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viernes, 1 de diciembre de 2023

REFLEXIÓN ENCAPSULADA

Conocimientos encapsulados y falta de visión de conjunto. Ausencia de un marco relacional, de alguna teoría que dote de sentido todo lo experimentado.

La cultura general ha muerto. Viva lo selectivo, lo parcial. Lo único general que nos ha llegado es la ignorancia.

Ahora cada uno debe saber sólo aquello que le está destinado según sea su edad, o su status o cualquier criterio que la máquina nos asigne. Más allá de eso, todo es un erial. La nada y, por tanto, la asimilación acrítica y finalmente, la delegación en los expertos correspondientes.

A mayor ignorancia, mayor credulidad.

Estamos en un momento en que nos lo tragamos todo. Por muy excéntrico que nos parezca algo, siempre habrá un nutrido grupo de personas dispuestas a convertirse a la nueva religión. Ser crédulo permite la identificación grupal. Por muy superficial que parezca posibilita la obtención de una identidad, ser parte de un grupo, el que sea. Y esto no es una cuestión menor.

Vivimos en una desconexión vital en la que todo lo que sucede parece no tener relación alguna con lo que nosotros podemos hacer o sabemos hacer. Hemos asimilado la externalización capitalista de forma tan intensa que hemos desterrado la posibilidad de la acción propia. Hemos llegado a un punto tal que desconfiamos de aquellos que defienden esa vía e, incluso, se atreven a practicarla. Enseguida desdeñamos esa posición por inútil y desgastante. Tiene su lógica, es mucho más cómodo permanecer a la espera comportándonos como receptores pasivos (como el que espera un paquete que hace días que pagó) confiando en que el resto del mundo haga su trabajo sin ser conscientes de que nosotros formamos parte de ese resto del mundo.

De nuevo, surge esa imagen de las burbujas en la que cada individuo cree vivir una vida única, desligada del resto sin llegar a darse cuenta de que forma parte de un todo más grande surgido de un lugar común.


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lunes, 20 de febrero de 2023

EN LA VIDA COMO EN TWITTER (o al revés)

Pasado ya cierto tiempo desde que uno de los máximos exponentes del Capitalismo más salvaje, Elon Musk, comprara Twitter. Como todo lo que hace este personaje ha sido un asunto rodeado de polémica. Relativa, la polémica depende de lo poco o mucho que todavía uno crea en el funcionamiento de este sistema. Para mí, polémica cero. Simplemente, un explotador comprándole el negocio a otro explotador y haciendo lo que le da la gana con su nuevo juguete con el beneplácito de la afición.

Pero no es este asunto lo que me interesa. Aunque sí me ha despertado la curiosidad por esta red social de la que formo parte, sin mucho esmero, desde hace años.

Twitter viene a significar algo así como piar, más concretamente, gorjear. Es decir, no es ese canto melódico con el que algunos pájaros se comunican y se exhiben ante los demás. Es más bien, ese sonido repetitivo (a veces un tanto molesto) que tiene unos usos específicos.

Hace tiempo le leí (creo que a Bauman) que el gorjeo tenía dos funciones básicas y vitales para las aves. Por un lado, sirve para mantenerse en contacto con los suyos… Para no perderse y saberse parte del grupo. Por otro lado, y en paralelo, sirve para mantener alejados al resto de congéneres que no forman parte del clan. No se me ocurre un nombre más apropiado, que defina más claramente un producto y su uso. La cuestión es exactamente esa, en eso consiste Twitter. Identificarse con un grupo, reforzar esa identidad a base de discursos vacíos repletos de tópicos y, al mismo tiempo, mantener alejados (en este caso tratar de destruir) a todos los que no forman parte de él. Las defensas a ultranza de una idea por muy sinsentido que sea es el pan de cada día. Discursos sin cuestionamiento, lealtad absoluta. Conmigo o contra mí.

Por supuesto, hablo en términos generales. Sé que hay personas y discusiones maravillosas que merecen mucho la pena. Pero es lo menos abundante, no son la tónica general.

Esta dinámica ha saltado la frontera de lo virtual y parece haberse instalado en todas las formas de comunicarse. Una especie de hooliganismo que se ha instaurado en todos los ámbitos vitales. No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina. No sé si Twitter es un reflejo de la sociedad o si ésta ha adoptado el modo de funcionar de esta red social. Para el caso es lo mismo, la cuestión es que vivimos en un mundo atrincherado donde cada vez más es bastante complejo encontrar caminos que unan esas trincheras. Aquí cada uno vamos a lo nuestro y sólo parece que somos capaces de remar en la misma dirección en momentos puntuales y por temas muy concretos (asuntos que nos incumben directamente y que nos da bastante igual como afectan al resto de la sociedad) Una vez pasado el momento, cada cual vuelve a su redil sin ser capaces de sacar alguna conclusión sobre la manera en que se ha conseguido o no aquello que nos había movilizado. Simplemente, nos da igual.

Ha quedado establecida la imposibilidad de lo común. Quedando esto reservado a las necesidades impuestas desde el exterior por corporaciones y gobiernos. Entonces lo común no es otra cosa que el marco ideal del sálvese quien pueda, un campo de batalla en el que cada uno tiene la obligación de luchar para lograr alcanzar eso que nos iguala con el resto. El estándar que nos tienen reservado para que podamos considerarnos normales y, por tanto, aptos para la sociedad y triunfadores en la vida.

Convertidos en soldados no hay posibilidad de discusión entre iguales, de estrategias consensuadas. En la guerra sólo es posible acatar órdenes, seguir ciegamente las instrucciones de la jerarquía es la única opción. Y en esas estamos. Cada uno cree elegir el bando correcto y a los generales más preparados y se dedica a repetir consignas y patrones de comportamiento. Nos sentimos protagonistas de la historia y no acertamos a entender que somos meras comparsas representando todos el mismo papel en una función escrita de antemano. Y que no nos falte nuestro espacio en esta obra, de lo contrario no seríamos más que unos fracasados, unos nadie excluidos de la Historia.


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miércoles, 28 de julio de 2021

QUIERO DUDAR

No queda espacio para la duda. Así es imposible aprender nada y yo no sé el resto pero a mí me resulta vital aprender. 

Si algo tengo claro es que el ser humano es curioso por naturaleza. La curiosidad es la antesala de la duda porque nos empuja a obtener respuestas, nos obliga a indagar. Ante esas respuestas surge la duda que nos impele a una mirada crítica para tratar de discernir entre las diferentes opciones. Se puede decir que esa curiosidad nos lleva inevitablemente a aprender. Por tanto, aprender forma parte de nuestro ser. Sin necesidad de caer en esencialismos, se puede decir que aprender forma parte importante de lo humano. Pero cada día aprender está más caro, la duda está prácticamente criminalizada. Vivimos en un mundo en que dudar es sinónimo de quedarse fuera, de perder. Cuando todo es competición, cuando la imagen proyectada es lo importante, la duda no tiene cabida. No puedes mostrarte débil. Hay que saber de todo o, al menos, aparentarlo. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de Internet y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Y lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo. 

Hace años que le escuché (si no me equivoco a Carlos Taibo) la expresión “todólogos” para referirse a los personajes que opinaban sobre cualquier tema en los múltiples programas televisivos de actualidad. Daban la sensación que sabían de todo y el amplificador que suponían esos espacios televisivos reforzaba su imagen de sabios expertos. Ingenuamente pensaba que el fenómeno de los “expertos en todo” se reducía a ambientes muy específicos. Lugares como los bares, los mass media y los escalafones de los partidos políticos donde habitan sus cabezas visibles… siempre han estado repletos de gente con una necesidad imperiosa de dar su opinión sobre todo (normalmente acompañan esta necesidad con la creencia de estar en posesión de la verdad, por supuesto, su verdad que es la única).

