viernes, 29 de septiembre de 2017

DECIDIR



A estas alturas está todo dicho, o eso es lo que parece al menos. Todo el mundo parece tener clara una posición al respecto del llamado procés català. El abanico es amplio y las posibilidades múltiples.
Personalmente, soy totalmente favorable al derecho a decidir, otra cosa es la asimilación que el poder hace de eso con el hecho de llevar a cabo un referéndum. Eso, simplemente, me parece ridículo. Sin embargo, la cantidad de personas movilizadas es algo que no deja de asombrarme. No ya por el hecho en sí, pues nacionalismo y su simbología siempre ha sido un buen agitador de masas, sino por el hecho de que haya tanta gente dispuesta a desobedecer una legalidad que hasta hace bien poco seguían a pies juntillas. La lástima es que la mayoría de esas personas están dispuestas a desobedecer con la esperanza de tener un nuevo marco legal al que someterse de nuevo. Me exasperan especialmente las imágenes en las que se exaltan a políticos y mossos que han pasado de villanos a héroes como por arte de magia, o por arte de bandera. Aun así no pierdo la esperanza en aquellos que se movilizan con la intención de cambiarlo todo, aunque temo que un nuevo desencanto sepulte todavía más la semilla de una verdadera revolución.

He de reconocer que me gusta la situación. Se está agitando el árbol y eso siempre es bueno. El estado ha puesto en marcha su maquinaría de miedo y represión en funcionamiento y esto está consiguiendo que la gente se posicione en uno u otro sentido y empiecen a saltar las máscaras. Resulta, tras años de pavoneo democrático, que lo más antidemocrático es permitir que la gente vote. Desde luego tiene su gracia la cosa.
En este sentido, existe un pequeño lugar en mi mente en el que se proyecta el siguiente escenario: se realiza el referéndum o lo que se pueda; por supuesto gana el Sí pero la derecha nacionalista catalana en el poder se amilana ante la situación y no declara la independencia tal y como recoge su propia ley. Ahí, en ese instante, ante la segura represión que estará ejerciendo el Estado español y el fariseísmo del Govern català, se desata la potencia transformadora del pueblo buscando las vías para una verdadera independencia lejos de cualquier estructura de estado.
Posiblemente no sea más que una ensoñación, un deseo no reconocido. Pero si llega a suceder, ahí sí deberíamos estar todos, no sólo Cataluña.

Particularmente, me interesa más el proceso que el resultado. Soy más de abolir fronteras y estados que de crear uno nuevo o reforzar uno ya existente. Pase lo que pase mi trinchera será la misma, la de enfrente, la que está en contra del poder establecido sea cual sea su bandera.
El proceso y sus connotaciones es lo que hace reflexionar y plantearme algunas cuestiones y es de lo que quiero hablar:

Desde el preciso instante en que hablamos de decidir como un derecho ya podemos intuir que esa elección no va a ser muy libre. Pedir permiso para decidir algo nos sitúa en un plano de dependencia absoluta. Es cierto que a lo largo de la historia lo que llamamos derechos han sido conquistados (normalmente) a través de la presión y la lucha social. Sin embargo, no hay que olvidar que en última instancia es el poder el que lo otorga y cuando lo hace ya tiene perfectamente controladas todas las variantes que puedan suceder a raíz de esa concesión.

La mera existencia de personas capaces de negar el derecho a decidir a sus semejantes nos da la medida de hasta qué punto la noción de dominación está instalada dentro de cada uno de nosotros. Negar la potestad de decidir en nombre de un bien superior, ya sea la legalidad, la patria, el estilo de vida… es situarnos en el plano de la sumisión, de la negación de nuestra potencialidad como humanos.
En ese plano nos situamos la inmensa mayoría de la población. A diario, con nuestros actos, nuestros silencios, condenamos a millones de personas a no poder decidir nada ya que su única alternativa es tratar de mantenerse con vida un día más.

