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lunes, 3 de febrero de 2020

LA IMPRESCINDIBLE CURIOSIDAD

El tema de la educación vuelve de nuevo a la palestra como no puede ser de otra manera. Es una cuestión primordial tanto para los que pretenden perpetuar el orden social, como para los que tratan de subvertirlo desde la convicción de que un individuo formado e informado será más proclive a luchar por otra forma de vivir más justa con todos y para todos. Para mí, es una cuestión recurrente en mi vida, tanto en lo personal como padre, como en lo profesional donde colateralmente me veo involucrado en el asunto. En otras ocasiones he reflexionado sobre el sistema educativo pero ahora necesito hacerlo sobre algo más particular. Más allá de sistemas de enseñanza y alternativas varias me interesa la cuestión de cómo el Estado, el Poder se ha otorgado el derecho de educarnos y nos ha impuesto la obligación de ser instruidos. Si pensáis que esto es un alegato pro pin parental, estáis perdiendo el tiempo. Ahora bien, más allá de los delirios criptofascistas, la cuestión da para darle una vuelta. No se trata de establecer la propiedad de los hijos, la sola premisa de establecer la propiedad de un ser humano me parece aberrante. Se trata de vislumbrar la ruindad que supone delegar en el Estado, en el Poder con mayúsculas en última instancia algo que a priori parece fundamental.

Si algo tengo claro es que el ser humano es curioso por naturaleza. Desde el primer momento es algo que nos define. Basta pasar tiempo con niños pequeños para observar esto. Esta curiosidad nos lleva inevitablemente a aprender. Por tanto, aprender forma parte de nuestro ser. Sin necesidad de caer en esencialismos, se puede decir que aprender forma parte importante de lo humano.

Sin embargo, parece que esta curiosidad innata no es ni de lejos suficiente para aprender todo lo que necesitamos saber. Al menos eso opina el Estado que es el que decide el qué, el cómo y el cuándo debemos aprender. Así al menos veo yo el sistema educativo más allá de grandes profesionales que se esfuerzan cada día en poner por delante los intereses del alumnado a los objetivos del sistema de enseñanza. La realidad escolar se esfuerza en remarcar cada día donde reside la fuente del saber. Aprender es algo que nos permite la institución educativa, ya no es una cuestión natural. Todo saber extraoficial no tiene ninguna validez. La titulación es lo único que certifica tu conocimiento. No eres nada sin un certificado expedido por la autoridad. La escuela se convierte en el gestor de la sabiduría, nada escapa a su control. Es la encargada de la distribución de méritos entre el alumnado, méritos que marcaran el devenir de cada uno en un sistema altamente estratificado. Es obvio que no sirve (ni jamás lo ha pretendido) para alcanzar los peldaños elevados de la escala social pero a pesar de todo, continúa siendo válido para tratar de subir algún pequeño peldaño social. La titulitis es una plaga del siglo XXI y muchos son los que la padecen al tiempo que sufren en sus propias carnes la decepción de las promesas incumplidas.

Como decía al principio, nos obligan a instruirnos, no a poder educarnos, sino a instruirnos. Nos necesitan de esta manera y así es como lo hacemos todos sin excepción. Es la forma más rápida y segura de aprender que no somos capaces de gestionar nada ni siquiera algo tan innato como la curiosidad y el aprendizaje sin una autoridad externa que nos dirija. Y así andamos, con la curiosidad muerta y asintiendo a izquierda y derecha según les convenga.

Afortunadamente, siempre hay excepciones. Luchas, esfuerzos e interés en que las cosas sean de diferente manera. Eso es indiscutible aunque sea muy difícil realizarlo tanto desde dentro de la institución como desde fuera. Por suerte (creo) la escuela no es la única vía de aprendizaje y socialización. Aunque las otras (familia, iguales y medios de comunicación) no son garantía de nada. Están tan inmersas en la sociedad como la escuela y, por tanto, forman parte de la misma unidad que reproduce generación tras generación el mismo patrón social.

La cuestión es cómo conjugar nuestras ganas de aprender, nuestro espíritu curioso con la necesidad de saber movernos en un mundo en el que no estamos solos y que se mueve a una velocidad de vértigo con unos condicionantes cada vez más extremos para la supervivencia. Y cómo hacerlo sin la necesidad de una autoridad ajena que nos dirija en cada momento. Combinar ambas vertientes parece difícil en una sociedad depredadora que no mira atrás y cuya máxima es seguir reproduciéndose hasta la extinción. Pero mantener la curiosidad es imprescindible para pensar siquiera la utopía. Para ser capaces, al menos de visualizarla, de acariciarla en nuestro interior. Sin esa íntima percepción, no hay nada que hacer.

