jueves, 13 de febrero de 2020

DESBORDAR LO GESTIONABLE

Una de las definiciones que ofrece la rae de gestionar es la de ocuparse de la administración, organización y funcionamiento de una empresa, actividad económica u organización.

Es un término que, evidentemente, proviene de la esfera económica, del mundo jurídico-empresarial que se ha instalado en todos los ámbitos de nuestras vidas, de tal manera que ya forma parte fundamental de nuestro quehacer diario.

Todo es susceptible de ser gestionado, todas las personas somos susceptibles de ser gestionadas (incluso de autogestionarnos) Cualquier concepto que consigamos pensar es gestionable: personas, conflictos, relaciones, emociones, entorno, tiempo, migraciones… Nada ha conseguido escapar al poderoso influjo de la mercantilización. Todo es un producto, todos lo somos. Los grandes gurús, encumbrados como la voz de sus amos, nos alientan a que seamos buenos gestores. Todo esto sucede porque hasta el último rincón de nuestra vida ha sido conquistado por la megamáquina capitalista y convertido en simple producto.

Ya no se afrontan conflictos ni retos, se gestionan. Ya no se reclama ni se confronta, se gestiona. Ya no se sufre ni se ama porque ahora las emociones se gestionan. Todo se ha convertido en una maldita burocracia individualizada.

Los gobiernos han adoptado como su forma habitual de funcionamiento la gestión de la crisis permanente, sometiéndonos a la excepcionalidad constante, convirtiéndola así en la norma. De esta forma, la crisis es continua y su gestión imprescindible. En nombre de esta constante urgencia el poder encuentra mil y una oportunidades para reestructurarse y poder modificar sus mecanismos de control una y otra vez mientras la mayoría espera la llegada de mejores tiempos. Tiempos que nunca van a llegar.

Lo lógico sería pensar que la crisis es el fracaso del sistema, es decir, lo que vivimos en la actualidad no sería otra cosa que la gestión sin fin de un derrumbe que nunca acaba de llegar pero que no podemos (¿queremos?) evitar porque, en última instancia, la lucha siempre acaba siendo por ver qué forma de gestionar es mejor. Porque hemos perdido la capacidad de imaginar siquiera algo diferente.
Hemos adoptado el vocabulario del enemigo y lo hemos interiorizado hasta hacerlo nuestro. Con ello, hemos aceptado su marco conceptual, su lógica de razonamiento, la del beneficio económico. Somos parte de él, jugamos en el mismo equipo.


La única opción es desbordar lo gestionable, imposibilitar su forma de gobernarnos, de dominarnos. Hacer impensable la neutralización de conflictos, de posibilidades de cambio. Romper el marco teórico que constriñe todo cuanto sucede a día de hoy para poder así negar la gestión. Porque, en última instancia, negar la gestión es negar la posibilidad de ser gobernados. Es abrir la puerta hacia un nuevo horizonte.

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lunes, 3 de febrero de 2020

LA IMPRESCINDIBLE CURIOSIDAD

El tema de la educación vuelve de nuevo a la palestra como no puede ser de otra manera. Es una cuestión primordial tanto para los que pretenden perpetuar el orden social, como para los que tratan de subvertirlo desde la convicción de que un individuo formado e informado será más proclive a luchar por otra forma de vivir más justa con todos y para todos. Para mí, es una cuestión recurrente en mi vida, tanto en lo personal como padre, como en lo profesional donde colateralmente me veo involucrado en el asunto. En otras ocasiones he reflexionado sobre el sistema educativo pero ahora necesito hacerlo sobre algo más particular. Más allá de sistemas de enseñanza y alternativas varias me interesa la cuestión de cómo el Estado, el Poder se ha otorgado el derecho de educarnos y nos ha impuesto la obligación de ser instruidos. Si pensáis que esto es un alegato pro pin parental, estáis perdiendo el tiempo. Ahora bien, más allá de los delirios criptofascistas, la cuestión da para darle una vuelta. No se trata de establecer la propiedad de los hijos, la sola premisa de establecer la propiedad de un ser humano me parece aberrante. Se trata de vislumbrar la ruindad que supone delegar en el Estado, en el Poder con mayúsculas en última instancia algo que a priori parece fundamental.

