miércoles, 16 de noviembre de 2016

LO ADMITO, NO SÉ DE TODO



Así es, no sé todo. Lo admito, me señalo y cargo con ello. No sólo eso, sino que además no tengo algo que decir ni (que) opinar sobre cada acontecimiento que me sitúan delante de los ojos los medios de comunicación o las redes sociales. Eso no significa que apoye una determinada postura por omisión; significa, simplemente, que no tengo nada que aportar sobre determinada cuestión por desconocimiento o porque no me gusta repetir argumentos u opiniones ajenas para conseguir la bendición de nadie.

Pensaba que el fenómeno de los “expertos en todo” se reducía a ambientes muy específicos. Lugares como los bares, los mass media y los escalafones de los partidos políticos donde habitan sus cabezas visibles… siempre han estado repletos de gente con una necesidad imperiosa de dar su opinión sobre todo (normalmente acompañan esta necesidad con la creencia de estar en posesión de la verdad, por supuesto, su verdad que es la única).
Pero hace tiempo ya, que este fenómeno se ha expandido de manera imparable alcanzando todos los rincones de la sociedad.

La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de Internet y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria.
No tengo nada en contra de que la gente nos informemos, más bien al contrario, me parece fantástico. Aunque estaría bien que, además, nos formemos y hasta incluso que tratemos de establecer algún tipo de relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en el mundo. Intentemos hacerlo con algún tipo de filtro crítico y escéptico antes de dar por buena cualquier teoría o hecho y su contrario. Incluso, debemos estar dispuestos a admitir que hay cuestiones que nos superan (ni que sea de momento) y que por tanto no podemos tener una opinión sólida al respecto.

Esta proliferación de “expertos en todo” no me importa en absoluto cuando me la encuentro en reuniones familiares, en un bar, o en el trabajo.  He de admitir que incluso me divierte según cómo sea. Pero me parece mucho más preocupante cuando me la encuentro en ambientes alternativos donde se supone que el pensamiento crítico es algo importante. Me resulta especialmente triste constatar que en muchas ocasiones las personas con opiniones formadas sobre todo no hacen más que repetir argumentaciones y discursos ajenos que ni siquiera son capaces de explicar cuando se les pregunta. Lo sé porque seguramente leo las mismas páginas y los mismos textos que ellos.
Es justo en ese momento cuando todo suele terminar, porque es entonces cuando los expertos suelen acudir a los grandes tótems del asunto en cuestión que se esté tratando o, directamente, a las sacrosantas palabras de los grandes gurús de la ideología política que predomine en ese ambiente. Y claro, llegado a este punto también admito que no me he empapado las obras completas de ningún ser humano al que se le otorgue la autoridad máxima en cualquier –ismo. Así que una vez este dato salta a la palestra de una u otra forma, parece ser que automáticamente me invalida para cuestionar esos argumentos de dicho experto. En ocasiones, incluso, me convierte en sospechoso de colaboracionismo con el enemigo, reaccionario o pequeño burgués según de dónde venga la acusación.

En fin, hay tantos frentes abiertos, tantas cuestiones que nos afectan de una forma brutal y directa que resulta dificilísimo estar bien informado/formado sobre todo. Personalmente, no lo estoy pero me niego en redondo a que eso sea un motivo para tener que aceptar imposiciones argumentales o ideológicas.
Si no somos capaces de apoyarnos y fomentar la coeducación entre nosotros, si no es posible el debate sin miedo a ser excluido, si la capacidad de transmitir conocimiento y experiencia sólo se utiliza para colgarse medallitas absurdas en lugar de utilizarla para ampliar las posibilidades de revuelta, entonces todo queda reducido a la mínima expresión y nada puede suceder más allá del pequeño grupo de autoproclamados expertos.
Más o menos lo que sucede ahora.
 