Ni siquiera nosotros, miembros complacidos que formamos parte de una sociedad con abundancia de inútiles pero reconfortantes comodidades materiales, tenemos la libertad de decidir. Sometidos a factores tales como las leyes y su desarrollo penal (siempre y en todos lados, realizadas por y para proteger a los poderosos y sus posesiones); el salario, única forma que permiten esas leyes para que cualquiera que no forme parte de ese poder pueda tratar de conseguir el sustento que le mantenga vivo. El miedo y su escudera la desinformación que desde bien pequeños nos inculcan desde todos los ámbitos posibles; y tantos otros factores, hacen que nuestras decisiones siempre estén condicionadas y nuestra independencia sea más ficticia que real.

Porque una cosa es el derecho a decidir y otra muy distinta la libertad de decidir. Y de libertad, tal y como hacemos funcionar el mundo y funcionamos nosotros mismos, tenemos más bien poca.

Pocas cosas más importantes pueden haber que poder decidir tu independencia. Qué más quisiéramos que meter una papeleta en una urna y decidir acabar con la usura bancaria, la dictadura salarial, el sometimiento legislativo, la posesión y el miedo a perderla y tantas otras cuestiones que nos convierten en esclavos de la peor clase. Aquellos que se muestran orgullosos de serlo y están dispuestos a todo por defender su condición.
 

Imprimir

miércoles, 19 de julio de 2017

EL FACTOR ESTADÍSTICO



Hace unos días, en una de esas conversaciones con amigos típicas del verano, que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan; un buen amigo recordaba una sentencia de su profesor de estadística el primer día de clase: “La estadística es el arte de engañar con números”.

Y los números están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma.

Así, la estadística se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.

Día tras día, se esgrimen estadísticas para demostrar las bondades del modelo socioeconómico y político del que formamos parte. Vemos cómo el factor estadístico nos dice que estamos en un momento de euforia colectiva a nivel económico y, sin embargo, cada día están más llenos los comedores sociales, los desahucios se multiplican, las puertas traseras de los supermercados en las que muchos esperan el sustento que no pueden conseguir por otros medios, se convierten en escenarios improvisados de la tragedia cotidiana de miles de personas.

La estadística nos dice que el salario medio en España ronda los 22.000 euros anuales pero apenas conocemos a personas con esos ingresos y, sin embargo, conocemos a muchísimos con trabajos precarios por debajo del salario mínimo.

También nos cuentan las estadísticas las bondades del capitalismo. Una de ellas es el aumento de la esperanza de vida a nivel global situándola por encima de los 70 años. Sin embargo, se olvida de mencionar los 3 millones de niños menores de 5 años que mueren de hambre cada año, es decir, seis niños por minuto. Al parecer no todos los números valen lo mismo ni necesitan ser conocidos ni difundidos.

Así, también en la política, vemos cómo el factor estadístico se impone al comprobar la manera en que los partidos políticos se apropian de la representación del pueblo por amplias mayorías al recibir vía votación el respaldo de, en el mejor de los casos, el 15% o el 20% de la población total.

Todo son estadísticas, números que justifican acciones causantes de muertes que, sin embargo, reflejan un supuesto bienestar social. Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que la estadística tiene un uso todavía más perverso.

El factor estadístico determina lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida.

En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven.

En el ámbito de la salud, el factor estadístico decide quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo.

También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.

Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero.
 

Imprimir

martes, 13 de junio de 2017

ATRAPADOS


“Vivimos en el mejor de los sistemas posibles” esta sentencia o algunas parecidas son recitadas a diario de manera directa o indirecta desde cualquier altavoz de los utilizados para recordarnos lo afortunados que somos. Sin embargo, yo no veo esa “fortuna” por ningún lado. En mi entorno inmediato no consigo dar con personas satisfechas y contentas con sus vidas tal y como debiera ser según el libro de instrucciones de las democracias avanzadas de occidente que nos inculcan desde pequeños.
Obviamente, la culpa es nuestra. Esa es la única explicación razonable. No sabemos adaptarnos, no somos resilientes o no seguimos al pie de la letra las indicaciones que tan amablemente se nos brindan desde ese engendro llamado psicología positiva que tan en boga anda en estos tiempos o, simplemente no nos hemos topado con el coach adecuado. Cualquier explicación de esta índole o similar es suficiente porque, de lo contrario, nos veríamos obligados a cuestionarnos demasiadas cosas. Y, sinceramente, cada vez veo esto más difícil porque si algo caracteriza a la ciudadanía de esta sociedad tan perfecta es la progresiva precarización de la mente.