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martes, 18 de septiembre de 2018

DIPLOMACIA ECONÓMICA



En los últimos tiempos se ha encumbrado una nueva obsesión en el panorama político del país, la veracidad o no de los méritos académicos de los políticos. Al parecer no hay temas más importantes de los que preocuparse y, por supuesto, le ha faltado tiempo a todo el entramado mediático de masas para taladrar a la gente con esta cuestión.
La verdad es que me importa poco el asunto. Aunque no me extraña el revuelo montado porque la meritocracia hace mucho tiempo que se ha instalado en nuestra forma de pensar y, por tanto, parece de suma importancia que falseen estos méritos para mantener la ilusión ante su público. Tampoco debería sorprender demasiado que parte del sistema educativo se preste al juego. Esto ha sido, es y seguirá siendo así. Todo el mundo sabe que el que tiene pasta, tiene todas las facilidades del mundo para conseguir lo que se le antoje. Los que no tienen, a sudar y a esperar que se haga “justicia” con su derroche de esfuerzo y talento. Así es como funciona.

Sin embargo, en todo este asunto sí hay algo que me ha llamado la atención, por desconocimiento del asunto, y es el tema de la tesis del presidente del gobierno: La diplomacia económica española.
El Observatorio de Multinacionales en América Latina define el tema de la siguiente manera:
 Se conoce como diplomacia económica al conjunto de acciones de presión e intermediación que las instituciones públicas de un Estado realizan al servicio de los intereses en el exterior de las empresas multinacionales con sede en dicho Estado. Supone el despliegue del aparato diplomático y de la intervención de las más altas autoridades y representaciones del poder público con el objetivo de facilitar la internacionalización de esas empresas. Y es un ejemplo más del papel fundamental que el Estado juega en la expansión del capital transnacional y en la salvaguarda de los intereses de las compañías multinacionales, que priman sobre el Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

Después de leer esto empiezo a comprender. Básicamente, es lo que hace cualquier Estado para garantizar que el capital siga obteniendo beneficios sin importar nada más.
Así, proteger y amparar a los Florentino o Villar Mir de turno o a las petroleras para que sigan expoliando América Latina por encima de todo y de todos, forma parte de la diplomacia económica.
Mandar a la armada al cuerno de África para que la flota pesquera patria pueda seguir esquilmando aquellos mares forma parte de la diplomacia económica.
Afirmar que las bombas son inteligentes y no matan, forma parte de esa diplomacia para que puedan seguir lucrándose los fabricantes y los vendedores de muerte. Realizar continuos actos de vasallaje ante dictaduras como la Saudí forman parte de esa diplomacia.
Dar cobertura legal al fraude fiscal de las grandes fortunas patrias también es diplomacia económica.
Apuntalar la ocupación marroquí del Sahara mientras empresas españolas siguen sangrando sus recursos naturales, es diplomacia.
Auspiciar que la realeza y sus amantes ejerzan de agentes comerciales por el mundo (con sus consabidas comisiones por supuesto) también entra dentro de la diplomacia económica.

La lista es inacabable y en mi opinión, esto es lo que nos debería preocupar de este asunto de la tesis. El resto es puro espectáculo, entretenimiento para mantenernos ocupados y dividos.
 

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miércoles, 16 de marzo de 2016

APRENDER Y DARNOS OPORTUNIDADES



Muchas veces he comentado de pasada en algunos escritos que mientras el Poder siempre aprende de la historia para perfeccionar sus sistemas de dominación, nosotros parece que nos empeñamos en no hacerlo.
Hablando con personas que ideológicamente se encuadran en la denominada izquierda radical (o así lo dicen en los medios) todo el mundo coincide en señalar que a pesar de la situación actual, hubo otro tiempo (según cómo lo ven, unos hablan de la II República, otros sólo de la última parte y otros sólo de la revolución social que corrió paralela a la guerra) en que este país estaba en la vanguardia revolucionaría. Sin embargo, la mayoría de las veces las conversaciones derivan hacia cuestiones como quién hizo qué y por qué nada de aquello cuajó. O sea, normalmente cada uno tratando de buscar sus culpables del asunto. Me parece bien, pero sinceramente me interesa más las pocas veces que se habla de cómo pudo empezar todo aquello, me parece mucho más importante de cara a poder extraer y aprender. Entre muchas razones y causas, me parece muy importante el papel que jugaron los diferentes ateneos, centros culturales, asociaciones… más allá de la tarea fundamental de sociedades obreras, sindicatos y partidos.