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jueves, 20 de octubre de 2016

CANSANCIO




Cansancio, hartazgo, monotonía, soledad… diversas formas de definir la sensación que muchísima gente que cree pertenecer al culmen de la civilización humana tiene sobre su vida. Esto es lo que caracteriza a la sociedad en la que vivo, pequeño extracto de la sociedad occidental.
Los días se suceden en un eterno “día de la marmota” carente de significado. Cada cual imbuido en su dinámica que, independientemente de la que sea (laboral, familiar, social…), conduce a un inmovilismo vital que nos encierra en nosotros mismos o, en el mejor de los casos, en pequeños grupos humanos creados alrededor de una idea común que con el paso del tiempo se vacía de significado (si es que alguna vez lo tuvo) y se convierte en una mera representación social.
Nos convertimos en víctimas para nosotros mismos y frente a los demás, a los que pasamos a considerar nuestros enemigos si no son capaces de entender la gravedad de nuestra situación. Por supuesto, nosotros somos incapaces de ver que el resto está exactamente en la misma posición. El resultado de todo esto es que inmediatamente todos estamos enfrentados. Así se cierra el círculo virtuoso que posibilita una desconexión total entre iguales y, por tanto, se pierde la posibilidad de romper esta telaraña que nos oprime, ya que sin el otro es absolutamente imposible.
¿Cómo es posible llegar a este punto? Vivimos en una sociedad desarrollada. En ella nuestra única preocupación debiera ser poder expandir las potencialidades humanas hasta donde fuéramos capaces. Existe el conocimiento suficiente para garantizar que las necesidades físicas básicas estuvieran más que cubiertas para todo el mundo y, sin embargo, hemos creado un mundo que mata sistemáticamente a millones de personas cada año y que a otras tantas las aniquila moral e intelectualmente. Lo sabemos, vivimos de una forma que no nos corresponde, que nos es ajena pero a la que no estamos dispuestos a renunciar a pesar del dolor que nos causa y causamos.
Para paliar esto, en la medida de nuestras posibilidades, es para lo que creamos esa imagen de víctima y nos aislamos. Nos refugiamos en vidas virtuales vividas a través de las redes y la televisión. Nos repetimos las mentiras que nos venden a diario hasta convencernos de su autenticidad y poder mantenernos a salvo. Compramos su propaganda solidaria aunque sepamos de su falsedad moral con el único objetivo de conseguir que no reviente nuestra burbuja, construida con tanto esfuerzo y renuncia. Una burbuja de la que no nos atrevemos a salir porque conocemos el dolor y no queremos vivirlo preferimos la sedación diaria que nos produce nuestra soledad consumista, triste consuelo pero consuelo al fin y al cabo. Nos hemos convertido en adictos. Adictos a lo indoloro, a lo insustancial, a lo superficial, adictos a lo inhumano. Así es el mundo del que formamos parte cada unos de nosotros desde nuestra burbuja.
 

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sábado, 10 de septiembre de 2016