Ahora que está tan de moda etiquetar la pobreza, asignándole diversos adjetivos para rehuir hablar de la pobreza como tal, reivindico una nueva adjetivación: la pobreza mental. Por supuesto, al igual que cualquier otra forma que le queramos dar a la pobreza es fruto de un modo de vida y un sistema de explotación diseñado para la acumulación de riqueza en unas pocas manos cueste lo que cueste. Como cualquier sistema que se precie todo está enfocado y reorientado hacia su propio beneficio que no es otro que su conservación y perpetuación. Para ello, no duda en deformar todos los aspectos de la vida hasta hacernos partícipes de nuestra propia decadencia y destrucción.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.
Esto es lo que veo cada día a mi alrededor: gente resignada con una vida que al parecer le ha tocado como si fuera el resultado de un sorteo. Sin cuestionar nada más allá de lo que por momentos le aleja de mantener el ritmo de la corriente y que una vez reestablecido ese ritmo (una vez solucionados los problemas que pudiera tener para conseguir ingresos o techo o tratamientos médicos o lo que fuera) se sumerge plácidamente en la corriente hasta el próximo resbalón. Si, por el contrario, estos problemas no se solucionan siempre queda el derecho al pataleo; pero siempre en voz baja y entre conocidos mientras crece el desprecio hacia los que se mantienen dentro de la corriente. Y aunque cada vez este grupo va siendo mayor, seguimos sin desviar ni un ápice de nuestra energía a tratar de revertir ese círculo vicioso del que hablaba. En realidad tratamos con todas nuestras fuerzas de volver a él.
Imprimir