Si algo tengo claro es que el ser humano es curioso por naturaleza. Desde el primer momento es algo que nos define. Basta pasar tiempo con niños pequeños para observar esto. Esta curiosidad nos lleva inevitablemente a aprender. Por tanto, aprender forma parte de nuestro ser. Sin necesidad de caer en esencialismos, se puede decir que aprender forma parte importante de lo humano.

Sin embargo, parece que esta curiosidad innata no es ni de lejos suficiente para aprender todo lo que necesitamos saber. Al menos eso opina el Estado que es el que decide el qué, el cómo y el cuándo debemos aprender. Así al menos veo yo el sistema educativo más allá de grandes profesionales que se esfuerzan cada día en poner por delante los intereses del alumnado a los objetivos del sistema de enseñanza. La realidad escolar se esfuerza en remarcar cada día donde reside la fuente del saber. Aprender es algo que nos permite la institución educativa, ya no es una cuestión natural. Todo saber extraoficial no tiene ninguna validez. La titulación es lo único que certifica tu conocimiento. No eres nada sin un certificado expedido por la autoridad. La escuela se convierte en el gestor de la sabiduría, nada escapa a su control. Es la encargada de la distribución de méritos entre el alumnado, méritos que marcaran el devenir de cada uno en un sistema altamente estratificado. Es obvio que no sirve (ni jamás lo ha pretendido) para alcanzar los peldaños elevados de la escala social pero a pesar de todo, continúa siendo válido para tratar de subir algún pequeño peldaño social. La titulitis es una plaga del siglo XXI y muchos son los que la padecen al tiempo que sufren en sus propias carnes la decepción de las promesas incumplidas.

Como decía al principio, nos obligan a instruirnos, no a poder educarnos, sino a instruirnos. Nos necesitan de esta manera y así es como lo hacemos todos sin excepción. Es la forma más rápida y segura de aprender que no somos capaces de gestionar nada ni siquiera algo tan innato como la curiosidad y el aprendizaje sin una autoridad externa que nos dirija. Y así andamos, con la curiosidad muerta y asintiendo a izquierda y derecha según les convenga.

Afortunadamente, siempre hay excepciones. Luchas, esfuerzos e interés en que las cosas sean de diferente manera. Eso es indiscutible aunque sea muy difícil realizarlo tanto desde dentro de la institución como desde fuera. Por suerte (creo) la escuela no es la única vía de aprendizaje y socialización. Aunque las otras (familia, iguales y medios de comunicación) no son garantía de nada. Están tan inmersas en la sociedad como la escuela y, por tanto, forman parte de la misma unidad que reproduce generación tras generación el mismo patrón social.

La cuestión es cómo conjugar nuestras ganas de aprender, nuestro espíritu curioso con la necesidad de saber movernos en un mundo en el que no estamos solos y que se mueve a una velocidad de vértigo con unos condicionantes cada vez más extremos para la supervivencia. Y cómo hacerlo sin la necesidad de una autoridad ajena que nos dirija en cada momento. Combinar ambas vertientes parece difícil en una sociedad depredadora que no mira atrás y cuya máxima es seguir reproduciéndose hasta la extinción. Pero mantener la curiosidad es imprescindible para pensar siquiera la utopía. Para ser capaces, al menos de visualizarla, de acariciarla en nuestro interior. Sin esa íntima percepción, no hay nada que hacer.

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lunes, 20 de enero de 2020

IMPOTENCIA: lo sabemos todo, pero no podemos nada.

