miércoles, 24 de junio de 2015

SOBRE COERCIÓN Y PERSUASIÓN



Entró en vigor la ley mordaza; aunque de manera encubierta lleve activa desde antes incluso de que ningún político se atreviera a formularla. Es una vuelta de tuerca más que considerable en la escalada dictatorial en la que andamos envueltos. Parece que definitivamente los tiempos de la zanahoria han pasado y se impone el palo como método de gobierno. Y esta vez, no sólo la gente comprometida y militante es la que se arriesga a sufrir todo el peso del aparato represivo, sino que cualquiera puede ser la víctima, especialmente esa especie tan desarrollada en los últimos años que centra su espíritu de lucha en el salón de su casa sentada frente al ordenador.

Cuando hablamos del palo y la zanahoria nos referimos a la típica forma en  que las élites ejercen el poder sobre el común de la humanidad. El ejercicio del Poder exige la coerción física (o su amenaza) y la manipulación psicológica. Con el despliegue del aparato represivo (policial, judicial, carcelario...) se ejerce una presión directa e inmediata sobre toda aquella persona considerada peligrosa para el orden social establecido y que además se atreve a demostrar su disconformidad de manera pública a través de sus actos. La coerción no es sólo a nivel físico (y eso que España es una de esas democracias donde la tortura y la violación de los derechos humanos están a la orden del día, tal y como saben todos aquellos que la sufren y tal y como lo denuncian organismos tan poco revolucionarios como Amnistía Internacional).
Otro nivel importante de coerción es el económico. Cada vez se apela más a la sanción económica como método para persuadir a todos aquellos que creen que tienen algo que conservar de que la protesta y la disidencia es un camino que conduce directamente a la desposesión y, por tanto, a la exclusión del sistema y aunque parezca paradójico esto frena a muchísima gente cuando parecería razonable vivir excluido de esta locura. Además de todo esto, tenemos la coerción psicológica que tiene muchas aristas pero que sin duda las políticas de dispersión en las cárceles son un claro exponente del inmenso daño que inflingen tanto a los presos como a sus allegados. Podríamos seguir enumerando situaciones donde los llamados ciudadanos libres (eso se supone que somos) nos vemos sometidos por la acción del palo, sin embargo, creo que todos las conocemos sobradamente.


Por otro lado, tenemos la zanahoria. Porque al poder le interesa una población sumisa pero contenta y agradecida por el tipo de vida que lleva. Así tenemos que para garantizar el control social se necesita ejercer la fuerza pero también desarrollar la persuasión. La persuasión es otra manera de denominar al adoctrinamiento pero con pequeñas diferencias, ya que la persuasión se consigue colonizando el imaginario colectivo. Poco a poco a través de la educación, los medios de desinformación, los espectáculos de masas y la cultura prefabricada se van imponiendo unos presupuestos básicos que acotan el mundo adaptándolo a las necesidades de las élites. Esta constante persuasión hace que vayamos construyendo un personaje que nada tiene que ver con nosotros pero que acaba dominando nuestra vida, porque la necesidad de adaptación a las exigencias del sistema hace que acabemos identificándonos, exclusivamente, con nuestra máscara social, necesaria para la supervivencia. Con ello se genera un vacío interior, se aniquila la propia vida y tratamos, entonces, de generar nuevas realidades a través de redes sociales cibernéticas o cualquier otro sucedáneo. Así la despersonalización queda consumada.

Lamentablemente esto se extiende también entre los que se consideran alternativos o contrarios al modelo social vigente. La persuasión que ejerce el Poder es tan intensa que parece imposible siquiera imaginar alternativas fuera del orden establecido. Alternativas que no conlleven en su misma génesis la fiebre economicista que todo lo envuelve o que no dependan del criterio infalible de unos cuantos elegidos, son rechazadas por la mayoría de contestatarios al calificarlas de utópicas. Todo las opciones quedan restringidas al marco teórico que el propio sistema nos ofrece. En consecuencia, nada de todo esto puede superar ese marco, nada nacido bajo las mismas premisas que rigen el sistema puede acabar con ese Poder establecido y ejercido, independientemente de la forma que adopte cada Estado.
  