jueves, 27 de abril de 2017

TAMBORES DE GUERRA



Suenan tambores de guerra. Nada nuevo bajo el sol,   salvo por la insistencia de los medios de comunicación que, como siempre, se encargan de poner el foco donde el sistema considera oportuno. Porque los tambores de guerra nunca han dejado de sonar y jamás lo harán mientras la opresión y la muerte generen beneficios.
La guerra siempre está en marcha, vivimos inmersos en ella. Forma parte fundamental del orden autoritario, especialmente del capitalismo. La sociedad está en constante guerra. Unos contra otros tratando de conquistar una meta impuesta como si fuéramos pequeños roedores en busca del pedacito de queso que el científico de turno otorgará al que sobreviva a cuantas tropelías se le ocurran. En estos casos, donde la maquinaria bélica está relegada a un segundo plano (eso sí, siempre insinuante, siempre presente en el imaginario colectivo) se considera que vivimos en tiempos y lugares de paz. Aunque a diario las víctimas de esa paz se suceden arrastradas a una vida de penuria moral y física hasta el final de sus días.
Pero la guerra es el pasatiempo favorito de los poderosos. Es apostar a caballo ganador porque vaya como vaya siempre ganan los mismos y el riesgo de pérdida es cero. Los muertos, sean del bando que sean siempre los ponen los mismos. Los vencedores también.
La industria de la muerte es una colosal máquina que genera beneficios económicos astronómicos y garantiza el mantenimiento de un orden social basado en el poder en todas sus dimensiones (propiedad, dominio, lucro, explotación…) Bien sea como causa directa de muertes y sufrimiento allá donde esta industria despliega su poderío, bien sea a través de un efecto colateral y no menos devastador: el miedo. Porque las balas y las bombas matan al instante pero el miedo aniquila lentamente. El miedo atenaza las mentes, cierra las bocas, encoge la esperanza. Consigue que cada cual se encierre en su situación y no quiera/pueda ver más allá. Cierra la puerta a cualquier atisbo de acción espontánea, independiente, genuina y las abre de par en par a la mansedumbre, al seguidismo, a la servidumbre total y, por tanto, a la perpetuación del orden social vigente.
La guerra está siempre presente, lo sepamos o no, no se detiene nunca y derrama nuestra sangre por todo el mundo. En la actualidad hay docenas de países donde a diario, guerras más o menos declaradas, se cobran vidas humanas. Yemen, Siria, Palestina, Sudán, Libia, México, Ucrania, Nigeria, Colombia, Turquía, Iraq… son sólo algunos ejemplos. Sin embargo, el egocéntrico occidental medio, acostumbrado a devorar las informaciones sin procesarlas está ya inmunizado ante el dolor ajeno, apenas siente un suave golpe en su coraza. Necesita una amenaza más palpable para sentir el suficiente temor para legitimar la imparable rueda de la guerra. Al parecer no es suficiente con la psicosis terrorista, así se recurre nuevamente al terror nuclear. Esta amenaza, es la máxima expresión técnica de la dominación, nada produce un efecto tan devastador en las mentes y los cuerpos. Bastó una sola aplicación del horror nuclear para marcar a las siguientes generaciones de por vida (por si acaso, de vez en cuando, nos muestran alguna prueba nuclear para recordarnos quien manda). Sin duda, fue el inicio de una etapa de esplendor para el sometimiento mundial. Suficiente para que, al menos en occidente, se acatara el orden establecido sin rechistar. Años más tarde, con la caída del imperio soviético, se sellaría ese nuevo orden mundial.
Ahora, la exhibición de la amenaza nuclear hace que la industria de la muerte aumente exponencialmente sus beneficios. Se sabe ganadora, sabe que siempre será el bastión del poder independientemente de quien lo ostente formalmente. Mientras existan estructuras de dominación, éstas se sustentaran en la guerra. La guerra siempre está presente, a todas horas. Sus efectos están bien presentes en nuestros cuerpos y sobre todo en nuestras mentes.
 