Esta sentencia resume perfectamente lo que cualquiera puede observar en su quehacer diario. Medios, redes, vecinos, amigos, compañeros… todo el mundo maneja las claves de todo tipo de información y conocimiento. Recibimos constantemente el mensaje de vivir en una sociedad donde la información está al alcance de la mano, tenemos millones de datos disponibles, de historias, de noticias, informes… al alcance de un solo clic, cualquiera diría que estamos en condiciones de conocerlo todo. A la vista de la proliferación de opinadores totales que aparecen en medios y redes sociales, es evidente que mucha gente cree saberlo todo o, por lo menos, todo lo necesario para ofrecer su visión del mundo y de la vida. A todo eso, hay que añadir la credulidad imperante y el poco análisis crítico que existe entre su audiencia (una gran mayoría) nos vemos abocados a un descorazonador panorama que se resume en la sentencia citada en el título: lo sabemos todo, pero no podemos nada. Y la vida sigue empeñada en demostrarnos que no somos capaces de variar ni un ápice. Hemos interiorizado de tal manera la delegación que ya no vemos posible una correlación entre lo que sabemos/conocemos y lo que podemos llegar a hacer con ello. Esto nos lleva hacia un futuro más que incierto en el que parece que sólo haya dos vías posibles: apocalipsis con todo lo que eso implica o solucionismo.

La primera vía nos conduce al autoritarismo de manera directa. Sea en forma de lo que se denominan ecofascismos o no, lo cierto es que el sometimiento de las poblaciones será cada vez mayor (siempre por nuestro propio bien, por supuesto) Sin descartar que esto suceda hasta por aclamación popular.

La segunda vía es la que más me interesa, no porque la comparta sino porque es la que parece imponerse en la izquierda (signifique esta palabra lo que signifique) y los movimientos alternativos.

El solucionismo es un término acuñado en un primer momento por Evgeny Morozov que lo define como la ideología que legitima y sanciona las aspiraciones de abordar cualquier situación social compleja a partir de problemas de definición clara y soluciones definitivas. En palabras de Marina Garcés, representa un saber que no quiere hacernos mejores como personas/sociedad, no creemos en ello porque lo sabemos todo y, a pesar de eso,  no podemos o no somos capaces de hacer nada. Esto genera un impotencia que nos lleva a desear y esperar soluciones/privilegios aquí y ahora.

Simple y llanamente, consiste en mejorar las posibilidades de una huida hacia adelante sin salirnos del paradigma dominante, sin abandonar esos lugares comunes que son el crecimiento y la productividad mil veces redefinidos y revestidos con diferentes capas pero que siempre encierran la misma lógica: la del capital. Esta huida se ve y se seguirá viendo reflejada en las diferentes alternativas, siempre capitalistas por mucho que las acompañen de adjetivos tan estupendos como colaborativa, social… a la crisis. Por eso es tan importante aportar lo que aparentemente son soluciones definitivas, por eso existe tanto tecno-optimista. Aquellos que creen que la tecnología solucionará todos nuestros males, aquellos que por lo tanto, ya han renunciado a cualquier tipo de esfuerzo por tratar de revertir la situación. Son, en definitiva, los que confían en esa utopía solucionista que nos transportará a la humanidad (o, más bien, a los que puedan permitírselo) a un mundo sin problemas donde los humanos podrán ser estúpidos porque la inteligencia será una cuestión que la delegaremos en las máquinas, procedimientos… De momento, la parte de los humanos va cumpliéndose a gran velocidad.

Todo esto está cambiando nuestra manera de estar en el mundo. Nos centramos en nosotros, nuestro bienestar dentro de la burbuja que nos esforzamos en crear porque empezamos a descubrir que el presente no dura eternamente y lo que viene después es horrible. Esto nos deja en una posición crítica.


