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jueves, 21 de abril de 2022

¡VIVE! NO PIENSES Y DISFRUTA DEL ESPECTÁCULO.

La evolución sigue su camino. En 50 años hemos pasado de espectadores pasivos a opinadores pasivos. En ambos casos, la clave está en el segundo término.

Hemos avanzado (no sé si es la palabra correcta) de lo que Debord definió como alguien que se sitúa frente a la realidad y la observa sin más a alguien que tiene la necesidad, incluso la obligación, de opinar sobre todo lo que observa. Lo que ninguno de los dos sujetos está dispuesto a hacer bajo ningún concepto es tratar de intervenir en esa realidad. Se mantiene en una posición de pasividad, más bien de impotencia ante lo que sucede.

Situados de esta forma no tenemos la capacidad de cambiar nada de nuestra realidad. Y ahí, justo en esa impotencia autoimpuesta nos sentimos muy bien, seguros y con la conciencia tranquila. Situados en ese lugar es imposible ser salpicados por la inmundicia de lo que nos rodea. Podemos seguir viviendo en nuestra fantasía democrática del primer mundo.

De hecho, vivimos en una época dorada para ejercer de espectadores (nada es por casualidad) Hay tal cantidad de información a nuestro alcance que literalmente somos incapaces de procesar nada. Simplemente observamos mínimamente, opinamos al respecto y a otra cosa que se nos va la vida. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de las redes y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema, por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo.

Cero reflexión, cero actuación.

Bajo ningún concepto tratar de establecer una relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en la vida. En ningún caso, emprender una acción que pueda mover la silla desde la que asistimos, impertérritos, al espectáculo de nuestra propia degradación. Incluso cuando lo observado nos lleva a un estado de indignación elevado preferimos considerarnos víctimas (nunca colaboradores necesarios y, por supuesto, nunca culpables) y esperar a que los otros, sean los que sean, resuelvan la situación. Mientras tanto, reforzamos nuestro patio de butacas particular y nos atrincheramos en él con más fuerza si cabe.

Nada causa más temor que notar cómo se tambalean los cimientos sobre los que has construido tu reducto. Así que procuras no hacer nada que pueda desencadenar el terremoto. Te mantienes a la expectativa, observando. Perpetuando tu condición de espectador, colaborando en la reproducción continua del espectáculo.  

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martes, 4 de junio de 2019

NARCISO DIRIGE EL ESPECTÁCULO



Hubo un tiempo en que Edipo era el rey. Hoy, sin duda, Narciso le ha destronado.
Lo cierto es que son dos caras de una misma moneda. Una moneda que tiene múltiples imágenes pero siempre la misma representación: el sufrimiento psíquico que padecen muchísimas personas en un entorno socioeconómico tan hostil para la inmensa mayoría de la población.
Por supuesto, si alguien espera una disertación psicoanalítica pude ir cambiando de canal. Por aquí no entrará lo que anda buscando por mucho que la premisa inicial apunte en esa dirección. Me interesa más lo que representan esos conceptos y las asociaciones que se pueden realizar con el modo de vida bajo el sistema capitalista y con la propia evolución de dicha forma de vida.
El mito de Edipo siempre se ha identificado con la represión, el deseo no satisfecho, el miedo… En lo que concierne a lo que pretendo plasmar aquí, podemos relacionarlo con un modelo productivista, con la fábrica. Con ese Capitalismo que se fortalecía de la fabricación de bienes y la explotación de aquellos que los producían. En ese mundo de la omnipresencia de la cadena de montaje, los empleos podían llegar a ser muy estables y no era extraño el que una persona dedicara toda su vida a una sola empresa. Lo normativo, aquello que el sistema establece como el ideal al que todo buen ciudadano debe aspirar a alcanzar, estaba perfectamente delimitado. La vida estaba muy estructurada si se quería estar dentro de la norma y no ser señalado ni tratado como un apestado social. Trabajo y familia (en ese orden), esos eran los pilares sobre lo que todo debía descansar. Así que trabajo y familia era lo que debía ser mantenido a toda costa y en lo que había que volcar toda la energía. Sobre esas dos vigas maestras, sostenía Edipo su imperio.
Era un modelo social rígido y solidificado que no permitía la más mínima desviación del camino marcado, por tanto, cada desliz debía ser reprimido. En la mayoría de los casos, autoreprimido. Para el resto se reservaban los mecanismos represivos del Estado (tal y como sigue sucediendo y seguirá haciéndolo mientras existan entidades con el monopolio de la violencia legal).

