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martes, 1 de septiembre de 2020

OJALÁ SER LA CONSPIRACIÓN

En la última entrada publicada en el blog hay un comentario dónde me acusan de formar parte del engaño de la pandemia. Está publicado sin respuesta porque no sabía qué podía decir ante eso. Al parecer ahora todo es conspiración. Da igual cuál sea tu posición, formas parte de la conspiración.

Conspiración: entendimiento secreto entre varias personas con el objetivo de derribar el poder establecido.

Ahí me quedé pensando que ojalá hubiera una conspiración en el sentido estricto de la palabra. Me encantaría formar parte de ella. Es más, considero que es imprescindible a día de hoy si queremos que exista un mínimo futuro para lo que llamamos humanidad, debemos formar parte de esa conspiración. Hay que derrocar el poder establecido, sin excusas pero también sin margen de error. No podemos permitirnos caer en antiguos (o no tan antiguos) fallos, no se trata de sustituirlo, ni de asaltarlo ni de modificarlo. La esperanza sólo se transformará en posibilidad si lo erradicamos por completo. Y aun así…

Ya me gustaría formar parte de ese entendimiento secreto. Me conformaría simplemente con atreverme a tomar esa decisión si algún día tuviera la posibilidad y desprenderme así, con ese acto, de los temores cotidianos a los que estamos sometidos. Desearía tener la fuerza, la energía, el coraje y todo lo necesario para llevar a cabo la Conspiración, así con mayúsculas. Por el momento, a duras penas consigo mantener la cabeza fuera del agua. Apenas unos centímetros por encima de un lodazal en que ya casi no reconozco a nada ni a nadie y por el que me voy hundiendo junto al resto de mis congéneres. Esto es un sálvese quien pueda, o más bien y como siempre, un sálvense los ricos y poderosos y jódanse el resto. El problema ahora es que casi todos piensan como si fueran ricos, como si tuvieran algún tipo de poder sobre sus vidas. No se dan cuenta que el nivel del agua apenas les llega unos pocos centímetros más abajo que a los que lo tienen todo perdido.

A pesar de todo trato de mantener los ojos bien abiertos y la mente despejada no sea caso que la Conspiración pase cerca de mí y no la presienta y la deje escapar sin más. No podría perdonármelo, no podría mirar a los ojos de mis seres queridos sin sentir que los he traicionado, que los he vendido por un puñado de monedas.

Qué más quisiera yo que formar parte de la Conspiración.

Ojalá ser la Conspiración.


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domingo, 20 de octubre de 2019

SI NO ENTIENDES LA RABIA, ES QUE YA ESTÁS MUERTO

La rabia forma parte de nosotros, de cualquier ser emocional. Está ahí y hay que saber utilizarla, sobre todo, hay que saber para qué utilizarla. Desde cualquier institución de la sociedad democrática (sea la escuela, los medios de información o cualquier gurú psi del siglo XXI) te conminarán a gestionarla, a expulsarla lejos de ti para poder crecer como persona y convertirte en alguien mejor. Luego te sonreirán y te apuntaran en la lista de incautos ciudadanos ejemplares de la que formamos parte casi todos. Nuevamente, obrarán su magia y tú saldrás convencido de que todo está en ti. Sin embargo las causas seguirán ahí y tarde o temprano volverán. La frustración y la percepción de injusticia son los precursores habituales de la rabia, por tanto, no hace falta ser muy espabilado para comprender que las toneladas de injustica sobre las que se edifica la sociedad moderna no dependen de uno mismo para ser erradicadas, hace falta más, muchísimos más. No sería difícil que cualquiera de nosotros estableciera un listado con una docena de cuestiones (desde las más cercanas hasta las más lejanas si es que se puede hacer esta distinción en un mundo tan globalizado donde todo nos afecta a todos) en las que perciba claramente la injusticia. Probablemente, algunas de ellas nos frustren y, otras tantas, nos indignen. Cuando estas cuestiones se van acumulando, la rabia aparece y se hace necesario tomar partido. 

Existen diferentes vías para hacerlo, mejor dicho se nos ofrecen diferentes vías. Desde lo personal a lo global. Si todo falla, queda el camino institucional porque en toda sociedad democrática existe la forma de cambiar el estado de las cosas: vota, afíliate, manifiéstate… pero hazlo siempre dentro de un orden, dentro del marco que otros han establecido. Pero si quieres darte cuenta, pronto descubres que todo eso es una vía muerta, no lleva a ningún lugar. Cambian las personas, los partidos, las leyes, lo que quieras, pero el resultado siempre es el mismo: tú pierdes. Todos lo sabemos. Y la rabia aumenta.

Hace tiempo, podías conformarte, aceptar el papel de comparsa y tratar de seguir con tu vida mientras el futuro esplendoroso que te prometían llegaba. Pero pasaron las generaciones y las promesas se han desvanecido. La precariedad se ha convertido en el modo de vida habitual, la exclusión y la marginalidad son el pan de cada día para cada vez más gente que por toda respuesta obtiene la indiferencia social (en el mejor de los casos) o la represión, física, legal, económica… (en el resto de casos). Y la rabia aumenta.

Y no sólo aumenta, sino que se extiende. Los que se creían a salvo, los que se consideraban ejemplares porque siempre hicieron lo que estaba mandado, descubren que también van a caer. Que ya están cayendo, que no tienen nada que ofrecer a las generaciones venideras porque nada tienen ya. Y la rabia aumenta.

Y llega el día que desborda. Una simple chispa que enciende la mecha y el orden salta por los aires. La rabia toma la vida para posibilitar que nos volvamos a sentir humanos, con esperanza en algo mejor. Cuando esto ocurre ya no importa qué fue lo que encendió la mecha, sino lo rápido que se propaga el fuego, la amplitud de la onda expansiva. Aparecen sentimientos y emociones que creíamos olvidados, que ya no existían y las fuerzas surgen de donde no las había. Lo que parecía improbable, se torna real y lo que parecía imposible, empieza a atisbarse en el horizonte, tomando forma. En ese momento, las normas preexistentes dejan de tener valor, la justicia deja de estar ligada a la ley para aparecer en su verdadera forma: la solidaridad entre iguales. Es en esos instantes en que la rabia recorre su camino y deja ver el verdadero rostro que aguarda al final de ese camino: la libertad.

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miércoles, 14 de noviembre de 2018

EN LA DERROTA...

Ese parece ser el hábitat natural de todas aquellas personas con un mínimo de conciencia social.

A poco que uno quiera darse por enterado del mundo en el que vive, sabe que está involucrado en una batalla y que va perdiendo (a no ser que pertenezca a esa minoría que se lucra con el dolor ajeno y no le importa nada más que su situación actual). Al menos, esta es la sensación que tengo y creo percibir en muchas ocasiones a mi alrededor. No parecen buenos tiempos, de verdad que no.

Sin embargo, es en la derrota donde uno empieza a vislumbrar la esperanza. Sentirse derrotado sólo es posible cuando se ha emprendido la batalla, cuando se ha entendido que la lucha es un camino necesario, se desarrolle ésta en el lugar y las condiciones que sean. Por ahí es por donde se deja entrever una esperanza. Muchos son los que se sienten derrotados sin haber dado un paso, sin haber recibido un golpe, sea físico o moral, sin haberse atrevido a traspasar el umbral de la seguridad de su casa, de sus dominios al fin y al cabo por ínfimos que éstos sean. Eso no es derrota, eso es aceptación, acatamiento, resignación, humillación en cualquier caso. Todo, mucho peor que la derrota, porque ahí no hay esperanza, ahí sólo hay servidumbre, negación de uno mismo.

Es cuando entramos en conflicto con el mundo hostil del que formamos parte cuando florece la posibilidad. En la derrota se intuye la posibilidad de la futura victoria y eso, en no pocas ocasiones, es más importante, más exitoso incluso que lograr superar el propio conflicto. No nos engañemos, en casi cualquier lucha social siempre salimos perdiendo. Hasta cuando creemos haber ganado y logrado un objetivo marcado no podemos obviar que siempre es el poder el que nos lo concede y a la larga (o a la corta en muchos casos porque de las palabras a los hechos hay un mundo) lo único conseguido es reforzar un sistema del que presuntamente renegamos.