Esta impotencia que nos impide incidir en nuestras vidas más allá de lo cosmético, nos aboca a una existencia en permanente combate por seguir adelante aunque no sepamos hacia dónde porque sólo el movimiento perpetuo nos hace sentir vivos. Lamentablemente el combate es entre nosotros. Luchamos por sobrevivir unos contra otros. Nos convertimos en víctimas para nosotros mismos y frente a los demás, a los que pasamos a considerar nuestros enemigos si no son capaces de entender la gravedad de nuestra situación. Por supuesto, nosotros somos incapaces de ver que el resto está exactamente en la misma posición. El resultado de todo esto es que inmediatamente todos estamos enfrentados. Así se cierra el círculo virtuoso que posibilita una desconexión total entre iguales y, por tanto, se pierde la posibilidad de romper esta telaraña que nos oprime, ya que sin el otro es absolutamente imposible.
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jueves, 26 de diciembre de 2019

SELIGMAN Y LAS LUCES DE NAVIDAD

Estamos jodidos. El mundo se va a la mierda, mejor dicho, nosotros nos vamos a la mierda como especie arrasando con todo lo que encontramos a nuestro paso. Porque el mundo seguirá aquí cuando no seamos más que un recuerdo lejano en la memoria del universo.

Sin embargo, vivimos en la época de la felicidad, la felicidad por decreto. La felicidad como meta. Nuestro objetivo en la vida es procurarnos la felicidad, como si tal cosa estuviera en nuestras manos, como si esa dichosa felicidad existiera y pudiera admirarse en cualquier escaparate comercial o, simplemente, comprarse desde el sofá del salón. ¿Acaso no es así como funciona?
Hasta la ONU tiene instaurado el Día Internacional de la Felicidad (el 20 de marzo, ¿será casualidad que coincida con la llegada de la primavera?) ¿Se puede tener más poca vergüenza? La misma organización que dice estar luchando por erradicar la pobreza, el hambre y todo tipo de calamidades provocadas por las injusticias estructurales en las que se apoya la sociedad moderna (de la que la misma ONU es uno de sus mayores representantes); pretende que festejemos la felicidad mientras contemplamos las muertes de millones de seres humanos cada año auspiciadas y permitidas por los mismos que dirigen ésta y todo el resto de organizaciones que aseguran existir por y para el bien de la humanidad.
Pero claro, todo está en ti. Si tú eres feliz que más dará el resto.

Seligman, uno de los padres de la psicología positiva tan en boga en la última década y que tanto daño ha hecho y sigue haciendo, afirmaba haber encontrado la fórmula de la felicidad. Nada más y nada menos. Todo muy científico para que la gente lo creamos a pies juntillas y no reparemos en las donaciones millonarias que alentaron la creación de dicha corriente psicológica y su posterior encumbramiento.
Como decía, Seligman definió la “auténtica felicidad” de la siguiente manera: la Felicidad es la suma de nuestra herencia genética, nuestros actos voluntarios y nuestras circunstancias. Por circunstancias se refería al entorno vital (nivel socio-económico y educativo, situación laboral, entorno familiar, lugar donde vivimos…) A todo esto le adjudicaba un peso del 10% dentro de la ecuación. A nuestros actos voluntarios un 40%, y a la herencia genética el 50% restante.
Así que… ¡Tantachán! Se obró la magia. A poco que tu genética te haya tratado bien, resulta que la felicidad está en tus manos, en tus actos voluntarios. Ya sabes, si estás jodido es porque TÚ quieres.
Los gobernantes lo entendieron rápidamente. En muchos de los Estados modernos, los tratados constitucionales explicitan que el Gobierno y toda su maquinaría tienen como deber último trabajar por la felicidad de sus ciudadanos (o por su bienestar como se indica en las Constituciones más recientes). Si el objetivo es ser feliz y el Estado está aquí para garantizarlo, lo único que deben procurar es alentarte y convencerte de que tú puedes. Para qué legislar asegurando unas condiciones materiales dignas, para qué procurar un mundo con justicia y libertad si, simplemente, basta con propagar la buena nueva: ser feliz es fácil, está en tus manos, no busques excusas en nosotros.