Pero los tiempos cambiaron, porque el Capital así lo exigía en su progreso imparable hacia la nada más absoluta. Ahora, el dinero ya no se sustenta en la producción sino que descansa sobre sí mismo. La fábrica ha quedado relegada a la periferia del núcleo financiero. Y se ha llevado consigo la necesidad de una sociedad rígida de asalariados obedientes. No sólo se han deslocalizado los puestos de trabajo, también las formas sociales de vida. Lo normativo ha cambiado.
Emprendedores, dinámicos, dispuestos a sacrificarlo todo por su carrera, imaginativos, resilientes… Y toda esa charlatanería que conocemos de sobra (y que el engendro de la psicología positiva y su hijo bastardo el “coaching” se han encargado de encumbrar). Se utiliza para enmascarar lo de siempre: la esclavitud del salario, la necesidad de ganarse la vida para los desposeídos.
La sociedad del espectáculo se ha impuesto y con ella la imagen, lo superficial, lo externo, se ha convertido en lo fundamental.
Con estos mimbres, Narciso se ha encumbrado en el trono. La egolatría y la falta de empatía campan a sus anchas en una distopía que reniega de las clases sociales y su eterna lucha en pos de un sálvese quien pueda ridículo. Sólo hay que echar un vistazo al mundo digital, a las redes sociales (el mundo real para muchos) para observar a Narciso cabalgando por sus dominios. La rotura de vínculos sociales, el desapego y el desarraigo dan paso a una sociedad reconcentrada en sí misma, donde cada individuo está convencido de que puede ser el siguiente triunfador, aunque para ello deba pasar por encima de quien sea y deba renunciar a lo que sea. El primer paso para ser un triunfador es parecerlo (ya sabemos que la imagen lo es todo). Así la representación de nosotros mismos que ofrecemos al mundo es fundamental. Pero cada uno sabe lo que hay detrás de esa imagen. Cerrar los ojos y obviarlo no lo hace desaparecer. Es justo ahí, en la necesidad que tenemos de no ver nuestro propio reflejo, nuestra propia miseria donde Narciso sustenta su reinado.
 

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martes, 18 de septiembre de 2018

DIPLOMACIA ECONÓMICA



En los últimos tiempos se ha encumbrado una nueva obsesión en el panorama político del país, la veracidad o no de los méritos académicos de los políticos. Al parecer no hay temas más importantes de los que preocuparse y, por supuesto, le ha faltado tiempo a todo el entramado mediático de masas para taladrar a la gente con esta cuestión.
La verdad es que me importa poco el asunto. Aunque no me extraña el revuelo montado porque la meritocracia hace mucho tiempo que se ha instalado en nuestra forma de pensar y, por tanto, parece de suma importancia que falseen estos méritos para mantener la ilusión ante su público. Tampoco debería sorprender demasiado que parte del sistema educativo se preste al juego. Esto ha sido, es y seguirá siendo así. Todo el mundo sabe que el que tiene pasta, tiene todas las facilidades del mundo para conseguir lo que se le antoje. Los que no tienen, a sudar y a esperar que se haga “justicia” con su derroche de esfuerzo y talento. Así es como funciona.

