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jueves, 2 de abril de 2020

SOCIEDAD DE TRABAJADORES SIN TRABAJO

A medida que las crisis se suceden y los Estados del Bienestar se van desmoronando, van dejando al descubierto sus innumerables fraudes y estafas. Esto deja vislumbrar un futuro (espero que no muy lejano) enfrentamiento entre los que, a pesar de todo, prefieren la falsa seguridad del orden establecido y los que comprenden o empiezan a intuir que la vida es otra cosa y, por tanto, debe discurrir por otros cauces todavía por construir.
De nuevo estamos en medio de una crisis, sanitaria esta vez. Sin duda, terrible pero no más que cualquiera de las que ya han pasado o de las que están por llegar. En esta crisis hay muchas víctimas, demasiadas. Las primeras y las más dolorosas, los fallecidos y el rastro de dolor que dejan en sus seres queridos. Pero también todos aquellos que caminaban sobre la línea fina de la supervivencia y que, una vez más, se ven empujados a la miseria y a depender de la solidaridad/caridad para seguir a flote y no perder el rastro de la vida.
La crisis se ha convertido en el estado natural de la sociedad en los últimos tiempos. Su gestión, en la manera habitual de gobernar. Vivimos en un estado de excepción permanente porque este orden social no tiene otra forma de mantenerse mas que gestionando la miseria, producto de la crisis permanente que representa el Capitalismo.
Un aspecto fundamental de esta crisis permanente tiene que ver con el trabajo. Esto lo estamos viendo en la actualidad con una buena parte del trabajo suspendido y, por consiguiente, cientos de miles de personas expulsadas de sus puestos de trabajo y otras tantas impedidas para hacerlo de manera informal (puesto que ya habían sido expulsadas del mercado con anterioridad o jamás se les ha permitido ingresar en él). Esto no es algo exclusivo del momento actual.
Desde hace décadas se viene advirtiendo de la progresiva pérdida de empleos debida a diversos factores. Esto ha llevado  la proliferación de un cada vez mayor número de empleos sin finalidad alguna y a la precarización de la inmensa mayoría de puestos de trabajo y, por ende, la vida de millones de personas. El trabajo se ha desligado de la necesidad de producir mercancías (más o menos necesarias). Hoy en día, tiene más que ver con las necesidades político-ideológicas de tener el máximo posible de consumidores disponibles. En definitiva, se trata de mantener a flote, cueste lo que cueste, el orden basado en el trabajo.
Aquí está la clave, el orden del trabajo es el orden del mundo. La nefasta necesidad de “ganarse la vida” está en la base de un mundo jerarquizado donde trabajo o muerte (física, social, moral) es la única disyuntiva para millones de seres humanos.
No hay alternativas, prácticamente todas las posiciones políticas han puesto la idea del trabajo en su centro teórico hasta convertirlo en una especie de destino natural del ser humano. Ahora, de nuevo golpea  la crisis y de nuevo se legisla en favor de los favorecidos, de los que nunca dejan de ganar. Oleadas de despidos se suceden por todos lados por mucho que digan los políticos de distinto pelaje. Otra vez vamos a pagar los mismos, los que pagamos siempre, los que nunca dejamos de hacerlo.
Nos estamos convirtiendo en una sociedad de trabajadores sin trabajo. Y eso nos convierte en prescindibles, como bien saben desde hace muchos años millones de personas alrededor del globo.

Vivimos tiempos de inmediatez, sin embargo, puede ser el momento de vislumbrar otros órdenes del mundo porque más pronto que tarde el orden del trabajo ya no será válido y ahí, justo entonces, existirá una oportunidad para ese enfrentamiento del que hablaba entre los que desean las seguridad del Orden vigente y los que no. Más vale estar preparados para cuando debamos elegir. No nos podemos permitir el lujo de equivocarnos de bando, otra vez no.
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martes, 13 de febrero de 2018

EL TRABAJO NOS DOMINA (y nos dejamos)


A colación de la última entrada publicada en el blog, hace unos días conocía un par de noticias que reforzaban mi sensación de sentirme totalmente fuera de juego con la sociedad a la que pertenezco.

Por un lado, me enteraba de una noticia que hacía referencia al aumento imparable de mujeres que en los últimos tiempos deciden congelar óvulos a la espera de encontrar un buen momento para ser madres. Esta situación se daba mayoritariamente en mujeres que se situaban alrededor de los 35 años y se calculaba que la intención era ser madre sobrepasados ampliamente los cuarenta. El motivo fundamental de la decisión era por cuestiones laborales. Incluso se mencionaba que grandes multinacionales habían empezado a financiar este “tratamiento” para sus empleadas. Las mujeres que aportaban sus testimonios para complementar la noticia decían que no podían permitirse el lujo de ser madres cuando sus carreras profesionales estaban despegando porque corrían el riesgo de perder todo lo conseguido tras años de estudios y esfuerzos.
 