Pero hace tiempo ya, que este fenómeno se ha expandido de manera imparable alcanzando todos los rincones de la sociedad. 

No tengo nada en contra de que la gente nos informemos, más bien al contrario, me parece fantástico. Otra cosa bien distinta es formarse y aprender. Yendo más allá, todavía resultaría mucho mejor tratar de establecer algún tipo de relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en el mundo.

 Intentemos hacerlo con algún tipo de filtro crítico y escéptico antes de dar por buena cualquier teoría o hecho y su contrario. Incluso, debemos estar dispuestos a admitir que hay cuestiones que nos superan (ni que sea de momento) y que por tanto no podemos tener una opinión sólida al respecto. 

Esta proliferación de “expertos en todo” es un signo de estos tiempos. Especialmente visible el fenómeno con la pandemia y todo lo que conlleva esta situación. No me importa en absoluto cuando me la encuentro en reuniones familiares, en un bar, o en el trabajo.  He de admitir que incluso me divierte según cómo sea. Pero me parece mucho más preocupante cuando me la encuentro en ambientes alternativos donde se supone que el pensamiento crítico es algo importante. Me resulta especialmente triste constatar que en muchas ocasiones las personas con opiniones formadas sobre todo no hacen más que repetir argumentaciones y discursos ajenos que ni siquiera son capaces de explicar cuando se les pregunta. Lo sé porque seguramente leo las mismas páginas y los mismos textos que ellos. Nadie duda, todo el mundo cree saber todo lo que tiene que saber. No sólo eso, además se exige de los demás un claro posicionamiento. O conmigo (por supuesto, los buenos) o contra mí. La falta de espacio para la duda refuerza el bucle del dogma. La ortodoxia (sea en el sentido que sea y en el campo que sea) se convierte en algo inquebrantable. Así no hay duda perteneces a la secta o estás fuera. 

Es justo en ese momento cuando todo suele terminar, porque es entonces cuando los expertos suelen acudir a los grandes tótems del asunto en cuestión que se esté tratando o, directamente, a las sacrosantas palabras de los grandes gurús de la ideología política que predomine en ese ambiente. Y claro, llegado a este punto, admito que no me he empapado las obras completas de ningún ser humano al que se le otorgue la autoridad máxima en cualquier –ismo. Así que una vez este dato salta a la palestra de una u otra forma, parece ser que automáticamente me invalida para cuestionar esos argumentos de dicho experto. En ocasiones, incluso, me convierte en sospechoso de colaboracionismo con el enemigo, reaccionario o pequeño burgués según de dónde venga la acusación. 

En fin, hay tantos frentes abiertos, tantas cuestiones que nos afectan de una forma brutal y directa que resulta dificilísimo estar bien informado/formado sobre todo. Personalmente, no lo estoy pero me niego en redondo a que eso sea un motivo para tener que aceptar imposiciones argumentales o ideológicas. Vivimos momentos absolutamente inciertos y sin embargo, veo a la gente en general estar más seguro de sus creencias que nunca. Me resulta incomprensible. 

Si no somos capaces de apoyarnos y fomentar la coeducación entre nosotros, si no es posible el debate sin miedo a ser excluido, si la capacidad de transmitir conocimiento y experiencia sólo se utiliza para colgarse medallitas absurdas en lugar de utilizarla para ampliar las posibilidades de revuelta, entonces todo queda reducido a la mínima expresión y nada puede suceder más allá del pequeño grupo de autoproclamados expertos. Seguir al pope o morir. O mejor todavía convertirte tú mismo en predicador de tu buena nueva, esa a la que sólo tú por una misteriosa razón tienes acceso.


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lunes, 18 de mayo de 2020

OBEDIENCIA (Pequeños apuntes sobre Fromm y Milgram)

Obediencia: Acción de acatar la voluntad de la persona que manda, de lo que establece una norma o de lo que ordena la ley.
La obediencia está en la base de todo sistema social y, en consecuencia, en todo sistema de poder. Especialmente, desde que la coerción física y el sometimiento por la fuerza han pasado a un segundo plano en las actuales sociedades capitalistas. ¡Ojo! Han pasado a un segundo plano, no han desparecido. El matiz no es pequeño.
La obediencia tiene unas bases tanto individuales como sociales y consecuencias en ambos planos. En el plano individual, está la sumisión ideológica, la aceptación acrítica de la interpretación de la realidad que la autoridad (en el ámbito que sea) ofrece. Esto provoca la falta de responsabilidad personal sobre lo que se hace puesto que simplemente hacemos lo que el poder nos indica, por tanto, nada incorrecto. Probablemente, la obediencia es la conducta más reforzada durante la trayectoria vital del individuo. Es importante resaltar el principio de jerarquía, su necesidad modelada durante siglos hasta hacer prácticamente impensable un modelo social no jerarquizado. Esto entronca con las bases sociales de la obediencia. Fromm hablaba del carácter social como la estructura que caracterizaba a un grupo. Esta estructura mantiene el funcionamiento social una vez que todos los componentes del grupo han hecho suyo el deseo general (es decir, cuando los que ostentan los medios para ejercer el poder consiguen que todos hagan suyos sus deseos). En nuestro modelo social este deseo estaría representado por conceptos como consumo, crecimiento, productividad, competencia...
El propio Fromm distinguía dos tipos de obediencia. Por un lado, la Heterónoma (Sometimiento) que se da con respecto a otra persona. Por el otro, la Autónoma (Autoafirmación) que obedece los dictados de la propia conciencia, pero lo que consideramos como propio en la mayoría de las veces no es otra cosa que una extrapolación de las órdenes que emanan de la autoridad o de los principios morales que rigen en la sociedad. En ocasiones, sí existe esa conciencia libre de la lógica de premio/castigo tan característica del orden social. A este tipo de conciencia libre, Fromm la denomina humanística (frente a la autoritaria que es como denomina a la anterior) y la describe como surgida del conocimiento interior auténtico. Creo firmemente, que mayoritariamente predomina la obediencia autónoma autoritaria. Es aquello que siempre se dice de que somos esclavos sin darnos cuenta de ello porque pensamos que somos libres, que lo que hacemos es fruto de nuestra propia reflexión. Como si las elecciones que vamos realizando a lo largo de nuestra vida no estuvieran condicionadas por el entorno en el que vivimos, por la cultura predominante, por los recursos de que disponemos… pero obedecer no siempre es fácil, en ocasiones crea conflictos internos ante los que debemos desarrollar estrategias para defendernos, para sentirnos mejor. No queremos quedar fuera del grupo, ser marginados. Aunque duela es mejor eso que desobedecer porque esto sí implica irremediablemente decir adiós.

