jueves, 24 de abril de 2014

EL ENEMIGO A ABATIR



Bajo este título caben multitud de propuestas, seguro que la mayoría podríamos hacer una lista más o menos larga en función de creencias o teorías que hemos ido desarrollando con el tiempo. Sin embargo, este texto quiere centrarse en unos enemigos menos aparentes y, por tanto, mucho más difíciles de identificar y combatir. Se trata de atacar aspectos que están muy relacionados con la incapacidad de cambio del sujeto actual.

Concretamente quiero referirme a dos conceptos muy relacionados entre sí y que forman parte del eje troncal de la construcción del ser humano actual, sobre todo el amamantado por la llamada cultura occidental: la inmediatez y la nula tolerancia a la frustración.

Durante las últimas décadas la inmediatez (el aquí y el ahora) se ha ido adueñando de nuestras vidas sin que apenas nos hayamos dado cuenta. Por supuesto, esto no ha ocurrido de forma casual si no que forma parte de una concepción mucho más amplia diseñada para convertir a las personas en meros autómatas que se dedican a pasar por la vida sin más aspiración que la de sufrir lo menos posible. Poco a poco todos los ámbitos de la vida se han ido transformando y donde antes había solidez y los tiempos eran de larga duración, ahora todo debe ser instantáneo, inmediato. De lo contrario, pierde rápidamente su “valor” y no es deseable ya; convirtiéndolo en desechable (así, de este modo, aceptamos de pleno el pensamiento dominante que convierte todo en “productos de usar y tirar”, hasta la vida).

Desde bien pequeños lo inmediato se ha convertido en la medida del tiempo en que se basa nuestra vida. Esto ha sido imprescindible para consolidar el modelo social instaurado que nos ha transformado en mano de obra semiesclava y/o consumidores. La llamada sociedad de consumo precisa de la inmediatez en la producción para poder vender más y más independientemente de las necesidades reales que tengamos. Para ello no sólo requiere de la creación de necesidades ficticias (en las que pone todo su empeño a través de la publicidad y la industria del ocio) también necesita que no podamos esperar a la hora de satisfacer esas necesidades creadas para poder mantener ese ritmo infernal que tanto beneficio económico da a unos pocos a cambio de la destrucción absoluta de todo lo que nos rodea. Pero el poder sabe que esto no es suficiente, la sociedad de consumo es tan sólo un argumento más dentro de la dinámica de dominación. Ese modelo terminará tarde o temprano por eso necesita más y para variar lo está consiguiendo.
Nos han introducido la inmediatez en el centro de nuestra forma de vida, todo, absolutamente todo debe ser realizado sin demora y también todo resultado debe ser obtenido de forma automática al completar la misión encomendada. Esto es más importante de lo que pueda parecer a primera vista, han conseguido mecanizar absolutamente nuestras vidas de tal forma que apenas quedan rastros perceptibles de la esencia humana. Donde deberían existir capacidades y esfuerzo para gozar y construir la vida sólo hay ansiedad y desesperación por conseguir y poseer supuestos bienes que tan sólo sirven para enmascarar una falta absoluta de interés por el desarrollo de un proyecto vital coherente y realmente ilusionante.

Vivimos bajo el prisma de una lógica que considera como argumentaciones válidas e imprescindibles la priorización de lo material sobre lo intangible, poniendo en primer plano la satisfacción del cuerpo frente a la del espíritu (sin necesidad de que este término tenga ninguna connotación religiosa). De esta cuestión parece lógico extraer una conclusión bastante simple pero demoledora para todos aquellos que de una forma u otra aspiramos a formar parte del cambio, de la revolución o como queramos llamar a la imprescindible nueva forma de habitar y relacionarnos con el planeta del que formamos parte. Un ser humano construido bajo la ley de lo inmediato y con una mínima capacidad de resistencia frente a la adversidad, está condenado a no formar parte de una verdadera revolución (a lo sumo, pequeñas revueltas que puedan acabar en ligeras reformas y lavados de cara pero sin nada de sustancial en ellas). El sacrificio y el esfuerzo que supondría un verdadero cambio está fuera del alcance de este sujeto. Dirigido por la satisfacción inmediata de sus deseos que confunde con sus necesidades no tiene la fuerza moral suficiente para postergar la obtención de aquello que desea más allá de lo que dura un suspiro y mucho menos está dispuesto a arriesgar aquello que cree poseer y que le hace tan aparentemente feliz (aparentemente porque en realidad una vez obtenido lo deseado, esto pasa a convertirse en una fuente de insatisfacción permanente hasta que se consigue sustituirlo por algo que se valora como mejor) para obtener ese otro mundo posible y necesario sin explotación ni dominación. Pero esto no es posible en nuestra sociedad actual, donde para soportar esta inmediatez y huir de la frustración que lleva asociada vivimos totalmente alucinados con la esperanza de alcanzar unos referentes sociales que los medios de comunicación nos inyectan a cada momento sin compasión, donde necesitamos vivir drogados (perdón, quise decir medicados) para no ser plenamente conscientes del dolor que causamos y nos causa una vida basada en el vacío, en la ausencia total y absoluta de ideales universales en los que de verdad basar una existencia cada vez más cercana a la felicidad.

