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martes, 18 de enero de 2022

¿QUÉ LIBERTAD?

¿Qué será eso de la libertad sobre la que se habla en todo momento?

En los últimos tiempos, en el marco de esta crisis permanente del coronavirus, ha reaparecido con fuerza este término: libertad. Asociada a cualquier postura, a cualquier posición tomada. Me froto los ojos, ¿habrá llegado el momento en que algo tan espléndido como la búsqueda y la defensa de la libertad guíen nuestra forma de vivir? Siempre me he sentido inclinado hacia lo libertario así que tal vez sea el momento, si hay tanta gente defendiendo la libertad será por algo, digo yo.

Todo se hace o se dice en nombre de la libertad. Desgraciadamente, temo que todo se reduzca a su concepto de libertad, el que predomina, el único que puede prevalecer en una sociedad capitalista de consumo. La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar. Así, por arte de la magia capitalista, se desplaza la decisión libre que queda sustituida por la libre elección entre distintas ofertas preconfiguradas y adaptadas al modelo social. Hace 30 años, escribía Bauman (y no puedo estar más de acuerdo):

         El consumo ofrece libertad a personas que en otros aspectos de su vida sólo encuentran restricciones, opresión… En el juego de la libertad de consumo todos pueden ser ganadores al mismo tiempo.

A pesar de todo, no deja de ser paradójico que todos podamos ser ganadores y, al mismo tiempo, la sociedad de consumo haya transformado a la mayoría de la población en subjetivamente pobre. Esto se debe a la continua creación de necesidades artificiales que necesitamos satisfacer y que nunca llegamos a hacerlo porque constantemente surgen otras nuevas que nos lo impiden. Así, vivimos con la sensación constante de que siempre nos falta algo.

Porque el deseo de ser libres parte de la experiencia de estar oprimidos. Parte del sentimiento de que no puedo dejar de hacer lo que no quiero (cuánta gente debe sentir eso mismo con respecto a su trabajo). Y ¿Quién no siente deseos de ser libre a pesar de vivir en nuestra sociedad perfecta? ¿Cuántos tenemos esa sensación de no poder dejar de hacer muchas de las cosas que hacemos? Sin embargo, hay una cuestión que me parece más importante y es si existe la posibilidad de ser libres en una sociedad, en un mundo tal y como lo conocemos y vivimos.

Me parece harto difícil conjugar un mundo capitalista dominado por la posesión, la acumulación y la especulación con una libertad verdadera más allá de ese individualismo enajenado del sálvese quien pueda y como pueda que ahora parece que define el prototipo de ser libre. Bajo estas coordenadas, esa supuesta libertad sólo puede ser a costa de la opresión del otro, de muchos otros. En este contexto, la libertad se convierte en privilegio, se convierte en poder. Esto es un juego de suma cero, cuanto más gana uno más pierde otro, o millones de otros. Para muestra un botón: Durante los dos años de pandemia los diez hombres más ricos de la Tierra han duplicado su fortuna, mientras los ingresos del 99% de la humanidad han menguado.

La grandeza del juego es que nos ha hecho creer que cualquiera puede ser ganador porque siempre hay alguien peor que tú.

Por otro lado, en lo personal, me es muy difícil imaginar una sociedad fuera de ese marco (por mucho que haya podido leer al respecto) Y eso, con toda seguridad, es el gran triunfo del sistema. Nuestra incapacidad de imaginar siquiera un horizonte distinto al actual, nuestra asunción de que el estado actual es fruto de un orden natural y que no puede ser de otra manera. Más allá de todo esto, tan solo tengo alguna certeza acerca de la libertad: creo que es imposible desde lo individual, es decir, fuera de la cooperación comunal. No la creo posible sin la necesidad de realizarse mutuamente con el resto de una comunidad. Por tanto, creo que difícilmente podrá realizarse en una sociedad donde las comunidades humanas se han desestructurado dando paso a poblaciones de individuos desconectados.

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viernes, 29 de octubre de 2021

LA CUEVA NO DA PARA MÁS


La excepcionalidad convertida en norma apenas deja espacio para algo que no sea sobrevivir.


Por todos lados y desde hace tiempo aparecen señales del agotamiento de un sistema que no resiste más. El extractivismo radical, el desprecio absoluto a la naturaleza, la financiarización de la vida y un consumo de lo superfluo elevado a culto no dan más de sí. Obviamente, nada de esto es reconocido (al menos oficialmente) por una minoría mayoritaria que gobierna y legisla para someter a la mayoría del planeta y beneficiar a unos pocos carentes de conciencia y dispuestos a todo por engordar sus, ya de por sí, saciadas cuentas corrientes. Frente a este desplome sistemático, sólo hay que ver para el caso de España los números del último informe sobre pobreza elaborado por Cáritas, se ha vuelto más necesario que nunca mantenernos en un estado de shock permanente. La vida se ha convertido en una serie de sucesos puestos en primer plano para mantenernos ocupados y con el suficiente miedo como para no plantearnos nada más.

Es muy difícil que en momentos como los que vivimos actualmente (y que duran ya unos cuantos añitos) mantengamos intacta nuestra capacidad de respuesta. La excepcionalidad convertida en norma nos ofrece un panorama en el que no hay nada más allá del ahora. En ese ahora sólo cabe una meta: sobrevivir (a menos que pertenezcas a la minoría privilegiada de la humanidad). Como decía la canción: No future

Planes que vayan más allá de conseguir superar el fin de mes quedan reservados para cada vez menos personas alrededor del planeta. Para muchos otros ni siquiera el plano temporal que supone un mes puede ser abarcado, toda su energía debe concentrarse en llegar al final del día. Sin más.

Con este panorama esbozado parece imposible no verse sumergido en la vorágine atomizadora que nos aísla sin remedio y que, si no estamos alerta y prevenidos, nos conduce a considerar al resto como potenciales enemigos en lugar de naturales aliados. A esto le podemos sumar el tsunami reaccionario que se va desplegando poco a poco pero de manera constante conduciendo a muchos hacia una deriva autoritaria y de reforzamiento del expolio capitalista.

El apocalíptico escenario en el que nos obligan a movernos no deja lugar a dudas. Esto se acaba tal y como lo conocemos, lo cual no quiere ni tiene por qué querer decir que lo que venga después va a ser mejor. De hecho, no creo que estemos ni de lejos preparados para ese después con lo cual las probabilidades de que sea mucho peor son bastante altas.

Una sociedad organizada en torno al consumo como la nuestra, difícilmente podrá resistir el hecho de que cada vez ese consumo sea más excluyente y exclusivo, en manos de menos personas. Las diferencias sociales se acrecientan: los ricos son más ricos y el resto más pobres. Está cayendo el mito de las clases medias (por fin) y con él los dogmas del esfuerzo y la superación personal para obtener todos los beneficios que el sistema capitalista puede ofrecer. Y esto sucede a pesar del constante bombardeo mediático de gurús de toda clase encargados de difundir el mensaje de que sólo los mejores se salvarán y el resto son justos merecedores del ostracismo económico y social. Vamos que el pobre lo es por decisión propia y por pereza. Mientras el eje de rotación social siga siendo una cuestión como el consumo exacerbado y no queramos comprender que eso condena a la pobreza y a la muerte a millones de personas estamos jodidos. Realmente no necesitamos de estos escenarios excepcionales que continuamente nos impactan, no se me ocurre nada más excepcional y apocalíptico que el modelo actual donde se permite (permitimos) y se celebra una desigualdad social que directamente podemos calificar de asesina.

Esto es una jodida catástrofe y, probablemente, el cuerpo nos pide adentrarnos más en la cueva personal que vamos construyendo día a día a modo de coraza. Lo hacemos con la esperanza de que nos proteja a sabiendas de que nada construido desde la atomización en la que vivimos va a quedar en pie. Y lo seguimos haciendo porque lo contrario, la construcción colectiva, requiere de una energía de la que mayoritariamente hemos sido desposeídos por este sinvivir que hemos adoptado como vida. Porque sobrevivir nos agota de tal manera que nada parece ser posible más allá de eso. Llegar al fondo de la cueva y permanecer acurrucados esperando confortablemente a que algún día (tal vez más pronto que tarde) todo se derrumbe con nosotros adentro o salir y enfrentarnos a una realidad dolorosa y difícilmente soportable pero que irremediablemente debe ser transformada si queremos que haya un mañana para los que nos sucederán. Lo bueno de todo esto es que todavía podemos elegir.


