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lunes, 20 de enero de 2020

IMPOTENCIA: lo sabemos todo, pero no podemos nada.

Esta sentencia resume perfectamente lo que cualquiera puede observar en su quehacer diario. Medios, redes, vecinos, amigos, compañeros… todo el mundo maneja las claves de todo tipo de información y conocimiento. Recibimos constantemente el mensaje de vivir en una sociedad donde la información está al alcance de la mano, tenemos millones de datos disponibles, de historias, de noticias, informes… al alcance de un solo clic, cualquiera diría que estamos en condiciones de conocerlo todo. A la vista de la proliferación de opinadores totales que aparecen en medios y redes sociales, es evidente que mucha gente cree saberlo todo o, por lo menos, todo lo necesario para ofrecer su visión del mundo y de la vida. A todo eso, hay que añadir la credulidad imperante y el poco análisis crítico que existe entre su audiencia (una gran mayoría) nos vemos abocados a un descorazonador panorama que se resume en la sentencia citada en el título: lo sabemos todo, pero no podemos nada. Y la vida sigue empeñada en demostrarnos que no somos capaces de variar ni un ápice. Hemos interiorizado de tal manera la delegación que ya no vemos posible una correlación entre lo que sabemos/conocemos y lo que podemos llegar a hacer con ello. Esto nos lleva hacia un futuro más que incierto en el que parece que sólo haya dos vías posibles: apocalipsis con todo lo que eso implica o solucionismo.

La primera vía nos conduce al autoritarismo de manera directa. Sea en forma de lo que se denominan ecofascismos o no, lo cierto es que el sometimiento de las poblaciones será cada vez mayor (siempre por nuestro propio bien, por supuesto) Sin descartar que esto suceda hasta por aclamación popular.

La segunda vía es la que más me interesa, no porque la comparta sino porque es la que parece imponerse en la izquierda (signifique esta palabra lo que signifique) y los movimientos alternativos.

El solucionismo es un término acuñado en un primer momento por Evgeny Morozov que lo define como la ideología que legitima y sanciona las aspiraciones de abordar cualquier situación social compleja a partir de problemas de definición clara y soluciones definitivas. En palabras de Marina Garcés, representa un saber que no quiere hacernos mejores como personas/sociedad, no creemos en ello porque lo sabemos todo y, a pesar de eso,  no podemos o no somos capaces de hacer nada. Esto genera un impotencia que nos lleva a desear y esperar soluciones/privilegios aquí y ahora.

Simple y llanamente, consiste en mejorar las posibilidades de una huida hacia adelante sin salirnos del paradigma dominante, sin abandonar esos lugares comunes que son el crecimiento y la productividad mil veces redefinidos y revestidos con diferentes capas pero que siempre encierran la misma lógica: la del capital. Esta huida se ve y se seguirá viendo reflejada en las diferentes alternativas, siempre capitalistas por mucho que las acompañen de adjetivos tan estupendos como colaborativa, social… a la crisis. Por eso es tan importante aportar lo que aparentemente son soluciones definitivas, por eso existe tanto tecno-optimista. Aquellos que creen que la tecnología solucionará todos nuestros males, aquellos que por lo tanto, ya han renunciado a cualquier tipo de esfuerzo por tratar de revertir la situación. Son, en definitiva, los que confían en esa utopía solucionista que nos transportará a la humanidad (o, más bien, a los que puedan permitírselo) a un mundo sin problemas donde los humanos podrán ser estúpidos porque la inteligencia será una cuestión que la delegaremos en las máquinas, procedimientos… De momento, la parte de los humanos va cumpliéndose a gran velocidad.

Todo esto está cambiando nuestra manera de estar en el mundo. Nos centramos en nosotros, nuestro bienestar dentro de la burbuja que nos esforzamos en crear porque empezamos a descubrir que el presente no dura eternamente y lo que viene después es horrible. Esto nos deja en una posición crítica.


Esta impotencia que nos impide incidir en nuestras vidas más allá de lo cosmético, nos aboca a una existencia en permanente combate por seguir adelante aunque no sepamos hacia dónde porque sólo el movimiento perpetuo nos hace sentir vivos. Lamentablemente el combate es entre nosotros. Luchamos por sobrevivir unos contra otros. Nos convertimos en víctimas para nosotros mismos y frente a los demás, a los que pasamos a considerar nuestros enemigos si no son capaces de entender la gravedad de nuestra situación. Por supuesto, nosotros somos incapaces de ver que el resto está exactamente en la misma posición. El resultado de todo esto es que inmediatamente todos estamos enfrentados. Así se cierra el círculo virtuoso que posibilita una desconexión total entre iguales y, por tanto, se pierde la posibilidad de romper esta telaraña que nos oprime, ya que sin el otro es absolutamente imposible.
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viernes, 22 de febrero de 2019

UN DÍA CUALQUIERA DE UNA VIDA AFORTUNADA



Te vas arrastrando, lentamente, a través de los días. Intentando desgastarte lo mínimo posible en un trabajo que, tal vez, algún día te gustó pero que ya no recuerdas la última vez que te ilusionó, que regresaste satisfecho al hogar.
Reservas la energía para los tuyos, para lo tuyo, para vivir eso que consideras tu vida.
¡Tienes suerte!, dicen muchas voces a tu alrededor, muchas de ellas son voces amigas y, sin embargo, en tu cabeza no suenan para nada amistosas. Incluso, a veces, te parece entrever un tono de reproche.
¿Suerte? Sin pronunciar la palabra, tu rostro es lo que da a entender porque enseguida esas voces sienten la necesidad de explicártelo. Tienes trabajo, casa, familia… (sí, en ese orden suelen reiterarlo) Tienes una nómina, suelen concluir a modo de sentencia, por si todavía no te habías dado cuenta de que eres poco menos que la encarnación de dios en la Tierra. Poco les importa lo que esa suerte supone para tu salud mental, para la física, para la convivencial… Al fin y al cabo, tienes ingresos y eso es lo que importa, eso es lo que te permite ser alguien.
Ni siquiera tratas de rebatir nada, demasiadas veces has intentado explicar que la vida debería ser otra cosa, debería regirse por otros criterios. Que ser afortunado sería poder disfrutar viendo crecer a tu hijo, aprendiendo con él en lugar de tener que conformarte con verle un rato al día cuando ya no te quedan apenas fuerzas para seguir adelante. Que ser afortunado sería seguir construyendo y caminando nuevas vías junto a tu pareja en lugar de estar pendientes del siguiente pago, del siguiente percance que te dinamite la economía familiar. Que ser afortunado sería desarrollar tus ideas, tus ilusiones, tus inquietudes, tus anhelos en lugar de sucumbir al ritmo frenético de consumo inútil en el que vivimos.
Pero todo esto te lo guardas para unos pocos, cada vez menos, y prefieres aceptar tu supuesta suerte y encerrarte en ella con la íntima esperanza de que algún día todo cambie y vire a tu favor por mucho que seas totalmente consciente de que los vientos no soplen a tu favor.
Eso sí, te queda el exabrupto, la maledicencia y las benditas redes sociales para volcar toda la frustración que esa vida tuya tan afortunada te produce.
 

