viernes, 23 de septiembre de 2022

PRESTA ATENCIÓN

Abrumado posiblemente sea la palabra que mejor define mi estado de ánimo. La deriva es terrible, literalmente nos vamos a la mierda (y de manera merecida me atrevería a decir).

Si algo define al ser humano es su capacidad de raciocinio, eso es lo que le ha mantenido arriba en la cadena alimentaria durante siglos. La fuerza física nunca ha sido lo nuestro por mucho que nos empeñemos no tenemos nada que hacer en este aspecto frente a muchísimas otras especies animales. Sin embargo, esa supuesta inteligencia nos ha metido en un mundo sin sentido, frío, rodeado de desconocidos y con graves problemas para procurarnos el sustento.

¿Qué clase de especie inteligente somos?

No hace falta enumerar de nuevo todo lo que val, lo sabemos: hambre, guerras, esclavitud, destrucción de todo lo que nos rodea y nos mantiene con vida… millones de vidas mutiladas en lo físico y en lo espiritual. Sí, también aquí en el venerado Occidente ¿No te lo crees? Mira a tu alrededor, por un momento sal de tu burbuja y presta atención.

Hace un tiempo leí que la acción humana es fundamentalmente una respuesta. Me pareció y me sigue pareciendo un enunciado muy válido. Incluso cuando no sabemos a qué cuestión estamos respondiendo, lo hacemos. Partiendo de aquí, si todo lo que hacemos surge como respuesta a algo y somos una especie caracterizada por su inteligencia ¿Qué está pasando? ¿Cómo puede ser que todo vaya tan rematadamente mal? ¿Hemos perdido nuestro ingenio? ¿Acaso no estamos atendiendo a las preguntas correctas y nos dedicamos a actuar sin más? No lo sé y tampoco sé si serviría de algo el hecho de saberlo.

Lo que sí parece claro es que cada vez más todas las respuestas pasan por el avance tecnológico. El mito de la máquina que nunca se fue sigue en pie haciendo mantener la esperanza en un futuro mejor. La tecnología nos hará llegar donde nunca antes hemos estado y, sin embargo, lo que conseguimos es estar más perdidos que nunca. El tratar de avanzar constantemente y a cualquier precio no nos deja saber dónde estamos y eso anula cualquier posibilidad de ir a mejor. Con la mirada perdida en el horizonte tecnológico tal vez no nos damos cuenta de que aquí y ahora existen otras respuestas. Que requieren un esfuerzo y un nivel de sacrificio difícilmente admisible, sí. Qué tal vez sean nuestra única oportunidad de supervivencia como la especie inteligente que creemos ser, también.

Muchos, tal vez contagiados por ese mantra de que de las catástrofes surge la oportunidad de mejora, creen que lo mejor que nos puede pasar es que todo reviente y volvamos a empezar. El gran reinicio (han tardado poco en comercializar la marca) lo llaman. Craso error. La demolición ya está siendo controlada y se viene un largo periodo de profundización de la miseria a niveles inimaginables, incluso estratos sociales que se perciben como intocables sufrirán las consecuencias. Los poderes fácticos y sus gestores están listos para gestionar este proceso de tal manera que quede asegurada su posición aunque tengan que cambiar los modos y formas de vida. Lo que tengan que hacer se hará (de hecho ya se ha empezado) y a ser posible se aseguraran el apoyo y la comprensión de todos nosotros que aceptaremos como inevitable todo lo que nos caiga encima.

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jueves, 21 de abril de 2022

¡VIVE! NO PIENSES Y DISFRUTA DEL ESPECTÁCULO.

La evolución sigue su camino. En 50 años hemos pasado de espectadores pasivos a opinadores pasivos. En ambos casos, la clave está en el segundo término.

Hemos avanzado (no sé si es la palabra correcta) de lo que Debord definió como alguien que se sitúa frente a la realidad y la observa sin más a alguien que tiene la necesidad, incluso la obligación, de opinar sobre todo lo que observa. Lo que ninguno de los dos sujetos está dispuesto a hacer bajo ningún concepto es tratar de intervenir en esa realidad. Se mantiene en una posición de pasividad, más bien de impotencia ante lo que sucede.