Así que ya sabes, embelésate con las luces, sé feliz en tu burbuja y no mires atrás… así todo irá bien. 
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domingo, 20 de octubre de 2019

SI NO ENTIENDES LA RABIA, ES QUE YA ESTÁS MUERTO

La rabia forma parte de nosotros, de cualquier ser emocional. Está ahí y hay que saber utilizarla, sobre todo, hay que saber para qué utilizarla. Desde cualquier institución de la sociedad democrática (sea la escuela, los medios de información o cualquier gurú psi del siglo XXI) te conminarán a gestionarla, a expulsarla lejos de ti para poder crecer como persona y convertirte en alguien mejor. Luego te sonreirán y te apuntaran en la lista de incautos ciudadanos ejemplares de la que formamos parte casi todos. Nuevamente, obrarán su magia y tú saldrás convencido de que todo está en ti. Sin embargo las causas seguirán ahí y tarde o temprano volverán. La frustración y la percepción de injusticia son los precursores habituales de la rabia, por tanto, no hace falta ser muy espabilado para comprender que las toneladas de injustica sobre las que se edifica la sociedad moderna no dependen de uno mismo para ser erradicadas, hace falta más, muchísimos más. No sería difícil que cualquiera de nosotros estableciera un listado con una docena de cuestiones (desde las más cercanas hasta las más lejanas si es que se puede hacer esta distinción en un mundo tan globalizado donde todo nos afecta a todos) en las que perciba claramente la injusticia. Probablemente, algunas de ellas nos frustren y, otras tantas, nos indignen. Cuando estas cuestiones se van acumulando, la rabia aparece y se hace necesario tomar partido. 

Existen diferentes vías para hacerlo, mejor dicho se nos ofrecen diferentes vías. Desde lo personal a lo global. Si todo falla, queda el camino institucional porque en toda sociedad democrática existe la forma de cambiar el estado de las cosas: vota, afíliate, manifiéstate… pero hazlo siempre dentro de un orden, dentro del marco que otros han establecido. Pero si quieres darte cuenta, pronto descubres que todo eso es una vía muerta, no lleva a ningún lugar. Cambian las personas, los partidos, las leyes, lo que quieras, pero el resultado siempre es el mismo: tú pierdes. Todos lo sabemos. Y la rabia aumenta.

Hace tiempo, podías conformarte, aceptar el papel de comparsa y tratar de seguir con tu vida mientras el futuro esplendoroso que te prometían llegaba. Pero pasaron las generaciones y las promesas se han desvanecido. La precariedad se ha convertido en el modo de vida habitual, la exclusión y la marginalidad son el pan de cada día para cada vez más gente que por toda respuesta obtiene la indiferencia social (en el mejor de los casos) o la represión, física, legal, económica… (en el resto de casos). Y la rabia aumenta.

Y no sólo aumenta, sino que se extiende. Los que se creían a salvo, los que se consideraban ejemplares porque siempre hicieron lo que estaba mandado, descubren que también van a caer. Que ya están cayendo, que no tienen nada que ofrecer a las generaciones venideras porque nada tienen ya. Y la rabia aumenta.

Y llega el día que desborda. Una simple chispa que enciende la mecha y el orden salta por los aires. La rabia toma la vida para posibilitar que nos volvamos a sentir humanos, con esperanza en algo mejor. Cuando esto ocurre ya no importa qué fue lo que encendió la mecha, sino lo rápido que se propaga el fuego, la amplitud de la onda expansiva. Aparecen sentimientos y emociones que creíamos olvidados, que ya no existían y las fuerzas surgen de donde no las había. Lo que parecía improbable, se torna real y lo que parecía imposible, empieza a atisbarse en el horizonte, tomando forma. En ese momento, las normas preexistentes dejan de tener valor, la justicia deja de estar ligada a la ley para aparecer en su verdadera forma: la solidaridad entre iguales. Es en esos instantes en que la rabia recorre su camino y deja ver el verdadero rostro que aguarda al final de ese camino: la libertad.

