jueves, 20 de noviembre de 2014

A PESAR DE TODO, HAY QUE ENTUSIASMARSE



La capacidad de entusiasmarse es algo innato en los seres humanos. Lo observamos con mayor claridad en la infancia donde el entusiasmo, la ilusión; nos mueven a cada instante, nos facilitan el camino por el que queremos circular, sin miedos ni obstáculos. 

Sin embargo, esta capacidad poco a poco se ve interrumpida, coaccionada hasta que en muchos casos acaba sepultada en el fondo del ser humano recubierta por miles de capas de inseguridades. Esto no es casualidad, ni se debe a un talante natural del ser humano. Es fruto de años de integración en una sociedad regida por unos disvalores que fomentan precisamente eso, la desintegración de lo esencialmente humano y favorecen la aparición de estructuras mentales que sirven para justificar lo injustificable, para vivir sin sentir, para ser capaces de representar el papel que nos han adjudicado en la vida sin cuestionarnos nada sobre las consecuencias que eso tiene sobre nosotros mismos y sobre los demás.

El entusiasmo forma parte de un selecto grupo de actitudes vitales que consiguen movilizar el presente para tratar de alcanzar un futuro más acorde con nuestros pensamientos y nuestra manera de sentir. Esto lo convierte automáticamente en un enemigo para todo lo que desea permanecer inmóvil, inerte, para todo aquello que desea mantener el estado actual de las cosas, es decir, es un enemigo de primera magnitud para un sistema basado en el mantenimiento del status quo y en la aceptación del rol social preestablecido.

Ya desde bien temprano, nos topamos con un sistema educativo que nos enseña a canalizar nuestro entusiasmo natural hacia los objetivos más interesantes para el orden establecido. Nos prepara bien para sumergirnos en el fantasioso mundo del consumo donde la frustración está garantizada puesto que en la base del modelo social está la imposibilidad de satisfacer unos deseos  impuestos y jamás decididos libremente por nosotros, por mucho que así lo creamos.

Se entra así, en una espiral donde se establece un doble sistema de censura que inhibe cualquier atisbo de entusiasmo y, por tanto, cualquier oportunidad de llevar adelante una experiencia capaz de acercarnos a la esencia de lo humano, a la posibilidad de vivir sin necesidad de aprender a convivir con el remordimiento y aceptar la renuncia como elemento sobre el que pivota la vida.

Este doble sistema tiene una parte externa marcada por las normas sociales, las leyes y el aparato represor que las salvaguarda. Este aparato externo funciona de una forma extraordinariamente precisa, con su sola existencia consigue que la gran mayoría de la sociedad se mueva dentro de los márgenes establecidos sin ni siquiera plantearse la posibilidad de la existencia de nada más allá de dichos límites.
Pero es innegable que esta parte externa funciona tan bien porque hay otro componente en el sistema de censura, mucho más terrible si cabe,  que es el verdadero triunfo del sistema: el sistema interno de censura.
Nosotros nos incapacitamos al aceptar el precepto social de la delegación en todos los ámbitos de nuestra vida, aceptando la imposición del criterio de los expertos del sistema frente al nuestro. Con esto nos autoanulamos como personas capaces de tomar las riendas de nuestras vidas.
Los miedos inculcados, el temor a perder lo que falsamente creemos poseer, el terror al fracaso social... nos hace ser nuestros peores censores y nuestro peor enemigo de cara a dar el primer paso para recuperar el entusiasmo.

Ahora bien, a pesar de los pesares, seguimos conservando esa capacidad y el poder lo sabe. Por eso, ante la posibilidad de que podamos recuperar nuestra esencia y nuestra capacidad de entusiasmar y entusiasmarnos, nos prepara continuamente ilusiones prefabricadas en forma de bienes de consumo inútiles, alternativas sociopolíticas enlatadas y listas para consumir, pseudofilosofías del alma que incitan al egoísmo y al aislamiento bajo el manto del desarrollo personal, modernas teorías de la psique que incitan al recogimiento interior y a la negación de lo social.
Todo vale para mantener al sujeto en la inopia, centrando sus esfuerzos en la superación de una frustración difusa, sin dejar ver que el propio sistema es la causa de esa sensación.