La labor educativa y cultural era y es fundamental. En aquellos tiempos era difícil acceder a la información y la clase obrera arrastraba históricamente una falta de instrucción y formación que todavía ponía más trabas. Hoy en día, tenemos la educación obligatoria y un sinfín de herramientas que nos permiten acceder a la información y compartirla de una forma instantánea y, sin embargo, en este sentido estamos prácticamente igual o peor que hace 100 años.
Uno de tantos nombres que recibe el modelo social vigente es el de sociedad del conocimiento, pero lo único que a mi entender conocemos con seguridad es que cada vez tenemos menos conocimientos, fiándolo todo a la disponibilidad inmediata de la red. Por no conocer, no nos conocemos ni a nosotros mismos, por no hablar de conocer a los demás, muchos de los cuales debieran ser nuestros compañeros en cualquier tipo de proceso revolucionario.
En cuanto al tema cultural, desgraciadamente en los tiempos actuales se ha impuesto la cultura de masas cuyos productos prefabricados carecen, en muchos casos, de un mínimo de interés y/o calidad como para incidir en lo más mínimo en el espíritu humano. Estos productos están diseñados, fabricados y distribuidos con el único propósito de reproducir los modelos dominantes y expandirlos más si cabe en un proceso de globalización tanto o más importante que el económico.

Sólo por cuestiones como estas sería importantísimo poder contar con esa red de ateneos o como queramos llamarlos, y si bien esto es muy importante, todavía considero como algo de mayor interés otra de las consecuencias que tuvieron todo aquel conjunto de locales y agrupaciones.
Ofrecían el marco ideal para crear y desarrollar un ambiente de camaradería y fraternidad imprescindible cuando llegado el momento hubiera que afrontar las grandes dificultades que cualquier momento revolucionario por breve que sea trae consigo.

Hay tantas razones como personas para explicar cómo se pudo conseguir ese movimiento tan heterogéneo y fraternal pero creo que algunas cuestiones deben estar en la base de todo esto.
Un punto fundamental era y debería ser participar con el espíritu de sentirse entre iguales más allá de matices ideológicos o culturales. No era necesario carné ideológico para participar porque se pretendía crear conciencia y no ganar y fidelizar adeptos como es bastante habitual hoy día y que suele conducir a la creación de capillas cerradas con sus popes y sus mandamientos. Se trataba y se trata de crear los mimbres de un conocimiento y un espíritu crítico, no de adoctrinar en la fe que cada uno profese. Siguiendo en esta línea, no se trataba de explicar los fundamentos de ningún planteamiento político concreto (para eso había otros espacios y momentos) más bien se hablaba de temas que interesaban al mayor número posible de personas, es decir, que afectasen a su vida cotidiana a partir de los cuales se podían encaminar hacia otros intereses o a conocer cómo se relacionaba todo esto con la política y la organización social. Esto fomentaba el intercambio de ideas y experiencias de una manera informal pero mucho más profunda que los debates entre especialistas o más bien clases magistrales a los que andamos tan acostumbrados.

Pero eran sobre todo las actividades culturales, deportivas, recreativas… las que fortalecían ese ambiente fraternal. A modo de ejemplo, las salidas para disfrutar en la naturaleza en las que se organizaban comidas, debates, lecturas poéticas… en las que la implicación se daba de forma natural debido a esa camaradería, debido a sentirte y reconocerte entre iguales, sin miedo a conocer y dejarte conocer. También los grupos que organizaban representaciones teatrales que en muchas ocasiones representaban obras escritas por ellos mismos sobre cuestiones que les interesaban de la vida diaria. Todo eso iba creando un caldo de cultivo que llegado el momento afloró y sirvió de base para momentos en los que realmente se hizo temblar al sistema.

Por eso creo que es por ahí por donde hay que andar. Creando, fomentando y participando en espacios y acciones donde nos demos la oportunidad de conocernos y reconocernos, de ver nuestras afinidades y sobre todo nuestras diferencias. Donde podamos enseñarnos y aprendernos (no sé si este término es correcto pero creo que se entiende), donde nos demos la oportunidad de sembrar y cuidar la semilla revolucionaria.
 

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miércoles, 18 de septiembre de 2013

¿FRACASO ESCOLAR?