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jueves, 3 de enero de 2019

RETRATO DE UN PRODUCTO (En su doble vertiente)

Soy un producto, o eso es lo que se pretende, lo que quieren que seamos, lo que probablemente ya sea a estas alturas.
Un producto del que todo es factible de ser aprovechado, consumido. Cada partícula de mi ser sirve para hacer negocio con ella. Cualquier aspecto inmaterial que me conforma vale para que obtengan beneficio de él. Tanto lo físico como lo intelectual, incluso aquello que podría ser considerado como espiritual es comprado por el mejor postor a diario. Se vende quiera o no, oponga mayor o menor resistencia sucede constantemente. Y si lo pienso, ni que sea por un momento, me doy cuenta de que me vendo por nada.

Soy consumido a cambio de consumir, un triste círculo vicioso que no debería consolar ni al más estúpido de los humanos. Y sin embargo, lo hace. Casi siempre lo hace. No hay otra explicación para esa espiral en la que nos consumimos y llamamos vida. Vida triste que rápidamente nos encargamos de poner en el escaparate, presumiendo. Absurdo, no existe otra palabra que lo defina.

Exhibido en un escaparate de alcance mundial, sin pudor, sin escrúpulos, con toda la crudeza que requiere reducir un ser humano a la simple condición de objeto. Pero no un objeto cualquiera, sino uno de la más baja condición, uno de usar y tirar. De los que no requieren siquiera un mínimo de mantenimiento. Porque además de ser un producto susceptible de ser comprado o vendido, también soy un producto de este tiempo. Tan asimilada mi condición que yo mismo me pongo en ese escaparate. No necesito que nadie lo haga por mí, yo me basto y me sobro para hacerlo y hasta para vanagloriarme por ello. La estupidez es imprescindible para ser un buen producto, es una característica muy apreciada por los compradores.

Como decía, soy un producto de mi tiempo y envuelvo mi vida con colores llamativos en forma de experiencias vitales porque sé que el contenedor es más importante que el contenido. Experiencias que vendo como únicas, sin ser consciente de que son exactamente las mismas que venden el resto, porque ya la imaginación no nos da para más. Porque somos material clonado, moldeados bajo un mismo patrón que nos hace creer únicos cuando no somos más que copias que van perdiendo calidad con el paso del tiempo.

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miércoles, 14 de noviembre de 2018

EN LA DERROTA...

Ese parece ser el hábitat natural de todas aquellas personas con un mínimo de conciencia social.

A poco que uno quiera darse por enterado del mundo en el que vive, sabe que está involucrado en una batalla y que va perdiendo (a no ser que pertenezca a esa minoría que se lucra con el dolor ajeno y no le importa nada más que su situación actual). Al menos, esta es la sensación que tengo y creo percibir en muchas ocasiones a mi alrededor. No parecen buenos tiempos, de verdad que no.

Sin embargo, es en la derrota donde uno empieza a vislumbrar la esperanza. Sentirse derrotado sólo es posible cuando se ha emprendido la batalla, cuando se ha entendido que la lucha es un camino necesario, se desarrolle ésta en el lugar y las condiciones que sean. Por ahí es por donde se deja entrever una esperanza. Muchos son los que se sienten derrotados sin haber dado un paso, sin haber recibido un golpe, sea físico o moral, sin haberse atrevido a traspasar el umbral de la seguridad de su casa, de sus dominios al fin y al cabo por ínfimos que éstos sean. Eso no es derrota, eso es aceptación, acatamiento, resignación, humillación en cualquier caso. Todo, mucho peor que la derrota, porque ahí no hay esperanza, ahí sólo hay servidumbre, negación de uno mismo.

Es cuando entramos en conflicto con el mundo hostil del que formamos parte cuando florece la posibilidad. En la derrota se intuye la posibilidad de la futura victoria y eso, en no pocas ocasiones, es más importante, más exitoso incluso que lograr superar el propio conflicto. No nos engañemos, en casi cualquier lucha social siempre salimos perdiendo. Hasta cuando creemos haber ganado y logrado un objetivo marcado no podemos obviar que siempre es el poder el que nos lo concede y a la larga (o a la corta en muchos casos porque de las palabras a los hechos hay un mundo) lo único conseguido es reforzar un sistema del que presuntamente renegamos.

Pero, independientemente del resultado inmediato de la lucha, de la supuesta derrota o victoria, lo que subyace en todo ello es la experiencia vivida e interiorizada de cada uno, la red de vínculos tejida en el día a día de la lucha con personas afines que han estado codo con codo al pie del cañón, la constatación de haber encontrado sensibilidades capaces de funcionar de forma autónoma dentro del engranaje social… Y eso sí que es atisbar la esperanza, vislumbrar la posibilidad de construcción de otro mundo. Esa sí es una victoria.
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viernes, 19 de octubre de 2018

SU MIEDO, NUESTRO MIEDO

El miedo siempre está presente. Es una emoción básica y uno de los motores para bien o para mal, de las sociedades humanas.
Siempre he oído que hay que hacerlo cambiar de bando; pero el miedo está en ambos lados. Simplemente, unos tienen las armas y las herramientas para protegerse de sus miedos. Otros, nos las negamos.


El sistema basado en la acumulación de capital se tambalea, se dirige a su fin tal y como lo hemos conocido hasta ahora. No parece que nada mejor vaya a surgir de sus cenizas (al menos para nosotros). Sus dos principales fuerzas motrices se agotan y se están volviendo insuficientes para mantener la dominación capitalista.
La explotación a través del trabajo asalariado ya no sirve para mantener su tan necesaria paz social. Por muchos trabajos inútiles que inventen ya no son suficientes para emplear a toda la masa obrera existente. Además los salarios de miseria hacen inviable el mantenimiento del nivel de consumo que necesita la maquinaria capitalista para mantener su función. Esto no tiene vuelta atrás por muchas motos que pretendan venderse desde el progresismo tecno-optimista oficial.
La depredación de recursos naturales y bienes comunes en todo el planeta ha llegado a límites insostenibles literalmente y las catástrofes se suceden y seguirán haciéndolo. Nada importa si reporta beneficios.

Esto es una bomba de relojería y lo saben, lo saben desde hace mucho tiempo, tal vez desde siempre. Nosotros, apenas empezamos a intuirlo. Ambos tememos la explosión de la bomba. Pero ellos siempre han tratado de controlarla y lo consiguen una y otra vez.