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viernes, 12 de junio de 2015

REFLEXIONES DEL AHORA

Desorientados o simplemente reorientados, una vez más, hacia la eterna promesa de la neutralidad de las instituciones, hacia la posibilidad de virar el rumbo del sistema, de hacerlo más amable. Nos negamos a aceptar que esta democracia tiene el timón trucado y siempre apunta hacia el mismo lugar por muchas vueltas que le des y cuando además de apuntar dispara: no hace prisioneros, tira a matar.
El poder de seducción del sistema es grande y su capacidad para crear nuevos actores en su espectáculo es inacabable. No sólo ha conseguido encauzar el descontento de mucha gente con inquietudes políticas sino que se ha superado a sí mismo: ha conseguido que aquellos desencantados que consideran que lo único que no funciona son los políticos ladrones encuentren a su nuevo paladín de la decencia encumbrado de la noche a la mañana y ni siquiera se han molestado en plantearse cómo ha sido posible esa aparición.

Es cierto que la capacidad de seducción es muy potente y cuenta con unos medios de difusión de masas que la hacen altamente eficaz. Sin embargo, no hay que menospreciar el factor miedo. Sí, ese miedo que a menudo oímos decir que “está cambiando de lado”; cosa ésta que no deja de tener su parte de verdad; pero que sigue habitando mayoritariamente en nuestro lado.

Por muchas razones diferentes tenemos grabado a fuego que la pérdida es dolor. Ese dolor nos aterra y, por tanto, cualquier posibilidad de pérdida nos da auténtico pavor.

Con este miedo es con el que juegan y casi siempre ganan. En la mayoría de ocasiones la posibilidad de perder algo que ingenuamente creemos poseer, ya sea algo tan etéreo como la libertad, la seguridad vital… o algo tan material como una vivienda o un trabajo nos impide asumir el compromiso necesario para sacar adelante aquellos proyectos o tomar las decisiones en las que decimos creer o confiar.

Por eso seguimos dejando que la corriente nos arrastre, que sean otros los que decidan cómo debe ser nuestra vida. Seguimos creyendo que la utopía basta con pensarla, que para vivir ya tenemos eso que llamamos la vida real y que en esta realidad sólo es posible tratar de mejorar nuestra condición sin tener demasiado en cuenta al resto porque si lo hacemos ni siquiera podemos mejorar la nuestra. Es la ley del posibilismo que nos imponen y aceptamos como dogma. Así seguimos asistiendo al espectáculo sin darnos cuenta que somos parte de él. Lo que sucede, incluido el teatro electoral y el posterior juego de las sillas, no nos es ajeno, estamos incluidos en él y es nuestra obligación tratar de revertir el guión de la obra porque el final está escrito y no es nada bueno. Pero no queramos cambiarlo sin salirnos del guión porque eso es imposible y una vez más... a la vista está. Mientras el cambio de cromos se hace visible y nos distrae al tiempo que nos polariza al más puro estilo futbolero (“que si yo soy de éste y tu de aquel…”) el sistema sigue afianzando sus bases y sigue avanzando en sus planes. Basten como muestra los diversos tratados de libre comercio (o libre esclavitud si hablamos con propiedad) que andan impulsándose alrededor del mundo o, en un nivel más cercano, el apuntalamiento del yugo militarista impuesto sobre África desde la base Morón. 

Mientras tanto, parece que todo queda en suspenso a la espera de ver si se confirma la hipótesis lanzada desde los medios de información acerca de que el tiempo de la nueva política ha llegado y el poder ha sido tomado por la izquierda (signifique eso lo que signifique) y todos volvemos a replegarnos en nuestros reductos en la eterna espera del momento oportuno. Tal vez el momento oportuno sea cualquiera y éste sea tan bueno como el que más. Pensémoslo. Hagámoslo.

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viernes, 22 de mayo de 2015

ES TIEMPO DE REFLEXIONAR (o eso nos dicen)

Nos dicen que es el momento de reflexionar y, en mi opinión, deberíamos hacerles caso aunque sólo fuera por esta vez. Pero hagámoslo bien, pensemos en cómo es el mundo en el que vivimos, en la vida que llevamos y en cómo nos gustaría que todo esto fuera. Luego actuemos en consecuencia pero no sólo una vez cada cuatro años como les gusta que hagamos; sino todos los días. En cada acción, en cada decisión que tomemos deberíamos tener presente esa reflexión.

Guerras, hambre, enfermedad, miseria, explotación, exilio… en definitiva muerte. Ese es el panorama que vive la inmensa mayoría de los seres humanos, muertes todas ellas evitables fuera de un mundo regido por el lucro y la acumulación de riqueza y poder, es decir, fuera de un mundo capitalista. Por el contrario, todas esas muertes son imprescindibles dentro de él, son necesarias para mantener la maquinaria capitalista perfectamente engrasada. No hay alternativa, el sistema exige el sacrificio de una cantidad exorbitante de vidas cada día.