La otra noticia correspondía a un estudio realizado en el que la principal conclusión que se establecía era que las personas con trabajos precarios e inestables, sufrían más situaciones de inestabilidad emocional y problemas de salud mental incluso que las personas sin empleo (incluidos parados de larga duración) Se destacaba el hecho de que esta era una tendencia que había surgido en los últimos años y que se mostraba en alza. Se concluía que la incertidumbre vital que provocaba la situación de precariedad era mucho mayor que la de aquellos que tienen la certeza de que su situación no va a cambiar y ya se saben en el fondo del pozo social.
 
Estas dos noticias y tantas otras relacionadas, orbitan alrededor de una cuestión que se ha convertido en vital en la historia de las sociedades contemporáneas: el trabajo asalariado. El paso por el mercado de trabajo es prácticamente la única formula legal que el sistema actual ofrece a la mayoría de la población para acceder a un mínimo pedacito de riqueza. Y necesitamos tanto ese pedacito para poder consumir y cubrir nuestras necesidades (que por supuesto están todas monetarizadas) y somos tan asquerosamente devotos de la legalidad, que aceptamos esta lógica sin rechistar.
Liberarnos del peso que significa tener que ocupar nuestra energía y nuestro tiempo en conseguir y mantener, cueste lo que cueste, un trabajo nos impide ver e ir más allá. El trabajo domina de tal manera nuestras vidas que acaba por absorber nuestra esencia misma y acabamos definiéndonos como personas en función del trabajo que desempeñamos (basta hacer un pequeño experimento, preguntad a varias personas cómo se definen, qué son y te contestarán diciéndote de qué trabajan). Ésta es una de las mayores locuras colectivas de las que participamos, vivimos nuestra vida en función del trabajo. Tomamos nuestras decisiones basándonos en lo mejor para nuestra vida laboral. Nuestra vida emocional se ve influida de forma apabullante por la cuestión del salario y todo lo que conlleva.
Iniciar la vía para romper el mito que une trabajo asalariado y acceso a la riqueza (es más, romper la sinonimia entre riqueza y dinero) es fundamental para poder liberar gran parte de ese potencial mal utilizado y que podríamos usar para tratar de acercarnos más a lo que deseamos que sea la vida y nuestra forma de pasar por ella.

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jueves, 8 de diciembre de 2016

SI NO TRABAJAS (asalariadamente) NO VALES NADA

Últimamente, he leído algunas noticias que han devuelto al primer plano de mi mente la asquerosa certeza de que tan sólo somos carne de cañón para un sistema que únicamente nos quiere para mantener la máquina consumista en pleno funcionamiento. Para ello, lo único que debemos hacer es acceder al pedacito del pastel de la riqueza que nos tiene reservado (lo justo para malvivir y poder consumir todas las bagatelas que nos ponen ante nuestros ojos). El método para eso, es el salario. Sólo así podemos ser útiles y, por tanto, susceptibles de merecer cierto miramiento por parte del poder. Es decir, si tienes un empleo no eres el primero en la lista de los prescindibles de la vida. Pero no te confíes, tampoco andas muy lejos.
Una de esas noticias de las que hablaba se refiere a la deportación de un ser humano de 19 años de origen paraguayo que vivía en España desde los cinco junto a su familia. El Estado esgrimió su ley y embarcó a este chaval en un vuelo rumbo a Paraguay donde nadie le espera. El motivo aducido ha sido el no tener sus “papeles en regla” (una expresión repugnante que utilizan para no expresar lo que realmente quieren decir: te vas porque eres un parásito, pobre y encima extranjero) Evidentemente, la única forma de regularizar su situación era conseguir un trabajo porque, repito, es la manera de demostrar tu valía en la sociedad si perteneces a las clases populares.

Me pregunto qué pasaría si de repente aplicaran ese mismo criterio a todos los jóvenes del país independientemente de su condición. Probablemente, desaparecería una generación entera. ¿A cuánta gente de esas edades conoces que trabajen? Yo a muy pocos.

