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martes, 18 de enero de 2022

¿QUÉ LIBERTAD?

¿Qué será eso de la libertad sobre la que se habla en todo momento?

En los últimos tiempos, en el marco de esta crisis permanente del coronavirus, ha reaparecido con fuerza este término: libertad. Asociada a cualquier postura, a cualquier posición tomada. Me froto los ojos, ¿habrá llegado el momento en que algo tan espléndido como la búsqueda y la defensa de la libertad guíen nuestra forma de vivir? Siempre me he sentido inclinado hacia lo libertario así que tal vez sea el momento, si hay tanta gente defendiendo la libertad será por algo, digo yo.

Todo se hace o se dice en nombre de la libertad. Desgraciadamente, temo que todo se reduzca a su concepto de libertad, el que predomina, el único que puede prevalecer en una sociedad capitalista de consumo. La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar. Así, por arte de la magia capitalista, se desplaza la decisión libre que queda sustituida por la libre elección entre distintas ofertas preconfiguradas y adaptadas al modelo social. Hace 30 años, escribía Bauman (y no puedo estar más de acuerdo):

         El consumo ofrece libertad a personas que en otros aspectos de su vida sólo encuentran restricciones, opresión… En el juego de la libertad de consumo todos pueden ser ganadores al mismo tiempo.

A pesar de todo, no deja de ser paradójico que todos podamos ser ganadores y, al mismo tiempo, la sociedad de consumo haya transformado a la mayoría de la población en subjetivamente pobre. Esto se debe a la continua creación de necesidades artificiales que necesitamos satisfacer y que nunca llegamos a hacerlo porque constantemente surgen otras nuevas que nos lo impiden. Así, vivimos con la sensación constante de que siempre nos falta algo.

Porque el deseo de ser libres parte de la experiencia de estar oprimidos. Parte del sentimiento de que no puedo dejar de hacer lo que no quiero (cuánta gente debe sentir eso mismo con respecto a su trabajo). Y ¿Quién no siente deseos de ser libre a pesar de vivir en nuestra sociedad perfecta? ¿Cuántos tenemos esa sensación de no poder dejar de hacer muchas de las cosas que hacemos? Sin embargo, hay una cuestión que me parece más importante y es si existe la posibilidad de ser libres en una sociedad, en un mundo tal y como lo conocemos y vivimos.

Me parece harto difícil conjugar un mundo capitalista dominado por la posesión, la acumulación y la especulación con una libertad verdadera más allá de ese individualismo enajenado del sálvese quien pueda y como pueda que ahora parece que define el prototipo de ser libre. Bajo estas coordenadas, esa supuesta libertad sólo puede ser a costa de la opresión del otro, de muchos otros. En este contexto, la libertad se convierte en privilegio, se convierte en poder. Esto es un juego de suma cero, cuanto más gana uno más pierde otro, o millones de otros. Para muestra un botón: Durante los dos años de pandemia los diez hombres más ricos de la Tierra han duplicado su fortuna, mientras los ingresos del 99% de la humanidad han menguado.

La grandeza del juego es que nos ha hecho creer que cualquiera puede ser ganador porque siempre hay alguien peor que tú.

Por otro lado, en lo personal, me es muy difícil imaginar una sociedad fuera de ese marco (por mucho que haya podido leer al respecto) Y eso, con toda seguridad, es el gran triunfo del sistema. Nuestra incapacidad de imaginar siquiera un horizonte distinto al actual, nuestra asunción de que el estado actual es fruto de un orden natural y que no puede ser de otra manera. Más allá de todo esto, tan solo tengo alguna certeza acerca de la libertad: creo que es imposible desde lo individual, es decir, fuera de la cooperación comunal. No la creo posible sin la necesidad de realizarse mutuamente con el resto de una comunidad. Por tanto, creo que difícilmente podrá realizarse en una sociedad donde las comunidades humanas se han desestructurado dando paso a poblaciones de individuos desconectados.

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lunes, 18 de mayo de 2020

OBEDIENCIA (Pequeños apuntes sobre Fromm y Milgram)

Obediencia: Acción de acatar la voluntad de la persona que manda, de lo que establece una norma o de lo que ordena la ley.
La obediencia está en la base de todo sistema social y, en consecuencia, en todo sistema de poder. Especialmente, desde que la coerción física y el sometimiento por la fuerza han pasado a un segundo plano en las actuales sociedades capitalistas. ¡Ojo! Han pasado a un segundo plano, no han desparecido. El matiz no es pequeño.
La obediencia tiene unas bases tanto individuales como sociales y consecuencias en ambos planos. En el plano individual, está la sumisión ideológica, la aceptación acrítica de la interpretación de la realidad que la autoridad (en el ámbito que sea) ofrece. Esto provoca la falta de responsabilidad personal sobre lo que se hace puesto que simplemente hacemos lo que el poder nos indica, por tanto, nada incorrecto. Probablemente, la obediencia es la conducta más reforzada durante la trayectoria vital del individuo. Es importante resaltar el principio de jerarquía, su necesidad modelada durante siglos hasta hacer prácticamente impensable un modelo social no jerarquizado. Esto entronca con las bases sociales de la obediencia. Fromm hablaba del carácter social como la estructura que caracterizaba a un grupo. Esta estructura mantiene el funcionamiento social una vez que todos los componentes del grupo han hecho suyo el deseo general (es decir, cuando los que ostentan los medios para ejercer el poder consiguen que todos hagan suyos sus deseos). En nuestro modelo social este deseo estaría representado por conceptos como consumo, crecimiento, productividad, competencia...
El propio Fromm distinguía dos tipos de obediencia. Por un lado, la Heterónoma (Sometimiento) que se da con respecto a otra persona. Por el otro, la Autónoma (Autoafirmación) que obedece los dictados de la propia conciencia, pero lo que consideramos como propio en la mayoría de las veces no es otra cosa que una extrapolación de las órdenes que emanan de la autoridad o de los principios morales que rigen en la sociedad. En ocasiones, sí existe esa conciencia libre de la lógica de premio/castigo tan característica del orden social. A este tipo de conciencia libre, Fromm la denomina humanística (frente a la autoritaria que es como denomina a la anterior) y la describe como surgida del conocimiento interior auténtico. Creo firmemente, que mayoritariamente predomina la obediencia autónoma autoritaria. Es aquello que siempre se dice de que somos esclavos sin darnos cuenta de ello porque pensamos que somos libres, que lo que hacemos es fruto de nuestra propia reflexión. Como si las elecciones que vamos realizando a lo largo de nuestra vida no estuvieran condicionadas por el entorno en el que vivimos, por la cultura predominante, por los recursos de que disponemos… pero obedecer no siempre es fácil, en ocasiones crea conflictos internos ante los que debemos desarrollar estrategias para defendernos, para sentirnos mejor. No queremos quedar fuera del grupo, ser marginados. Aunque duela es mejor eso que desobedecer porque esto sí implica irremediablemente decir adiós.