Sin embargo, hay que ilusionarse pero sin llevarnos a engaño. El verdadero entusiasmo nace de nosotros mismos y con una única dirección: de nuestro interior hacia afuera. Sólo si somos capaces de reencontrar ese entusiasmo podremos convertirlo en fuerza revolucionaria capaz de modificar ese futuro que alguien ha escrito en nuestro nombre.
 

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sábado, 1 de noviembre de 2014

CORRUPCIÓN II

Después de un par de años, sigue con mayor intensidad, si cabe, el aluvión de casos de corrupción en las esferas políticas. A cada momento de multiplican las noticias que desde todos los medios de desinformación sin excepción se lanzan. Por eso, nos vemos en la obligación de actualizar una entrada publicada con anterioridad y ahondar un poco más en el tema.
La idea que se está tratando de transmitir es tan simple como atractiva: el problema es la corrupción política y el deficiente sistema democrático fruto de la transición. Por tanto, la solución a todos nuestros problemas reside en arreglar esto. Así, siguiendo esta línea argumental, nos encontramos con la corrupción política generadora de una crisis de representatividad (de paso aderezada con la corrupción de la casa irreal) y un bipartidismo incapaz de seguir creando ilusiones creíbles para la población son los nuevos mártires a sacrificar en el teatro capitalista.
Seamos sinceros, la corrupción política es intolerable y una muestra más del desprecio absoluto que sienten por aquellos a quien dicen representar pero, desde luego, no es la excepción dentro de la normalidad democrática en la que nos dicen que vivimos. Todos los casos que aparecen cada día en las noticias no son más que un botón de muestra, la corrupción es algo inherente al sistema capitalista.
No hay que entrar demasiado en detalle para que cualquiera pueda ver claramente que todo gobierno no es más que un órgano gestor de los intereses de los poderosos. El poder económico se sirve del político y, éste, recoge el fruto por el trabajo bien hecho. Los gobernantes, como buenos empleados, venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Eso es todo. Unos lo llaman corrupción; otros funcionamiento normal de las dictaduras parlamentarias. No podemos esperar otra cosa de un sistema en el que todo y todos somos meras mercancías y cuyo único objetivo es el beneficio económico y la dominación. Lo que pasa con los partidos políticos es un granito de arena más de la corrupción dentro de un sistema corrupto desde la médula.
Un sistema político social que ensalza valores como el éxito, la competitividad, el crecimiento ilimitado, la posesión personal a través del ejercicio de la dominación y el fomento del consumo desmesurado y llevado al límite de lo absurdo conduce, irremediablemente, a la corrupción como vía rápida para conseguir todo esto. Así, el capitalismo, premia la corrupción como método a seguir en cualquier esfera de la vida.
Corrupción en la política cuando se usa el poder para el propio beneficio o el de terceros, corrupción en la esfera laboral cuando se pagan salarios de miseria y se exige la vida del trabajador, corrupción en la educación cuando se fomentan los valores capitalistas a sabiendas de que esto conlleva una sociedad desigual, corrupción en la sanidad cuando se medicaliza a las personas bajo cualquier pretexto y se ignoran los factores sociales y ambientales que nos enferman, corrupción en las relaciones sociales cuando se intenta aparentar lo que no se es a base de posesiones materiales sin sentido, corrupción en la justicia cuando sistemáticamente se criminaliza a la gente que lucha, corrupción en la universidad cuando la intelectualidad justifica y legitima un sistema criminal, corrupción en los servicios sociales al permitir la miseria oficializada en lugar de denunciar la injusticia social, corrupción en los medios de comunicación cuando sirven de altavoz del poder en lugar de avanzadilla de la sociedad, corrupción en los cuerpos policiales y militares que defienden los intereses del poder a sangre y fuego,…
Pero en realidad, sí debemos ir un poco más allá para ver cómo la corrupción está en la esencia misma de este sistema y todos estamos alcanzados por ella.
En este sentido me gusta la segunda acepción que el diccionario de la RAE da del término corromper: Echar a perder, depravar, dañar, pudrir. Exactamente eso es lo que ha sucedido y sucede con la esencia humana, echada a perder desde el mismo instante en que aceptamos someternos a las diferentes condiciones que están en la misma base del sistema de dominación humana bajo el que vivimos. Aceptamos que nuestras vidas orbiten alrededor del dinero (que ni se respira, ni alimenta) que nos es más que papel mojado que funciona simplemente porque nos lo creemos, porque confiamos en él cuando no somos capaces de confiar en la mayoría de seres humanos. La aceptación del dinero conduce inevitablemente (porque el poder así lo establece, ya que para la mayoría de las personas es la única manera de obtener dinero) a la prostitución del trabajo asalariado que es la mayor fuente de corrupción de lo humano. La necesidad de trabajar para vivir, de ganarse la vida, está en la esencia misma de la corrupción. Cuando uno no es libre de vivir como quiere sino como debe para poder acceder al trabajo y así a la vida, inevitablemente se ve obligado a aceptar cualquier tipo de condición e imposición. Una vez superado ese listón la deshumanización es tal que cualquier cosa a la que los medios de desinformación llaman corrupción nos parece normal porque en el fondo, todos sabemos que eso es lo de menos al lado de lo que “debemos” hacer cada día para sobrevivir.
Por eso, el poder pretende centrar toda la rabia y el desengaño de la gente en la corrupción política, porque así mantiene intactos todos los demás ámbitos de corrupción, que son mucho más importantes para el buen funcionamiento del sistema. Al fin y al cabo un gobierno es lo más fácil de sustituir (incluyendo la jefatura de estado si hace falta). Todas las alternativas están previstas y las cartas ya están sobre la mesa para que nada cambie, reconduciendo como siempre el malestar social hacia la legitimación del sistema a través del planteamiento de falsas alternativas que aglutinan ese malestar.
Sin embargo, como cada vez que el poder se descubre, abre una ventana a la oportunidad de la respuesta popular y eso es algo que no podemos desaprovechar. Si la chispa que lance definitivamente a la gente a la calle es la corrupción, pues que sea. Pero que no se pierda la perspectiva de lo que realmente es el problema: el Capitalismo y el sistema de dominación que lo sustenta.