La rotura de lo apremiante de este modelo vital es necesaria para establecer una base sólida desde donde crear una existencia nueva. Soy consciente de que las circunstancias actuales apremian, sin embargo no más que a lo largo de siglos de dominación y esclavitud sufrida por millones de seres humanos. No hay que caer en su trampa, la revolución no puede ni debe ser inmediata, el que venda eso miente (y lo que es peor, seguramente sabe que miente) Esto no quiere decir que no hay nada que hacer, más bien al contrario el trabajo es inmenso y de largo recorrido. Por eso es imprescindible aprender a tratar con la frustración que provoca lo inmediato. Si tenemos clara esta premisa nada podrá detenernos.
 

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viernes, 4 de abril de 2014

Y TÚ, ¿QUÉ ERES?

Una pregunta sencilla que seguramente nos han formulado muchas veces y otras tantas hemos realizado a otras personas.
Desde luego, la pregunta no está lanzada ni elegida al azar. Responde a la necesidad (ampliamente fomentada desde el poder para usarla en beneficio propio, por supuesto) de clasificar y etiquetar que tenemos las personas, a la inevitable catalogación y conceptualización que hacemos de todo lo que nos rodea y nos sucede.
Las respuestas más habituales a esta preguntan encierran en sí mismas la esencia del modelo de opresión que domina la vida de la inmensa mayoría de los seres humanos. Por supuesto, esta afirmación no está basada en ningún estudio científico sino más bien está fundamentada en la observación directa de mi entorno y en innumerables conversaciones con personas de muy diversas zonas del planeta.
A priori, parece una pregunta muy abierta donde se pueden dar infinitud de respuestas. Es más, lo más lógico parecería ser que fuera una contestación amplia debido al carácter multidimensional del ser humano. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La respuesta suele ser simple y concisa. Está respuesta tiene dos opciones:
  1. La primera opción y tal vez la más habitual va referida a qué nos dedicamos (en general de qué trabajamos) o en su defecto qué estudios tenemos. Es decir, alguien te pregunta ¿tú qué eres? Y la respuesta es algo así como: ¿yo? Camarero o ¿yo? Profesora. Esta respuesta nos surge de una manera natural sin tener siquiera que planteárnosla ni un segundo, y da una clara muestra del nivel de adoctrinamiento al que el poder nos tiene sometidos.
    Con el paso de los años se ha conseguido una identificación tal entre la vida del ser humano y la obtención del dinero necesario para vivir (no olvidemos nunca que el dinero ni se come, ni se bebe, ni se respira) que como lógica consecuencia aparece este tipo de respuesta que estamos comentando. Sin duda, éste es uno de los mayores logros del capitalismo (si no el mayor). Muchas veces cuando hablamos de sistema opresor tendemos a pensar en la represión de la protesta, en la falta de libertad de expresión,… sin embargo la mayor opresión consiste en reducir la esencia humana a la mínima expresión gracias a esta dependencia que obliga a vivir permanentemente pendientes de obtener ese pasaporte hacia la supervivencia que es el dinero. La anulación absoluta del raciocinio humano nos conduce sin solución de continuidad a adoptar una mentalidad de esclavos que nos lleva a aceptar el papel que el sistema nos tiene reservado y que en la zona del planeta en la que habito no es otro que el de mano de obra barata y prescindible. Por tanto, la lógica capitalista de la que debemos alejarnos tanto como nos sea posible (lucha ésta bastante dura y sobre todo de largo recorrido debido a nuestra inmersión absoluta en ella) nos hace pensar que nuestra identidad es equiparable al trabajo que hacemos para el sistema, como decía mentalidad de esclavo.

  2. La segunda opción de respuesta nos lleva hacia otro territorio más que fértil para la manipulación y el control. La segunda opción se refiere a de dónde somos, bien sea el país, la región o como quiera llamarse.
La identificación con la Patria ha sido históricamente uno de los grandes recursos que ha usado el poder para controlar y manejar a su antojo a las personas. La exaltación de lo propio, de lo cercano frente al otro, al extranjero ha servido siempre para camuflar los momentos de debilidad de la autoridad, aquellos en los que su autoridad era cuestionada y su supuesta superioridad moral perdía credibilidad a marchas forzadas.
Este sentimiento de pertenencia es exaltado de tal manera que llega a conducir a situaciones tan absurdas como devastadores tales como las guerras, donde por el simple hecho de que alguien diga que tal o cual es el enemigo (por supuesto fundamentado en la creencia de que no es como nosotros, no es de los nuestros) millones de vidas humanas quedan segadas, devastadas por la más absoluta ignorancia de aquellos que deciden identificarse y responder a la pregunta y tú ¿qué eres? Con un yo soy español (pongamos por caso) y como tal daré mi vida si es necesario mientras los que le hacen la pregunta no dejan de reír frotándose las manos pensando en cuánto ganarán por cada vida perdida tan miserablemente.