A golpe de leyes, de educación, de comunicación de masas, de sistemas de representación vacíos e inocuos… Siempre consiguen retornar las aguas a su cauce consiguiendo mantener esa paz social tan importante para poder seguir impunemente acaparando toda la riqueza. Al fin y al cabo se trata de eso. Cuando todo falla, siempre quedan los golpes. Es la única manera con la que logran dominar por completo su mayor miedo: el estallido de esa falsa burbuja en la que vivimos. La violencia es su bálsamo, su derecho, así lo dictaminan sus leyes.
Saben que la quiebra de esa burbuja sólo es posible si logramos desembarazarnos de esa falta de responsabilidad que nos han inoculado a través de todo ese entramado de representantes y gestores (partidos, sindicatos, iglesia, ongs…) que se encargan de nuestras vidas con nuestra complicidad. Hemos crecido bajo la premisa de acatar las acciones que hacen en nuestro nombre y aceptarlas como nuestras. Hemos aprendido a ser espectadores de nuestras propias vidas dejando que la voz cantante la lleven ellos. Superar el actual mundo depredador y formar parte de la construcción de un mundo mejor sólo es posible si lo hacemos en primera persona, sin intermediarios que nos digan lo que hay que hacer y cuándo hay que hacerlo, dando la cara a sabiendas de que eso implica dolor y represión. Y eso, sin duda, nos da mucho miedo. Un miedo que nos atenaza y nos hace creer que vivimos mucho mejor acatando y desahogándonos en el anonimato. Deseando, en la intimidad, que la eterna promesa de un mañana mejor sea renovada una vez más y nos permita seguir sin tener que arriesgar en demasía.


Lo siento, eso ya no es posible.

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miércoles, 19 de julio de 2017

EL FACTOR ESTADÍSTICO



Hace unos días, en una de esas conversaciones con amigos típicas del verano, que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan; un buen amigo recordaba una sentencia de su profesor de estadística el primer día de clase: “La estadística es el arte de engañar con números”.

Y los números están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma.

Así, la estadística se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.

Día tras día, se esgrimen estadísticas para demostrar las bondades del modelo socioeconómico y político del que formamos parte. Vemos cómo el factor estadístico nos dice que estamos en un momento de euforia colectiva a nivel económico y, sin embargo, cada día están más llenos los comedores sociales, los desahucios se multiplican, las puertas traseras de los supermercados en las que muchos esperan el sustento que no pueden conseguir por otros medios, se convierten en escenarios improvisados de la tragedia cotidiana de miles de personas.

La estadística nos dice que el salario medio en España ronda los 22.000 euros anuales pero apenas conocemos a personas con esos ingresos y, sin embargo, conocemos a muchísimos con trabajos precarios por debajo del salario mínimo.

También nos cuentan las estadísticas las bondades del capitalismo. Una de ellas es el aumento de la esperanza de vida a nivel global situándola por encima de los 70 años. Sin embargo, se olvida de mencionar los 3 millones de niños menores de 5 años que mueren de hambre cada año, es decir, seis niños por minuto. Al parecer no todos los números valen lo mismo ni necesitan ser conocidos ni difundidos.

Así, también en la política, vemos cómo el factor estadístico se impone al comprobar la manera en que los partidos políticos se apropian de la representación del pueblo por amplias mayorías al recibir vía votación el respaldo de, en el mejor de los casos, el 15% o el 20% de la población total.

Todo son estadísticas, números que justifican acciones causantes de muertes que, sin embargo, reflejan un supuesto bienestar social. Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que la estadística tiene un uso todavía más perverso.

El factor estadístico determina lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida.

En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven.

En el ámbito de la salud, el factor estadístico decide quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo.

También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.

Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero.
 

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martes, 13 de junio de 2017

ATRAPADOS


“Vivimos en el mejor de los sistemas posibles” esta sentencia o algunas parecidas son recitadas a diario de manera directa o indirecta desde cualquier altavoz de los utilizados para recordarnos lo afortunados que somos. Sin embargo, yo no veo esa “fortuna” por ningún lado. En mi entorno inmediato no consigo dar con personas satisfechas y contentas con sus vidas tal y como debiera ser según el libro de instrucciones de las democracias avanzadas de occidente que nos inculcan desde pequeños.
Obviamente, la culpa es nuestra. Esa es la única explicación razonable. No sabemos adaptarnos, no somos resilientes o no seguimos al pie de la letra las indicaciones que tan amablemente se nos brindan desde ese engendro llamado psicología positiva que tan en boga anda en estos tiempos o, simplemente no nos hemos topado con el coach adecuado. Cualquier explicación de esta índole o similar es suficiente porque, de lo contrario, nos veríamos obligados a cuestionarnos demasiadas cosas. Y, sinceramente, cada vez veo esto más difícil porque si algo caracteriza a la ciudadanía de esta sociedad tan perfecta es la progresiva precarización de la mente.

Ahora que está tan de moda etiquetar la pobreza, asignándole diversos adjetivos para rehuir hablar de la pobreza como tal, reivindico una nueva adjetivación: la pobreza mental. Por supuesto, al igual que cualquier otra forma que le queramos dar a la pobreza es fruto de un modo de vida y un sistema de explotación diseñado para la acumulación de riqueza en unas pocas manos cueste lo que cueste. Como cualquier sistema que se precie todo está enfocado y reorientado hacia su propio beneficio que no es otro que su conservación y perpetuación. Para ello, no duda en deformar todos los aspectos de la vida hasta hacernos partícipes de nuestra propia decadencia y destrucción.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.
Esto es lo que veo cada día a mi alrededor: gente resignada con una vida que al parecer le ha tocado como si fuera el resultado de un sorteo. Sin cuestionar nada más allá de lo que por momentos le aleja de mantener el ritmo de la corriente y que una vez reestablecido ese ritmo (una vez solucionados los problemas que pudiera tener para conseguir ingresos o techo o tratamientos médicos o lo que fuera) se sumerge plácidamente en la corriente hasta el próximo resbalón. Si, por el contrario, estos problemas no se solucionan siempre queda el derecho al pataleo; pero siempre en voz baja y entre conocidos mientras crece el desprecio hacia los que se mantienen dentro de la corriente. Y aunque cada vez este grupo va siendo mayor, seguimos sin desviar ni un ápice de nuestra energía a tratar de revertir ese círculo vicioso del que hablaba. En realidad tratamos con todas nuestras fuerzas de volver a él.
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sábado, 10 de septiembre de 2016