Pero, independientemente del resultado inmediato de la lucha, de la supuesta derrota o victoria, lo que subyace en todo ello es la experiencia vivida e interiorizada de cada uno, la red de vínculos tejida en el día a día de la lucha con personas afines que han estado codo con codo al pie del cañón, la constatación de haber encontrado sensibilidades capaces de funcionar de forma autónoma dentro del engranaje social… Y eso sí que es atisbar la esperanza, vislumbrar la posibilidad de construcción de otro mundo. Esa sí es una victoria.
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miércoles, 8 de julio de 2015

DESOBEDIENCIAS

Desde la entrada en vigor de la ley Mordaza, el término desobediencia ha recobrado fuerza y está inundando el imaginario colectivo, especialmente, a través de la red (como casi siempre en estos tiempos de virtualidad). En concreto, parece recuperarse el concepto de desobediencia civil que popularizó Thoreau en su famoso ensayo. A saber, el no acatamiento de aquellas leyes consideradas contrarias a la justicia, es decir, injustas.
Además asumía que la no cooperación con lo que él denominaba el mal, que no era otra cosa mas que el gobierno, era un deber moral. Más tarde Martin Luther King añadió a esto que también era un deber moral cooperar con todo aquello que consideraba justo, esto último parece caer siempre en el olvido entre los que tenemos la tendencia al manifestódromo y los que hacen revoluciones a través de redes sociales.

Es muy importante en este sentido recordar la enorme diferencia que existe entre la justicia y la legalidad. Este tema estoy seguro que daría para debates y escritos interminables pero que aquí reduzco a una sencilla cuestión: ¿Es justo todo lo legal o  es legal todo lo que consideramos justo? La justicia se define como un principio moral que inclina a hacer respetando la verdad y dando y recibiendo cada uno lo que le corresponde. Por el contrario, la legalidad es el marco de referencia establecido por el poder imperante para la convivencia social. No hace falta ponernos técnicos para darnos cuenta de que una cosa son las leyes y otra lo que cada uno considera justo. De hecho, hay cantidad de ejemplos activos en nuestro entorno de desobediencia hacia leyes consideradas injustas, entre los que me gustan especialmente todo lo concerniente al antimilitarismo (la insumisión en su día o las campañas actuales de denuncia y objeción fiscal), al llamado derecho a la vivienda (el movimiento okupa, las asambleas vecinales...) y tantos otros relacionados con temas tan dispares como la educación, las migraciones, los impuestos, los transportes…


La desobediencia civil es una práctica imprescindible para mantener una mínima cordura dentro de un sistema tan demente como éste en el que vivimos.

Sin embargo, son necesarias más desobediencias, no sólo la referida a las leyes injustas. Es imprescindible empezar a cuestionar y desobedecer en lo individual todas aquellas servidumbres que nos imponen y que venimos arrastrando durante tanto tiempo y que tanto ayudan a mantener el orden establecido.
Desobedezcamos esa ley grabada a fuego que nos dice que la vida hay que ganársela y que la forma de hacerlo es a través del salario. Jamás podremos desarrollar nuestro potencial ni podremos construir una sociedad justa si la vida de cada uno depende de la oportunidad de obtener un salario y, sobre todo, depende de que alguien crea conveniente pagar un salario. Desterremos el dogma economicista que nos ha absorbido totalmente y hace que cualquier proyecto, cualquier acción se mida en función de si es factible económicamente.

Desobedezcamos esa moral capitalista que permite que millones de personas mueran de hambre y padezcan guerras diseñadas y perpetradas por las grandes corporaciones en connivencia con los Estados pero que condena y reprime cualquier intento de protesta.

Desobedezcamos el mantra del consumismo. Nunca seremos felices a través del consumo por mucho que sus maravillosos medios de propaganda nos lo hagan creer. Eso no pasará simple y llanamente porque no es posible, porque está diseñado para todo lo contrario: para mantenernos es la más absoluta de las infelicidades y de las impotencias a través de la continua inoculación del deseo de alcanzar algo mejor (que por supuesto se sabe que es mejor porque es más caro) mezclado con la obsolescencia programada con la que se produce cualquier artículo.

Desobedezcamos la imposición del ritmo, del tiempo a la que estamos sometidos. Tenemos el horario de nuestras vidas prediseñado: tantas horas para trabajar, tantas para consumir, tantas para descansar... y siempre de tal manera que nos parezca imposible el poder realizar algo, cualquier cosa que no esté marcada en ese horario. Eso sí, nos conceden nuestro tiempo de asueto y amablemente nos indican cómo debe ser nuestro ocio y dónde debemos pasarlo.

Desobedezcamos sus patrones culturales prefabricados y sus modas que nos conminan a vivir de una forma totalmente ajena a lo que nuestra forma de ser y sentir nos indica. Que nos homogeniza a partir de la falsa ilusión de que somos absolutamente diferentes al resto gracias a seguir determinados patrones y no otros.

Deberíamos hablar y, sobre todo, practicar las desobediencias en plural, empezando por las más personales hasta llegar a las colectivas porque oponernos a lo injusto es el primer paso, pero necesitamos seguir avanzando para poder colaborar y construir aquello que consideramos justo, pero no para nosotros solos sino para todos.

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lunes, 24 de febrero de 2014

REVISANDO PARADIGMAS PERSONALES

En mi no demasiado larga vida de activista he asistido y participado en innumerables e interminables debates acerca de temas recurrentes como la desmovilización social, las alternativas más o menos reales al sistema predominante, las diferentes formas de organización, las múltiples razones para organizar el enésimo frente popular y un largo etcétera que seguro que muchos de vosotros podréis recitar de memoria porque tengo la sensación de que no soy el único que ha pasado por ahí.

Sin embargo, qué pocas veces he asistido, ya no a debates públicos, ni siquiera a pequeñas asambleas en las que se tocara un tema que en mi opinión está en el principio de cualquier cambio que merezca la pena ser llamado revolucionario. Es imprescindible acometer una revolución más íntima, más personal que permita la posibilidad real de, al menos, atisbar una revolución a nivel social. Necesitamos realizar un ejercicio de revisión y sinceridad. Este ejercicio es más exigible, si cabe, en aquellas personas que se autoetiquetan como integrantes de eso que llaman “izquierda revolucionaria” y no tienen la acuciante incertidumbre de tener que buscarse la vida para comer a diario.

Es cierto que hay muchísima gente que siente y vive una realidad en la que las cosas no funcionan bien, una realidad donde cuesta muchísimo esfuerzo y sufrimiento la imprescindible tarea de sobrevivir y eso facilita sobremanera que no haya un esfuerzo de verdadera reflexión y que se tienda a seguir cualquier alternativa que aparece con fuerza en un momento dado. Sin embargo, romper este círculo es vital para acercarnos a un horizonte revolucionario.

Este ejercicio debe servir para revisar los paradigmas sobre los que basamos nuestro pensamiento político sin miedo a descubrir que no estamos de acuerdo con aspectos que, hasta la fecha, podíamos considerar indiscutibles. Debemos ser capaces de romper los moldes en los que circunscribimos nuestro pensamiento si son un impedimento para avanzar y llegar a una comprensión mejor de la realidad que nos ha tocado vivir. Nada es despreciable pero parece obvio que no todo puede explicarse con teorías escritas hace cientos de años ni todo puede basarse en seguir programas descritos a partir de esas teorías. El hecho es que vivimos aquí y ahora y la realidad nos demuestra que repetir esquemas pasados sólo nos conduce a cosechar fracasos y frustraciones conocidas.