Imprimir

lunes, 27 de febrero de 2017

SEAMOS VALIENTES PERO SOBRE TODO REALISTAS

Hace ya unos cuántos años escribí una pequeña reflexión al calor de la sacudida que provocó la irrupción de una nada despreciable cantidad de gente en las plazas de las localidades de mi entorno más inmediato que, hasta la fecha, al menos para mí, aunque obviamente ya había mucha gente movilizada y revolucionando de una u otra forma desde hacía tiempo, habían sido un erial en lo referente a la protesta social más allá de los paseos programados por sindicatos y partidos varios. Simplemente, trataba de recoger un sentir que había ido acumulando a través de conversaciones o escuchando a la gente mientras exponía sus preocupaciones y sus puntos de vista. Algo que creo sigue estando plenamente vigente tiempo después aunque las formas de expresarlo sean diferentes y la mayoría de aquellas voces hayan sido acalladas o engullidas por las dinámicas propias del modelo social:
“Vivimos tiempos complicados y difíciles de comprender. Todas aquellas personas que, como yo, nacimos durante la transición, crecimos con la promesa de un futuro esplendoroso después de muchos años en los que la muerte, el hambre, la miseria y la represión habían causado estragos entre gran parte de los habitantes de este país. Nuestros mayores nos hablaban con esperanza e ilusión del porvenir que nos esperaba.
Fuimos creciendo y entramos en la Unión Europea (entonces la CEE) todo parecía que marchaba viento en popa. De vez en cuando, se producían contratiempos que desencantaban un poco al personal pero siempre se seguía adelante con un espíritu de superación y con la convicción de que todo iba a ir mejor.  Nosotros nos dedicábamos a estudiar porque eso era lo que nos iba a garantizar un futuro esplendoroso tal y como nos recordaban machaconamente. En esto nos incorporamos al mundo laboral y el dinero parecía caído del cielo (casi daba igual de que trabajaras porque en todos lados se ganaba dinero), el consumo se disparó hacia el infinito y nos vimos rodeados de abundancia. No supimos o no quisimos ver la que se nos venía encima y eso que siempre hubo voces (entonces me parecían pocas y débiles, más tarde he comprendido que no eran tan pocas ni tan débiles sino que estaban silenciadas por el sistema hegemónico) con criterio que nos advertían de lo que estaba sucediendo y del engaño en el que nos habíamos instalado.
Ahora, ya hemos acumulado experiencia y unas cuantas vivencias que nos permiten tener una perspectiva más amplia del mundo que nos rodea y nos damos cuenta de cuánta razón tenían aquellas voces minimizadas de hace unos años. Vivimos absolutamente engañados gracias al poder que tienen y siempre han tenido los grandes capitalistas. Han tejido para nosotros una red de falsa opulencia y libertad atrayéndonos hacia el mismísimo centro de esa red para, una vez allí, atraparnos y no dejarnos escapar, y hemos caído en la trampa sin oponer apenas resistencia. Nos han atrapado en una espiral de consumo desmesurado y de una violencia económica e intelectual que prácticamente nos ha dejado sin respuesta, lo cual les ha permitido despojarnos de la mayoría de nuestros derechos y nuestra libertad como seres humanos. Estamos siendo reducidos a la condición de esclavos, esto es así literalmente en muchos países donde desde hace siglos las personas son consideradas meras mercancías que se utilizan para mayor gloria y beneficio del capital. En otros países nos empezamos a dar cuenta de que también lo somos (aunque el envoltorio es más bonito y lujoso, en el fondo la intención es la misma) y tanto allí como aquí, en el momento en que alguien alza la voz es reprimido por la ingente cantidad de recursos que los Estados destinan a la represión. Así se ponen en marcha todos los mecanismos disponibles. Empezando por los más directos como ejércitos, policías, e incluso cuerpos paramilitares; siguiendo por los medios de comunicación que criminalizan de inmediato a todo aquel que tiene algo que decir contra el sistema capitalista y terminando por un sistema educativo diseñado específicamente para crear seres sin espíritu crítico y totalmente doblegados ante un sistema social organizado alrededor del capital. Mención especial para toda esa pseudointelectualidad que justifica la necesidad de que las cosas continúen igual y centran todos sus esfuerzos en perpetuar esta situación.
Ante todo esto, sólo caben dos opciones: acatar y participar activamente de este régimen de esclavitud o posicionarse a favor del cambio radical de sistema. No caben las medias tintas en esta cuestión, no existe un capitalismo menos malo al que se pueda llegar a través de parches y pequeñas modificaciones”.