DESHUMANIZADOS

Hace unos pocos días se conmemoraba el aniversario de la muerte de Aylan, un pequeño ser humano que murió tratando huir de unas circunstancias vitales que pese a lo que pudiera parecer, no son una fatalidad del destino, sino la realidad orquestada y ejecutada por el hombre.
En realidad, no se conmemoraba su muerte. Más bien, la publicación de la fotografía donde ésta se representaba. Aylan era un pequeño kurdo que murió en las costas turcas huyendo del Estado Islámico y, esto, no deja de ser una paradoja macabra que, por supuesto, ningún gran medio de comunicación se tomó la molestia de comentar. La familia de Aylan huía de sus verdugos y murió en la puerta de los mismos verdugos. Era un viaje que ya estaba condenado, sin posible final feliz, pero a nadie le importa.
Porque en esta sociedad prima el espectáculo y éste está en la fotografía, está en el continente y no en el contenido. Hace un año aquella foto revolucionó los mass media que le dedicaron horas y horas a lo que ellos se encargaron de denominar la crisis de los refugiados (aunque en realidad se les niegue todo refugio, pero esto es sólo otro de esos aspectos irrelevantes). Sólo era eso, espectáculo. Docenas de entrevistas y reportajes que repetitivamente “denunciaban” la situación en que se hallaban y se hallan esos cientos de miles de seres humanos. Por supuesto, ni una sola referencia a causas o culpables más allá de la versión oficial, ni una sola alusión al hecho de que aquella no era una situación excepcional tal y como se nos quería hacer ver. Porque lo cierto, es que no lo era, no lo es.
Un año después, esos mismos medios recuperan el tema preguntándose qué ha pasado. Creían (o eso pretenden que creamos) que aquella fotografía cambiaría el mundo o, al menos, aquella situación dándole una solución. Nos infravaloran, sin duda, nos infravaloran y nos creen incapaces de comprender que todo su despliegue sirvió para lanzar campañas y mensajes y lavaconciencias y para, efectivamente, dar una solución: criminalizar al diferente y tratarlo en consecuencia. A él y a los que al margen de lo institucionalmente marcado deciden hacer algo al respecto. Sólo hay que ver cómo al tiempo que se rasgaban las vestiduras por la falta de soluciones se lanzaba la construcción de un nuevo muro antipersonas por parte de Francia e Inglaterra en Calais.
Sin embargo, no voy a negar que hay un aspecto de lo repetido estos últimos días que me ha llamado la atención por lo acertado; aunque difiero y mucho, del carácter excepcional que le daban. Se hablaba estos días de que la principal causa de la inacción política e, incluso, ciudadana se debía a la deshumanización a la que se había sometido a los refugiados (curiosamente esos mismos medios parecían autoexcluirse de este fenómeno, cuando son fundamentales para ello).
La deshumanización no es un fenómeno natural y puntual como pareciera, ni siquiera es la consecuencia de una determinada forma de pensar y/o actuar. Deshumanizar, quitar el carácter humano o sentimental a las personas, es algo absolutamente imprescindible para el funcionamiento de una sociedad consumista y explotadora como ésta de la que formamos parte.
Deshumanizar lo hacemos todos o casi, cada uno tiene sus razones pero es un mecanismo al que todos recurrimos para, de forma consciente o no, justificar nuestra forma de hacer. Al no reconocernos como lo que somos y aceptar una supuesta superioridad moral, intelectual o del tipo que sea podemos seguir viviendo como si tal cosa, como si Aylan fuera un caso aislado y no uno entre miles que cada año mueren tratando de cruzar unas fronteras, tras las que suponen un paraíso, que justificamos y defendemos por encima de todo creyendo que son algo más de lo que realmente son: meras divisiones estratégicas que delimitan las casillas de un tablero global en el que en el mejor de los casos somos simples peones y la mayoría de las veces, no pasamos de simple mercancía que es consumida y desechada.
Sólo así, podemos seguir adelante sin pensar en que cada año las prioridades de unos pocos que hábilmente transforman en los deseos y necesidades de unos muchos, condenan a muerte por falta de alimentos a más de tres millones de pequeños seres humanos como Aylan en todo el mundo. Haciendo un cálculo grosero y rápido corresponde a la muerte de un niño cada diez segundos, pero no importa cuántos millones mueran porque no son como nosotros, no nos importan, no nos incumben.
Esa misma deshumanización la trasladamos a nuestro día a día, a nuestro entorno. Parece que ya muy pocos nos incumben, sólo a los muy cercanos (por las razones que sea) los consideramos como a iguales y, por tanto, merecedores de nuestra atención, comprensión y solidaridad.
Sé y sabemos, por mucho que nos digan y nos lo quieran hacer creer, que esto no es innato. Nuestra naturaleza es solidaria, colaborativa y desprendida. Pero han conseguido que esto sólo aflore en situaciones extremas cuando la desgracia nos golpea de modo tal que no la podamos obviar. Por supuesto y afortunadamente, existen y siempre existirán esos seres que todavía comprenden de verdad que la solidaridad es la verdadera fuerza del Ser Humano.

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jueves, 3 de marzo de 2016

SOMOS LA PRESA



En repetidas ocasiones, caracterizamos el sistema político-social como represor y esclavizante, sustentado en una economía depredadora. Así pues, tenemos y formamos parte de todo ese engranaje que devora todo lo que encuentra a su paso.  Exacto, el capitalismo es depredador por naturaleza y nosotros somos su gran presa. La vida humana es el objetivo; pero no desde el punto de vista tradicional de un depredador. No se trata de aniquilarnos sin más para alimentar a la máquina (eso es demasiado fácil y lo hace diariamente allá dónde le interesa); sino que el objetivo de la depredación es otro: dominarnos. Se trata de dirigir y dominar hasta los últimos rincones de lo humano; la conciencia, las emociones, las ideas… para ello ataca la vida en su conjunto: lo individual y lo colectivo.
En todas las esferas de nuestra vida, lo colectivo, entendido siempre en un plano de igualdad, ha servido y sirve para desarrollar nuestras armas más poderosas frente a los intentos de dominación: la solidaridad, el apoyo, el fortalecimiento mutuo, la seguridad… organizarnos siempre es una buena idea, tanto para resistir como para crear.
La creación de tejido social y el establecimiento de unas relaciones basadas en la fraternidad y el reconocimiento entre iguales es el que ha posibilitado y posibilita el nacimiento de un verdadero sentido de solidaridad, sin matices y sin excepciones. Sólo este sentido puede servir como una base auténtica y sincera para la creación de un modelo diferente, sin duda mejor, al actual sistema depredador. Pero el capitalismo no se ha desarrollado por casualidad. Entre otras razones, el poder tiene memoria y aprende de lo ocurrido (cosa que en numerosas ocasiones parece que aquellos que nos situamos, aunque sea a nivel teórico, en la posición contraria no hacemos). Tiene muy presentes las posibles consecuencias de dejar que la vida colectiva se autogestione por las propias personas que participan de ella. Además de aprender, analiza y actúa en consecuencia. Por eso, enseguida comprendió de la importancia que tiene el sentido de pertenencia para el ser humano. De tal forma, cuando ataca la vida colectiva no lo hace con la intención de destruirla si no de sustituirla por otra carente de compromiso y responsabilidad.
Donde los obreros se organizaban en sociedades, gremios o sindicatos en los que se fundían lo laboral con lo familiar y lo personal, para defenderse del empuje de un capitalismo incipiente, se ha pasado a la nada o prácticamente. Hoy en día el verdadero sindicalismo (el que va más allá de negociar días de asuntos propios, cursos de formación y despidos) parece cosa de héroes y las huelgas de más de una jornada son poco menos que milagros.
Donde las personas se reunían en su tiempo libre, disfrutando de la conversación, el debate, del ejercicio o la naturaleza…  Ahora nos concentramos grandes multitudes en espacios cerrados para no decirnos nada. De los ateneos culturales, los clubs excursionistas, las sociedades de todo tipo… hemos pasado a los centros comerciales.
Donde los vecinos compartían todo, se reunían al caer la tarde o, simplemente, procuraban que a nadie le faltara de nada, hemos pasado a no conocer ni a los que viven en la celda de al lado en esas grandes colmenas que llamamos hogar.
Todo esto y mucho más tiene en común un objetivo concreto: conseguir romper los lazos, quebrar esa vida comunitaria. Todos sabemos que una presa aislada es más fácil de identificar, acorralar y cazar.
Es obvio que es un proceso complejo, con multitud de causas y poco uniforme pero, en mi opinión, es donde nos tienen. Solos, es decir, en el punto ideal para atacar el otro flanco: la vida individual.
Porque la cacería no termina hasta que la presa cae derrotada. Esto sucede cuando cada uno ocupamos el lugar que nos tienen adjudicado y realizamos la tarea asignada y, sobre todo, cuando lo aceptamos y nos sentimos contentos y realizados con ello. Ese es el verdadero triunfo, en ese preciso momento ganan la batalla.
Por eso, primero nos han aislado para que no podamos sujetarnos durante la caída. Luego se trata de ir colonizando a la persona: En lo físico, se alimentan egos y se crean necesidades que jamás podrán ser cubiertas totalmente; en lo moral se justifica el precio a pagar y el modo de conseguirlo y en lo intelectual, se cierra el marco que circunscribe lo posible y se centra el foco tan sólo en lo inmediato.
Ese es el juego, nosotros somos la presa y otros los cazadores. En el medio, muchos que no son más que utensilios de usar y tirar.
 