Situados de esta forma no tenemos la capacidad de cambiar nada de nuestra realidad. Y ahí, justo en esa impotencia autoimpuesta nos sentimos muy bien, seguros y con la conciencia tranquila. Situados en ese lugar es imposible ser salpicados por la inmundicia de lo que nos rodea. Podemos seguir viviendo en nuestra fantasía democrática del primer mundo.

De hecho, vivimos en una época dorada para ejercer de espectadores (nada es por casualidad) Hay tal cantidad de información a nuestro alcance que literalmente somos incapaces de procesar nada. Simplemente observamos mínimamente, opinamos al respecto y a otra cosa que se nos va la vida. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de las redes y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema, por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo.

Cero reflexión, cero actuación.

Bajo ningún concepto tratar de establecer una relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en la vida. En ningún caso, emprender una acción que pueda mover la silla desde la que asistimos, impertérritos, al espectáculo de nuestra propia degradación. Incluso cuando lo observado nos lleva a un estado de indignación elevado preferimos considerarnos víctimas (nunca colaboradores necesarios y, por supuesto, nunca culpables) y esperar a que los otros, sean los que sean, resuelvan la situación. Mientras tanto, reforzamos nuestro patio de butacas particular y nos atrincheramos en él con más fuerza si cabe.

Nada causa más temor que notar cómo se tambalean los cimientos sobre los que has construido tu reducto. Así que procuras no hacer nada que pueda desencadenar el terremoto. Te mantienes a la expectativa, observando. Perpetuando tu condición de espectador, colaborando en la reproducción continua del espectáculo.  

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miércoles, 30 de marzo de 2022

!A DESBROZAR¡

Eliminar los obstáculos o impedimentos que dificultan una acción.

Me gusta esta acepción del verbo desbrozar. Con seguridad es la menos utilizada de todas pero se ajusta como un guante a la idea que me ronda por la cabeza si trato de definir con cierto grado de precisión en qué se ha convertido (si es que no ha sido siempre así) mi vida y la de tantas personas a lo largo y ancho del globo.

La acción por antonomasia es vivir. Nada hay más importante y más simple a la vez. Sin embargo, qué difícil se vuelve en este mundo insensible que todo lo convierte en mercancía, en objetos sujetos a la extracción de beneficio tras lo cual no nos queda más que ser simples desechos.

Pasamos la vida tratando de desbrozar los caminos por los que queremos transitar. En el esfuerzo, ni siquiera llegamos a advertir que esos caminos están más que despejados. Prácticamente existen sólo para que la gente como tú y como yo los transitemos. Y a pesar de eso, a pesar de haber sido andados por millones antes que nosotros se hace imposible no desbrozarlos día tras día. Caminos diseñados para que jamás consigamos llegar a ninguna parte pero tengamos la sensación de haber hecho lo imposible por lograrlo. Ya lo decía el poeta, se hace camino al andar aunque no vayamos a ningún sitio en particular.  

Es una locura. De las primeras cosas que tratan de inculcarte es de la necesidad de escoger un camino, de trazarte unas metas, ir a por ellas… Todo eso dota de sentido tu vida, te dicen. Se supone que pasas gran parte de vida aprendiendo (desde tu casa, la escuela, la sociedad, los medios…) la mejor manera de transitar esos caminos y resulta que apenas te han enseñado nada. Nadie te ha explicado la verdadera naturaleza de esos caminos. En definitiva, nadie te ha enseñado la cara real de la vida, la que no entiende de teorías abstractas sino que sólo reconoce la práctica cotidiana.

Y así vas pasando, tratando de eliminar unos obstáculos que no sabías que te ibas a encontrar porque has estado toda la vida siguiendo las instrucciones supuestamente correctas. Has cumplido a pies juntillas con el plan preestablecido. Pero al parecer, ese plan sólo funciona en determinadas condiciones. Condiciones tan particulares que tan sólo un porcentaje muy reducido de la población está en condiciones de cumplirlas. Este pequeño grupo poblacional coincide a la perfección con el poseedor de la gran mayoría de la riqueza material del planeta. Pero ni siquiera esa gente queda exenta de la obligación de desbrozar para seguir su camino (aunque nada que ver con el trabajo que debemos realizar el resto de los mortales).