Sin duda, en el estudio de la obediencia uno de los experimentos paradigmáticos es el que realizó Stanley Milgram. Algunas de las principales enseñanzas que nos dejó este experimento son, sin duda, a tener muy en cuenta.
Lo primero que observó es que la conciencia deja de funcionar. Esto está en la base de la obediencia, se sustituye el pensamiento propio por el de la autoridad, cuando esto sucede, el pensamiento se transforma en acción. Algo parecido postulaba Fromm con su concepto de conformidad automática definida como la adaptación del sujeto a las pautas culturales para no sentirse diferente y solo. Al aceptar el pensamiento de la autoridad, automáticamente se abdica de cualquier tipo de responsabilidad. El cumplimiento de los mandatos de la autoridad hace que la responsabilidad sea para dicha autoridad. El hecho se percibe como mero espectador no como actor principal. Por tanto las consecuencias que se puedan derivar de nuestros actos no nos incumben, nosotros estamos haciendo lo correcto. Esto es fácilmente observable en el estilo de vida llevado de forma mayoritaria en las llamadas sociedades opulentas. Condenamos  a hambre y muerte a medio planeta, esquilmamos los recursos del planeta y lo enfermamos sin ningún rubor, sin apenas cargo de conciencia porque simplemente estamos haciendo lo que debemos hacer (trabajar y consumir). A esto se le añade, como observó Milgram, que el alejamiento de la víctima facilita la crueldad. En los momentos actuales, la distancia se ha vuelto ley y, probablemente, esta ley ha llegado para quedarse. Pero no debemos engañarnos, llevamos años alejados, aislados, confinados en nuestras propias burbujas. No conocemos a nuestros vecinos, en la mayoría de los casos ni a los que llamamos amigos, como para no sentirnos alejados de los miles de millones de humanos que habitamos el planeta. La tecnología nos ha acostumbrado a creer que somos sociales y empáticos mientras ha ido destruyendo todo rastro de sociabilidad y empatía. También la burocracia desplegada hasta el último rincón de nuestras vidas se ha convertido en una manera de relacionarnos con el mundo, despersonalizada, aséptica, sin implicaciones. Vivimos sin necesidad de implicarnos emocionalmente en nada, esa es nuestra forma de socializar. Así es muy sencillo mantenerse alejado del resto, ser crueles sin remordimiento alguno. Pero si alguna cosa está siempre presente en nuestras vidas es la autoridad y tal y como decía Milgram, es necesaria su presencia para reforzar la obediencia. La autoridad forma parte de nuestra vida: empieza en la familia, sigue en la escuela, en el mundo laboral, está presente en los medios de comunicación, fuerzas policiales y militares, instituciones médicas… La autoridad es omnipresente y esto refuerza la obediencia. Lo saben bien.
Milgram demostró lo peligroso de la predisposición a obedecer y cómo esto nos deja sin conciencia de lo hecho y sin responsabilidad por lo realizado. Concluyó que lo peligroso no era el autoritarismo sino el principio de autoridad en sí mismo. Sabias palabras en mi opinión porque no es necesario vivir en una dictadura declarada para comprender que la desobediencia se paga cara, muy cara y en todos los aspectos de la vida de la gente.
Desobedecer no es sencillo, requiere de muchos recursos personales atreverse a dudar de la autoridad, atreverse a situarse en el otro lado, en el lado en el que estás solo y fuera del círculo social, donde la culpa por no hacer lo que se espera de ti puede llevarte a lugares no deseados, donde sobreponerse a todo eso requiere de una voluntad muy grande y donde, además, estás expuesto a las consecuencias físicas de la desobediencia que van más allá de lo que somos capaces de imaginar la mayoría de las personas. Sin embargo y, a pesar de todo, la desobediencia es más necesaria que nunca. No se me ocurre mejor explicación que estas palabras que Fromm dejó escritas en su “Sobre la desobediencia civil y otros ensayos”:

“Si la capacidad de desobediencia constituyó el comienzo de la historia humana, la obediencia podría muy bien, como he dicho, provocar el fin de la historia humana”.
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lunes, 27 de abril de 2020

LA DISCIPLINA SOCIAL SE ALIMENTA DE DATOS

La disciplina se define como el conjunto de reglas de comportamiento para mantener el orden y la subordinación entre los miembros de un cuerpo o una colectividad en una profesión o en una determinada colectividad.
Creo que esa definición lo dice todo: orden y subordinación.
En lo social, la disciplina es la fuerza que regula la sociedad. La disciplina social se puede definir como el acatamiento cotidiano al conjunto de reglas para mantener el orden y la subordinación a las normas (legales y morales) entre los miembros de un grupo social. Es la adhesión a normas que garanticen la convivencia. Es decir, el respeto de la Ley. También es la adecuación del individuo al medio social. Parte del proceso de socialización consiste en adquirir conciencia de las obligaciones para con el grupo o sociedad y en la práctica de esas obligaciones para adaptarse a ella. La disciplina social se empieza a construir en el seno de la familia durante los primeros años. El proceso continúa en la escuela y se sigue dando en el resto (y a través de) el resto de instituciones.
Esa disciplina se alimenta de datos. Lo vemos todos los días en esta especie de estado de alarma en el que nuestras vidas han quedado suspendidas.
Muertos, infectados, recuperados, porcentajes… Por país, por región, por municipio… por escalera de vecinos si pudiéramos obtenerlos. Los datos ofrecen certezas, para bien o para mal. Es algo a lo que agarrarse, proporciona una justificación racional frente a la otra cara de la moneda: el miedo. Porque los datos en sí, son meros números pero la utilización que se hace de ellos siempre tiene un propósito. Los datos aportan información y de siempre se ha visto que quien domina la información adquiere una gran ventaja. Los datos los manejan unos pocos pero sus consecuencias las sufrimos todos. El Estado y las grandes empresas manejan los datos, no sólo los controlan sino que los fabrican a su antojo. Nos ofrecen aquellas versiones que interesan a sus proyectos. Incluso nos enseñan cómo debemos reaccionar ante ellos. El fin de todo ello, es alcanzar el objetivo antes mencionado: orden y subordinación. Es decir, que nos mantengamos siempre abaja, siempre agradecidos al poder por protegernos y velar por nuestros intereses.

A día de hoy, podemos ver la ansiedad de millones de personas a la espera de nuevos datos a cada instante. La visceralidad con que se reciben esos datos y, a pesar del teatro político (una patraña que como siempre sólo sirve para mantener alerta al rebaño) la convicción mayoritaria de mantenernos obedientes. Dispuestos a delatar ante las autoridades a cualquiera que no comparta nuestro miedo y decida actuar de otra forma.

Llevamos toda la vida entrenándonos en la recepción acrítica de datos y en la sumisión a las consecuencias que el poder nos indica sobre esos datos.
  
Los datos están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma. Así, la estadística (esa rama de las matemáticas que utiliza los datos para obtener inferencias) se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.
Llevamos toda la vida atendiendo a los datos de empleo y ausencia de él, a los sube y baja de la bolsa, a los datos demográficos, a los salariales, a los índices de precios de cualquier cosa, a los de jubilación y esperanza de vida, a los escolares… Nos hemos especializado en actuar en función de un sinfín de datos que nos proporcionan la certeza de saber en qué posición de la escala social nos encontramos y en cómo debemos actuar para ascender y no caer en el abismo de los que tienen peores números que nosotros.

Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que los datos tienen un uso todavía más perverso. Esa cara oculta que produce verdadero pavor y fortalece esa disciplina social.
Los datos determinan lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida. En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven. En el ámbito de la salud, los datos determinan quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo. También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.


Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero. Los datos alimentan la disciplina social, la nutren y la engrasan para su buen funcionamiento. Conocer los datos nos da la certeza de saber hacia dónde quieren que nos dirijamos y, por tanto, nos indica cómo debemos actuar. También acrecientan nuestros miedos. Miedo a quedar excluido, miedo a ser diferente a no pasar inadvertido, miedo a sufrir las consecuencias, miedo a morir en vida. Frente a esos miedos, la subordinación, la sumisión y el mantenimiento del orden aparecen ante nuestros ojos como la mejor opción para mantenernos en pie. Lamentablemente, no parece que seamos conscientes de que mantenerse en pie en este lodazal en el que vivimos nos conduce inevitablemente al agujero infecto en el que es imposible desarrollar nada mínimamente humano. 
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domingo, 20 de octubre de 2019

SI NO ENTIENDES LA RABIA, ES QUE YA ESTÁS MUERTO

La rabia forma parte de nosotros, de cualquier ser emocional. Está ahí y hay que saber utilizarla, sobre todo, hay que saber para qué utilizarla. Desde cualquier institución de la sociedad democrática (sea la escuela, los medios de información o cualquier gurú psi del siglo XXI) te conminarán a gestionarla, a expulsarla lejos de ti para poder crecer como persona y convertirte en alguien mejor. Luego te sonreirán y te apuntaran en la lista de incautos ciudadanos ejemplares de la que formamos parte casi todos. Nuevamente, obrarán su magia y tú saldrás convencido de que todo está en ti. Sin embargo las causas seguirán ahí y tarde o temprano volverán. La frustración y la percepción de injusticia son los precursores habituales de la rabia, por tanto, no hace falta ser muy espabilado para comprender que las toneladas de injustica sobre las que se edifica la sociedad moderna no dependen de uno mismo para ser erradicadas, hace falta más, muchísimos más. No sería difícil que cualquiera de nosotros estableciera un listado con una docena de cuestiones (desde las más cercanas hasta las más lejanas si es que se puede hacer esta distinción en un mundo tan globalizado donde todo nos afecta a todos) en las que perciba claramente la injusticia. Probablemente, algunas de ellas nos frustren y, otras tantas, nos indignen. Cuando estas cuestiones se van acumulando, la rabia aparece y se hace necesario tomar partido. 

Existen diferentes vías para hacerlo, mejor dicho se nos ofrecen diferentes vías. Desde lo personal a lo global. Si todo falla, queda el camino institucional porque en toda sociedad democrática existe la forma de cambiar el estado de las cosas: vota, afíliate, manifiéstate… pero hazlo siempre dentro de un orden, dentro del marco que otros han establecido. Pero si quieres darte cuenta, pronto descubres que todo eso es una vía muerta, no lleva a ningún lugar. Cambian las personas, los partidos, las leyes, lo que quieras, pero el resultado siempre es el mismo: tú pierdes. Todos lo sabemos. Y la rabia aumenta.

Hace tiempo, podías conformarte, aceptar el papel de comparsa y tratar de seguir con tu vida mientras el futuro esplendoroso que te prometían llegaba. Pero pasaron las generaciones y las promesas se han desvanecido. La precariedad se ha convertido en el modo de vida habitual, la exclusión y la marginalidad son el pan de cada día para cada vez más gente que por toda respuesta obtiene la indiferencia social (en el mejor de los casos) o la represión, física, legal, económica… (en el resto de casos). Y la rabia aumenta.

Y no sólo aumenta, sino que se extiende. Los que se creían a salvo, los que se consideraban ejemplares porque siempre hicieron lo que estaba mandado, descubren que también van a caer. Que ya están cayendo, que no tienen nada que ofrecer a las generaciones venideras porque nada tienen ya. Y la rabia aumenta.

Y llega el día que desborda. Una simple chispa que enciende la mecha y el orden salta por los aires. La rabia toma la vida para posibilitar que nos volvamos a sentir humanos, con esperanza en algo mejor. Cuando esto ocurre ya no importa qué fue lo que encendió la mecha, sino lo rápido que se propaga el fuego, la amplitud de la onda expansiva. Aparecen sentimientos y emociones que creíamos olvidados, que ya no existían y las fuerzas surgen de donde no las había. Lo que parecía improbable, se torna real y lo que parecía imposible, empieza a atisbarse en el horizonte, tomando forma. En ese momento, las normas preexistentes dejan de tener valor, la justicia deja de estar ligada a la ley para aparecer en su verdadera forma: la solidaridad entre iguales. Es en esos instantes en que la rabia recorre su camino y deja ver el verdadero rostro que aguarda al final de ese camino: la libertad.

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miércoles, 17 de julio de 2019

LIBERTAD: FÁCIL DE NOMBRAR Y DIFÍCIL DE VIVIR



A todas horas aparece la libertad en boca de políticos, periodistas y demás personal que nos machaca a diario desde todos los altavoces habidos y por haber. También desde lo alternativo, desde lo antisistema se reclama el concepto como cuestión central. Todo se hace o se dice en nombre de la libertad, de su libertad. De la que significa elegir, tener opciones, hacer uso de eso que llaman libre albedrío. Eso es lo que nos hacen creer, lo que han conseguido que creamos, sin más. Sin cuestionar si eso es posible o no. Sin darnos cuenta de que eso carga todo lo que sucede sobre nuestros hombros, como si viviéramos en pequeños compartimentos estancos y nuestras vidas fueran una obra exclusiva de nuestras decisiones.
La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar, por la ideología dominante y transmitida por lo que se ha dejado de llamar propaganda para convertirse en publicidad. La libertad se reduce entonces, a la posibilidad de inscribirse en una lógica mimética, de participar en la carrera en la que todo el mundo aspira a ascender a los niveles superiores de la escala social que propone el mundo mercantil.
Querer la libertad que ofrece este sistema induce a inscribirse en el movimiento gregario y supone no tener que obligarse a reflexionar, analizar, comprender, pensar; es decir, ahorrarse todo esfuerzo crítico propio, pues basta con obedecer.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.