La sensación que tengo es que esta revolución íntima se reprime desde el seno de la gran mayoría de colectivos o agrupaciones existentes porque claramente contradicen los objetivos que se plantean cuyo fin, más o menos consciente, no es más que conseguir perdurar en el tiempo y aumentar su campo de influencia, porque son conscientes que si alguna vez alcanzaran los objetivos que dicen perseguir desaparecerían perdiendo así su pequeña/gran parcela de poder e influencia. Obviamente, esto no se hace de una forma descarada; sino más bien con una refinada estrategia que consiste en identificar las luchas a seguir y los logros a conseguir con ellas de tal manera que refuercen la ilusión del avance pero sin producir cambios reales. Esto es posible gracias a la falta de análisis personal de cada uno y a la facilidad que tenemos para dejarnos arrastrar cuando lo contrario exige esfuerzo y compromiso.
Lamentablemente, estas dinámicas no sólo arrastran a la gente que mantiene una militancia más o menos comprometida; sino que también abduce a una gran parte de la gente que siente por vez primera que la injusticia de la sociedad llama a su puerta y que hasta ahora creía lejos de todo eso.

Nos encontramos ante una situación en la que son muchos los que sienten la necesidad de alzar su voz, los que creen llegada la hora de pasar a la acción aunque no sepan bien qué significa eso. Cada día gente que, hasta el momento, había permanecido en silencio se atreve a demostrar su malestar más allá del salón de su casa (si todavía la conservan) o de la barra del bar, y es precisamente aquí donde la labor de la revolución de los paradigmas personales cobra vital importancia, porque de lo contrario seguiremos cosechando multitudes desencantadas y quemadas por el constante desgaste que exige estar siempre dejándonos la piel por metas que otros nos marcan y que en última instancia, si se consiguen, no llevan a nada más que a afianzar la dinámica sistémica que es la causante de la injusticia que nos llevó a movilizarnos.

En la actualidad, seguimos envueltos en luchas y reivindicaciones dirigidas a multitud de objetivos. Son tantas las agresiones a las que nos somete este sistema inmoral y depredador que nos vemos impelidos a responder a todo cuanto nos rodea. Esta actitud, muchas veces alentada por agentes que, teóricamente, se oponen al sistema dominante, sólo conduce al desgaste masivo de las personas que de buena fe dedican su esfuerzo a ello, alentadas por lo que creen grandes victorias que no son más que pequeños parches puestos en una brecha de dimensiones inimaginables. Así nos encontramos con multitud de situaciones cuando menos paradójicas como defender ciegamente el sistema educativo público a pesar de repetir hasta la saciedad el papel crucial que juega a la hora de moldearnos como los siervos perfectos del sistema, o salir a la calle contra la extracción de petróleo en sus diversas variantes y consumir constantemente dicho producto como si apareciera de la nada.

No podemos estar permanentemente yendo a la contra, en la calle protestando por cualquier tema que nos lancen a la cara sin dedicar ni un sólo minuto a reflexionar. No podemos pretender que nada cambie si no empezamos por tratar de entender por nosotros mismos las causas de aquello que nos oprime.

Desconfiad de aquellos líderes mesiánicos que se pasan el día reclamando que la gente salga a la calle sin otro plan que gritar: ¡Abajo el capitalismo!
Sin permitir ni un segundo de reflexión.

Este sistema lleva siglos perfeccionando sus mecanismos de control y dominación. Tiene sus estrategias y un plan perfectamente definido, no podemos luchar contra esto tan sólo con la voluntad de alcanzar un mundo mejor. Como primer paso es imprescindible esa reflexión personal y esa revolución íntima cuya principal condición a tener siempre presente es que no es posible un verdadero cambio sin estar dispuestos a perder todo aquello que creemos poseer, es más, no es posible una verdadera revolución si no estamos preparados para erradicar la posesión de nuestras vidas.

Esa revolución íntima sólo será posible, no me cansaré de repetirlo, poniendo en primer plano en nuestro modo de vida la coherencia personal. Es la única manera de que cada paso adelante se mantenga firme y resista el desgaste cotidiano al que nos vemos sometidos constantemente.

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lunes, 3 de febrero de 2014

EL BUCLE INFINITO

Y pasa la vida… y ya estamos en 2014, unos cuantos años después de que empezara esta nueva fase del capitalismo que los medios de incomunicación dieron en llamar crisis y que cada vez más gente denomina estafa. Lamentablemente, todo sigue igual.
Empezamos el año exactamente igual que siempre.
Los grandes bancos multiplicando exponencialmente sus beneficios mientras siguen condenando a la miseria y la muerte a miles de seres humanos con el apoyo incansable de un Estado que se dedica a regalarles dinero a cambio del incalculable apoyo financiero para los partidos y organizaciones afines.
Las grandes transnacionales en su dinámica de enriquecerse, a costa de exigir el sacrificio humano con condiciones de trabajo cada vez más esclavistas, gracias a una legalidad redactada para eso, y con la amenaza del desempleo más implacable que nunca.
Los poderes públicos sentados en su atalaya, negociando sus intereses y representando la tragicomedia de la democracia para tenernos entretenidos mientras siguen afianzando y ampliando este sistema de humillación y esclavitud en el que somos meros números que oscilamos entre las columnas de los necesarios y los prescindibles. Delegando en los tecnócratas del escalafón alto la gestión de la democracia, es decir, dejando que el sistema judicial y el policial se encarguen de mantener las cosas en su sitio de que nada altere el discurrir de los días.
Mientras tanto, ¿qué hacemos nosotros? Pues seguimos como siempre, cada uno a lo suyo. Eso sí, siempre con un ojo puesto en lo del vecino, no sea que dejemos pasar la oportunidad de joder. Porque si algo está claro es que nosotros no aprendemos. Parece que seamos incapaces de sacar ninguna lección de estrategias, intenciones y acciones del pasado. Repetimos una y otra vez los mismos planteamientos de lucha, de resistencia… esperando que por arte de magia los resultados sean diferentes y parece que seguimos sorprendiéndonos cuando esto no sucede.
Para empezar seguimos planteando nuestra lucha desde la resistencia en lugar de empezar a combinar esto con la existencia. Basta ya de desgastarnos siempre en ir a remolque de las decisiones políticas que sólo nos conduce a acabar luchando por migajas y a festejar como enormes victorias cada vez que se sale a la calle a protestar contra alguna ley injusta sin cuestionarnos nada más allá y dejando esa lucha en el momento en que los objetivos planteados se creen conseguidos. No debemos olvidar que hasta la fecha todos los logros que festejamos no son más que pequeños parches que en nada nos acercan a un cambio de paradigma social (si es que realmente esto es lo que pretendemos con nuestra lucha, cuestión ésta que todavía está por ver y sobre la que hay mucho que hablar).
Seguimos, aunque parezca mentira, ilusionándonos cada vez que se acercan elecciones con la aparición de nuevos proyectos políticos que prometen poner las instituciones al servicio de la ciudadanía. Como si eso fuera posible, como si esas instituciones fueran neutrales y su ejercicio dependiera de la buena voluntad de sus ocupantes. Las instituciones de esta supuesta democracia son las instituciones del poder, creados por los poderosos con la única misión de servir a sus intereses y absolutamente culpables de la inmovilidad de la situación. Estás apariciones periódicas de nuevos intentos de lo que algunos denominan frentes populares son en parte culpables del poco avance del pensamiento crítico en nuestra sociedad; ya que imposibilitan la aparición de nuevas formas de organización popular y la necesaria reflexión crítica de los postulados habituales de lo que denominan izquierda que en el mejor de los casos no pasa de una renovada socialdemocracia.
Las agresiones a las que nos vemos sometidos son constantes, sin embargo, mientras no seamos capaces de autoorganizarnos en un primer lugar para asegurar la subsistencia diaria y en última instancia para hacer una verdadera reflexión crítica sin prejuicios ideológicos de ninguna clase de la realidad que vivimos y de las implicaciones que esto tiene, no saldremos jamás de este bucle de acción-reacción en el que llevamos todas las de perder y que sólo nos depara una caída libre hacia una vida cada vez más lejos de un ideal de dignidad que ni siquiera nos atrevemos a imaginar a día de hoy pero que es imprescindible para garantizar la viabilidad de todo tipo de vida en este planeta.
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jueves, 10 de octubre de 2013

MALDITA GANANCIA



Vivimos en la agitación constante, en un vertiginoso ir y venir sin saber de dónde partimos ni hacia dónde vamos. Continuas convocatorias a todo tipo de actos por parte de innumerables colectivos, plataformas, partidos, asambleas, mareas, sindicatos y coordinadoras siempre con la intención de dejar claro un posicionamiento más o menos contrario a cualquier aspecto de esta realidad social que nos golpea.
Uno tras otro se suceden los discursos, las proclamas, los manifiestos oscilando entre la defensa de lo que se consideran derechos inalienables y la llamada a la revolución contra el poder criminal que nos gobierna.
Finalmente, llega el desánimo y la deserción. El abandono de lo que se ha dado en llamar la lucha y la consiguiente disolución de toda la energía entre esa maraña indescifrable que forman conceptos como ciudadanía y vida cotidiana.
Sin embargo, se insiste una y otra vez en los mismos métodos con la esperanza de obtener resultados diferentes, o tal vez con el objetivo más retorcido de volver a obtener esos mismos resultados, es decir, la nada.