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viernes, 22 de febrero de 2019

UN DÍA CUALQUIERA DE UNA VIDA AFORTUNADA



Te vas arrastrando, lentamente, a través de los días. Intentando desgastarte lo mínimo posible en un trabajo que, tal vez, algún día te gustó pero que ya no recuerdas la última vez que te ilusionó, que regresaste satisfecho al hogar.
Reservas la energía para los tuyos, para lo tuyo, para vivir eso que consideras tu vida.
¡Tienes suerte!, dicen muchas voces a tu alrededor, muchas de ellas son voces amigas y, sin embargo, en tu cabeza no suenan para nada amistosas. Incluso, a veces, te parece entrever un tono de reproche.
¿Suerte? Sin pronunciar la palabra, tu rostro es lo que da a entender porque enseguida esas voces sienten la necesidad de explicártelo. Tienes trabajo, casa, familia… (sí, en ese orden suelen reiterarlo) Tienes una nómina, suelen concluir a modo de sentencia, por si todavía no te habías dado cuenta de que eres poco menos que la encarnación de dios en la Tierra. Poco les importa lo que esa suerte supone para tu salud mental, para la física, para la convivencial… Al fin y al cabo, tienes ingresos y eso es lo que importa, eso es lo que te permite ser alguien.
Ni siquiera tratas de rebatir nada, demasiadas veces has intentado explicar que la vida debería ser otra cosa, debería regirse por otros criterios. Que ser afortunado sería poder disfrutar viendo crecer a tu hijo, aprendiendo con él en lugar de tener que conformarte con verle un rato al día cuando ya no te quedan apenas fuerzas para seguir adelante. Que ser afortunado sería seguir construyendo y caminando nuevas vías junto a tu pareja en lugar de estar pendientes del siguiente pago, del siguiente percance que te dinamite la economía familiar. Que ser afortunado sería desarrollar tus ideas, tus ilusiones, tus inquietudes, tus anhelos en lugar de sucumbir al ritmo frenético de consumo inútil en el que vivimos.
Pero todo esto te lo guardas para unos pocos, cada vez menos, y prefieres aceptar tu supuesta suerte y encerrarte en ella con la íntima esperanza de que algún día todo cambie y vire a tu favor por mucho que seas totalmente consciente de que los vientos no soplen a tu favor.
Eso sí, te queda el exabrupto, la maledicencia y las benditas redes sociales para volcar toda la frustración que esa vida tuya tan afortunada te produce.
 

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jueves, 3 de enero de 2019

RETRATO DE UN PRODUCTO (En su doble vertiente)

Soy un producto, o eso es lo que se pretende, lo que quieren que seamos, lo que probablemente ya sea a estas alturas.
Un producto del que todo es factible de ser aprovechado, consumido. Cada partícula de mi ser sirve para hacer negocio con ella. Cualquier aspecto inmaterial que me conforma vale para que obtengan beneficio de él. Tanto lo físico como lo intelectual, incluso aquello que podría ser considerado como espiritual es comprado por el mejor postor a diario. Se vende quiera o no, oponga mayor o menor resistencia sucede constantemente. Y si lo pienso, ni que sea por un momento, me doy cuenta de que me vendo por nada.

Soy consumido a cambio de consumir, un triste círculo vicioso que no debería consolar ni al más estúpido de los humanos. Y sin embargo, lo hace. Casi siempre lo hace. No hay otra explicación para esa espiral en la que nos consumimos y llamamos vida. Vida triste que rápidamente nos encargamos de poner en el escaparate, presumiendo. Absurdo, no existe otra palabra que lo defina.

Exhibido en un escaparate de alcance mundial, sin pudor, sin escrúpulos, con toda la crudeza que requiere reducir un ser humano a la simple condición de objeto. Pero no un objeto cualquiera, sino uno de la más baja condición, uno de usar y tirar. De los que no requieren siquiera un mínimo de mantenimiento. Porque además de ser un producto susceptible de ser comprado o vendido, también soy un producto de este tiempo. Tan asimilada mi condición que yo mismo me pongo en ese escaparate. No necesito que nadie lo haga por mí, yo me basto y me sobro para hacerlo y hasta para vanagloriarme por ello. La estupidez es imprescindible para ser un buen producto, es una característica muy apreciada por los compradores.

Como decía, soy un producto de mi tiempo y envuelvo mi vida con colores llamativos en forma de experiencias vitales porque sé que el contenedor es más importante que el contenido. Experiencias que vendo como únicas, sin ser consciente de que son exactamente las mismas que venden el resto, porque ya la imaginación no nos da para más. Porque somos material clonado, moldeados bajo un mismo patrón que nos hace creer únicos cuando no somos más que copias que van perdiendo calidad con el paso del tiempo.

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jueves, 7 de diciembre de 2017

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DESECHOS HUMANOS


El próximo 10 de diciembre se conmemora un aniversario más de la aprobación por parte de la ONU de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Esta declaración, al igual que tantos otros insignes documentos, muestra el nivel de mezquindad de aquellos que se llaman representantes del pueblo. Se aprobó tras el desastre humano de la II Guerra Mundial para mantener la confianza en el poder de la democracia. Quien tenga ganas puede echar un vistazo a la declaración original y juzgar por sí mismo…
 
 
Yo a la vista de lo sucedido durante todos estos años prefiero mostrar una versión actualizada y reducida, conocida como la Declaración Universal de los Desechos Humanos. Sinceramente, creo que se ajusta mucho más a la realidad.
 
Artículo 1
Toda persona será considera mercancía y será tratada como tal. Se les clasificará y se les pondrá precio en función de su origen, sexo, raza y utilidad al sistema.
 
Artículo 2
Todos los seres humanos son iguales y tienen el mismo derecho a ser explotados hasta la muerte en pos de un bien superior, es decir, el de los creadores de esta declaración.
 
Artículo 3
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona siempre y cuando nos sea útil para el funcionamiento del engranaje social. En caso contrario su vida no vale nada y deberá morir.
 
Artículo 4
Toda persona es susceptible de ser esclavizada. Según dónde viva podrá optar entre dos opciones: esclavitud vieja escuela o dictadura del salario.
 
Artículo 5
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. A excepción de todos los que sean considerados enemigos del sistema (reales o no) que conforman la inmensa mayoría de la población humana.
 
Artículo 6
Toda persona tendrá derecho a soñar con alcanzar la felicidad que le ofrece el consumo. Asimismo, tiene la obligación de sentirse culpable por no alcanzarla.
 
Artículo 7
En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país. Toda persona que tenga varias cuentas bancarias con más de seis dígitos, el resto serán considerados inmigrantes de mierda y tratados como escoria.
 
Artículo 8
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Siempre y cuando acepte el pensamiento único capitalista y la religión del dinero. También tiene derecho a opinar y expresar lo que los poderosos consideren oportuno.
 
Artículo 9
Toda persona tiene obligación de ganarse la vida con el sudor de su frente a excepción de los que posean la riqueza económica y la propiedad de los medios de producción.
 
Artículo 10
Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.
 

martes, 13 de junio de 2017

ATRAPADOS


“Vivimos en el mejor de los sistemas posibles” esta sentencia o algunas parecidas son recitadas a diario de manera directa o indirecta desde cualquier altavoz de los utilizados para recordarnos lo afortunados que somos. Sin embargo, yo no veo esa “fortuna” por ningún lado. En mi entorno inmediato no consigo dar con personas satisfechas y contentas con sus vidas tal y como debiera ser según el libro de instrucciones de las democracias avanzadas de occidente que nos inculcan desde pequeños.
Obviamente, la culpa es nuestra. Esa es la única explicación razonable. No sabemos adaptarnos, no somos resilientes o no seguimos al pie de la letra las indicaciones que tan amablemente se nos brindan desde ese engendro llamado psicología positiva que tan en boga anda en estos tiempos o, simplemente no nos hemos topado con el coach adecuado. Cualquier explicación de esta índole o similar es suficiente porque, de lo contrario, nos veríamos obligados a cuestionarnos demasiadas cosas. Y, sinceramente, cada vez veo esto más difícil porque si algo caracteriza a la ciudadanía de esta sociedad tan perfecta es la progresiva precarización de la mente.

