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martes, 18 de enero de 2022

¿QUÉ LIBERTAD?

¿Qué será eso de la libertad sobre la que se habla en todo momento?

En los últimos tiempos, en el marco de esta crisis permanente del coronavirus, ha reaparecido con fuerza este término: libertad. Asociada a cualquier postura, a cualquier posición tomada. Me froto los ojos, ¿habrá llegado el momento en que algo tan espléndido como la búsqueda y la defensa de la libertad guíen nuestra forma de vivir? Siempre me he sentido inclinado hacia lo libertario así que tal vez sea el momento, si hay tanta gente defendiendo la libertad será por algo, digo yo.

Todo se hace o se dice en nombre de la libertad. Desgraciadamente, temo que todo se reduzca a su concepto de libertad, el que predomina, el único que puede prevalecer en una sociedad capitalista de consumo. La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar. Así, por arte de la magia capitalista, se desplaza la decisión libre que queda sustituida por la libre elección entre distintas ofertas preconfiguradas y adaptadas al modelo social. Hace 30 años, escribía Bauman (y no puedo estar más de acuerdo):

         El consumo ofrece libertad a personas que en otros aspectos de su vida sólo encuentran restricciones, opresión… En el juego de la libertad de consumo todos pueden ser ganadores al mismo tiempo.

A pesar de todo, no deja de ser paradójico que todos podamos ser ganadores y, al mismo tiempo, la sociedad de consumo haya transformado a la mayoría de la población en subjetivamente pobre. Esto se debe a la continua creación de necesidades artificiales que necesitamos satisfacer y que nunca llegamos a hacerlo porque constantemente surgen otras nuevas que nos lo impiden. Así, vivimos con la sensación constante de que siempre nos falta algo.

Porque el deseo de ser libres parte de la experiencia de estar oprimidos. Parte del sentimiento de que no puedo dejar de hacer lo que no quiero (cuánta gente debe sentir eso mismo con respecto a su trabajo). Y ¿Quién no siente deseos de ser libre a pesar de vivir en nuestra sociedad perfecta? ¿Cuántos tenemos esa sensación de no poder dejar de hacer muchas de las cosas que hacemos? Sin embargo, hay una cuestión que me parece más importante y es si existe la posibilidad de ser libres en una sociedad, en un mundo tal y como lo conocemos y vivimos.

Me parece harto difícil conjugar un mundo capitalista dominado por la posesión, la acumulación y la especulación con una libertad verdadera más allá de ese individualismo enajenado del sálvese quien pueda y como pueda que ahora parece que define el prototipo de ser libre. Bajo estas coordenadas, esa supuesta libertad sólo puede ser a costa de la opresión del otro, de muchos otros. En este contexto, la libertad se convierte en privilegio, se convierte en poder. Esto es un juego de suma cero, cuanto más gana uno más pierde otro, o millones de otros. Para muestra un botón: Durante los dos años de pandemia los diez hombres más ricos de la Tierra han duplicado su fortuna, mientras los ingresos del 99% de la humanidad han menguado.

La grandeza del juego es que nos ha hecho creer que cualquiera puede ser ganador porque siempre hay alguien peor que tú.

Por otro lado, en lo personal, me es muy difícil imaginar una sociedad fuera de ese marco (por mucho que haya podido leer al respecto) Y eso, con toda seguridad, es el gran triunfo del sistema. Nuestra incapacidad de imaginar siquiera un horizonte distinto al actual, nuestra asunción de que el estado actual es fruto de un orden natural y que no puede ser de otra manera. Más allá de todo esto, tan solo tengo alguna certeza acerca de la libertad: creo que es imposible desde lo individual, es decir, fuera de la cooperación comunal. No la creo posible sin la necesidad de realizarse mutuamente con el resto de una comunidad. Por tanto, creo que difícilmente podrá realizarse en una sociedad donde las comunidades humanas se han desestructurado dando paso a poblaciones de individuos desconectados.

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domingo, 4 de octubre de 2020

¿ESTADO FALLIDO? NI DE LEJOS


Todos los focos apuntando, escenario dispuesto con tropecientas banderas y sendos atriles. Entran los protagonistas principales de la representación y, nuevamente, asistimos a la reproducción de la enésima patochada del poder político.

A partir de ahí, corre como la pólvora (gracias a los medios de desinformación masivos) la idea de que estamos ante la imagen de un Estado fallido.

Me llega el mensaje, no vivo ajeno al mundo dentro de una burbuja de cristal. Me ilusiono, ¿y si fuera verdad? Tanto tiempo esperando a que aparezca esa ventana, esa grieta por donde entrar como elefante en cacharrería. No, no puede ser. Digo yo que algo hubiera notado. No sé si el mundo descomponiéndose a mi alrededor, pero algo sí.

En lo cercano, lo que se nota es más bien otra cosa. Sobre todo, miedo y resignación.

Mucha gente viviendo con mucho miedo. Miedo a la muerte retransmitida 24/7 por los medios. Haciendo imposible desplazarla de la mente de la población. Sobre todo, gente mayor que ha acabado por renunciar a casi todo lo que mantenía viva la llama (familia, amigos, actividades varias…) Miedo a lo queda por detrás de la omnipotente pandemia. Paro, hambre, vidas derruidas… Pero también veo resignación, mucha. Y ésta por parte de todos. La jodida resignación que parece acompañarnos durante toda nuestra vida pero con un matiz especial. Algo que la hace diferente. Tal vez sea que mucha gente de la que se creía a salvo, invencible en su status autoproclamado de clase media se siente amenazada por primera vez. Unos ven como han tenido que renunciar a las chucherías consumistas (viajes baratos revestidos de experiencias vitales, ocio nocturno de consumo sin fin…) O tal vez sea que, además, han empezado a verle las orejas al lobo y se están dando cuenta del lugar que ocupa cada uno en la lista de los prescindibles del sistema. Muchos se han dado cuenta que son carne de sacrificio si la oportunidad política lo requiere. O mejor dicho, si el beneficio económico así lo indica. Porque, nuevamente, la economía (la suya claro) está por encima de todo, incluso de la vida. Todas las medidas que se toman, se hace en base a criterios económicos, en base al beneficio de unos pocos. Sucede siempre. Hay que salvar la economía como sea, si por el camino mueren unos miles que más da, que así sea. Así ha sido siempre.

 

Estado fallido dicen. Menudos caraduras (o que grandes profesionales según como quieras verlo) El Estado funciona a toda máquina. Sigue legislando en beneficio de los suyos (un pequeño ejemplo aquí) y machacando al pobre, al trabajador (aquí, aquí)Sigue ostentando el monopolio absoluto de la violencia y no reparando en gastos ni acciones porque ya sabemos todos que al virus se le derrota a cañonazos con el ejército en la calle y la policía en plan comando. Por si fuera poco, mientras mantiene al personal preocupadísimo con sus disparates diarios, también en lo judicial van haciendo lo suyo (aquí y aquí) El Estado se mantiene en forma. Se siente tan fuerte que ya no se esfuerza en mantener la mascarada de social y de derecho. Es en estos momentos cuando se muestra sin reparos, sin fisuras. Mientras se suceden las payasadas políticas, el verdadero Estado, el que funciona sin distinción de quienes sean sus caras visibles, se mantiene con gran fortaleza y puño de hierro. Pese a lo que pueda parecer nada está fallando.