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martes, 21 de octubre de 2014

EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

Ya lo dice la canción, The show must go on. Y es que esta vida es puro humo, puro espectáculo. No puede ser de otra forma, es imprescindible que sea así para poder mantener el desolador modo de vida de la sociedad actual.

Desde hace tiempo, la supuesta abundancia y la elección sin fin que el sistema capitalista finge proporcionar, suponen el telón de fondo global para esta mascarada. Andamos tan ocupados deseando lo que no necesitamos y consumiendo lo que no tenemos que no llegamos a darnos cuenta de nada más allá de la inmediata satisfacción de unos apetitos artificiales creados y alentados para reforzar nuestro papel en la trama.

La sociedad de consumo nos ha consumido, ha conseguido trasformarnos en pequeñas máquinas diseñadas para cumplir con nuestro cometido y mantener la eterna función del espectáculo capitalista. Junto a los medios de desinformación masiva y al sistema educativo, nos han conducido por una senda donde lo humano, la esencia de aquello que nos convierte en seres capaces de crear y construir su historia, ha quedado relegado en favor de un triste materialismo que nos obliga a malvivir y dejar a nuestro paso un rastro de destrucción prácticamente irreparable.

Por supuesto, es sólo lo que podríamos llamar el decorado principal de la función. Sin embargo, en función de las peculiaridad de cada zona geográfica, de cada modelo cultural… tenemos muchos otros pequeños decorados que se encargan de animar y renovar espectáculo global. Esto es necesario porque, evidentemente, siempre hay gente que no acaba de integrarse del todo en el modelo y tiene ciertas inquietudes y necesidades acerca de cómo deberíamos vivir. Es innegable que mucha gente se cuestiona aspectos concretos del modelo y siente la necesidad de cambiar el funcionamiento de muchas cosas.

Pero el sistema, también lo tiene todo pensado para ellos, y les ofrece sus propios modelos (o roles) alternativos: culpables, salvadores, independientes, modelos de evasión al fin y al cabo… tiene todos los papeles de la obra repartidos y dispuestos a actuar para que todo continúe según el plan preestablecido.

 
Así observando en mi entorno inmediato, en los últimos tiempos he visto la irrupción de diferentes tramas dentro de la pantomima capitalista. Por supuesto, que todas estas cuestiones tienen su importancia y hay que saber valorarlas en su justa medida para combatirlas/apoyarlas pero también para no desgastar las energías con ellas más allá de lo que cada uno considere necesario.