Ahora que está tan de moda etiquetar la pobreza, asignándole diversos adjetivos para rehuir hablar de la pobreza como tal, reivindico una nueva adjetivación: la pobreza mental. Por supuesto, al igual que cualquier otra forma que le queramos dar a la pobreza es fruto de un modo de vida y un sistema de explotación diseñado para la acumulación de riqueza en unas pocas manos cueste lo que cueste. Como cualquier sistema que se precie todo está enfocado y reorientado hacia su propio beneficio que no es otro que su conservación y perpetuación. Para ello, no duda en deformar todos los aspectos de la vida hasta hacernos partícipes de nuestra propia decadencia y destrucción.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.
Esto es lo que veo cada día a mi alrededor: gente resignada con una vida que al parecer le ha tocado como si fuera el resultado de un sorteo. Sin cuestionar nada más allá de lo que por momentos le aleja de mantener el ritmo de la corriente y que una vez reestablecido ese ritmo (una vez solucionados los problemas que pudiera tener para conseguir ingresos o techo o tratamientos médicos o lo que fuera) se sumerge plácidamente en la corriente hasta el próximo resbalón. Si, por el contrario, estos problemas no se solucionan siempre queda el derecho al pataleo; pero siempre en voz baja y entre conocidos mientras crece el desprecio hacia los que se mantienen dentro de la corriente. Y aunque cada vez este grupo va siendo mayor, seguimos sin desviar ni un ápice de nuestra energía a tratar de revertir ese círculo vicioso del que hablaba. En realidad tratamos con todas nuestras fuerzas de volver a él.
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jueves, 8 de diciembre de 2016

SI NO TRABAJAS (asalariadamente) NO VALES NADA

Últimamente, he leído algunas noticias que han devuelto al primer plano de mi mente la asquerosa certeza de que tan sólo somos carne de cañón para un sistema que únicamente nos quiere para mantener la máquina consumista en pleno funcionamiento. Para ello, lo único que debemos hacer es acceder al pedacito del pastel de la riqueza que nos tiene reservado (lo justo para malvivir y poder consumir todas las bagatelas que nos ponen ante nuestros ojos). El método para eso, es el salario. Sólo así podemos ser útiles y, por tanto, susceptibles de merecer cierto miramiento por parte del poder. Es decir, si tienes un empleo no eres el primero en la lista de los prescindibles de la vida. Pero no te confíes, tampoco andas muy lejos.
Una de esas noticias de las que hablaba se refiere a la deportación de un ser humano de 19 años de origen paraguayo que vivía en España desde los cinco junto a su familia. El Estado esgrimió su ley y embarcó a este chaval en un vuelo rumbo a Paraguay donde nadie le espera. El motivo aducido ha sido el no tener sus “papeles en regla” (una expresión repugnante que utilizan para no expresar lo que realmente quieren decir: te vas porque eres un parásito, pobre y encima extranjero) Evidentemente, la única forma de regularizar su situación era conseguir un trabajo porque, repito, es la manera de demostrar tu valía en la sociedad si perteneces a las clases populares.

Me pregunto qué pasaría si de repente aplicaran ese mismo criterio a todos los jóvenes del país independientemente de su condición. Probablemente, desaparecería una generación entera. ¿A cuánta gente de esas edades conoces que trabajen? Yo a muy pocos.

Otro tema sobre el que últimamente he leído y oído mucho es sobre la cuestión de las personas. Desde hace años, se viene insistiendo machaconamente en la progresiva precarización del sistema de pensiones hasta el punto de abrirse el debate acerca de si hay que mantener las pensiones tal y como las conocemos o, por el contrario, hay que ir olvidándose de ellas. Lo que este debate esconde a quien no quiera verlo es una cuestión fundamental: ¿Qué hacer con aquellos que han acabado con su vida activa de producción? Es decir, ¿Merece la pena mantener con vida a aquellos a los que ya no podemos exprimir? Esta es la cruda realidad del debate de las pensiones, porque no nos engañemos, sólo aquellos obligados a vender su fuerza de trabajo a lo largo de su vida necesitan una pensión para sobrevivir durante su vejez. Se nos repite que es una situación insostenible, que no es posible garantizar un mínimo de dignidad en la vida de nuestros mayores.

¿Qué clase de sociedad es ésta? Lo sabemos muy bien aunque nos cueste creerlo, formamos parte de un mundo donde el sálvese quien pueda se ha elevado al rango de dogma incuestionable y la estupidez ha sido encumbrada a los altares de lo cotidiano. Sólo así se explica que nos anuncien como inevitable un exterminio y no seamos capaces de hacer nada (ya no hablo de actos revolucionarios; ni siquiera un mínimo movimiento hacia la reforma del sistema que permita seguir manteniendo el espejismo en el que vivimos). Está tan interiorizado que el trabajo es el eje fundamental de la vida que asumimos como normal que todo aquel que no trabaje no merece nada.

Hay muchísimos más ejemplos de esto. Podríamos hablar del desprecio absoluto por todas aquellas personas, especialmente mujeres, que dedican sus vidas al cuidado (en el sentido más amplio de la palabra) de sus familias y son tratadas como inferiores ya que no cotizan y por tanto, no contribuyen al sistema. También todos aquellos extranjeros que acogimos con las manos abiertas para explotarlos en todos aquellos trabajos de mierda que no considerábamos dignos de ser desempeñados por los nativos y que más tarde, cuando ya tenían sus vidas hechas aquí, decidimos que sobraban y los consideramos los culpables de todo y, por tanto, los tratamos como a criminales. También podríamos hablar de aquellas personas que después de dejarse media vida trabajando en una empresa como si fueran a heredarla, fueron puestos de patitas en la calle (en muchos casos debiéndoles un dinero que jamás recuperaron) en pos de aumentar la competitividad y que pasaron a convertirse en desechos sociales no aptos para ser miembros de pleno derecho de la sociedad de consumo.

La lista sería interminable pero el hecho es el mismo: mientras puedes ser explotado tienes derecho a vivir. Una vez dejas de ser útil, formas parte de los prescindibles, de los que cuanto antes desaparezcan mejor. Esto es lo que siempre ha sido en un sistema donde el beneficio lo es todo y la vida una mercancía más.

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lunes, 9 de julio de 2012

MENTES PRECARIAS*

* Una de las acepciones de precaria: que sólo es poseída como préstamo y a voluntad del dueño.

El desarrollo voraz del sistema capitalista y de su maquinaria de adiestramiento ha permitido alcanzar un nuevo estadio en la evolución de la mente humana, sobre todo en la llamada sociedad occidental: la mente precaria.

La mente precaria, a diferencia del resto, no se rige por la acumulación de experiencias, ni por el descubrimiento de patrones formales, ni por relaciones causales, ni por ningún otro parámetro habido o por haber. Se rige por las órdenes directas de su amo, quien en su infinita bondad le cede espacios de autonomía para dirigir los aspectos más básicos del día a día del cuerpo que le da cobijo, pero nada más.

Es decir, una “gran mente” (o el conjunto de los dominadores del mundo) rige a millones de mentes precarias (o la inmensa mayoría de los dominados) que vivimos en la más absoluta ignorancia con respecto a este hecho.


Hay que reconocerle cierto mérito a este sistema criminal. Aunque tengas todos los medios a tu alcance no es fácil conseguir este nivel de efectividad. Requiere de mucho tiempo y esfuerzo dedicado a manipular y adoctrinar generaciones enteras de mentes para alcanzar esta generalización de la precariedad mental. Ha sido necesario desplegar todos los tentáculos de una maquinaria infernal llamada capitalismo, al igual que ha sido imprescindible el soporte logístico ofrecido por su necesario aliado el Estado.

Alcanzar tan rotundo éxito sólo ha sido posible al situar en el centro de esta maquinaria al sistema educativo (convertido en obligatorio por el bien de la humanidad) desplazando a un segundo plano a la, hasta hace poco, estrella del amaestramiento de fieras: el sistema represivo (judicial, policial y penitenciario) que, no por ello, ha perdido su vigencia y su importancia sino que, simplemente, ha pasado a ser el plan B por si falla la educación de las mentes.

Sin duda, estos dos sistemas son el eje fundamental en el que se basa la precarización de la mente actual.
 

Si imaginamos la mente precaria como uno de esos adosados exactamente igual a los tropecientos que le rodean formando una urbanización (o sistema), tenemos que los pilares centrales encargados de aguantar la mayor parte del peso los forma el sistema educativo. Durante décadas, millones de personas hemos pasado por este filtro encargado de modelarnos y adecuarnos a las necesidades de cada momento histórico. La misma introducción de este sistema responde a la necesidad de producir en serie combustible humano para alimentar el engranaje de la recién llegada sociedad industrial. Desde ese mismo instante se vislumbró el potencial de la educación estatal y de la imperante necesidad de universalizarla. Esta necesidad se ha visto colmada independientemente del tipo de régimen político instaurado y de la supuesta orientación ideológica del mismo. En todos estos lugares el sistema escolar tiene un objetivo primordial más o menos oculto: transmitir y asegurar la asimilación de una necesidad de ser enseñados.

De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo, allanando de esta manera el camino a la precarización de las mentes. Junto a esta enseñanza, también nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Esto nos lleva irremediablemente a la aceptación de toda clase de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la “gran mente” se encarga de medir y catalogar.
 