Pero más allá de todo esto hay infinitud de conceptos, situaciones, prácticas asociadas a ese concepto llamado libertad. Libertad también es pensar por uno mismo, inventar, amar sin reservas, establecer planos de igualdad, coherencia y muchísimas otras cosas que exigen un esfuerzo y una constancia muy difíciles de sostener en un mundo en que todo se ha concebido para mantener muy limitado el espíritu crítico y la acción sincera. Es en este segundo plano, el de la acción sincera, donde la lucha se hace necesariamente personal e intransferible, donde no sirve más conciencia que la propia y donde está la verdadera batalla. Sin una victoria en este plano, cualquier cambio, cualquier revolución se antoja imposible. Pero todos los significados que queramos atribuirle a la libertad se dan siempre en un contexto, en un marco totalmente ajeno a nosotros, en el que no hemos participado de su creación de ninguna manera porque hhemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario. Nuestras habilidades creativas fuera de los márgenes están atrofiadas, han sido inutilizadas. Por tanto, no podemos más que elegir el sentido en que vamos a seguir reproduciendo los viejos esquemas. Puede que con nuevas formas pero, desde luego, con los mismos fondos de siempre. Hemos perdido la capacidad de crear imposibles, de crear lo utópico. No estoy seguro de cómo ni cuándo pero el oportunismo y el cinismo se han impuesto como rasgos definitorios del sujeto actual. Son valores en alza en una sociedad de consumidores exacerbados. El cinismo es imprescindible para sobrellevar la perpetua insatisfacción de este tipo de vida en la que es imposible alcanzar la plena satisfacción de unas necesidades (cada vez, más y mayores) que constantemente se van alejando de nosotros mismos. Una vida con una precariedad emocional derivada de esta insaciabilidad y de lo volubles que resultan los deseos de cada cual ante la avalancha de imaginería que se nos viene encima a diario. Desde los medios de comunicación pasando por la ciudad escaparate y por cualquier otro canal presente en nuestras vidas. El oportunismo es la cualidad básica que se esconde detrás de todos esos mantras actuales tales como el emprendimiento, la resiliencia y demás artefactos creados para que soportes de manera efectiva los embates que te va dando la vida mientras esperas tu momento, la oportunidad para pasar por encima de todos sin mirar atrás, para encaramarte en esa escalera social por la que anhelas ascender aunque para ti, como para la mayoría, sus escalones son infranqueables y fabricados de un material altamente escurridizo.
Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.
Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida. Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

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lunes, 27 de febrero de 2017

SEAMOS VALIENTES PERO SOBRE TODO REALISTAS

Hace ya unos cuántos años escribí una pequeña reflexión al calor de la sacudida que provocó la irrupción de una nada despreciable cantidad de gente en las plazas de las localidades de mi entorno más inmediato que, hasta la fecha, al menos para mí, aunque obviamente ya había mucha gente movilizada y revolucionando de una u otra forma desde hacía tiempo, habían sido un erial en lo referente a la protesta social más allá de los paseos programados por sindicatos y partidos varios. Simplemente, trataba de recoger un sentir que había ido acumulando a través de conversaciones o escuchando a la gente mientras exponía sus preocupaciones y sus puntos de vista. Algo que creo sigue estando plenamente vigente tiempo después aunque las formas de expresarlo sean diferentes y la mayoría de aquellas voces hayan sido acalladas o engullidas por las dinámicas propias del modelo social:
“Vivimos tiempos complicados y difíciles de comprender. Todas aquellas personas que, como yo, nacimos durante la transición, crecimos con la promesa de un futuro esplendoroso después de muchos años en los que la muerte, el hambre, la miseria y la represión habían causado estragos entre gran parte de los habitantes de este país. Nuestros mayores nos hablaban con esperanza e ilusión del porvenir que nos esperaba.
Fuimos creciendo y entramos en la Unión Europea (entonces la CEE) todo parecía que marchaba viento en popa. De vez en cuando, se producían contratiempos que desencantaban un poco al personal pero siempre se seguía adelante con un espíritu de superación y con la convicción de que todo iba a ir mejor.  Nosotros nos dedicábamos a estudiar porque eso era lo que nos iba a garantizar un futuro esplendoroso tal y como nos recordaban machaconamente. En esto nos incorporamos al mundo laboral y el dinero parecía caído del cielo (casi daba igual de que trabajaras porque en todos lados se ganaba dinero), el consumo se disparó hacia el infinito y nos vimos rodeados de abundancia. No supimos o no quisimos ver la que se nos venía encima y eso que siempre hubo voces (entonces me parecían pocas y débiles, más tarde he comprendido que no eran tan pocas ni tan débiles sino que estaban silenciadas por el sistema hegemónico) con criterio que nos advertían de lo que estaba sucediendo y del engaño en el que nos habíamos instalado.
Ahora, ya hemos acumulado experiencia y unas cuantas vivencias que nos permiten tener una perspectiva más amplia del mundo que nos rodea y nos damos cuenta de cuánta razón tenían aquellas voces minimizadas de hace unos años. Vivimos absolutamente engañados gracias al poder que tienen y siempre han tenido los grandes capitalistas. Han tejido para nosotros una red de falsa opulencia y libertad atrayéndonos hacia el mismísimo centro de esa red para, una vez allí, atraparnos y no dejarnos escapar, y hemos caído en la trampa sin oponer apenas resistencia. Nos han atrapado en una espiral de consumo desmesurado y de una violencia económica e intelectual que prácticamente nos ha dejado sin respuesta, lo cual les ha permitido despojarnos de la mayoría de nuestros derechos y nuestra libertad como seres humanos. Estamos siendo reducidos a la condición de esclavos, esto es así literalmente en muchos países donde desde hace siglos las personas son consideradas meras mercancías que se utilizan para mayor gloria y beneficio del capital. En otros países nos empezamos a dar cuenta de que también lo somos (aunque el envoltorio es más bonito y lujoso, en el fondo la intención es la misma) y tanto allí como aquí, en el momento en que alguien alza la voz es reprimido por la ingente cantidad de recursos que los Estados destinan a la represión. Así se ponen en marcha todos los mecanismos disponibles. Empezando por los más directos como ejércitos, policías, e incluso cuerpos paramilitares; siguiendo por los medios de comunicación que criminalizan de inmediato a todo aquel que tiene algo que decir contra el sistema capitalista y terminando por un sistema educativo diseñado específicamente para crear seres sin espíritu crítico y totalmente doblegados ante un sistema social organizado alrededor del capital. Mención especial para toda esa pseudointelectualidad que justifica la necesidad de que las cosas continúen igual y centran todos sus esfuerzos en perpetuar esta situación.
Ante todo esto, sólo caben dos opciones: acatar y participar activamente de este régimen de esclavitud o posicionarse a favor del cambio radical de sistema. No caben las medias tintas en esta cuestión, no existe un capitalismo menos malo al que se pueda llegar a través de parches y pequeñas modificaciones”.
Sigo pensando igual, no creo en la posibilidad del capitalismo amable o como quieran llamarlo.  De hecho la creencia en la posibilidad de ese capitalismo es, en gran parte, lo que nos ha llevado hasta aquí. La promesa de un futuro mejor a través del dominio de la naturaleza, la abundancia material y el salario, permitiendo mejorar las condiciones de vida de la generación inmediatamente anterior ha sido una inmensa trampa en la que la mayoría caímos, en la que muchos todavía ni saben que están. Salta a la vista que la ilusión del crecimiento ilimitado ha estallado frente a unos límites ecológicos que lanzan señales de su existencia por doquier. La tan cacareada abundancia material sólo existe para todo aquello inútil y superfluo con lo que atiborran nuestras vidas con la esperanza de poseer y poseer dando por sentado que en eso consiste la felicidad. Nada de aquello que prometieron era cierto y lo sabían desde el principio. Simplemente no era posible porque en la base de todo estaba la acumulación y, ésta, es incompatible con la posibilidad de una vida digna para todos.
No creo en la posibilidad de la revolución desde dentro, sencillamente porque eso no es posible. Ni lo es ahora, ni lo ha sido jamás. No existe ningún sistema basado en lo que se llama “las reglas democráticas del juego” (elecciones, partidos políticos, representatividad…) al margen del Capitalismo y cuya sociedad no esté altamente jerarquizada y sometida a los designios de unos pocos. En el mejor de los casos, se consigue en el plano material una distribución equitativa de la miseria que inevitablemente conduce a una profunda tendencia hacia la restauración del privilegio reformulado en base a un nuevo sistema.
Además, estos años también me han servido para ir perdiendo cierta ingenuidad, para desmitificar ciertas organizaciones o colectivos, para ir formando un criterio propio que me va permitiendo poco a poco distinguir a los charlatanes de los que hablan con convicción, a los que consideran que con hablar y escribir sobre la revolución es suficiente de los que no necesitan exhibirse porque sus actos hablan por ellos. Siempre se recuerdan los grandes nombres, los grandes actos revolucionarios del pasado hasta convertirlos en leyendas, sin embargo, se olvida lo cotidiano, el día a día de esos hombres y mujeres que de forma anónima protagonizaron y protagonizan esas revoluciones. Es precisamente en esos actos cotidianos donde se forjan y se fundamentan los grandes cambios y es, en ese terreno, desde la práctica diaria donde descubrimos a los verdaderos revolucionarios, aquellas personas que no necesitan nada más que tratar de vivir su vida lo más acorde posible con sus principios.
Aquel escrito lo terminaba con la siguiente frase:
“Esto es una cuestión de todo o nada, o aceptamos la esclavitud o luchamos por la libertad. La opción es personal pero la decisión que cada uno tome afectará al conjunto de la humanidad”.
Desde luego la opción sigue siendo personal pero de nada o muy poco sirven esas opciones individuales si no se conectan con otras, si no sirven para construir algo colectivo, si no sirven para tejer redes y alianzas que tan importantes son para expandir las alternativas como para defenderse de la violencia que el poder ejerce en caso de que, efectivamente, esas alternativas lo sean de verdad. Las iniciativas individuales son toleradas e incluso alentadas por el sistema, ya que las aprovechan como ejemplo de esa máxima tan de moda y tan capitalista “todo está en ti, todo depende de ti”. Además son fácilmente anuladas ya que estar desconectado de lo colectivo te convierte en una presa muy fácil. Pero articular cualquier proyecto colectivo requiere de una convicción y una capacidad de esfuerzo y resistencia que cada vez es más difícil encontrar, esto también lo he aprendido a lo largo de estos años. Así, en la medida en que la práctica diaria de todas aquellas personas de las que hablaba anteriormente pueda ir creando y ampliando esa red gracias al ejemplo diario, estaremos caminando en la dirección correcta para empezar a construir un mundo nuevo.
“Seamos valientes” fue el título que puse a ese escrito de hace años pensando que era una cuestión de valor. El valor necesario para sacrificar nuestra vida de esclavos de primera y perder el miedo a las consecuencias que de eso se pudieran derivar. Sigue siendo una cuestión de valentía pero, sobre todo, ahora me parece una cuestión de realismo. Si seguimos por este camino no hay futuro para la inmensa mayoría de la población humana.