Haciendo un pequeño repaso por las tramas que nos ofrecen podemos observar la diversidad de opciones: renovación de la monarquía, independencia de Catalunya, corrupción generalizada, ébola, tarjetas opacas, irrupción de nuevos partidos o plataformas políticas, aparición y desaparición de leyes, justicia a la carta y un largo etcétera de situaciones que los medios se encargan convenientemente de mantener en primer plano o no en función de sus intereses. Y así pasamos el rato participando o simplemente contemplando este espectáculo del que queramos o no formamos parte en mayor o menor medida porque si hay algo en lo que destacan los guionistas de esta farsa es en conseguir no mantener indiferente a nadie. Eso y en fijar la atención de todos lejos de las cuestiones que, en parte o en su totalidad, subyacen en todo este embrollo.

Al fin y al cabo, todo esto sirve para diluir los esfuerzos de la gente que intenta construir nuevas experiencias y aprender, sirve para mantener nuestra atención lejos de los millones de vidas que cada año el capitalismo sacrifica en el altar del beneficio económico, para negar la evidencia del final de este modelo de producción basado en la explotación natural, para que no alcancemos a ver que cada gesto que creemos hacer libremente está condicionado y modelado por el sistema y que en muchas ocasiones tiene consecuencias terribles sobre nosotros mismos y el resto del planeta, para no comprender que vivimos bajo la esclavitud encubierta del salario que nos hace estar sujetos a sus normas de una manera increíble. En definitiva, el espectáculo está ahí para que no nos veamos obligados a reconocernos a nosotros mismos, a aceptar el fraude en que se ha convertido la vida bajo estas condiciones, a no vernos forzados a aceptar la lejanía de esa libertad que decimos poseer.

Nadie es ajeno a esto, cada cual debe hacer sus reflexiones y sacar sus conclusiones. Pero es necesario no dejarse deslumbrar ni guiar por los focos. El potencial de cambio está ahí, latente pero no debemos esperar al iluminado que nos indique la dirección a seguir. Recordad que las luces siempre forman parte del espectáculo y, como ya sabemos, el espectáculo debe continuar.

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domingo, 28 de septiembre de 2014

A VECES HAY QUE DETENERSE PARA SEGUIR


Llevo una temporada de renovación. Necesito espacio y estoy vaciando cajones, armarios y demás y está siendo una experiencia más que interesante.

Ando recuperando escritos propios, recortes de periódicos y textos que he ido guardando por diferentes motivos a lo largo del tiempo (material de cuando las “cosas iban bien”, y de cuando dejaron de “ir bien”) y, sinceramente, me está permitiendo redescubrir algunas cosas que ya intuía y en cierto modo sabía.

En primer lugar, me está permitiendo constatar de nuevo que la vida es puro humo en la inmensa mayoría de las ocasiones y de los casos. Da igual el escenario que se nos ponga delante, ya sea en un momento de eso que llaman crecimiento económico y empleo a borbotones, ya sea en plena crisis y máximo desempleo, parece que se repiten las mismas dinámicas sociales e individuales. Antes y ahora prima el mismo modo de funcionar entre las personas, inconexo y carente de emoción social; incapaz de pensar y obrar más allá del interés personal inmediato. Esto me lleva a pensar que en las constantes llamadas que se hacen al cambio y la revolución, a la lucha contra la tiranía y el poder andan un tanto cojas. Por un lado, nos centramos en ir contra los que ostentan el poder, olvidándonos de nosotros mismos. Aunque esta lucha triunfara repetiríamos constantemente los mismos errores si no somos capaces de entender que no somos más que el producto refinado de un modelo social que nos empuja hacia lo inmediato y lo superficial siendo así que cualquier lucha acaba convirtiéndose en pura reforma por mucho que queramos vestirla con los ropajes más radicales. Por otro lado, se produce un fenómeno por el cual cuanto más consigue el sistema crear individuos desconectados entre sí y con una falta absoluta de empatía, más energía debe destinar la sociedad (de la que todos formamos parte) para mantenerlo. Así, todo el esfuerzo que deberíamos dedicar a satisfacer las necesidades reales se canaliza en trabajos absurdos y protestas estériles que, queriendo o no, sólo consiguen el efecto de perpetuar la situación.