Estas dos respuestas llevan aparejadas una carga de profundidad labrada tras muchísimos años de dominación en los que vemos cómo la complejidad humana ha quedado reducida a dos simples premisas: la obtención del sustento necesario para vivir y la predisposición al sacrificio por defender “lo nuestro” frente al “otro”. Así de simples es como el poder nos quiere, en una condición de inferioridad tal, en una inmadurez absoluta que no nos deja desarrollar todo el potencial tanto individual como colectivo que se nos presupone y que sabemos que tenemos. No es casualidad que estas dos líneas de respuesta con la que solemos definirnos coincidan con los ejes fundamentales de las políticas de los partidos en toda la supuesta amplitud de la democracia parlamentaria. Los que se definen como partidos de izquierda centran su discurso en el trabajo, concretamente en esa doble falsedad del derecho al trabajo (es doble porque ni existe ese derecho tal y como ellos lo definen, ni es un derecho como tal sino que en este mundo mercantilizado es más bien una obligación para subsistir) y, por tanto, les viene de maravilla que nos identifiquemos con nuestro trabajo. A los que se definen de derechas, el discurso de patrioteros (aunque sus políticas económicas digan lo contrario) es su santo y seña y no dudan en agitarlo (como sucede en los últimos tiempos por parte de la derecha española y la catalana) a la que necesitan desviar la atención del personal de los asuntos que realmente les afectan con contundencia en su día a día. Así pues, la segunda línea de identificación es totalmente útil al sistema.
Ambas líneas se nos inculcan con múltiples métodos, en mi opinión muy eficaces y que van desde la inoculación de una verdad absoluta que dice que sólo se es útil en la vida si se contribuye con el trabajo a la sociedad (traducido vendría a ser que sólo servimos para dejarnos hasta la última gota de sangre para que unos pocos sigan viviendo a todo trapo) hasta el papel de eso que se ha llamado agentes y representantes de la sociedad civil (aquí cabe de todo, desde un gerifalte de sindicato hasta un futbolista de la selección) que nos hacen creer que todo sacrificio es poco por el bien del país.
Sin ser demasiado conscientes de ello reducimos nuestra experiencia humana a la mínima expresión (defender de dónde somos y cómo conseguimos las migajas con las que nos alimentamos) y nos negamos la posibilidad de experimentar, sentir y realmente vivir todo aquello que está a nuestro alcance pero que nos negamos a ver. No es posible que, con la enormidad que supone la experiencia vital de cada ser humano, no seamos capaces de hacer una definición de nosotros mismos mucho más amplia y variada. Personalmente, creo que esto deja muy a las claras lo podrido que está todo este sistema social en el que vivimos y bajo el que sólo somos mercancía con “periodo de utilidad” cada vez más reducido. Es necesario redescubrirnos y redescubrir a los demás, mirar de frente a los miedos y averiguar si son nuestros o nos los han impuesto como una sentencia de muerte anunciada.

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lunes, 24 de febrero de 2014

REVISANDO PARADIGMAS PERSONALES

En mi no demasiado larga vida de activista he asistido y participado en innumerables e interminables debates acerca de temas recurrentes como la desmovilización social, las alternativas más o menos reales al sistema predominante, las diferentes formas de organización, las múltiples razones para organizar el enésimo frente popular y un largo etcétera que seguro que muchos de vosotros podréis recitar de memoria porque tengo la sensación de que no soy el único que ha pasado por ahí.

Sin embargo, qué pocas veces he asistido, ya no a debates públicos, ni siquiera a pequeñas asambleas en las que se tocara un tema que en mi opinión está en el principio de cualquier cambio que merezca la pena ser llamado revolucionario. Es imprescindible acometer una revolución más íntima, más personal que permita la posibilidad real de, al menos, atisbar una revolución a nivel social. Necesitamos realizar un ejercicio de revisión y sinceridad. Este ejercicio es más exigible, si cabe, en aquellas personas que se autoetiquetan como integrantes de eso que llaman “izquierda revolucionaria” y no tienen la acuciante incertidumbre de tener que buscarse la vida para comer a diario.

Es cierto que hay muchísima gente que siente y vive una realidad en la que las cosas no funcionan bien, una realidad donde cuesta muchísimo esfuerzo y sufrimiento la imprescindible tarea de sobrevivir y eso facilita sobremanera que no haya un esfuerzo de verdadera reflexión y que se tienda a seguir cualquier alternativa que aparece con fuerza en un momento dado. Sin embargo, romper este círculo es vital para acercarnos a un horizonte revolucionario.