Junto a estos pilares centrales de los que hablábamos tenemos toda una serie de tabiques que compartimentan nuestra mente precaria y que conforman esa sociedad para la que nos prepara la escuela: la sociedad de consumo. Vivimos en un sistema en que la capacidad de consumir/devorar (perfectamente medible) nos hace más o menos valiosos. Es nuestra obligación mantener a toda costa nuestro nivel de consumo si no queremos vernos degradados socialmente. Esto sólo es posible si somos poseedores de una mente precaria que nos impide vislumbrar tan siquiera el sadismo de este tipo de organización social. El consumo desaforado que ayudamos a mantener a cada paso sólo es posible a costa de la vida de millones de seres humanos, a fuerza de reducir a la condición de esclavitud a gran parte de la población mundial y a estar a punto de llegar a la meta en la absurda y desastrosa carrera por la destrucción del planeta.


Para mantenernos dentro de este terrible modelo social tenemos las paredes exteriores del adosado (es preciso señalar lo bien que la palabra adosado describe el concepto de mente precaria como algo no natural). Estos muros de contención están formados por el sistema represivo en que se basa todo Estado-Sistema (policial/militar, judicial y penitenciario). Nuestras vidas se rigen por unas leyes ajenas a nosotros, diseñadas y puestas en marcha por esa “gran mente” que nos domina precisamente para asegurar su control. Todo el sistema represivo está diseñado para impedir cualquier intento de subvertir el orden establecido y para asegurar que la distribución de los recursos en su totalidad se hace en la dirección correcta). Pero la élite dominante no se conforma con eso. Nuevamente, a través de la precarización de las mentes ha logrado que la inmensa mayoría esté totalmente de acuerdo con el sistema y esté dispuesta a apoyarlo hasta las últimas consecuencias. Nadie cuestiona la existencia de un ejército que tiene la potestad de tomar el mando de la situación en cuanto lo estime oportuno. No existe ninguna duda acerca de que los cuerpos policiales deben existir porque, al parecer, todos somos unos desalmados y necesitamos a alguien que se nos controle y nos reprima. Qué decir de las cárceles, vendidas como centros de reinserción (nunca he comprendido el significado de esto) pero cuyo principal objetivo es mantener recluido a cualquiera que sobre en este sistema (por su condición social, su manera de pensar, su origen étnico,…). Lo que es innegable, es que estos muros exteriores se van mejorando a cada minuto que pasa, haciendo de la mente precaria una fortaleza casi indestructible.


Por último y como es sabido, los adosados (mentes precarias) suelen formar parte de urbanizaciones (grupos sociales). Aquí entra en juego el último elemento de la jugada maestra de la “gran mente”, los jardines que embellecen y mantienen unidos a todos los elementos del grupo social. Estos jardines están formados por los medios de desinformación masiva y por la industria del entretenimiento. Estas dos vertientes se conjugan perfectamente creando todo un mundo de apariencias en el que vive la mente precaria. Nos suministran la información precisa para hacernos ver lo afortunados que somos, y lo mal que podríamos llegar a estar si se produjera cualquier alteración del orden establecido. Nos ayudan a crear una identidad colectiva (reforzada por la industria del entretenimiento) mostrándonos a los nuestros y marcándonos a nuestros enemigos. Este doble sistema (desinformación y entretenimiento) hace que las mentes precarias ocupen toda su capacidad en espejismos y cortinas de humo (no sea caso que todo lo descrito anteriormente haya dejado el mínimo resquicio a la capacidad crítica que se nos presupone a los seres humanos) y las mantiene en una falsa actividad durante toda su existencia.


El plan es absolutamente genial pero, como todos los grandes planes, no es infalible. La clave es ir al origen, a los cimientos de la mente precaria y no desperdiciar energías en luchas estériles por podar el jardín o cambiar el color de los muros.

El principio del fin de esta dominación pasa por romper con el sistema educativo (de adiestramiento), con sus enseñanzas sobre todo las ocultas. Pasa por recuperar el control en nuestro proceso de autoconstrucción como seres humanos y en poner en primer plano la libertad en todos sus ámbitos. También pasa por reconocernos como iguales pero no en la precariedad mental sino en la potencialidad de construir nuevos cimientos que todos poseemos.

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domingo, 12 de junio de 2011

SEAMOS VALIENTES

Vivimos tiempos complicados y difíciles de comprender. Todas aquellas personas que, como yo, nacimos durante la transición, crecimos con la promesa de un futuro esplendoroso después de muchos años en los que la muerte, el hambre, la miseria y la represión habían causado estragos entre gran parte de los habitantes de este país. Nuestros mayores nos hablaban con esperanza e ilusión del porvenir que nos esperaba.

Fuimos creciendo y entramos en la Unión Europea (entonces la CEE) todo parecía que marchaba viento en popa. De vez en cuando, se producían contratiempos que desencantaban un poco al personal pero siempre se seguía adelante con un espíritu de superación y con la convicción de que todo iba a ir mejor. En esto nos incorporamos al mundo laboral y el dinero parecía caído del cielo (casi daba igual de que trabajaras porque en todos lados se ganaba dinero), el consumo se disparó hacia el infinito y nos vimos rodeados de abundancia. No supimos o no quisimos ver la que se nos venía encima y eso que siempre hubo voces (entonces me parecían pocas y débiles, más tarde he comprendido que no eran tan pocas ni tan débiles sino que estaban silenciadas por el sistema hegemónico) con criterio que nos advertían de lo que estaba sucediendo y del engaño en el que nos habíamos instalado.


Ahora, ya hemos acumulado una cuanta experiencia y unas cuantas vivencias que nos permiten tener una perspectiva más amplia del mundo que nos rodea y nos damos cuenta de cuanta razón tenían aquellas voces minimizadas de hace unos años. Vivimos absolutamente engañados gracias al poder que tienen y siempre han tenido los grandes capitalistas. Han tejido para nosotros una red de falsa opulencia y libertad atrayéndonos hacia el mismísimo centro de esa red para, una vez allí, atraparnos y no dejarnos escapar, y hemos caído en la trampa sin oponer apenas resistencia. Nos han atrapado en una espiral de consumo desmesurado y de una violencia económica e intelectual que prácticamente nos ha dejado sin respuesta, lo cual les ha permitido despojarnos de la mayoría de nuestros derechos y nuestra libertad como seres humanos. Estamos siendo reducidos a la condición de esclavos, esto es así literalmente en muchos países donde desde hace siglos las personas son consideradas meras mercancías que se utilizan para mayor gloria y beneficio del capital. En otros países nos empezamos a dar cuenta de que también lo somos (aunque el envoltorio es más bonito y lujoso, en el fondo la intención es la misma) y tanto allí como aquí, en el momento en que alguien alza la voz es reprimido por la ingente cantidad de recursos que los Estados destinan a la represión. Así se ponen en marcha todos los mecanismos disponibles. Empezando por los más directos como ejércitos, policías, e incluso, cuerpos paramilitares; siguiendo por los medios de comunicación que criminalizan de inmediato a todo aquel que tiene algo que decir contra el sistema capitalista y terminando por un sistema educativo diseñado específicamente para crear seres sin espíritu crítico y totalmente doblegados ante un sistema social organizado alrededor del capital. Mención especial para toda esa pseudointelectualidad que justifica la necesidad de que las cosas continúen igual y centran todos sus esfuerzos en perpetuar esta situación.


Ante todo esto, sólo caben dos opciones: acatar y participar activamente de este régimen de esclavitud o posicionarse a favor del cambio radical de sistema. No caben las medias tintas en esta cuestión, no existe un capitalismo menos malo al que se pueda llegar a través de parches y pequeñas modificaciones.


Esto es una cuestión de todo o nada, o aceptamos la esclavitud o luchamos por la libertad.
La opción es personal pero la decisión que cada uno tome afectará al conjunto de la humanidad.





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sábado, 12 de marzo de 2011

LA INMEDIATEZ COMO SISTEMA

Durante las últimas décadas la inmediatez (el aquí y el ahora) se ha ido adueñando de nuestras vidas sin que apenas nos hayamos dado cuenta. Por supuesto, esto no ha ocurrido de forma casual si no que forma parte de una concepción mucho más amplia diseñada para convertir a las personas en meros autómatas que se dedican a pasar por la vida sin más aspiración que la de sufrir lo menos posible. El afrontar la vida bajo este punto de vista hace que nos desconectemos de nuestro pasado y de nuestras raíces, la cual cosa posibilita que seamos seres sin una conciencia clara de lo que ha sucedido en momentos pasados de la historia y, por tanto, incapaces de aprender de los errores y aciertos anteriores. Esto es algo que nos perjudica gravemente al común de los mortales y beneficia sobremanera a los pocos que están en la cima del poder actual.
Por otro lado, esta inmediatez que nos domina provoca que no tengamos en cuenta las consecuencias de nuestras acciones y nuestras decisiones. El vivir como si no hubiera mañana nos ha conducido a un mundo en el que sistemáticamente hemos destruido la naturaleza hasta unos límites en los que tal vez no haya vuelta atrás. También nos ha hecho ignorar la matanza premeditada de cientos de millones de personas a base de expoliar todos sus recursos en beneficio de nuestra vida de usar y tirar.
Esta “filosofía de vida” se ha impuesto de manera global (sobre todo en el llamado primer mundo, aunque también en las clases dirigentes de otros territorios) apoyándose en todos los recursos que el sistema dominante tiene a su alcance.