Sin duda, en el estudio de la obediencia uno de los experimentos paradigmáticos es el que realizó Stanley Milgram. Algunas de las principales enseñanzas que nos dejó este experimento son, sin duda, a tener muy en cuenta.
Lo primero que observó es que la conciencia deja de funcionar. Esto está en la base de la obediencia, se sustituye el pensamiento propio por el de la autoridad, cuando esto sucede, el pensamiento se transforma en acción. Algo parecido postulaba Fromm con su concepto de conformidad automática definida como la adaptación del sujeto a las pautas culturales para no sentirse diferente y solo. Al aceptar el pensamiento de la autoridad, automáticamente se abdica de cualquier tipo de responsabilidad. El cumplimiento de los mandatos de la autoridad hace que la responsabilidad sea para dicha autoridad. El hecho se percibe como mero espectador no como actor principal. Por tanto las consecuencias que se puedan derivar de nuestros actos no nos incumben, nosotros estamos haciendo lo correcto. Esto es fácilmente observable en el estilo de vida llevado de forma mayoritaria en las llamadas sociedades opulentas. Condenamos  a hambre y muerte a medio planeta, esquilmamos los recursos del planeta y lo enfermamos sin ningún rubor, sin apenas cargo de conciencia porque simplemente estamos haciendo lo que debemos hacer (trabajar y consumir). A esto se le añade, como observó Milgram, que el alejamiento de la víctima facilita la crueldad. En los momentos actuales, la distancia se ha vuelto ley y, probablemente, esta ley ha llegado para quedarse. Pero no debemos engañarnos, llevamos años alejados, aislados, confinados en nuestras propias burbujas. No conocemos a nuestros vecinos, en la mayoría de los casos ni a los que llamamos amigos, como para no sentirnos alejados de los miles de millones de humanos que habitamos el planeta. La tecnología nos ha acostumbrado a creer que somos sociales y empáticos mientras ha ido destruyendo todo rastro de sociabilidad y empatía. También la burocracia desplegada hasta el último rincón de nuestras vidas se ha convertido en una manera de relacionarnos con el mundo, despersonalizada, aséptica, sin implicaciones. Vivimos sin necesidad de implicarnos emocionalmente en nada, esa es nuestra forma de socializar. Así es muy sencillo mantenerse alejado del resto, ser crueles sin remordimiento alguno. Pero si alguna cosa está siempre presente en nuestras vidas es la autoridad y tal y como decía Milgram, es necesaria su presencia para reforzar la obediencia. La autoridad forma parte de nuestra vida: empieza en la familia, sigue en la escuela, en el mundo laboral, está presente en los medios de comunicación, fuerzas policiales y militares, instituciones médicas… La autoridad es omnipresente y esto refuerza la obediencia. Lo saben bien.
Milgram demostró lo peligroso de la predisposición a obedecer y cómo esto nos deja sin conciencia de lo hecho y sin responsabilidad por lo realizado. Concluyó que lo peligroso no era el autoritarismo sino el principio de autoridad en sí mismo. Sabias palabras en mi opinión porque no es necesario vivir en una dictadura declarada para comprender que la desobediencia se paga cara, muy cara y en todos los aspectos de la vida de la gente.
Desobedecer no es sencillo, requiere de muchos recursos personales atreverse a dudar de la autoridad, atreverse a situarse en el otro lado, en el lado en el que estás solo y fuera del círculo social, donde la culpa por no hacer lo que se espera de ti puede llevarte a lugares no deseados, donde sobreponerse a todo eso requiere de una voluntad muy grande y donde, además, estás expuesto a las consecuencias físicas de la desobediencia que van más allá de lo que somos capaces de imaginar la mayoría de las personas. Sin embargo y, a pesar de todo, la desobediencia es más necesaria que nunca. No se me ocurre mejor explicación que estas palabras que Fromm dejó escritas en su “Sobre la desobediencia civil y otros ensayos”:

“Si la capacidad de desobediencia constituyó el comienzo de la historia humana, la obediencia podría muy bien, como he dicho, provocar el fin de la historia humana”.
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martes, 12 de mayo de 2020

INTROSPECCIONES DESDE EL LETARGO


¿Sabemos escuchar nuestros sueños? Y en caso afirmativo, ¿somos capaces de vivir en consecuencia? Y lo más importante, ¿sabemos comprender lo hecho hasta la fecha e interpretarlo? 

Son cuestiones que, a priori, parecen alejadas de nuestro funcionamiento diario.  De esa rutina mecánica de la que no escapan ni esos supuestos momentos de ocio (opuestos al trabajo)  en que navegamos día tras día. Las necesidades que intentamos satisfacer a diario consumen nuestras energías. Sin embargo, necesitamos recuperar estos interrogantes, necesitamos ser honestos en sus respuestas porque si fuéramos capaces de todo esto, probablemente, estaríamos muy cerca del autogobierno personal y empezaríamos a estar listos, por tanto, para no ser gobernados por otros. No es tarea grata ni breve, pero es imprescindible. Debemos comprender que no somos burbujas aisladas del mundo que nos envuelve y condiciona pero la introspección y la honestidad son lujos de los que no podemos prescindir.
Sin duda, eso sería un paso de gigante hacia nuestra rehabilitación como especie, algo que hasta la fecha parece un imposible, una utopía sólo imaginable para unos pocos que nunca se resignaron a la degradación a la que nos ha conducido el abandono del conocimiento y su capacidad creadora y su suplantación por parte de la tecnología y su capacidad reproductora, replicando eternamente una visión distorsionada del mundo.
El endiosamiento de la tecnología ha supuesto una modificación absoluta de la dirección (amén de otros efectos perversos) del pensamiento humano. El conocimiento nos animaba a mejorar como personas, a posicionarnos de forma coherente en el mundo que habitábamos. En cambio, la tecnología nos ha hecho creer que somos seres omnipotentes, por tanto, ya no necesitamos mejorar al ser humano. Ahora, simplemente, necesitamos ir aplicando la solución tecnológica adecuada a cada circunstancia. Esto da a entender que el actual orden de cosas es absolutamente maravilloso y que lo siga siendo sólo depende de tomar las decisiones acertadas tanto a nivel individual como colectivo. Ahora lo que importa es mejorar la vida según los estándares vigentes (no se sabe la de quien) independientemente de la calidad humana de esos sujetos vivientes. Ahora, más que nunca, la tecnología se ha puesto en primera línea de combate como elemento redentor de la humanidad. Si seguimos esa vía, lo pagaremos caro.
Este cambio de dirección en el pensamiento ha supuesto de facto la muerte del pensamiento, al menos de ese pensamiento crítico tan necesario para poder formularnos las cuestiones de las que parte este escrito y sus posibles respuestas. De esta forma es como todos estos interrogantes se han ido convirtiendo en abstracciones cada vez más alejadas de nuestra realidad hasta prácticamente desaparecer de nuestro horizonte intelectual y transformar sus significados en nuestro vocabulario habitual. Y como siempre sucede, lo que no se nombra no se piensa y lo que no se piensa, no existe. La necesidad del pensamiento crítico también se observa en lo imperioso de cuestionar (contrastar con otras personas) también ese conocimiento al que podemos acceder y que nos hace evolucionar/mejorar como humanos. Esto es imprescindible ante la ingente cantidad de ruido (que tratan de colar como conocimiento e información) lanzado sobre nosotros y la velocidad a la que es posible asimilar y responder todo esto. Nos han creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento en el mundo.
Estamos en un momento aletargado de nuestra vida, para bien o para mal, debemos aprovecharlo. Cuando te detienes, puedes observar y reflexionar sobre ello. Sobre todo, puedes observarte y hasta tener el valor de admitir que no te reconoces en tu forma de vivir. Puedes conversar, pensar, planear, soñar, escuchar, comprender,  tomar decisiones, amar…  vivir. Todo acciones consideradas peligrosas para el buen funcionamiento social y por ello, imprescindibles ahora mismo.
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lunes, 20 de enero de 2020

IMPOTENCIA: lo sabemos todo, pero no podemos nada.

Esta sentencia resume perfectamente lo que cualquiera puede observar en su quehacer diario. Medios, redes, vecinos, amigos, compañeros… todo el mundo maneja las claves de todo tipo de información y conocimiento. Recibimos constantemente el mensaje de vivir en una sociedad donde la información está al alcance de la mano, tenemos millones de datos disponibles, de historias, de noticias, informes… al alcance de un solo clic, cualquiera diría que estamos en condiciones de conocerlo todo. A la vista de la proliferación de opinadores totales que aparecen en medios y redes sociales, es evidente que mucha gente cree saberlo todo o, por lo menos, todo lo necesario para ofrecer su visión del mundo y de la vida. A todo eso, hay que añadir la credulidad imperante y el poco análisis crítico que existe entre su audiencia (una gran mayoría) nos vemos abocados a un descorazonador panorama que se resume en la sentencia citada en el título: lo sabemos todo, pero no podemos nada. Y la vida sigue empeñada en demostrarnos que no somos capaces de variar ni un ápice. Hemos interiorizado de tal manera la delegación que ya no vemos posible una correlación entre lo que sabemos/conocemos y lo que podemos llegar a hacer con ello. Esto nos lleva hacia un futuro más que incierto en el que parece que sólo haya dos vías posibles: apocalipsis con todo lo que eso implica o solucionismo.