Este ejercicio debe servir para revisar los paradigmas sobre los que basamos nuestro pensamiento político sin miedo a descubrir que no estamos de acuerdo con aspectos que, hasta la fecha, podíamos considerar indiscutibles. Debemos ser capaces de romper los moldes en los que circunscribimos nuestro pensamiento si son un impedimento para avanzar y llegar a una comprensión mejor de la realidad que nos ha tocado vivir. Nada es despreciable pero parece obvio que no todo puede explicarse con teorías escritas hace cientos de años ni todo puede basarse en seguir programas descritos a partir de esas teorías. El hecho es que vivimos aquí y ahora y la realidad nos demuestra que repetir esquemas pasados sólo nos conduce a cosechar fracasos y frustraciones conocidas.

La sensación que tengo es que esta revolución íntima se reprime desde el seno de la gran mayoría de colectivos o agrupaciones existentes porque claramente contradicen los objetivos que se plantean cuyo fin, más o menos consciente, no es más que conseguir perdurar en el tiempo y aumentar su campo de influencia, porque son conscientes que si alguna vez alcanzaran los objetivos que dicen perseguir desaparecerían perdiendo así su pequeña/gran parcela de poder e influencia. Obviamente, esto no se hace de una forma descarada; sino más bien con una refinada estrategia que consiste en identificar las luchas a seguir y los logros a conseguir con ellas de tal manera que refuercen la ilusión del avance pero sin producir cambios reales. Esto es posible gracias a la falta de análisis personal de cada uno y a la facilidad que tenemos para dejarnos arrastrar cuando lo contrario exige esfuerzo y compromiso.
Lamentablemente, estas dinámicas no sólo arrastran a la gente que mantiene una militancia más o menos comprometida; sino que también abduce a una gran parte de la gente que siente por vez primera que la injusticia de la sociedad llama a su puerta y que hasta ahora creía lejos de todo eso.

Nos encontramos ante una situación en la que son muchos los que sienten la necesidad de alzar su voz, los que creen llegada la hora de pasar a la acción aunque no sepan bien qué significa eso. Cada día gente que, hasta el momento, había permanecido en silencio se atreve a demostrar su malestar más allá del salón de su casa (si todavía la conservan) o de la barra del bar, y es precisamente aquí donde la labor de la revolución de los paradigmas personales cobra vital importancia, porque de lo contrario seguiremos cosechando multitudes desencantadas y quemadas por el constante desgaste que exige estar siempre dejándonos la piel por metas que otros nos marcan y que en última instancia, si se consiguen, no llevan a nada más que a afianzar la dinámica sistémica que es la causante de la injusticia que nos llevó a movilizarnos.

En la actualidad, seguimos envueltos en luchas y reivindicaciones dirigidas a multitud de objetivos. Son tantas las agresiones a las que nos somete este sistema inmoral y depredador que nos vemos impelidos a responder a todo cuanto nos rodea. Esta actitud, muchas veces alentada por agentes que, teóricamente, se oponen al sistema dominante, sólo conduce al desgaste masivo de las personas que de buena fe dedican su esfuerzo a ello, alentadas por lo que creen grandes victorias que no son más que pequeños parches puestos en una brecha de dimensiones inimaginables. Así nos encontramos con multitud de situaciones cuando menos paradójicas como defender ciegamente el sistema educativo público a pesar de repetir hasta la saciedad el papel crucial que juega a la hora de moldearnos como los siervos perfectos del sistema, o salir a la calle contra la extracción de petróleo en sus diversas variantes y consumir constantemente dicho producto como si apareciera de la nada.

No podemos estar permanentemente yendo a la contra, en la calle protestando por cualquier tema que nos lancen a la cara sin dedicar ni un sólo minuto a reflexionar. No podemos pretender que nada cambie si no empezamos por tratar de entender por nosotros mismos las causas de aquello que nos oprime.

Desconfiad de aquellos líderes mesiánicos que se pasan el día reclamando que la gente salga a la calle sin otro plan que gritar: ¡Abajo el capitalismo!
Sin permitir ni un segundo de reflexión.

Este sistema lleva siglos perfeccionando sus mecanismos de control y dominación. Tiene sus estrategias y un plan perfectamente definido, no podemos luchar contra esto tan sólo con la voluntad de alcanzar un mundo mejor. Como primer paso es imprescindible esa reflexión personal y esa revolución íntima cuya principal condición a tener siempre presente es que no es posible un verdadero cambio sin estar dispuestos a perder todo aquello que creemos poseer, es más, no es posible una verdadera revolución si no estamos preparados para erradicar la posesión de nuestras vidas.

Esa revolución íntima sólo será posible, no me cansaré de repetirlo, poniendo en primer plano en nuestro modo de vida la coherencia personal. Es la única manera de que cada paso adelante se mantenga firme y resista el desgaste cotidiano al que nos vemos sometidos constantemente.