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viernes, 26 de junio de 2020

¿ES LA DEMOCRACIA UNA DISTOPÍA?

De forma recurrente hablo y, de vez en cuando, escribo sobre la necesidad de recuperar la utopía como elemento central en el pensamiento crítico. No sólo por la necesidad personal de cada cual de ir atisbando un horizonte hacia el que caminar, sino como contraposición a una realidad cuyos elementos se vuelven cada vez más distópicos, más inhabitables. Existen infinidad de esos elementos que nos afectan, que condicionan nuestra vida durante cada segundo de nuestra existencia. Y ante los cuales hay que empezar por resistir para poder existir. Sin embargo, hay un elemento que probablemente engloba a todos, o prácticamente a todos los otros, y que rara vez es situado en la lista de elementos distópicos, de aspectos sobre los que al menos es necesario reflexionar y poner en tela de juicio.
Este elemento es la democracia, sí la sacrosanta democracia.

La democracia es el marco en el que los miembros de las sociedades que se consideran a sí mismas como ideales, tenemos para desenvolvernos. Lo domina todo, incluido el lenguaje con el que formamos los conceptos, las ideas con las que performamos nuestras vidas. Utilizamos ese lenguaje para describir aquello que nos incomoda, que nos crea malestar, que nos oprime. También para delimitar aquello que anhelamos, a lo que aspiramos. De esta forma, sin darnos cuenta, se impone un modelo de vida que es incapaz de transgredir los márgenes que nos ofrecen. Se coloniza nuestro interior al mismo tiempo que esa colonización tiene su reflejo en el mundo exterior, donde la fuerza es utilizada de forma más o menos explícita, para imponer ese modelo basado en la libertad. Una libertad que como mucho es un mal sucedáneo del ejercicio de la misma. Una libertad que como todo en esta vida es definida dentro de los límites de lo democrático, es decir, de lo asumible.

A partir de ese momento, no es posible imaginar nada mejor que la democracia. Tal vez podamos imaginar cómo mejorar algunos aspectos concretos (eso que unos llaman regeneración democrática, otros tal vez lo llamen democracia digital, tal vez si siguiéramos buscando podríamos hallar docenas de denominaciones para otros tanto modelos de mejora democrática). Pero, desde luego, lo que no somos capaces de vislumbrar es un sistema superador de la democracia. Es posible que esto se deba a que tenemos la creencia, transmitida de generación en generación de que la única alternativa a la democracia es la dictadura y ésta es, sin duda, el peor de los males. No lo pongo en duda. No deseo una dictadura de ningún tipo a nadie. Ahora bien, eso no implica que le desee un sistema democrático. Porque como decía, no quiero dictaduras y las democracias no dejan de ser dictaduras sociales en las que se imponen, como siempre, los intereses de una minoría. Así ha sido desde su origen.
Siempre se habla de la democracia ateniense como el principio del sistema hace ya unos cuantos siglos. Pero ya en ese momento, el gobierno del pueblo no era más que el gobierno de los poseedores, de los propietarios, hombres. Ni mujeres ni esclavos.
Hasta llegar a nuestros días, la democracia ha ido variando, construyéndose siempre respondiendo a una correlación de fuerzas muy desiguales entre aquellos que poseían la riqueza y los que no. Siendo así, no es de extrañar que en cualquiera de las diferentes manifestaciones que la democracia ha ido mostrando siempre hayan respondido a los intereses de unos pocos.
Pero si algo confiere de forma definitiva esa pátina distópica a la democracia es su carácter omnipresente. Jamás ha habido un modelo de gobierno tan intrusivo como la democracia que pretende abarcar todos los aspectos de la vida. Pretende legislarlo todo hasta lo más íntimo. Y lo que es peor, siempre con criterios económicos. Siempre con el beneficio en mente. Esto la ha convertido en el sistema ideal para el desarrollo del capitalismo ya que ha conseguido que un modelo económico nacido para el beneficio de los Estados se haya convertido en un elemento autónomo situado por encima de los Estados mismos. Esto explica en gran medida el porqué de la supremacía del modelo democrático y de su incuestionabilidad.

Además, la democracia es considerada como un sistema moralmente insuperable ya que es ni más ni menos que la representación del interés popular. Aunque es evidente que la única representación existente es la de los intereses de aquellos que poseen la riqueza sigue siendo, aparentemente, irrefutable esta afirmación. Al fin y al cabo, el pueblo elige libremente a sus representantes así que no hay nada que objetar. Es tal su grado de perfección moral que continuamente se inician guerras alrededor del mundo en su nombre. Se trata de imponer la perfección del sistema allá donde todavía se muestren indecisos ante él. Por supuesto, es todo por el bien del pueblo aunque para ello haya que asesinar al propio pueblo. La democracia pretende ser el único modelo posible. Su democracia debe ser para todos, sin excepción.

Democracia o barbarie. Podría ser el eslogan de los tiempos y, no obstante, no parece que la barbarie haya desaparecido ni mucho menos en los países democráticos. Basta ver cualquier informe (o abrir los ojos a tu alrededor si no es que tú mismo la sufres en primera persona) escogido al azar del organismo oficial que se quiera sobre condiciones de vida para ver la lamentable situación en que se encuentran las sociedades democráticas. Sirvan como ejemplos los de EEUU, donde las desigualdades sociales y todo lo que conllevan son abismales o la propia España, donde la pobreza alcanza a un tercio del total de la población. Podríamos fijarnos en el acceso a la vivienda, o a la educación, o a la sanidad o cualquier otro parámetro que se nos ocurra para ver qué intereses defiende la democracia.


Tal vez no presente los niveles brutales de represión pura y dura de las dictaduras (cuyo recuerdo facilita mucho más la imposición democrática) pero de ahí a la perfección como sistema de organización social hay un abismo. Hay margen para poder, al menos, confrontarla, para incluir, al menos,  esta oposición en el marco de nuestra conciencia. Es posible que estos sean buenos tiempos para ello. Tal vez esta nueva normalidad de la que tanto hablamos incluya la posibilidad de responder a la pregunta que encabeza este escrito. En caso de una respuesta afirmativa, estaremos más cerca de nuestro sentir. Y eso sí que es moralmente positivo.
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lunes, 20 de mayo de 2019

SEGUIMOS BAILANDO AL SON QUE NOS MARCAN



Tocan elecciones, varias, pues allá vamos. Llevamos meses comiendo caldo electoral de día y de noche. Todo se centra en eso. Ahora toca parar el fascismo, en las anteriores acabar con el bipartidismo y el Régimen del 78, en las próximas tal vez salvar el proyecto europeo, o que sé yo. Todo esto con una simple acción, el voto, que para eso es la quintaesencia de la democracia. Sí, miles de años de evolución han dado como resultado que poner un papel en una caja s la mejor forma de tener el control sobre tu vida. ¡Bravo!