DESHUMANIZADOS

Hace unos pocos días se conmemoraba el aniversario de la muerte de Aylan, un pequeño ser humano que murió tratando huir de unas circunstancias vitales que pese a lo que pudiera parecer, no son una fatalidad del destino, sino la realidad orquestada y ejecutada por el hombre.
En realidad, no se conmemoraba su muerte. Más bien, la publicación de la fotografía donde ésta se representaba. Aylan era un pequeño kurdo que murió en las costas turcas huyendo del Estado Islámico y, esto, no deja de ser una paradoja macabra que, por supuesto, ningún gran medio de comunicación se tomó la molestia de comentar. La familia de Aylan huía de sus verdugos y murió en la puerta de los mismos verdugos. Era un viaje que ya estaba condenado, sin posible final feliz, pero a nadie le importa.
Porque en esta sociedad prima el espectáculo y éste está en la fotografía, está en el continente y no en el contenido. Hace un año aquella foto revolucionó los mass media que le dedicaron horas y horas a lo que ellos se encargaron de denominar la crisis de los refugiados (aunque en realidad se les niegue todo refugio, pero esto es sólo otro de esos aspectos irrelevantes). Sólo era eso, espectáculo. Docenas de entrevistas y reportajes que repetitivamente “denunciaban” la situación en que se hallaban y se hallan esos cientos de miles de seres humanos. Por supuesto, ni una sola referencia a causas o culpables más allá de la versión oficial, ni una sola alusión al hecho de que aquella no era una situación excepcional tal y como se nos quería hacer ver. Porque lo cierto, es que no lo era, no lo es.
Un año después, esos mismos medios recuperan el tema preguntándose qué ha pasado. Creían (o eso pretenden que creamos) que aquella fotografía cambiaría el mundo o, al menos, aquella situación dándole una solución. Nos infravaloran, sin duda, nos infravaloran y nos creen incapaces de comprender que todo su despliegue sirvió para lanzar campañas y mensajes y lavaconciencias y para, efectivamente, dar una solución: criminalizar al diferente y tratarlo en consecuencia. A él y a los que al margen de lo institucionalmente marcado deciden hacer algo al respecto. Sólo hay que ver cómo al tiempo que se rasgaban las vestiduras por la falta de soluciones se lanzaba la construcción de un nuevo muro antipersonas por parte de Francia e Inglaterra en Calais.
Sin embargo, no voy a negar que hay un aspecto de lo repetido estos últimos días que me ha llamado la atención por lo acertado; aunque difiero y mucho, del carácter excepcional que le daban. Se hablaba estos días de que la principal causa de la inacción política e, incluso, ciudadana se debía a la deshumanización a la que se había sometido a los refugiados (curiosamente esos mismos medios parecían autoexcluirse de este fenómeno, cuando son fundamentales para ello).
La deshumanización no es un fenómeno natural y puntual como pareciera, ni siquiera es la consecuencia de una determinada forma de pensar y/o actuar. Deshumanizar, quitar el carácter humano o sentimental a las personas, es algo absolutamente imprescindible para el funcionamiento de una sociedad consumista y explotadora como ésta de la que formamos parte.
Deshumanizar lo hacemos todos o casi, cada uno tiene sus razones pero es un mecanismo al que todos recurrimos para, de forma consciente o no, justificar nuestra forma de hacer. Al no reconocernos como lo que somos y aceptar una supuesta superioridad moral, intelectual o del tipo que sea podemos seguir viviendo como si tal cosa, como si Aylan fuera un caso aislado y no uno entre miles que cada año mueren tratando de cruzar unas fronteras, tras las que suponen un paraíso, que justificamos y defendemos por encima de todo creyendo que son algo más de lo que realmente son: meras divisiones estratégicas que delimitan las casillas de un tablero global en el que en el mejor de los casos somos simples peones y la mayoría de las veces, no pasamos de simple mercancía que es consumida y desechada.
Sólo así, podemos seguir adelante sin pensar en que cada año las prioridades de unos pocos que hábilmente transforman en los deseos y necesidades de unos muchos, condenan a muerte por falta de alimentos a más de tres millones de pequeños seres humanos como Aylan en todo el mundo. Haciendo un cálculo grosero y rápido corresponde a la muerte de un niño cada diez segundos, pero no importa cuántos millones mueran porque no son como nosotros, no nos importan, no nos incumben.
Esa misma deshumanización la trasladamos a nuestro día a día, a nuestro entorno. Parece que ya muy pocos nos incumben, sólo a los muy cercanos (por las razones que sea) los consideramos como a iguales y, por tanto, merecedores de nuestra atención, comprensión y solidaridad.
Sé y sabemos, por mucho que nos digan y nos lo quieran hacer creer, que esto no es innato. Nuestra naturaleza es solidaria, colaborativa y desprendida. Pero han conseguido que esto sólo aflore en situaciones extremas cuando la desgracia nos golpea de modo tal que no la podamos obviar. Por supuesto y afortunadamente, existen y siempre existirán esos seres que todavía comprenden de verdad que la solidaridad es la verdadera fuerza del Ser Humano.

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jueves, 21 de julio de 2016

DESCONFÍA DEL PREDICADOR


Predicar es defender o extender una doctrina o unas ideas, haciéndolas públicas o patentes. Es pronunciar un discurso o un sermón de supuesto contenido moral. También tiene una acepción en la que dice aconsejar o reprender a una persona, amonestándole o haciendo observaciones para persuadirle de algo.

Todo esto y más es lo que hace el predicador, una figura muy extendida en estos tiempos (probablemente a estas alturas ya todos tengamos a varios en mente) Habitualmente, un predicador necesita de un púlpito para hacerse oír y, de eso, hoy en día vamos muy sobrados. En la época de la interconexión, de la información (o desinformación según se mire) cualquiera es susceptible de convertirse en predicador. Desde el Gobierno, la Iglesia, la Patronal, los medios de comunicación, la cúpula del partido, el comité de empresa… pero también en la asamblea de tu colectivo, en tu grupo de amigos, en cualquier página de Internet… Muchos son los que sienten la necesidad de predicar la verdad, su verdad.