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sábado, 28 de noviembre de 2015

ATAQUES MASIVOS

Con la escalada del terrorismo organizado en los últimos tiempos se vuelve a apelar al miedo por parte de las grandes potencias para, nuevamente, justificar lo injustificable. Como es costumbre en estos casos se viene repitiendo hasta la saciedad que lo que está siendo atacado es el sacrosanto valor de la libertad, pilar fundamental de la fantasía democrática.
Como en tantas otras cuestiones el uso y abuso que el poder hace de este concepto ha acabado por vaciarlo1 para dotarlo de significados que ya nada tienen que ver con su verdadero sentido.
¿Qué libertad está siendo atacada? Es posible que sea la libertad de vivir con unas condiciones materiales que tan sólo son posibles gracias al exterminio de la naturaleza y de media humanidad, un estilo de vida totalmente ajeno a las necesidades vitales y absolutamente apegado a las necesidades impuestas por un sistema basado en el beneficio económico y la dominación de toda forma de vida.
Tal vez me equivoque y la libertad que está siendo atacada es la de elegir la forma que queremos que adopte el yugo que nos mantiene sometidos y nos obliga a ganarnos la vida (porque no basta con estar aquí, parece ser que la vida hay que ganársela, por supuesto produciendo beneficios económicos para unos pocos) para demostrar que no somos simples parásitos y merecemos consumir todos aquellos productos que libremente tenemos al alcance de nuestra mano.
A lo mejor, la libertad que está siendo atacada es la tan famosa libertad de expresión. Esa misma que lleva a diario a gente a los tribunales y a la cárcel, la misma que permite ensalzar el fascismo y criminaliza cualquier discurso que se salga mínimamente del orden establecido.
No descarto que la libertad de la que estamos hablando sea la de consumir todo aquello que nos permita el mísero salario o la limosna gubernativa (incluso más, gracias a que tenemos la libertad de endeudarnos).
Apelando a ese pozo de sabiduría moderna que es la wikipedia vemos el significado de eso que llamamos libertad: “Según las acepciones 1, 2, 3 y 4 de este término en el diccionario de la RAE el estado de libertad define la situación, circunstancias o condiciones de quien no es esclavo, ni sujeto, ni impuesto al deseo de otros de forma coercitiva.” 
¿De verdad pensamos que no estamos sujetos al deseo de otros o que vivimos en una sociedad donde no existe la coerción? Todas las condiciones que rigen nuestra vida son impuestas, nuestro moldeamiento como seres humanos es absoluto. Desde bien pequeños nos vemos inmersos en un modo de vida donde todo está ya diseñado: cómo debemos relacionarnos con los demás y con el medio, cómo debemos expresar nuestras inquietudes y cómo debemos canalizarlas, qué cosas debemos aprender y cuáles debemos olvidar en el momento en el que nos incorporamos a la vida adulta, cual es el sistema de organización social que nos proporciona una vida mejor… Ni que decir tiene la inmensa cantidad de formas de coerción existentes.
Porque seamos claros: ¡La libertad está siendo atacada! Y lo está siendo desde mucho antes de que cualquiera de los que podamos estar leyendo esto hubiéramos nacido. Las armas siempre han sido un recurso utilizado por el poder para atacar la libertad; pero ni mucho menos han sido el único. Su gran arma es la colonización prácticamente absoluta de nuestras mentes y, por tanto, de todo aquello fruto de las mismas: Sistemas educativos, religiones, medios de información, productos culturales… Todo sirve para ir construyendo un imaginario colectivo que conforma el marco de referencia para cualquier persona. En ese marco no cabe la libertad individual, no cabe la disidencia. En la mayoría de las ocasiones, ni siquiera somos libres cuando ejecutamos pequeñas elecciones en nuestra vida cotidiana porque las opciones a escoger están tan marcadas por nuestros valores y prejuicios, tan laboriosamente esculpidos por el poder, que todo se convierte en una pequeña ilusión de libertad.
La lucha por la libertad es primordial; pero nada tiene tiene que ver con bombardear y arrasar países más o menos lejanos. La lucha está en cada uno de nosotros, en nuestra forma de pensar y actuar, está en las acciones individuales y colectivas que podamos hacer. La libertad jamás podrá ser hija de la barbarie, será necesario ser capaces de imaginarla primero y poder pensarla después para saber hacia dónde debemos encaminarnos. Para ello, irremediablemente, deberemos aprender a esquivar y desarticular todo aquello que nos impida caminar.
 