Vamos a ello, nos engañamos y votamos. Ya s sabe, el mal menor, votar con la nariz tapada… Por seguir con los tópicos, ahí va otro. Eso es como salir al campo a que no te goleen y cosechar la mayor derrota del año (sucede en nueve de cada diez ocasiones, en la otra pierdes igual pero más decorosamente) Da igual quién gana, aunque ganen los “tuyos”, tú pierdes siempre. Es sencillo, el juego tiene unas normas y si juegas tienes que seguirlas. Si las sigues no hay posibilidad de que el resultado te sea favorable, a menos que te conviertas en ferviente seguidor del juego y admitas que las migajas que puedan caerte son un suculento botín. En el mejor de los casos, mejorará algún aspecto superficial que en poco afecta a lo fundamental. En el peor, te quitarán el maquillaje de golpe y verás el verdadero rostro de un mundo que agoniza y, mientras lo hace, destruye todo lo que encuentra a su paso.

Vivimos en las llamadas democracia liberales (afortunados que somos) cuyo nombre, en contra de lo que muchos puedan pensar, no se debe al predominio de la libertad individual de las personas, sino a la libertad del Capital para seguir siendo acumulado por unas pocas manos. Y eso es todo, podrán darle cincuenta mil vueltas al asunto, pero el meollo se mantiene intacto.

Aun así, nosotros a lo que nos digan, que no nos falten temas ni elementos para marear la perdiz y demostrar lo buenos oradores y argumentadores que somos todos.
Que si quién es el más fascista de todos, o el más imbécil, llámalo como quieras; que si los gobiernos del cambio han servido para cambiar algo o no, que si un fulano ha apadrinado la sanidad pública, que si tal o cual ha hecho méritos para esto o lo otro; que si tu bandera es más grande y más bonita que la mía… Hasta los que tienen claro (o eso me parece) que no participan en el circo, andan todo el día pendientes de todo y buscando, de paso, traidores entre los suyos que hayan sucumbido a la tentación. Y así pasan los días, los años, la vida.

Lo peor, es que todos sabemos que hasta las decisiones que no son más que migajas para nosotros, no dependen de los votos sino de la presión social en la calle y en el trabajo. Ningún gobierno aprueba nada mínimamente favorable a la mayoría sin que ésta lo exija, al fin y al cabo, si no lo van a poder rentabilizar en votos en las próximas elecciones para qué molestarse. Se lo ponemos tan fácil, somos tan dóciles, nos conformamos con tan poco…
 

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domingo, 12 de noviembre de 2017

JUDICIALIZACIÓN DE LA VIDA: Nada nuevo bajo el sol


Parece ser que en los últimos tiempos vivimos un aumento de la judicialización de la vida, según se encargan de recordarnos diariamente los medios de comunicación de masas. Pareciera como si hasta la fecha esto no hubiera estado sucediendo y la mal llamada Justicia no hubiera estado persiguiendo y castigando a todo aquel que no encaja o no acepta la norma.

Incluso ahora mismo, se circunscribe este fenómeno exclusivamente a lo que sucede con los políticos profesionales cuando día a día se juzga y se condena a personas que, de una forma u otra, protestan o actúan denunciando un sistema que, precisamente, destaca por su falta de justicia. Pero a todos ellos no les afecta la judicialización de la vida, porque a ojos de la masa son delincuentes sin más. Así se encargan de hacerlo saber todos los que colaboran en la elaboración de discursos y verdades oficiales.

Manifestantes de diversa índole, gente que lucha por no ser desahuciada, artistas de toda clase, periodistas, sindicalistas, activistas de movimientos sociales y un largo etcétera. Todos sin excepción son delincuentes para un sistema judicial hecho a medida del poder. Todos han incumplido la norma, la ley. Eso es lo que importa, aquí la verdadera justicia no tiene cabida.


¿Para qué y a quién sirve el sistema de justicia?

Siguiendo las argumentaciones aparecidas durante un debate sobre justicia popular entre militantes maoístas y Michel Foucault iniciado en 1971 vemos que este sistema de justicia se asienta sobre tres patas fundamentales: policía-jueces-cárcel. A lo largo de la historia moderna de los Estados se han identificado tres grandes funciones de este sistema judicial. Según la coyuntura político-social ha predominado una u otra pero siempre han estado y estarán presentes las tres.

La primera de estas funciones sería el hecho de actuar como factor de proletarización. Es decir, obligar al pueblo a aceptar la premisa tan nefasta de que la única vía de conseguir su sustento es a través del salario. Por tanto, éste debe aceptar su condición de trabajador y las condiciones de explotación que esto supone.
Esta función tuvo mucha importancia durante la época de la revolución industrial y los éxodos humanos desde el campo hasta las urbes. Toda vez asimilada la condición de trabajadores (independientemente de si se tiene empleo o no, ya que es más una cuestión de instaurar una mentalidad que una condición física real). Esta función, sufre una derivada por la que se persigue a los que, asumiendo su nuevo rol, pretenden conseguir mejoras en sus condiciones de explotación. Así se consagra la persecución al sindicalismo más combativo y, de paso, se inicia y allana el camino hacia el actual sindicalismo pactista.
Una segunda función, derivada de la primera, es hacer ver y comprender a la mayoría trabajadora que los que no aceptan y se resignan a ese papel son delincuentes, gente peligrosa. En definitiva, el desecho de una sociedad prácticamente perfecta. Por lo tanto, es imprescindible que la gente “de bien” mantenga la distancia, desprecie y condene cualquier tipo de comportamiento que no se ajuste a la norma.
En ese sentido, el sistema de justicia sirve como refuerzo a todo un entramado periodístico, sociológico y político que se encarga, en primera instancia, de construir el relato oficial que debe ser aceptado por la población. En caso contrario, es cuando actúa el sistema de justicia.

Finalmente, existe una tercera función de vital importancia. Esto es debido a que se aplica fundamentalmente sobre aquellos elementos más politizados de la sociedad. A lo largo de los tiempos, se les ha etiquetado de agitadores, revolucionarios, terroristas... Y a través de una difusa maraña de leyes que no sancionan otra cosa más que la crítica al sistema dominante, se condena a prisión a los que osan alzar la voz contra el poder en alguna de sus múltiples expresiones.


Esta enumeración de las funciones del sistema de justicia capta bastante bien, en mi opinión, la esencia de dicho sistema, por lo menos, en lo que atañe al mantenimiento y perpetuación del orden social vigente. Con el paso del tiempo posiblemente se haya refinado, se haya revestido de una supuesta legitimidad que se arroga por el hecho de que la legislación emana del Parlamento, digno representante de la voluntad popular (así reza en los dogmas de los actuales sistemas democráticos).

Pura palabrería, simples disfraces que a duras penas logran ocultar, si no fuera por el excelente trabajo que realiza el periodismo oficial, la realidad. La norma y, por tanto, la justicia tal y como   nos la hacen entender está hecha por y para unos pocos privilegiados. Precisamente, para mantener sus privilegios. De hecho, esto significa que la justicia queda suplantada por la legalidad. No les queda otro remedio porque este sistema en el que vivimos no es capaz de soportar nada, su fragilidad inherente sólo puede verse subsanada a través de una fuerza de represión global. El sistema de justicia es un pilar fundamental de esta fuerza. Sostiene en gran medida las relaciones de poder, las impone.