La primera vía nos conduce al autoritarismo de manera directa. Sea en forma de lo que se denominan ecofascismos o no, lo cierto es que el sometimiento de las poblaciones será cada vez mayor (siempre por nuestro propio bien, por supuesto) Sin descartar que esto suceda hasta por aclamación popular.

La segunda vía es la que más me interesa, no porque la comparta sino porque es la que parece imponerse en la izquierda (signifique esta palabra lo que signifique) y los movimientos alternativos.

El solucionismo es un término acuñado en un primer momento por Evgeny Morozov que lo define como la ideología que legitima y sanciona las aspiraciones de abordar cualquier situación social compleja a partir de problemas de definición clara y soluciones definitivas. En palabras de Marina Garcés, representa un saber que no quiere hacernos mejores como personas/sociedad, no creemos en ello porque lo sabemos todo y, a pesar de eso,  no podemos o no somos capaces de hacer nada. Esto genera un impotencia que nos lleva a desear y esperar soluciones/privilegios aquí y ahora.

Simple y llanamente, consiste en mejorar las posibilidades de una huida hacia adelante sin salirnos del paradigma dominante, sin abandonar esos lugares comunes que son el crecimiento y la productividad mil veces redefinidos y revestidos con diferentes capas pero que siempre encierran la misma lógica: la del capital. Esta huida se ve y se seguirá viendo reflejada en las diferentes alternativas, siempre capitalistas por mucho que las acompañen de adjetivos tan estupendos como colaborativa, social… a la crisis. Por eso es tan importante aportar lo que aparentemente son soluciones definitivas, por eso existe tanto tecno-optimista. Aquellos que creen que la tecnología solucionará todos nuestros males, aquellos que por lo tanto, ya han renunciado a cualquier tipo de esfuerzo por tratar de revertir la situación. Son, en definitiva, los que confían en esa utopía solucionista que nos transportará a la humanidad (o, más bien, a los que puedan permitírselo) a un mundo sin problemas donde los humanos podrán ser estúpidos porque la inteligencia será una cuestión que la delegaremos en las máquinas, procedimientos… De momento, la parte de los humanos va cumpliéndose a gran velocidad.

Todo esto está cambiando nuestra manera de estar en el mundo. Nos centramos en nosotros, nuestro bienestar dentro de la burbuja que nos esforzamos en crear porque empezamos a descubrir que el presente no dura eternamente y lo que viene después es horrible. Esto nos deja en una posición crítica.


Esta impotencia que nos impide incidir en nuestras vidas más allá de lo cosmético, nos aboca a una existencia en permanente combate por seguir adelante aunque no sepamos hacia dónde porque sólo el movimiento perpetuo nos hace sentir vivos. Lamentablemente el combate es entre nosotros. Luchamos por sobrevivir unos contra otros. Nos convertimos en víctimas para nosotros mismos y frente a los demás, a los que pasamos a considerar nuestros enemigos si no son capaces de entender la gravedad de nuestra situación. Por supuesto, nosotros somos incapaces de ver que el resto está exactamente en la misma posición. El resultado de todo esto es que inmediatamente todos estamos enfrentados. Así se cierra el círculo virtuoso que posibilita una desconexión total entre iguales y, por tanto, se pierde la posibilidad de romper esta telaraña que nos oprime, ya que sin el otro es absolutamente imposible.
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miércoles, 17 de julio de 2019

LIBERTAD: FÁCIL DE NOMBRAR Y DIFÍCIL DE VIVIR



A todas horas aparece la libertad en boca de políticos, periodistas y demás personal que nos machaca a diario desde todos los altavoces habidos y por haber. También desde lo alternativo, desde lo antisistema se reclama el concepto como cuestión central. Todo se hace o se dice en nombre de la libertad, de su libertad. De la que significa elegir, tener opciones, hacer uso de eso que llaman libre albedrío. Eso es lo que nos hacen creer, lo que han conseguido que creamos, sin más. Sin cuestionar si eso es posible o no. Sin darnos cuenta de que eso carga todo lo que sucede sobre nuestros hombros, como si viviéramos en pequeños compartimentos estancos y nuestras vidas fueran una obra exclusiva de nuestras decisiones.
La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar, por la ideología dominante y transmitida por lo que se ha dejado de llamar propaganda para convertirse en publicidad. La libertad se reduce entonces, a la posibilidad de inscribirse en una lógica mimética, de participar en la carrera en la que todo el mundo aspira a ascender a los niveles superiores de la escala social que propone el mundo mercantil.
Querer la libertad que ofrece este sistema induce a inscribirse en el movimiento gregario y supone no tener que obligarse a reflexionar, analizar, comprender, pensar; es decir, ahorrarse todo esfuerzo crítico propio, pues basta con obedecer.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.

Pero más allá de todo esto hay infinitud de conceptos, situaciones, prácticas asociadas a ese concepto llamado libertad. Libertad también es pensar por uno mismo, inventar, amar sin reservas, establecer planos de igualdad, coherencia y muchísimas otras cosas que exigen un esfuerzo y una constancia muy difíciles de sostener en un mundo en que todo se ha concebido para mantener muy limitado el espíritu crítico y la acción sincera. Es en este segundo plano, el de la acción sincera, donde la lucha se hace necesariamente personal e intransferible, donde no sirve más conciencia que la propia y donde está la verdadera batalla. Sin una victoria en este plano, cualquier cambio, cualquier revolución se antoja imposible. Pero todos los significados que queramos atribuirle a la libertad se dan siempre en un contexto, en un marco totalmente ajeno a nosotros, en el que no hemos participado de su creación de ninguna manera porque hhemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario. Nuestras habilidades creativas fuera de los márgenes están atrofiadas, han sido inutilizadas. Por tanto, no podemos más que elegir el sentido en que vamos a seguir reproduciendo los viejos esquemas. Puede que con nuevas formas pero, desde luego, con los mismos fondos de siempre. Hemos perdido la capacidad de crear imposibles, de crear lo utópico. No estoy seguro de cómo ni cuándo pero el oportunismo y el cinismo se han impuesto como rasgos definitorios del sujeto actual. Son valores en alza en una sociedad de consumidores exacerbados. El cinismo es imprescindible para sobrellevar la perpetua insatisfacción de este tipo de vida en la que es imposible alcanzar la plena satisfacción de unas necesidades (cada vez, más y mayores) que constantemente se van alejando de nosotros mismos. Una vida con una precariedad emocional derivada de esta insaciabilidad y de lo volubles que resultan los deseos de cada cual ante la avalancha de imaginería que se nos viene encima a diario. Desde los medios de comunicación pasando por la ciudad escaparate y por cualquier otro canal presente en nuestras vidas. El oportunismo es la cualidad básica que se esconde detrás de todos esos mantras actuales tales como el emprendimiento, la resiliencia y demás artefactos creados para que soportes de manera efectiva los embates que te va dando la vida mientras esperas tu momento, la oportunidad para pasar por encima de todos sin mirar atrás, para encaramarte en esa escalera social por la que anhelas ascender aunque para ti, como para la mayoría, sus escalones son infranqueables y fabricados de un material altamente escurridizo.
Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.
Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida. Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

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lunes, 27 de agosto de 2018

SÓLO CUANDO TE DETIENES…

Sólo cuando te detienes, ni que sea por un breve periodo de tiempo, y consigues apearte del ritmo habitual de una vida que se empeña en ir a toda velocidad, tienes la oportunidad de saborear y hasta casi entender muchas de las sensaciones que experimentas a diario y van conformando tu experiencia vital.