1 Conceptos vaciados http://quebrantandoelsilencio.blogspot.com.es/2015/02/conceptos-vaciados.html

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jueves, 12 de febrero de 2015

CONCEPTOS VACIADOS


Se pregona por todas partes que vivimos en la era del conocimiento y de la información. El acceso a la educación está más generalizado que en cualquier otro momento de la historia (de hecho, en muchos lugares, se persigue al que pretende escabullirse del reclutamiento forzoso que supone la integración al sistema escolar).

Se ha glorificado la red como el medio de acceso al conocimiento y como centralidad de la vida tanto social como personal, asumiendo que este hecho nos proporciona todo aquello que los poderosos pretenden escondernos al mismo tiempo que nos abre las puertas de par en par al mundo de la comunicación instantánea y de la sabiduría a golpe de clic. Tenemos disponibles innumerables medios de información en cualquier formato imaginable que nos mantienen al día de lo que sucede a cada segundo y en casi cualquier lugar del mundo.

Por otro lado, existe un acceso ilimitado e inagotable a todo tipo de productos culturales de todas las épocas que nos permiten conocer la trayectoria humana con una perspectiva jamás imaginada hasta hoy.

 
En definitiva, estamos en un momento histórico en el que ya no parece posible achacar a la falta de instrucción la incapacidad social para la transformación. De hecho, podríamos estar ante la paradoja de que un exceso de formación e información nos haya conducido a una incapacitación intelectual para imaginar siquiera la posibilidad real de cambio social que nos acerque, al menos un poco, a una sociedad libre con todo lo que esto implica.


Precisamente, en el significado de los conceptos que envuelven todo discurso transformador se nota el daño realizado por toda esa maraña de conocimiento e información.

En los últimos tiempos me llama mucho la atención cómo los grandes ideales se han ido fragmentando y parcializando hasta reducirlos a palabras huecas que sólo sirven para ser lanzadas como consignas desprovistas de toda fuerza revolucionaria. Me refiero a conceptos como justicia, igualdad, solidaridad, democracia, amor… pero especialmente me sorprende lo que sucede con el caso de la libertad.

Siempre he creído que la libertad debe ser uno de los cimientos sobre los que asentar cualquier tipo de relación, incluidas todas aquellas que están por crear mientras andamos caminando hacia ese otro mundo nuevo que buscamos sin cesar. Esa creencia se basa en el papel central que la libertad siempre ha jugado en cualquier teoría revolucionaria. Por supuesto, estoy convencido de que no soy el único que así lo cree y, lamentablemente, muchos no están por la labor transformadora.

Así vemos, cómo la libertad como concepto absoluto se ha ido desmembrando y etiquetando en lo que podríamos denominar libertades menores y parciales que inevitablemente llevan a luchas igual de pequeñas e insustanciales.

Libertad de expresión, de movimiento, de conciencia, de información… grandes palabras que, en definitiva, canalizan esfuerzos y desactivan procesos transformadores. Se persigue y se consigue el desgaste continuo en la defensa de causas que, en el mejor de los casos, conducen a la aceptación de una legislación que en nombre de alguna de esas libertades impone una restricción aún mayor que la existente previamente, pero cuyo objetivo principal es no permitir la reflexión y el razonamiento colectivo acerca de la libertad y sus implicaciones. Sólo de esta forma es posible la movilización de grandes y numerosos grupos de personas que, posiblemente con toda la buena voluntad del mundo y en muchos casos con una falta absoluta de reflexión, sirven como punta de lanza de los intereses del poder en temas como el que nos ocupa. De esta forma, es absolutamente espeluznante ver a la gente salir a la calle para defender la libertad de expresión por lo ocurrido en Francia al tiempo que se aprueban leyes cada vez más represivas contra la libertad. No sólo eso sino que además, vemos cómo se aprovecha esa energía para modelar una opinión pública que es capaz de defender la libertad de (una) expresión y mayoritariamente apoyar la cadena perpetua, llegando así a la cúspide de la esencia del ser humano actual.

 

No es posible una libertad parcial. ¿Qué significa libertad de expresión cuando millones de personas no tienen voz ahogadas bajo el yugo de la pobreza impuesta y la amenaza de muerte constante por inanición? ¿Libertad de movimiento? ¿Se referirá eso a los miles que cada año mueren tratando de atravesar alguna frontera siempre situada al norte de sus lugares de nacimiento? ¿Qué libertad de información puede haber en un sistema controlado absolutamente por las grandes transnacionales? No tiene sentido luchar por una pequeña parcela cuando el campo es tan grande, pero lo seguimos haciendo, seguimos tragando con sus normas del juego y reivindicando aquello que nos dicen y nos dejan sin tratar de ir más allá ni que sea a nivel intelectual. Porque si vamos más allá de eso, cabría la opción de reflexionar y preguntarnos qué es exactamente eso que llamamos libertad, podríamos interrogarnos acerca de si es posible alcanzarla en una sociedad esclava del tiempo y de la emoción, sería deseable que cada cual estableciera qué entiende por libertad y cómo sería posible compaginarla con el resto (eso si de nuestras reflexiones extraemos que no es posible la libertad si ésta no es global, para todos).

Aunque, a lo mejor, no necesitamos ir más allá y nos basta con creer en las enseñanzas de los gurús ideológicos que cada cual defiende. A lo mejor, con eso, sirve para alcanzar la libertad. Es posible que no tengamos que reflexionar tanto y sólo debamos actuar. Aunque tal vez eso es lo que ya estamos haciendo desde hace mucho…

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martes, 4 de septiembre de 2012

“DECIDÍOS A NO SERVIR, Y SERÉIS LIBRES”


¿Cómo se puede no tomar la decisión y persistir en la servidumbre?

A primera vista puede parecer una cuestión muy simple, sin embargo, la práctica diaria de la inmensa mayoría de nosotros nos dice que hay algo más detrás de todo esto. Si fuera así de simple (no descarto que lo sea) viviríamos en un mundo libre.

La primera cuestión que se plantea para no tomar la decisión es precisamente la falta de conciencia de nuestra condición de siervos. Difícilmente se puede tomar una decisión sobre un asunto que es inexistente para uno mismo.