Miles de personas mueren cada día tratando de cruzar fronteras que tan sólo existen para proteger los intereses del poder, tratando de huir de una realidad atroz cuyo único horizonte es la muerte cercana. Otras tantas perecen a causa de unas guerras en las que, como siempre, los oprimidos luchan entre sí mientras los verdaderos causantes de la guerra observan cómo fluctúa su cuenta de beneficios según apuesten por uno u otro bando (aunque la costumbre suele ser apostar por los dos). Otras mueren simple y llanamente de hambre, mueren porque el sistema exprime sus vidas y el territorio que habitan sin importar nada más que la ganancia que de ello obtienen.  Muchas más malviven compartiendo su vida con enfermedades que no sólo son curables sino que, en muchos casos, se deben al comportamiento devastador del poder en la explotación de recursos naturales.
Es posible que se pueda sentir esto como lejano; aunque sólo si tenemos inoculado el egoísmo capitalista que impide ver más allá de las circunstancias personales, porque cualquier ser humano que no haya perdido del todo su “humanidad” es imposible que no sienta como propio todo este dolor en mayor o menor medida (a pesar de los innumerables métodos de distracción e inutilización de la conciencia de los que disponemos en las llamadas sociedades desarrolladas).

Lo que no podemos sentir lejano es nuestro día a día, nuestro modo de vivir. Reflexionemos sobre cómo la experiencia única de la vida se desarrolla dentro de unos límites impuestos tan estrechos (cada vez más) que prácticamente nos hemos visto reducidos a convertirnos en seres que luchan por la supervivencia en lugar de disfrutar y experimentar la vivencia. Hemos aceptado el camino marcado de sumisión a los poderes fácticos y hemos abrazado la única vía que el poder reserva a los oprimidos para poder sobrevivir: el salario. Así, nos vemos abocados a aceptar todo aquello que nos imponen para poder acceder a nuestro pedacito de pastel que rápidamente consumimos, para facilitarnos el acceso a aquello que consideramos esencial, sin tener la oportunidad de preguntarnos el cómo y el porqué de la situación. Negándonos, de esta forma, la ocasión de disfrutar de nuestra propia vida.
Reflexionemos como nos dicen, pero hagámoslo sobre todo esto y sobre tantos otros aspectos que condicionan y rigen nuestra vida. Hagámoslo  de verdad y, luego, veamos si un cambio radical es posible a través de los mecanismos que nos ofrecen.

No se trata de votar a tal o cual o de no votar. Se trata de comprender qué podemos esperar de cada una de esas acciones. Se trata de ver la posibilidad real de cambio que puede existir, de demoler este modo de vida criminal a través de mecanismos ofertados por el propio sistema. Pero, sobre todo, se trata de comprender que no existe razón alguna por la que la mayoría de las personas deban vivir miserablemente mientras unas pocas se apoderan de todo.

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miércoles, 22 de abril de 2015

TODO POR HACER, PENSAR Y SENTIR



De nuevo ha empezado la carrera electoral y el circo se ha puesto en marcha desplegando todas las carpas y haciendo desfilar a todos sus actores exhibiendo sus mejores galas. Parece que se avecinan tiempos de cambios en cuanto a la aparente diversidad de partidos políticos que han saltado a la palestra y que gracias, entre otras cosas, al constante bombardeo mediático se han convertido en pequeñas ofertas de cambio lanzadas desde las cumbres para todos aquellos insatisfechos con el panorama actual y con el discurrir de sus vidas en general (por supuesto, para todos los que todavía creen que la vía electoral es la mejor opción de cara a poder vivir en una sociedad menos desigual y menos esclavizada).

Independientemente de la creencia sobre el hecho electoral es innegable que muchos nos cuestionamos el modelo vital en el que vivimos o, por lo menos, las injusticias sociales con las que se empieza a convivir con una cierta normalidad. Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad hacia los demás comprende que lo que le sucede a otro en realidad nos sucede a todos porque para el sistema somos exactamente lo mismo, simples números, simples peones de un macabro juego donde todos sin excepción pasamos a la categoría de prescindibles en un abrir y cerrar de ojos.

