lunes, 18 de enero de 2016

COMO SIEMPRE… GANAN ELLOS



Día tras día, todos los canales a mi alcance para recibir información están saturados y copados por las andanzas de los partidos políticos y lo que parece ser el inicio de algo que cambiará para siempre la forma de entender la democracia. Al menos eso es lo que se vende por todos los medios posibles y, en verdad, el mensaje cala y mucho. Tanto los que lo creen a pies juntillas como los que no, dedican tiempo y esfuerzo a debatir sobre ello sin ser capaces de variar ni un ápice sus planteamientos.
Admito que tiene su cierto interés todo este debate (a mi juicio bastante estéril) porque, por lo menos, está haciendo que mucha gente ande interesándose por cómo funciona todo esto que llaman democracia. Ahora sólo falta que dejen de comportarse como hinchas futboleros defendiendo a su equipo y traten de analizar y razonar sobre los hechos. Pero no nos engañemos. Cada gesto, cada declaración, cada movimiento que se ensalza o se aborrece es un paso más que se da hacia la inacción, hacia el más de lo mismo.
El teatro político está en un momento álgido. Tanto en España como en Catalunya los que se autoproclaman como portadores de la voz del pueblo y sus supuestos enemigos políticos están dando lo mejor de sí mismos. Veinticuatro horas al día de emociones garantizadas como si de un reality show se tratara (aunque pensándolo un poco, tal vez se trate de eso). Se inician legislaturas épicas en ambos parlamentos que pasarán a la historia por su carácter rupturista, por su contribución a la democracia, a la libertad, por su… ¡Espera! ¿Eso no era cuándo la Constitución del 78? ¿O era cuando entró Felipe? ¿O cuándo Bildu o IU tocaron silla? ¿Zapatero? ¿El tripartito catalán?
Dicen los más entendidos (de los que campan por platós y redacciones) que ahora es diferente, que ahora es el pueblo el que ha entrado en el parlamento. No sé qué decir, por mucho que me esfuerce no logro imaginarme cómo ese pueblo ha pasado, en tan poco tiempo, de proclamar que el poder no reside ni en el Parlamento ni en los Gobiernos ya que son meros títeres de grandes transnacionales y fondos de inversión que todo lo devoran, a asegurar que ahora sí, que es el momento en que la política (se entiende que la que se hace a través de los cauces establecidos, claro) va a hacerse por y para el pueblo, como si el poder por arte de magia se hubiera esfumado de las manos del gran capital.
Así es que empieza el juego:
Votos, pactos, acuerdos, legislaturas, diputados, sentido de estado, democracia, partidos, proceso, unión, negociación, reformas… DECEPCIÓN
No cabe esperar otro resultado, no es posible otra cosa que no sea la decepción. Tarde o temprano (normalmente no hace falta esperar demasiado) caen las máscaras y se desmorona ese castillo que con tanto esmero se había construido, lástima que se hiciera en el aire. Por supuesto, para que llegue la decepción primero hay que creer. Hay que hacer un acto de fe y pensar que las reglas que impone el sistema permitan abolir dicho sistema. Yo no lo creo, más bien me inclino a pensar que los Parlamentos no son ese órgano democrático de representación de la voz del pueblo, sino que son unas máquinas potentes con unos engranajes que garantizan el actual orden de las cosas. El orden democrático es el eufemismo utilizado para mantener la tiranía del salario, la acumulación de beneficios, la explotación humana y de la naturaleza, la dominación ideológica…
Por supuesto, que mientras nos pueda más la boca que lo que hacemos seguiremos sometidos a los designios de los Gobiernos y sus Parlamentos. Pero dejemos algo claro: jamás ningún cambio sustancial nació ni nacerá de ningún Parlamento, a lo sumo refrendará una conquista social cuando crea que sus consecuencias estén más que controladas. Así uno de los mayores logros de la lucha obrera fue la jornada laboral de ocho horas diarias allá por 1919, conseguida tras una intensa lucha encabezada por una huelga de 44 días y un alto coste humano por la terrible represión ejercida por Estado y patronal. Obviamente, el Gobierno encabezado por Romanones prefirió sellar ese avance ante la posibilidad de que todo aquello derivase en algo peor para el orden establecido. Bien sabían que la dictadura del salario estaba impuesta y bien afianzada en el imaginario colectivo.
Parece claro que a día de hoy una movilización popular del tal calibre, con todo el factor de solidaridad que conlleva, parece improbable (entre otras causas precisamente por la aparición de esos partidos autodenominados como voceros del pueblo, que han conseguido vaciar las calles haciendo creer que el trabajo ya está hecho con su llegada al Parlamento) y, más improbable todavía parece que el sistema se sienta tan presionado como para ceder en alguno de sus privilegios y conceder una ración un poco mayor de las migajas con las que nos sustentamos a día de hoy, porque eso es de lo único que hablamos cuando lo hacemos de la vía parlamentaria: migajas.
Así que… como decía, mientras no estemos dispuestos/preparados para romper las normas y salir de su tablero de juego no queda otra que seguir trabajando en la construcción de alternativas, en la agitación, en la creación de otros modelos relacionales lejos de la monetarización… En definitiva, trabajar en nuestras ideas, sentimientos y acciones porque esto es lo único que tenemos para enfrentar este mundo loco y criminal. Ningún partido ni ningún Gobierno están con nosotros en esas luchas, sólo podemos contar con lo que somos y lo que hacemos.
 