La judicialización de la vida no es un fenómeno novedoso. Es un elemento intrínseco del desarrollo de las democracias modernas. Es un factor destinado a dar forma a la vida social y, cada vez más, la personal. De tal manera que cada uno sepamos cuál es nuestro papel y qué podemos esperar si no nos atenemos a él. También actúa creando un relato unificador con el consabido lema de “todos somos iguales ante la ley” creando una ficción que necesita mantener de vez en cuando con el enjuiciamiento de elementos que no forman parte del pueblo. Aunque cualquiera puede observar que no son más que pantomimas, incluidos los casos que acaban con algún paso fugaz por la prisión.

Es por esto, que un cuestionamiento radical de este sistema se hace imprescindible cuando hablamos de construir una nueva sociedad, un nuevo mundo. Hay que abordar la necesidad de recuperar la justicia por encima de la legalidad y de cómo esa justicia debe ser puesta en el centro del modelo que regule las relaciones sociales.

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viernes, 29 de septiembre de 2017

DECIDIR



A estas alturas está todo dicho, o eso es lo que parece al menos. Todo el mundo parece tener clara una posición al respecto del llamado procés català. El abanico es amplio y las posibilidades múltiples.
Personalmente, soy totalmente favorable al derecho a decidir, otra cosa es la asimilación que el poder hace de eso con el hecho de llevar a cabo un referéndum. Eso, simplemente, me parece ridículo. Sin embargo, la cantidad de personas movilizadas es algo que no deja de asombrarme. No ya por el hecho en sí, pues nacionalismo y su simbología siempre ha sido un buen agitador de masas, sino por el hecho de que haya tanta gente dispuesta a desobedecer una legalidad que hasta hace bien poco seguían a pies juntillas. La lástima es que la mayoría de esas personas están dispuestas a desobedecer con la esperanza de tener un nuevo marco legal al que someterse de nuevo. Me exasperan especialmente las imágenes en las que se exaltan a políticos y mossos que han pasado de villanos a héroes como por arte de magia, o por arte de bandera. Aun así no pierdo la esperanza en aquellos que se movilizan con la intención de cambiarlo todo, aunque temo que un nuevo desencanto sepulte todavía más la semilla de una verdadera revolución.

He de reconocer que me gusta la situación. Se está agitando el árbol y eso siempre es bueno. El estado ha puesto en marcha su maquinaría de miedo y represión en funcionamiento y esto está consiguiendo que la gente se posicione en uno u otro sentido y empiecen a saltar las máscaras. Resulta, tras años de pavoneo democrático, que lo más antidemocrático es permitir que la gente vote. Desde luego tiene su gracia la cosa.
En este sentido, existe un pequeño lugar en mi mente en el que se proyecta el siguiente escenario: se realiza el referéndum o lo que se pueda; por supuesto gana el Sí pero la derecha nacionalista catalana en el poder se amilana ante la situación y no declara la independencia tal y como recoge su propia ley. Ahí, en ese instante, ante la segura represión que estará ejerciendo el Estado español y el fariseísmo del Govern català, se desata la potencia transformadora del pueblo buscando las vías para una verdadera independencia lejos de cualquier estructura de estado.
Posiblemente no sea más que una ensoñación, un deseo no reconocido. Pero si llega a suceder, ahí sí deberíamos estar todos, no sólo Cataluña.

Particularmente, me interesa más el proceso que el resultado. Soy más de abolir fronteras y estados que de crear uno nuevo o reforzar uno ya existente. Pase lo que pase mi trinchera será la misma, la de enfrente, la que está en contra del poder establecido sea cual sea su bandera.
El proceso y sus connotaciones es lo que hace reflexionar y plantearme algunas cuestiones y es de lo que quiero hablar:

Desde el preciso instante en que hablamos de decidir como un derecho ya podemos intuir que esa elección no va a ser muy libre. Pedir permiso para decidir algo nos sitúa en un plano de dependencia absoluta. Es cierto que a lo largo de la historia lo que llamamos derechos han sido conquistados (normalmente) a través de la presión y la lucha social. Sin embargo, no hay que olvidar que en última instancia es el poder el que lo otorga y cuando lo hace ya tiene perfectamente controladas todas las variantes que puedan suceder a raíz de esa concesión.

La mera existencia de personas capaces de negar el derecho a decidir a sus semejantes nos da la medida de hasta qué punto la noción de dominación está instalada dentro de cada uno de nosotros. Negar la potestad de decidir en nombre de un bien superior, ya sea la legalidad, la patria, el estilo de vida… es situarnos en el plano de la sumisión, de la negación de nuestra potencialidad como humanos.
En ese plano nos situamos la inmensa mayoría de la población. A diario, con nuestros actos, nuestros silencios, condenamos a millones de personas a no poder decidir nada ya que su única alternativa es tratar de mantenerse con vida un día más.

Ni siquiera nosotros, miembros complacidos que formamos parte de una sociedad con abundancia de inútiles pero reconfortantes comodidades materiales, tenemos la libertad de decidir. Sometidos a factores tales como las leyes y su desarrollo penal (siempre y en todos lados, realizadas por y para proteger a los poderosos y sus posesiones); el salario, única forma que permiten esas leyes para que cualquiera que no forme parte de ese poder pueda tratar de conseguir el sustento que le mantenga vivo. El miedo y su escudera la desinformación que desde bien pequeños nos inculcan desde todos los ámbitos posibles; y tantos otros factores, hacen que nuestras decisiones siempre estén condicionadas y nuestra independencia sea más ficticia que real.

Porque una cosa es el derecho a decidir y otra muy distinta la libertad de decidir. Y de libertad, tal y como hacemos funcionar el mundo y funcionamos nosotros mismos, tenemos más bien poca.

Pocas cosas más importantes pueden haber que poder decidir tu independencia. Qué más quisiéramos que meter una papeleta en una urna y decidir acabar con la usura bancaria, la dictadura salarial, el sometimiento legislativo, la posesión y el miedo a perderla y tantas otras cuestiones que nos convierten en esclavos de la peor clase. Aquellos que se muestran orgullosos de serlo y están dispuestos a todo por defender su condición.
 

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domingo, 3 de febrero de 2013

CORRUPCIÓN


Como veníamos comentando en el post anterior, el sistema ha encontrado la vía de escape oficial con el tema de la corrupción y la necesaria regeneración política y democrática.
Los últimos acontecimientos referidos a la financiación ilegal del PP y a los, ya famosos, papeles de Bárcenas y sus sobres han vuelto a incendiar a la sociedad. Todo el peso mediático se ha centrado en ello y los grandes medios de desinformación llenan páginas y horas sobre ello (a excepción de la radiotelevisión pública fiel a su papel de altavoz oficial del régimen). Siguiendo a rajatabla las órdenes dadas desde sus cúpulas empresariales que dirigen los hilos en función de sus intereses, ya que no hay que olvidar que estos medios forman parte de grandes conglomerados multinacionales.

La idea que se está tratando de transmitir es tan simple como atractiva: el problema es la corrupción política y el deficiente sistema democrático fruto de la transición. Por tanto, la solución a todos nuestros problemas reside en arreglar esto. Así, siguiendo esta línea argumental, nos encontramos con la corrupción política generadora de una crisis de representatividad (de paso aderezado con la corrupción de la casa irreal) y un bipartidismo incapaz de seguir creando ilusiones creíbles para la población son los nuevos mártires a sacrificar en el teatro capitalista.