Me puedo detener porque no trabajo durante unos días, vacaciones. Me puedo detener porque por fin todos estamos en casa sin atender a más cuestiones que a las que nosotros queramos; moviéndonos, viviendo al ritmo que nos marcamos, desacompasados de la métrica habitual que nos acelera hasta hacernos perder el sentido de la realidad.

Estos pequeños oasis en el tiempo vienen a corroborar algo en lo que siempre he creído. El trabajo, la ocupación, esa ansia por mantenernos activos (más allá de satisfacer las necesidades que lamentablemente sólo podemos realizar a través del salario o su equivalente), es el verdadero enemigo de cada uno de nosotros. Esa centralidad del trabajo que se ha impuesto y que hemos aceptado en nuestras vidas. Ese seguimiento ciego del precepto religioso del “ganarás el pan con el sudor de tu frente”… Como si la vida hubiera que ganársela, como si no fuera suficiente con estar aquí para vivir, ha permitido que, durante muchísimos años, cada vez un número mayor de seres humanos hayan renunciado a enfrentarse a la pesada carga del sentido y de la libertad humana.

Así es como estas cuestiones se han ido convirtiendo en abstracciones cada vez más alejadas de nuestra realidad hasta prácticamente desaparecer de nuestro horizonte intelectual y transformar sus significados en nuestro vocabulario habitual. Y como siempre sucede, lo que no se nombra, no se piensa y lo que no se piensa, no existe.

El camino ha quedado bien abonado para que crezca la semilla de una sociedad abúlica, incapaz de ejercer como tal y formada por seres con una falta absoluta de capacidad para, si quiera, imaginar una vida diferente. Y los pocos que sueñan con hacerlo (y los menos que tratan de vivir ese sueño) son considerados por sus propios congéneres como peligrosos y, por supuesto, unos completos vagos que no aportan nada al bien común. Esos mismos son los que idolatran a los héroes modernos, en su mayoría verdaderos parásitos sociales, y adoran a una clase dirigente que vive alejada del mundanal ruido defendiendo unos intereses ajenos a los de sus admiradores.

Cuando te detienes, puedes observar y reflexionar sobre ello. Sobre todo, puedes observarte y hasta tener el valor de reconocer que no te reconoces en tu forma de vivir. Puedes conversar, pensar, planear, soñar, tomar decisiones, amar… todo acciones consideradas peligrosas para el buen funcionamiento social. Por eso necesitan que no nos detengamos, que no tengamos tiempo de parar. Trabajar (sea en un empleo o en su búsqueda) es lo que debe hacerse hasta que nuestras reservas físicas y mentales queden bien diezmadas y ya no podamos ofrecer beneficios. A partir de ahí, pasar lo más desapercibidos posible y, a poder ser, no tardar mucho en morir no sea que resultemos una carga demasiado pesada para la sociedad. Esa es la vida de un buen ciudadano, un buen hombre. Ese es el sentido de nuestra existencia para el mundo en el que vivimos.


Por eso detenerse es malo, porque ofrece la oportunidad de empezar a vislumbrar otros mundos, otros sentidos de la vida.
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martes, 13 de febrero de 2018

EL TRABAJO NOS DOMINA (y nos dejamos)


A colación de la última entrada publicada en el blog, hace unos días conocía un par de noticias que reforzaban mi sensación de sentirme totalmente fuera de juego con la sociedad a la que pertenezco.

Por un lado, me enteraba de una noticia que hacía referencia al aumento imparable de mujeres que en los últimos tiempos deciden congelar óvulos a la espera de encontrar un buen momento para ser madres. Esta situación se daba mayoritariamente en mujeres que se situaban alrededor de los 35 años y se calculaba que la intención era ser madre sobrepasados ampliamente los cuarenta. El motivo fundamental de la decisión era por cuestiones laborales. Incluso se mencionaba que grandes multinacionales habían empezado a financiar este “tratamiento” para sus empleadas. Las mujeres que aportaban sus testimonios para complementar la noticia decían que no podían permitirse el lujo de ser madres cuando sus carreras profesionales estaban despegando porque corrían el riesgo de perder todo lo conseguido tras años de estudios y esfuerzos.
 
La otra noticia correspondía a un estudio realizado en el que la principal conclusión que se establecía era que las personas con trabajos precarios e inestables, sufrían más situaciones de inestabilidad emocional y problemas de salud mental incluso que las personas sin empleo (incluidos parados de larga duración) Se destacaba el hecho de que esta era una tendencia que había surgido en los últimos años y que se mostraba en alza. Se concluía que la incertidumbre vital que provocaba la situación de precariedad era mucho mayor que la de aquellos que tienen la certeza de que su situación no va a cambiar y ya se saben en el fondo del pozo social.
 
Estas dos noticias y tantas otras relacionadas, orbitan alrededor de una cuestión que se ha convertido en vital en la historia de las sociedades contemporáneas: el trabajo asalariado. El paso por el mercado de trabajo es prácticamente la única formula legal que el sistema actual ofrece a la mayoría de la población para acceder a un mínimo pedacito de riqueza. Y necesitamos tanto ese pedacito para poder consumir y cubrir nuestras necesidades (que por supuesto están todas monetarizadas) y somos tan asquerosamente devotos de la legalidad, que aceptamos esta lógica sin rechistar.
Liberarnos del peso que significa tener que ocupar nuestra energía y nuestro tiempo en conseguir y mantener, cueste lo que cueste, un trabajo nos impide ver e ir más allá. El trabajo domina de tal manera nuestras vidas que acaba por absorber nuestra esencia misma y acabamos definiéndonos como personas en función del trabajo que desempeñamos (basta hacer un pequeño experimento, preguntad a varias personas cómo se definen, qué son y te contestarán diciéndote de qué trabajan). Ésta es una de las mayores locuras colectivas de las que participamos, vivimos nuestra vida en función del trabajo. Tomamos nuestras decisiones basándonos en lo mejor para nuestra vida laboral. Nuestra vida emocional se ve influida de forma apabullante por la cuestión del salario y todo lo que conlleva.
Iniciar la vía para romper el mito que une trabajo asalariado y acceso a la riqueza (es más, romper la sinonimia entre riqueza y dinero) es fundamental para poder liberar gran parte de ese potencial mal utilizado y que podríamos usar para tratar de acercarnos más a lo que deseamos que sea la vida y nuestra forma de pasar por ella.

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domingo, 12 de noviembre de 2017

JUDICIALIZACIÓN DE LA VIDA: Nada nuevo bajo el sol


Parece ser que en los últimos tiempos vivimos un aumento de la judicialización de la vida, según se encargan de recordarnos diariamente los medios de comunicación de masas. Pareciera como si hasta la fecha esto no hubiera estado sucediendo y la mal llamada Justicia no hubiera estado persiguiendo y castigando a todo aquel que no encaja o no acepta la norma.

Incluso ahora mismo, se circunscribe este fenómeno exclusivamente a lo que sucede con los políticos profesionales cuando día a día se juzga y se condena a personas que, de una forma u otra, protestan o actúan denunciando un sistema que, precisamente, destaca por su falta de justicia. Pero a todos ellos no les afecta la judicialización de la vida, porque a ojos de la masa son delincuentes sin más. Así se encargan de hacerlo saber todos los que colaboran en la elaboración de discursos y verdades oficiales.