Esta ingente tarea debería prepararnos, servirnos de entrenamiento para cuando tratamos de abrir nuevas vías por las que el discurrir de nuestras vidas sea más aproximado a lo que llevamos en nuestros corazones y nuestras mentes. Pero no lo es, no sirve de nada. Ni contamos siempre con las mismas herramientas para desbrozar ni los obstáculos con los que nos encontramos son siempre iguales. En muchas ocasiones, desconocemos por completo las razones por las que nos esforzamos tanto en desbrozar, simplemente, lo hacemos. Es lo que nos han enseñado, es lo que hemos querido creer.

Pero al parecer, aquello de que uno todo lo puede y todo lo tiene en su mano no acaba de ser del todo cierto. Más nos hubiera valido aprender a manejar herramientas para desbrozar que toda esa charlatanería barata. Mejor dicho, ojalá haber comprendido antes que las herramientas están ahí, a nuestro alcance… al alcance de todos. Porque sí, esas herramientas son colectivas y siempre han estado ahí. Sólo desde ahí, desde lo común uno puede empezar a desbrozar con cierto sentido su camino. No sólo eso, sino que también es posible compartir esas herramientas sin que necesariamente implique tener que llegar al mismo lugar que el resto. Sin duda, aprendizajes maravillosos que nadie nos procuró (aunque tal vez sí y no supimos verlo) y que tal vez no acabemos de descubrir jamás o seamos incapaces de llevarlos a cabo ante la sobredosis individualista que acarreamos.

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martes, 18 de enero de 2022

¿QUÉ LIBERTAD?

¿Qué será eso de la libertad sobre la que se habla en todo momento?

En los últimos tiempos, en el marco de esta crisis permanente del coronavirus, ha reaparecido con fuerza este término: libertad. Asociada a cualquier postura, a cualquier posición tomada. Me froto los ojos, ¿habrá llegado el momento en que algo tan espléndido como la búsqueda y la defensa de la libertad guíen nuestra forma de vivir? Siempre me he sentido inclinado hacia lo libertario así que tal vez sea el momento, si hay tanta gente defendiendo la libertad será por algo, digo yo.

Todo se hace o se dice en nombre de la libertad. Desgraciadamente, temo que todo se reduzca a su concepto de libertad, el que predomina, el único que puede prevalecer en una sociedad capitalista de consumo. La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar. Así, por arte de la magia capitalista, se desplaza la decisión libre que queda sustituida por la libre elección entre distintas ofertas preconfiguradas y adaptadas al modelo social. Hace 30 años, escribía Bauman (y no puedo estar más de acuerdo):

         El consumo ofrece libertad a personas que en otros aspectos de su vida sólo encuentran restricciones, opresión… En el juego de la libertad de consumo todos pueden ser ganadores al mismo tiempo.

A pesar de todo, no deja de ser paradójico que todos podamos ser ganadores y, al mismo tiempo, la sociedad de consumo haya transformado a la mayoría de la población en subjetivamente pobre. Esto se debe a la continua creación de necesidades artificiales que necesitamos satisfacer y que nunca llegamos a hacerlo porque constantemente surgen otras nuevas que nos lo impiden. Así, vivimos con la sensación constante de que siempre nos falta algo.

Porque el deseo de ser libres parte de la experiencia de estar oprimidos. Parte del sentimiento de que no puedo dejar de hacer lo que no quiero (cuánta gente debe sentir eso mismo con respecto a su trabajo). Y ¿Quién no siente deseos de ser libre a pesar de vivir en nuestra sociedad perfecta? ¿Cuántos tenemos esa sensación de no poder dejar de hacer muchas de las cosas que hacemos? Sin embargo, hay una cuestión que me parece más importante y es si existe la posibilidad de ser libres en una sociedad, en un mundo tal y como lo conocemos y vivimos.