Seamos sinceros, la corrupción en el PP es intolerable y una muestra más del desprecio absoluto que sienten por aquellos a quien dicen representar pero, desde luego, no es la excepción dentro de la normalidad democrática en la que nos dicen que vivimos. El PP no es más que un botón de muestra, la corrupción es algo inherente al sistema capitalista.

No hay que entrar demasiado en detalle para que cualquiera pueda ver claramente que todo gobierno no es más que un órgano gestor de los intereses de los poderosos. El poder económico se sirve del político y, éste, recoge el fruto por el trabajo bien hecho. Los gobernantes, como buenos empleados, venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Eso es todo. Unos lo llaman corrupción; otros funcionamiento normal de las dictaduras parlamentarias. No podemos esperar otra cosa de un sistema en el que todo y todos somos meras mercancías y cuyo único objetivo es el beneficio económico y la dominación. El PP es un granito más de la corrupción dentro de un sistema corrupto hasta la médula.

Un sistema político social que ensalza valores como el éxito, la competitividad, el crecimiento ilimitado, la posesión personal a través del ejercicio de la dominación y el fomento del consumo desmesurado y llevado al límite de lo absurdo lleva, irremediablemente, a la corrupción como vía rápida de conseguir todo esto. Así, el capitalismo, premia la corrupción como método a seguir en cualquier esfera de la vida.

Corrupción en la política cuando se usa el poder para el propio beneficio o el de terceros, corrupción en la esfera laboral cuando se pagan salarios de miseria y se exige la vida del trabajador, corrupción en la educación cuando se fomentan los valores capitalistas a sabiendas de que esto conlleva una sociedad desigual, corrupción en la sanidad cuando se medicaliza a las personas bajo cualquier pretexto y se ignoran los factores sociales y ambientales que nos enferman, corrupción en las relaciones sociales cuando se intenta aparentar lo que no se es a base de posesiones materiales sin sentido, corrupción en la justicia cuando sistemáticamente se criminaliza a la gente que lucha, corrupción en la universidad cuando la intelectualidad justifica y legitima un sistema criminal, corrupción en los servicios sociales al permitir la miseria oficializada en lugar de denunciar la injusticia social, corrupción en los medios de comunicación cuando sirven de altavoz del poder en lugar de avanzadilla de la sociedad, corrupción en los cuerpos policiales y militares que defienden los intereses del poder a sangre y fuego,…

Por eso, el poder pretende centrar toda la rabia y el desengaño de la gente en  la corrupción política, porque así mantiene intactos todos los otros ámbitos de corrupción, que son mucho más importantes para el buen funcionamiento del sistema. Al fin y al cabo un gobierno es lo más fácil de sustituir (incluyendo la jefatura de estado si hace falta). Si el PP no resiste el desgaste, se podría dar un par de situaciones que el sistema contempla: elecciones anticipadas con un más que previsible gobierno PPSOE puesto que no hay alternativa viable en la actualidad; o bien, un gobierno de tecnócratas impuesto por la Troika. La estrategia está servida: como siempre, el sistema se adelanta a los acontecimientos y lo hace antes de que tanta indignación y rabia se autoorganice creando una red de poder popular (cosa en mi opinión todavía poco probable pero, desde luego, para nada imposible). No hay que olvidar que todo el asunto lo destapa El País que es la voz oficial del capitalismo en España y lo secunda El Mundo que, además, aglutina al sector más nacionalista del sistema. Por tanto, parece claro que la elección del momento no parece casual.

Sin embargo, como cada vez que el poder se descubre, abre una ventana a la oportunidad de la respuesta popular y eso es algo que no podemos desaprovechar. Si la chispa que lance definitivamente a la gente a la calle son los sobres y la corrupción del PP, pues que sea. Pero que no se pierda la perspectiva de lo que realmente es el problema: el Capitalismo.

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domingo, 27 de enero de 2013

DE LA REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA Y POLÍTICA

Seguimos la travesía por estos tiempos convulsos. A nuestro alrededor la maquinaria capitalista continua con su acelerada destrucción de la misma esencia humana que durante siglos ha ido perfeccionando y poniendo a punto y que, ahora, ha decidido aplicar con potencia sobre la Europa del sur con especial dedicación.
Después de varios años de sufrir esta aceleración del capitalismo más salvaje y criminal parece ser que, al menos en el Estado español, ya hemos encontrado la receta mágica que todo lo cura: la regeneración democrática.
Ya hace tiempo que los grandes medios de desinformación se encargan de dejar caer este concepto para que lo vayamos asimilando y, al parecer, con un resultado excelente. La idea es tan simple como atractiva: el problema es la corrupción política y el deficiente sistema democrático fruto de la transición. Por tanto, la solución a todos nuestros problemas reside en arreglar esto.
Como siempre, una de las principales características del poder capitalista es su especial habilidad para reconocer los puntos débiles de la sociedad y explotar tanto sus miedos como sus esperanzas, sobre todo las fundadas en falsas creencias acerca del poder de la democracia representativa. Ayudado en sus medios de propaganda y en las ilustres firmas que en ellos se encargan de propagar el pensamiento único. Siempre a cambio del favor del sistema, están lanzando el mensaje de que la clave de todos los males reside en un sistema político deficiente.
Por supuesto, todos los medios utilizan un concepto de política reducidísimo, asimilando la política a la acción que realizan los partidos políticos reconocidos por el sistema como los únicos y legítimos agentes de la acción política. Esta asimilación persigue un doble objetivo: por un lado, negar cualquier posibilidad al pueblo de participación política fuera de los rediles de los partidos políticos, perfectamente controlados a través de sus estructuras de poder internas y su dependencia económica externa. Por otro lado, al recluir la política al ámbito de los partidos la regeneración de la política pasa siempre por cuestiones que solamente tienen que ver con los partidos y su funcionamiento.
Pasa lo mismo con el constante engaño al que nos somete el sistema haciéndonos creer que la democracia es esto que sufrimos cada día; cuando no es otra cosa que una oligocracia donde el poder lo ostentan los mismos desde hace décadas. Así pues, cuando los voceros del poder hablan de regeneración democrática a través de infumables editoriales en todos los medios. Siempre se refieren a este sistema parlamentario y representativo (que tan sólo representa a la clase dominante) sin dejar ni un resquicio a la acción del pueblo autoorganizado.
Estas asimilaciones contienen el peligro de dar pie a diferentes salidas. Por un lado, es posible que se pretenda tan sólo un pequeño maquillaje del sistema político a través de cambios que nada cambian como explicamos más adelante (seguramente ésta es la opción preferida por el sistema y por la que aboga ahora mismo). También puede llevar a una solución intermedia al estilo Italia o Grecia, es decir, un gobierno elegido a dedo por el capital ante la inoperancia de los partidos tradicionales. Finalmente, si el poder se siente amenazado no cejará en el descrédito político con el fin de predisponer a la población hacia la necesidad de un gobierno de unidad nacional o uno neofascista.
De esta manera, el sistema está consiguiendo reconducir todo el descontento y la desesperación del pueblo hacia esta cuestión de la regeneración. Han decidido poner en primer plano los casos de corrupción política, de financiación irregular de partidos, etc., y les han asignado el papel de culpables y, por tanto, de responsables de todos los males habidos y por haber. Todo son comparaciones entre el dinero robado por partidos y políticos y los puestos de trabajo que se podrían crear con esas cantidades, o los recortes que no hubieran tenido que hacer si ese dinero hubiese estado disponible.
Siguiendo este razonamiento, muchas de las luchas que se han ido creando y llevado adelante durante los últimos tiempos están empezando a inclinarse por estas tesis. Proliferando las voces que exigen está regeneración y la creación de todo tipo de partidos frentepopulistas para tratar de ser partícipes de la regeneración que nos impone el poder.
Ante este panorama vuelven a aparecer las recurrentes propuestas que según el poder nos acercaría a la perfección democrática. A saber, listas abiertas en todas las votaciones, cambio de la ley d’hondt por una más “representativa”, transparencia absoluta en la gestión del dinero público, poner fin a las subvenciones que reciben los partidos, articulación de mecanismos para la participación ciudadana (es decir, mejorar un poquito el tema de las ILPs),… por supuesto, todo esto obviando la verdadera cuestión de fondo.
Vivimos bajo un régimen global capitalista que antepone la dominación y el beneficio económico a cualquier otra consideración. El sistema político es tan sólo una coyuntura dentro de la globalización capitalista y tiene la forma que el poder considera oportuna en cada momento histórico.
Son la explotación sin límite de los seres humanos y del planeta, la mercantilización de todos los aspectos de la vida, la imposición de la posesión como el máximo exponente de la realización humana y la total anulación de la libertad humana los pilares de la actual situación de crisis global.
Es en estos aspectos donde debemos volcar todo nuestro entusiasmo y nuestra fuerza. Sin embargo, no podemos desdeñar la oportunidad que nos ofrece el sistema. Desde luego que es imprescindible la regeneración política y democrática, pero no en el sentido que el poder nos quiere hacer comprender; sino en el verdadero sentido. Necesitamos recuperar la verdadera política, la que realizamos todas las personas en cada acto de nuestras vidas y necesitamos recuperar la democracia, la única que merece ese nombre, aquella en la que todos tenemos la oportunidad de crear el mundo y la sociedad en la que queremos vivir.
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lunes, 17 de septiembre de 2012