Casi la totalidad de la población humana vivimos en sociedades controladas por unos pocos dominadores que extienden sus tentáculos sobre todo aquello a su alcance para establecer el control social. En estas sociedades siempre se actúa previniendo, asociando la libertad a lo que es menester desear. En otras palabras, los auxiliares del sistema venden la ideología dominante con la pretensión de ser la única disponible en el mercado intelectual. La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar, por la ideología dominante y transmitida por lo que se ha dejado de llamar propaganda para convertirse en publicidad.

La libertad se reduce entonces, a la posibilidad de inscribirse en una lógica mimética, de participar en la carrera en la que todo el mundo aspira a ascender a los niveles superiores de la escala social que propone el mundo mercantil.

Querer la libertad que ofrece este sistema induce a inscribirse en el movimiento gregario y supone no tener que obligarse a reflexionar, analizar, comprender, pensar; es decir, ahorrarse todo esfuerzo crítico propio, pues basta con obedecer.

Así pues, vemos cómo aparece un nuevo enfoque en la cuestión: la lucha por la libertad ya existe, pero por una libertad fraudulenta y edulcorada que agota nuestras energías, puesto que se basa en el tener y no en el ser y, por tanto, es una lucha irresoluble ya que siempre se puede (y lamentablemente se quiere) tener más.

Esta es la primera barrera que hay que romper para poder plantearse la cuestión inicial. Y es precisamente aquí donde está una de las labores más importantes a desarrollar por todas aquellas personas conscientes, luchar contra ese control social que nos tiene alienados y totalmente adoctrinados y hacer ver (con la palabra, pero sobre todo con el ejemplo) que existen otros modelos y que la libertad es otra cosa más allá de elegir entre playa o montaña para las vacaciones. Sabemos que ésta es una lucha muy desigual, puesto que el sistema tiene una gran cantidad de recursos disponibles y una maquinaria de control y represión apabullante. Por eso, es tan importante la lucha con el ejemplo y la acción cotidiana, porque es la baza más poderosa que tenemos a nuestro alcance. La vía de la construcción y el apoyo de medios alternativos de comunicación es fundamental ya que el sistema nos ha enseñado a ver la realidad a través de ellos y tenemos la tendencia a recurrir a ellos (eso sí, hay que hacerlo manteniendo el mismo espíritu crítico con el que abordamos los medios de desinformación masiva).

Superado este punto, existe un nivel de conciencia superior sobre la situación que nos hace ver de manera más o menos clara que la libertad que nos ofrece el sistema no es más que otra forma de esclavitud (quizá la más perversa por su envoltorio) y, a pesar de esto, persistimos en la servidumbre. ¿Por qué? Por miedo a la libertad y, sobre todo, a lo que ésta representa.

Dentro de este sistema inhumano, libertad implica represión y pérdida. Represión en todos los niveles a los que tiene acceso el entramado Estado-Capital, que son la mayoría (policía, justicia, trabajo, economía,…). Éste es un factor que una persona concienciada puede aceptar en mayor o menor medida como parte de la lucha emancipatoria, sin embargo tras alguna experiencia inicial puede alejar a muchos de este camino y dejarse arrastrar por el mundo de la “felicidad capitalista”.

La segunda cuestión que entra en juego es la pérdida. Ésta también se entiende en un sentido muy amplio. Por un lado, tenemos la pérdida de lo material que si bien en nuestro mundo ideológico no representa ningún problema (más bien al contrario) en el día a día de nuestra servidumbre capitalista nos resulta imprescindible para seguir adelante. Esto acaba planteando un círculo vicioso de difícil solución ya que nunca parece llegar el momento de romper esta rueda que nos impulsa día a día a seguir sirviendo. Por otro lado, está la pérdida social debida al magistral plan que el poder desarrolla a través de los medios de comunicación y que nos despersonaliza para convertirnos en miembros de la sociedad, de la masa. Las técnicas mediáticas asocian, según el modelo pavloviano, lo deseable para el individuo con lo deseable para la comunidad: el bien de uno se define en relación con lo que realiza el bien de la totalidad. De esta manera se formula el moderno contrato social en el que la invitación supone, entre diplomacia y coerción, el abandono de toda pretensión y voluntad individuales en provecho de una elección que abarque el conjunto de la sociedad. Esto todavía alcanza mayor trascendencia si reducimos el ámbito de la sociedad a la familia, donde siguiendo las normas imperantes, se sacrifica todo (hasta la libertad) en pos del bien común.

Libertad significa elegir, pensar por uno mismo, inventar, amar sin reservas, establecer planos de igualdad, coherencia y muchísimas otras cosas que exigen un esfuerzo y una constancia muy difíciles de sostener en un mundo en que todo se ha concebido para mantener muy limitado el espíritu crítico y la acción sincera. Es en este segundo plano donde la lucha se hace necesariamente personal e intransferible, donde no sirve más conciencia que la propia y donde está la verdadera batalla. Sin una victoria en este plano, cualquier cambio, cualquier revolución se antoja imposible.

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miércoles, 12 de enero de 2011

PARA QUE LOS PRECIOS PUDIERAN SER LIBRES

Hace un tiempo, leí en algún sitio una frase de Eduardo Galeano que, refiriéndose a las dictaduras económico-políticas del llamado Cono Sur (Argentina, Uruguay, Chile, Brasil), decía así: se metía a la gente en la cárcel para que los precios pudieran ser libres.
Esta sentencia es un magnífico resumen de lo acontecido en los últimos tres siglos en la historia de la humanidad y la culminación del pensamiento ideológico dominante.
Desde la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) considerada como el documento matriz de las posteriores constituciones y declaraciones de derechos humanos y civiles aparecidas por todo el mundo, la política ha sido el fiel ejecutor de la economía y los intereses de pequeños grupos de elegidos hasta conseguir la implantación global de un sistema encaminado al lucro de unos pocos y la servidumbre de la inmensa mayoría.
Durante todo este tiempo se ha encarcelado o eliminado a todos aquellos que pudieran ser elementos distorsionadores del orden establecido. Las tácticas usadas por el poder han ido variando en función de la época y el lugar, hasta llegar a la actualidad en lo que se denomina Occidente. Es aquí y ahora donde los señores del sistema han alcanzado la cúspide de su régimen opresivo, han logrado lo que ni siquiera los más despóticos y crueles mandatarios de todos los tiempos lograron imaginar: sumisión total de sus siervos e identificación con los objetivos de sus dueños a pesar de que ello supone su total aniquilación como seres libres. Todo esto acompañado por la creación de una ilusión mágica consistente en hacer creer a las personas que viven en la mejor de las sociedades posibles y que son unos afortunados.
La estrategia de las últimas décadas ha sido precisa como un bisturí, abarcando multitud de frentes para conseguir un solo fin: disociar al ser humano de su naturaleza social y de su apego a la Tierra para poder así trabajar mejor el lado más individualista de las personas, reforzando el egoísmo y la exclusión y creando una imagen colectiva de seres consumidores cuyo único fin es aumentar su producción como ciudadanos para poder, así, pasar por encima de aquellos que se queden atrás.
El poder económico amparado en su fiel escudero, el Estado, iniciaron una cruzada a través de la educación, los medios de comunicación, el sistema judicial y la fe en una democracia reducida al cambio de cromos cada cuatro años.
Nuestra sociedad aceptó la total pérdida del control sobre su destino a cambio de unas cuantas chucherías en forma de bienes de consumo que, al fin y al cabo, sólo benefician a quien los financia y los vende.
Han creado seres que únicamente se preocupan por tener trabajo para poder adquirir lo que el modelo social considera un mejor nivel de vida sin pararse un momento a reflexionar sobre qué es lo que realmente quieren o necesitan. Han conseguido fabricar perfectos desconocidos que conviven con otros desconocidos a pesar de compartir un pequeño espacio vital durante toda su vida, con el sentido de colectividad totalmente atrofiado a favor de la competencia de unos contra otros.
Todos formamos parte de esa sociedad que han creado artificialmente a base de represión, el ser humano no es egoísta, ni competitivo, ni mucho menos un destructor de la naturaleza. Los grandes logros de la humanidad se consiguieron con colaboración y respeto entre las personas y el medio ambiente y ese es el legado que debemos transmitir y por el que debemos luchar ahora y siempre.