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jueves, 18 de febrero de 2016

NOS ENGAÑAMOS

Aceptamos cierta dosis de autoengaño para mantener el precario equilibrio con el que tratamos de vivir. Necesitamos protegernos de nosotros mismos y de nuestras incongruencias.

Escribo esto en plural pero en realidad hablo de mí. Siempre escribo sobre mí, mis sensaciones, mis emociones o mis actos porque es de lo poco que conozco con cierto nivel de certeza. Generalizo al escribir porque me parece que no soy muy diferente del resto y que compartimos una gran parte de esos anhelos y sensaciones que forman eso que llaman condición humana. Pero también escribo en plural porque necesito engañarme un poco y pensar que la mayoría es como yo. Eso me da la fuerza necesaria para sobrellevar la cobardía con la que afronto la vida.

Por supuesto, hablo de todos aquellos que tenemos algún grado de conciencia de que no somos seres aislados, algo de conciencia social. Creo que la mayoría tenemos la sensación, en muchos casos, la certeza de que casi nada en el mundo es como debiera.

En lo global, muertes, guerras, hambre, enfermedades… Dolor y sufrimiento que en casi todos los casos es evitable. Pero lo permitimos, con mayor o menor conciencia lo consentimos cada vez que ponemos por encima del valor de la vida el beneficio de una mano de obra prácticamente esclava; la comodidad de un expolio sin límites; el lujo de un estilo de vida basado en recursos ajenos, en vidas ajenas. Necesitamos engañarnos para no caer, para no ser conscientes del daño irreparable de un modelo vital que lo peor de todo es que ni siquiera lo hemos elegido, ni siquiera, en la mayoría de los casos, nos hemos planteado si existe alternativa y de haberla cómo nos gustaría que fuera.

Nos aplicamos cierta dosis de autoengaño para justificarnos ante nosotros mismos, ante las desesperadas llamadas que nuestra conciencia realiza cada vez que percibimos la injusticia (me refiero a lo que de verdad consideramos justicia, nada que ver con la legalidad impuesta). Sólo así podemos permitirnos el lujo de creer que hacemos todo lo que está en nuestras manos, incluso como consecuencia de ello, podemos creernos que son otros los que tienen el poder de acabar con la injusticia y, por tanto, son otros los que deben actuar.

En lo cercano, esas dosis de autoengaño nos permiten delimitar la zona en que queremos movernos, garantizándonos que en ese espacio nos sentiremos seguros al tiempo que desarrollamos aquello que consideramos que está en nuestras manos. Estas zonas son tan diversas como las personas pero hay ciertos patrones que se repiten, al menos en los últimos tiempos y, como decía, en lo que yo conozco: el activismo virtual, el radicalismo intelectual combinado con un modo de vida consumista, el delegacionismo en cualquier tipo de organización que presente algún viso de transformación por muy cosmético que éste sea.

Todo esto nos permite mantener una pequeña esperanza acerca de que no todo está perdido. Se tiende a pensar que si todos hicieron lo mismo que uno, sin duda el mundo avanzaría en una dirección mejor para todos. Pero precisamente eso es lo que hacemos la gran mayoría, cada uno con sus inquietudes, cada cual en los ámbitos que conoce y, justo así es como conseguimos que todo continúe igual, es decir, peor.

Nos engañamos y lo más lamentable es que lo sabemos y lo aceptamos porque lo necesitamos. Necesitamos penar que somos la mejor versión de nosotros mismos y eso pasa, en todos aquellos que tenemos o creemos tener conciencia social (por pequeña que sea) porque de lo contrario nos arrastraría una ola de desesperanza que acabaría por convertirnos en meros espectadores de una farsa a la que llamaríamos vida.

Dicen que el primer paso es reconocerlo, así que en eso ando. Buscando la fuerza que me permita romper el engaño, destrozando esa zona segura porque no quiero desahogarme simplemente, quiero vivir. Vivir de tal manera que sienta que formo parte de ese mundo que tantas veces he soñado.

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martes, 29 de diciembre de 2015

POR FIN TERMINA EL 2015

Termina el año y sé que carece de importancia pero necesito poner por escrito lo vivido y lo sentido desde la pequeñez de mi realidad cotidiana. No pretendo hacer un análisis político ni social, simplemente es una reflexión sentimental sobre lo que pudo ser, lo que fue y lo que ya no será, porque sobre todo, el 2015 ha sido un año de renuncias.

La renuncia a todo aquello que vislumbré hace ya más de cuatro años y que puso en primer plano de mi práctica diaria lo que creía postergado tan sólo al plano teórico. Tras un año de circo electoral, finalmente, se ha finiquitado el espíritu de las plazas y una vez más, todo ha terminado por la vía institucional que, cumpliendo con su cometido, acabará por fagocitar cualquier posibilidad de cambio.
Creí y sigo creyendo en que a pesar de llamarla democracia, no lo es. Sigo pensando que no me representan (no, los de ahora tampoco) sin embargo, acepto que mi forma de vivirlo no era, o por lo menos no es, el sentir de muchos con los que sentía que compartía camino. No importa, cada uno elige su ruta y lo importante es transitarla con conciencia, dignidad y compromiso. Lo único que espero es que todo esto que, este año, se ha dado en llamar “la nueva política” no sea el final del camino para nadie. Que no sea la renuncia final.