En repetidas ocasiones, sobre todo por estas fechas, se habla del fracaso escolar, del altísimo número de casos que se da en el estado español.
Se define el fracaso escolar, según los expertos, como el hecho de concluir una determinada etapa en la escuela con calificaciones no satisfactorias, lo que se traduce en la no culminación de la enseñanza obligatoria.
Ésta es la definición por la que oficialmente tenemos a toda la maquinaria educativa preocupada. La palabra maquinaria no está elegida al azar ni mucho menos, al contrario creo que es la que representa más fielmente el entramado que conforman profesorado, equipos psicopedagógicos, funcionarios de la inspección educativa y todos aquellos que contribuyen a mantener en pie esta enormidad llamada sistema educativo.
Año tras año todos estos eslabones de la cadena se afanan por quitarse de encima la responsabilidad (sobre todo los que presentan un perfil de funcionariado más desarrollado) achacándolo todo al constante cambio de políticas educativas, la falta de recursos  económicos (éste es uno de los temas estrella en el listado de las excusas), la elevada proporción de alumnado en las clases, la excesiva carga de trabajo, etc. También existen, los menos, que a parte de todo esto intentan, con buena voluntad pero falta de realismo, introducir cambios pedagógicos innovadores que les permitan mejorar esos resultados tan catastróficos que arrojan los estudios sobre fracaso escolar. Por supuesto, esto último es una lucha estéril teniendo en cuenta que es una lucha contracorriente.
Por un lado, lucha contra los intereses del propio Estado y de la clase dominante, quienes han creado y manejado un sistema cuya finalidad es la de inculcar y adoctrinar sobre las normas esenciales que rigen nuestra sociedad. Es decir, preparar a cada individuo para su posición dentro de la escala social y fomentar el orden establecido a través de la sumisión y la obediencia. Por tanto cualquier intento de cambio que no afecte a la sustancia misma del sistema se queda en mero maquillaje que no conlleva a nada.
Por otro lado, contra el propio sistema educativo puesto que al estar al servicio de la maquinaria social es necesario que vez expulse a más jóvenes sin titulación alguna para que pasen a engrosar las filas del batallón de desempleados y/o a formar parte de esa economía de esclavitud a la que el capitalismo nos empuja inexorablemente. El sistema no necesita excesiva gente preparada para trabajar, necesita grandes cantidades de mano de obra barata dispuesta a trabajar por un mendrugo de pan si es necesario y a eso es a lo que se dedica.
Eso sí, durante todos esos años de escolarización obligatoria que el poder disfraza bajo ese lema tan bonito de derecho a la educación, contribuyendo así a apuntalar esa monumental estafa que supone el igualar la escolarización con la educación y el derecho (algo que por definición puedes ejercer o no) con la obligación (algo que ineludiblemente debes realizar bajo amenaza de castigo). El sistema ha realizado su trabajo casi a la perfección modelando y fabricando generaciones enteras de seres humanos totalmente integrados en la sociedad del trabajo y de consumo y con grandes carencias a la hora de afrontar con criticismo cualquier situación o información que se les presente.
Es por ello, que pongo en duda la expresión “fracaso escolar”. Es más creo que muy al contrario vivimos en la época del absoluto éxito escolar hasta el punto de haber conseguido que las propias personas que sufren o han sufrido el terrible peso de este sistema estén dispuestas a luchar por mantenerlo incólume. Este éxito escolar, sumado a otros factores, ha conseguido crear una gran masa de adeptos incapaz siquiera de imaginar una realidad social diferente a la aprendida y acatada durante un largo periodo de tiempo (en el mejor de los casos un mínimo de 10 años) especialmente sensible en la formación de la esencia humana.
Sin embargo, sí hay un fracaso escolar que preocupa al poder y sobre el que recae el peso de toda la maquinaria de coerción que el Estado es capaz de poner en marcha. Curiosamente, sobre este hecho no se pone a la comunidad educativa a trabajar sino que se recurre a los diferentes niveles represivos que van desde la maquinaria de los servicios sociales, pasando por la policial y acabando en la judicial. Lo que al poder le preocupa no es la cantidad de jóvenes que finalizan su paso por el sistema sin obtener sin obtener titulación alguna sino que haya personas que no pasan por el sistema. Así vemos las dificultades de poner en marcha realidades educativas alternativas, por ejemplo las de educación en casa o las escuelas libres, y de su constante persecución.
Así pues, cuando volvamos a escuchar el manido discurso de las altas cifras de fracaso escolar tal vez debamos preguntarnos si realmente es un tema tan preocupante como nos intentan vender o por el contrario debemos empezar a comprender que el fracasado es el propio sistema escolar y de adoctrinamiento. En ese caso, debería convertirse en prioridad absoluta de todo movimiento, organización o personas que dicen querer cambiar la realidad del sistema social la construcción de alternativas a esta inmensa máquina de fabricar peones del sistema en serie.

domingo, 26 de mayo de 2013

LAS LEYES EDUCATIVAS PASAN, EL SISTEMA EDUCATIVO PERMANECE

Ya la tenemos aquí. Año y medio después de acceder al poder ya tenemos nueva ley educativa (en este caso la LOMCE, Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa). Aunque faltan los trámites habituales del paripé parlamentario, la ley ha llegado para quedarse (al menos hasta que llegue un nuevo gobierno y decida hacer su propia reforma).
 
Esto no es nada nuevo, cada gobierno ha lanzado su reforma educativa, cada una con sus matices ideológicos en función del papel asignado al partido de turno en este teatro de marionetas a cuyo funcionamiento se le llama normalidad democrática. Eso sí, ninguna de todas estas leyes y reformas sucesivas han cuestionado, ni de forma leve, los verdaderos objetivos que se esconden tras el sistema educativo de nuestra sociedad.

Durante décadas, millones de personas hemos pasado por este filtro, llamado sistema educativo, encargado de modelarnos y adecuarnos a las necesidades de cada momento histórico. La misma introducción de este sistema responde a la necesidad de producir en serie combustible humano para alimentar el engranaje de la recién llegada sociedad industrial.