Sin embargo, en todo este asunto sí hay algo que me ha llamado la atención, por desconocimiento del asunto, y es el tema de la tesis del presidente del gobierno: La diplomacia económica española.
El Observatorio de Multinacionales en América Latina define el tema de la siguiente manera:
 Se conoce como diplomacia económica al conjunto de acciones de presión e intermediación que las instituciones públicas de un Estado realizan al servicio de los intereses en el exterior de las empresas multinacionales con sede en dicho Estado. Supone el despliegue del aparato diplomático y de la intervención de las más altas autoridades y representaciones del poder público con el objetivo de facilitar la internacionalización de esas empresas. Y es un ejemplo más del papel fundamental que el Estado juega en la expansión del capital transnacional y en la salvaguarda de los intereses de las compañías multinacionales, que priman sobre el Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

Después de leer esto empiezo a comprender. Básicamente, es lo que hace cualquier Estado para garantizar que el capital siga obteniendo beneficios sin importar nada más.
Así, proteger y amparar a los Florentino o Villar Mir de turno o a las petroleras para que sigan expoliando América Latina por encima de todo y de todos, forma parte de la diplomacia económica.
Mandar a la armada al cuerno de África para que la flota pesquera patria pueda seguir esquilmando aquellos mares forma parte de la diplomacia económica.
Afirmar que las bombas son inteligentes y no matan, forma parte de esa diplomacia para que puedan seguir lucrándose los fabricantes y los vendedores de muerte. Realizar continuos actos de vasallaje ante dictaduras como la Saudí forman parte de esa diplomacia.
Dar cobertura legal al fraude fiscal de las grandes fortunas patrias también es diplomacia económica.
Apuntalar la ocupación marroquí del Sahara mientras empresas españolas siguen sangrando sus recursos naturales, es diplomacia.
Auspiciar que la realeza y sus amantes ejerzan de agentes comerciales por el mundo (con sus consabidas comisiones por supuesto) también entra dentro de la diplomacia económica.

La lista es inacabable y en mi opinión, esto es lo que nos debería preocupar de este asunto de la tesis. El resto es puro espectáculo, entretenimiento para mantenernos ocupados y dividos.
 

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lunes, 16 de noviembre de 2015

FACTORÍA DE TERROR


Formamos parte de un mundo donde la barbarie y el terror son formas habituales de convivencia, son maneras de vertebrar sociedades y de imponer voluntades. Es lo que muchos llaman el orden criminal del mundo.

París ha sido uno de los últimos escenarios, que no el único, donde el terror ha interrumpido la vida de una forma brutal. Pero no nos engañemos: eso mismo sucede a diario alrededor del mundo. La diferencia en este caso es la espectacularización de los hechos. Cuando las matanzas se suceden en regiones remotas apenas ocupan un pequeño espacio (o ni eso) en los medios informativos de masas y, en consecuencia, ocupan un diminuto lugar en nuestro pensamiento que apenas merece un instante de nuestro preciado tiempo. Por supuesto, cuando el terror se produce entre nosotros debe ser espectacularizado para captar a las masas y preparar el terreno para la justificación de más terror (entrando así en una espiral de la que tan sólo se benefician los mercaderes de la muerte) y la implantación de un nivel superior de estado policial y de control social. No hay que olvidar que en los países donde existen las llamadas democracias formales se necesita vender todo esto como actos de justicia y legítima defensa para justificar toda la coerción y la represión venidera así como los ataques a todo aquel que se considere enemigo, aquí las formas son importantes para diferenciarnos de cualquier dictadura al uso aunque los fondos sean similares.

Francia, Siria, Líbano, Yemen, México, Nigeria, Palestina y tantos otros han vivido en las últimas horas el horror y el dolor que producen las guerras. Y en la guerra, sólo existe una lógica: es necesario que muchos mueran para que unos pocos sigan enriqueciéndose y puedan seguir haciendo girar la rueda en la dirección que más les convenga. Da igual en que bando estés situado, al final de una forma u otra acabas muerto a menos que seas de los que deciden.