Manifestantes de diversa índole, gente que lucha por no ser desahuciada, artistas de toda clase, periodistas, sindicalistas, activistas de movimientos sociales y un largo etcétera. Todos sin excepción son delincuentes para un sistema judicial hecho a medida del poder. Todos han incumplido la norma, la ley. Eso es lo que importa, aquí la verdadera justicia no tiene cabida.


¿Para qué y a quién sirve el sistema de justicia?

Siguiendo las argumentaciones aparecidas durante un debate sobre justicia popular entre militantes maoístas y Michel Foucault iniciado en 1971 vemos que este sistema de justicia se asienta sobre tres patas fundamentales: policía-jueces-cárcel. A lo largo de la historia moderna de los Estados se han identificado tres grandes funciones de este sistema judicial. Según la coyuntura político-social ha predominado una u otra pero siempre han estado y estarán presentes las tres.

La primera de estas funciones sería el hecho de actuar como factor de proletarización. Es decir, obligar al pueblo a aceptar la premisa tan nefasta de que la única vía de conseguir su sustento es a través del salario. Por tanto, éste debe aceptar su condición de trabajador y las condiciones de explotación que esto supone.
Esta función tuvo mucha importancia durante la época de la revolución industrial y los éxodos humanos desde el campo hasta las urbes. Toda vez asimilada la condición de trabajadores (independientemente de si se tiene empleo o no, ya que es más una cuestión de instaurar una mentalidad que una condición física real). Esta función, sufre una derivada por la que se persigue a los que, asumiendo su nuevo rol, pretenden conseguir mejoras en sus condiciones de explotación. Así se consagra la persecución al sindicalismo más combativo y, de paso, se inicia y allana el camino hacia el actual sindicalismo pactista.
Una segunda función, derivada de la primera, es hacer ver y comprender a la mayoría trabajadora que los que no aceptan y se resignan a ese papel son delincuentes, gente peligrosa. En definitiva, el desecho de una sociedad prácticamente perfecta. Por lo tanto, es imprescindible que la gente “de bien” mantenga la distancia, desprecie y condene cualquier tipo de comportamiento que no se ajuste a la norma.
En ese sentido, el sistema de justicia sirve como refuerzo a todo un entramado periodístico, sociológico y político que se encarga, en primera instancia, de construir el relato oficial que debe ser aceptado por la población. En caso contrario, es cuando actúa el sistema de justicia.

Finalmente, existe una tercera función de vital importancia. Esto es debido a que se aplica fundamentalmente sobre aquellos elementos más politizados de la sociedad. A lo largo de los tiempos, se les ha etiquetado de agitadores, revolucionarios, terroristas... Y a través de una difusa maraña de leyes que no sancionan otra cosa más que la crítica al sistema dominante, se condena a prisión a los que osan alzar la voz contra el poder en alguna de sus múltiples expresiones.


Esta enumeración de las funciones del sistema de justicia capta bastante bien, en mi opinión, la esencia de dicho sistema, por lo menos, en lo que atañe al mantenimiento y perpetuación del orden social vigente. Con el paso del tiempo posiblemente se haya refinado, se haya revestido de una supuesta legitimidad que se arroga por el hecho de que la legislación emana del Parlamento, digno representante de la voluntad popular (así reza en los dogmas de los actuales sistemas democráticos).

Pura palabrería, simples disfraces que a duras penas logran ocultar, si no fuera por el excelente trabajo que realiza el periodismo oficial, la realidad. La norma y, por tanto, la justicia tal y como   nos la hacen entender está hecha por y para unos pocos privilegiados. Precisamente, para mantener sus privilegios. De hecho, esto significa que la justicia queda suplantada por la legalidad. No les queda otro remedio porque este sistema en el que vivimos no es capaz de soportar nada, su fragilidad inherente sólo puede verse subsanada a través de una fuerza de represión global. El sistema de justicia es un pilar fundamental de esta fuerza. Sostiene en gran medida las relaciones de poder, las impone.

La judicialización de la vida no es un fenómeno novedoso. Es un elemento intrínseco del desarrollo de las democracias modernas. Es un factor destinado a dar forma a la vida social y, cada vez más, la personal. De tal manera que cada uno sepamos cuál es nuestro papel y qué podemos esperar si no nos atenemos a él. También actúa creando un relato unificador con el consabido lema de “todos somos iguales ante la ley” creando una ficción que necesita mantener de vez en cuando con el enjuiciamiento de elementos que no forman parte del pueblo. Aunque cualquiera puede observar que no son más que pantomimas, incluidos los casos que acaban con algún paso fugaz por la prisión.

Es por esto, que un cuestionamiento radical de este sistema se hace imprescindible cuando hablamos de construir una nueva sociedad, un nuevo mundo. Hay que abordar la necesidad de recuperar la justicia por encima de la legalidad y de cómo esa justicia debe ser puesta en el centro del modelo que regule las relaciones sociales.

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miércoles, 16 de noviembre de 2016

LO ADMITO, NO SÉ DE TODO



Así es, no sé todo. Lo admito, me señalo y cargo con ello. No sólo eso, sino que además no tengo algo que decir ni (que) opinar sobre cada acontecimiento que me sitúan delante de los ojos los medios de comunicación o las redes sociales. Eso no significa que apoye una determinada postura por omisión; significa, simplemente, que no tengo nada que aportar sobre determinada cuestión por desconocimiento o porque no me gusta repetir argumentos u opiniones ajenas para conseguir la bendición de nadie.

Pensaba que el fenómeno de los “expertos en todo” se reducía a ambientes muy específicos. Lugares como los bares, los mass media y los escalafones de los partidos políticos donde habitan sus cabezas visibles… siempre han estado repletos de gente con una necesidad imperiosa de dar su opinión sobre todo (normalmente acompañan esta necesidad con la creencia de estar en posesión de la verdad, por supuesto, su verdad que es la única).
Pero hace tiempo ya, que este fenómeno se ha expandido de manera imparable alcanzando todos los rincones de la sociedad.

La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de Internet y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria.
No tengo nada en contra de que la gente nos informemos, más bien al contrario, me parece fantástico. Aunque estaría bien que, además, nos formemos y hasta incluso que tratemos de establecer algún tipo de relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en el mundo. Intentemos hacerlo con algún tipo de filtro crítico y escéptico antes de dar por buena cualquier teoría o hecho y su contrario. Incluso, debemos estar dispuestos a admitir que hay cuestiones que nos superan (ni que sea de momento) y que por tanto no podemos tener una opinión sólida al respecto.

Esta proliferación de “expertos en todo” no me importa en absoluto cuando me la encuentro en reuniones familiares, en un bar, o en el trabajo.  He de admitir que incluso me divierte según cómo sea. Pero me parece mucho más preocupante cuando me la encuentro en ambientes alternativos donde se supone que el pensamiento crítico es algo importante. Me resulta especialmente triste constatar que en muchas ocasiones las personas con opiniones formadas sobre todo no hacen más que repetir argumentaciones y discursos ajenos que ni siquiera son capaces de explicar cuando se les pregunta. Lo sé porque seguramente leo las mismas páginas y los mismos textos que ellos.
Es justo en ese momento cuando todo suele terminar, porque es entonces cuando los expertos suelen acudir a los grandes tótems del asunto en cuestión que se esté tratando o, directamente, a las sacrosantas palabras de los grandes gurús de la ideología política que predomine en ese ambiente. Y claro, llegado a este punto también admito que no me he empapado las obras completas de ningún ser humano al que se le otorgue la autoridad máxima en cualquier –ismo. Así que una vez este dato salta a la palestra de una u otra forma, parece ser que automáticamente me invalida para cuestionar esos argumentos de dicho experto. En ocasiones, incluso, me convierte en sospechoso de colaboracionismo con el enemigo, reaccionario o pequeño burgués según de dónde venga la acusación.