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lunes, 3 de febrero de 2014

EL BUCLE INFINITO

Y pasa la vida… y ya estamos en 2014, unos cuantos años después de que empezara esta nueva fase del capitalismo que los medios de incomunicación dieron en llamar crisis y que cada vez más gente denomina estafa. Lamentablemente, todo sigue igual.
Empezamos el año exactamente igual que siempre.
Los grandes bancos multiplicando exponencialmente sus beneficios mientras siguen condenando a la miseria y la muerte a miles de seres humanos con el apoyo incansable de un Estado que se dedica a regalarles dinero a cambio del incalculable apoyo financiero para los partidos y organizaciones afines.
Las grandes transnacionales en su dinámica de enriquecerse, a costa de exigir el sacrificio humano con condiciones de trabajo cada vez más esclavistas, gracias a una legalidad redactada para eso, y con la amenaza del desempleo más implacable que nunca.
Los poderes públicos sentados en su atalaya, negociando sus intereses y representando la tragicomedia de la democracia para tenernos entretenidos mientras siguen afianzando y ampliando este sistema de humillación y esclavitud en el que somos meros números que oscilamos entre las columnas de los necesarios y los prescindibles. Delegando en los tecnócratas del escalafón alto la gestión de la democracia, es decir, dejando que el sistema judicial y el policial se encarguen de mantener las cosas en su sitio de que nada altere el discurrir de los días.
Mientras tanto, ¿qué hacemos nosotros? Pues seguimos como siempre, cada uno a lo suyo. Eso sí, siempre con un ojo puesto en lo del vecino, no sea que dejemos pasar la oportunidad de joder. Porque si algo está claro es que nosotros no aprendemos. Parece que seamos incapaces de sacar ninguna lección de estrategias, intenciones y acciones del pasado. Repetimos una y otra vez los mismos planteamientos de lucha, de resistencia… esperando que por arte de magia los resultados sean diferentes y parece que seguimos sorprendiéndonos cuando esto no sucede.
Para empezar seguimos planteando nuestra lucha desde la resistencia en lugar de empezar a combinar esto con la existencia. Basta ya de desgastarnos siempre en ir a remolque de las decisiones políticas que sólo nos conduce a acabar luchando por migajas y a festejar como enormes victorias cada vez que se sale a la calle a protestar contra alguna ley injusta sin cuestionarnos nada más allá y dejando esa lucha en el momento en que los objetivos planteados se creen conseguidos. No debemos olvidar que hasta la fecha todos los logros que festejamos no son más que pequeños parches que en nada nos acercan a un cambio de paradigma social (si es que realmente esto es lo que pretendemos con nuestra lucha, cuestión ésta que todavía está por ver y sobre la que hay mucho que hablar).
Seguimos, aunque parezca mentira, ilusionándonos cada vez que se acercan elecciones con la aparición de nuevos proyectos políticos que prometen poner las instituciones al servicio de la ciudadanía. Como si eso fuera posible, como si esas instituciones fueran neutrales y su ejercicio dependiera de la buena voluntad de sus ocupantes. Las instituciones de esta supuesta democracia son las instituciones del poder, creados por los poderosos con la única misión de servir a sus intereses y absolutamente culpables de la inmovilidad de la situación. Estás apariciones periódicas de nuevos intentos de lo que algunos denominan frentes populares son en parte culpables del poco avance del pensamiento crítico en nuestra sociedad; ya que imposibilitan la aparición de nuevas formas de organización popular y la necesaria reflexión crítica de los postulados habituales de lo que denominan izquierda que en el mejor de los casos no pasa de una renovada socialdemocracia.
Las agresiones a las que nos vemos sometidos son constantes, sin embargo, mientras no seamos capaces de autoorganizarnos en un primer lugar para asegurar la subsistencia diaria y en última instancia para hacer una verdadera reflexión crítica sin prejuicios ideológicos de ninguna clase de la realidad que vivimos y de las implicaciones que esto tiene, no saldremos jamás de este bucle de acción-reacción en el que llevamos todas las de perder y que sólo nos depara una caída libre hacia una vida cada vez más lejos de un ideal de dignidad que ni siquiera nos atrevemos a imaginar a día de hoy pero que es imprescindible para garantizar la viabilidad de todo tipo de vida en este planeta.
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domingo, 29 de diciembre de 2013