Los asesinatos son tan sólo una expresión más del quehacer habitual de un mundo criminal. Si pensamos por un momento todo lo que conlleva esta forma de vivir podemos hacernos una idea más clara de que el terrorismo organizado y la muerte violenta son el pan de cada día necesario para que se mantenga esta locura a la que llamamos mundo civilizado.

A continuación un pequeño esbozo del mundo sobre el que se sustenta nuestro modo de vida: millones de personas condenadas a morir de hambre porque es más rentable producir comida para tirarla que para comer o, simplemente, porque alguien ha decidido que toda esa gente no es necesaria para el sistema. Millones de personas condenadas a morir por no poder beber agua potable porque es más rentable apropiarse de ella y contaminarla en favor de la extracción de cualquier mierda que ni se come ni se bebe. Millones de personas condenadas a morir porque es más rentable crear supuestos remedios para enfermedades inventadas que erradicar enfermedades en algunas partes del mundo. Millones de personas condenadas a morir porque es mucho más rentable fabricar y vender instrumentos de muerte que, simplemente,  permitir una coexistencia pacífica. La lista podría seguir eternamente y siempre nos encontramos con que los condenados son los mismos (da igual en que región vivan), somos siempre los desposeídos, los que nos vemos forzados a vender nuestra alma y nuestra fuerza para seguir viviendo. Así también nos encontramos con que los que condenan son siempre los mismos, los que se atribuyen la propiedad de todo lo existente: los grandes capitales, los Estados y todas las instituciones que crean y sostienen entre ambos para mantener el orden establecido. Vivimos en un mundo tan civilizado y racional que el beneficio económico se impone por encima de todo y de todos. En un mundo donde todo tiene un precio, la vida es el artículo más barato.

El bombardeo mediático, el espectáculo del terror permite que hoy el dolor se extienda por el mundo en respuesta a los asesinatos de París. Ese dolor genuino nos demuestra que todavía queda algo de humano dentro de nosotros; sin embargo no podemos obviar que todo esto es fruto de esa sobreexposición mediática. No obstante, sabemos que la capacidad de sentir sigue ahí, así que es posible que llegue el día en que todo el terror que se produce a diario nos duela de igual forma (sin necesidad de que nadie nos indique qué víctimas son merecedoras de nuestra empatía). Ese será el día en que estaremos en condiciones de afrontar una verdadera revolución. De iniciar una verdadera lucha por la liberación.

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viernes, 24 de julio de 2015

ESPEJISMOS

Espejismo: Imagen, representación o realidad engañosa e ilusoria.

Ésta es una de las acepciones del término espejismo y, personalmente, me parece que explica con mucha precisión todo lo que sucede a nuestro alrededor en los últimos tiempos. Vivimos en un mundo lleno de espejismos. Y no solamente los espejismos que diariamente nos ofrece el poder a través de sus medios de desinformación de masas; sino muchos espejismos que vemos en los movimientos antagonistas e, incluso, los espejismos que nosotros mismos nos esforzamos por ver y vivir.