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martes, 29 de diciembre de 2015

POR FIN TERMINA EL 2015

Termina el año y sé que carece de importancia pero necesito poner por escrito lo vivido y lo sentido desde la pequeñez de mi realidad cotidiana. No pretendo hacer un análisis político ni social, simplemente es una reflexión sentimental sobre lo que pudo ser, lo que fue y lo que ya no será, porque sobre todo, el 2015 ha sido un año de renuncias.

La renuncia a todo aquello que vislumbré hace ya más de cuatro años y que puso en primer plano de mi práctica diaria lo que creía postergado tan sólo al plano teórico. Tras un año de circo electoral, finalmente, se ha finiquitado el espíritu de las plazas y una vez más, todo ha terminado por la vía institucional que, cumpliendo con su cometido, acabará por fagocitar cualquier posibilidad de cambio.
Creí y sigo creyendo en que a pesar de llamarla democracia, no lo es. Sigo pensando que no me representan (no, los de ahora tampoco) sin embargo, acepto que mi forma de vivirlo no era, o por lo menos no es, el sentir de muchos con los que sentía que compartía camino. No importa, cada uno elige su ruta y lo importante es transitarla con conciencia, dignidad y compromiso. Lo único que espero es que todo esto que, este año, se ha dado en llamar “la nueva política” no sea el final del camino para nadie. Que no sea la renuncia final.

Sí, este año lo he vivido como la confirmación de la renuncia, de la negación de la fraternidad como elemento básico de cualquier cambio sustancial. En mi opinión el fundamento sobre el que se sustentan sus dos compañeros de viaje: igualdad y libertad. Sin embargo, siempre ha sido la gran olvidada en los discursos y, especialmente, en la práctica.
En nombre de fronteras, banderas, identidades, dioses... en definitiva, en nombre del beneficio y el poder, que es lo que se esconde detrás de todo esto, se enfrenta al ser humano con sus semejantes, se asesina física y moralmente y se pretende justificar lo injustificable.
La matanza de miles de seres humanos bajo el fuego que pretende imponer la libertad. El genocidio deliberado de cientos de miles a través de una hambruna impuesta por unos y consentida por casi todos.
Muertos a diario, expulsados de sus tierras, de sus raíces por la codicia de unos pocos y la estupidez de otros tantos. Muertos tratando de alcanzar un horizonte nuevo con la esperanza del que se cree a salvo, sin saber que les espera más miseria y humillación, más odio inculcado por los mismos que les obligaron a huir dejando su vida atrás.
Muertos porque simplemente sobran, entorpecen el correcto funcionamiento del mundo y su sacrificio es necesario.

La indiferencia es el fruto de la renuncia a la fraternidad como valor fundamental, esa indiferencia con la que aprendemos a convivir rápidamente y que nos impide ver el quehacer y los sufrimientos de los que nos rodean. En muchas ocasiones, es capaz de ocultar hasta el propio dolor.

También hemos renunciado a cualquier posibilidad de entendimiento con la naturaleza. Ni siquiera siendo conscientes del abuso tan dañino al que sometemos al planeta nos hace plantearnos la necesidad de un cambio en nuestro modelo hiperconsumista de vida. Digo lo de plantearnos porque nosotros podemos planteárnoslo, muchos no tienen esa opción. Simplemente, son las víctimas de nuestro furibundo apetito de posesión y nuestra forma de vida antinatural.