Me parece harto difícil conjugar un mundo capitalista dominado por la posesión, la acumulación y la especulación con una libertad verdadera más allá de ese individualismo enajenado del sálvese quien pueda y como pueda que ahora parece que define el prototipo de ser libre. Bajo estas coordenadas, esa supuesta libertad sólo puede ser a costa de la opresión del otro, de muchos otros. En este contexto, la libertad se convierte en privilegio, se convierte en poder. Esto es un juego de suma cero, cuanto más gana uno más pierde otro, o millones de otros. Para muestra un botón: Durante los dos años de pandemia los diez hombres más ricos de la Tierra han duplicado su fortuna, mientras los ingresos del 99% de la humanidad han menguado.

La grandeza del juego es que nos ha hecho creer que cualquiera puede ser ganador porque siempre hay alguien peor que tú.

Por otro lado, en lo personal, me es muy difícil imaginar una sociedad fuera de ese marco (por mucho que haya podido leer al respecto) Y eso, con toda seguridad, es el gran triunfo del sistema. Nuestra incapacidad de imaginar siquiera un horizonte distinto al actual, nuestra asunción de que el estado actual es fruto de un orden natural y que no puede ser de otra manera. Más allá de todo esto, tan solo tengo alguna certeza acerca de la libertad: creo que es imposible desde lo individual, es decir, fuera de la cooperación comunal. No la creo posible sin la necesidad de realizarse mutuamente con el resto de una comunidad. Por tanto, creo que difícilmente podrá realizarse en una sociedad donde las comunidades humanas se han desestructurado dando paso a poblaciones de individuos desconectados.

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viernes, 29 de octubre de 2021

LA CUEVA NO DA PARA MÁS


La excepcionalidad convertida en norma apenas deja espacio para algo que no sea sobrevivir.


Por todos lados y desde hace tiempo aparecen señales del agotamiento de un sistema que no resiste más. El extractivismo radical, el desprecio absoluto a la naturaleza, la financiarización de la vida y un consumo de lo superfluo elevado a culto no dan más de sí. Obviamente, nada de esto es reconocido (al menos oficialmente) por una minoría mayoritaria que gobierna y legisla para someter a la mayoría del planeta y beneficiar a unos pocos carentes de conciencia y dispuestos a todo por engordar sus, ya de por sí, saciadas cuentas corrientes. Frente a este desplome sistemático, sólo hay que ver para el caso de España los números del último informe sobre pobreza elaborado por Cáritas, se ha vuelto más necesario que nunca mantenernos en un estado de shock permanente. La vida se ha convertido en una serie de sucesos puestos en primer plano para mantenernos ocupados y con el suficiente miedo como para no plantearnos nada más.

Es muy difícil que en momentos como los que vivimos actualmente (y que duran ya unos cuantos añitos) mantengamos intacta nuestra capacidad de respuesta. La excepcionalidad convertida en norma nos ofrece un panorama en el que no hay nada más allá del ahora. En ese ahora sólo cabe una meta: sobrevivir (a menos que pertenezcas a la minoría privilegiada de la humanidad). Como decía la canción: No future

Planes que vayan más allá de conseguir superar el fin de mes quedan reservados para cada vez menos personas alrededor del planeta. Para muchos otros ni siquiera el plano temporal que supone un mes puede ser abarcado, toda su energía debe concentrarse en llegar al final del día. Sin más.

Con este panorama esbozado parece imposible no verse sumergido en la vorágine atomizadora que nos aísla sin remedio y que, si no estamos alerta y prevenidos, nos conduce a considerar al resto como potenciales enemigos en lugar de naturales aliados. A esto le podemos sumar el tsunami reaccionario que se va desplegando poco a poco pero de manera constante conduciendo a muchos hacia una deriva autoritaria y de reforzamiento del expolio capitalista.

El apocalíptico escenario en el que nos obligan a movernos no deja lugar a dudas. Esto se acaba tal y como lo conocemos, lo cual no quiere ni tiene por qué querer decir que lo que venga después va a ser mejor. De hecho, no creo que estemos ni de lejos preparados para ese después con lo cual las probabilidades de que sea mucho peor son bastante altas.