Sigo pensando igual, no creo en la posibilidad del capitalismo amable o como quieran llamarlo.  De hecho la creencia en la posibilidad de ese capitalismo es, en gran parte, lo que nos ha llevado hasta aquí. La promesa de un futuro mejor a través del dominio de la naturaleza, la abundancia material y el salario, permitiendo mejorar las condiciones de vida de la generación inmediatamente anterior ha sido una inmensa trampa en la que la mayoría caímos, en la que muchos todavía ni saben que están. Salta a la vista que la ilusión del crecimiento ilimitado ha estallado frente a unos límites ecológicos que lanzan señales de su existencia por doquier. La tan cacareada abundancia material sólo existe para todo aquello inútil y superfluo con lo que atiborran nuestras vidas con la esperanza de poseer y poseer dando por sentado que en eso consiste la felicidad. Nada de aquello que prometieron era cierto y lo sabían desde el principio. Simplemente no era posible porque en la base de todo estaba la acumulación y, ésta, es incompatible con la posibilidad de una vida digna para todos.
No creo en la posibilidad de la revolución desde dentro, sencillamente porque eso no es posible. Ni lo es ahora, ni lo ha sido jamás. No existe ningún sistema basado en lo que se llama “las reglas democráticas del juego” (elecciones, partidos políticos, representatividad…) al margen del Capitalismo y cuya sociedad no esté altamente jerarquizada y sometida a los designios de unos pocos. En el mejor de los casos, se consigue en el plano material una distribución equitativa de la miseria que inevitablemente conduce a una profunda tendencia hacia la restauración del privilegio reformulado en base a un nuevo sistema.
Además, estos años también me han servido para ir perdiendo cierta ingenuidad, para desmitificar ciertas organizaciones o colectivos, para ir formando un criterio propio que me va permitiendo poco a poco distinguir a los charlatanes de los que hablan con convicción, a los que consideran que con hablar y escribir sobre la revolución es suficiente de los que no necesitan exhibirse porque sus actos hablan por ellos. Siempre se recuerdan los grandes nombres, los grandes actos revolucionarios del pasado hasta convertirlos en leyendas, sin embargo, se olvida lo cotidiano, el día a día de esos hombres y mujeres que de forma anónima protagonizaron y protagonizan esas revoluciones. Es precisamente en esos actos cotidianos donde se forjan y se fundamentan los grandes cambios y es, en ese terreno, desde la práctica diaria donde descubrimos a los verdaderos revolucionarios, aquellas personas que no necesitan nada más que tratar de vivir su vida lo más acorde posible con sus principios.
Aquel escrito lo terminaba con la siguiente frase:
“Esto es una cuestión de todo o nada, o aceptamos la esclavitud o luchamos por la libertad. La opción es personal pero la decisión que cada uno tome afectará al conjunto de la humanidad”.
Desde luego la opción sigue siendo personal pero de nada o muy poco sirven esas opciones individuales si no se conectan con otras, si no sirven para construir algo colectivo, si no sirven para tejer redes y alianzas que tan importantes son para expandir las alternativas como para defenderse de la violencia que el poder ejerce en caso de que, efectivamente, esas alternativas lo sean de verdad. Las iniciativas individuales son toleradas e incluso alentadas por el sistema, ya que las aprovechan como ejemplo de esa máxima tan de moda y tan capitalista “todo está en ti, todo depende de ti”. Además son fácilmente anuladas ya que estar desconectado de lo colectivo te convierte en una presa muy fácil. Pero articular cualquier proyecto colectivo requiere de una convicción y una capacidad de esfuerzo y resistencia que cada vez es más difícil encontrar, esto también lo he aprendido a lo largo de estos años. Así, en la medida en que la práctica diaria de todas aquellas personas de las que hablaba anteriormente pueda ir creando y ampliando esa red gracias al ejemplo diario, estaremos caminando en la dirección correcta para empezar a construir un mundo nuevo.
“Seamos valientes” fue el título que puse a ese escrito de hace años pensando que era una cuestión de valor. El valor necesario para sacrificar nuestra vida de esclavos de primera y perder el miedo a las consecuencias que de eso se pudieran derivar. Sigue siendo una cuestión de valentía pero, sobre todo, ahora me parece una cuestión de realismo. Si seguimos por este camino no hay futuro para la inmensa mayoría de la población humana.