Como decía al principio, tan sólo pretendo reflexionar desde mi vivencia porque me siento sumergido en este año de renuncia. En lo personal, un año de renuncias a proyectos, ilusiones, esperanzas... Cada vez más acuciado por el intento de superar contradicciones, de no dejarse llevar, de tratar de no verlo todo desde la distancia (como si esa posición fuera posible), luchando por no caer en el convencimiento de la inutilidad del esfuerzo. Aferrándome a las personas y a las ideas que me han acompañado durante tanto tiempo, esforzándome por alejar esa maldita indiferencia que anestesia conciencias y facilita mantener una vida tan indolora como estéril.
Afortunadamente, existen muchas personas (muchísimas más de las que imagino/imaginamos) con la alegria intacta y con la conciencia despierta tratando de construir nuevas vías, explorando y recorriendo nuevos y viejos caminos hacia otras posibilidades y disfrutando de ese trayecto.
Son/sois esas personas, junto a las convicciones personales, por las que uno no acaba de renunciar nunca. Porque, a pesar de todo, sigo pensando y creyendo en ese otro mundo posible, y con todas mis dudas y contradicciones es hacia donde intento caminar.


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lunes, 14 de diciembre de 2015

UNA ERA DE MATICES


Matiz:
5. En lo inmaterial, grado o variedad que no altera la sustancia o esencia de algo.

El matiz se ha convertido en una de las unidades de referencia básica en la actualidad. Concretamente, es una fuente inagotable de generación de conflictos que, como no puede ser de otra forma, jamás producen una alteración sustancial en la cuestión sobre la que se establece dicho conflicto.

Trasladando esto a la actualidad inmediata, podemos ver gran cantidad de ejemplos en los que se producen grandes disputas por matices.

Estamos metidos de lleno, queramos o no, en una campaña electoral en la que más partidos políticos que nunca están en posición de alzarse vencedores. Sin embargo, cuando descendemos al nivel de los programas electorales, vendidos como la plasmación de opciones ideológicas muy diferenciadas entre sí o, incluso, como antagónicas; vemos como en el fondo tan sólo ofrecen diversos matices en cada cuestión. A modo de ejemplo, tenemos la tremenda cuestión del alto número de desempleados y las posibles soluciones que cada partido ofrece: más o menos empleo público, diferentes tipos de contratación, diversas políticas de empleo y formación, mayor o menor cantidad de dinero dedicado a la investigación y el desarrollo, exenciones fiscales y un largo etcétera. Pero ninguna de estas “soluciones” altera la sustancia del asunto y del drama del desempleo. La fatalidad de no tener empleo, de no cobrar un salario es que precisamente el salario es la única opción que el sistema considera válida para que la inmensa mayoría de la población acceda a la riqueza (una riqueza que bajo ningún concepto puede considerarse propiedad particular de nadie). La dependencia absoluta del salario para vivir nos condena a tener que vender nuestra vida para poder vivirla. Esto es algo que ningún programa electoral ni medida gubernativa va a alterar. En definitiva, esto convierte toda esa retahíla de propuestas en meros matices que en nada alteraran la esencia de la esclavitud humana que comporta la dependencia del salario.

Más vergonzante es lo sucedido estos últimos días en la Cumbre contra el cambio climático acaecida en París. Podía parecer, por la dificultad de llegar a un acuerdo (han tenido que alargar la cumbre y con ello el teatrillo que estaban llevando a cabo), que se estuvieran debatiendo auténticas cuestiones fundamentales sobre la esencia del problema. A la vista del resultado y como cabía esperar, lo más que se estaba discutiendo eran medidas de maquillaje en el mejor de los casos (reducción simbólica de emisiones y demás) y el reparto de la tarta del nuevo mercadeo del capitalismo verde en la más probable de las circunstancias. En cualquier caso y nuevamente, matices. En ningún momento se trataba de ir a la sustancia y alterarla, bajo ningún concepto se intentaban socavar los dogmas del crecimiento infinito frente a la finitud de los recursos, el extractivismo, la explotación y el absoluto desprecio por toda forma de vida que no sea la suya propia, en los que se basa el capitalismo y que está en la raíz del asunto.