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lunes, 26 de julio de 2010

Acuerdos ACTA: hacia la dictadura de las corporaciones


Desde el año 2007 se está negociando, de manera secreta, el ACTA (Anti Counterfeiting Trade Agreement) entre los EEUU, la UE y otros 30 países.

El ACTA pretende ser un tratado para combatir el tráfico internacional de mercancía falsificada pero, en realidad, va mucho más allá. El secretismo con que se está llevando a cabo el proceso de negociación da una muestra de que las verdaderas intenciones de este tratado son mucho más amplias, como veremos a continuación. El conocimiento público de estas negociaciones ha sido posible gracias a las filtraciones de los diferentes borradores del tratado que han hecho algunos de los participantes en las negociaciones a algunas páginas de Internet.

La aprobación este acuerdo, significaría un paso más en la afirmación del poder de las corporaciones sobre las personas y el comienzo del fin de la libertad de Internet. Si el ACTA sale adelante algunos de los pilares básicos del sistema democrático, como la separación de poderes, se derrumbarían. Esto se vería reflejado en una serie de cuestiones como que los poderes policiales propios de los Estados serían desplazados a las empresas privadas; la autoridad de las policías de fronteras se extendería de manera ilimitada pasando por encima del poder judicial; además, proporciona a las empresas farmacéuticas los medios para hacer desaparecer la producción de genéricos de los que depende la vida de cientos de millones de personas.

Tal y como recoge el periódico Diagonal en su web. El ACTA es, principalmente, un tratado de defensa del sistema de logos y, como tal, un tratado en defensa de la virtualización del mercado, de la separación entre el valor material de las cosas y su valor de intercambio. Se trata de una defensa clave para mantener la supremacía de las corporaciones occidentales en el momento en que Occidente está perdiendo su dominio en la manufactura.

Veamos ahora con un poco de detalle algunos de los aspectos más importantes de este acuerdo en lo que respecta a la vulneración de derechos y libertades fundamentales de los seres humanos:

- Acceso a las medicinas. El ACTA amenazará el acceso global a las medicinas a precio reducido de varias maneras. En primer lugar, autoriza a las autoridades aduaneras para incautar productos en países de tránsito, inclusive cuando tales productos no infringen ninguna ley en los países productores e importadores. También limitan las políticas de los Estados a la hora de incentivar la producción de genéricos y, sin embargo, no aporta nada contra la adjudicación de nuevas patentes a medicamentos que no aportan ninguna mejora a los ya existentes (la única mejora es para las cuentas de resultados de las grandes farmacéuticas).
En la práctica esto supone que, por ejemplo, si un país fabricante de genéricos como la India, manda un envío a otro país y, dicho envío pasa por el territorio (aéreo, terrestre o marítimo) de una tercera nación que sea firmante del ACTA, ésta decomisará el envío y detendrá a las personas participantes. Con esto, lo único que se pretende es eliminar la competencia que están sufriendo las corporaciones del sector a costa de la vida de cientos de millones de personas. El beneficio económico nuevamente por encima del bien de la humanidad.

- Ámbito del derecho de propiedad intelectual. El ACTA eliminará los derechos e intereses de los usuarios de Internet y su libre acceso y participación de la cultura, considerado como un derecho fundamental de la humanidad. Por el contrario, otorga plenos derechos a los propietarios de la supuesta propiedad intelectual.
Para ello, se van a eliminar algunos pilares de la sociedad actual como la privacidad y protección de datos, la libertad de expresión, el derecho a un juicio justo y la presunción de inocencia.
Trasladado a la realidad esto significará que las grandes compañías tendrán el poder y el derecho de decidir quién es culpable de infringir sus derechos sin que ninguna justicia estatal tenga la oportunidad de formar parte del proceso. Las corporaciones acusarán, juzgarán, sentenciarán y harán cumplir la condena de cualquier persona que ellos estimen que han vulnerado sus derechos de propiedad intelectual sin necesidad de contar con nadie más en el proceso (ni policía, ni jueces, ni gobiernos).
Si esto se aprueba podemos ir despidiéndonos de la red tal y como la conocemos, porque esto no va sólo contra el p2p, esto va mucho más allá y la consecuencia será que sólo tendrán acceso a Internet aquellos a los que las grandes corporaciones den su beneplácito.

- El proceso democrático. La negociación y aprobación del ACTA se está efectuando fuera de todo marco democrático y en la total impunidad del anonimato.
El proceso de negociación está siendo en secreto incumpliendo toda la legislación internacional al respecto porque de otra manera hubiera sido imposible perpetrar este atentado contra los derechos humanos. Esta negociación NO RESPONDE a ninguna necesidad de resolver problemas en las políticas públicas existentes, sólo responde a la necesidad de extender el control y el beneficio de las grandes multinacionales. Dichas multinacionales forman parte del proceso negociador (de hecho, dirigen a los “políticos-marionetas”) mientras que no hay representación de la sociedad civil como se le presupone a los procesos democráticos.
Es evidente, que la aprobación del tratado exigirá una serie de cambios en las leyes de propiedad intelectual de los países que deberán hacerse sin ningún proceso de negociación y sin ninguna votación. Se deberán hacer por decreto y punto.

En definitiva, este nuevo ataque a la dignidad humana debe ser neutralizado. Esto no es sólo el poder descargar el disco de mi artista favorito, esto va de no dejar morir a millones de personas para que unos pocos se forren aún más de lo que ya están, va del derecho de las personas a decidir su futuro y del derecho a expresarnos libremente, va del derecho a no necesitar demostrar nuestra inocencia a cada paso que demos.

En las siguientes páginas puedes encontrar información sobre qué podemos hacer para intentar parar esta locura:

Nacionred.com , Internautas.org, Laquadrature.net