Ante estas circunstancias parece claro que está todo por hacer, es decir, necesitamos de un cambio tan radical (ir a la raíz de las cuestiones) que prácticamente cualquier ámbito de nuestra vida y por tanto de nuestra sociedad necesita de nuestra actuación. Todo por hacer, esa consigna se repite una y otra vez en cualquier grupo con aspiraciones al cambio social y responde a esa angustia vital que se siente cuando comprendes que la vida debe ser otra cosa.
Siendo absolutamente cierto, es necesario comprender que esta necesidad de hacer debe nacer de la reflexión porque si no es así es más que probable que acabe conduciendo a un desgaste que, a la postre, resulte útil solamente a los intereses del poder ya que acaba por hacer renunciar a mucha gente que se recluyen en la esquizofrenia cotidiana que implica nuestra vida actual. La acción sin reflexión sólo puede darse bajo mandato ajeno (ya sea el partido, el colectivo, el líder…) o siguiendo dogmas, por muy antisistema que sean éstos, que nos conducen a ridículas disputas entre teorías decimonónicas que prácticamente nunca se han puesto en práctica y sobre las cuales no se admite discusión por parte de sus seguidores.

Por tanto nos enfrentamos al todo por pensar, porque sin desmerecer ideas y teorías ajenas con las que podemos simpatizar es imprescindible que cada cual reflexione (y dando un paso más allá, ponga en común esas reflexiones con el máximo posible de personas) y trate de comprender desde su propia vivencia el mundo que le rodea y cómo es su relación con ese mundo para poder ser capaz de visualizar de qué manera se puede incidir en el cambio que se considere oportuno. La reflexión es el paso previo que imprescindiblemente hemos de dar para que la acción no se convierta en una especie de trabajo (algo así como un activista profesional que anda en todas partes sin involucrarse en ninguna) rutinario donde la forma se imponga al fondo y, por tanto, se imponga una vez más la razón del sistema que propugna lo superficial y lo inmediato.

Sin embargo, el factor crucial de esta ecuación es desde donde se inicia ese proceso de reflexión. Aquí entra en juego la última parte del enunciado: todo por sentir. A mi modo de ver, la reflexión que no nace de un sentir el objeto de la reflexión como propio se queda en un mero ejercicio de intelectualidad y es, sin duda, el primer paso hacia una acción inocua. No podemos realizar ningún tipo de planteamiento sin ser plenamente partícipes, especialmente a nivel emocional, de aquello que pretendemos modificar. Sólo cuando una situación duele a todos los niveles tiene la suficiente fuerza para conseguir que las personas nos involucremos de manera relevante en un proyecto.
La cuestión es si en un mundo en el cada vez se vive de forma más superficial es posible sentir, empezando por sentirnos a nosotros mismos. En una sociedad donde la realidad se abre camino a través de una pantalla y la interacción cada vez se restringe más a las posibilidades que ofrece un teclado es más difícil comprender el significado de la palabra fraternidad que bien pudiera estar en la base de muchos proyectos emancipadores colectivos.

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jueves, 12 de marzo de 2015

NO ES POSIBLE

En los últimos años ha ido creciendo la necesidad que muchas personas sentían de cambiar el funcionamiento de la sociedad actual. No hay que engañarse, en la mayor parte de los casos esto se debe tan sólo al desmoronamiento de un modo de vida que hasta el instante anterior a su desaparición era percibida como idílica e insuperable.
Esta necesidad se ha ido canalizando de diversas formas, ya sea en el ámbito colectivo como en el individual, construyendo desde cero o participando en diferentes movimientos de protesta o de construcción de pequeñas realidades paralelas y a menudo marginales que pueden convertirse en el germen de nuevos modelos de relación y funcionamiento o, simplemente, en un apunte más en la lista de guetos alternativos.
Pero cualquiera que haya sido la opción elegida, esa necesidad de la que hablábamos hace que surja una nueva necesidad: la de organizarse colectivamente de cara a que ese cambio de funcionamiento pueda llegar al máximo de personas posible.
Es aquí donde surgen dos vías que algunos consideran complementarias y otros, simplemente, antagonistas.

Por un lado, están los que optan por la organización dentro de un partido o plataforma política porque entienden que sólo desde el acceso a las esferas del poder político es posible realizar los cambios, a través de legislación, que estiman necesarios.
Por otro lado, están los que creen que no es posible cambiar el sistema desde dentro y deciden que la organización debe establecerse al margen del juego de los partidos políticos y todo lo que ello implica.
Finalmente, están las personas que, de buena fe o no, consideran que toda vía es importante y digna de ser experimentada sin encontrar contradicción alguna en ello.