Más allá de las cuestiones que afectan a lo macro, parece lógico pensar que esta cuestión de matices también está muy presente en lo micro, en la cotidianidad de cada uno. Los matices nos mantienen ocupados en eternas disquisiciones que no nos permiten ahondar en la esencia de nuestros propios problemas y contradicciones. Funcionan a la vez como impulsores de nuestros actos y como excusas perfectas para nuestras omisiones. Nos convertimos en verdaderos profesionales del matiz para justificarnos ante nosotros mismos y ante los demás.

Sin embargo, no puedo olvidar que en la definición que encabeza esta reflexión se hace referencia a lo inmaterial. Personalmente, identifico esto con un ideal al que me gustaría acercarme al menos y si no; por el que intento luchar de la mejor forma que puedo o entiendo. Pero es imposible obviar que vivimos en un mundo material, con necesidades materiales que hay que resolver día a día. En este territorio es imprescindible saber navegar entre los matices, sólo aquí cobran sentido siempre que seamos capaces de vislumbrar cuál es la sustancia del asunto en cuestión y no perder de vista hacia dónde se pretende caminar. Se puede trabajar sobre los matices, pero jamás considerarlos como opciones finalistas porque esta es la estrategia que conduce directamente al eterno carrusel reformista. Lamentablemente y desde mi experiencia, no hemos sabido manejar esta circunstancia y esto se ve reflejado en una existencia cada vez más alejada de lo sustancial, más alejada de la esencia de todo ser. Incluso cuando, desde un sentimiento de injusticia e insatisfacción con la sociedad de la que formamos parte, decidimos organizarnos colectivamente para denunciar/actuar en pos de construir algo mejor, nos vemos irremediablemente arrastrados por los matices que generan eternas y terribles disputas entre personas y colectivos que si fueran sinceros en sus proclamas deberían estar sin duda en el mismo lado de la barricada.

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viernes, 4 de diciembre de 2015

COP21: LUCHA POR LA SUPERVIVENCIA CAPITALISTA

Durante estos días y hasta el viernes 11 de diciembre se celebra en París la COP21, la vigésimo primera conferencia de las partes de la convención marco de Naciones Unidas sobre cambio climático. Bajo este pomposo nombre se esconde la reunión anual que celebran los representantes de la gran mayoría de países del mundo junto a los representantes de la gran mayoría de megacorporaciones del mundo (estos últimos no constan en la lista de invitados por supuesto).
Como decía, esta conferencia se produce todos los años; sin embargo, la importancia de la actual radica en que oficialmente dicen que es la última oportunidad de llegar a un acuerdo para revertir los, cada vez más palpables, efectos del cambio climático. Al parecer la evidencia científica se ha acabado por imponer frente al negacionismo y hasta las grandes empresas que figuran a la cabeza de los culpables de la contaminación parece que están dispuestas a redimirse y, para demostrarlo, se han convertido en las grandes patrocinadoras de la cumbre. Hasta aquí la versión oficial.
Aquí, otra versión sobre los patrocinadores

Pero lo cierto es que parece poco probable que los que hasta la fecha han alentado e impuesto un modelo de vida devastador para el planeta de repente “vean la luz” y sientan la necesidad imparable de entonar el mea culpa y enmendar los errores cometidos. Es más que evidente que los catastróficos efectos del modo de vida capitalista y su mantra del crecimiento sin fin, basado en el uso de combustibles fósiles y la explotación humana, jamás ha sido una preocupación para los poderes fácticos que rigen el devenir de la actual sociedad.

Personalmente, me parece que la importancia que políticos y capitalistas dan a esta reunión se fundamenta en otros motivos mucho menos esperanzadores para la humanidad. Sólo hay que ver un poco por dónde van las posibles soluciones que se plantean para conseguir el objetivo oficial, a saber, que la temperatura no aumente más de dos grados hasta final de siglo (sé que es algo más complejo técnicamente, pero también sé que esta cifra es totalmente arbitraria y carente de fundamento científico). Estas soluciones pasan por reducir las emisiones de dióxido de carbono y, para ello, como no puede ser de otra forma en la lógica capitalista, se quiere poner precio a estas emisiones y mercadear con ellas (sólo un sistema absolutamente enfermo puede proponer algo así y conseguir la aprobación mundial). Además, se pretende resucitar el cadáver del capitalismo verde poniendo al frente a las mismas megacorporaciones que llevan envenenando el planeta durante décadas. Se está cocinando un nuevo pastel y todo el mundo quiere su porción.