En fin, hay tantos frentes abiertos, tantas cuestiones que nos afectan de una forma brutal y directa que resulta dificilísimo estar bien informado/formado sobre todo. Personalmente, no lo estoy pero me niego en redondo a que eso sea un motivo para tener que aceptar imposiciones argumentales o ideológicas.
Si no somos capaces de apoyarnos y fomentar la coeducación entre nosotros, si no es posible el debate sin miedo a ser excluido, si la capacidad de transmitir conocimiento y experiencia sólo se utiliza para colgarse medallitas absurdas en lugar de utilizarla para ampliar las posibilidades de revuelta, entonces todo queda reducido a la mínima expresión y nada puede suceder más allá del pequeño grupo de autoproclamados expertos.
Más o menos lo que sucede ahora.
 

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lunes, 14 de diciembre de 2015

UNA ERA DE MATICES


Matiz:
5. En lo inmaterial, grado o variedad que no altera la sustancia o esencia de algo.

El matiz se ha convertido en una de las unidades de referencia básica en la actualidad. Concretamente, es una fuente inagotable de generación de conflictos que, como no puede ser de otra forma, jamás producen una alteración sustancial en la cuestión sobre la que se establece dicho conflicto.

Trasladando esto a la actualidad inmediata, podemos ver gran cantidad de ejemplos en los que se producen grandes disputas por matices.

Estamos metidos de lleno, queramos o no, en una campaña electoral en la que más partidos políticos que nunca están en posición de alzarse vencedores. Sin embargo, cuando descendemos al nivel de los programas electorales, vendidos como la plasmación de opciones ideológicas muy diferenciadas entre sí o, incluso, como antagónicas; vemos como en el fondo tan sólo ofrecen diversos matices en cada cuestión. A modo de ejemplo, tenemos la tremenda cuestión del alto número de desempleados y las posibles soluciones que cada partido ofrece: más o menos empleo público, diferentes tipos de contratación, diversas políticas de empleo y formación, mayor o menor cantidad de dinero dedicado a la investigación y el desarrollo, exenciones fiscales y un largo etcétera. Pero ninguna de estas “soluciones” altera la sustancia del asunto y del drama del desempleo. La fatalidad de no tener empleo, de no cobrar un salario es que precisamente el salario es la única opción que el sistema considera válida para que la inmensa mayoría de la población acceda a la riqueza (una riqueza que bajo ningún concepto puede considerarse propiedad particular de nadie). La dependencia absoluta del salario para vivir nos condena a tener que vender nuestra vida para poder vivirla. Esto es algo que ningún programa electoral ni medida gubernativa va a alterar. En definitiva, esto convierte toda esa retahíla de propuestas en meros matices que en nada alteraran la esencia de la esclavitud humana que comporta la dependencia del salario.

Más vergonzante es lo sucedido estos últimos días en la Cumbre contra el cambio climático acaecida en París. Podía parecer, por la dificultad de llegar a un acuerdo (han tenido que alargar la cumbre y con ello el teatrillo que estaban llevando a cabo), que se estuvieran debatiendo auténticas cuestiones fundamentales sobre la esencia del problema. A la vista del resultado y como cabía esperar, lo más que se estaba discutiendo eran medidas de maquillaje en el mejor de los casos (reducción simbólica de emisiones y demás) y el reparto de la tarta del nuevo mercadeo del capitalismo verde en la más probable de las circunstancias. En cualquier caso y nuevamente, matices. En ningún momento se trataba de ir a la sustancia y alterarla, bajo ningún concepto se intentaban socavar los dogmas del crecimiento infinito frente a la finitud de los recursos, el extractivismo, la explotación y el absoluto desprecio por toda forma de vida que no sea la suya propia, en los que se basa el capitalismo y que está en la raíz del asunto.


Más allá de las cuestiones que afectan a lo macro, parece lógico pensar que esta cuestión de matices también está muy presente en lo micro, en la cotidianidad de cada uno. Los matices nos mantienen ocupados en eternas disquisiciones que no nos permiten ahondar en la esencia de nuestros propios problemas y contradicciones. Funcionan a la vez como impulsores de nuestros actos y como excusas perfectas para nuestras omisiones. Nos convertimos en verdaderos profesionales del matiz para justificarnos ante nosotros mismos y ante los demás.

Sin embargo, no puedo olvidar que en la definición que encabeza esta reflexión se hace referencia a lo inmaterial. Personalmente, identifico esto con un ideal al que me gustaría acercarme al menos y si no; por el que intento luchar de la mejor forma que puedo o entiendo. Pero es imposible obviar que vivimos en un mundo material, con necesidades materiales que hay que resolver día a día. En este territorio es imprescindible saber navegar entre los matices, sólo aquí cobran sentido siempre que seamos capaces de vislumbrar cuál es la sustancia del asunto en cuestión y no perder de vista hacia dónde se pretende caminar. Se puede trabajar sobre los matices, pero jamás considerarlos como opciones finalistas porque esta es la estrategia que conduce directamente al eterno carrusel reformista. Lamentablemente y desde mi experiencia, no hemos sabido manejar esta circunstancia y esto se ve reflejado en una existencia cada vez más alejada de lo sustancial, más alejada de la esencia de todo ser. Incluso cuando, desde un sentimiento de injusticia e insatisfacción con la sociedad de la que formamos parte, decidimos organizarnos colectivamente para denunciar/actuar en pos de construir algo mejor, nos vemos irremediablemente arrastrados por los matices que generan eternas y terribles disputas entre personas y colectivos que si fueran sinceros en sus proclamas deberían estar sin duda en el mismo lado de la barricada.

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miércoles, 9 de septiembre de 2015

¿Y DESPUÉS?


Ando algo confuso, he estado una temporada un tanto desconectado de la red con la esperanza de ver en la calle toda esa ebullición de rebeldía y esa ansia de justicia, que constantemente inunda la pantalla. Aquí y allá se ven destellos, pequeños fogonazos de gente comprometida con aquello que creen justo, personas decididas a vivir sus vidas lo más acorde posible con unos ideales fruto de la reflexión crítica y su experiencia personal. Más allá de eso, el gran escenario de la protesta (uno de los que forman el teatro de la vida) donde todos los papeles pueden ser representados. La gran mayoría transitan por el escenario de forma bastante honesta, dedicando su tiempo y su esfuerzo a lo que considera necesario pero sin estar dispuestos (siendo o no conscientes de ello) a renunciar en última instancia a su privilegiada situación dentro del orden capitalista; sí, privilegiada aunque no nos lo creamos. En la lotería del sistema nacimos en el lado correcto del tablero. Las buenas intenciones nunca fueron suficientes. Hoy en día pueden llegar a ser hasta contraproducentes. Se requiere de mucho más para poder iniciar algún tipo de cambio sustancial que nos acerque al modelo de vida que cada uno desea pero que casi nadie se atreve siquiera a imaginar que algún día pueda ser real.

Es necesaria una actitud crítica ante la saturación de información que se recibe a diario. La enorme importancia que la red tiene en esto (para lo bueno pero especialmente para lo malo) hace imprescindible redoblar el esfuerzo por tratar de comprender todo lo que se esconde tras un llamativo titular o una imagen impactante. De lo contrario, se corre el riesgo de lanzarse en una carrera hacia la nada, protestando, exigiendo a las autoridades o difundiendo información que tan sólo conduce al desgaste y al posterior abandono toda vez que la urgencia informativa ha pasado y el compromiso por tratar de comprender y subvertir esa realidad concreta era más bien fugaz.

