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jueves, 7 de diciembre de 2017

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DESECHOS HUMANOS


El próximo 10 de diciembre se conmemora un aniversario más de la aprobación por parte de la ONU de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Esta declaración, al igual que tantos otros insignes documentos, muestra el nivel de mezquindad de aquellos que se llaman representantes del pueblo. Se aprobó tras el desastre humano de la II Guerra Mundial para mantener la confianza en el poder de la democracia. Quien tenga ganas puede echar un vistazo a la declaración original y juzgar por sí mismo…
 
 
Yo a la vista de lo sucedido durante todos estos años prefiero mostrar una versión actualizada y reducida, conocida como la Declaración Universal de los Desechos Humanos. Sinceramente, creo que se ajusta mucho más a la realidad.
 
Artículo 1
Toda persona será considera mercancía y será tratada como tal. Se les clasificará y se les pondrá precio en función de su origen, sexo, raza y utilidad al sistema.
 
Artículo 2
Todos los seres humanos son iguales y tienen el mismo derecho a ser explotados hasta la muerte en pos de un bien superior, es decir, el de los creadores de esta declaración.
 
Artículo 3
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona siempre y cuando nos sea útil para el funcionamiento del engranaje social. En caso contrario su vida no vale nada y deberá morir.
 
Artículo 4
Toda persona es susceptible de ser esclavizada. Según dónde viva podrá optar entre dos opciones: esclavitud vieja escuela o dictadura del salario.
 
Artículo 5
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. A excepción de todos los que sean considerados enemigos del sistema (reales o no) que conforman la inmensa mayoría de la población humana.
 
Artículo 6
Toda persona tendrá derecho a soñar con alcanzar la felicidad que le ofrece el consumo. Asimismo, tiene la obligación de sentirse culpable por no alcanzarla.
 
Artículo 7
En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país. Toda persona que tenga varias cuentas bancarias con más de seis dígitos, el resto serán considerados inmigrantes de mierda y tratados como escoria.
 
Artículo 8
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Siempre y cuando acepte el pensamiento único capitalista y la religión del dinero. También tiene derecho a opinar y expresar lo que los poderosos consideren oportuno.
 
Artículo 9
Toda persona tiene obligación de ganarse la vida con el sudor de su frente a excepción de los que posean la riqueza económica y la propiedad de los medios de producción.
 
Artículo 10
Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.
 

viernes, 29 de septiembre de 2017

DECIDIR



A estas alturas está todo dicho, o eso es lo que parece al menos. Todo el mundo parece tener clara una posición al respecto del llamado procés català. El abanico es amplio y las posibilidades múltiples.
Personalmente, soy totalmente favorable al derecho a decidir, otra cosa es la asimilación que el poder hace de eso con el hecho de llevar a cabo un referéndum. Eso, simplemente, me parece ridículo. Sin embargo, la cantidad de personas movilizadas es algo que no deja de asombrarme. No ya por el hecho en sí, pues nacionalismo y su simbología siempre ha sido un buen agitador de masas, sino por el hecho de que haya tanta gente dispuesta a desobedecer una legalidad que hasta hace bien poco seguían a pies juntillas. La lástima es que la mayoría de esas personas están dispuestas a desobedecer con la esperanza de tener un nuevo marco legal al que someterse de nuevo. Me exasperan especialmente las imágenes en las que se exaltan a políticos y mossos que han pasado de villanos a héroes como por arte de magia, o por arte de bandera. Aun así no pierdo la esperanza en aquellos que se movilizan con la intención de cambiarlo todo, aunque temo que un nuevo desencanto sepulte todavía más la semilla de una verdadera revolución.