¡Revolución! Es sin duda una de las palabras más usadas de la historia de la humanidad y con tantos significados como seres humanos existen. A pesar de ello, hay una cuestión que inevitablemente hay que plantearse a la vista de los resultados de lo que se han considerado revoluciones a lo largo de la historia y que nos han traído hasta el momento presente.
¿Es posible una verdadera revolución si no va precedida de una evolución en las ideas que dominan nuestra vida y el modelo social impuesto?

En la actualidad vivimos en la sociedad de la ganancia y del interés, en la que todo gira en torno a la posibilidad de obtener un diferencial positivo de cada acción realizada. Esto es algo bastante obvio en la esfera económica puesto que está en la base del propio capitalismo. Este faro que ilumina todo el funcionamiento del sistema económico está íntimamente alimentado con el concepto de propiedad, puesto que para obtener una ganancia, un beneficio hay que poseer algo con lo que poder interactuar.

Posesión y ganancia, dos factores que inevitablemente conducen al tercer pilar: control. Hay que asegurar esa propiedad para obtener la ganancia. El sistema lo sabe y lo ejerce de una manera brutal a través de múltiples mecanismos.

La revolución tan anunciada y deseada pasa por ahí, por combatir ese triunvirato que sostiene todo el entramado. Sin embargo, para llegar a ese punto debe suceder que esas ideas evolucionen a nivel personal, porque ese trío ideológico también rige en nuestro día a día y no sólo en los asuntos económicos. El sistema se ha integrado de tal manera que cada paso que se da en la vida se analiza en función de la posible ganancia que se puede obtener (no sólo económica, también emocional, temporal y en cualquier otro parámetro que se nos ocurra). Así hemos oído en innumerables ocasiones cómo se analiza una relación interpersonal en función de si se ha sacado más de lo que se ha invertido en ella. Obviamente este análisis sólo es posible desde la creencia de la posesión de algo, tangible o no, que estimamos valioso.
Por eso, parece que el tiempo de la revolución no está cercano. Sin embargo, el tiempo de los actos revolucionarios esta aquí. Ahora mismo no hay nada más revolucionario al alcance de nuestras manos que renunciar a regir la vida humana por el criterio de la ganancia. Evolucionar hacia otros criterios personales nos acercará cada vez más hacia ese momento revolucionario que tanto necesita el conjunto de la humanidad. Sólo superando la creencia de que siempre hay que sacar algo de cada acto que se hace podremos plantearnos la construcción de otro mundo en el que el sufrimiento sea tan sólo un lejano recuerdo.
 

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miércoles, 10 de julio de 2013

VIVIR DEBE SER OTRA COSA



Podría ser tan plena, tan alegre, tan vivible. Lo tenemos todo para que así sea. Jamás como ahora hemos tenido tan al alcance de la mano todo aquello que necesitamos para lograrlo.

Disponemos de comida más que suficiente para alimentarnos toda la humanidad sin problemas. Hemos alcanzado un nivel de comprensión científico-natural que nos permite entender mejor que nunca cómo nos relacionamos con el planeta. Disponemos de gran cantidad de medios técnicos para comunicarnos con cualquier persona situada en cualquier parte del globo de forma instantánea, y para obtener información igual de rápida de cualquier suceso acontecido. Existe un nivel de alfabetización a nivel mundial jamás alcanzado que nos abre las puertas a la lectura y al análisis de todo tipo de fuentes de experiencia. En todos los ámbitos, la investigación tecnológica está muy desarrollada y debiera permitir una teórica sociedad libre de pesadas cargas y más preparada para afrontar las situaciones adversas.

Todos estos factores y muchos otros parecen jugar a nuestro favor. En un mundo basado en lo racional y en el sentimiento de fraternidad universal, la vida sería placentera y divertida. Sin embargo, ese no es nuestro mundo.

Usamos esa comida más que suficiente para hacer negocio y sacar beneficio en lugar de alimentarnos todos de forma correcta y suficiente. Preferimos destruir el modo de vida rural y sustituirlo por uno industrial donde el beneficio económico está por encima de todo. Somos capaces de eliminar las cosechas que necesitamos para comer y sustituirlas por enormes extensiones de basura transgénica que tan sólo alimenta los bolsillos de unos pocos mientras mata de hambre y enfermedades varias a millones de seres vivos.
Utilizamos nuestra comprensión sobre el funcionamiento de la naturaleza para destruirla cada vez más. Deforestamos, desertizamos, explosionamos, desecamos, contaminamos, en definitiva “matamos todo lo matable” (incluidos nosotros mismos) por un montón de beneficios que todos sabemos que no se comen y no alimentan pero, a pesar de eso, lo hacemos.
Parece más que factible que usar todos esos medios para estar en contacto con tal cantidad de personas diferentes, debiera conducirnos a un mundo más empático y sobre todo, más capaz de implicarse con el otro. Lejos de eso, estamos en el momento más antisocial de la historia donde conceptos como amistad, compañerismo,… han sido destruidos y sustituidos por una morbosa necesidad de exhibición.
Preferimos utilizar nuestro nivel de comprensión del lenguaje y de la comunicación para empaparnos hasta la última gota de historias insustanciales servidas al por mayor por la maquinaria cultural dominante. Usamos todo nuestro potencial en la evasión de una realidad que comprendemos pero no combatimos sino que asumimos y preferimos evitarla haciendo uso  de aquello que debería ser la piedra angular de nuestra lucha emancipadora: la conciencia y el pensamiento para precisamente aniquilarlos sin piedad.
Utilizamos todos los avances tecnológicos para perpetuar nuestra condición de dependencia y esclavitud en lugar de ser capaces de usarla para liberarnos. Hemos creado infinitas maneras de matarnos unos a otros, incontables técnicas para esquilmar el planeta hasta la destrucción final y no hemos sido capaces siquiera de poder emanciparnos del trabajo como modo de vida. Fabricamos aviones que vuelan y matan sin tripulación alguna y, no obstante, es imprescindible nuestra presencia en la fábrica durante jornadas cada vez más largas de trabajo.

La vida debería ser otra cosa, pero hemos dejado que todos estos factores y muchos más queden en manos de una ínfima cantidad de gente para que tome la decisión de cómo utilizarlos. A estas alturas, la respuesta es obvia: en su propio beneficio y en grave perjuicio de todos y todo lo demás.

Esto no pretende ser ningún análisis de la realidad ni ninguna teoría de la verdad, es tan sólo el fruto de la impotencia y de la rabia al ser consciente de que la vida podría ser una experiencia maravillosa para todos sin excepción. Uso la primera persona del plural porque creo que todos contribuimos a este estado de cosas (sé que unos más que otros, pero todos lo hacemos) y porque somos todos los que permitimos que, a pesar de ser conscientes de ello, esto siga pasando.
Cada día de nuestras vidas hacemos elecciones que refuerzan este sistema y matan (sí, matan, exterminan, liquidan) a seres vivos de todas las especies, incluida a la que se supone pertenecemos. El deterioro social es más que evidente, pero seguimos teniendo la oportunidad, la voracidad del sistema y su absoluto desprecio por la vida nos ofrece cada día ocasiones de subvertir este orden maldito y criminal. Todo proceso de cambio, revolucionario parte de una verdad a la que no se está dispuesto a renunciar bajo ningún concepto, hasta ahora hemos podido tener intuiciones, sentimientos de afinidad más o menos desarrollados pero ha llegado el momento de escoger. Cada uno de nosotros necesitamos descubrir esa verdad a la que no vamos a renunciar e iniciar nuestro proceso revolucionario junto a todos los que así lo sientan.
 