Desde la expansión de las tarjetas de crédito que posibilitan el consumo desaforado (que al fin y al cabo es el gran beneficiado de esta manera de entender la vida) sin necesidad de preocuparnos por si realmente podemos pagar o no ese producto o si lo necesitamos realmente, y la concesión de créditos y financiación de la compra de cualquier bien de consumo (hasta hace no muchos años era impensable comprar un pequeño electrodoméstico a plazos con una financiación facilitada por la propia tienda que te lo vende) hasta los “productos culturales” de la actualidad en los que escasean de manera sistemática los contenidos críticos, las reflexiones profundas y los posicionamientos ideológicos frente al sistema dominante.

Toda esta situación lleva consigo un desvirtuamiento de los valores y actitudes del ser humano. Concepciones tan importantes como la amistad, el amor en todas sus acepciones, la colectividad, la ayuda mutua,... han pasado a ser tan banales que han perdido su valor original (hasta el punto de que las relaciones del tipo que sean se buscan por Internet porque el presentismo en el que vivimos nos impide dedicar tiempo a todas estas cuestiones). De esta manera, se ha desarticulado el entramado moral que permitiría a las personas organizarse eficazmente contra la tiranía político-económica que nos tiene atrapados a su merced. Al mismo tiempo, se ha conseguido crear un modelo de ciudadano con un nivel de resistencia a la frustración muy pobre lo cual le impide esforzarse en conseguir nada que no le sea dado por el modelo predominante, así las personas ya no se preocupan por nada que no sea por el “yo, aquí y ahora” y ese tipo de mentalidad es la que el sistema requiere para poder funcionar porque esta mentalidad produce autómatas cuyo único objetivo es satisfacer sus necesidades, creadas de manera artificial por el propio poder dominante, a cualquier precio sin importar nada más. Incluso el sistema es tan maravilloso que si por casualidad alguien consigue escapar a la maraña de la inmediatez y tiene inquietudes sociales, le proporciona un fabuloso catálogo de organizaciones humanitarias a las que asociarse y poder así mantener su pequeña conciencia tranquila.

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viernes, 4 de marzo de 2011

EL MODELO DE FELICIDAD

En muchos de los Estados modernos, los tratados constitucionales explicitan que el Gobierno y toda su maquinaría tienen como deber último trabajar por la felicidad de sus ciudadanos (o por su bienestar como se indica en las Constituciones más recientes). Para ello, el Estado cuenta con la inestimable ayuda de su compañero de viaje: el capitalismo en cualquiera de sus versiones contemporáneas. Juntos han puesto en pie una maquinaria gigantesca destinada a satisfacer ese gran objetivo.
El primer paso es definir el concepto de felicidad porque como acostumbra a pasar en nuestras democracias eso es una tarea que no recae en el pueblo si no en las elites dominantes. Para realizar esta tarea la dualidad gobernante pone diversos mecanismos en marcha.

El primero de ellos es el sistema educativo, donde desde las edades más tempranas se encargan, de manera muy efectiva, de ir aniquilando cualquier esperanza de formar un espíritu crítico y reflexivo capaz de sacar sus propias conclusiones acerca de la realidad que les rodea, de esta manera se prepara el terreno para el posterior adoctrinamiento que tiene como base la creencia de que todo lo que el Estado dispone ha de ser por fuerza lo que más nos conviene. A esto se le suma una educación basada en la competitividad y los méritos individuales cuya única finalidad es conseguir un puesto de trabajo que nos permita ganar el dinero necesario para llevar una vida feliz según los cánones oficiales.

Otro de los mecanismos de los que dispone el poder son los medios de comunicación, teniendo un papel fundamental la televisión. Son estos medios los que proporcionan de manera inmediata y repetitiva las imágenes de lo que debe ser la aspiración de todo ciudadano. Constantemente, nos muestran a personas que son el modelo a seguir por todos porque una de las claves de la felicidad tal y como la entienden los poderosos es el éxito, sobre todo el profesional, ya que este éxito garantiza el poder adquisitivo necesario para alcanzar el ideal de felicidad. Por supuesto, los modelos que presentan se corresponden con personas que no han necesitado desarrollar su intelecto ni sus capacidades emocionales para llegar a lo más alto, sólo hay que ver que hoy en día los deportistas de élite, los personajes televisivos y demás gentes relacionadas con el mundo del ocio son el ideal que debemos aspirar a alcanzar el común de los mortales, es decir, ocupaciones que no aportan nada al desarrollo del ser humano ni de la sociedad. Obviamente, no hay lugar dentro de ese modelo para personas que dedican su vida a trabajar por un mundo mejor porque eso puede estar bien como mera anécdota en el currículum vital de una persona pero no como ocupación principal.

Para remarcar todos estos aspectos, el Poder dispone de una tercera vía de adiestramiento que sirve al mismo tiempo como referente de una vida feliz y como escaparate de todo aquello que como buenos ciudadanos debemos aspirar a poseer. Esta vía es la industria del ocio.
Día tras día, esta enorme maquinaria nos enseña a través de sus pantallas, sus altavoces, sus viajes organizados y el resto de sus innumerables posibilidades cómo debería ser la vida de una persona feliz. Aquí es donde se pone la guinda al pastel para acabar de convencernos (si es que no lo estamos ya) de que somos seres afortunados que tenemos a nuestro alcance un sinfín de productos y servicios de los que podemos disfrutar para alcanzar una vida perfectamente feliz.

Así con todos estos mecanismos funcionando a pleno rendimiento, las personas acabamos cayendo en su juego y dejando de lado cualquier aspiración personal para sucumbir a las ideas dominantes. Con ello, aceptamos plenamente la idea de que nuestra finalidad debe ser procurarnos la felicidad, por supuesto la felicidad que las Instituciones dominantes han diseñado para nosotros y que no es más que la acumulación de pertenencias que poco o nada aportan a nuestro desarrollo integral como seres humanos.
De esta manera, encontramos que alguien se define como feliz cuando posee todo aquello que su rango ocupacional (es decir, según el trabajo que desarrolle y el sueldo que percibe por ello) le permite e incluso un poco más gracias a la generosidad de los bancos que le conceden créditos por encima de sus posibilidades para poder mejorar esos bienes tan preciados que le hacen tan feliz. Al final todo queda reducido a una mera cuestión de consumo: para ser feliz hay que tener el mejor coche (o coches porque con uno sólo no es suficiente) la mejor casa, los mejores electrodomésticos, cuantas más televisiones mejor, por lo menos unas vacaciones al año (cuanto más lejos sean del hogar mejor para el nivel de felicidad), el mejor colegio para la descendencia (lo de mejor colegio suele medirse en función del dinero que cuesta la escolarización) y muchísimas más cosas que todos y todas seguro tenemos en mente ahora mismo.
Este es el tipo de carrera desenfrenada en la que nos vemos embarcados si queremos ser felices tal y como debe ser. Por supuesto, estamos tan absortos por el pensamiento dominante que nos deslizamos por la vida en pos de esta felicidad carente de contenido y de esfuerzo que sólo requiere de nosotros que trabajemos religiosamente durante toda nuestra vida.
Este concepto de felicidad se ha visto enormemente reforzado desde que se instauró el llamado “Estado del Bienestar” puesto que a partir de ahí, al tener “cubiertas” las necesidades sanitarias, educativas y sociales, las personas sólo tuvieron que preocuparse por alcanzar el ideal expuesto.
Estas ideas inculcadas por el Poder tienen unos beneficios monstruosos para aquellos que lo ostentan. Por un lado, garantizan el constante consumo que está en la base del funcionamiento del sistema capitalista y que reporta los beneficios económicos de los que se alimentan las grandes corporaciones. Por otro lado, asegura una constante masa de personas dispuestas a trabajar bajo las condiciones que sean con tal de poder tener acceso a los productos que garantizan la felicidad. También se consigue mantener a la mayoría de la población en un estado de empobrecimiento intelectual y espiritual que sirve para que este mismo Poder no pueda verse amenazado. En definitiva, es un negocio redondo para los que están en posiciones privilegiadas que se lucran y se afianzan a cada día que pasa bajo este modelo de felicidad indolora que nos han impuesto.