Personalmente, no me interesa estar dentro de la vía partidista, sea en uno de los partidos tradicionales o en uno de los de nuevo cuño (incluidas las plataformas municipalistas tan de moda últimamente) a menos que el único punto de su programa sea la disolución de las instituciones locales para conformar una especie de zona autónoma desligada del dominio de instancias superiores y gobernada por todos los habitantes de esa zona. Como sé que eso no es posible por la vía de las urnas y las instituciones, mejor dejo vía libre a los que crean en ello. Estoy convencido de que no es por este lado por donde pueden venir los cambios sustanciales que nuestro modo de vida necesita para garantizar una existencia libre y respetuosa.
Eso sí, si se consigue superar el claro efecto desmovilizador que las nuevas agrupaciones políticas están fomentando (no sé si de forma intencionada o no, quiero creer que no aunque quién sabe) que, en mi opinión, es la peor consecuencia de esta aparición ya que se ha conseguido canalizar el malestar y la rabia por cauces estrictamente institucionales y bajo consignas y propuestas cada vez más descafeinadas. Si se consigue superar esto, es posible apreciar el lado positivo del asunto que para mí es la politización (en el buen sentido de la palabra) de toda una serie de personas que, hasta la fecha, permanecían ajenas al devenir político-social y que ha empezado a sentir esa necesidad de cambio de la que hablábamos. El tiempo dirá si la vía elegida sirve para satisfacer esa necesidad.

En realidad, me interesa mucho más esa otra vía al margen de partidos y carreras electoralistas. Un camino que al carecer de la premura y la urgencia del calendario electoral y estar, al menos a priori, libre de luchas por acceder a posiciones de privilegio y poder, es el que me ofrece mejores expectativas de cara a contribuir a la construcción de un mundo nuevo o, al menos, a tratar de vivir con el máximo de coherencia posible entre acción y pensamiento dentro de este mundo tan poco humano. Sin embargo, este camino no está libre de muchos de los males característicos de la actual sociedad capitalista puesto que, aunque nos pese, estos caminos se construyen desde el bagaje personal de cada uno y éste ha sido forjado dentro del modelo social en el que llevamos malviviendo desde hace tanto tiempo.
Por eso es necesario ser conscientes de estos aspectos a la hora de enfrentarnos a la colosal tarea que supone la construcción de una nueva realidad tanto individual como colectiva. Esta tarea parece prácticamente imposible, sobre todo, si no somos capaces de desprendernos de algunas actitudes que en el actual mundo capitalista pueden ser muy útiles para medrar y navegar por el denso mar social pero que no pueden tener cabida en ese otro mundo posible.

No es posible asegurar que la próxima sociedad será el fruto del debate y del consenso de los que en ella quieran vivir y al mismo tiempo defender la idea propia como la verdadera frente a las demás. Esto nos lleva a la incapacidad, mejor dicho a no tener la más mínima intención de escuchar todo aquello que se pueda proponer fuera de nuestro marco de referencia ideológico. Inevitablemente, sucede que dónde debieran existir debates constructivos sólo quedan monólogos repetidos hasta la extenuación con la única intención de vencer por agotamiento. Es decir, la vieja táctica de la imposición.
En muchas ocasiones, es necesario encontrar un equilibrio entre la experiencia de luchadores de largo recorrido y el ímpetu de los recién llegados. No podemos defender una sociedad sin dominación y luego pretender dominar cada grupo en el que se participa en virtud de una trayectoria vital de lucha. No significa desdeñar la experiencia ni mucho menos, pero no nos engañemos con toda esa experiencia estamos donde estamos. Así que tal vez sea un buen momento para abrirnos a nuevas propuestas o argumentos. Tampoco hay que caer en la soberbia del que acaba de aterrizar y pretende saber todo lo que hay que saber para revertir la situación.

Cuando tratamos de organizarnos al margen de estructuras políticas es imprescindible despojarnos de todas estas viejas formas de funcionamiento, de toda esa egolatría que nos hace sentirnos más importantes que el resto, poco menos que imprescindibles para la revolución, que sólo sirven para eternizar situaciones que no llevan a ninguna parte y desmoralizar a mucha gente que acaba convenciéndose de la necesidad de una jerarquía (una cadena de mando) que guíe y dicte los pasos a seguir.
No es posible construir un mundo nuevo con lógicas y actitudes viejas.