Todo esto no es más que la apariencia formal de la cumbre. La realidad es que el poder es consciente de que el fin de la era del crecimiento ilimitado gracias a los combustibles fósiles está cercano. Es decir, el fin de la sociedad hiperconsumista se acerca y por tanto es hora de emprender nuevas formas de dominación y control porque, al fin y al cabo, se trata de eso. Ante esta certidumbre y en un primer momento, los intereses económicos apoyados por los Estados están tomando posiciones de cara a la lucha por tomar el control de la situación y exprimir hasta el último momento un modelo que les reporta unos beneficios económicos absolutamente demenciales. El panorama que esto nos ofrece ya puede verse en los últimos tiempos: guerras por el control de recursos y explotación sin límites de recursos naturales incluidos los humanos.

Más allá de eso, llegará el momento en que como decía, no será posible el consumismo que tan hábilmente se ha extendido por todas las capas sociales. El shock que esto puede producir en las sociedades capitalistas sumado al deseo de las élites por mantener un estilo de vida que llevan disfrutando desde hace muchos años, hace que la probabilidad de la aparición del modelo de sociedad que algunos han dado en llamar ecototalitarismos sea bastante alta. Prueba de ello es el conveniente estado de sitio decretado por el gobierno francés que está permitiendo reprimir cualquier intento en la calle de denunciar el teatrode la cumbre del clima y el secuestro de activistas por parte de la policía gala.

Es decir, nos encaminamos hacia una sociedad de control absoluto ante la necesidad de asegurar los privilegios de la clase dominante. En un futuro no muy lejano se acabarán las ilusiones mantenidas a costa de la explotación sin fin, que nos permiten “disfrutar” de todo tipo de bienes de consumo: viajes a cualquier lugar del mundo, todo tipo de comida en cualquier época del año, acceso a todo tipo de tecnologías y un largo etc. que entre otras cosas ha permitido un conformismo de las masas ante el orden actual.

El panorama es desolador. Nos enfrentamos a las consecuencias de un sistema económico y social que está llevando a la especia humana al desastre (porque no nos engañemos, cuando hablamos de consecuencias para el planeta lo hacemos desde el punto de vista de la supervivencia humana, el planeta vivirá perfectamente sin nosotros). Hambre, guerras, migraciones masivas… es decir, nos enfrentamos al fracaso absoluto como civilización, si es que no lo hemos logrado ya. Una vez más, se nos propone la solución sistémica de los acuerdos internacionales y la buena voluntad de Estados y corporaciones para revertir la situación. Esto jamás ha funcionado y ahora no va a ser una excepción. Da igual las soluciones que se propongan, todos sabemos que la única solución posible es decir adiós al modelo capitalista (pero a todos los modelos capitalistas, los neoliberales, los capitalismos de estado y todos los que se fundamentan en el crecimiento), porque de lo contrario nos encaminamos hacia el desastre a pasos agigantados. Iniciar el proceso de desglobalización: recuperar la economía enraizada en el territorio, en la comunidad; erradicar la explotación y recobrar el control sobre nuestras necesidades y su satisfacción más allá de lo que impone el sistema; cambiar el paradigma del crecimiento económico por el de crecimiento humano y social es tarea esencial para poder aspirar a tener un futuro digno de ser vivido.

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sábado, 28 de noviembre de 2015