Una sociedad organizada en torno al consumo como la nuestra, difícilmente podrá resistir el hecho de que cada vez ese consumo sea más excluyente y exclusivo, en manos de menos personas. Las diferencias sociales se acrecientan: los ricos son más ricos y el resto más pobres. Está cayendo el mito de las clases medias (por fin) y con él los dogmas del esfuerzo y la superación personal para obtener todos los beneficios que el sistema capitalista puede ofrecer. Y esto sucede a pesar del constante bombardeo mediático de gurús de toda clase encargados de difundir el mensaje de que sólo los mejores se salvarán y el resto son justos merecedores del ostracismo económico y social. Vamos que el pobre lo es por decisión propia y por pereza. Mientras el eje de rotación social siga siendo una cuestión como el consumo exacerbado y no queramos comprender que eso condena a la pobreza y a la muerte a millones de personas estamos jodidos. Realmente no necesitamos de estos escenarios excepcionales que continuamente nos impactan, no se me ocurre nada más excepcional y apocalíptico que el modelo actual donde se permite (permitimos) y se celebra una desigualdad social que directamente podemos calificar de asesina.

Esto es una jodida catástrofe y, probablemente, el cuerpo nos pide adentrarnos más en la cueva personal que vamos construyendo día a día a modo de coraza. Lo hacemos con la esperanza de que nos proteja a sabiendas de que nada construido desde la atomización en la que vivimos va a quedar en pie. Y lo seguimos haciendo porque lo contrario, la construcción colectiva, requiere de una energía de la que mayoritariamente hemos sido desposeídos por este sinvivir que hemos adoptado como vida. Porque sobrevivir nos agota de tal manera que nada parece ser posible más allá de eso. Llegar al fondo de la cueva y permanecer acurrucados esperando confortablemente a que algún día (tal vez más pronto que tarde) todo se derrumbe con nosotros adentro o salir y enfrentarnos a una realidad dolorosa y difícilmente soportable pero que irremediablemente debe ser transformada si queremos que haya un mañana para los que nos sucederán. Lo bueno de todo esto es que todavía podemos elegir.


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miércoles, 28 de julio de 2021

QUIERO DUDAR

No queda espacio para la duda. Así es imposible aprender nada y yo no sé el resto pero a mí me resulta vital aprender. 

Si algo tengo claro es que el ser humano es curioso por naturaleza. La curiosidad es la antesala de la duda porque nos empuja a obtener respuestas, nos obliga a indagar. Ante esas respuestas surge la duda que nos impele a una mirada crítica para tratar de discernir entre las diferentes opciones. Se puede decir que esa curiosidad nos lleva inevitablemente a aprender. Por tanto, aprender forma parte de nuestro ser. Sin necesidad de caer en esencialismos, se puede decir que aprender forma parte importante de lo humano. Pero cada día aprender está más caro, la duda está prácticamente criminalizada. Vivimos en un mundo en que dudar es sinónimo de quedarse fuera, de perder. Cuando todo es competición, cuando la imagen proyectada es lo importante, la duda no tiene cabida. No puedes mostrarte débil. Hay que saber de todo o, al menos, aparentarlo. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de Internet y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Y lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo. 

Hace años que le escuché (si no me equivoco a Carlos Taibo) la expresión “todólogos” para referirse a los personajes que opinaban sobre cualquier tema en los múltiples programas televisivos de actualidad. Daban la sensación que sabían de todo y el amplificador que suponían esos espacios televisivos reforzaba su imagen de sabios expertos. Ingenuamente pensaba que el fenómeno de los “expertos en todo” se reducía a ambientes muy específicos. Lugares como los bares, los mass media y los escalafones de los partidos políticos donde habitan sus cabezas visibles… siempre han estado repletos de gente con una necesidad imperiosa de dar su opinión sobre todo (normalmente acompañan esta necesidad con la creencia de estar en posesión de la verdad, por supuesto, su verdad que es la única).

Pero hace tiempo ya, que este fenómeno se ha expandido de manera imparable alcanzando todos los rincones de la sociedad. 

No tengo nada en contra de que la gente nos informemos, más bien al contrario, me parece fantástico. Otra cosa bien distinta es formarse y aprender. Yendo más allá, todavía resultaría mucho mejor tratar de establecer algún tipo de relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en el mundo.