Imprimir


domingo, 29 de enero de 2017

VIDAS ENVASADAS



A menudo, me intranquiliza la sensación de que todo a nuestro alrededor parece estar envasado. Lo que comemos, lo que bebemos, lo que vestimos, lo que respiramos… todo envasado y listo para consumir. Sin embargo, lo que me aterra de verdad no es eso, sino la sensación de que nuestras vidas también lo están. Aquello que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos… todo parece estar perfectamente embalado y etiquetado, dispuesto para ser consumido. Somos vidas envasadas, somos productos.

El envasado es un método que se utiliza para la conservación. Creo que se trata exactamente de eso, de conservar. Conservar la posición que cada cual cree tener en el mundo, no arriesgar, quedarse en el sitio y, por tanto, perpetuar el modelo social tal y como lo conocemos.

Pero los envases no son más que apariencia, pura propaganda para mantener en pie una mentira insostenible. Inevitablemente, necesitamos focalizar todos los esfuerzos en los envases, hacerlos atractivos y sugerentes. Cualquier cosa con tal de evitar que nos fijemos en el interior, en el contenido. Porque es ahí, en el interior de los envases, donde se atisba la fatalidad. Vidas vacías, embrutecidas por la necesidad de no apearse de un carro que no lleva a ninguna parte, que sólo sirve para un avance sin ninguna finalidad más que la de repetir eternamente un ciclo vital que sólo es posible soportar a base de sucedáneos emocionales convenientemente envasados.

En nuestro fuero interno, sabemos del estado del mundo, sabemos de nuestro propio estado. Sentimos la extrañeza que nos produce una forma de vivir tan alejada de nuestros sueños, de nuestras ilusiones. Pero el miedo al cambio, a lo que pueda suceder nos atenaza y preferimos conservar. Aferrarnos a la ilusión de que vivimos del mejor modo posible y que conservar es la opción correcta. Por eso, lo envasamos todo y nos envasamos a nosotros mismos. Pero más que al vacío, nos envasamos en el vacío. Envolvemos nuestra vida de tal forma que parece que estamos cerca de todos y al cabo de todo cuando en realidad, nadie conoce a nadie. Desconectando nuestra vida del resto es como podemos focalizarnos en la frivolidad de lo cotidiano.

Manteniéndonos obedientes a esa norma podemos aspirar a todo (todo lo que tenga que ver con el envase, no con su contenido). La obediencia, el seguimiento de las instrucciones al pie de la letra nos permite mantenernos por más tiempo en ese estado de bienestar ficticio al que acabamos considerando “lo mejor a lo que podemos aspirar”. Es lo que llamamos ser un buen ciudadano, un perfecto observador de la norma social. Pero son precisamente esos, los buenos ciudadanos, los obedientes los que han posibilitado a lo largo de la historia los mayores horrores de la humanidad: las guerras, la explotación, la esclavitud…

Este mundo de vidas envasadas no es más que una gran mentira, en la que todo se basa en mantener la apariencia adecuada en el momento adecuado. Da igual el ámbito de la vida en el que nos situemos, todos funcionan igual. Lo importante es la apariencia, el envase.

Así, lo lógico (si es que algo que pueda ser llamado así todavía existe) sería que la forma de contrarrestar esto sería con la verdad. Sin embargo, cuando todo es mentira quién puede saber qué es la verdad. Existen tantas verdades como cabezas que las piensan y, al mismo tiempo, no existe ninguna si aceptamos la premisa anterior de que todo es mentira en un mundo de apariencia. Si no podemos contar con la verdad como antídoto sólo nos queda lo genuino, aquello que todavía posee las características naturales. Urge la necesidad de desprendernos de nuestros envases, mostrarnos en absoluta desnudez para encontrar nuestra esencia genuina y a partir de ahí actuar. Sin pensar en cómo encajar nuestros actos en determinado modelo intelectual o social, sin necesidad de valorar si lo que hacemos será aceptado socialmente o qué beneficio-pérdida voy a obtener.

No te engañes, esto te llevará al rechazo social y fuera de todo, pero siendo sinceros quién puede preferir formar parte de esta gran mentira envasada en la que vivimos.
 