CUANDO NADA ES LO QUE PARECE

Tiempos inciertos en los que nos ha tocado vivir, una época en la que nada es lo que parece y sin embargo, las apariencias lo son todo. Curiosa contradicción que no hace más que reflejar el espíritu esquizofrénico que define esta era.
Desde lo más personal e intransferible hasta lo colectivo y global todo se ve envuelto por ese manto de falsa apariencia que envuelve nuestras vidas.
Crecemos admirando modos y estilos de vida ajenos a nosotros y que simplemente son irreales aunque en ese momento (y posiblemente durante el resto de nuestra vida) no sospechemos que son puro humo artificial que no proviene de ningún fuego sino de una máquina que constantemente lo fabrica para no dejarnos ver más allá, para no poder observar siquiera el potencial que existe tras esa cortina artificial.
Cuando nada es lo que parece vemos cómo nos movemos y agitamos constantemente, protestando, reclamando aquello que creemos justo y nos pertenece. Sin embargo, no vamos más allá de un grupo de seres persiguiendo un humo que alguien o algo nos indicó como la señal inequívoca de la verdadera fogata. Otra vez la máquina astuta que adquiriendo la forma de gurú antisistema u organización pseudorevolucionaria nos indica el modelo a desear.
Cuando nada es lo que parece donde encontramos un discurso de apariencia robusta y bien articulada hallamos palabras huecas, rellenas de nada y que a nada obligan más allá de reproducirlas constantemente y defenderlas como si nos fuera la vida en ello. Discursos repletos de bellas palabras y hermosos propósitos que están tan cerca de lo poético como lejos de la práctica diaria. Así nos encontramos con que un concepto tan formidable como el apoyo mutuo se convierte en mutuo apoyo previo acuerdo de lo que cada una de las partes se va a llevar y si no hay acuerdo cada cual que apoye lo suyo que para eso estamos. Criticamos la caridad por no ser más que un mecanismo de dominación vertical pero si eso mismo lo organiza gente afín y lo reviste de jerga contestataria podemos llamarlo con toda solemnidad y con satisfacción: solidaridad.
Así y una y otra vez, nos hallamos ante la irrealidad que vivimos donde el constante cambio de las circunstancias no hace más que reafirmar la inmovilidad general en la que existimos y que como consecuencia nos tiene inmersos en una aparente carrera hacia un glorioso futuro que se convierte en un eterno retorno al punto de partida donde todo sigue igual.
Cuando nada es lo que parece esperamos la aparición de la enésima reencarnación del mesías que nos salvará de este presente de desgracias continuas que dura ya demasiado tiempo, sin ser capaces de comprender que ese mesías siempre está actuando precisamente para mantener la perpetuidad de este presente. A veces tiene forma de líder político, otras de gurú espiritual o de científico prominente, algunas de honorable guerrero o de filósofo atemporal pero siempre, siempre de baluarte de la apariencia y por tanto del cambio inocuo. La importancia de lo aparente nos priva de la conciencia de los pequeños gestos, los únicos capaces de mover la losa que nos oprime y nos obliga a estar constantemente atentos a los grandes gestos, a las grandes proclamas y a tratar de reproducirlas aunque en el fondo sepamos de su inutilidad y de la imposibilidad de obtener resultados diferentes repitiendo una y otra vez las mismas acciones.
Cuando nada es lo que parece en un mundo donde se ensalza lo individual, se pone en primer lugar el ego frente a cualquier otro interés, una sociedad en la que el individuo es el centro absoluto de la vida. Resulta que nos encontramos ante el momento histórico donde menos humanos existen, donde hay miles de millones de seres extraños, ajenos a su realidad, con enormes posibilidades pero, desde luego, lejos de poder considerarnos humanos. En la apariencia de sentirnos en la cima del mundo no somos más que insignificantes seres lejos de toda lógica como especie, desconectados del resto, desconectados entre nosotros, ajenos a todo lo que ocurre a nuestro alrededor por mucho que seamos el actor principal de este drama en que hemos convertido la vida.
Cuando nada es lo que parece, la vida es lo más parecido a la muerte que existe y que podemos experimentar, se convierte en un transitar sin sentido en busca de la nada pero que a ojos del mundo es la cosa más maravillosa jamás creada. Ni siquiera lo que creemos sentir es realidad, confundimos el amor con la posesión y hasta creemos que la libertad es poder elegir aquello que queremos sin ser capaces de ver que es sólo fachada, sólo apariencia, que las diferentes elecciones disponibles no las elaboramos nosotros, no son reales.
Cuando nada es lo que parece, precisamente eso, la nada es donde transcurre nuestro paso por este mundo.

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jueves, 21 de noviembre de 2013

LA VERDADERA RELIGIÓN


Nadie sabe en qué mundo vivimos. Nadie comprende cómo funciona en realidad un conjunto tan grande y variado como es la humanidad. Sin embargo, existe un sistema que organiza, dirige y decide sobre lo humano. Es la verdadera religión y su dios, el Dinero.

A semejanza de cultos anteriores que se extendieron a lo largo y ancho de la Tierra. Esta nueva religión posee las escrituras, los templos, los profetas y todos los elementos indispensables para subyugar al creyente pero, a diferencia de creencias anteriores, es mucho más poderosa. Ha comprendido que es necesario que los creyentes piensen que pueden formar parte de la historia y participar en su construcción, para ello ha enmendado uno de los mayores errores de otras religiones. La recompensa no viene tras la muerte, muy al contrario, en esta religión no existe el mañana, sólo el ahora mismo. Esto aumenta exponencialmente la cantidad de creyentes que se dedican a fondo a seguir las enseñanzas con tal de conquistar su ansiada recompensa.