Desconfía del predicador que se atribuye una superioridad moral y/o intelectual para explicarte cómo funciona el mundo y en qué nos hemos estado equivocando, que asegura ser el portador de todas las respuestas y conoce todos los hechos habidos y por haber.

Desconfía del predicador que sabe en cada momento qué es lo que debes hacer, cómo debes pensar y cómo tienes que sentirte al respecto.

Desconfía del predicador que se sitúa a sí mismo como ejemplo a seguir, como faro intelectual o espiritual en un mundo de penumbras peligrosas.

Desconfía del predicador que afirma conocer la solución a tus problemas pero jamás se detiene a preguntar por ellos puesto que sus razonamientos son infalibles y carece de sentido el tener que apoyarlos en nada que no sean sus propias teorías.

Desconfía del predicador que se erige como el guardián de una teoría, la única, capaz de hacer realidad la salvación de la humanidad; que se atribuye la potestad de señalar a los que cumplen los preceptos de forma ortodoxa y a los que no son más que falsarios vendedores de humo cuyo único propósito en la vida parece ser reventar el inevitable triunfo de la verdadera teoría.

Desconfía del predicador que utiliza todos los medios a su alcance para bombardear intelectualmente, desconfía de mí. Lo que escribo es fruto de mis reflexiones y mis vivencias y, probablemente, sólo me sirva a mí en el mejor de los casos. Desconfía y que esa desconfianza te lleve a la duda y a la necesidad de reflexionar y experimentar, en definitiva a vivir. No rechaces sin más al predicador porque eso te lleva a convertirte en uno más que se dedica a replicar y repetir consignas y opiniones que carecen de sentido si no van acompañadas de la práctica en la vida cotidiana. Predicar es fácil, cualquiera puede hacerlo (yo mismo sin ir más lejos) y en una época en que el espectáculo es lo que prima la figura del predicador gana adeptos a cada segundo convirtiéndonos en meros hinchas fanáticos de uno u otro. Lo complicado es acompañar con hechos a las palabras. La coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos es la única manera de transitar por esta vida con un mínimo de certidumbre acerca de nuestro camino. Cuando esto sucede, sobran los predicadores. Hechos y palabras son necesarios pero siempre que caminen a la par.

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lunes, 11 de julio de 2016

COMUNICACIÓN ASIMÉTRICA

Diversas experiencias recientes me han hecho ser consciente de una cuestión que lleva sobrevolándome desde hace tiempo pero que, hasta ahora, no he sido capaz de organizarla en mi mente y poder reflexionar sobre ella.
Se trata de la forma en que nos comunicamos, concretamente, de la manera asimétrica en que lo hacemos y del peso que eso tiene en el mantenimiento de un sistema social absolutamente injusto.
La comunicación asimétrica viene dada cuando dos o más hablantes tienen un distinto nivel de habla o rol jerárquico y manejan distinta cantidad de información.
Este tipo de comunicación es característica en nuestro mundo jerarquizado hasta el extremo. La encontramos en situaciones tan dispares como en la relación médico-paciente, profesor-alumno, padres-hijos, policía-ciudadano…
Como vemos, en esta forma de comunicación existen dos características fundamentales: el rol jerárquico y el manejo de la información. Estas dos cuestiones son fundamentales a la hora de establecer y fortalecer un sistema de falsas castas en el que el objetivo principal es convencer al individuo de que hay otros que están en peor situación y, por tanto, lo mejor que puede hacer es hacerse fuerte en su posición tratando de mantener los supuestos privilegios que ostenta frente al resto. Es obvio, de qué forma este tipo de comunicación ayuda a fragmentar las relaciones entre las personas, puesto que, básicamente, consiste en la aceptación de que uno de los interlocutores está por encima del resto, justificando moralmente cualquier actuación que pueda derivarse de esta posición.
En mi opinión, cuando uno cree hablar desde una posición elevada, más que comunicarse acaba por escupir a los demás, puesto que al tener que inclinarse hacia abajo es inevitable el efecto gravitatorio sobre todo lo que sale de su boca. Esto es algo más bien metafórico pero creo que explica de forma clara lo que sucede en estos casos y cómo se siente el que se encuentra en esa supuesta inferioridad. Un eslogan muy coreado en manifestaciones es aquel de nos mean y nos dicen que llueve, creo que también describe bien este efecto.
Me parece lógico que este tipo de comunicación se emplee desde el poder y desde sus organizaciones porque es bastante consecuente con sus objetivos de dominación. Sin embargo, la capacidad de penetración que tiene ese mismo poder a través de los medios de comunicación de masas, del sistema educativo… ha hecho que esa asimetría se instale en las vidas de la mayoría de nosotros y que, en consecuencia, la hayamos trasladado a todas las esferas de nuestra vida, incluidos colectivos u organizaciones de los que formamos parte, relaciones personales, laborales…
Pero la comunicación asimétrica falsea totalmente la interacción que provoca. No es posible establecer relaciones verdaderas a través de una forma de comunicarse basada en el engaño, en la ocultación de información, en la creencia de ser superiores respecto al otro.
Así sólo construimos relaciones de subordinación, fomentamos la aparición de pequeñas élites allí donde todos deberíamos estar al mismo nivel, ejercemos la caridad donde debería imperar la solidaridad, sembramos castas donde sólo existe la especie humana…
Por supuesto, no todo se debe a cómo nos comunicamos, pero desde luego, esta es la manera fundamental en que nos relacionamos con el otro.
Por mi parte, trato de desembarazarme de todos los tics asimétricos que arrastro e intento comunicarme de forma sincera. Es lo único que está en mis manos. Siempre he creído en la necesaria coherencia entre los medios y los fines.