Desde ese mismo instante se vislumbró el potencial de la educación estatal y de la imperante necesidad de universalizarla. Así, en el Estado español se institucionaliza la educación a partir de la Constitución de 1812, donde el Estado se hace con sus riendas (hasta entonces en manos del clero) estableciendo dos principios básicos, al menos sobre el papel, que perduran a día de hoy, la universalidad (todo el mundo está obligado a pasar por ahí) y la homogeneidad de lo enseñado (garantizando así la imposibilidad de dotar a la escuela de una dimensión emancipadora y crítica imprescindible).

Esta necesidad se ha visto colmada independientemente del tipo de régimen político instaurado y de la supuesta orientación ideológica del mismo. En todos estos lugares el sistema escolar tiene un objetivo primordial más o menos oculto: transmitir y asegurar la asimilación de una necesidad de ser enseñados. De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo, dejándolo siempre en las manos de los expertos. Junto a esta enseñanza, también se nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Esto nos lleva irremediablemente a la aceptación de todo tipo de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros; sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la maquinaria opresora se encarga de medir y catalogar.

El poder siempre ha sido muy hábil en lo que se refiere al sistema educativo, a lo largo de la historia ha sabido siempre dotar a la escuela del envoltorio adecuado en función de los vientos que soplaban. Ha convertido al sistema educativo en un arma de doble filo. Por un lado, adiestra y prepara a las futuras generaciones para engrasar la maquinaria social y, por otro lado, sirve de arma arrojadiza para el debate político entre los diferentes actores sistémicos. En esta segunda vertiente, vemos cómo en el Estado español desde hace muchos años se ha establecido este debate en torno a la religión en la escuela y a la dicotomía pública-privada. A primera vista debates interesantes y necesarios pero que vistos con un poco de atención no son más que cortinas de humo que, en realidad, sólo sirven para distraer nuestra atención (de hecho, en todo este tiempo, independientemente del color del gobierno, la iglesia ha estado muy presente en la escuela y la privatización ha sido subvencionada por el Estado a manos llenas) y obligarnos a tomar posición en uno u otro sentido y, así, no tomar conciencia del verdadero debate: ¿Qué tipo de educación queremos? ¿Necesitamos un sistema educativo controlado por el poder? ¿Tiene sentido defender una educación que nos instruye para ser esclavos?...

Así se ha conseguido que la escuela se haya convertido en los últimos tiempos en la Iglesia del pueblo trabajador. El objetivo de que todo el mundo tenga iguales oportunidades de educarse es deseable y completamente realizable. Sin embargo, tratar de llevar esto a cabo a través de la escolarización obligatoria (tal y como hace el Estado) no es más que el mismo mecanismo utilizado por la Iglesia para captar y fidelizar a las personas. Lo que nos lleva a asimilar que es en el sistema educativo donde reside la verdad absoluta e incuestionable.


Ha llegado la hora de romper con esta creencia. Ya basta de defender una escuela que jamás ha cuestionado ni lo hará los mecanismos de dominación y explotación del poder.

Por supuesto hay que defender la educación pública. Pero hay que ir más allá en esa defensa. Hay que crear una verdadera educación pública basada en la participación de todos frente al modelo de expertos vigente. Hay que cambiar el paradigma actual en el que es imprescindible la acreditación estatal de cualquier habilidad para poder ejercerla como si el único lugar donde se puede aprender fuera la escuela. Hay que apostar por una gestión colectiva y por un papel protagonista de las personas que desean aprender independientemente de la edad que tengan. Y, sobre todo, hay que dejar que sea cada cual el que decida su camino, a qué ritmo y en qué momento quiere recorrerlo.

Es hora de construir otra forma de educar, donde todos tengamos nuestra parte de responsabilidad, donde la persona sea el centro de su educación y decida cómo y cuándo. No necesitamos factorías de crear esclavos, necesitamos construir espacios donde acompañar y facilitar los procesos de formación de seres humanos libres y críticos.

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martes, 16 de octubre de 2012