NO ME REPRESENTAN, NI ELLOS NI SU MUNDO


Ha resonado miles de veces ese grito del “no nos representan” en incontables actos de todo tipo y, para mí, sigue estando perfectamente vigente. Quiero, en estas líneas, personalizar el significado de esta expresión.

No me representan esos políticos encumbrados en un pedestal de lodo que toman decisiones que afectan a millones de personas con el único interés de servir a los poderosos, al partido y a sí mismos. Me da igual que no todos sean iguales, que existan unos menos malos que otros. Todos sin excepción colaboran con el orden establecido y con el modelo social que nos aboca a la inmensa mayoría a callar, agachar la cabeza y dar gracias por lo que creemos tener. Sean del signo que sean, perpetúan la condición de que para hacer política (en el sentido restringido que se le da a la expresión dentro del sistema capitalista) hay que ser del partido; sino eres un simple agitador o delincuente. Esto no es un discurso parafascista (aquello de ni de derechas ni de izquierdas, sin partidos pero bajo la bota opresora). Esto es una llamada antiautoritaria, es un grito contra los que se adueñan del control en nombre de los controlados.

Los partidos políticos con sus funcionamientos jerárquicos y sus múltiples cabecillas intermedios (en constante ascenso hacia la cúpula dirigente) son el escenario perfecto para el amiguismo, las corruptelas y las puñaladas por la espalda. Hace mucho tiempo que en el día a día de las organizaciones se antepone el quién soy y de dónde vengo a la validez del trabajo realizado. Muchísimos militantes de base podrían corroborar esto.

Todos contribuyen al mantenimiento de unas instituciones elitistas donde se toman las decisiones (gobiernos, parlamentos, comités ejecutivos, partidos, fuerzas represivas,…) siempre al margen del pueblo, sin posibilidad para nosotros.

Puedo comprender cuando la gente dice que el problema es el choriceo de los políticos y su falta de honradez. Lo comprendo pero no lo comparto plenamente, esa es tan sólo una pequeña parte del problema.

Si los políticos no se apropiaran de nuestro dinero, el sistema político, económico y social seguiría siendo exactamente el mismo: seguirían muriendo millones de personas cada año por la avaricia voraz de un sistema que engulle todo lo que necesita y vomita los restos cuando ya no le aprovechan; seguirían existiendo millones de niños trabajando como esclavos para complacer las exigencias de una parte de la población totalmente obnubilada por la sociedad de consumo y su imperiosa necesidad de poseer a cualquier precio; millones de mujeres seguirían siendo las víctimas propiciatorias de un sistema basado en la dominación del hombre sobre la mujer; se seguiría envenenando el planeta y acabando con él como si no fuera nuestro hogar (único y precioso hogar); continuaríamos viviendo en un mundo donde la propiedad privada y su acumulación servirá de justificación para el sometimiento de la inmensa mayoría por parte de una pequeña élite sustentada precisamente en esos políticos y el poder que se otorgan cuando dicen representar al pueblo sin rendir cuentas jamás.

 
En este contexto hay que tener claro que nunca una solución podrá ser el cambio de cromos. El sistema de representación parlamentaria a través de las urnas ha sido uno de los mayores, sino el mayor, método de desactivación política jamás ideado por el poder. A lo sumo, se puede conseguir una “dictadura socialdemócrata”, eso tan bonito del capitalismo amable (traducción: una buena parte de la gente que comparte tu territorio vive en la ilusión de estar más o menos bien pero al resto del mundo que le jodan) que espero que a estas alturas de la película ya no cuele (aunque me temo que todavía cuela y mucho).

Necesitamos pensar en un nuevo modelo social en el que todo el mundo tenga cabida mientras seguimos en la calle con la protesta. Ese modelo social implica, necesariamente, la participación de todas las partes. Y esto es lo más complicado: crear una manera de relacionarnos que se ajuste a todas las nuevas realidades y necesidades.

El esfuerzo es enorme pero la situación así lo requiere, estamos en una carrera salvaje hacia la dominación total. Ellos no van a parar, nosotros no debemos desfallecer.


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martes, 14 de agosto de 2012

DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD NACIONAL

Lo veníamos contando en artículos anteriores (1, 2 y 3). El Estado, lejos de desmantelarse como afirma la propaganda de los medios de desinformación, sigue reforzando su estructura principal: la encargada de controlar y reprimir a la sociedad.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, contará con un Departamento de Seguridad Nacional, según la modificación del Real Decreto del 13 de enero que se publicaba el pasado 23 de julio en el Boletín Oficial del Estado (B.O.E.). Seguimos así la estela, como siempre, de los EEUU y, tras dejar que utilicen la base de Rota como punta de lanza de la red de “defensa” (como ya sabemos todos, en el lenguaje oficial defensa significa ataque) global y la llenen de submarinos repletos de armamento nuclear ahora también tenemos Departamento de Seguridad Nacional (y su consiguiente máximo responsable, Alfonso de Senillosa).