Frente a todo esto, y en nuestra opinión, debe ponerse sobre la mesa que este concepto de felicidad está vacío y de nada sirve, puesto que no es posible la felicidad basada en lo material. No es posible porque esta felicidad necesita, para poder sustentarse, que dos tercios de la población mundial estén al borde de la muerte, no es posible porque mientras los seres humanos no entendamos que todos formamos parte de la misma historia jamás seremos plenamente felices, no es posible porque no se puede vivir bajo la amenaza constante del exterminio, no es posible porque vamos de cabeza a la destrucción del planeta que nos sustenta, no es posible porque no es un modelo válido para las próximas generaciones, no es posible porque excluye cualquier referencia a todo lo que no sea individualista y, por tanto, contrario al bien común.¿Somos felices sabiendo que a nuestro alrededor mil millones de personas mueren de hambre a causa de nuestra insaciable hambre de “felicidad”? ¿Somos felices sabiendo que no habrá un planeta en el que puedan vivir las próximas generaciones? ¿Somos felices sabiendo que millones de inocentes mueren a causa de las guerras organizadas exclusivamente para asegurar los recursos que permiten esta “felicidad”? Sinceramente, creo que no. Me niego a pensar que tener el último modelo de teléfono, cambiar de coche con regularidad o hacer un crucero por el Mediterráneo compensen estas realidades de muerte y destrucción de las que se sirven.

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miércoles, 12 de enero de 2011

PARA QUE LOS PRECIOS PUDIERAN SER LIBRES

Hace un tiempo, leí en algún sitio una frase de Eduardo Galeano que, refiriéndose a las dictaduras económico-políticas del llamado Cono Sur (Argentina, Uruguay, Chile, Brasil), decía así: se metía a la gente en la cárcel para que los precios pudieran ser libres.
Esta sentencia es un magnífico resumen de lo acontecido en los últimos tres siglos en la historia de la humanidad y la culminación del pensamiento ideológico dominante.
Desde la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) considerada como el documento matriz de las posteriores constituciones y declaraciones de derechos humanos y civiles aparecidas por todo el mundo, la política ha sido el fiel ejecutor de la economía y los intereses de pequeños grupos de elegidos hasta conseguir la implantación global de un sistema encaminado al lucro de unos pocos y la servidumbre de la inmensa mayoría.
Durante todo este tiempo se ha encarcelado o eliminado a todos aquellos que pudieran ser elementos distorsionadores del orden establecido. Las tácticas usadas por el poder han ido variando en función de la época y el lugar, hasta llegar a la actualidad en lo que se denomina Occidente. Es aquí y ahora donde los señores del sistema han alcanzado la cúspide de su régimen opresivo, han logrado lo que ni siquiera los más despóticos y crueles mandatarios de todos los tiempos lograron imaginar: sumisión total de sus siervos e identificación con los objetivos de sus dueños a pesar de que ello supone su total aniquilación como seres libres. Todo esto acompañado por la creación de una ilusión mágica consistente en hacer creer a las personas que viven en la mejor de las sociedades posibles y que son unos afortunados.
La estrategia de las últimas décadas ha sido precisa como un bisturí, abarcando multitud de frentes para conseguir un solo fin: disociar al ser humano de su naturaleza social y de su apego a la Tierra para poder así trabajar mejor el lado más individualista de las personas, reforzando el egoísmo y la exclusión y creando una imagen colectiva de seres consumidores cuyo único fin es aumentar su producción como ciudadanos para poder, así, pasar por encima de aquellos que se queden atrás.
El poder económico amparado en su fiel escudero, el Estado, iniciaron una cruzada a través de la educación, los medios de comunicación, el sistema judicial y la fe en una democracia reducida al cambio de cromos cada cuatro años.
Nuestra sociedad aceptó la total pérdida del control sobre su destino a cambio de unas cuantas chucherías en forma de bienes de consumo que, al fin y al cabo, sólo benefician a quien los financia y los vende.
Han creado seres que únicamente se preocupan por tener trabajo para poder adquirir lo que el modelo social considera un mejor nivel de vida sin pararse un momento a reflexionar sobre qué es lo que realmente quieren o necesitan. Han conseguido fabricar perfectos desconocidos que conviven con otros desconocidos a pesar de compartir un pequeño espacio vital durante toda su vida, con el sentido de colectividad totalmente atrofiado a favor de la competencia de unos contra otros.
Todos formamos parte de esa sociedad que han creado artificialmente a base de represión, el ser humano no es egoísta, ni competitivo, ni mucho menos un destructor de la naturaleza. Los grandes logros de la humanidad se consiguieron con colaboración y respeto entre las personas y el medio ambiente y ese es el legado que debemos transmitir y por el que debemos luchar ahora y siempre.

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lunes, 3 de enero de 2011

EN ESTE 2011


Iniciamos un nuevo año que tiene toda la pinta de ser la continuación de la carrera que el mundo ha iniciado hacia la aniquilación total de los seres humanos. Definitivamente, los poderosos han conseguido encauzar los planes que llevaban décadas poniendo en marcha y han conseguido el sometimiento prácticamente total de la humanidad. Por fin han conseguido rendir a sus pies todos los continentes y ahora tienen el camino libre en su objetivo final: eliminar todo tipo de clases sociales para dejar tan sólo dos estratos sociales; ellos y todo el resto de humanidad que simplemente seremos sus esclavos en las diversas formas de esclavitud moderna. Finalmente, la clase política se ha quitado la máscara y ha dejado bien claro, si es que no lo estaba ya, quienes son los que rigen nuestro destino en esta falsa democracia en la que vivimos los afortunados, porque hay gran cantidad de personas que ni siquiera tienen la oportunidad de vivir esta fingida realidad y subsisten como pueden bajo terribles dictaduras económicas y militares.

A pesar de todo esto, no creemos en la rendición ni en la fatalidad del destino, por eso no estamos dispuestos a renunciar a lo que sinceramente creemos que debe ser nuestro objetivo: una vida en paz en la que todo el mundo pueda aspirar a mejorar como persona y en la que sea posible el respeto mutuo entre las personas y el medio ambiente, una vida en que nuestras preocupaciones no sean económicas sino que nuestras preocupaciones sean la mejora de la calidad de vida de todos.
Sé que muchos pensáis que todo esto es utópico y que nada podemos hacer para influir en el rumbo de los acontecimientos. Por supuesto, yo tampoco veo factible de momento una revolución planetaria que subvierta el orden de las cosas. Lo que sí puedo imaginar son millones de pequeñas revoluciones personales que van uniéndose sin descanso hasta conseguir pequeños cambios que acaban por crear una marea capaz de arrastrar todo aquello que sabemos que está mal aunque ahora no seamos capaces de verlo.

El cambio debe empezar en uno mismo reconociendo el orden de las cosas que nos rodea y admitiendo que esto no es lo que queremos. Si llegados a este punto hay gente que cree que todo va bien en nuestro mundo que se pregunte por qué medio planeta se muere de hambre y el otro medio sólo vive para trabajar y poder pagar así las deudas que le han obligado a contraer para poder vivir como le han enseñado.
Una verdadera reflexión nos lleva inevitablemente a la conclusión de que no vivimos como queremos si no que lo hacemos siguiendo un estricto orden preparado para nosotros en función del país en el que nos haya tocado nacer y existir.

Desde el punto de vista de alguien que vive en lo que se ha dado en denominar Occidente, para iniciar nuestra pequeña revolución debemos empezar por deshacernos del lastre que comporta ser consumidores frente a ser personas. Seamos sinceros con nosotros mismos y admitamos que no necesitamos tantos bienes materiales, no es necesario acumular televisiones que lo único que hacen es encadenarnos a nuestro rol consumista, tampoco es preciso tener más de un coche cuando todos sabemos que no podemos conducir más de uno a la vez y que lo único que conseguimos es perpetuar el desastre ecológico. ¿Por qué nos empeñamos en renovar nuestro vestuario cada poco tiempo? Nos vistamos como nos vistamos seguimos siendo los mismos y es preciso comprender que la ropa “barata” que nos venden las grandes marcas sólo lo es porque explotan hasta la muerte a millones de personas en todo el mundo. Vivimos pendientes de las ofertas en telefonía móvil para cambiar de terminal cada mes si es preciso sin pararnos un momento a pensar en las miles de vidas humanas que se pierden en las guerras africanas a causa del coltán (mineral imprescindible para fabricar móviles).
No quiero decir que nunca más compremos nada pero sí que hagamos un consumo razonable de las cosas y, sobre todo, que tratemos en la medida de nuestras posibilidades de no contribuir a tanta explotación.
En esta misma línea, podemos empezar a consumir productos alimentarios autóctonos y evitar el consumo de alimentos innecesarios que provienen de la otra punta del planeta con el consumo en petróleo que eso supone y la baja calidad con la que llega tras muchísimas horas de frigorífico. Nuestra salud nos lo agradecerá y la agricultura de nuestra región también. En esta línea también podemos renunciar a todo aquello que contenga productos transgénicos. Este tema es difícil porque nos engañan con el etiquetado de los productos pero aún así debemos evitar esto porque es la única manera (nuestros políticos no lo van a hacer) que tenemos de pararles los pies a las grandes corporaciones que quieren controlar el mercado mundial de alimentos a costa de las vidas de millones de personas. Debemos reivindicar los productos ecológicos que al fin y al cabo no son otra cosa que los alimentos que producían nuestros abuelos no hace tanto tiempo.