ATAQUES MASIVOS

Con la escalada del terrorismo organizado en los últimos tiempos se vuelve a apelar al miedo por parte de las grandes potencias para, nuevamente, justificar lo injustificable. Como es costumbre en estos casos se viene repitiendo hasta la saciedad que lo que está siendo atacado es el sacrosanto valor de la libertad, pilar fundamental de la fantasía democrática.
Como en tantas otras cuestiones el uso y abuso que el poder hace de este concepto ha acabado por vaciarlo1 para dotarlo de significados que ya nada tienen que ver con su verdadero sentido.
¿Qué libertad está siendo atacada? Es posible que sea la libertad de vivir con unas condiciones materiales que tan sólo son posibles gracias al exterminio de la naturaleza y de media humanidad, un estilo de vida totalmente ajeno a las necesidades vitales y absolutamente apegado a las necesidades impuestas por un sistema basado en el beneficio económico y la dominación de toda forma de vida.
Tal vez me equivoque y la libertad que está siendo atacada es la de elegir la forma que queremos que adopte el yugo que nos mantiene sometidos y nos obliga a ganarnos la vida (porque no basta con estar aquí, parece ser que la vida hay que ganársela, por supuesto produciendo beneficios económicos para unos pocos) para demostrar que no somos simples parásitos y merecemos consumir todos aquellos productos que libremente tenemos al alcance de nuestra mano.
A lo mejor, la libertad que está siendo atacada es la tan famosa libertad de expresión. Esa misma que lleva a diario a gente a los tribunales y a la cárcel, la misma que permite ensalzar el fascismo y criminaliza cualquier discurso que se salga mínimamente del orden establecido.
No descarto que la libertad de la que estamos hablando sea la de consumir todo aquello que nos permita el mísero salario o la limosna gubernativa (incluso más, gracias a que tenemos la libertad de endeudarnos).
Apelando a ese pozo de sabiduría moderna que es la wikipedia vemos el significado de eso que llamamos libertad: “Según las acepciones 1, 2, 3 y 4 de este término en el diccionario de la RAE el estado de libertad define la situación, circunstancias o condiciones de quien no es esclavo, ni sujeto, ni impuesto al deseo de otros de forma coercitiva.” 
¿De verdad pensamos que no estamos sujetos al deseo de otros o que vivimos en una sociedad donde no existe la coerción? Todas las condiciones que rigen nuestra vida son impuestas, nuestro moldeamiento como seres humanos es absoluto. Desde bien pequeños nos vemos inmersos en un modo de vida donde todo está ya diseñado: cómo debemos relacionarnos con los demás y con el medio, cómo debemos expresar nuestras inquietudes y cómo debemos canalizarlas, qué cosas debemos aprender y cuáles debemos olvidar en el momento en el que nos incorporamos a la vida adulta, cual es el sistema de organización social que nos proporciona una vida mejor… Ni que decir tiene la inmensa cantidad de formas de coerción existentes.
Porque seamos claros: ¡La libertad está siendo atacada! Y lo está siendo desde mucho antes de que cualquiera de los que podamos estar leyendo esto hubiéramos nacido. Las armas siempre han sido un recurso utilizado por el poder para atacar la libertad; pero ni mucho menos han sido el único. Su gran arma es la colonización prácticamente absoluta de nuestras mentes y, por tanto, de todo aquello fruto de las mismas: Sistemas educativos, religiones, medios de información, productos culturales… Todo sirve para ir construyendo un imaginario colectivo que conforma el marco de referencia para cualquier persona. En ese marco no cabe la libertad individual, no cabe la disidencia. En la mayoría de las ocasiones, ni siquiera somos libres cuando ejecutamos pequeñas elecciones en nuestra vida cotidiana porque las opciones a escoger están tan marcadas por nuestros valores y prejuicios, tan laboriosamente esculpidos por el poder, que todo se convierte en una pequeña ilusión de libertad.
La lucha por la libertad es primordial; pero nada tiene tiene que ver con bombardear y arrasar países más o menos lejanos. La lucha está en cada uno de nosotros, en nuestra forma de pensar y actuar, está en las acciones individuales y colectivas que podamos hacer. La libertad jamás podrá ser hija de la barbarie, será necesario ser capaces de imaginarla primero y poder pensarla después para saber hacia dónde debemos encaminarnos. Para ello, irremediablemente, deberemos aprender a esquivar y desarticular todo aquello que nos impida caminar.
 
1 Conceptos vaciados http://quebrantandoelsilencio.blogspot.com.es/2015/02/conceptos-vaciados.html

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lunes, 16 de noviembre de 2015

FACTORÍA DE TERROR


Formamos parte de un mundo donde la barbarie y el terror son formas habituales de convivencia, son maneras de vertebrar sociedades y de imponer voluntades. Es lo que muchos llaman el orden criminal del mundo.

París ha sido uno de los últimos escenarios, que no el único, donde el terror ha interrumpido la vida de una forma brutal. Pero no nos engañemos: eso mismo sucede a diario alrededor del mundo. La diferencia en este caso es la espectacularización de los hechos. Cuando las matanzas se suceden en regiones remotas apenas ocupan un pequeño espacio (o ni eso) en los medios informativos de masas y, en consecuencia, ocupan un diminuto lugar en nuestro pensamiento que apenas merece un instante de nuestro preciado tiempo. Por supuesto, cuando el terror se produce entre nosotros debe ser espectacularizado para captar a las masas y preparar el terreno para la justificación de más terror (entrando así en una espiral de la que tan sólo se benefician los mercaderes de la muerte) y la implantación de un nivel superior de estado policial y de control social. No hay que olvidar que en los países donde existen las llamadas democracias formales se necesita vender todo esto como actos de justicia y legítima defensa para justificar toda la coerción y la represión venidera así como los ataques a todo aquel que se considere enemigo, aquí las formas son importantes para diferenciarnos de cualquier dictadura al uso aunque los fondos sean similares.