Sí, este año lo he vivido como la confirmación de la renuncia, de la negación de la fraternidad como elemento básico de cualquier cambio sustancial. En mi opinión el fundamento sobre el que se sustentan sus dos compañeros de viaje: igualdad y libertad. Sin embargo, siempre ha sido la gran olvidada en los discursos y, especialmente, en la práctica.
En nombre de fronteras, banderas, identidades, dioses... en definitiva, en nombre del beneficio y el poder, que es lo que se esconde detrás de todo esto, se enfrenta al ser humano con sus semejantes, se asesina física y moralmente y se pretende justificar lo injustificable.
La matanza de miles de seres humanos bajo el fuego que pretende imponer la libertad. El genocidio deliberado de cientos de miles a través de una hambruna impuesta por unos y consentida por casi todos.
Muertos a diario, expulsados de sus tierras, de sus raíces por la codicia de unos pocos y la estupidez de otros tantos. Muertos tratando de alcanzar un horizonte nuevo con la esperanza del que se cree a salvo, sin saber que les espera más miseria y humillación, más odio inculcado por los mismos que les obligaron a huir dejando su vida atrás.
Muertos porque simplemente sobran, entorpecen el correcto funcionamiento del mundo y su sacrificio es necesario.

La indiferencia es el fruto de la renuncia a la fraternidad como valor fundamental, esa indiferencia con la que aprendemos a convivir rápidamente y que nos impide ver el quehacer y los sufrimientos de los que nos rodean. En muchas ocasiones, es capaz de ocultar hasta el propio dolor.

También hemos renunciado a cualquier posibilidad de entendimiento con la naturaleza. Ni siquiera siendo conscientes del abuso tan dañino al que sometemos al planeta nos hace plantearnos la necesidad de un cambio en nuestro modelo hiperconsumista de vida. Digo lo de plantearnos porque nosotros podemos planteárnoslo, muchos no tienen esa opción. Simplemente, son las víctimas de nuestro furibundo apetito de posesión y nuestra forma de vida antinatural.

Como decía al principio, tan sólo pretendo reflexionar desde mi vivencia porque me siento sumergido en este año de renuncia. En lo personal, un año de renuncias a proyectos, ilusiones, esperanzas... Cada vez más acuciado por el intento de superar contradicciones, de no dejarse llevar, de tratar de no verlo todo desde la distancia (como si esa posición fuera posible), luchando por no caer en el convencimiento de la inutilidad del esfuerzo. Aferrándome a las personas y a las ideas que me han acompañado durante tanto tiempo, esforzándome por alejar esa maldita indiferencia que anestesia conciencias y facilita mantener una vida tan indolora como estéril.
Afortunadamente, existen muchas personas (muchísimas más de las que imagino/imaginamos) con la alegria intacta y con la conciencia despierta tratando de construir nuevas vías, explorando y recorriendo nuevos y viejos caminos hacia otras posibilidades y disfrutando de ese trayecto.
Son/sois esas personas, junto a las convicciones personales, por las que uno no acaba de renunciar nunca. Porque, a pesar de todo, sigo pensando y creyendo en ese otro mundo posible, y con todas mis dudas y contradicciones es hacia donde intento caminar.


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lunes, 14 de diciembre de 2015

UNA ERA DE MATICES


Matiz:
5. En lo inmaterial, grado o variedad que no altera la sustancia o esencia de algo.

El matiz se ha convertido en una de las unidades de referencia básica en la actualidad. Concretamente, es una fuente inagotable de generación de conflictos que, como no puede ser de otra forma, jamás producen una alteración sustancial en la cuestión sobre la que se establece dicho conflicto.

Trasladando esto a la actualidad inmediata, podemos ver gran cantidad de ejemplos en los que se producen grandes disputas por matices.

Estamos metidos de lleno, queramos o no, en una campaña electoral en la que más partidos políticos que nunca están en posición de alzarse vencedores. Sin embargo, cuando descendemos al nivel de los programas electorales, vendidos como la plasmación de opciones ideológicas muy diferenciadas entre sí o, incluso, como antagónicas; vemos como en el fondo tan sólo ofrecen diversos matices en cada cuestión. A modo de ejemplo, tenemos la tremenda cuestión del alto número de desempleados y las posibles soluciones que cada partido ofrece: más o menos empleo público, diferentes tipos de contratación, diversas políticas de empleo y formación, mayor o menor cantidad de dinero dedicado a la investigación y el desarrollo, exenciones fiscales y un largo etcétera. Pero ninguna de estas “soluciones” altera la sustancia del asunto y del drama del desempleo. La fatalidad de no tener empleo, de no cobrar un salario es que precisamente el salario es la única opción que el sistema considera válida para que la inmensa mayoría de la población acceda a la riqueza (una riqueza que bajo ningún concepto puede considerarse propiedad particular de nadie). La dependencia absoluta del salario para vivir nos condena a tener que vender nuestra vida para poder vivirla. Esto es algo que ningún programa electoral ni medida gubernativa va a alterar. En definitiva, esto convierte toda esa retahíla de propuestas en meros matices que en nada alteraran la esencia de la esclavitud humana que comporta la dependencia del salario.

Más vergonzante es lo sucedido estos últimos días en la Cumbre contra el cambio climático acaecida en París. Podía parecer, por la dificultad de llegar a un acuerdo (han tenido que alargar la cumbre y con ello el teatrillo que estaban llevando a cabo), que se estuvieran debatiendo auténticas cuestiones fundamentales sobre la esencia del problema. A la vista del resultado y como cabía esperar, lo más que se estaba discutiendo eran medidas de maquillaje en el mejor de los casos (reducción simbólica de emisiones y demás) y el reparto de la tarta del nuevo mercadeo del capitalismo verde en la más probable de las circunstancias. En cualquier caso y nuevamente, matices. En ningún momento se trataba de ir a la sustancia y alterarla, bajo ningún concepto se intentaban socavar los dogmas del crecimiento infinito frente a la finitud de los recursos, el extractivismo, la explotación y el absoluto desprecio por toda forma de vida que no sea la suya propia, en los que se basa el capitalismo y que está en la raíz del asunto.


Más allá de las cuestiones que afectan a lo macro, parece lógico pensar que esta cuestión de matices también está muy presente en lo micro, en la cotidianidad de cada uno. Los matices nos mantienen ocupados en eternas disquisiciones que no nos permiten ahondar en la esencia de nuestros propios problemas y contradicciones. Funcionan a la vez como impulsores de nuestros actos y como excusas perfectas para nuestras omisiones. Nos convertimos en verdaderos profesionales del matiz para justificarnos ante nosotros mismos y ante los demás.