Nos ofrecen una realidad engañosa en la que la recuperación económica es un hecho, sin embargo, no comprendo demasiado bien qué significa eso porque la única dinámica económica que existe desde hace muchísimos años (tanto cuando se supone que las cosas marchaban estupendamente y atábamos los perros con salchichas, como ahora que la pobreza económica es la realidad de muchísima gente) es que una parte muy pequeña de personas acumula una parte cada vez mayor del pastel económico. Así ha sido y así sigue siendo, sin duda. Otro engaño similar es el que nos ofrecen con la supuesta revolución democrática que andamos viviendo, nuevos actores políticos “surgidos del pueblo” toman el poder con la intención de poner las instituciones al servicio de la gente (como si tal cosa fuera posible, como si esas instituciones no hubieran sido diseñadas y creadas exclusivamente para estar al servicio del poder) legitimizando una vez más este potente espejismo al que llaman democracia. Sólo hay que ver lo sucedido en Grecia para empezar a comprender la magnitud y la oquedad que la expresión “tomar el poder”, tan de moda últimamente, contiene.
La lista de espejismos que el poder ofrece es interminable pero uno muy importante es la ilusión del trabajo. Esta imagen funciona en varias direcciones. Por un lado, ofrecen a menudo datos (un espejismo más que no refleja ninguna realidad más allá que la que les interesa) que constatan la recuperación del empleo. Esto da a entender que hay más gente asalariada y, por tanto, en su lógica que vive mejor. Sin embargo, cada vez más la diferencia entre tener empleo y no tenerlo es más invisible. La pobreza económica ya no es exclusiva de los desempleados. Por otro lado, afianza la imagen de que el trabajo lo es todo, es lo que dota de sentido la vida y marca la diferencia entre alguien útil y un desecho de la sociedad. A pesar de esto, el poder muestra su magnanimidad con los desechos ofreciéndoles la subsistencia a cambio de la humillación burocrática.

Lo que sucede dentro de los movimientos antagonistas al sistema también tiene mucho de realidad engañosa o espejismo. Cualquiera que se mueva por las redes sociales puede observar la enorme burbuja revolucionaria que existe. Particularmente, me sucede que la mayoría de mis contactos en este mundo virtual (incluyéndome a mí mismo) nos consideramos de una u otra forma como parte integrante de esa oposición al sistema vigente y, de esta forma, estamos constantemente recibiendo todo tipo de noticias, invitaciones y escritos varios sobre todo tipo de acciones y grupos revolucionarios. Parece que a nuestro alrededor haya un magma revolucionario a punto de llevarse por delante toda señal del poder dominante. Sin embargo, la realidad es bien diferente. Lo que parece una acción multitudinaria se convierte en una manifestación de apenas mil personas en ciudades donde millones padecen las penurias del sistema. También sucede que se tiene la tendencia a etiquetar, nombrar, anunciar, redactar, en definitiva a crear todo un armazón virtual en torno a un grupo que apenas funciona o no pasa de ser una tertulia de amigos (por supuesto, nada en contra de estas tertulias que son maravillosas). También asistimos al eterno espectáculo espejista de los nuevos gurús que aparecen cada poco tiempo con alguna idea revolucionaria y susceptible de captar a la gente y que, en el mejor de los casos acaba convirtiéndose en una especie de alternativa personal más o menos al margen del sistema y en el peor convirtiéndose en algo totalmente reaccionario y peligroso.
Enlazando con esto, veo cómo en las dinámicas personales (muchas veces vinculadas a este mundo militante) el espejismo forma parte importante de lo cotidiano. Muchas veces necesitamos creer esa ilusión formada alrededor de un proyecto o grupo porque la realidad se nos antoja insoportable. Sabemos y reconocemos los espejismos pero nos entregamos a ellos con tal de tranquilizar nuestras conciencias pensando que formamos parte de la disidencia a una sociedad tan cruel e inhumana, y con la esperanza de poder superar el miedo que nos atenaza y poder ir mucho más allá de ese espejismo y empezar a construir algo en donde poder sentirnos humanos de pleno derecho.

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martes, 21 de octubre de 2014

EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

Ya lo dice la canción, The show must go on. Y es que esta vida es puro humo, puro espectáculo. No puede ser de otra forma, es imprescindible que sea así para poder mantener el desolador modo de vida de la sociedad actual.

Desde hace tiempo, la supuesta abundancia y la elección sin fin que el sistema capitalista finge proporcionar, suponen el telón de fondo global para esta mascarada. Andamos tan ocupados deseando lo que no necesitamos y consumiendo lo que no tenemos que no llegamos a darnos cuenta de nada más allá de la inmediata satisfacción de unos apetitos artificiales creados y alentados para reforzar nuestro papel en la trama.