La Sagrada Escritura se llama teoría del capitalismo y en ella se detalla el funcionamiento de una sociedad basada en la fe al dinero. Como todo texto sagrado, no requiere de comprensión por parte de los creyentes sino de ciega aceptación de las enseñanzas que los pontífices nos regalan en grandes discursos. Los altos sacerdotes de esta religión también se reúnen en cónclaves multitudinarios y se agrupan de diversas maneras: FMI, BM, OMC, BDI, BCE, Reserva Federal... De estos encuentros salen las órdenes que son transmitidas al clero regular, a quienes conocemos como políticos. Y son estos políticos quienes, a través de sus propios apóstoles, sus mensajeros y difusores de la obra divina, como son los medios de comunicación, nos transmiten los designios inescrutables del capital y nosotros, los creyentes, aceptamos y acatamos. Obviamente, no tienen suficiente con la mera transmisión del mensaje divino, para que éste se acepte y se acate sin más, necesitan que el terreno esté abonado, es decir, que la mente humana esté totalmente moldeada por la nueva fe. Para ello disponen del sistema educativo, una maquinaria perfectamente engrasada y capaz de fabricar a creyentes en la adoración del dinero a una velocidad de vértigo.


Por supuesto, esta religión también tiene sus preceptos, sus figuras mágicas y sus milagros.

Al igual que otras religiones más minoritarias se fundamenta en unos mandamientos o preceptos imprescindibles que se resumen en dos:

-          Amarás la propiedad privada por encima de todo.

-          Santificarás el beneficio en cualquier ámbito de tu existencia.

Estos dos mandamientos justifican por sí solos las mayores atrocidades y barbaridades que podamos imaginar. En su nombre se mata, se depreda, se violenta y se aniquila todo lo que se encuentre a nuestro alcance. Se justifica cualquier acción encaminada a cumplir estos mandamientos, sin importar cuántas vidas pueda costar ni cuánto dolor llegue a causar.

Aquí también encontramos una figura mágica como la santísima trinidad del caso cristiano. En este caso nos encontramos ante el binomio todopoderoso: el Estado y el Capital. Una sola figura cuando así conviene y figuras separadas si es lo mejor para el desarrollo de la fe.

De milagros esta religión anda sobrada, pero por seguir con la analogía cristiana podemos nombrar uno que a su lado la multiplicación de los panes y los peces queda como un juego de niños: se llama moneda de curso legal y el sistema de la reserva fraccionaria.

En lugar de un templo por comunidad, los altos jerarcas han dispuesto docenas: los han llamado centros comerciales, centros de ocio, ciudades de descanso, etc… Además a modo de confesionarios disponen de innumerables sucursales bancarias que tienen abiertas sus puertas gran cantidad de horas al día. Allí se puede tener un contacto más directo con la divinidad y de paso reforzar la creencia de que se forma parte del plan maestro, así como demostrar el fervor solicitando más y más contacto con Dios. Para los inconformistas que necesitan expresar su devoción a todas horas han dispuesto los cajeros automáticos que, día a día, aumentan sus prestaciones para que todos podamos dar rienda suelta a nuestra fe (incluso para que aquellos que no estén dispuestos a asumir su condición de creyentes, los tengan allí preparados para ser quemados o arrasados). Si aún así necesitamos demostrar al resto que somos más creyentes que ellos, la jerarquía religiosa a puesto a nuestra disposición unas estampitas milagrosas llamadas tarjetas de crédito listas para ser exhibidas en cualquier momento y situación.

Así la verdadera religión se impone al resto haciéndolas sucumbir ante su poderoso empuje y el arrollador poder terrenal frente a lo etéreo del resto de aspirantes al título de verdadera religión.

Frente a esta realidad, como viene siendo costumbre, la respuesta es absolutamente pírrica y equivocada. Se focaliza la atención en un concepto como el de laicismo (Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa) y se vuelca, sobre todo, en una lucha tan estéril como la de eliminar la enseñanza de religión en el sistema educativo. Si fuéramos mínimamente serios y rigurosos en el análisis de la situación lo que querríamos eliminar sería el propio sistema educativo tal y como lo conocemos, ya que no es otra cosa que una institución impregnada hasta la médula de las enseñanzas de la verdadera religión.

Esto mismo vale para cualquier decisión tomada desde el aparato político oficial (como hemos dicho el Estado forma parte del binomio fundamental de esta religión) sólo hay que ver qué criterios de valoración y ejecución se siguen para cualquier cosa: ¿es viable económicamente un hospital? (como si eso fuera lo importante) ¿podemos permitirnos un sistema de pensiones? (pues matemos a los pensionistas ya que parece que lo importante es si económicamente es interesante mantener el sistema) y así con cualquier decisión que se os ocurra.