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jueves, 12 de febrero de 2015

CONCEPTOS VACIADOS


Se pregona por todas partes que vivimos en la era del conocimiento y de la información. El acceso a la educación está más generalizado que en cualquier otro momento de la historia (de hecho, en muchos lugares, se persigue al que pretende escabullirse del reclutamiento forzoso que supone la integración al sistema escolar).

Se ha glorificado la red como el medio de acceso al conocimiento y como centralidad de la vida tanto social como personal, asumiendo que este hecho nos proporciona todo aquello que los poderosos pretenden escondernos al mismo tiempo que nos abre las puertas de par en par al mundo de la comunicación instantánea y de la sabiduría a golpe de clic. Tenemos disponibles innumerables medios de información en cualquier formato imaginable que nos mantienen al día de lo que sucede a cada segundo y en casi cualquier lugar del mundo.

Por otro lado, existe un acceso ilimitado e inagotable a todo tipo de productos culturales de todas las épocas que nos permiten conocer la trayectoria humana con una perspectiva jamás imaginada hasta hoy.

 
En definitiva, estamos en un momento histórico en el que ya no parece posible achacar a la falta de instrucción la incapacidad social para la transformación. De hecho, podríamos estar ante la paradoja de que un exceso de formación e información nos haya conducido a una incapacitación intelectual para imaginar siquiera la posibilidad real de cambio social que nos acerque, al menos un poco, a una sociedad libre con todo lo que esto implica.


Precisamente, en el significado de los conceptos que envuelven todo discurso transformador se nota el daño realizado por toda esa maraña de conocimiento e información.

En los últimos tiempos me llama mucho la atención cómo los grandes ideales se han ido fragmentando y parcializando hasta reducirlos a palabras huecas que sólo sirven para ser lanzadas como consignas desprovistas de toda fuerza revolucionaria. Me refiero a conceptos como justicia, igualdad, solidaridad, democracia, amor… pero especialmente me sorprende lo que sucede con el caso de la libertad.

Siempre he creído que la libertad debe ser uno de los cimientos sobre los que asentar cualquier tipo de relación, incluidas todas aquellas que están por crear mientras andamos caminando hacia ese otro mundo nuevo que buscamos sin cesar. Esa creencia se basa en el papel central que la libertad siempre ha jugado en cualquier teoría revolucionaria. Por supuesto, estoy convencido de que no soy el único que así lo cree y, lamentablemente, muchos no están por la labor transformadora.

Así vemos, cómo la libertad como concepto absoluto se ha ido desmembrando y etiquetando en lo que podríamos denominar libertades menores y parciales que inevitablemente llevan a luchas igual de pequeñas e insustanciales.

Libertad de expresión, de movimiento, de conciencia, de información… grandes palabras que, en definitiva, canalizan esfuerzos y desactivan procesos transformadores. Se persigue y se consigue el desgaste continuo en la defensa de causas que, en el mejor de los casos, conducen a la aceptación de una legislación que en nombre de alguna de esas libertades impone una restricción aún mayor que la existente previamente, pero cuyo objetivo principal es no permitir la reflexión y el razonamiento colectivo acerca de la libertad y sus implicaciones. Sólo de esta forma es posible la movilización de grandes y numerosos grupos de personas que, posiblemente con toda la buena voluntad del mundo y en muchos casos con una falta absoluta de reflexión, sirven como punta de lanza de los intereses del poder en temas como el que nos ocupa. De esta forma, es absolutamente espeluznante ver a la gente salir a la calle para defender la libertad de expresión por lo ocurrido en Francia al tiempo que se aprueban leyes cada vez más represivas contra la libertad. No sólo eso sino que además, vemos cómo se aprovecha esa energía para modelar una opinión pública que es capaz de defender la libertad de (una) expresión y mayoritariamente apoyar la cadena perpetua, llegando así a la cúspide de la esencia del ser humano actual.