Otro aspecto muy importante es el uso de nuestro dinero. Está claro que a día de hoy necesitamos dinero para poder vivir, por ello debemos ser más conscientes de lo que hacemos con él. Sé que mucha gente tiene graves problemas ahora mismo y que gran parte de esos problemas le han sobrevenido sin que tuvieran nada que ver, así que debemos sacar nuestras conclusiones de esta situación. Personalmente, tengo claro que los bancos son el problema de todo esto y que es imprescindible la creación de una verdadera banca pública que gestione el dinero sin necesidad de sacar beneficio de ello. Ahora mismo esto está más lejos que nunca, sin embargo, tenemos opciones. Todos los que se puedan permitir sacar el dinero de los bancos pueden optar por la banca ética o por la banca social. En España existen ambas opciones y no podemos renunciar a ellas, ya hemos comprobado que este modelo bancario sólo sirve para que los ricos y especuladores lo sean más. Así que no tenemos nada que perder, porque no nos engañemos si alguna vez tienen problemas (y ni con las ayudas multimillonarias de los gobiernos los pueden solucionar) no se van a preocupar por la gente y si no mirar lo que pasó en Argentina con el “corralito”. También podemos interesarnos por los modelos moneda social que empiezan a aparecer e incluso, por qué no, podemos volvernos locos y, amparados en la solidaridad, empezar a colaborar unos con otros sin necesidad de intercambiar dinero. En fin el poder de la imaginación es inmenso y cualquier solución que se nos ocurra para ponernos a las personas por delante de los bancos es válida.

Nuestra pequeña revolución personal también puede manifestarse en el abandono de los canales oficiales de información y empezar a informarnos por nosotros mismos y sacar nuestras propias conclusiones sin que ningún Fulano nos diga desde la televisión qué es lo que debemos opinar. El cambio puede empezar por apagar la televisión con mayor asiduidad, por no empotrar a nuestros hijos delante de ella, por ser más críticos con la información que nos dan y por no darlo todo por sentado. Existen miles de medios de comunicación minoritarios y alternativos que dan versiones totalmente diferentes de los acontecimientos de interés. Es cosa de cada uno el preocuparse por estar bien informado y decidir cuáles son las fuentes que le merecen confianza pero es importante no quedarse sólo con la versión oficial que dan los medios de comunicación masivos que, al fin y al cabo, están controlados por cuatro magnates que obviamente no van a dejar que nos enteremos de nada que ellos no quieran.

Como decía es difícil un cambio a gran escala de manera rápida, pero es factible en una escala menor. Tal vez debamos empezar en nuestro municipio o a nivel de distrito o, simplemente, a nivel vecinal. Es complicado influir en la política internacional pero otra cosa es la municipal. Por ahí podemos empezar a demandar que los servicios públicos sean prioritarios por encima de intereses económicos. A los políticos de tu pueblo o barrio les puedes hablar cara a cara y hacerles sentir tu malestar día tras día, les puedes exigir personalmente las mejoras que estimes oportunas. Debemos hacerles saber que estamos aquí y que la situación no nos gusta.
También podemos participar en asociaciones que creamos que se ajustan a nuestra manera de pensar o de vivir, el trabajo colectivo por un objetivo funciona como catalizador de inquietudes y demuestra que es posible conseguir cambios cuando nos empeñamos en ello y todos ponemos de nuestra parte.
Otra cosa muy importante es romper el bipartidismo que se intenta establecer en cada país a imagen y semejanza de los Estados Unidos. Una vez comprendido que estos dos partidos (en España PSOE y PP) representan los mismos intereses como hemos visto aquí en los últimos tiempos, lo prioritario es dar cabida a otras opciones políticas, da igual por quién te decantes (por favor intenta no llevarlo demasiado lejos y meter a la ultraderecha en el juego que bastante tenemos ya con lo que tenemos ahora) la cuestión es impedir que estos dos se repartan el poder.

Todo esto son tan sólo algunas de las cosas que podemos hacer en este año que empieza para tratar de reconducir esta vida que se ha vuelto tan extraña para las personas, en la que en lugar de hablar de los problemas de los seres humanos se habla de algo llamado “mercados” y en lugar de ver lo que deberían ser grandes avances en la prosperidad, se ven terribles consecuencias de la codicia y la avaricia en forma de muerte y destrucción.
No queremos un mundo así, no nos sentimos identificados con esta humanidad que nos presentan, no creemos en la doctrina del consumo hasta la muerte, no nos sentimos representados por esta clase política que se dedica a enriquecerse a costa del pueblo, por eso optamos por la revolución personal, una revolución que se convierta en el inicio del camino hacia una sociedad más justa y, sobre todo, más feliz.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

LA ONU Y SU FARSA DE LOS OBJETIVOS DEL MILENIO

Estos días andan reunidos en la sede de la ONU muchos de los supuestos mandatarios mundiales para analizar el grado de consecución de los Objetivos del Milenio propuestos para 2015. Recordemos dichos objetivos:

- Erradicar la pobreza extrema y el hambre.
- Lograr la enseñanza primaria y universal.
- Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer.
- Reducir la mortalidad infantil.
- Mejorar la salud materna.
- Combatir el VIH/Sida, la malaria y otras enfermedades.
- Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
- Fomentar una Asociación Mundial para el Desarrollo.

Todas estas metas fueron ratificadas en 1990 por 189 países que se comprometieron a su consecución, magnífica cumbre aquella que llenó de esperanza a la gran mayoría de la población mundial, sin embargo, a día de hoy aquella esperanza se ha convertido en desencanto para unos, rabia para otros y muerte para muchos.
Tal vez, en aquel momento, la gente era más ingenua (yo desde luego) y no tenía tanto acceso a la información como ahora. Es posible que se pensara que aquello era la solución definitiva a los males del mundo, a lo mejor, es que todavía confiábamos en la bondad del sistema. Hoy sabemos que no. Hoy tenemos un mayor conocimiento acerca del funcionamiento del entramado económico que rige nuestras vidas y nos es más fácil comprender cómo nos mintieron entonces y nos siguen mintiendo ahora.

Se habla de erradicar la pobreza extrema y el hambre cuando vivimos bajo una dictadura económica que necesita de esa pobreza para funcionar correctamente. El 70% del plantea debe malvivir para que el resto podamos tener todo aquello que el sistema bancario nos quiera financiar. El capitalismo necesita arrasar a la mayoría de los países para mantener el equilibrio de poder y la acumulación de capitales y le da igual los miles de personas que mueren día tras día. Lo peor es que mantienen engañada a la mayoría de la sociedad de los países menos perjudicados por el sistema y pretenden hacernos creer que hacen todo lo que está en sus manos para que nadie muera de hambre. Lanzan iniciativas a través de sus “organizaciones amables” (las agencias de la ONU) aprovechando el tirón publicitario de estrellas de la televisión o el deporte y pidiendo nuestra colaboración. Por otro lado, las “organizaciones criminales” (FMI, BM, UE, OMC,...) extienden sus garras sobre los países excluidos robando todo aquello con lo que se pueda sacar beneficio para poder dárselo a sus amos: las grandes corporaciones. Sólo el funcionamiento de las grandes corporaciones que intervienen en cualquier fase de la producción y distribución de alimentos (Monsanto, Nestlé, Syngenta,...) es suficiente para matar a millones de personas al año, ya sea de hambre, de enfermedades o por agotamiento físico.

Dicen desear la enseñanza primaria universal, cuando lo que más les interesa a los dueños del planeta es que cada vez seamos menos libres a la hora de pensar. No sólo no quieren conseguir este objetivo, sino que lo que pretenden es que en los países desarrollados la enseñanza deje de ser pública y por supuesto que la enseñanza de calidad quede en manos de unas pocas élites. El único interés por la enseñanza es que puedan formarse los técnicos necesarios para mantener la producción, para ser jornalero o peón no se necesitan estudios así que para qué se van a molestar en promover la educación universal

Hablan de la igualdad y autonomía de la mujer en todo el mundo, pero todas las decisiones que se toman para conseguirlo son tomadas por hombres, el 99% (supongo que alguna mujer habrá) de los centros de decisión y poder real a escala mundial están ocupados por hombres (preferentemente blancos por supuesto). La única igualdad que les interesa es a la hora de explotarlas laboralmente como sucede en los grandes centros de producción textil de todo el mundo.