Así pues, volviendo a la definición de laicismo. Si de verdad queremos, tanto a nivel individual como colectivo, vivir de forma independiente de cualquier organización o confesión religiosa, sólo nos queda atacar los pilares fundamentales de esta verdadera religión que tiene un alcance global. Cuestionar y destruir sus preceptos básicos es la tarea fundamental y, para ello, no podemos olvidar toda la estructura formada a su alrededor con la misión de legitimar tan asqueroso y criminal orden del mundo. Al tiempo, debemos esforzarnos en pensar, construir y poner en marcha las alternativas a todo ello.

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miércoles, 23 de octubre de 2013

NO SOMOS CULPABLES



Largos debates, conversaciones con cierto sabor a resentimiento y desesperanza giran en torno a la falta de reacción social ante la ofensiva desatada por los grandes capitales y los centros de poder político siempre ansiosos por ampliar sus beneficios económicos en primer término, y como objetivo de fondo aumentar la capacidad de dominio sobre el resto de seres que habitan el planeta.

Durante mucho tiempo el sistema social se ha encargado de ir destruyendo el tejido social en el que las personas se apoyaban siempre para tratar de vivir una vida lo más acorde posible a su modo de sentir. Precisamente ahí, en el modo de sentir, es donde ha centrado gran parte de sus esfuerzos el poder.
Muy pronto se dieron cuenta de la importancia de modificar esa manera de sentir que incluía una visión colectiva de la vida, una forma de sentir que incluía al otro, al entorno natural que se consideraba parte inseparable de la propia vida, y que provocaba que la vida fuera vivida en común.
Obviamente, para que un sistema basado en la avaricia, en la imperiosa necesidad de poseer más y más funcione se necesita romper esa idea de lo común. Se necesita atomizar al ser humano y romper los lazos que le conectan con el resto para convertirlo en un autómata perfectamente dispuesto a cumplir con el papel asignado en la función capitalista. Sólo con la desconexión entre iguales es posible desentenderse de los problemas ajenos y desligar los propios de los globales, y de ahí  a no tener ningún problema a pasar por encima de quien sea para seguir adelante (sin saber muy bien hacia donde) hay un paso bien pequeño.
Y así lo ha hecho, como siempre usando esas poderosas maquinarias que utiliza a su antojo como son el sistema educativo, los medios de información y la industria del entretenimiento (el sólo hecho de que exista algo llamado industria del entretenimiento da la medida del éxito obtenido por el sistema en su proceso de desconexión del individuo con su entorno)
Se ha potenciado tanto lo individual que se ha traspasado la línea que separa el necesario desarrollo de la persona con esa zona oscura donde el egoísmo lo puede todo.
Durante muchos años se ha ido potenciando una sibilina manera de modelar la personalidad humana basada en la suprema importancia de la satisfacción de las necesidades personales. En esto, tiene mucho que ver la infiltración de las ciencias psi, especialmente la psicología, en todos los ámbitos del control social mejorándolos y perfeccionándolos hasta límites insospechados. (Este tema da para mucho más y trataré de ampliarlo en otra ocasión).
Junto a la importancia de esa satisfacción, se induce la creencia del mérito personal y, por tanto, la falsa ilusión de que todo lo que nos ocurre en la vida es consecuencia única y exclusivamente de nuestros actos. Es decir, queda eximido de toda responsabilidad el sistema político, económico y social. Todo es fruto del hacer individual independientemente de cualquier condicionante.
Esta excelente estrategia de control social ha desactivado casi cualquier posibilidad (es obvio que el casi no incluye a todas esas personas que si reaccionan y se esfuerzan en construir otra forma de vivir, cada uno a su manera) de reacción social y al pasar de los años ha conseguido dejar una ingente cantidad de personas que no salen de su asombro y estupor ante la actual situación. Una gran masa de gente que no llega a comprender qué salió mal. Siguieron las instrucciones al pie de la letra, se dedicaron en cuerpo y alma a cumplir con lo que el sistema esperaba de ellos y ahora se encuentran en una situación de indefensión absoluta. Y lo qué es peor, absolutamente convencidos de qué ha sido culpa suya.
Personas que han cumplido con su labor de asalariados durante años y ahora se ven como seres inservibles sin saber por qué, jubilados que tras entregar hasta la última gota de sudor han visto como todo lo que con esfuerzo consiguieron juntar para pasar sus últimos años se ha evaporado, varias generaciones convencidas de que estudiar era lo que debían hacer para alcanzar la vida que el sistema les ofrecía y se encuentran con la cruda realidad de ser mano de obra sobrante, y así un largo etcétera de personas y situaciones diversas. Todas ellas con algo en común, un sentimiento de culpa inoculado por el sistema y con una nula capacidad de reacción fuera de los cauces que el propio sistema ofrece.
Es necesario tratar esta cuestión con lógica. Si hemos seguido las normas que nos debían guiar al buen vivir según el sistema y esto no se ha producido sólo hay una posible conclusión lógica: no somos culpables, entonces ¿quién es el culpable? Todos los dedos deben apuntar en la misma dirección: el sistema capitalista. Por tanto, sólo puede haber una salida posible, acabar con él.
 

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