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jueves, 27 de junio de 2013

DE LO DESEADO Y DE LO INMEDIATO


La claridad con la que se nos presenta el estado actual de cosas, debería hacernos pensar que ésta mal llamada crisis (más que crisis es la evolución lógica de un sistema depredador y explotador) no proviene ni de un desmantelamiento de lo que se ha dado en llamar Estado del Bienestar, ni de la corrupción política, ni de una desregulación del sistema financiero.
No parece posible, ni deseable, una vuelta al principio del s.XXI donde siempre según nuestra perspectiva de “sociedad democrática y desarrollada” todo iba fantásticamente bien (nunca nos cansaremos de repetir que para dos terceras partes de la humanidad hace muchísimos años que todo va indudablemente mal). Decimos que no es deseable, ya que como mencionábamos anteriormente, la situación de miseria y explotación que estamos viviendo es fruto del mismo sistema que nos dominaba entonces. Por tanto, sería de necios embarcarnos en una lucha de la que no podríamos salir jamás vencedores puesto que ningún resultado nos sería favorable.

En otro artículo de este blog citaba al historiador Braudel que decía: el capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado. En mi opinión no se puede describir mejor la evolución sistémica que hemos vivido a lo largo de muchos años. El capitalismo se ha identificado tanto con el Estado que se han fusionado en uno sólo, de tal forma que los intereses de las grandes multinacionales son los intereses del Estado y todas las políticas dirigidas por el Estado favorecen directamente a éstas. Esta identificación sólo ha sido posible después del paso por la sociedad del consumo y del bienestar que consiguió con creces su principal objetivo: domesticar al pueblo y convertirlo en esclavo de su propio modo de vida, y después de años y años de adoctrinamiento educativo que han logrado con éxito su propósito: producir una generación tras otra de personas sin ningún tipo de pensamiento ni conciencia crítica (es obvio que estoy generalizando). Por si acaso, para aquellas personas que ni por esas quedaron convencidas de la benevolencia del sistema, el Estado ha puesto en marcha su maquinaria, más o menos encubierta, de represión dejando de este modo el camino franco para convertir esta dictadura capitalista en lo que ellos denominan estado democrático.

 
Por todo esto y muchas otras razones que no harían más que abundar en estos argumentos, nos parece que cualquier intento de construir una alternativa basada en el Estado y en la legitimación de su papel como benefactor de la sociedad y administrador de lo común está abocada al fracaso (además más temprano que tarde). Frente a esta afirmación cabe la alternativa de construir espacios y realidades al margen de cualquier control estatal. En este sentido desde siempre, aunque tal vez en los últimos tiempos más si cabe, se han ido desarrollando proyectos y espacios con un alto grado de autonomía (qué difícil es escapar del control social) en ámbitos tan dispares pero imprescindibles como el trabajo, la educación, la salud, el desarrollo comunitario,… Apoyamos sin reservas estos proyectos basados en la autonomía y la autogestión, donde la democracia directa es la base de decisión y donde todas las personas están al mismo nivel.

Sin embargo, no podemos ocultar una realidad. Estos proyectos son a día de hoy minoritarios, además requieren de una concienciación y una valentía que no todo el mundo, ni mucho menos, posee (al margen de la situación personal de cada una). Es necesario apoyar, fomentar y participar de estos espacios de libertad pero la situación apremia y una revolución de tal calibre (la que nos llevaría a una sociedad libre sin espacios de poder y sin explotación) lleva un largísimo camino que, si bien hemos de empezar a andar, no puede ser excusa para obviar la situación que nos rodea.


En el estado español hay familias enteras que día tras día se quedan sin un techo bajo el que cobijarse, casi un tercio de la población infantil pasando hambre, más de seis millones de personas desposeídas del único modo de subsistencia que el capitalismo permite (el trabajo asalariado), varios millones viviendo de la caridad o exprimiendo hasta la última gota cualquier pensión o prestación, recortes en todo tipo de servicios y prestaciones que precarizan más y más nuestra vida. Estas y tantas otras situaciones provocan un nivel de angustia e impotencia que llevan en algunas ocasiones a quitarse la vida ante la falta absoluta de perspectivas de futuro.

La pregunta es obvia, ¿cómo combinar ambas cuestiones? Una revolución tanto personal como social es imprescindible, pero hay algo clarísimo: la revolución o es de todos o no será y la situación actual está más encaminada a la subsistencia del día a día que a la alteza de miras y la consecución de grandes logros revolucionarios. ¿Entonces?

Sería ingenuo esperar que todo el mundo de repente comprendiéramos la absoluta necesidad de construir nuestras vidas y nuestra sociedad al margen del control estatal así pues, ¿qué hacer?


En este terreno, debemos seguir luchando en la defensa de nuestros iguales frente al canibalismo del capital, más que nunca hay que poner en marcha mecanismos de solidaridad y apoyo mutuo. La mejor forma de demostrar que la construcción de la autonomía es posible es demostrándolo día a día, no podemos encerrarnos en nuestros proyectos y desconectarnos de la realidad; sino que hay que tratar de ir involucrando al máximo de gente posible desde la práctica diaria de la solidaridad.

Aquí, también se plantea una cuestión interesante. ¿Cómo mantenerse al margen de luchas cotidianas cuando el dolor y la muerte de seres humanos nos envuelven de una forma absoluta? Imposible, hay que estar a pie de calle peleando incluso por reivindicaciones que nos saben a poco, reformistas y legitimadoras pero, sin duda, una salida de emergencia para esta situación asfixiante. Me detengo en tres luchas que me parecen interesantes por diversas razones.

Por un lado, en el tema de la vivienda hemos visto y seguimos viendo una enorme movilización social. Sé que la dación en pago no es solución (aunque sí un alivio) pero lo que me interesa del asunto y lo que apoyo fundamentalmente es el empoderamiento social frente a los desahucios y la toma de la okupación como una estrategia cada vez más aceptada por un mayor número de personas. La acción directa colectiva como forma de lucha es un paso enorme.
(Por ejemplo http://www.publico.es/457625/la-pah-ocupa-otros-dos-bloques-de-pisos-vacios-en-badalona-y-torrevieja)
 

Luego, tenemos el camino emprendido por diversos colectivos sociales por la Renta Básica. Existen múltiples propuestas sobre este tema, la mayoría de ellas encaminadas a perfeccionar la sociedad de consumo (aunque para ello, dotando de recursos económicos a todo el mundo), sin embargo el camino tomado por las gentes de la red de Baladre puesto en primera línea por los campamentos Dignidad extremeños tiene un factor de construcción de lo colectivo más que interesante, al tiempo que posibilita el abandono del trabajo asalariado como método de subsistencia.
(Me refiero a esto https://www.youtube.com/watch?v=m28bPSwSmgY)


Por último, en el ámbito laboral (por desgracia tan importante a día de hoy) destaco la lucha propuesta desde el anarcosindicalismo por la jornada laboral de un máximo de 30 horas semanales sin reducción salarial como estrategia para repartir el trabajo (y de paso un poco la riqueza).
(Propuesta aquí http://www.cnt.es/noticias/reduccion-de-jornada-30-horas-semanales-sin-reduccion-salarial)
 

Tomo las tres propuestas como ejemplo y como simples herramientas de transformación ante la emergencia social que vivimos, pero destaco lo mucho que pueden servir para que aquellas personas que no están por la construcción de ese otro mundo posible empiecen a vislumbrar otra realidad que sirva de impulso para seguir profundizando en su lucha personal y hacia una revolución social.