Otro tema sobre el que últimamente he leído y oído mucho es sobre la cuestión de las personas. Desde hace años, se viene insistiendo machaconamente en la progresiva precarización del sistema de pensiones hasta el punto de abrirse el debate acerca de si hay que mantener las pensiones tal y como las conocemos o, por el contrario, hay que ir olvidándose de ellas. Lo que este debate esconde a quien no quiera verlo es una cuestión fundamental: ¿Qué hacer con aquellos que han acabado con su vida activa de producción? Es decir, ¿Merece la pena mantener con vida a aquellos a los que ya no podemos exprimir? Esta es la cruda realidad del debate de las pensiones, porque no nos engañemos, sólo aquellos obligados a vender su fuerza de trabajo a lo largo de su vida necesitan una pensión para sobrevivir durante su vejez. Se nos repite que es una situación insostenible, que no es posible garantizar un mínimo de dignidad en la vida de nuestros mayores.

¿Qué clase de sociedad es ésta? Lo sabemos muy bien aunque nos cueste creerlo, formamos parte de un mundo donde el sálvese quien pueda se ha elevado al rango de dogma incuestionable y la estupidez ha sido encumbrada a los altares de lo cotidiano. Sólo así se explica que nos anuncien como inevitable un exterminio y no seamos capaces de hacer nada (ya no hablo de actos revolucionarios; ni siquiera un mínimo movimiento hacia la reforma del sistema que permita seguir manteniendo el espejismo en el que vivimos). Está tan interiorizado que el trabajo es el eje fundamental de la vida que asumimos como normal que todo aquel que no trabaje no merece nada.

Hay muchísimos más ejemplos de esto. Podríamos hablar del desprecio absoluto por todas aquellas personas, especialmente mujeres, que dedican sus vidas al cuidado (en el sentido más amplio de la palabra) de sus familias y son tratadas como inferiores ya que no cotizan y por tanto, no contribuyen al sistema. También todos aquellos extranjeros que acogimos con las manos abiertas para explotarlos en todos aquellos trabajos de mierda que no considerábamos dignos de ser desempeñados por los nativos y que más tarde, cuando ya tenían sus vidas hechas aquí, decidimos que sobraban y los consideramos los culpables de todo y, por tanto, los tratamos como a criminales. También podríamos hablar de aquellas personas que después de dejarse media vida trabajando en una empresa como si fueran a heredarla, fueron puestos de patitas en la calle (en muchos casos debiéndoles un dinero que jamás recuperaron) en pos de aumentar la competitividad y que pasaron a convertirse en desechos sociales no aptos para ser miembros de pleno derecho de la sociedad de consumo.

La lista sería interminable pero el hecho es el mismo: mientras puedes ser explotado tienes derecho a vivir. Una vez dejas de ser útil, formas parte de los prescindibles, de los que cuanto antes desaparezcan mejor. Esto es lo que siempre ha sido en un sistema donde el beneficio lo es todo y la vida una mercancía más.

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sábado, 4 de mayo de 2013

Y PASÓ EL DÍA DEL TRABAJADOR


Millones de personas sin posibilidad de acceder a un pequeñito pedazo del pastel a través del trabajo asalariado, se ven forzadas a la exclusión y al estigma de la limosna arrojada desde la atalaya del poder a través de su servicio de caridad en forma de subsidios y ayudas. Insuficientes para vivir de forma digna pero suficiente para tapar bocas y maniatar espíritus con inquietudes rebeldes.

El doble de personas condenadas a callar y obedecer por miedo a perder trabajos que en el mejor de los casos te permiten llegar a fin de mes, en otros llega justo para devolvérselos al poder a través de hipotecas, recibos y demás transferencias. En la mayoría de los casos ni siquiera sirve para poder alimentarse de manera suficiente.

Con esta situación parece lógico que las gentes y organizaciones posicionadas frente al sistema capitalista iniciaran (o continuaran de manera más profunda) la lucha por crear nuevas formas de acceso a la riqueza. Ya basta de pedir el reparto del trabajo y la riqueza. Nos cansamos de repetir que el trabajo asalariado es esclavitud pero salimos a la calle a gritar contra las leyes que lo regulan y no contra la esencia de esa maldita obligación que nos han impuesto.

Se lucha por la defensa del derecho al trabajo, ¿qué derecho? En esta sociedad no existe tal cosa, existe la obligatoriedad de trabajar. Un derecho es real cuando existe la opción de elegir. No podemos elegir no trabajar asalariadamente (al menos no dentro de esta sociedad), dependemos del salario para comer. No hay más.