Existen cientos de causas en las que involucrarse y luchar. Todas ellas necesitan irremediablemente ser abordadas si queremos construir una sociedad mejor. Esto es algo incuestionable. Tanto que ni siquiera el poder lo hace; más bien lo utiliza a su favor dirigiendo la orquesta, filtrando la información y poniendo el foco donde considera oportuno en cada momento. Saben que la mayoría de la gente siente en mayor o menor medida la injusticia con la que el mundo actual funciona aunque no tenga mayor conciencia de las implicaciones y consecuencias que ese funcionamiento tiene sobre el planeta y sus habitantes. Así, a cada momento ponen sobre la mesa alguna cuestión que inmediatamente absorbe la atención y la energía de la gente, moldeando la futura respuesta que el poder espera de todas esas personas. Así vemos en los últimos tiempos cómo la llamada crisis de los refugiados sirios (que no es más que la consecuencia de las políticas criminales ejercidas en toda la región) ha sido puesta en primera línea informativa a nivel mundial. Por supuesto, la situación es terrible y nadie puede (ni debe) permanecer ajeno al dolor humano pero ¿por qué ahora? La masacre empezó hace más de tres años y creo que todos somos capaces de comprender que el éxodo empezó hace mucho. Nuevamente nos preparan  para justificar lo injustificable, una nueva barbarie en forma de acción militar en Siria. No dudan en apelar directamente a lo emocional mostrándonos imágenes a todas horas del éxodo de sirios. Repito la situación es terrible, pero ni mucho menos nueva y nosotros deberíamos saberlo ya, puesto que hemos vivido desde las dos orillas esto mismo. El poder necesita un nuevo golpe de efecto para convertir la injerencia en imprescindible y nos muestra una foto (que estoy seguro de que todos conocéis) que acaba por encender la mecha de la demanda social de una solución.

De esta forma se llega al punto que querían: el pueblo exige a sus Gobiernos una solución en forma de legalidad (aunque se pretenda disfrazar de justicia) para dar solución a una situación que ha pasado de ser secundaria para la inmensa mayoría a ser insoportable. Insoportable porque o se toma alguna decisión que descargue las conciencias del personal o nos enfrentamos a la cruda realidad. Y la realidad es que la muerte de ese niño al igual que las de tantos otros seres humanos (me pregunto por qué las fotos de los niños palestinos asesinados en un playa por Israel no tuvieron el mismo recorrido ni le importó a ningún Gobierno ni organismo internacional) es el precio que este sistema criminal exige para mantener la sociedad de consumistas en la que vivimos. Todo es mercancía y todo vale con tal de dominarla y sacar beneficio. Esas vidas truncadas son el fruto de la codicia de unos pocos; pero también de la conformidad de una mayoría dispuesta a no hacer demasiadas preguntas si a cambio puede mantener su estilo de vida, por más que esa vida sea totalmente artificial y prefabricada.

Si lo que se demanda es justicia debemos ir más allá de la asunción de las premisas que nos dan, necesitamos ir al origen, ser radicales y tratar de entender por nosotros mismos cómo funciona el mundo y qué no nos gusta de ese funcionamiento para poder organizar las respuestas y las alternativas. Si lo que se quiere es establecer una legalidad con nombres pomposos, dejemos que los Gobiernos sigan haciendo su trabajo y que el poder siga dirigiendo nuestras vidas.

 

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miércoles, 8 de julio de 2015

DESOBEDIENCIAS

Desde la entrada en vigor de la ley Mordaza, el término desobediencia ha recobrado fuerza y está inundando el imaginario colectivo, especialmente, a través de la red (como casi siempre en estos tiempos de virtualidad). En concreto, parece recuperarse el concepto de desobediencia civil que popularizó Thoreau en su famoso ensayo. A saber, el no acatamiento de aquellas leyes consideradas contrarias a la justicia, es decir, injustas.
Además asumía que la no cooperación con lo que él denominaba el mal, que no era otra cosa mas que el gobierno, era un deber moral. Más tarde Martin Luther King añadió a esto que también era un deber moral cooperar con todo aquello que consideraba justo, esto último parece caer siempre en el olvido entre los que tenemos la tendencia al manifestódromo y los que hacen revoluciones a través de redes sociales.

Es muy importante en este sentido recordar la enorme diferencia que existe entre la justicia y la legalidad. Este tema estoy seguro que daría para debates y escritos interminables pero que aquí reduzco a una sencilla cuestión: ¿Es justo todo lo legal o  es legal todo lo que consideramos justo? La justicia se define como un principio moral que inclina a hacer respetando la verdad y dando y recibiendo cada uno lo que le corresponde. Por el contrario, la legalidad es el marco de referencia establecido por el poder imperante para la convivencia social. No hace falta ponernos técnicos para darnos cuenta de que una cosa son las leyes y otra lo que cada uno considera justo. De hecho, hay cantidad de ejemplos activos en nuestro entorno de desobediencia hacia leyes consideradas injustas, entre los que me gustan especialmente todo lo concerniente al antimilitarismo (la insumisión en su día o las campañas actuales de denuncia y objeción fiscal), al llamado derecho a la vivienda (el movimiento okupa, las asambleas vecinales...) y tantos otros relacionados con temas tan dispares como la educación, las migraciones, los impuestos, los transportes…


La desobediencia civil es una práctica imprescindible para mantener una mínima cordura dentro de un sistema tan demente como éste en el que vivimos.

Sin embargo, son necesarias más desobediencias, no sólo la referida a las leyes injustas. Es imprescindible empezar a cuestionar y desobedecer en lo individual todas aquellas servidumbres que nos imponen y que venimos arrastrando durante tanto tiempo y que tanto ayudan a mantener el orden establecido.
Desobedezcamos esa ley grabada a fuego que nos dice que la vida hay que ganársela y que la forma de hacerlo es a través del salario. Jamás podremos desarrollar nuestro potencial ni podremos construir una sociedad justa si la vida de cada uno depende de la oportunidad de obtener un salario y, sobre todo, depende de que alguien crea conveniente pagar un salario. Desterremos el dogma economicista que nos ha absorbido totalmente y hace que cualquier proyecto, cualquier acción se mida en función de si es factible económicamente.

Desobedezcamos esa moral capitalista que permite que millones de personas mueran de hambre y padezcan guerras diseñadas y perpetradas por las grandes corporaciones en connivencia con los Estados pero que condena y reprime cualquier intento de protesta.

Desobedezcamos el mantra del consumismo. Nunca seremos felices a través del consumo por mucho que sus maravillosos medios de propaganda nos lo hagan creer. Eso no pasará simple y llanamente porque no es posible, porque está diseñado para todo lo contrario: para mantenernos es la más absoluta de las infelicidades y de las impotencias a través de la continua inoculación del deseo de alcanzar algo mejor (que por supuesto se sabe que es mejor porque es más caro) mezclado con la obsolescencia programada con la que se produce cualquier artículo.

Desobedezcamos la imposición del ritmo, del tiempo a la que estamos sometidos. Tenemos el horario de nuestras vidas prediseñado: tantas horas para trabajar, tantas para consumir, tantas para descansar... y siempre de tal manera que nos parezca imposible el poder realizar algo, cualquier cosa que no esté marcada en ese horario. Eso sí, nos conceden nuestro tiempo de asueto y amablemente nos indican cómo debe ser nuestro ocio y dónde debemos pasarlo.

Desobedezcamos sus patrones culturales prefabricados y sus modas que nos conminan a vivir de una forma totalmente ajena a lo que nuestra forma de ser y sentir nos indica. Que nos homogeniza a partir de la falsa ilusión de que somos absolutamente diferentes al resto gracias a seguir determinados patrones y no otros.

Deberíamos hablar y, sobre todo, practicar las desobediencias en plural, empezando por las más personales hasta llegar a las colectivas porque oponernos a lo injusto es el primer paso, pero necesitamos seguir avanzando para poder colaborar y construir aquello que consideramos justo, pero no para nosotros solos sino para todos.

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