Sé que este es un discurso que no gusta a casi nadie; pero creo que conjugar las dos vertientes: la construcción de espacios independientes del control estatal y la mejora inmediata de las condiciones de vida de la inmensa mayoría, es muy importante para poder iniciar el largo camino de la evolución personal y, sobre todo, de la revolución social.

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viernes, 4 de enero de 2013

EN ESTE 2013

Iniciamos un nuevo año y aunque sea un topicazo no podemos dejar pasar la oportunidad de hacer balance de lo pasado y realizar una pequeña reflexión sobre lo que está por llegar.
Venimos de un año que nos ha arrastrado un poco más hacia ese pozo sin fondo que es la estafa capitalista de la crisis. En su nombre (el de la crisis) todos los ámbitos de nuestra vida se han precarizado de manera radical hasta ponernos en una situación teóricamente insostenible, digo teóricamente porque la capacidad de aguante y la credulidad de las personas no deja de asombrarme cada día que pasa.

Más de once millones y medio de personas en riesgo de pobreza o exclusión social en todo el Estado, un paro cercano a los seis millones, un 22% de los hogares españoles (prácticamente 1 de cada 4) están por debajo del umbral de la pobreza, la brecha económica entre ricos y pobres se agranda a cada segundo, más de 80.000 desahucios a causa de la codicia y el terrorismo bancario,…

Todo esto acompañado por la actuación de un gobierno que al igual que su predecesor, se ha dedicado a realizar la doble función que tiene encomendada dentro del sistema capitalista: proteger y favorecer los intereses del capital (que al fin y al cabo son los suyos) y fortalecer su propia estructura, esencialmente represora. Así, venimos sufriendo la desposesión de todo derecho laboral y la imposición de un trabajo esclavo (o lo tomas o en la calle, hay cien mil que lo quieren, te dicen) en aras de eso que se llama competitividad y que no es otra cosa que abaratar costes de producción (a base de bajar salarios y subir jornadas laborales) para aumentar los beneficios empresariales. El progresivo desmantelamiento de los servicios públicos para poder hacer negocio y sacar beneficios de la educación y la salud de las personas; a la vez que dedicar miles de millones que dejamos de invertir en ellos, a transferirlos a las cuentas de resultados de los bancos. Sin olvidar una reforma educativa que pretende envilecer más si cabe la educación dejándola al nivel del mejor nacional catolicismo. Sin embargo, no todo lo “público” se desmantela. Hemos visto aumentar el gasto represor (policial y militar) y durante todo el año hemos tenido muestras de sobra sobre cómo el Estado trata a las personas que osan enfrentarse (ni que sea mínimamente) al sistema. La represión de cualquier tipo de protesta ha sido brutal y sin contemplaciones, palizas, agresiones, detenciones ilegales, multas, identificaciones aleatorias, persecución y un largo etcétera.

 
Esto es sólo un breve resumen, lo malo es que el 2013 se presenta  infinitamente peor que el año pasado. La profundización en las políticas de recortes (austeridad es el término técnico) y desposesión de derechos irán en aumento. Amparados en los dictados del Mercado y la Troika y en la impunidad de la que se saben dueños, gracias a esa magnífica falacia de la representatividad de un pueblo, seguirán con la misma línea de empobrecer a la mayoría de la población para enriquecerse más y más un pequeña minoría que no tiene el más mínimo atisbo de remordimiento frente a la miseria y la muerte que están causando.
No debemos engañarnos, estamos todavía lejos de vivir un periodo revolucionario (de hecho está más cerca uno involucionario que otra cosa). No tenemos ni la conciencia ni la valentía suficiente (al menos de momento) para emprender ese viaje. Esto no es razón para desfallecer, todo lo contrario, es momento de redoblar esfuerzos y no dejarse agotar ante la abrumadora evidencia del triunfo del sistema.

En este 2013 debemos tener presente las dos líneas de lucha que tenemos ante nosotros.

Por un lado, tenemos la pelea del día a día contra la incesante pérdida de derechos y el aumento vertiginoso de la pobreza (tanto económica como social) a nuestro alrededor. Ahí están la lucha sindical, no necesariamente a través de sindicatos, en la esfera laboral; también tenemos los movimientos de defensa de los servicios públicos, la labor del activismo en defensa del derecho a la vivienda,… Todas estas luchas y muchas otras son necesarias e imprescindibles en estos momentos de necesidad material absoluta. Además, cumplen un propósito secundario como puerta de acceso a la lucha social de muchas personas que hasta la fecha vivían en la aparente tranquilidad del “Estado de bienestar” y del “Capitalismo amable”. Sin embargo, este constante ir a contracorriente de las decisiones políticas no puede ni debe convertirse en un fin en sí mismo, es decir, no podemos caer en la tentación de conformarnos con quedarnos como estábamos hace unos años. El peligro de sucumbir a los cantos de sirena lanzados tanto desde la socialdemocracia (y desde luego no me refiero al PSOE) como desde posiciones, apenas disimuladas, neofascistas acerca de que la gran solución pasa por imponer una regeneración democrática (qué miedo da esta expresión) y las oportunas regulaciones en las reglas de juego del capitalismo.

Así pues, hay que apoyar y participar de estas luchas pero no debemos perder la perspectiva de que hay una segunda línea de lucha, de fondo, de sacrificio, pero que es la que verdaderamente puede ofrecernos la posibilidad de llegar a ese cambio revolucionario tan necesario por el bien de la humanidad y del planeta.

Esta segunda línea parte de la conciencia de que no es posible vivir de manera digna y libre bajo este sistema cuyos cimientos se asientan en la explotación de todo y de todos hasta la muerte. Y sobre esta certeza y desde la que nos ofrece la observación directa acerca de que todo Estado no es más que un aparato montado para administrar y gestionar los asuntos e intereses comunes de la clase dominante y, para cuando la ocasión lo requiere, reprimir sistemáticamente a la población; debemos trabajar fuera del radio de acción y de las normas del sistema.

En lo personal, esta línea parte de la autoformación de esa conciencia crítica. Es imprescindible desconectarse del consumo acrítico de información y empezar a pensar por nosotros mismos. A partir de ahí, debe ser nuestro primer objetivo crear, apoyar y participar activamente en la creación o mantenimiento de iniciativas-proyectos que ofrezcan alternativas. Proyectos basados en la autogestión (es imprescindible no depender económicamente) y la horizontalidad, en formas de trabajo cooperativas y no competitivas que busquen el bien común y no el lucro individual. De esta forma es imprescindible el disponer de una red de medios de comunicación e información ajenos a la lógica del capital; es indispensable el fortalecimiento y la ampliación de las iniciativas cooperativistas y colectivistas como alternativa a la explotación capitalista; es necesario el empoderamiento político y social de todas las personas a través de asambleas populares donde poder participar y decidir sobre aspectos comunes vitales; necesitamos con urgencia la creación de un “sistema educativo” (por llamarlo de alguna forma) que ofrezca visiones y maneras diferentes de vivir.

En definitiva, hay que ser capaces de comprender que sin esfuerzo y sacrificio (obviamente acompañado de la alegría que da el ser coherente en tu día a día). No hay verdadero cambio sin estar dispuestos a perder todo aquello que creemos poseer, sin esto no es posible la ansiada revolución.