 Intentemos hacerlo con algún tipo de filtro crítico y escéptico antes de dar por buena cualquier teoría o hecho y su contrario. Incluso, debemos estar dispuestos a admitir que hay cuestiones que nos superan (ni que sea de momento) y que por tanto no podemos tener una opinión sólida al respecto. 

Esta proliferación de “expertos en todo” es un signo de estos tiempos. Especialmente visible el fenómeno con la pandemia y todo lo que conlleva esta situación. No me importa en absoluto cuando me la encuentro en reuniones familiares, en un bar, o en el trabajo.  He de admitir que incluso me divierte según cómo sea. Pero me parece mucho más preocupante cuando me la encuentro en ambientes alternativos donde se supone que el pensamiento crítico es algo importante. Me resulta especialmente triste constatar que en muchas ocasiones las personas con opiniones formadas sobre todo no hacen más que repetir argumentaciones y discursos ajenos que ni siquiera son capaces de explicar cuando se les pregunta. Lo sé porque seguramente leo las mismas páginas y los mismos textos que ellos. Nadie duda, todo el mundo cree saber todo lo que tiene que saber. No sólo eso, además se exige de los demás un claro posicionamiento. O conmigo (por supuesto, los buenos) o contra mí. La falta de espacio para la duda refuerza el bucle del dogma. La ortodoxia (sea en el sentido que sea y en el campo que sea) se convierte en algo inquebrantable. Así no hay duda perteneces a la secta o estás fuera. 

Es justo en ese momento cuando todo suele terminar, porque es entonces cuando los expertos suelen acudir a los grandes tótems del asunto en cuestión que se esté tratando o, directamente, a las sacrosantas palabras de los grandes gurús de la ideología política que predomine en ese ambiente. Y claro, llegado a este punto, admito que no me he empapado las obras completas de ningún ser humano al que se le otorgue la autoridad máxima en cualquier –ismo. Así que una vez este dato salta a la palestra de una u otra forma, parece ser que automáticamente me invalida para cuestionar esos argumentos de dicho experto. En ocasiones, incluso, me convierte en sospechoso de colaboracionismo con el enemigo, reaccionario o pequeño burgués según de dónde venga la acusación. 

En fin, hay tantos frentes abiertos, tantas cuestiones que nos afectan de una forma brutal y directa que resulta dificilísimo estar bien informado/formado sobre todo. Personalmente, no lo estoy pero me niego en redondo a que eso sea un motivo para tener que aceptar imposiciones argumentales o ideológicas. Vivimos momentos absolutamente inciertos y sin embargo, veo a la gente en general estar más seguro de sus creencias que nunca. Me resulta incomprensible. 

Si no somos capaces de apoyarnos y fomentar la coeducación entre nosotros, si no es posible el debate sin miedo a ser excluido, si la capacidad de transmitir conocimiento y experiencia sólo se utiliza para colgarse medallitas absurdas en lugar de utilizarla para ampliar las posibilidades de revuelta, entonces todo queda reducido a la mínima expresión y nada puede suceder más allá del pequeño grupo de autoproclamados expertos. Seguir al pope o morir. O mejor todavía convertirte tú mismo en predicador de tu buena nueva, esa a la que sólo tú por una misteriosa razón tienes acceso.


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lunes, 17 de mayo de 2021

CONTRA EL ESTUPOR

Termina el estado de alarma, lamentablemente, continua el estado de estupor.

No es una palabra que haya utilizado mucho en mi vida pero define bien la situación actual. Me parece especialmente acertada su acepción médica (no podía ser de otra manera en esta sociedad medicalizada en la que vivimos y en estos tiempos pandémicos) que dice lo siguiente: Estado de inconsciencia parcial caracterizado por una disminución de la actividad de las funciones mentales y físicas y de la capacidad de respuesta a los estímulos. De forma más general se define estupor como: Asombro o sorpresa exagerada que impide a una persona hablar o reaccionar.