Sin embargo, no puedo olvidar que en la definición que encabeza esta reflexión se hace referencia a lo inmaterial. Personalmente, identifico esto con un ideal al que me gustaría acercarme al menos y si no; por el que intento luchar de la mejor forma que puedo o entiendo. Pero es imposible obviar que vivimos en un mundo material, con necesidades materiales que hay que resolver día a día. En este territorio es imprescindible saber navegar entre los matices, sólo aquí cobran sentido siempre que seamos capaces de vislumbrar cuál es la sustancia del asunto en cuestión y no perder de vista hacia dónde se pretende caminar. Se puede trabajar sobre los matices, pero jamás considerarlos como opciones finalistas porque esta es la estrategia que conduce directamente al eterno carrusel reformista. Lamentablemente y desde mi experiencia, no hemos sabido manejar esta circunstancia y esto se ve reflejado en una existencia cada vez más alejada de lo sustancial, más alejada de la esencia de todo ser. Incluso cuando, desde un sentimiento de injusticia e insatisfacción con la sociedad de la que formamos parte, decidimos organizarnos colectivamente para denunciar/actuar en pos de construir algo mejor, nos vemos irremediablemente arrastrados por los matices que generan eternas y terribles disputas entre personas y colectivos que si fueran sinceros en sus proclamas deberían estar sin duda en el mismo lado de la barricada.

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miércoles, 9 de septiembre de 2015

¿Y DESPUÉS?


Ando algo confuso, he estado una temporada un tanto desconectado de la red con la esperanza de ver en la calle toda esa ebullición de rebeldía y esa ansia de justicia, que constantemente inunda la pantalla. Aquí y allá se ven destellos, pequeños fogonazos de gente comprometida con aquello que creen justo, personas decididas a vivir sus vidas lo más acorde posible con unos ideales fruto de la reflexión crítica y su experiencia personal. Más allá de eso, el gran escenario de la protesta (uno de los que forman el teatro de la vida) donde todos los papeles pueden ser representados. La gran mayoría transitan por el escenario de forma bastante honesta, dedicando su tiempo y su esfuerzo a lo que considera necesario pero sin estar dispuestos (siendo o no conscientes de ello) a renunciar en última instancia a su privilegiada situación dentro del orden capitalista; sí, privilegiada aunque no nos lo creamos. En la lotería del sistema nacimos en el lado correcto del tablero. Las buenas intenciones nunca fueron suficientes. Hoy en día pueden llegar a ser hasta contraproducentes. Se requiere de mucho más para poder iniciar algún tipo de cambio sustancial que nos acerque al modelo de vida que cada uno desea pero que casi nadie se atreve siquiera a imaginar que algún día pueda ser real.

Es necesaria una actitud crítica ante la saturación de información que se recibe a diario. La enorme importancia que la red tiene en esto (para lo bueno pero especialmente para lo malo) hace imprescindible redoblar el esfuerzo por tratar de comprender todo lo que se esconde tras un llamativo titular o una imagen impactante. De lo contrario, se corre el riesgo de lanzarse en una carrera hacia la nada, protestando, exigiendo a las autoridades o difundiendo información que tan sólo conduce al desgaste y al posterior abandono toda vez que la urgencia informativa ha pasado y el compromiso por tratar de comprender y subvertir esa realidad concreta era más bien fugaz.

Existen cientos de causas en las que involucrarse y luchar. Todas ellas necesitan irremediablemente ser abordadas si queremos construir una sociedad mejor. Esto es algo incuestionable. Tanto que ni siquiera el poder lo hace; más bien lo utiliza a su favor dirigiendo la orquesta, filtrando la información y poniendo el foco donde considera oportuno en cada momento. Saben que la mayoría de la gente siente en mayor o menor medida la injusticia con la que el mundo actual funciona aunque no tenga mayor conciencia de las implicaciones y consecuencias que ese funcionamiento tiene sobre el planeta y sus habitantes. Así, a cada momento ponen sobre la mesa alguna cuestión que inmediatamente absorbe la atención y la energía de la gente, moldeando la futura respuesta que el poder espera de todas esas personas. Así vemos en los últimos tiempos cómo la llamada crisis de los refugiados sirios (que no es más que la consecuencia de las políticas criminales ejercidas en toda la región) ha sido puesta en primera línea informativa a nivel mundial. Por supuesto, la situación es terrible y nadie puede (ni debe) permanecer ajeno al dolor humano pero ¿por qué ahora? La masacre empezó hace más de tres años y creo que todos somos capaces de comprender que el éxodo empezó hace mucho. Nuevamente nos preparan  para justificar lo injustificable, una nueva barbarie en forma de acción militar en Siria. No dudan en apelar directamente a lo emocional mostrándonos imágenes a todas horas del éxodo de sirios. Repito la situación es terrible, pero ni mucho menos nueva y nosotros deberíamos saberlo ya, puesto que hemos vivido desde las dos orillas esto mismo. El poder necesita un nuevo golpe de efecto para convertir la injerencia en imprescindible y nos muestra una foto (que estoy seguro de que todos conocéis) que acaba por encender la mecha de la demanda social de una solución.

De esta forma se llega al punto que querían: el pueblo exige a sus Gobiernos una solución en forma de legalidad (aunque se pretenda disfrazar de justicia) para dar solución a una situación que ha pasado de ser secundaria para la inmensa mayoría a ser insoportable. Insoportable porque o se toma alguna decisión que descargue las conciencias del personal o nos enfrentamos a la cruda realidad. Y la realidad es que la muerte de ese niño al igual que las de tantos otros seres humanos (me pregunto por qué las fotos de los niños palestinos asesinados en un playa por Israel no tuvieron el mismo recorrido ni le importó a ningún Gobierno ni organismo internacional) es el precio que este sistema criminal exige para mantener la sociedad de consumistas en la que vivimos. Todo es mercancía y todo vale con tal de dominarla y sacar beneficio. Esas vidas truncadas son el fruto de la codicia de unos pocos; pero también de la conformidad de una mayoría dispuesta a no hacer demasiadas preguntas si a cambio puede mantener su estilo de vida, por más que esa vida sea totalmente artificial y prefabricada.

Si lo que se demanda es justicia debemos ir más allá de la asunción de las premisas que nos dan, necesitamos ir al origen, ser radicales y tratar de entender por nosotros mismos cómo funciona el mundo y qué no nos gusta de ese funcionamiento para poder organizar las respuestas y las alternativas. Si lo que se quiere es establecer una legalidad con nombres pomposos, dejemos que los Gobiernos sigan haciendo su trabajo y que el poder siga dirigiendo nuestras vidas.

 

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miércoles, 24 de junio de 2015

SOBRE COERCIÓN Y PERSUASIÓN



Entró en vigor la ley mordaza; aunque de manera encubierta lleve activa desde antes incluso de que ningún político se atreviera a formularla. Es una vuelta de tuerca más que considerable en la escalada dictatorial en la que andamos envueltos. Parece que definitivamente los tiempos de la zanahoria han pasado y se impone el palo como método de gobierno. Y esta vez, no sólo la gente comprometida y militante es la que se arriesga a sufrir todo el peso del aparato represivo, sino que cualquiera puede ser la víctima, especialmente esa especie tan desarrollada en los últimos años que centra su espíritu de lucha en el salón de su casa sentada frente al ordenador.