Es la hora de plantearse una ofensiva acerca del mundo del trabajo asalariado, no es posible que las organizaciones y gentes que se definen como anticapitalistas basen toda su acción y estrategia en reivindicaciones en torno a mejoras en las condiciones de trabajo, sin plantear en ningún momento una alternativa a la esclavitud de las personas  asalariadas. Parece razonable reivindicar mejoras laborales ante la situación en la que estamos envueltos, pero acompañarlas de eslóganes más que mascados y ponerle a esto la etiqueta de anticapitalista sólo conduce a la negación misma de lo que debería ser el anticapitalismo y a dar una imagen de él totalmente contraproducente.

El paso por el mercado de trabajo como requisito indispensable para acceder a la riqueza es uno de los mecanismos fundamentales que sustenta el capitalismo en cualquiera de sus modalidades (ya sea privado o estatal). Esto nos convierte automáticamente en seres dependientes y dispuestos a aceptar cualquier imperativo con tal de no quedar excluidos de la sociedad de la que formamos parte.

No es posible una sociedad anticapitalista con trabajo asalariado. Iniciar el trabajo para romper el mito que une trabajo asalariado y acceso a la riqueza es fundamental para la luchar contra este sistema. Sustituir este dogma es un paso imprescindible para iniciar el camino hacia una sociedad verdaderamente libre. Liberarnos del peso que significa tener que ocupar nuestra energía y nuestro tiempo en conseguir y mantener, cueste lo que cueste, un trabajo nos impide ver e ir más allá. El trabajo domina de tal manera nuestras vidas que acaba por absorber nuestra esencia misma y acabamos definiéndonos como personas en función del trabajo que desempeñamos (basta hacer un pequeño experimento, preguntad a varias personas cómo se definen, qué son y te contestarán diciéndote de qué trabajan).

Esta situación se ha visto reflejada una vez más este 1º de Mayo donde se ha vuelto a demostrar la falta real de alternativas que, de forma explícita, se posicionen frente a este sistema criminal que nos ahoga cada día más. Es cierto que ha habido gran cantidad de manifestaciones autodenominadas anticapitalistas (con mayor o menor participación en función de la ciudad que se mire), aunque personalmente, creo que ha sido algo más folclórico que otra cosa. Una nueva demostración de lo vacío de contenido que está todo el espectro anticapitalista existente.

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lunes, 5 de julio de 2010

LA HUELGA Y LOS MEDIOS

Estos días pasados hemos asistido a una nueva exhibición represiva de los medios de comunicación oficialistas frente a la decisión de los trabajadores del metro de Madrid de reivindicar sus derechos laborales a través de la huelga.

Viendo, leyendo y oyendo las noticias aparecidas en dichos medios no creo que nadie haya sido capaz de entender el por qué de la huelga. Nadie se ha molestado en explicar los motivos que han llevado a los trabajadores del metro a jugarse su empleo (con los tiempos que corren es, como poco, un acto de heroicidad) y, sin embargo, todos hemos vistos a docenas de usuarios del metro despotricando contra los huelguistas, curiosamente ni uno sólo de esos usuarios se solidarizaba mínimamente con los trabajadores y, digo yo, alguno debe haber. De todos modos las opiniones de los usuarios no son nada si los comparamos con los discursos lanzados por los medios y los políticos. Hemos tenido que aguantar que se trate a los trabajadores como si fueran terroristas dispuestos a incendiar el país, hemos escuchado gilipolleces del tipo que todo esto se hace para desgastar a la presidenta Esperanza, que si lo único que quieren es joder a los madrileños y que todos pierdan su empleo por llegar tarde, que si deberían echarlos a todos a la calle por vagos,... Al parecer, no cumplir con los servicios mínimos que impone el poder sin consultar a nadie, puesto que en este país no hay ninguna ley que regule el derecho a la huelga, es equivalente a ser un terrorista o peor.

Y ¿por qué? Este es el quid de la cuestión, y ya que nadie en los mass media parece interesado en que los ciudadanos lo sepamos. Es bueno que haya otros sitios donde informarse.

La razón fundamental de la huelga es el incumplimiento del convenio colectivo firmado el año pasado que debía regular la situación laboral de los trabajadores durante cuatro años. El incumplimiento de un convenio colectivo sí que es un delito y quien lo incumple sí que es un delincuente. Los convenios están para ser respetados, así lo dice el artículo 37 de la Constitución Española:

“La ley garantizará el derecho a la negociación colectiva laboral entre los representantes de los trabajadores y empresarios, así como la fuerza vinculante de los convenios.”

Para ver el comunicado del Comité de huelga del metro os dejo este enlace comunicado. También os dejo este otro enlace para que veáis como estaba la situación tras los dos días de huelga total en el metro de Madrid.