La falta de respuesta, de reacción, es un elemento clave. Salta a la vista que la manera de afrontar la pandemia por los gobiernos de cualquier signo ha sido la gran excusa para poner en marcha medidas de control que van más allá de cualquier justificación médica o científica. El hecho de prohibir prácticamente todo a excepción de aquello que tenga que ver con el trabajo nos debería dejar muy claro que no todo es interés por nuestro bienestar. También hay otra cosa que no se ha prohibido, el continuado expolio a los eslabones más débiles de la sociedad. Desahucios, despidos y abusos laborales, robos ejecutados por bancos y empresas energéticas al amparo de las leyes hechas a medida y lo  que todavía no sabemos pero que aparecerá en forma de vasallaje hacia Europa a cambio de unos fondos económicos que como siempre acabarán sirviendo para hacer más ricos a los ricos y dejar nuevamente atados a la esclavitud salarial o a las humillantes limosnas al resto.

No hay respuesta a toda esa cantidad de estímulos, apenas unos pocos han osado desafiar las medidas represivas para alzar la voz y están pagando un alto precio por ello. No me refiero a los que sólo ven un problema en tener que llevar mascarilla y no poder ir al bar cada vez que se les antoja. Hablo de los que se la juegan por ellos y por los demás, los que ya tienen claro que la falta de libertad no ha llegado con la pandemia sino que siempre ha estado aquí.

Asombro o sorpresa que impide la reacción.

Por primera vez en la vida de muchas personas, que hasta la fecha se creían a salvo ya que todo lo malo y horrible de la vida sucedía siempre en otras latitudes, han visto (mejor dicho han sentido) su existencia amenazada. La sorpresa ha sido mayúscula y el miedo, atroz. El tratamiento de la información realizada sin excepción desde todos los frentes ha aumentado la sensación de asombro ante una anécdota que tenía que ver con murciélagos en el otro lado del globo hasta que se convirtió en la mayor de las plagas habidas en la historia de la humanidad. Día tras día, sin excepción, todo gira en torno a la pandemia. Al principio se competía por ver dónde había más contagios; más tarde la competición se extendió a los muertos; ahora tocan las vacunas… Pero la gran competición siempre ha girado alrededor de dónde era más sumisa (sensata y responsable decían los medios) la población. Al parecer dependía exclusivamente de esta sumisión el poder retomar la tan ansiada normalidad. Ciertamente, esta era la razón aunque no tenga que ver con cuestiones sanitarias.

Fin del Estado de alarma.

Y tras más de un año terminó la excepcionalidad (en su versión oficial). Ante la sorpresa de nadie lo que ha sucedido ha sido fiesta, celebración y vuelta a la rutina consumista. Saldremos mejores rezaba el mantra televisivo. De momento, salimos más pobres, más débiles y en un estado de estupor permanente. Casi un millón de nuevos pobres (oficialmente personas que viven con menos de 16 euros al día) que llevan a una cifra de casi 11 millones en todo el estado español, cientos de miles que engrosarán estas estadísticas en los próximos tiempos cuando acabe la mascarada de los ertes y las limosnas en forma de rentas mínimas. Pero todo suma, el estupor aumenta. Un año de entrenamiento intensivo en miedo y sumisión da para mucho. Incluso para rebajar más si cabe la capacidad de respuesta, para reforzar hasta el absurdo el modo egoísta de vida, el sálvese quien pueda.

Y a cada paso aumenta la sorpresa porque hemos pasado de protagonistas a espectadores. La vida es lo que sucede en las pantallas, en los medios. No es lo que nos sucede a nosotros mismos. Vivimos atrapados en una serie de infinitos capítulos en la que no nos reconocemos, como si no fuera con nosotros. Mientras aceptamos nuestro rol de espectadores, otros dirigen el espectáculo y deciden que va sucediendo.

Contra el estupor

Este estupor sólo es posible porque seguimos sorprendiéndonos. Seguimos creyendo que las decisiones que se toman son por nuestro bien, por el bien común. Seguimos pensando que el poder representa nuestra voluntad. No aprendemos.

Estupefactos sufrimos las consecuencias sin llegar a ser conscientes del todo hasta que, tal vez, sea imposible hacer otra cosa que no sea sufrir.

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