Tal es la importancia de esta cuestión, que la modificación del Real Decreto se ha producido por un cauce muy poco habitual. Ha sido habilitada directamente por el Presidente del Gobierno sin pasar, siquiera por el Consejo de Ministros. Así se dispone que «bajo la dependencia orgánica y funcional del director adjunto del Gabinete», el Departamento de Seguridad Nacional «es el órgano permanente de asesoramiento y apoyo técnico en materia de Seguridad Nacional a la Presidencia del Gobierno».

Según la prensa oficialista las funciones de este nuevo aparato de control social serían las siguientes:

Siete funciones

Entre las funciones del Departamento de Seguridad Nacional, la modificación del Real Decreto constata:

1. Contribuir a la elaboración, implantación y revisión de las estrategias, así como la coordinación y el seguimiento de las directivas y la integración de los planes que en materia de seguridad nacional se desarrollen.

2. Contribuir a la elaboración de propuestas normativas, estudios e informes sobre Seguridad Nacional y la divulgación de la información que resulte de interés en esa materia, sin perjuicio de las funciones que correspondan a otros órganos.

3. Estudiar y proponer, en su caso, la normativa necesaria para el funcionamiento y actuación del Sistema Nacional Gestión de Situaciones de Crisis, así como programar y coordinar los ejercicios de conducción de crisis.

4. Prestar apoyo a los órganos del Sistema Nacional de Gestión de situaciones de Crisis, asumiendo las funciones de Secretaría Técnica de la comisión Delegada del Gobierno para Situaciones de Crisis y de aquellos otros que determine el Presidente del Gobierno.

5. Mantener y asegurar el adecuado funcionamiento del Centro Nacional de Conducción de Situaciones de Crisis y las comunicaciones especiales de la Presidencia del Gobierno, así como proteger su documentación.

6. Realizar el seguimiento de los riesgos, amenazas o situaciones de crisis o emergencia nacionales e internacionales, en coordinación con los órganos y autoridades directamente competentes, y servir como órgano de apoyo para las decisiones de la Presidencia del Gobierno o de la Comisión Delegada del Gobierno para Situaciones de Crisis.

7. Analizar los posibles escenarios de crisis, estudiar su posible evolución, diseñar y custodiar, en coordinación con los órganos competentes los planes de contingencia que respondan a cada una de la situaciones, manteniéndolos actualizados, elaborando con los respectivos Ministerios los catálogos de medidas de respuesta.

La primera tarea de este Departamento es elaborar una nueva estrategia de seguridad nacional. Normalmente, en estas estrategias aparecen varios apartados:
- Seguridad territorial (“el funcionamiento ininterrumpido como un Estado independiente y más específicamente la integridad territorial del país”)

- Seguridad económica (“el funcionamiento ininterrumpido del país como una economía eficaz y eficiente”)

- Seguridad ecológica (“capacidad de auto-recuperación suficiente del medioambiente en caso de alteración”, refiriéndose, por ejemplo, tanto a la gestión de los recursos hídricos como al cambio climático)

- Seguridad física (“funcionamiento ininterrumpido de los seres humanos en su medioambiente”, poniendo como ejemplos una ruptura de los diques o un accidente en una factoría química)

- Estabilidad social y política (“la existencia continuada e ininterrumpida de un clima social en el que los grupos de personas vivan sin mayores conflictos en el marco de un Estado democrático y valores esenciales compartidos”)


Un vistazo rápido a estos apartados nos lleva a ver cuáles van a ser los verdaderos objetivos de todo esto:
La creación de una gran red de espionaje y control social para tener controlados a cada uno de los habitantes del Estado, tal y como se ha ido haciendo en las últimas décadas, con la excepción de que antes se perseguía a aquellos con ideales fuera del orden establecido (sic), ahora todo el mundo será objeto de seguimiento y control.

Especial atención merece el apartado de seguridad económica. Este organismo va a asegurarse de que el país funcione como una economía eficaz y eficiente, es decir, se va a encargar de perpetuar este sistema esclavista pasando por encima de cualquier derecho individual de los seres humanos. Van a garantizar que nada cambie y que la minoría que domina y maneja el sistema se continúe lucrando infinitamente a costa de la inmensa mayoría de explotados y oprimidos. Para ello, van a hacer valer el objetivo de la estabilidad social y política, ¿Cómo? Pues exactamente como se dice un poco más arriba: garantizando una sociedad sin conflictos dentro del marco de un Estado democrático. ¿Cómo se traduce esto? Garantizando la “paz social”, es decir, criminalizando todo intento de desobediencia civil y ejerciendo la represión en todas sus vertientes (policial, judicial, económica, laboral, política,…), siguiendo con sus políticas de adoctrinamiento social a través de los medios de control social de masas (sistema educativo, medios de desinformación, ocio consumista,…) y pactando con los “agentes sociales” el reparto de las migajas y la caridad de Estado.

Todo esto es lo que ellos llaman democracia y el Departamento de Seguridad Nacional no tiene otro objetivo que mantener a toda costa este estado de la situación.

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miércoles, 25 de julio de 2012

VIVIMOS TIEMPOS DIFÍCILES

Vivimos tiempos difíciles.

Las últimas medidas tomadas por los farsantes que ejercen el control del Estado nos acercan un poco más a la esclavitud total que el capitalismo tiene reservada para la mayoría de la población mundial, incluida nuestra sociedad occidental que se creía inmune a la depredación del sistema.

En los últimos años el “capitalismo amable” se ha revelado como una trampa mortal en la que la mayoría caímos sin mirar atrás. Ahora no tenemos excusa, vemos a diario cuál es la verdadera cara de todo esto. Nos escandalizamos al ver cómo pretenden que vivamos como trabajadores chinos, sin embargo durante años no nos ha importado vivir mejor a costa de ellos siempre pensando en lo bien que se vivía en nuestro pequeño paraíso de objetos inútiles pero baratos, que en nada enriquecían nuestro espíritu pero que nos llenaban el alma de un gozo estéril. Qué poco nos importaban esos millones de pequeños seres humanos que trabajaban innumerables horas cada día para que nosotros disfrutáramos del último modelo de zapatillas, o de los miles que se jugaban la vida a cada instante para que pudiéramos lucir el móvil más futurista. Ahora nos sorprendemos cuando vemos que uno de cada tres niños en nuestro país se acuesta sin cenar porque en su casa ya no pueden ofrecerle la comida suficiente. Nos parece mentira que un cuarto de la población española viva por debajo del umbral de la pobreza. Sin embargo, esa es la realidad. Parece que empezamos a tomar conciencia de lo que este sistema representa para los seres humanos: esclavitud, dolor y muerte. En el mejor de los casos, viviendo bajo ese “capitalismo amable” una vida carente de esperanzas y proyectos dedicada a vendernos a cambio de nuestro trabajo hasta el final de nuestros días.