Imprimir

jueves, 8 de diciembre de 2016

SI NO TRABAJAS (asalariadamente) NO VALES NADA

Últimamente, he leído algunas noticias que han devuelto al primer plano de mi mente la asquerosa certeza de que tan sólo somos carne de cañón para un sistema que únicamente nos quiere para mantener la máquina consumista en pleno funcionamiento. Para ello, lo único que debemos hacer es acceder al pedacito del pastel de la riqueza que nos tiene reservado (lo justo para malvivir y poder consumir todas las bagatelas que nos ponen ante nuestros ojos). El método para eso, es el salario. Sólo así podemos ser útiles y, por tanto, susceptibles de merecer cierto miramiento por parte del poder. Es decir, si tienes un empleo no eres el primero en la lista de los prescindibles de la vida. Pero no te confíes, tampoco andas muy lejos.
Una de esas noticias de las que hablaba se refiere a la deportación de un ser humano de 19 años de origen paraguayo que vivía en España desde los cinco junto a su familia. El Estado esgrimió su ley y embarcó a este chaval en un vuelo rumbo a Paraguay donde nadie le espera. El motivo aducido ha sido el no tener sus “papeles en regla” (una expresión repugnante que utilizan para no expresar lo que realmente quieren decir: te vas porque eres un parásito, pobre y encima extranjero) Evidentemente, la única forma de regularizar su situación era conseguir un trabajo porque, repito, es la manera de demostrar tu valía en la sociedad si perteneces a las clases populares.

Me pregunto qué pasaría si de repente aplicaran ese mismo criterio a todos los jóvenes del país independientemente de su condición. Probablemente, desaparecería una generación entera. ¿A cuánta gente de esas edades conoces que trabajen? Yo a muy pocos.

Otro tema sobre el que últimamente he leído y oído mucho es sobre la cuestión de las personas. Desde hace años, se viene insistiendo machaconamente en la progresiva precarización del sistema de pensiones hasta el punto de abrirse el debate acerca de si hay que mantener las pensiones tal y como las conocemos o, por el contrario, hay que ir olvidándose de ellas. Lo que este debate esconde a quien no quiera verlo es una cuestión fundamental: ¿Qué hacer con aquellos que han acabado con su vida activa de producción? Es decir, ¿Merece la pena mantener con vida a aquellos a los que ya no podemos exprimir? Esta es la cruda realidad del debate de las pensiones, porque no nos engañemos, sólo aquellos obligados a vender su fuerza de trabajo a lo largo de su vida necesitan una pensión para sobrevivir durante su vejez. Se nos repite que es una situación insostenible, que no es posible garantizar un mínimo de dignidad en la vida de nuestros mayores.

¿Qué clase de sociedad es ésta? Lo sabemos muy bien aunque nos cueste creerlo, formamos parte de un mundo donde el sálvese quien pueda se ha elevado al rango de dogma incuestionable y la estupidez ha sido encumbrada a los altares de lo cotidiano. Sólo así se explica que nos anuncien como inevitable un exterminio y no seamos capaces de hacer nada (ya no hablo de actos revolucionarios; ni siquiera un mínimo movimiento hacia la reforma del sistema que permita seguir manteniendo el espejismo en el que vivimos). Está tan interiorizado que el trabajo es el eje fundamental de la vida que asumimos como normal que todo aquel que no trabaje no merece nada.

Hay muchísimos más ejemplos de esto. Podríamos hablar del desprecio absoluto por todas aquellas personas, especialmente mujeres, que dedican sus vidas al cuidado (en el sentido más amplio de la palabra) de sus familias y son tratadas como inferiores ya que no cotizan y por tanto, no contribuyen al sistema. También todos aquellos extranjeros que acogimos con las manos abiertas para explotarlos en todos aquellos trabajos de mierda que no considerábamos dignos de ser desempeñados por los nativos y que más tarde, cuando ya tenían sus vidas hechas aquí, decidimos que sobraban y los consideramos los culpables de todo y, por tanto, los tratamos como a criminales. También podríamos hablar de aquellas personas que después de dejarse media vida trabajando en una empresa como si fueran a heredarla, fueron puestos de patitas en la calle (en muchos casos debiéndoles un dinero que jamás recuperaron) en pos de aumentar la competitividad y que pasaron a convertirse en desechos sociales no aptos para ser miembros de pleno derecho de la sociedad de consumo.

La lista sería interminable pero el hecho es el mismo: mientras puedes ser explotado tienes derecho a vivir. Una vez dejas de ser útil, formas parte de los prescindibles, de los que cuanto antes desaparezcan mejor. Esto es lo que siempre ha sido en un sistema donde el beneficio lo es todo y la vida una mercancía más.

Imprimir