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jueves, 19 de mayo de 2016

5 AÑOS Y LO QUE ESTÁ POR VENIR


A estas alturas poco debe quedar por decir, toda vez que expertos, periodistas, participantes y/o oportunistas de toda clase hayan sentado cátedra sobre lo que fue, lo que es y será lo que se conoce como 15M. Tal vez sólo quede proponer a la ONU que el 15 de mayo sea el día internacional del activista (si es que no existe ya, que no lo sé).

Esto será breve, tan sólo intento plasmar las conversaciones sobre todo esto que he tenido conmigo mismo en los últimos tiempos desde la perspectiva de un participante de todo este movimiento en una ciudad no demasiado grande. Sí, hubo y sigue habiendo vida más allá de Sol y Plaça Catalunya.

El primer tema que me planteo es el paso que se ha dado desde el “No nos representan” hasta el “Sí se puede”. Sinceramente, no acierto a comprender qué es lo que se puede y quién es el que puede hacerlo. En mi visión de lo que se trataba hacer, mi implicación iba encaminada a contribuir a tejer toda una red de sentimientos, saberes y esfuerzos que sirviera para iniciar un camino hacia otra forma de ser y estar en la vida, muy alejada de la que solemos experimentar en el día a día. En ese proceso comprendí que eso no pasaba ni por la participación institucional ni por la construcción de estructuras verticales. Pensaba y pienso que la cuestión debía basarse en la autonomía de las personas dispuestas a emprender el camino y en la construcción de un proceso colectivo edificado sobre el apoyo mutuo y la autoorganización.
Me gustaría pensar que lo que sí se puede es precisamente eso pero, honestamente, creo que claramente se refiere nuevamente a la posibilidad de alcanzar ese capitalismo amable del que históricamente nos vende sus bondades la socialdemocracia.
Esto me lleva a otra cuestión, el hecho de cómo todo el entramado mediático e institucional ha presentado el mayor logro, a su entender, de todo esto. El cambio a nivel político (entendiendo por supuesto, la política como aquello que hacen los partidos) que ha supuesto el 15M y su máxima expresión: la irrupción de la nueva política plasmada en los ayuntamientos del cambio y su nuevo partido. El tiempo dirá en qué queda todo eso. Hasta la fecha tan sólo en pequeñas operaciones de maquillaje. Lo peor de todo no es que esto se presente como el legado del 15M, sino que este hecho se acepte mayoritariamente, incluso por los que se dejaban el alma gritando aquello de que lo llaman democracia y no lo es. A mí me parece mucho más cercano al espíritu visto en las plazas, la creación de muchos proyectos, centros sociales y grupos diversos basados en todo aquello que comentaba anteriormente y funcionando al margen de cualquier lógica sistémica. Por supuesto, no esperaba ni espero que esto sea ensalzado por ese entramado mediático encargado de modelar la opinión.