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

REVOLUCIÓN E INMEDIATEZ

El título de este post surge de la reflexión ante los acontecimientos que se van desarrollando a nuestro alrededor durante estos últimos años.
La aceleración de la destrucción de la mascarada que suponían los Estados del Bienestar ha dado paso al estupor en las sociedades del Norte opulento. Tras años de vivir el sueño capitalista sin mirar atrás, es decir, sin que nuestras mentes precarias hayan tenido siquiera la opción de pararse a pensar por un instante el precio que estábamos pagando por esa vida consumista y totalmente automatizada. Ni por un instante, la mayoría de nosotros, sopesamos el nivel de miseria, explotación y destrucción a la que estábamos (estamos) sometiendo a gran parte del planeta y a todo ser vivo, incluidos los seres humanos, que en él habitan. Porque no podemos engañarnos por más tiempo, no es posible una gestión humanizada del capitalismo. Ni capitalismo amable, ni verde ni nada que se le parezca. Este sistema requiere de explotación y de represión en grandes dosis; sino, no es posible. Y todo esto es inimaginable sin el soporte de los Estados. Hay una frase del historiador francés Braudel que dice: el capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado.
Esto es exactamente lo que está sucediendo ahora mismo. La identificación Capitalismo-Estado es absoluta. Frente a todas esas tesis que se empeñan en asegurar que la crisis actual (utilizo el término crisis para resumir la situación actual a sabiendas que esto no es una crisis sino una estrategia perfectamente orquestada para arrasar con cualquier atisbo de derecho que pudiéramos tener) se debe a la desregulación del sistema y al ataque neoliberal contra el Estado del Bienestar, afirmación ésta que da por buena la acepción anteriormente comentada del capitalismo amable, y que se resolvería con una buena regulación de los flujos económicos y, en el caso concreto español, con el cumplimiento de lo que refleja la Constitución del 78 (esa que consagra entre otras cosas al capitalismo como sistema y la explotación como método, o legitima la toma del poder por parte del ejército en caso de que lo anterior pudiera verse amenazado).
Esta lamentable tesis es la que se está imponiendo poco a poco tras el estallido de indignación por parte de una población que veía como se derrumbaba el maravilloso estilo de vida en el que estábamos inmersos. Gran parte de la contestación al sistema se ha ido encauzando desde unos inicios más o menos revolucionarios y esperanzadores, hacia una especie de respuesta socialdemócrata radical que básicamente consiste en el fortalecimiento de un Estado social y en la recuperación de derechos laborales y ciudadanos.
A nadie puede extrañarnos esta respuesta. Si pensamos por un momento de dónde partimos, vemos la infinitud de condicionantes que predisponían a una respuesta como ésta. Llevamos muchísimos años de dominación total por parte de la clase dominante bajo diferentes formas (monarquías, dictaduras, repúblicas, democracia parlamentaria) salvo pequeños momentos históricos y localizados muy puntualmente. Con todo lo que esto conlleva de adoctrinamiento en el espíritu de servidumbre y de resignación. Especial mención a las últimas décadas bajo el falso espejo democrático que se ha encargado de desarticular todo intento de creación y consolidación de respuestas populares y ha fomentado hasta implantarlo totalmente. Un hedonismo individualista basado el egocentrismo exorbitante que nos ha hecho desplazar el foco sobre el enemigo hasta situarlo sobre cualquiera que no sea nuestra propia persona y a interiorizar la culpa de todo lo que este sistema despiadado provoca. Por supuesto que en todo esto que comentamos hay que destacar el papel realizado por el sistema educativo y los medios de comunicación, ambos controlados y dirigidos por los mismos intereses. Con todos estos y muchos otros argumentos nos encontramos que cuando se intenta dar una respuesta por parte del pueblo ésta se convierte en efímera y se diluye lentamente en un sinfín de acciones tan valientes como estériles.
Esta respuesta se ha visto, a su vez, condicionada por varios factores; pero sólo quiero comentar un par de ellos, uno en el plano individual y otro en lo colectivo:
-          Desde el primer momento se ha entendido que la opción válida de hacer política es recuperar el espacio público y común para la acción política, entre otras razones por el hartazgo de las estructuras corporativistas de partidos y sindicatos en general. Esto derivó en la creación de asambleas populares, grupos de afinidad,… sin embargo el paso del tiempo y pasado el subidón revolucionario inicial se ha impuesto la lógica del sistema que nos hace egoístas y desconfiados de nuestros iguales, que nos convierte en seres incapaces de asumir un compromiso a largo plazo y con claras dificultades para compartir el esfuerzo y el compromiso. Obviamente esto como todas las generalizaciones no refleja fielmente el total de la realidad pero sí, creo, que una gran parte de ella.
-          En lo colectivo este desmembramiento de la respuesta popular ha posibilitado que sus restos fueran buscando alianzas en colectivos y partidos políticos de la llamada izquierda social y radical. Toda vez que todo este grupo de colectivos y partidos parte de la base de la exigencia al poder establecido o la toma del mismo por las vías que el capitalismo ofrece (es decir nulas para quien no sea capitalista) las respuestas se han ido matizando y reelaborando hasta encajar en este marco de acción convirtiéndose, así, en réplicas de lo ya existente. Por otro lado, los colectivos que se mueven fuera de ese ámbito y que no están interesados en la toma del poder sino en la construcción de alternativas viven inmersos en el constante dilema de mantenerse “puros” y por tanto verse reducidos a la invisibilidad.
Desde luego que el cambio no va a ser fácil, pero necesitamos pensar en un nuevo modelo social en el que todo el mundo tenga cabida mientras seguimos en la calle con la protesta. Ese modelo social implica, necesariamente, la participación de todas las partes. Y esto es lo más complicado: crear una manera de relacionarnos que se ajuste a todas las nuevas realidades y necesidades.
Es necesario realizar el esfuerzo personal de reflexionar y compartir estas reflexiones acerca de aquellas cuestiones que consideramos indispensables en la lucha anticapitalista e iniciar, de esta manera, la creación de un verdadero tejido social de lucha y oposición con ese componente de creación de nuevas formas de relacionarnos entre las personas y el medio.
La salida pasa por nuevas formas de organización y participación, en la que todo el mundo pueda (y lo haga) implicarse de manera directa. También pasa por romper esas cadenas mentales que nos unen a un modelo de vida, el capitalista, que no se corresponde con la esencia humana ni con nuestro lugar dentro de ese todo llamado Tierra. Pasa por recuperar la fe en nuestra propia potencia creadora y en aunar esfuerzos con el resto.
En definitiva, pasa por creer de verdad que ese otro mundo es posible y por desear que ese otro mundo sea una realidad. A partir de ahí, hay que obrar en consecuencia (a cada cual su historia personal, su conciencia político-social,… le hará seguir su camino en ese obrar en consecuencia) y, sobre todo, no desfallecer jamás.
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lunes, 29 de octubre de 2012