He de reconocer que me gusta la situación. Se está agitando el árbol y eso siempre es bueno. El estado ha puesto en marcha su maquinaría de miedo y represión en funcionamiento y esto está consiguiendo que la gente se posicione en uno u otro sentido y empiecen a saltar las máscaras. Resulta, tras años de pavoneo democrático, que lo más antidemocrático es permitir que la gente vote. Desde luego tiene su gracia la cosa.
En este sentido, existe un pequeño lugar en mi mente en el que se proyecta el siguiente escenario: se realiza el referéndum o lo que se pueda; por supuesto gana el Sí pero la derecha nacionalista catalana en el poder se amilana ante la situación y no declara la independencia tal y como recoge su propia ley. Ahí, en ese instante, ante la segura represión que estará ejerciendo el Estado español y el fariseísmo del Govern català, se desata la potencia transformadora del pueblo buscando las vías para una verdadera independencia lejos de cualquier estructura de estado.
Posiblemente no sea más que una ensoñación, un deseo no reconocido. Pero si llega a suceder, ahí sí deberíamos estar todos, no sólo Cataluña.

Particularmente, me interesa más el proceso que el resultado. Soy más de abolir fronteras y estados que de crear uno nuevo o reforzar uno ya existente. Pase lo que pase mi trinchera será la misma, la de enfrente, la que está en contra del poder establecido sea cual sea su bandera.
El proceso y sus connotaciones es lo que hace reflexionar y plantearme algunas cuestiones y es de lo que quiero hablar:

Desde el preciso instante en que hablamos de decidir como un derecho ya podemos intuir que esa elección no va a ser muy libre. Pedir permiso para decidir algo nos sitúa en un plano de dependencia absoluta. Es cierto que a lo largo de la historia lo que llamamos derechos han sido conquistados (normalmente) a través de la presión y la lucha social. Sin embargo, no hay que olvidar que en última instancia es el poder el que lo otorga y cuando lo hace ya tiene perfectamente controladas todas las variantes que puedan suceder a raíz de esa concesión.

La mera existencia de personas capaces de negar el derecho a decidir a sus semejantes nos da la medida de hasta qué punto la noción de dominación está instalada dentro de cada uno de nosotros. Negar la potestad de decidir en nombre de un bien superior, ya sea la legalidad, la patria, el estilo de vida… es situarnos en el plano de la sumisión, de la negación de nuestra potencialidad como humanos.
En ese plano nos situamos la inmensa mayoría de la población. A diario, con nuestros actos, nuestros silencios, condenamos a millones de personas a no poder decidir nada ya que su única alternativa es tratar de mantenerse con vida un día más.

Ni siquiera nosotros, miembros complacidos que formamos parte de una sociedad con abundancia de inútiles pero reconfortantes comodidades materiales, tenemos la libertad de decidir. Sometidos a factores tales como las leyes y su desarrollo penal (siempre y en todos lados, realizadas por y para proteger a los poderosos y sus posesiones); el salario, única forma que permiten esas leyes para que cualquiera que no forme parte de ese poder pueda tratar de conseguir el sustento que le mantenga vivo. El miedo y su escudera la desinformación que desde bien pequeños nos inculcan desde todos los ámbitos posibles; y tantos otros factores, hacen que nuestras decisiones siempre estén condicionadas y nuestra independencia sea más ficticia que real.

Porque una cosa es el derecho a decidir y otra muy distinta la libertad de decidir. Y de libertad, tal y como hacemos funcionar el mundo y funcionamos nosotros mismos, tenemos más bien poca.

Pocas cosas más importantes pueden haber que poder decidir tu independencia. Qué más quisiéramos que meter una papeleta en una urna y decidir acabar con la usura bancaria, la dictadura salarial, el sometimiento legislativo, la posesión y el miedo a perderla y tantas otras cuestiones que nos convierten en esclavos de la peor clase. Aquellos que se muestran orgullosos de serlo y están dispuestos a todo por defender su condición.
 