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miércoles, 17 de julio de 2019

LIBERTAD: FÁCIL DE NOMBRAR Y DIFÍCIL DE VIVIR



A todas horas aparece la libertad en boca de políticos, periodistas y demás personal que nos machaca a diario desde todos los altavoces habidos y por haber. También desde lo alternativo, desde lo antisistema se reclama el concepto como cuestión central. Todo se hace o se dice en nombre de la libertad, de su libertad. De la que significa elegir, tener opciones, hacer uso de eso que llaman libre albedrío. Eso es lo que nos hacen creer, lo que han conseguido que creamos, sin más. Sin cuestionar si eso es posible o no. Sin darnos cuenta de que eso carga todo lo que sucede sobre nuestros hombros, como si viviéramos en pequeños compartimentos estancos y nuestras vidas fueran una obra exclusiva de nuestras decisiones.
La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar, por la ideología dominante y transmitida por lo que se ha dejado de llamar propaganda para convertirse en publicidad. La libertad se reduce entonces, a la posibilidad de inscribirse en una lógica mimética, de participar en la carrera en la que todo el mundo aspira a ascender a los niveles superiores de la escala social que propone el mundo mercantil.
Querer la libertad que ofrece este sistema induce a inscribirse en el movimiento gregario y supone no tener que obligarse a reflexionar, analizar, comprender, pensar; es decir, ahorrarse todo esfuerzo crítico propio, pues basta con obedecer.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.

Pero más allá de todo esto hay infinitud de conceptos, situaciones, prácticas asociadas a ese concepto llamado libertad. Libertad también es pensar por uno mismo, inventar, amar sin reservas, establecer planos de igualdad, coherencia y muchísimas otras cosas que exigen un esfuerzo y una constancia muy difíciles de sostener en un mundo en que todo se ha concebido para mantener muy limitado el espíritu crítico y la acción sincera. Es en este segundo plano, el de la acción sincera, donde la lucha se hace necesariamente personal e intransferible, donde no sirve más conciencia que la propia y donde está la verdadera batalla. Sin una victoria en este plano, cualquier cambio, cualquier revolución se antoja imposible. Pero todos los significados que queramos atribuirle a la libertad se dan siempre en un contexto, en un marco totalmente ajeno a nosotros, en el que no hemos participado de su creación de ninguna manera porque hhemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario. Nuestras habilidades creativas fuera de los márgenes están atrofiadas, han sido inutilizadas. Por tanto, no podemos más que elegir el sentido en que vamos a seguir reproduciendo los viejos esquemas. Puede que con nuevas formas pero, desde luego, con los mismos fondos de siempre. Hemos perdido la capacidad de crear imposibles, de crear lo utópico. No estoy seguro de cómo ni cuándo pero el oportunismo y el cinismo se han impuesto como rasgos definitorios del sujeto actual. Son valores en alza en una sociedad de consumidores exacerbados. El cinismo es imprescindible para sobrellevar la perpetua insatisfacción de este tipo de vida en la que es imposible alcanzar la plena satisfacción de unas necesidades (cada vez, más y mayores) que constantemente se van alejando de nosotros mismos. Una vida con una precariedad emocional derivada de esta insaciabilidad y de lo volubles que resultan los deseos de cada cual ante la avalancha de imaginería que se nos viene encima a diario. Desde los medios de comunicación pasando por la ciudad escaparate y por cualquier otro canal presente en nuestras vidas. El oportunismo es la cualidad básica que se esconde detrás de todos esos mantras actuales tales como el emprendimiento, la resiliencia y demás artefactos creados para que soportes de manera efectiva los embates que te va dando la vida mientras esperas tu momento, la oportunidad para pasar por encima de todos sin mirar atrás, para encaramarte en esa escalera social por la que anhelas ascender aunque para ti, como para la mayoría, sus escalones son infranqueables y fabricados de un material altamente escurridizo.
Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.
Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida. Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