También veo que la industria de la muerte sigue campando, como siempre, convertida en uno de los motores de este salvaje sistema. Esto es una constante inherente al capitalismo, es imprescindible matar y destruir para mantener la máquina viva, para que los engranajes funcionen a la perfección es necesario engrasarlos con sangre. Da igual la época y las razones esgrimidas, siempre ha sido el maldito dinero (lo vistan de motivos geopolíticos, religiosos, o de lo que quieran vendernos). Una y otra vez se fomenta el miedo y el terror, creando enemigos, convirtiéndolos en la excusa perfecta para continuar con el despliegue militar tanto en el exterior como en el interior de cualquier país. Se aprovecha la constante miseria a la que nos somete el sistema, tanto económica como ética, para fomentar el patriotismo ya que es muy seductor como válvula de escape ya que permite focalizar la culpa de la situación en el diferente. Pero, por encima de todo, permite mantener una situación de enfrentamiento entre los desheredados de cada sociedad que imposibilita cualquier intento de internacionalización revolucionaria. Llegados a este punto no podemos engañarnos, en la situación actual la revolución es una cuestión de todo o nada. Cualquier revolución individual será aplastada sin remisión, sólo es posible revertir la actual situación mediante una reacción internacional en cadena que imposibilite cualquier intento de represión.

El afán de consumir y poseer sigue creciendo día tras día, da igual que no tengamos siquiera las necesidades básicas cubiertas, parece que no podamos evitar que la vida gire en torno a lo superfluo, a cosas que realmente no son necesarias para vivir. Han conseguido que estos objetos prescindibles sean los únicos capaces de hacernos sentir ilusión por seguir adelante. Este afán permanece intacto en la base de los fracasos de la mayoría de experiencias prerrevolucionarias que se vienen dando alrededor del mundo, convirtiéndolas normalmente en movimientos tendentes al reformismo. Inevitablemente, se acaba imponiendo una especie de “realismo” que obliga a perseguir objetivos supuestamente factibles que, en caso de conseguirse, acaban siendo ampliamente superados en otros ámbitos por las constantes agresiones del poder. Están muy bien las reformas pero no van más allá de aspectos irrelevantes que tan sólo sirven para maquillar la situación y, sobre todo, para desgastar las energías de los que se deciden a luchar por algo.

Afortunadamente, también constato que somos muchos los que seguimos aprendiendo y trabajando con el objetivo de ir construyendo el tipo de vida que queremos vivir, buscando e indagando en múltiples vías que de forma más o menos acertada acortan la distancia entre lo que pensamos y lo que vivimos. Si conseguimos desprendernos de la inmediatez con la que el sistema nos obliga a vivir y somos capaces de compartir experiencias sin prejuzgar desde los dogmas de cada uno, podremos dar un paso importante por ese camino revolucionario que tan largo parece. Soy consciente de que está lejos la posibilidad de una revolución digna de tal nombre, sin embargo, hay que estar preparados para reconocer las pequeñas oportunidades y experiencias prerrevolucionarias que se van gestando o van surgiendo en momentos puntuales para ir ampliando el espectro de gente dispuesta a avanzar y, sobre todo, para no torpedearlas si no cumplen con la ortodoxia que cada uno considere como la única capaz de llevarnos hacia una nueva sociedad.

martes, 26 de agosto de 2014

CONTRADICCIONES

No acabo de adaptarme a esta vida tan bipolar que llevo, siempre en una lucha constante entre lo que me dictan la conciencia y el medio en el que vivo.

Es sorprendente la cantidad de contradicciones con las que uno se puede encontrar en su vida diaria y, el cómo afrontarlas y asumirlas forma parte de la estrategia vital de cada uno y así conseguir mantenerse cuerdo en un mundo tan extraño y ajeno para cualquiera que sea capaz de situar en el primer plano de sus principios la libertad y el respeto a cualquier forma de vida.
En no pocas ocasiones hablamos de un sistema explotador que arrasa con la naturaleza y con la vida sin ningún reparo; de una maquinaria primaria de la muerte que actúa por todo el mundo aniquilando vidas humanas con una creciente efectividad; de una maquinaria secundaria (grandes transnacionales, grandes bancos y toda la jauría de inversores) que actúa con extremada eficacia en el exterminio humano. En pos del máximo beneficio económico dictaminan en qué partes del planeta la gente debe morir de hambre, determinan qué enfermedades y de qué manera van a incidir sobre los seres vivos del planeta, decretan qué tierras deben ser arrasadas y sobreexplotadas en pos del bien de la humanidad cuyas nefastas consecuencias pagamos y seguiremos pagando con creces durante toda la vida.