Cuando hablamos del palo y la zanahoria nos referimos a la típica forma en  que las élites ejercen el poder sobre el común de la humanidad. El ejercicio del Poder exige la coerción física (o su amenaza) y la manipulación psicológica. Con el despliegue del aparato represivo (policial, judicial, carcelario...) se ejerce una presión directa e inmediata sobre toda aquella persona considerada peligrosa para el orden social establecido y que además se atreve a demostrar su disconformidad de manera pública a través de sus actos. La coerción no es sólo a nivel físico (y eso que España es una de esas democracias donde la tortura y la violación de los derechos humanos están a la orden del día, tal y como saben todos aquellos que la sufren y tal y como lo denuncian organismos tan poco revolucionarios como Amnistía Internacional).
Otro nivel importante de coerción es el económico. Cada vez se apela más a la sanción económica como método para persuadir a todos aquellos que creen que tienen algo que conservar de que la protesta y la disidencia es un camino que conduce directamente a la desposesión y, por tanto, a la exclusión del sistema y aunque parezca paradójico esto frena a muchísima gente cuando parecería razonable vivir excluido de esta locura. Además de todo esto, tenemos la coerción psicológica que tiene muchas aristas pero que sin duda las políticas de dispersión en las cárceles son un claro exponente del inmenso daño que inflingen tanto a los presos como a sus allegados. Podríamos seguir enumerando situaciones donde los llamados ciudadanos libres (eso se supone que somos) nos vemos sometidos por la acción del palo, sin embargo, creo que todos las conocemos sobradamente.


Por otro lado, tenemos la zanahoria. Porque al poder le interesa una población sumisa pero contenta y agradecida por el tipo de vida que lleva. Así tenemos que para garantizar el control social se necesita ejercer la fuerza pero también desarrollar la persuasión. La persuasión es otra manera de denominar al adoctrinamiento pero con pequeñas diferencias, ya que la persuasión se consigue colonizando el imaginario colectivo. Poco a poco a través de la educación, los medios de desinformación, los espectáculos de masas y la cultura prefabricada se van imponiendo unos presupuestos básicos que acotan el mundo adaptándolo a las necesidades de las élites. Esta constante persuasión hace que vayamos construyendo un personaje que nada tiene que ver con nosotros pero que acaba dominando nuestra vida, porque la necesidad de adaptación a las exigencias del sistema hace que acabemos identificándonos, exclusivamente, con nuestra máscara social, necesaria para la supervivencia. Con ello se genera un vacío interior, se aniquila la propia vida y tratamos, entonces, de generar nuevas realidades a través de redes sociales cibernéticas o cualquier otro sucedáneo. Así la despersonalización queda consumada.

Lamentablemente esto se extiende también entre los que se consideran alternativos o contrarios al modelo social vigente. La persuasión que ejerce el Poder es tan intensa que parece imposible siquiera imaginar alternativas fuera del orden establecido. Alternativas que no conlleven en su misma génesis la fiebre economicista que todo lo envuelve o que no dependan del criterio infalible de unos cuantos elegidos, son rechazadas por la mayoría de contestatarios al calificarlas de utópicas. Todo las opciones quedan restringidas al marco teórico que el propio sistema nos ofrece. En consecuencia, nada de todo esto puede superar ese marco, nada nacido bajo las mismas premisas que rigen el sistema puede acabar con ese Poder establecido y ejercido, independientemente de la forma que adopte cada Estado.
  

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miércoles, 30 de julio de 2014

DEJÁNDONOS LLEVAR


La condición humana sigue deslizándose por el desagüe, sin prisa pero con un constante flujo que se va amontonando en una profunda cloaca que parece no tener fin.

Es difícil resistirse a este descenso. Es tan suave y tan confortable que hace dudar de su verdadero destino. Es un viaje edulcorado y tan bien programado que a veces me pregunto cómo es posible que muchas personas se intenten aferrar a las paredes del sumidero tratando de escapar, tratando de llevar otra dinámica de vida mucho más difícil, mucho más consciente.


Nos gusta deslizarnos, las recompensas son tan inmediatas que es complicado resistirse. Tenemos pastillas de la felicidad de todos los colores (literales y metafóricas) y con las más diversas formas y envoltorios que nos facilitan un descenso sin apenas rozaduras ni contratiempos.

A simple vista, parece un viaje barato, el descenso apenas cuesta lo que nos pueda quedar de dignidad, lo que todavía conservemos de condición humana.

A cambio de desconectarnos del resto del mundo y de nosotros mismos podemos disfrutar de la experiencia. A nuestro alcance, miles de productos innecesarios pero tremendamente atractivos, cientos de relaciones insustanciales y carentes de emotividad pero con un gran potencial para conseguir pasar el rato sin necesidad de poner en riesgo ni una pizca de nuestra energía sentimental ni nuestra intimidad emocional. Cantidad de oportunidades para vivir docenas de vidas sin movernos de nuestra silla convirtiendo la experiencia virtual en la verdadera realidad, relegando así al mundo de la ensoñación lo que cada día acontece a nuestro alrededor, como si tan sólo fuera un espectáculo del que somos meros espectadores.

Nos gusta deslizarnos, es comprensible, es tan sencillo que lo preferimos. Lo preferimos porque lo contrario cuesta, cansa, duele, te convierte en un extraño para el resto, te hace dudar en ocasiones de ti mismo y de la necesidad de aferrarse para no caer. Esas dudas nos hacen cometer errores, dar traspiés, sentir la tentación de abandonar y ser uno más dentro de una masa que se desliza.

 
No quiero perder el hilo, antes hablaba del bajo precio a pagar. Estaba convencido de que estaba usando la ironía puesto que el precio mencionado es altísimo, inasumible diría yo. Sin embargo, cada vez me sorprende más y más la facilidad que tenemos para permanecer ajenos. Me sorprende porque permanecer ajenos significa convertirnos en cómplices de las mayores atrocidades que jamás pudiéramos imaginar, significa consentir y con ello dar alas a nuestra propia autodestrucción.

Cada vez que nos deslizamos desagüe abajo damos la razón a quienes justifican el orden establecido que somete, degrada y mata a millones de seres humanos, a quienes consideran que cualquier cosa está justificada en nombre de lo que llaman progreso y que no es otra cosa que una huida hacia delante de los que acaparan la riqueza material a sabiendas de que eso nos encamina a la destrucción de la vida (al menos de la humana).

 
Aferrarse a las paredes del sumidero es un acto de valentía, debemos ser valientes. A partir de ahí, es cuando podemos y necesitamos plantearnos cómo empezar a ascender por esas paredes para salir del hoyo y empezar a vislumbrar ese otro mundo que tanto anhelamos. Iniciar ese ascenso contracorriente es el verdadero acto revolucionario que está en nuestras manos. Si de verdad creemos en la posibilidad de ver ese (otro) mundo y de participar en su creación, es obligatorio iniciar ese terrible ascenso por las paredes del desagüe, por mucho que nos salpique (que lo hará) la masa que seguirá deslizándose sin remedio.

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