¿EDUCACIÓN PÚBLICA? SÍ, PERO DE VERDAD

Volvemos a las andadas. Nuevo gobierno y ya tenemos nueva ley educativa (en este caso la LOMCE, Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa). Poco han esperado para lanzarla pero claro es lo que tiene la mayoría absoluta, que ni se molestan en guardar las formas.
Esto no es nada nuevo, cada gobierno ha lanzado su reforma educativa, cada una con sus matices ideológicos (por supuesto jamás poniendo en tela de juicio el orden establecido). Sin embargo, estos matices son los que sirven para encender la mecha del “debate político” y dejar de lado lo importante de la cuestión.
Ahora tocan las reválidas, la eliminación de educación para la ciudadanía, la segregación sexista, la exaltación de la patria… Por supuesto, toca el tema estrella cuando gobierna la cara derechona del sistema: la privatización de la educación y el trato de favor hacia la educación privada (mayoritariamente religiosa).
A todo esto hay que añadir el recorte radical que sufre el presupuesto dedicado a educación y lo que esto conlleva: menos profesorado, más alumnos por aula, no cubrir bajas, el despido de miles de interinos, la reducción de las rutas de transporte, de las becas, del servicio de comedor (la polémica de los tuppers es demencial). Como gran novedad incluye un bufón como ministro de educación.
Vale decir, y que quede claro, que entre la educación pública, tal y como se entiende mayoritariamente, y la educación privada hay que luchar y defender la pública. La cuestión que aquí queremos destacar es que la lucha no debe quedarse ahí.
Percibo un más que comprensible cansancio a mi alrededor por parte de la gente que un día sí y otro también sale a la calle a protestar contra toda la batería de reformas y leyes con las que nos golpea el poder. El sistema ha acelerado su marcha en la parte del globo en la que vivimos (en otras latitudes llevan siglos sufriéndolo) y la reacción se está desarrollando a alta velocidad. Tan rápida va, que ya empieza a desgastarse. Y es que este sistema tiene la gran virtud de haber conseguido encauzar toda la contestación en defender cuestiones y aspectos que son claramente favorables al mantenimiento y al reforzamiento del propio sistema. Nos explicamos:
Llevamos mucho tiempo defendiendo un sistema público de educación frente al modelo privatizador por el que aparentemente apuesta el neoliberalismo. Hemos creado plataformas para ello, hemos tragado salir con los sindicatos pactistas y con otros que claramente trabajan para la patronal, hemos gritado, nos hemos asambleado y hemos hecho mil y una acciones para defender esa educación pública. Sin embargo, no debemos perder de vista que ese sistema de educación pública que defendemos no es más que una engrasada maquinaria de fabricar millones de peones desechables para el sistema y un buen puñado de obreros especializado y mandos intermedios que en un futuro serán los modernos cipayos de nuestra sociedad.
Hay diferentes estrategias para conseguir que defendamos un sistema que no es perjudicial, se mire como se mire. En los últimos años, con la llegada de ese capitalismo salvaje llamado neoliberalismo, ha sido el fantasma de la privatización del servicio. Esta estrategia ha forjado la idea de que la educación va a ser exclusivamente para ricos (siempre dentro del esquema educación igual a escolarización) y, por tanto, favorece el surgimiento de la protesta popular a favor del sistema educativo público para regocijo del Estado que contempla complacido cómo nos dedicamos como posesos a defender su sistema de adoctrinamiento favorito.
En el tema educativo hemos caído (como en casi todos los ámbitos) en la lucha por el mal menor. Decimos aborrecer el sistema capitalista y la esclavitud y pobreza que genera y, sin embargo, nos dejamos el aliento en ponerle parches una y otra vez, de tal manera que al final sólo conseguimos reformarlo y reforzarlo. Transformando la lucha social en un motor de refinamiento del sistema.
La educación es algo en lo que hemos dado el brazo a torcer desde hace mucho tiempo. Hemos aceptado la ecuación que propone el poder de que educación es igual a escolarización, permitiendo de esta manera que sea el Estado el que decida qué conocimientos, valores y actitudes debe poseer cada persona. Por supuesto, la decisión es totalmente favorable a sus intereses y convierte el sistema educativo en el arma más poderosa de dominación y transmite el mensaje de la necesidad que tenemos las personas de ser enseñadas y aleccionadas en las cosas supuestamente más importantes para nosotras. Todo este mecanismo de dominación lo envuelve el poder con el manto del Estado social, bajo el pretexto del derecho universal a la educación, sin embargo, lo que realmente pretende y consigue es que el pueblo crea que no es posible la educación sin el sistema educativo estatal. Y, así, convierte este derecho en el derecho universal al sometimiento. De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo y deleguemos en el Estado paternalista. Junto a esta enseñanza, también nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Lo que nos lleva irremediablemente a la aceptación de toda clase de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros; sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la maquinaria estatal se encarga de medir y catalogar.
Por supuesto, como he dicho anteriormente, hay que defender la educación pública. Pero hay que ir más allá en esa defensa. Hay que crear una verdadera educación pública basada en la participación de todos frente al modelo de expertos vigente. Hay que cambiar el paradigma actual en el que es imprescindible la acreditación estatal de cualquier habilidad para poder ejercerla como si el único lugar donde se puede aprender fuera la escuela. Hay que apostar por una gestión colectiva y por un papel protagonista de las personas que desean aprender independientemente de la edad que tengan. Y, sobre todo, hay que dejar que sea cada cual el que decida su camino y a qué ritmo quiere recorrerlo.

domingo, 20 de febrero de 2011

LA LÓGICA NEOLIBERAL EN LA EDUCACIÓN SUPERIOR

En las últimas décadas las Universidades están pasando por un proceso de expansión física que ha contribuido a que la educación universitaria haya dejado de ser un privilegio de una pequeña minoría. No se puede negar que expandir la educación superior es un objetivo noble, pero la realidad de la Universidad es muy diferente de lo que proclaman los estamentos oficiales sobre la igualdad de oportunidades y la justicia social.