 

No es posible una libertad parcial. ¿Qué significa libertad de expresión cuando millones de personas no tienen voz ahogadas bajo el yugo de la pobreza impuesta y la amenaza de muerte constante por inanición? ¿Libertad de movimiento? ¿Se referirá eso a los miles que cada año mueren tratando de atravesar alguna frontera siempre situada al norte de sus lugares de nacimiento? ¿Qué libertad de información puede haber en un sistema controlado absolutamente por las grandes transnacionales? No tiene sentido luchar por una pequeña parcela cuando el campo es tan grande, pero lo seguimos haciendo, seguimos tragando con sus normas del juego y reivindicando aquello que nos dicen y nos dejan sin tratar de ir más allá ni que sea a nivel intelectual. Porque si vamos más allá de eso, cabría la opción de reflexionar y preguntarnos qué es exactamente eso que llamamos libertad, podríamos interrogarnos acerca de si es posible alcanzarla en una sociedad esclava del tiempo y de la emoción, sería deseable que cada cual estableciera qué entiende por libertad y cómo sería posible compaginarla con el resto (eso si de nuestras reflexiones extraemos que no es posible la libertad si ésta no es global, para todos).

Aunque, a lo mejor, no necesitamos ir más allá y nos basta con creer en las enseñanzas de los gurús ideológicos que cada cual defiende. A lo mejor, con eso, sirve para alcanzar la libertad. Es posible que no tengamos que reflexionar tanto y sólo debamos actuar. Aunque tal vez eso es lo que ya estamos haciendo desde hace mucho…

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jueves, 18 de diciembre de 2014

LA ESCLAVITUD SE HACE LEY

Todos, debemos ser conscientes de que ya no hay espacio entre nosotros para las tibiezas, para las soluciones parciales, para la vuelta a tiempos mejores. Todo eso ya no es posible.

El capitalismo en su dinámica destructora sigue avanzando, cada vez más acelerado. Las máscaras han caído y ya no necesitan esconderse más, no necesitan colchones de seguridad ni falsas vías de escape.

Pasaron los “días felices” donde lo prioritario era inculcarnos el afán consumista, el apego a sus productos y la ilusión de prosperar en la vida a base de trabajar y ser buenos ciudadanos.

Pasó el tiempo en que nos envolvieron con su bienestar público, su crecimiento económico y sus infinitas posibilidades de ocio dirigido. Sí, seguramente disfrutamos esos días, sin querer saber, sin querer darnos cuenta de que aquello era posible a costa de millones de vidas humanas, a costa de aniquilar la naturaleza, a costa de ser aniquilados nosotros mismos como seres humanos.

Ese tiempo pasó. Ahora que ya somos fieles seguidores de sus democracias, ahora que ya no podemos vivir sin su salario, ni podemos prescindir de sus comodidades, ahora ya no necesitan más zanahorias para guiarnos. Ha llegado el momento en que la verdadera cara del capitalismo se haga visible. Los que creíamos vivir en la zona segura del mundo vemos cómo todo lo que en nuestra concepción sucedía en regiones recónditas está pasando ahora, aquí, en nuestra sociedad.

Millones (sí, millones) de personas sin poder alimentarse tanto como deberían; sin poder disfrutar de algo tan básico como un hogar (desahucios, pobreza energética…); millones de personas sin ningún tipo de ingreso, que malviven de la caridad; cientos de miles de personas sin acceso a la sanidad más básica y un largo etcétera de situaciones suficientes cada una de ellas para avergonzarnos como seres humanos.

Esa es nuestra realidad, la realidad de un país calificado como moderno y desarrollado. La realidad de un país democrático, de un estado de derecho que tiene como norma sagrada garantizar el bienestar de sus habitantes. Pero como dije, eso ya pasó. Y a pesar de sus esfuerzos por hacernos creer que esto es pasajero y a causa de la corrupción generalizada entre los políticos gobernantes, sabemos que no es cierto. También sabemos, aunque nos de miedo aceptarlo, que ahora vivimos en la realidad capitalista y, sabemos, que va a ir a peor. Así es, ahora vemos que no es una crisis, ni una estafa; sino el desarrollo lógico de un mundo liderado por psicópatas.

Tan sólo hay que ver en qué andan los gobernantes para afrontar esta realidad que con tanta crueldad nos golpea y que con tanta urgencia necesita un cambio radical.