REFLEXIÓN Y ACCIÓN

El tiempo sigue pasando y lo que parecía una situación insostenible hace ya un par de años, se ha convertido en algo crónico. La teoría de la implosión del sistema, va dejando paso a la realidad de una simple vuelta de tuerca más y a la sensación de que todavía quedan muchas vueltas más habida cuenta de la respuesta popular que se produce.
Este panorama nos deja la extraña sensación de trabajar a paso cambiado, es decir, parece que las respuestas a los furibundos ataques del sistema son sencillamente eso: respuestas y, por tanto, siempre producidas por detrás en el tiempo y con mínimas posibilidades de éxito. Las respuestas son necesarias, imprescindibles pero no son suficientes si el verdadero objetivo es acabar con este sistema criminal llamado capitalismo que nos condena a la esclavitud y a la muerte. Necesitamos alternativas, otras formas de vivir y convivir con el resto de seres humanos y con el planeta.
Es imprescindible que todas las personas reflexionemos acerca de aquello que queremos para nuestras vidas y sobre todo aquello que consideramos injusto en nuestra manera actual de convivir. Para ello, debemos tener el arrojo de liberar nuestras mentes de todos aquellos dogmas inculcados y acceder a la información con un criticismo suficiente como para ser capaces de aceptar e integrar o rechazar aspectos y matices que consideremos válidos provengan de donde provengan.
Estas barreras mentales impuestas provienen en su mayoría de un sistema que siempre ha tenido claro qué valores inculcar y promover y cómo hacerlo. La enajenación a la que se somete a cualquier ser humano (especialmente si desarrolla su existencia en los mal llamados países democráticos) desde la infancia es constante. Sistemas educativos diseñados para crear autómatas sin capacidad de raciocinio; perfectamente dispuestos a acatar todo aquello que le está reservado en la vida; modelos sociales vacíos de contenido moral a los que admirar con la secreta esperanza de convertirse en uno de ellos; referentes culturales prefabricados con el único propósito de hacer olvidar la verdadera cultura: la cultura popular; un inmenso sector dedicado exclusivamente a entretener al personal cumpliendo de manera tan eficaz su objetivo que ha acabado por convertirse en el analgésico más potente jamás utilizado por el ser humano. Todo esto se refleja en todas las personas y sus acciones e, incluso, en aquellas que tienen y mantienen una trayectoria de contestación al sistema, y es necesario partir de este reconocimiento para, a partir de ahí, empezar a construir. Este efecto perverso del funcionamiento del sistema también tiene su influencia, de manera más dolorosa si cabe, entre aquellas personas que se posicionan en posturas llamadas antisistema. Así nos encontramos enrocados en nuestros propios dogmas y maneras de lucha sin ser capaces de reconocer lo positivo que puedan tener otras formas de hacer y pensar, dándose una situación de “o conmigo o contra mí” que inevitablemente nos encierra y nos limita dando nuevamente la ventaja al sistema.
En un sistema cuya mejor arma de desactivación es el individualismo llevado al extremo, la respuesta natural debe ser lo colectivo. El uso de nuestras capacidades para recuperar lo que por derecho es nuestro, el espacio público donde hablar, debatir y decidir por nosotros mismos es un primer paso, un buen primer paso, pero sólo eso.
El gran paso consiste en llevar adelante esas decisiones. Por ello, romper el egoísmo inducido en el que vivimos es imprescindible. Sin el compromiso y el sacrificio, sin la capacidad de creer y pensar en el otro, sin el esfuerzo que supone la formación personal para poder actuar con conciencia, es imposible siquiera hacerle un rasguño al sistema, y estoy convencido de que para llevar adelante nuestras decisiones habrá que hacerle mucho más que un simple rasguño.
Sin embargo la realidad nos demuestra que ni siquiera ese primer paso es factible sin una verdadera voluntad de ruptura. La inmensa mayoría de planteamientos que se proponen son meras continuaciones de la actual situación (eso sí bajo cualquiera de estas etiqueta de capitalismo amable, capitalismo de Estado, capitalismo verde,...), fundamentados en planteamientos inamovibles basados en conceptos y axiomas transmitidos de generación en generación sin el más mínimo atisbo de evaluación y reelaboración tan necesaria frente a un sistema capitalista en constante evolución.
Es necesario realizar el esfuerzo personal de reflexionar y compartir estas reflexiones acerca de aquellas cuestiones que consideramos imprescindibles en la lucha anticapitalista e iniciar, de esta manera, la creación de un verdadero tejido social de lucha y oposición con ese componente de creación de nuevas maneras de interrelación entre las personas y el medio.
Nuestra pequeña aportación a este debate gira alrededor de un tema capital: Una sociedad de personas libres:
¿Es posible ser libre sin tener acceso a la información y a la decisión sobre todo aquello que nos afecta y rodea?
¿Es posible ser libre sin tener garantizada la subsistencia material?
¿Es posible ser libre en una sociedad con estructuras de control y de poder?
¿Es posible ser libre en un mundo dónde la única manera de obtener riqueza es a través del trabajo?
¿Es posible ser libre sin reconocer nuestro papel secundario dentro del planeta?
¿Es posible ser libre mientras haya un ser humano sometido por otro ser humano?
Estas preguntas y muchas otras que giran alrededor de otros temas considerados como importantes, necesitan nuestras respuestas, las de todo el mundo, y empezar a elaborar ese camino que debemos recorrer entre todas para llegar allí. Como siempre el tiempo apremia y sabemos de sobra que el camino es largo; por tanto, no debemos perder tiempo.

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miércoles, 20 de junio de 2012

¿Y AHORA QUÉ? AHORA MÁS LUCHA

Todavía estoy viendo a un Rajoy pletórico explicando cómo nadie le había presionado para aceptar el rescate, sino que más bien había sido él  quien había presionado para conseguirlo. Poco menos que garantizaba la solución a todos los problemas del país tras la salvadora línea de crédito a la banca y para celebrarlo cogió un avión de esos que le pagamos entre todos y se fue a ver el fútbol como buen patriota que dice ser (inciso: cómo deben estar de quemados los más fachas con Mariano viendo cómo regala la soberanía del país al Imperio Alemán).
Enseguida se vio que esto no iba a funcionar y que hasta el más alienado se había dado cuenta de que todo era un camelo para regalar más dinero a la banca a costa de todos nosotros. A pesar de las primeras negativas del gobierno, pronto han trascendido las nuevas penalidades que vamos a sufrir el pueblo: subida de impuestos indirectos (como siempre la fiscalidad se toca para joder a los trabajadores y no a los capitalistas), bajada de salarios para el funcionariado (un clásico), disminución de las prestaciones por desempleo y endurecimiento de los requisitos para cobrarlas (es decir, menos tiempo de paro y menos dinero) y, por último y sobre todo, aceleración de la puesta en marcha y posible nuevo aumento de la edad de jubilación y una bajada de las pensiones (esta vez a las claras y no enmascarada como la última vez).
Cuando esos datos macroeconómicos con los que todo el mundo se ha familiarizado (deuda, prima de riesgo, solvencia, mercados,…) se mantuvieron igual de altos pese a las profecías de nuestros dirigentes, los medios de intoxicación y la maquinaria del Estado se apresuraron a asegurarnos que era debido a que los mercados (eso que llaman así, pero que tienen nombres y apellidos) estaban intranquilos debido a la incerteza del resultado de las elecciones griegas.
Estas elecciones se nos presentaron como la madre de todas las batallas por la supervivencia del euro (a pesar de que ninguno de los contendientes había asegurado con rotundidad que querían salir del euro sino que sólo querían replantear las condiciones existentes) y ya se encargaron los poderes fácticos del capital de encauzar el resultado que más les convenía para su beneficio (demostrando de paso la futilidad de las elecciones y del sistema de representación en el que se asientan las llamadas democracias modernas). Los más inocentes respiraron aliviados porque los mercados iban soltar las garras clavadas en nuestro cuello; pero nada más lejos de la realidad.
Para acabar de convencer a estos inocentes, llegamos a la reunión del G20 en México y nos abren los ojos al confirmar que nos han rescatado y que estamos muy jodidos (como si no lo supiéramos). Mientras tanto seguimos en lo más profundo de esta estafa a gran escala que es el capitalismo y su supuesta crisis.

Ante esta situación la protesta popular sigue siendo más bien escasa. El mayor foco en la actualidad son las luchas mineras y de los astilleros con larga tradición y de regular periodicidad. Estas luchas merecen el máximo respeto por parte de todos porque la dignidad de las luchas por el pan es uno de los activos más grandes que ha tenido el pueblo a lo largo de la historia. Sin embargo, no hay que olvidar que este tipo de lucha empieza y termina por hechos muy concretos y difícilmente se convierten en la punta de lanza de algo mayor.
Precisamente, la lucha por objetivos mayores es la labor más importante en momentos como este y ahora mismo esta lucha se haya huérfana de cabezas y brazos.
Los diferentes colectivos de la llamada extrema izquierda no han conseguido visibilizar sus luchas en momentos, a priori, propicios para ello como son los actuales, fundamentalmente debido a la eterna incapacidad de renunciar a ciertos aspectos teóricos que sólo importan a los revolucionarios de salón olvidando qué es aquello que realmente importa para sus diferentes causas.
Por otro lado, está el 15-M que empezó con una fuerza inusitada y levantando grandes expectativas entre muchos de nosotros y que en la actualidad se encuentra enmarañado en infinitud de pequeñas batallas pero que mantiene el valor de haber iniciado una corriente de empoderamiento político y social que no va a caer en saco roto. Una vez pasada la mediatización de los primeros tiempos hay muchas asambleas que se han mantenido en infinitud de sitios manteniendo una realidad asamblearia y horizontal que es la verdadera base del cambio.

No tengo la receta mágica para desencadenar la verdadera batalla contra el sistema pero necesitamos la reacción del pueblo. Da igual como suceda pero la necesitamos con urgencia o cuando llegue, será demasiado tarde. Por eso, ahora más lucha.