Eso que llaman Estado democrático, de derecho y social, por fin, se nos ha revelado como el auténtico Estado dictatorial que es. Una tras otra las cartas se han ido levantando hasta dejar a la vista la cruda realidad que durante años hemos preferido ignorar: somos simple mercancía que consume y es consumida. Para ellos, no tenemos más valor que el que nos atribuyen como fuerza bruta (cuando es necesaria) y como consumidores del producto de la fuerza bruta de los demás. Cuando dejamos de tener ese valor simplemente nos condenan a desaparecer. Estos Estados democráticos nos tuvieron durante décadas engañados con su estado del bienestar que no era otra cosa que su manera de mantener sana a la masa trabajadora y su forma de adoctrinarla en las bondades de la sociedad de consumo. Cuando el objetivo se ha cumplido, cuando todo vestigio de revolución social ha sido extirpado han dado por finalizada esta fase y han iniciado un nuevo camino, el camino sin retorno que tan bien conocen dos terceras partes de la población mundial ya que lo han padecido desde tiempos inmemoriales.

Lo dijimos hace tiempo e insistimos, no es posible volver atrás. La solución no pasa por proyectos políticos, con sus estructuras altamente antidemocráticas, situados dentro del actual juego sistémico (ni proyectos mayoritarios ni minoritarios) que jamás se atreverán a romper las normas ni a atacar las raíces de este sistema tan injusto.

En el Estado Español tenemos infinitos ejemplos de opciones políticas que con diferentes máscaras sirven a los intereses del capital. No hay uno sólo, desde la rancia derecha del PP o UPyD hasta la supuesta izquierda radical como IU o Bildu, que no acaten a pies juntillas los dictados de los grandes jerifaltes del capitalismo. La peor parte, como siempre en estos casos, se la lleva esa supuesta “izquierda de verdad” (la derecha no engaña, va a lo que va y quien no lo quiera ver tiene un problema) que a la mínima que alcanzan un poco de poder pone su mejor cara de resignación y dice que tiene las manos atadas y que las circunstancias obligan. En fin, si la hipocresía fuera comestible podríamos alimentarnos todo el planeta sin problemas con esta pandilla de embaucadores.

Pero vamos a ser un poco honestos. Esto pasa aquí y en todas partes y es bien cierto que nada pueden hacer. Por supuesto, omiten decir que sería imposible seguir chupando del bote y hacer política a favor del pueblo y la libertad. Obviamente, ante la disyuntiva nadie se saca la teta de la boca y siguen jugando el papel que tienen asignado.

Decíamos que esta situación no es exclusiva del Estado Español. El capitalismo controla el juego político a su antojo como vimos en Grecia e Italia cuando decidieron imponer directamente a sus Gobiernos. Incluso se permiten el lujo de, ante la supuesta amenaza que representaba Syriza (“la izquierda radical” según repetían machaconamente todos los medios de desinformación) que no era más que una amalgama de la izquierda socialdemócrata y varios colectivos antiglobalización, de poner en marcha su maquinaria de control social para asegurarse el resultado más conveniente.

Por tanto, no cabe más que pensar que la salida de esta situación no pasa por la política oficialista que como mucho pondrá todas las tiritas que pueda para aminorar la hemorragia sin decidirse jamás a atacar la causa de la enfermedad.

La salida pasa por nuevas formas de organización y participación, en la que todo el mundo pueda (y lo haga) implicarse de manera directa. También pasa por romper esas cadenas mentales que nos unen a un modelo de vida, el capitalista, que no se corresponde con la esencia humana ni con nuestro lugar dentro de ese todo llamado Tierra. Pasa por recuperar la fe en nuestra propia potencia creadora y en aunar esfuerzos con el resto.

En definitiva pasa por creer de verdad que ese otro mundo es posible y por desear que ese otro mundo sea una realidad. A partir de ahí, hay que obrar en consecuencia (a cada cual su historia personal, su conciencia político-social,… le hará seguir su camino en ese obrar en consecuencia) y, sobre todo, no desfallecer jamás.
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martes, 15 de noviembre de 2011

EL NUEVO MODELO DEMOCRÁTICO: GRECIA E ITALIA

En los últimos días hemos asistido a una nueva evolución de este sistema democrático que nos han vendido como el único posible. En una nueva vuelta de tuerca, los grandes capitalistas han decidido dejarse de farsas y pasar de las elecciones (la gran fiesta de la democracia, o eso nos dicen a todas horas) para colocar a los jefes de Gobierno de Grecia e Italia.


Tanto Papandreu como Berlusconi (tiene huevos que con todos los motivos que ha dado este energúmeno, para largarlo de su puesto y del planeta ya puestos, haya tenido que ser esa cosa llamada mercado financiero la que le haya hecho dimitir) han salido por la puerta de atrás a la mínima que no han seguido al pie de la letra los deseos de las instituciones financieras. En su lugar se ha colocado a dos personajes que son vendidos como “expertos” que han venido para salvar la papeleta de sus respectivos países. Veamos quiénes son estos salvapatrias.

Lucas Papadimos es un doctor en economía graduado en el MIT. Fue economista jefe del Banco Central Griego desde 1985 hasta 1993. A partir de 1994 y hasta 2002 fue el gobernador de dicho banco, desde ahí dio el salto y se convirtió en la mano derecha de Trichet en el BCE hasta 2008. Es decir, un artífice de la gran mentira económica griega y actor principal de la dictadura del BCE, tiene que salvar a Grecia del fondo del pozo donde ha contribuido sobremanera a meterla.

Mario Monti fue comisario europeo durante muchos años (con varios gobiernos italianos) además de rector de la universidad de Bocconi, en la Comisión europea ha tenido la máxima responsabilidad en áreas como mercado interior y competencia. Este buen hombre ha sido (o lo es) asesor de compañías como Coca Cola y Goldman Sachs (curiosamente durante la época en que este banco ayudó a expoliar a Grecia). Para mayor gloria, ha sido un miembro importante de la Comisión Trilateral cuyo objetivo principal es imponer el capitalismo salvaje por todo el mundo.

Situados los sujetos, no hace falta mucha imaginación para saber cuáles van a ser las políticas aplicadas a partir de ya en estos dos países: más de lo mismo tirando a peor, es decir, adiós a cualquier atisbo de justicia económica y derechos de cualquier tipo para el pueblo.

De todo esto, hay una conclusión inevitable y es que la democracia ha muerto y, por tanto, debemos abandonar toda esperanza de cambiar el sistema desde dentro. El último bastión democrático que le quedaba a todos aquellos que todavía tenían fe en este sistema de representación ha sido eliminado de un plumazo. Finalmente, hemos visto que la soberanía no reside en el pueblo sino en el gran capital. La voluntad del pueblo ha sido violada y aniquilada de un plumazo con la complicidad de políticos y medios de comunicación que no han tenido ningún rubor en legitimar lo que claramente es un Golpe de Estado.
La confirmación de que vivimos bajo el yugo de una dictadura es tan evidente que el circo electoral que estamos viviendo en España en estos momentos toma tintes dramáticos cuando veo a tanta gente con verdadera voluntad de cambio que todavía ve posible que todo se arregle con un resultado electoral favorable a un determinado partido (sea el que sea). Sólo el pueblo es el legítimo dueño de la soberanía y visto lo visto sólo la podrá ejercer cuando todos nos decidamos a tomar las riendas de nuestras vidas sin ningún tipo de intermediario o representante.

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