Francia, Siria, Líbano, Yemen, México, Nigeria, Palestina y tantos otros han vivido en las últimas horas el horror y el dolor que producen las guerras. Y en la guerra, sólo existe una lógica: es necesario que muchos mueran para que unos pocos sigan enriqueciéndose y puedan seguir haciendo girar la rueda en la dirección que más les convenga. Da igual en que bando estés situado, al final de una forma u otra acabas muerto a menos que seas de los que deciden.

Los asesinatos son tan sólo una expresión más del quehacer habitual de un mundo criminal. Si pensamos por un momento todo lo que conlleva esta forma de vivir podemos hacernos una idea más clara de que el terrorismo organizado y la muerte violenta son el pan de cada día necesario para que se mantenga esta locura a la que llamamos mundo civilizado.

A continuación un pequeño esbozo del mundo sobre el que se sustenta nuestro modo de vida: millones de personas condenadas a morir de hambre porque es más rentable producir comida para tirarla que para comer o, simplemente, porque alguien ha decidido que toda esa gente no es necesaria para el sistema. Millones de personas condenadas a morir por no poder beber agua potable porque es más rentable apropiarse de ella y contaminarla en favor de la extracción de cualquier mierda que ni se come ni se bebe. Millones de personas condenadas a morir porque es más rentable crear supuestos remedios para enfermedades inventadas que erradicar enfermedades en algunas partes del mundo. Millones de personas condenadas a morir porque es mucho más rentable fabricar y vender instrumentos de muerte que, simplemente,  permitir una coexistencia pacífica. La lista podría seguir eternamente y siempre nos encontramos con que los condenados son los mismos (da igual en que región vivan), somos siempre los desposeídos, los que nos vemos forzados a vender nuestra alma y nuestra fuerza para seguir viviendo. Así también nos encontramos con que los que condenan son siempre los mismos, los que se atribuyen la propiedad de todo lo existente: los grandes capitales, los Estados y todas las instituciones que crean y sostienen entre ambos para mantener el orden establecido. Vivimos en un mundo tan civilizado y racional que el beneficio económico se impone por encima de todo y de todos. En un mundo donde todo tiene un precio, la vida es el artículo más barato.

El bombardeo mediático, el espectáculo del terror permite que hoy el dolor se extienda por el mundo en respuesta a los asesinatos de París. Ese dolor genuino nos demuestra que todavía queda algo de humano dentro de nosotros; sin embargo no podemos obviar que todo esto es fruto de esa sobreexposición mediática. No obstante, sabemos que la capacidad de sentir sigue ahí, así que es posible que llegue el día en que todo el terror que se produce a diario nos duela de igual forma (sin necesidad de que nadie nos indique qué víctimas son merecedoras de nuestra empatía). Ese será el día en que estaremos en condiciones de afrontar una verdadera revolución. De iniciar una verdadera lucha por la liberación.

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martes, 20 de octubre de 2015