Siguiendo con esto, el otro día escuchaba, en un mass media, una tertulia de políticos realizada con motivo de los 5 años del 15M. Naturalmente, todos comentaban las consabidas obviedades pero, como sucede en muchas ocasiones, fue el representante del PP el que puso (seguramente sin proponérselo) sobre la mesa lo que en mi opinión es el asunto clave. Así tras las manidas frases en las que aseguraba haber pasado por Sol y que sus vástagos habían participado activamente, centraba la atención en lo que a él realmente le asustaba de todo aquello. Por primera vez en muchos años existía una enorme cantidad de gente que no había conseguido canalizar su malestar con el sistema (con una parte de él o con su totalidad) por los conductos habituales que el poder pone a nuestra disposición. Y no sólo eso, sino que estaban hablando de organizarse al margen de toda lógica institucional.

Exactamente eso. No se trataba simplemente de protestar, que también. Existía la necesidad de ir más allá, de imaginar otros caminos y empezar a andarlos, sin importar la coyuntura política del momento y sin prisa, tomando el tiempo necesario para conocernos y conocer. Esto es lo que se trató de desarticular desde el principio y en gran medida se ha conseguido. Pero esa vía abierta, sigue siendo recorrida por mucha gente y si es que existe algo parecido al legado del 15M, sin duda es éste.
 

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viernes, 8 de abril de 2016

FRONTERAS


Las fronteras son la explicitación del control sobre algo o sobre alguien. Su función es separar aquello que deseamos dominar, poseer, conocer de lo que no queremos. Son la expresión máxima de la propiedad, del nosotros o del yo frente al resto.

En cualquier campo, las fronteras no son más que líneas imaginarias, arbitrariamente creadas sin ninguna justificación. Prueba de ello, son lo fácilmente movibles que han resultado a lo largo de la historia, por supuesto, siempre en interés de los que poseen el poder, ya que son ellos los que se encargan de su creación. Ya sean territoriales, económicas, de conocimiento… las fronteras se crean y se utilizan con el único propósito de delimitar lo accesible en función de qué papel desempeñas.

Las fronteras son contrarias a la vida. Constriñen, encierran y reprimen mientras que la vida trata de emerger y expandirse. No es posible defender la vida y las fronteras al mismo tiempo, éstas matan de forma directa y violenta y, también, de una forma más sibilina, lentamente y con una violencia socialmente tan aceptada que causa terror.

Alambres, espinos, vallas, muros, armas, balas, concertinas, muerte… Así se erigen las fronteras en el mundo físico. Esta es la manera de seleccionar, de separar, de diferenciar el lado correcto del incorrecto. Ya los Estados se encargan de hacernos creer que estamos en el lado oportuno y que toda esa infraestructura necesita ser defendida con uñas y dientes y que cualquier precio a pagar por ello es justo. Se alienta el fanatismo, bajo la etiqueta del patriotismo cuya única utilidad es enmascarar la estupidez humana que nos arrastra a odiar al otro, al que está al otro lado de la frontera hasta tal punto que creamos justo su sufrimiento y su muerte si intenta traspasarla.

Miedo, dolor, resignación, impotencia, muerte… Así se erigen las fronteras en el mundo psíquico. Esta es la manera de acotar, de establecer, de delimitar la zona segura de la peligrosa. Nosotros mismos nos encargamos de hacerlas posibles y de creer que las necesitamos para poder desarrollar nuestras vidas, conforme a unos patrones establecidos en los que andamos deseosos de encajar. Estos patrones, sólo dibujan modos de vida ajenos a lo que podría ser pero suficientemente confortables como para aceptarlos y, por tanto, desear defenderlos al precio que sea. Incluso, con la construcción de fronteras mentales a pesar de saber que constriñen nuestra existencia y nos sitúan más cerca de una vida carente de significado hasta para nosotros mismos.

Todas las fronteras forman parte de una realidad inhumana y dolorosa que sólo engendra desesperanza y muerte. Cada vez que una frontera se levanta, el odio se hace dueño de la situación y la esperanza de ir recuperando la esencia de lo humano se aleja un poco más.


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