Por un lado, tenemos el TTIP (junto a sus hermanos CETA y TISA), todos ellos acuerdos para el libre comercio entre Europa y Estados Unidos de todo lo que es susceptible de ser mercancía, es decir, de todo y todos. Sí así como suena, incluyámonos en esa lista porque eso es lo que somos al fin y al cabo para el modelo capitalista: mercancías. Estos tratados que se están negociando en secreto según dice la prensa aunque raramente habla de ello (como si para el resto de embustes legales hubieran contado con nosotros), nos conducen hacia un nuevo escalón en el sistema de dominación capitalista. Unos tratados que definitivamente ponen bien a las claras dónde residen los actuales dictadores de las normas que rigen las vidas que habitamos el planeta: en las grandes corporaciones. En este tratado se facilitará el rango de máxima ley a la esclavitud laboral, denigrando más todavía, aunque parezca imposible, la condición de asalariado; se otorgará al gran capital el derecho de patentar y por tanto poseer (con todas sus letras: poseer) y lucrarse con ello todo lo que considere, incluidas toda forma de vida y cualquier proceso natural; legalizará cualquier tipo de aberración como el fracking con la excusa de su imprescindible necesidad para asegurar el normal funcionamiento de la población; pondrá a los dueños del sistema en el lugar que les corresponde, situando a las transnacionales por encima de cualquier legislación existente y con el derecho a reclamarle a cualquier país compensaciones económicas si considera que no se ha llevado un trozo del pastel lo suficientemente grande (tribunales de arbitraje le llaman a esto); todo esto y mucho más pasará a formar parte de las reglas del juego con carácter legal.

Por supuesto que nada de esto es nuevo, de hecho es algo que ya vamos viendo en nuestro día a día, sin embargo cuando el Tratado se firme y entre en vigor, la situación degenerará hasta límites inimaginables (si no podemos mirar cómo le ha ido a México desde que firmaron el NAFTA).

Por otro lado, tenemos en el ámbito patrio, la Ley Mordaza (aunque no os creáis que no tiene equivalentes en el resto de países) la plasmación de esa frase tan manida del “brazo armado de la ley”. El único objetivo de esta ley es asegurarse la nula contestación al proceso de explotación y esclavitud por el que transitamos y garantizar la absoluta entrega de la población a la causa capitalista. A través de diferentes mecanismos se trata: Por un lado de inocular miedo a los que empiezan a notar en sus carnes los efectos del sistema y se deciden a salir a la calle a ejercer su derecho a la protesta (si es que eso existe). Esto se hace allá donde el sistema sabe que más daño puede causar: el bolsillo, aplicando multas económicas por actuaciones y actividades que hasta no hace mucho estaban amparadas por la figura de los derechos fundamentales. Por otro lado, para aquellos considerados más peligrosos por el sistema, añaden el terror físico y emocional; dejando claro qué comportamiento no es el adecuado.

Esta ley da plenos poderes e impunidad a la policía para actuar según crea conveniente sin necesidad de que ninguna instancia superior autorice nada. Liquida la poca libertad de expresión que realmente quedaba en este país y garantiza un sistema de espionaje global que alcanza todas las esferas de la vida.

Como decíamos anteriormente, nada nuevo si exceptuamos el marco de legalidad que ofrece a estas prácticas habituales (cualquiera que haya participado en algún movimiento antagonista ya sabe de qué va esto) del sistema represor. El régimen FIES, las torturas denunciadas hasta la saciedad, la dispersión de presos, los ficheros policiales… En definitiva el terrorismo de Estado ha estado y estará presente. Esta nueva ley lo que hace es ampliarlo a toda la población y garantizar la impunidad de los ejecutores.

Estas dos cuestiones dejan a las claras el perfecto reparto del trabajo que conlleva el capitalismo en su estado actual, las corporaciones dirigen y los Estados reprimen. La combinación perfecta, ambos salen ganando. Por eso, resulta difícil imaginar una salida a través del propio sistema (y mira que se empeñan es hacernos creer que es posible).

 
A los que todavía creéis que esto no va con vosotros y que el mundo funciona estupendamente, sólo os digo que prestéis atención, que abráis los ojos y miréis a vuestro alrededor, pero sobre todo que os fijéis en aquello que más queréis (a vosotros mismos, vuestras familias, amigos…) y os paréis a pensar por un momento si de verdad es oro todo lo que reluce, si de verdad la vida se reduce a cumplir con el papel asignado.
Sabed que aquello que consideráis lejano ya está aquí, siempre lo estuvo pero ahora se ha convertido en algo cotidiano, palpable, real y que va a acabar con todo aquello que amáis, incluidos vosotros mismos.

A los que lucháis; a los que sentís la necesidad de hacer algo por cambiar el mundo que os rodea; a los que sabéis que las cosas no son como nos las cuentan; a los que no estáis dispuestos a consentir más abusos, más explotación, más muerte. A todos vosotros mi admiración, mi ánimo y mi apoyo para seguir adelante.

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