Mención especial debe hacerse con todos los objetivos que tienen que ver con la salud y que, por supuesto, son imposibles de conseguir mientras se siga defendiendo un sistema en el que el beneficio económico está por encima del bien de la humanidad. Mientras se permita que las grandes corporaciones farmacéuticas controlen las decisiones a tomar en este campo, nada mejorará. Millones de personas mueren por enfermedades erradicadas en los imperios capitalistas y a nadie le importa, seguimos permitiendo que las patentes estén por encima de la vida y si eso no cambia nada mejorará. Al contrario, cada vez será peor y los grandes laboratorios seguirán creyendo que las personas somos de su propiedad y pueden hacer con nosotros lo que quieran.

Para garantizar la sostenibilidad del medio ambiente es imprescindible cambiar el sistema económico y de producción actual. El capitalismo se basa en la premisa del aumento de acumulación de riqueza en un planeta de recursos limitados. Por lo tanto, repito, es imposible alcanzar la sostenibilidad del medio ambiente. Encima nos quieren hacer creer que todo puede solucionarse controlando las emisiones de CO2 y para ello crean un mercado de compra-venta que únicamente sirve para enriquecerse los mismos de siempre aún más y contaminar sobre manera los países excluidos de los centros de poder.

Por último, se habla de fomentar una asociación mundial para el desarrollo a través de mayores donaciones de los países ricos (el famoso 0,7%). Si lo que queremos es un verdadero desarrollo mundial justo, en lugar de fomentar asociaciones debemos destruir las que ya existen (FMI, Banco Mundial, OMC,...) porque son estos organismos los que con sus políticas de capitalismo salvaje empujan día tras día a la muerte a millones de personas en todo el mundo con el único objetivo de enriquecer más y más a los poderos señores de las transnacionales.

Es absolutamente imposible lograr un mundo justo para todos mientras estemos bajo el yugo de un sistema que nos obliga a unos pocos (consumidores del Norte) a mantener en la más absoluta pobreza a la inmensa mayoría del planeta. La tan cacareada refundación del capitalismo no ha dejado de ser otra estrategia más de marketing para que nos sintamos mejor con nosotros mismos y volvamos a sumirnos en el sopor de nuestras confortables vidas capitalistas mientras millones de personas siguen sumergidas en la más absoluta de las pobrezas.

jueves, 15 de julio de 2010

LA ESCLAVITUD INFANTIL AUMENTA DIARIAMENTE

Mientras los medios de comunicación nos bombardean con estériles debates políticos acerca de la situación económica y el estado de la nación, la maquinaria capitalista sigue implacable su viaje hacia ninguna parte, no se detiene ante nada ni ante nadie.
Mucha gente habla a diario de las bondades de nuestra sociedad moderna y evolucionada, de los grandes beneficios que nos ha proporcionado y la gran cantidad de servicios y productos disponibles para todos aquellos consumidores (eso es lo que somos: consumidores, no personas) dispuestos a alcanzar el estándar de vida que nos proponen. Sin embargo, nunca veo a nadie hablando de los sacrificios que hay que aceptar para tener todos esos productos imprescindibles para nuestra vida de consumo y felicidad artificial

Tal vez, uno de los sacrificios más importantes que se nos exige, y que acatamos sin rechistar, es el de la infancia. Más de 400 millones de niños en todo el mundo viven sometidos a la esclavitud, jamás en la historia de la humanidad hubo tantos esclavos como en pleno siglo XXI. Alrededor de 175 millones de estos niños son menores de cinco años, con cinco años en nuestra moderna y democrática sociedad apenas sabemos sacarnos los mocos de la nariz y estos millones de niños trabajan de sol a sol a cambio de comida y, con mucha suerte, un techo en el que refugiarse.
Si esto es vivir en una sociedad justa y democrática, yo escupo sobre vuestra justicia y vuestra democracia. Pero no me escaqueo de mi parte de culpa, yo formo parte de esa sociedad que consume ferozmente y evita enfrentarse a la realidad de nuestro mundo. Todos lo hacemos, y seguimos tragando mierda y dejando que nuestros políticos y sindicatos (cada día cuesta más diferenciarlos) no hagan nada, no sea que disgusten a los dueños que les dan de comer.

La terrible condena a la que sometemos a esos millones de niños y niñas tiene muchas caras. Están los niños que fabrican juguetes en China para grandes marcas como Hasbro, Mattel o Disney; durante doce o quince horas al día para que nuestros hijos tengan su justa recompensa por haber sido buenos chicos. También tenemos a niños africanos, sudamericanos e indios trabajando en las minas pagando las deudas de sus familias para que cuando queramos podamos cambiarnos el móvil que nos compramos tres meses atrás. Se calcula que hay unos 130 millones de niños trabajando en los campos a cambio de comida repartidos por todo el mundo, por ejemplo recogiendo cacao en el África occidental para multinacionales como Nestlé. Cientos de miles trabajan en talleres de confección en Asia para que podamos renovar nuestro vestuario cada nueva temporada. La esclavitud infantil representa el 10% de la fuerza laboral mundial, mientras en esos mismos países el paro adulto aumenta de manera vertiginosa. Da asco cómo las grandes multinacionales se escudan hablando de trabajo infantil en lugar de esclavitud, por si fuera poco se atreven a asegurar que es mejor que los niños trabajen puesto que de otra forma se morirían de hambre. Así es, los gurús de nuestra democrática sociedad prefieren que los niños trabajen para que no mueran, porque lo de ser felices, ir a la escuela, tener una vivienda digna y una familia a su alrededor al parecer no es bueno o, por lo menos no para esos niños, porque no me imagino a la descendencia de los ejecutivos de las grandes empresas yendo a recoger algodón en lugar de asistir a sus internados privados.
Todos somos culpables de la situación, nos dejamos seducir por la ilusión de felicidad consumista y lo queremos todo lo más rápido y barato posible y claro, tampoco hay tanta gente en el mundo que sea considerada consumidora de primera categoría, así que las multinacionales tienen mucha competencia y luchan por abaratar costes a cualquier precio. No hay nada más barato que los niños trabajando para sobrevivir, no exigen nada, no cuestan nada, en definitiva, no valen nada.

Pero no toda la esclavitud es laboral, todavía hay casos más sangrantes si cabe. Cientos de miles de niños son reclutados contra su voluntad para participar en guerras, arrancados de sus pueblos y separados para siempre de sus familias son obligados a matar para no morir. Por supuesto estas guerras las financiamos entre todos gracias a nuestra tolerancia con la fabricación y venta de armamento. Millones de niños y niñas son vendidos por sus familias para pagar las deudas con usureros locales, la mayoría de estos niños acaban en redes de prostitución repartidas por todo el mundo para que los putos pederastas puedan saciar su criminal deseo. Los menos afortunados de estos niños mueren a manos de carniceros que inmediatamente les extirpan los órganos para que algún inocente niño occidental pueda seguir yendo a ver los partidos de fútbol con su maravilloso papá.
Todo esto nos suena como lejano, ya se sabe que ojos que no ven... Pero no os engañéis, la esclavitud infantil está entre nosotros. Estudios recientes demuestran que hay más de dos millones de niños esclavos trabajando en el servicio doméstico en la Unión Europea y cientos de miles de niñas menores de edad siendo violadas repetidamente en multitud de prostíbulos europeos.

Las cifras hablan por sí solas. En América Latina uno de cada cinco niños de entre 5 y 14 años vive esclavizado, en África es 1 de cada 3 y en Asia 1 de cada 2 y nosotros lo permitimos y lo fomentamos con nuestra manera de vivir.

En esta sociedad democrática y justa, de cada dos niños pobres uno trabaja como esclavo a cambio de seguir viviendo un día más. El otro niño pobre simplemente sobra, el mercado no le necesita.

Debemos hacer aquello que creamos que está en nuestras manos. A nivel particular podemos informarnos sobre las empresas que alientan y permiten que los niños trabajen para vivir y no adquirir sus productos, podemos alzar la voz para que nuestros políticos nos escuchen y si no lo hacen podemos alzar la voz para largarlos de una vez por todas. Podemos exigir el fin de la economía basada en la guerra y detener la venta de armas, podemos hacer todo aquello que imaginemos si somos capaces de deshacernos de la propaganda “econo-fascista” que día a día inunda nuestras mentes a todas horas. Que cada cual actúe como crea mejor pero que actúe.

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