La sociedad de consumo nos ha consumido, ha conseguido trasformarnos en pequeñas máquinas diseñadas para cumplir con nuestro cometido y mantener la eterna función del espectáculo capitalista. Junto a los medios de desinformación masiva y al sistema educativo, nos han conducido por una senda donde lo humano, la esencia de aquello que nos convierte en seres capaces de crear y construir su historia, ha quedado relegado en favor de un triste materialismo que nos obliga a malvivir y dejar a nuestro paso un rastro de destrucción prácticamente irreparable.

Por supuesto, es sólo lo que podríamos llamar el decorado principal de la función. Sin embargo, en función de las peculiaridad de cada zona geográfica, de cada modelo cultural… tenemos muchos otros pequeños decorados que se encargan de animar y renovar espectáculo global. Esto es necesario porque, evidentemente, siempre hay gente que no acaba de integrarse del todo en el modelo y tiene ciertas inquietudes y necesidades acerca de cómo deberíamos vivir. Es innegable que mucha gente se cuestiona aspectos concretos del modelo y siente la necesidad de cambiar el funcionamiento de muchas cosas.

Pero el sistema, también lo tiene todo pensado para ellos, y les ofrece sus propios modelos (o roles) alternativos: culpables, salvadores, independientes, modelos de evasión al fin y al cabo… tiene todos los papeles de la obra repartidos y dispuestos a actuar para que todo continúe según el plan preestablecido.

 
Así observando en mi entorno inmediato, en los últimos tiempos he visto la irrupción de diferentes tramas dentro de la pantomima capitalista. Por supuesto, que todas estas cuestiones tienen su importancia y hay que saber valorarlas en su justa medida para combatirlas/apoyarlas pero también para no desgastar las energías con ellas más allá de lo que cada uno considere necesario.

Haciendo un pequeño repaso por las tramas que nos ofrecen podemos observar la diversidad de opciones: renovación de la monarquía, independencia de Catalunya, corrupción generalizada, ébola, tarjetas opacas, irrupción de nuevos partidos o plataformas políticas, aparición y desaparición de leyes, justicia a la carta y un largo etcétera de situaciones que los medios se encargan convenientemente de mantener en primer plano o no en función de sus intereses. Y así pasamos el rato participando o simplemente contemplando este espectáculo del que queramos o no formamos parte en mayor o menor medida porque si hay algo en lo que destacan los guionistas de esta farsa es en conseguir no mantener indiferente a nadie. Eso y en fijar la atención de todos lejos de las cuestiones que, en parte o en su totalidad, subyacen en todo este embrollo.

Al fin y al cabo, todo esto sirve para diluir los esfuerzos de la gente que intenta construir nuevas experiencias y aprender, sirve para mantener nuestra atención lejos de los millones de vidas que cada año el capitalismo sacrifica en el altar del beneficio económico, para negar la evidencia del final de este modelo de producción basado en la explotación natural, para que no alcancemos a ver que cada gesto que creemos hacer libremente está condicionado y modelado por el sistema y que en muchas ocasiones tiene consecuencias terribles sobre nosotros mismos y el resto del planeta, para no comprender que vivimos bajo la esclavitud encubierta del salario que nos hace estar sujetos a sus normas de una manera increíble. En definitiva, el espectáculo está ahí para que no nos veamos obligados a reconocernos a nosotros mismos, a aceptar el fraude en que se ha convertido la vida bajo estas condiciones, a no vernos forzados a aceptar la lejanía de esa libertad que decimos poseer.

Nadie es ajeno a esto, cada cual debe hacer sus reflexiones y sacar sus conclusiones. Pero es necesario no dejarse deslumbrar ni guiar por los focos. El potencial de cambio está ahí, latente pero no debemos esperar al iluminado que nos indique la dirección a seguir. Recordad que las luces siempre forman parte del espectáculo y, como ya sabemos, el espectáculo debe continuar.

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