a cara (más allá de la oportunidad de hacerlo virtualmente que me ofrece este blog y vuestras estimadas y necesarias colaboraciones).


En segundo lugar, se ha logrado establecer una forma de trabajo asambleario, totalmente horizontal, que dista mucho de la metodología jerárquica a la que la mayoría estamos acostumbrados. Cuando ves que realmente cualquier voz es escuchada y cualquier opinión tenida en cuenta, entiendes el profundo significado que están teniendo estas asambleas públicas.


En tercer lugar, se ha recuperado la calle (concretamente las plazas) como lugar de encuentro, reunión y discusión entre las personas. En una cultura como la nuestra en la que esto debiera ser lo más normal del mundo, es algo que sorprende porque sin darnos cuenta el ritmo de vida al que nos somete el sistema había conseguido aislarnos de las personas y los espacios públicos.


Para el final he dejado lo que, en mi opinión, considero el mayor éxito de todo este movimiento.


Se ha creado una especie de energía colectiva que está sirviendo para unir a muchos desconocidos que a pesar de vivir en las mismas ciudades y compartir intereses (por lo menos el interés de luchar por aquello que considera justo) jamás se habían visto. Esto servirá para crear nuevas redes de personas que independientemente de que los campamentos se levanten van a seguir adelante porque se ha encendido una llama que nadie será capaz de apagar.



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martes, 10 de mayo de 2011

LAS ELECCIONES QUE NOS VIENEN

De nuevo, sumergidos en el circo electoral, nos vemos sometidos al incesante bombardeo de los medios de comunicación empeñados en aturdirnos mediante una constante lluvia de historias y anécdotas sin sustancia. Vemos pasar el día a día de la campaña, sobre todo y casi exclusivamente, de los partidos mayoritarios y nada nuevo se asoma en el horizonte. Ni siquiera proponen nuevas políticas o alternativas (aunque en el caso de PP y PSOE casi mejor así porque cada nueva propuesta suya nos acerca un paso más a la aniquilación como seres humanos y a nuestra conversión en meros números despojados de cualquier libertad).

Pero no es de la cobertura mediática de la campaña electoral de lo que queremos hablar; sino de las elecciones en sí.
Esta vez es el turno de elegir a los gobiernos de algunas autonomías y a las corporaciones municipales. Son estas últimas de las que queremos hablar especialmente.
Los ayuntamientos, a pesar de la poca autonomía de la que gozan, son probablemente el único tipo de gobierno sobre el que podemos ejercer una presión constante y continua para que tomen decisiones que pongan por delante los criterios humanos de los criterios económicos, especialmente en aquellas localidades no muy grandes.
También, por qué no decirlo, el acceso a los ayuntamientos es prácticamente la única opción real de que el sistema de partitocracia presente un resquicio y permita el acceso al poder de alternativas ideológicas verdaderas.

Siempre se habla de que en las elecciones municipales se vota a las personas y no a los partidos, no obstante, todos sabemos que las personas pertenecen a esos partidos (mayoritariamente PP, PSOE o partidos nacionalistas varios) y, tarde o temprano, acaban doblegándose ante los intereses de su agrupación que siempre están por encima de los de las personas. Todos hemos visto a dónde nos ha conducido esta manera de actuar (por eso, prefiero guiarme por afinidades ideológicas y alternativas políticas basadas en la participación antes que las personales para este tipo de cuestiones). Las mínimas oportunidades de participar que nos da esta “democracia” las hemos tirado por la borda en virtud de lo que aquellos grandes publicistas del sistema denominan el “voto útil” (que no es otra cosa más que asegurarse los votos engañando al ciudadano para que éste tenga la conciencia tranquila pensando que hizo lo que debía).
Muchos no creemos en este sistema de democracia representativa, pero mientras la revolución no avance y las personas no se conciencien, hay que tratar de exprimir al máximo las ínfimas oportunidades de ejercer nuestra influencia. Respeto, y mucho, a todos aquellos que en conciencia no votan porque no creen en el sistema y piensan que participar en las elecciones es fortalecerlo (por favor que nadie venga con el si no votas luego no te puedes quejar porque yo no participo de multitud de barbaridades que se cometen alrededor del mundo y puedo y debo quejarme y exigir responsabilidades por ello). De la misma forma digo que no respeto en absoluto a todos los que no votan y su mejor argumento para justificar su acción es el consabido ¿para qué?

Para todos los que decidan participar del éxtasis democrático sólo espero que tengan en cuenta cómo y por qué hemos llegado a esta dictadura capitalista y quién nos ha traído hasta aquí. No dejéis que esa gente maneje vuestros pueblos, esos maravillosos lugares en los que se asientan los pilares de vuestra existencia. Debemos lograr que cada uno de los municipios de este ente llamado España sea un reducto pensado y dirigido por y para sus habitantes y no por y para sus políticos y sus ambiciones personales. Debemos instalar gobiernos municipales abiertos en los que todos los ciudadanos podamos participar y decidir, sólo así conseguiremos dar el primer paso necesario para construir esa revolución imprescindible para el futuro de la humanidad.

Por último es necesario recordar a todos (los que votan y los que no) que estas elecciones son sólo una oportunidad más de demostrar nuestras intenciones y no un punto y aparte hasta las próximas. Pase lo que pase debemos mantener nuestras ideas firmes y nuestra lucha activa en busca de una sociedad más justa y digna para todos. No debemos dejar de expresar nuestra disconformidad con el sistema y debemos seguir rechazándolo de manera activa. Mientras, hay que continuar construyendo alternativas y demostrarles a todos ellos que el cambio se va a producir quieran o no y por mucha opresión que ejerzan sobre los seres humanos.

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