DEJARSE LLEVAR ES TAN FÁCIL

  
Se nos dice repetidamente que hoy en día vivimos en una sociedad donde la información está al alcance de la mano, tenemos millones de datos disponibles, de historias, de noticias, informes… al alcance de un solo clic, cualquiera diría que estamos en condiciones de conocerlo todo. Sin embargo, al ver cómo actuamos como sociedad parece imposible de creer. Parece que no sepamos nada, o lo que es peor, que no queramos saber. Sinceramente, prefiero pensar que es lo primero y que se produce un efecto de saturación debido al exceso de información que hace que no seamos capaces de asimilar nada.
Aunque no es menos cierto, que resulta tan fácil dejarse llevar y tomar el papel de espectador que contempla todo lo que sucede a su alrededor como si no fuera con él. Desde luego, hay que admitir que es mucho más cómodo y fácil eso que ser consciente de la realidad, porque la consciencia te empuja hacia la necesidad de tomar parte y tratar de hacer algo contra aquello que te resulta inaceptable.
Desde luego, esta forma de actuar no es casual. La banalización de la injusticia, la pobreza, la guerra, la miseria y tantas otras calamidades que nos ofrecen a través de los medios de información (en el formato que sea) ayuda a no sentirse directamente interpelado; de hecho en muchos casos ayuda a sentirse afortunado de no ser el protagonista de la historia. Justo aquí radica una cuestión que me parece muy importante: ese no sentirse implicado es absolutamente falso ya que tanto por acción como por omisión cada uno de nuestros actos tiene sus consecuencias en la perpetuación o no del sistema. Tengo claro que es prácticamente imposible vivir dentro de esta sociedad y no cometer a diario actos que agrandan la miseria que nos han impuesto, pero la consciencia de ello nos ayuda a encontrar nuevas formas de funcionar, consumir, relacionarnos y sentir que deben situarse en la base de una nueva sociedad.
Como decía, el pretender mantenerse ajeno a todo lo que sucede no es un comportamiento casual. Además del papel de los medios de información, y como es habitual, todos los mecanismos de los que dispone el poder se ponen en funcionamiento. Así cumplen su función el sistema educativo, el judicial, el policial, el político-sindical y por supuesto el religioso con su proverbial resignación. Es un trabajo constante el que realizan con nosotros durante toda nuestra vida.
Personalmente, creo que el ser humano es empático y solidario por naturaleza así que no es nada despreciable el efecto que toda esta maquinaria de deshumanización despliega para obtener a personas totalmente ajenas al sufrimiento humano (a veces creo que incluso del propio). Este trabajo incide en varios aspectos que me parecen cruciales:
Desconexión de las personas entre sí. Es decir, se potencia la creencia de que cada uno debe preocuparse por sí mismo y que nadie va a ayudarle en un mundo donde lo importante es lo alto que puedas llegar y no cómo lo hagas. El individualismo egoísta es el valor supremo de una sociedad donde sólo el “progreso” y el “crecimiento” importa, da igual si para ello debamos asesinar de hambre a medio mundo o si debemos esquilmar el planeta hasta que ya no tengamos modo de sustentarnos (cuando hablamos de que el mundo se acaba debemos tener claro que en realidad lo que terminará será la especie humana, el planeta seguirá en pie como lo está desde hace millones de años).
Desconexión de la persona consigo misma, fortaleciendo el culto a lo externo, a lo que se ve y relegando el mundo interior al carácter de menudencia que es mejor no desarrollar por ser poco más que una pérdida de tiempo. Vivimos en la sociedad del espectáculo y por tanto el envoltorio lo es todo. La apariencia es fundamental en un mundo donde es imprescindible llevar constantemente una máscara para cada papel que representamos.
Fomentando la irresponsabilidad, haciendo sentir a la gente que nada de lo que le sucede y pasa a su alrededor depende de ella. Afianzando la creencia de que deben ser los elegidos (elegidos por el sistema) los encargados de dirigir nuestras vidas y el papel de la gente queda reducido a la aceptación. Así se establece el delegacionismo como método básico de funcionamiento social y como método de absoluto control social. Así tan sólo queda en nuestras manos aquello que queremos aparentar ser, es decir podemos elegir la máscara que queremos llevar.
Estableciendo la inmediatez como unidad temporal deseable. Acelerando el ritmo de la vida y encumbrando la medida del tiempo (el tiempo es oro, o al menos eso se nos hace creer) impidiendo la introspección y la reflexión de, sobre todo, aquello que tiene que ver con nosotros.
La coronación del dinero como valor absoluto y de la sociedad del trabajo como único medio para acceder a él, nos convierte en máquinas dedicadas en exclusividad a la consecución de los objetivos que la sociedad nos marca. Estas condiciones que nos imponen para sobrevivir obligan a centralizar la vida en la cuestión laboral, impidiendo cualquier consideración de importancia que no tenga que ver con esto. Lo que crea una cultura de lo inmediato en la que no tiene cabida el esfuerzo desinteresado ni la implicación personal en lo común.
Todo esto nos conduce a adoptar esa actitud acrítica que permite al sistema funcionar como un engranaje perfecto, acumulando poder y recursos en unos pocos elegidos y condenando al resto a una vida muy alejada de lo que podría ser teniendo en cuenta el potencial creativo de los seres humanos.

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