De todo esto y mucho más hablamos y discutimos, nos posicionamos claramente en contra y en muchas ocasiones participamos en acciones y proyectos de protesta y de alternativa a todo ello (al menos esa es la idea con la que lo hacemos). Sin embargo, no podemos obviar dónde vivimos y cuáles son los códigos imperantes en esta sociedad, las relaciones interpersonales que mantenemos de forma más o menos deseada (amistades, familia, vecindario, entorno laboral y/o educativo…) y nuestra relación con el poder imperante. Es en este vasto ámbito donde surgen esas contradicciones diarias entre nuestra manera de hacer y vivir y nuestra forma de pensar y sentir. La distancia entre ambas define un interrogante cuya respuesta nos encamina hacia dos vías que transcurren entrecruzándose a lo largo de los tiempos. Obviamente, las vías tienen diferentes grados porque son muchas las variables que les afectan.

Por un lado, tenemos a las personas conscientes que sufren con dichas contradicciones y tratan de acortar la distancia entre su vida real y su vida ideal con todo el desgaste que eso supone. La capacidad de ir superando o, por lo menos, encajando estas contradicciones en nuestra forma de vida va directamente ligada a la profundidad de los valores e ideales de cada uno. Esta vía exige un esfuerzo constante y estar dispuestos a aceptar en muchas ocasiones la incomprensión del entorno inmediato. Por supuesto, supone estar dispuesto a enfrentarse a la violencia del sistema a todos los niveles (económico, social, policial, judicial…) pero sin duda, lo más difícil es enfrentarse a uno mismo; mantener esa coherencia íntima que permite mantener la cordura para seguir avanzando y no dejarse ir ni sucumbir a los cantos de sirena de una sociedad consumista que ofrece oportunidades de evasión mental sin fin.

Por otro lado, nos encontramos con esas personas que no consideran que existe ninguna contradicción a pesar de la enorme distancia que hay entre aquello que predican y lo que hacen en su vida. Mejor dicho, o no existen o las consideran absolutamente insalvables y por el momento no hay nada que puedan hacer con ellas. Ésta es una posición de todo o nada (concretamente revolución o nada) y como tal, concentra sus esfuerzos en esa hipotética revolución que no acaba de llegar, mientras tanto se trata de pasar la vida lo mejor posible entre discursos y soflamas.

Cualquiera de las dos vías es respetable, personalmente me identifico con la primera vía aunque reconozco que me cuesta muchísimo superar ciertas contradicciones y muchas veces veo un poco lejano el horizonte de cordura que me gustaría alcanzar. Sinceramente, ya no creo en el discurso de revolución o nada y cada vez creo menos en las personas que lo defienden pero soy consciente que cada uno tiene su forma de afrontar la existencia y sus propias contradicciones.
Siempre he sido partidario de tratar de ser lo más coherente posible con mis ideas, eso es lo que puedo aportar a los demás y a mí mismo.

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miércoles, 30 de julio de 2014

DEJÁNDONOS LLEVAR


La condición humana sigue deslizándose por el desagüe, sin prisa pero con un constante flujo que se va amontonando en una profunda cloaca que parece no tener fin.

Es difícil resistirse a este descenso. Es tan suave y tan confortable que hace dudar de su verdadero destino. Es un viaje edulcorado y tan bien programado que a veces me pregunto cómo es posible que muchas personas se intenten aferrar a las paredes del sumidero tratando de escapar, tratando de llevar otra dinámica de vida mucho más difícil, mucho más consciente.


Nos gusta deslizarnos, las recompensas son tan inmediatas que es complicado resistirse. Tenemos pastillas de la felicidad de todos los colores (literales y metafóricas) y con las más diversas formas y envoltorios que nos facilitan un descenso sin apenas rozaduras ni contratiempos.