Las universidades están orientándose por prioridades conformadas por las necesidades de los grandes negocios. Están reconstruyéndose para ofrecer a las corporaciones la investigación académica y los trabajadores cualificados que necesitan para ser rentables. Esto conlleva que estén pasando de ser instituciones eruditas a convertirse en centros de lucro.

En todo el mundo se está presionando a las universidades (sin que éstas opongan mucha resistencia) para que hagan esta transformación. Dicho cambio es parte de un proceso económico-político de dominación mucho más amplio conocido como Neoliberalismo, el cual intenta sujetar todos los aspectos de la vida social a la lógica del mercado, y hacer de todo una mercancía que se pueda poseer privadamente y vender y comprar. Con este proceso en marcha a los académicos y otros miembros del personal universitario se les niega cada vez más la oportunidad de buscar el conocimiento per se, y la oportunidad de entender las necesidades educativas y de otro tipo de los estudiantes, que también son víctimas (de hecho, las principales víctimas) de la subordinación de las universidades a las prioridades del mercado.

Muchos gurús del neoliberalismo mantienen que una de las fuerzas principales que gobierna la economía mundial es el capitalismo del conocimiento: tendencia a generar nuevas ideas y convertirlas en productos y servicios que los consumidores desean. Esto viene a ser una versión moderna de lo que a finales del s.XV hicieron los “descubridores” de América con los nativos americanos, tratando de cambiarnos cosas inútiles y sin sentido por nuestra aquiescencia con el orden establecido.

La actual era del capitalismo global es una era de intensa competición internacional. Cada una de las empresas está sometida a presión constante para reducir los costes elevando la productividad de sus trabajadores, ellos suele depender de la inversión en técnicas más avanzadas. El neoliberalismo en la Educación Superior significa que esta lógica de la competición se interioriza profundamente en la manera de funcionar de las universidades. Esto sirve para asegurar que enseñan a un número creciente de estudiantes y que llevan a cabo investigaciones cada vez más vitales con el menor costo posible.
A causa de esta eterna competición y, sobre todo, de la codicia desmedida, las grandes corporaciones han reducido costos para aumentar sus beneficios. Esta reducción ha supuesto el cierre de muchos de sus laboratorios de investigación (en realidad y como todos sabemos, esto es un efecto menor de lo que esta reducción de costos ha supuesto pero es este efecto el que nos interesa en esta entrada), paralelamente han instado al Estado a que se encargue de este trabajo a través de las Universidades. Obviamente, en un sistema en que la interconexión existente entre las corporaciones y los Estados es gigantesca no se puede esperar otra cosa que no sea el acatamiento por parte de los gobiernos de las órdenes de las grandes empresas como ya ha sucedido en multitud de ocasiones a lo largo de la historia (por ejemplo, durante el s.XX el Estado asumió la labor de asegurar que la fuerza de trabajo y su descendencia tuviera buena salud y educación siendo a partir de ese momento mucho más eficientes y totalmente serviles).

Todo este afán investigador volcado en las Universidades ha dado como resultado que la enseñanza se convierta en algo muy secundario contribuyendo el hecho de que cada vez más son los propios alumnos de doctorado (los peones de la investigación) los que se encargan de dar las muchas de las clases para poder, así, pagar sus propios estudios. Además día a día los licenciados o graduados presentan un menor espíritu crítico o una carencia total de él. También se ha perdido todo viso democrático en estos centros, puesto que la lógica de la competición es totalmente contraria a ello, siendo el modelo de gestión de negocios el marco de referencia en la vida académica.

Así, otra gran contribución de la lógica neoliberal en las Universidades ha sido la creación de toda una masa de mano de obra barata y precaria. Cada vez más los estudiantes se ven forzados a endeudarse para poder formarse (lo de formarse es un decir) circunstancia ésta que les lleva a trabajar en aquello que sea necesario y con las condiciones que sean para poder devolver los préstamos (muchos de los cuales son llamados becas con toda la cara del mundo).
En definitiva, las Universidades han perdido todo el sentido que se les suponía en la formación de personas intelectualmente preparadas para reflexionar críticamente sobre la sociedad y poder, así, contribuir con su labor a una mejora que repercutiera en toda esa sociedad. Por el contrario, se han convertido en centros de adoctrinamiento en los que se premia el individualismo y la competitividad. Unos centros en los que se realiza el trabajo oscuro en el que se cimenta el sistema capitalista y de consumo y en los que de manera fundamental se ayuda a reproducir una clase dominante.
Es por esto que es imprescindible reconstruir el modelo de enseñanza superior (en realidad todo el sistema educativo debería ser reconstruido) para que realmente sean las Universidades los centros en los que las personas se formen de manera plena y crítica y no sólo como peones con aspiraciones dentro del sistema.