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lunes, 17 de junio de 2019

CANSANCIO Y CONTROL



Retomando el último texto publicado en el blog, sigo dándole vueltas a como parece ir evolucionando el modelo social en el que estamos inmersos y las diferentes consecuencias que eso tiene para nosotros.
Hablaba de esa sociedad de la cadena de montaje, de la fábrica, de su rigidez de valores, en definitiva, de esa sociedad tan atada en corto. Así en ese momento se podía ver claramente aquello que más la definía en ese aspecto.
Una sociedad de control delimita claramente con sus muros físicos lo aceptable de lo inaceptable, convirtiendo así en locos y/o criminales a todos aquellos que no encajan en el estrecho marco de acción que estable. Sus parlamentos, sus cárceles, cuarteles, hospitales, colegios,… se encargan perfectamente de esta función. Sin embargo, toda esta maquinaria es harto pesada de mantener engrasada y a pleno rendimiento. Y vemos como, poco a poco, con la aparición y el predominio de ese nuevo modelo donde la fábrica pierde peso y la economía financiera (con todo lo que implica) se hace dueña y señora, surge la necesidad de acotar su funcionamiento para tan sólo casos especiales. Adoptando una nueva forma para su desempeño diario mucho más “económica” y que consume menos recursos y, por tanto, que la proporción del pastel a repartir entre las élites sea mayor. Una forma de control que es una “consecuencia natural” (así lo predisponen las teorías científicas) de la sociedad de consumo y del emprendimiento en la que estamos hundidos hasta el cuello.
Ahora el controlador ya no es externo, nosotros mismos nos encargamos de realizar esta labor. Y parece que lo hacemos realmente bien. La verdad es que nos lo ponen fácil. Basta con hacernos creer que lo tenemos todo a nuestro alcance, que cualquier hijo de vecino puede ser el nuevo rey del mambo y llevar una vida de lujo para que entreguemos todo nuestro arsenal de rebeldía interior. Miedo, avaricia, idiotez… razones múltiples que conducen al mismo lugar: sumisión a las reglas que otros han diseñado para nosotros.
Abandonada toda esperanza, nos lanzamos a la carrera por los senderos marcados, sin darnos cuenta de que todos son circulares. Todos nos llevan al punto de inicio, o lo que es lo mismo, a ninguna parte. Porque en esta sociedad, el final de la carrera es la muerte, sólo con el movimiento perpetuo puedes mantenerte a flote dentro de ella. Aunque eso signifique cronificar un cansancio vital que nos lleva a una especie de suicidio del espíritu, a una vida artificial, vacía. Ese cansancio vital es uno de los mayores factores de control en este nuevo modelo. A veces, lo podemos identificar como conformismo o apatía, pero en cualquier caso, eso no surge de la nada. Nace de una estrategia predeterminada por la que la velocidad se ha apoderado de todas nuestras acciones, no sólo produciendo beneficios para los capitalistas sino que también en todo aquello que debiera definirnos: el amor, la reflexión, la lucha y la resistencia, el compromiso… todo debe hacerse rápido, todo nos cansa en extremo. Así, es difícil no caer en el fracaso una y otra vez. Así es como nos sentimos cada vez más cansados, más derrotados, más predispuestos a controlarnos y ser controlados. Nos conduce a un inmovilismo vital que nos encierra en nosotros mismos o, en el mejor de los casos, en pequeños grupos humanos creados alrededor de una idea común que con el paso del tiempo se vacía de significado, si es que alguna vez lo tuvo.
El bucle puede no tener fin, quién sabe. Lo único cierto, al menos para mí, es que pasan los años y nada parece cambiar, nada hace sospechar que podamos ser capaces de romper sus paradigmas, sus estrategias. Aunque siempre he creído que en la derrota es donde uno empieza a vislumbrar la esperanza.
 

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