A simple vista, parece un viaje barato, el descenso apenas cuesta lo que nos pueda quedar de dignidad, lo que todavía conservemos de condición humana.

A cambio de desconectarnos del resto del mundo y de nosotros mismos podemos disfrutar de la experiencia. A nuestro alcance, miles de productos innecesarios pero tremendamente atractivos, cientos de relaciones insustanciales y carentes de emotividad pero con un gran potencial para conseguir pasar el rato sin necesidad de poner en riesgo ni una pizca de nuestra energía sentimental ni nuestra intimidad emocional. Cantidad de oportunidades para vivir docenas de vidas sin movernos de nuestra silla convirtiendo la experiencia virtual en la verdadera realidad, relegando así al mundo de la ensoñación lo que cada día acontece a nuestro alrededor, como si tan sólo fuera un espectáculo del que somos meros espectadores.

Nos gusta deslizarnos, es comprensible, es tan sencillo que lo preferimos. Lo preferimos porque lo contrario cuesta, cansa, duele, te convierte en un extraño para el resto, te hace dudar en ocasiones de ti mismo y de la necesidad de aferrarse para no caer. Esas dudas nos hacen cometer errores, dar traspiés, sentir la tentación de abandonar y ser uno más dentro de una masa que se desliza.

 
No quiero perder el hilo, antes hablaba del bajo precio a pagar. Estaba convencido de que estaba usando la ironía puesto que el precio mencionado es altísimo, inasumible diría yo. Sin embargo, cada vez me sorprende más y más la facilidad que tenemos para permanecer ajenos. Me sorprende porque permanecer ajenos significa convertirnos en cómplices de las mayores atrocidades que jamás pudiéramos imaginar, significa consentir y con ello dar alas a nuestra propia autodestrucción.

Cada vez que nos deslizamos desagüe abajo damos la razón a quienes justifican el orden establecido que somete, degrada y mata a millones de seres humanos, a quienes consideran que cualquier cosa está justificada en nombre de lo que llaman progreso y que no es otra cosa que una huida hacia delante de los que acaparan la riqueza material a sabiendas de que eso nos encamina a la destrucción de la vida (al menos de la humana).

 
Aferrarse a las paredes del sumidero es un acto de valentía, debemos ser valientes. A partir de ahí, es cuando podemos y necesitamos plantearnos cómo empezar a ascender por esas paredes para salir del hoyo y empezar a vislumbrar ese otro mundo que tanto anhelamos. Iniciar ese ascenso contracorriente es el verdadero acto revolucionario que está en nuestras manos. Si de verdad creemos en la posibilidad de ver ese (otro) mundo y de participar en su creación, es obligatorio iniciar ese terrible ascenso por las paredes del desagüe, por mucho que nos salpique (que lo hará) la masa que seguirá deslizándose sin remedio.

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martes, 15 de julio de 2014

MENTIRAS ENTRELAZADAS


Mentiras entrelazadas que se alimentan las unas a las otras, que se hacen más y más fuertes con el tiempo. Mentiras que sustentan nuestro modo de vida, en definitiva, mentiras que se convierten en nuestra vida.
Contra todo pronóstico creencias absurdas basadas en nada se transmiten de generación en generación y forman parte ya del ADN de nuestra sociedad, facilitando así el sinsentido por el que transitamos y que nos acerca cada día un poquito más a la extinción como seres humanos racionales.

Es demasiado complejo para mí hablar de todas ellas y de cómo se entrelazan y se hacen más fuertes; pero sí quiero hablar de unas pocas que me parecen importantes.

 
1-      La vida hay que ganársela

Esta sentencia aparentemente inocua es tan cruel como una sentencia de muerte. Al dar por asumido este hecho nos negamos nuestra propia libertad y nos atribuimos el papel de esclavos a perpetuidad.