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martes, 7 de septiembre de 2010

A VUELTAS CON LA EDUCACIÓN

Ante la inminencia del inicio del nuevo curso escolar, los medios de comunicación han iniciado su bombardeo anual sobre la vuelta al cole. Docenas de reportajes sobre el coste que les supone a los esforzados padres el retorno escolar y lo especialmente doloroso que va a ser este año con la crisis económica que todo lo envuelve. Después llegarán las consabidas noticias con imágenes de niños llorando ante su primer día escolar o, por el contrario, las inocentes sonrisas de aquellos que están encantados de reencontrarse con sus amigos.
Sin embargo, comienza el curso y no parece que nadie hable de la importancia de la educación y de lo poco valorado que está este ámbito en España. Periódicamente, nos alertamos ante la publicación de los resultados de estudios a nivel europeo que dejan a la educación española a la altura del betún y en los que se evidencia que el único liderazgo que ostentamos en materia educativa es el del abandono y fracaso escolar.

Vaya por delante que, obviamente, lo referido en este post es una generalización y ya se sabe que generalizar no es bueno, pero en este caso creo que se acerca bastante a la realidad del asunto.
En la sociedad de consumo, la educación ha pasado a ser un concepto referido al paso de los niños por la escuela, como si sólo en esa época y en ese lugar fuera donde una persona debe educarse. Cuando se habla de educación parece que nos olvidamos de la familia, los amigos, los vecinos, los medios de comunicación,... Todo se centra en el bajo rendimiento académico de los niños en la escuela. Sigamos la corriente y centrémonos en eso.
Todavía nos sorprende lo que consideramos una mala calidad del sistema educativo e incluso, nos llega a irritar que nos consideren de los más “burros” de Europa. Sin embargo, en la dinámica capitalista en la que nos encontramos los resultados obtenidos son los esperados. En la sociedad actual no se necesitan pensadores críticos ni pensadores socialmente concienciados, sino que lo que interesa son los cerebros sumisos y las personalidades egocéntricas que encajan perfectamente en el engranaje social en el que vivimos. El resultado óptimo para una sociedad de consumo es una inmensa mayoría de jóvenes apenas formados que pasarán a ser la fuerza de producción cuando sea necesario pudiendo contribuir así al desarrollo del capitalismo (y cuando no lo sea como ahora, pasarán a ser un número más en las listas de desempleo y formaran parte de los excluidos por el sistema); otro gran grupo aunque menos numerosos que el anterior deberán integrarlo jóvenes con una formación técnica que les permita alcanzar un nivel óptimo de remuneración para poder integrarse de pleno derecho en la sociedad (acceder a préstamos e hipotecas para seguir engrasando la maquinaria capitalista) y, finalmente, un pequeño grupo de elegidos que formaran parte de la élite social. Esto es lo que el sistema actual requiere y, por tanto, es lo que obtiene.

Nuestra clase política se encarga año tras año de apuntalar este sistema mediante diferentes tácticas. Por un lado, los recursos económicos y humanos destinados a la educación pública disminuyen sin ningún rubor a cada curso que pasa fomentando el empobrecimiento de instalaciones y la desmoralización de los educadores. Por otro lado, el constante ir y venir de las leyes educativas (aunque sin lugar a dudas, todas ellas se encaminan a la consecución de los objetivos arriba comentados) en función de quien domine el arco parlamentario colabora a un total estancamiento del sistema educativo, ¿cómo emprender iniciativas a largo plazo si cada pocos años cambia el marco legislativo? Otro factor importante es la dedicación exclusiva que el capitalismo exige a los padres hacia su trabajo, así es muy difícil tener tiempo y fuerzas para dedicarse a sus hijos. En cambio, es mucho más fácil pasar la responsabilidad a otros manteniéndolos ocupados con actividades extraescolares (si el bolsillo lo permite) o dejarles vía libre para que hagan lo que quieran con su tiempo.

A este cóctel debemos añadir el toque que aportan los medios de comunicación con los modelos de éxito que presentan a la juventud (por supuesto, ninguno de ellos basado en una buena educación y unos valores solidarios). Con todo esto tenemos servido el resultado final.

Por desgracia, todo este sistema de educación no es más que otro peldaño en la ascensión hacia la destrucción de una sociedad del bienestar. Se deteriora la educación tanto como el resto de servicios públicos (sanidad, justicia,...) para poder llegar a la panacea capitalista: el que quiera algo que lo pague y si no puede que se joda.
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