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lunes, 21 de marzo de 2016

ÉSTA SÍ ES LA VIEJA EUROPA

Estaba dispuesto a no escribir nada sobre la barbarie de la guerra y sus consecuencias. Sinceramente, me faltan las palabras para expresar el horror al que día a día son sometidos, en la tan democrática y humanista Europa, los seres humanos que huyen de la muerte en Siria y unos cuantos países más. Hay mucha gente sobre el terreno, tratando de poner su grano de arena para paliar esto y además, relatando, filmando y dando testimonio de la atrocidad.
Sin duda, todo lo que vamos conociendo hace que le hierva la sangre a cualquier persona que conserve ni que sea una gotita de humanidad corriendo por sus venas, por lo menos así lo siento yo.
Es obvio, que es un tema con muchas aristas sobre las que se podría hablar: por qué sucede lo que sucede, la respuesta de los diferentes Estados, la de eso que llaman sociedad civil, la de personas anónimas, las guerras… Nuevamente, se puede encontrar mucha información sobre todo esto pero particularmente a mí, si hay algo que me revienta es ese cinismo con el que la opinión pública está tratando este tema (esa opinión interesada, diseñada desde los altos puestos de poder, transmitida incesantemente a través de los medios de comunicación, los líderes políticos y sociales). Repetida hasta la saciedad por legiones de incautos y asimilada por una inmensa mayoría. Ese enfoque acerca de que Europa está olvidando sus principios y sus valores, esa idea tan repugnante, en mi opinión, de que Europa es el adalid de los derechos humanos y de todo lo bueno que uno se pueda imaginar y que, por tanto, lo que sucede ahora mismo es una anomalía en el comportamiento de la humanitaria Europa.
Yo no lo creo, para mí ésta sí es la vieja Europa. La misma Europa cuya bandera siempre fue la de la superioridad moral e intelectual sobre el resto del mundo. La misma Europa que durante siglos ha explotado y devastado al resto de continentes. La misma Europa que mientras se vanagloriaba de sus derechos humanos, condenaba al resto del mundo a vivir fuera de la humanidad esclavizando y asesinando. La misma Europa que mientras defendía sus teorías sobre la igualdad, pasaba a cuchillo a todo aquel que quisiera hacer uso de esa igualdad para liberarse de su yugo. La misma Europa que alardeaba de demócrata mientras regía con mano dictatorial los designios del mundo. La lista sería y es interminable.
Lo que está sucediendo ahora mismo, es una nueva entrega de una vieja saga. Europa levanta de nuevo el estandarte del genocidio, del fascismo mal encubierto y todos sabemos que no es algo nuevo ni ocasional, ni siquiera es novedoso que todas estas barbaridades se cometan dentro de la propia Europa, esto forma parte de la marca de la casa.
Si echamos un vistazo a lo cercano, no hace falta ir demasiado lejos para poner ejemplos de esto. En España tenemos de sobra, desde las dos orillas: víctimas y verdugos.
Sólo hay que recordar el trato que sufrieron los españoles que cruzaron la frontera tratando de huir de la barbarie de la guerra y la respuesta que Europa encarnada en Francia ofreció: campos de concentración, hambre, enfermedades, devoluciones forzosas, muerte. Diría que se parece bastante aunque seguramente para los defensores de la democrática Europa aquello también fue una anomalía. Pero también somos verdugos y para eso ni siquiera hace falta remontarse en el tiempo. Aquí y ahora, España contribuye y de qué manera a la política fascista de la Europa humanitaria. Vallas, concertinas, prisiones ilegales donde se encierra a las personas por ser extranjera y pobre, devoluciones en caliente, tiros, muerte. Por no hablar del lucrativo negocio de la venta de armas a países amigos como Arabia Saudí para que puedan también allí seguir democratizando a la gente. Se podrían poner más ejemplos pero creo que queda claro.
Esto hace que todavía me parezca una mayor hipocresía que, desde aquí, se apoye ese discurso cínico sobre el cambio de rumbo de la democrática Europa. El colmo de esta hipocresía es ese tema de la banderita europea a media asta en señal de protesta por el acuerdo genocida con Turquía en los ayuntamientos progresistas o en los del cambio. Que sepáis que la otra banderita que ondea está igual de manchada de sangre, cualquier bandera representa una lógica de fronteras, de exclusión, de diferencia... que inevitablemente lleva al derramamiento de sangre.
La historia de Europa, es la del expolio, la del genocidio, la de la esclavitud, la de la supremacía, en definitiva es la Historia porque, ya se sabe que, la historia la escriben los que matan, no los que mueren. Por eso, esta Europa actual no es una anomalía, ésta es la vieja Europa, la de siempre.