Esta mentira es tan antigua como los sistemas de dominación humana y, por supuesto, es uno de los puntales de dichos sistemas. Curiosamente (esto es irónico claro) esta afirmación ha sido fomentada y alzada a la posición de dogma incuestionable por aquellos que jamás han tenido la necesidad de ganarse nada, aquellos a los que todo les ha venido dado. Mención especial merece la jerarquía religiosa que tanto ha hecho por difundir esta mentira con su “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Esta “obligatoriedad” de ganarse la vida tiene unas consecuencias terribles. Legitima la aberración de que para la inmensa mayoría de la humanidad la única forma de acceso a la riqueza es mediante el trabajo, mayoritariamente asalariado, es decir, para vivir hay que venderse y/o prostituirse. Nosotros mismos mutilamos nuestra vida al NO reconocer que por el mero hecho de existir somos acreedores de una vida digna donde la subsistencia y las necesidades básicas no sean motivo de preocupación.

Una vez instalada esta creencia y su mecanismo de esclavitud, la espiral se hace cada vez mayor puesto que a través del trabajo (y el miedo a no tenerlo y por tanto a no poder ganarnos la vida) nos vemos atados de pies y manos a la hora de poder articular cualquier proyecto de vida fuera de los cauces establecidos para nosotros.

 
2-      Vive como si no hubiera mañana

Esta afirmación en apariencia bienintencionada lleva intrínsecamente ligado un mensaje que se está revelando como letal para el futuro inmediato.

En la etapa actual de la humanidad se ha impuesto una visión de la vida que podríamos llamar presentismo que ha sido parte fundamental de la llamada sociedad de consumo y que ha contado con el respaldo y el impulso de toda la maquinaría capitalista a través de los medios de comunicación, de la publicidad, mediante cantidad de pseudo ciencias centradas en la obtención de la felicidad inmediata, etc…

Esta forma de vivir centrada en el presente ha posibilitado que nos encontremos al borde de un colapso generalizado tanto en muchas de la materias naturales sobre las que basamos nuestro modo de vida como en la racionalidad que se supone caracteriza a la especie humana.

Así constantemente nos parece increíble cómo los grandes depredadores del capitalismo actúan sin pensar en las próximas generaciones y no somos capaces de ver que en la mayoría de las ocasiones nosotros hemos hecho lo mismo, a nuestro nivel y con la pequeña incidencia que eso tiene en el conjunto resultante; aunque lo importante del caso es que repetimos exactamente los mismos patrones. Esta falta de conciencia sobre los efectos que los actos en el presente tienen en el futuro nos ha traído hasta donde estamos situados en la actualidad: al borde del precipicio sin posibilidades claras de dar marcha atrás.
 

3-      La tecnología nos hará libres

Cuando la máquina se incorporó al universo laboral se vendió la idea de que ésta nos liberaría de la carga que suponía el trabajo y nos abriría un mundo nuevo donde desarrollarnos a nivel personal y social debido al tiempo libre que íbamos a disfrutar a partir de entonces.

Muchos años después, no sólo no hemos sido liberados por la máquina, si no que ésta se ha introducido en todos los ámbitos de nuestra vida hasta hacernos absolutamente dependientes de ella. Nos esclaviza en el trabajo convirtiéndonos en piezas sobrantes de un sistema humillante de trabajo, nos impone un ritmo de vida enloquecedor que nos desconecta de cualquier realidad... Para suplir esto, nos ofrece una realidad virtual en la que creamos universos paralelos con supuestos amigos y amantes donde todo es falsa apariencia.

Hemos pasado de la anunciada libertad a la esclavitud aberrante que nos lleva a vivir a través de ella. Existen ya generaciones de seres humanos que no conciben la posibilidad de vivir sin una cantidad alucinante de artilugios absolutamente innecesarios para la vida pero que se han convertido en imprescindibles y que marcan la línea de la exclusión social en muchos casos. La máquina ha ascendido al panteón de los dioses modernos ocupando un lugar destacado a la derecha del dios Dinero.
 

Estas son sólo algunas de las mentiras que sustentan un modo de vida artificial, deshumanizador y totalmente embrutecedor. Soy consciente de que hay muchas más y de que las implicaciones entre ellas son mucho más complejas.

Sin embargo no puedo dejar de pensar en que la lucha por la verdad en estas cuestiones sí sería una batalla que valdría la pena librar.

Lamentablemente, estas mismas mentiras son las que nos llevan a luchas parciales y devastadoras para los que se implican en ellas que, en el mejor de los casos, nos dejan con el sabor agridulce del que sabe que ha conseguido una pequeña victoria a costa de hundirse un poco más en el lodo.

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