miércoles, 17 de julio de 2019

LIBERTAD: FÁCIL DE NOMBRAR Y DIFÍCIL DE VIVIR



A todas horas aparece la libertad en boca de políticos, periodistas y demás personal que nos machaca a diario desde todos los altavoces habidos y por haber. También desde lo alternativo, desde lo antisistema se reclama el concepto como cuestión central. Todo se hace o se dice en nombre de la libertad, de su libertad. De la que significa elegir, tener opciones, hacer uso de eso que llaman libre albedrío. Eso es lo que nos hacen creer, lo que han conseguido que creamos, sin más. Sin cuestionar si eso es posible o no. Sin darnos cuenta de que eso carga todo lo que sucede sobre nuestros hombros, como si viviéramos en pequeños compartimentos estancos y nuestras vidas fueran una obra exclusiva de nuestras decisiones.
La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar, por la ideología dominante y transmitida por lo que se ha dejado de llamar propaganda para convertirse en publicidad. La libertad se reduce entonces, a la posibilidad de inscribirse en una lógica mimética, de participar en la carrera en la que todo el mundo aspira a ascender a los niveles superiores de la escala social que propone el mundo mercantil.
Querer la libertad que ofrece este sistema induce a inscribirse en el movimiento gregario y supone no tener que obligarse a reflexionar, analizar, comprender, pensar; es decir, ahorrarse todo esfuerzo crítico propio, pues basta con obedecer.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.

Pero más allá de todo esto hay infinitud de conceptos, situaciones, prácticas asociadas a ese concepto llamado libertad. Libertad también es pensar por uno mismo, inventar, amar sin reservas, establecer planos de igualdad, coherencia y muchísimas otras cosas que exigen un esfuerzo y una constancia muy difíciles de sostener en un mundo en que todo se ha concebido para mantener muy limitado el espíritu crítico y la acción sincera. Es en este segundo plano, el de la acción sincera, donde la lucha se hace necesariamente personal e intransferible, donde no sirve más conciencia que la propia y donde está la verdadera batalla. Sin una victoria en este plano, cualquier cambio, cualquier revolución se antoja imposible. Pero todos los significados que queramos atribuirle a la libertad se dan siempre en un contexto, en un marco totalmente ajeno a nosotros, en el que no hemos participado de su creación de ninguna manera porque hhemos perdido la capacidad de imaginar, la facultad de soñar se nos ha extirpado a fuerza de ir reduciendo el marco dentro del cual somos capaces de pensar. El esquema mental del capitalismo se ha impuesto y queda lejos cualquier concepción de sociedad que no se base en la propiedad, en el salario, en la obtención de algún tipo de beneficio. Sin embargo, justo ese es el camino que nos está conduciendo al desastre a nivel planetario. Nuestras habilidades creativas fuera de los márgenes están atrofiadas, han sido inutilizadas. Por tanto, no podemos más que elegir el sentido en que vamos a seguir reproduciendo los viejos esquemas. Puede que con nuevas formas pero, desde luego, con los mismos fondos de siempre. Hemos perdido la capacidad de crear imposibles, de crear lo utópico. No estoy seguro de cómo ni cuándo pero el oportunismo y el cinismo se han impuesto como rasgos definitorios del sujeto actual. Son valores en alza en una sociedad de consumidores exacerbados. El cinismo es imprescindible para sobrellevar la perpetua insatisfacción de este tipo de vida en la que es imposible alcanzar la plena satisfacción de unas necesidades (cada vez, más y mayores) que constantemente se van alejando de nosotros mismos. Una vida con una precariedad emocional derivada de esta insaciabilidad y de lo volubles que resultan los deseos de cada cual ante la avalancha de imaginería que se nos viene encima a diario. Desde los medios de comunicación pasando por la ciudad escaparate y por cualquier otro canal presente en nuestras vidas. El oportunismo es la cualidad básica que se esconde detrás de todos esos mantras actuales tales como el emprendimiento, la resiliencia y demás artefactos creados para que soportes de manera efectiva los embates que te va dando la vida mientras esperas tu momento, la oportunidad para pasar por encima de todos sin mirar atrás, para encaramarte en esa escalera social por la que anhelas ascender aunque para ti, como para la mayoría, sus escalones son infranqueables y fabricados de un material altamente escurridizo.
Hay que recuperar la utopía como fuerza que guía nuestro imaginario. Debemos hacer frente a esa enfermedad llamada pragmatismo que tanto daño hace a cualquier intento de transformación, que inevitablemente conduce a la filosofía del mal menor y al apuntalamiento de aquello que queremos transformar.
Es necesario leer, escribir, hablar, recuperar las palabras que representan los conceptos que nos mueven. Si no usamos las palabras, dejaremos pensarlas y si eso sucede ya no las podremos sentir. Y eso es el final, porque si algo no nos conmueve, no nos interpela; simplemente desaparece de nuestra vida. Pero al mismo tiempo hay que construir en la vida diaria, sin descanso. Cada vez es más urgente. La emergencia aumenta por momentos, la situación requiere recuperar la utopía frente al desastre que vivimos y frente al que nos está esperando a la vuelta de la esquina. 
 

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lunes, 17 de junio de 2019

CANSANCIO Y CONTROL



Retomando el último texto publicado en el blog, sigo dándole vueltas a como parece ir evolucionando el modelo social en el que estamos inmersos y las diferentes consecuencias que eso tiene para nosotros.
Hablaba de esa sociedad de la cadena de montaje, de la fábrica, de su rigidez de valores, en definitiva, de esa sociedad tan atada en corto. Así en ese momento se podía ver claramente aquello que más la definía en ese aspecto.
Una sociedad de control delimita claramente con sus muros físicos lo aceptable de lo inaceptable, convirtiendo así en locos y/o criminales a todos aquellos que no encajan en el estrecho marco de acción que estable. Sus parlamentos, sus cárceles, cuarteles, hospitales, colegios,… se encargan perfectamente de esta función. Sin embargo, toda esta maquinaria es harto pesada de mantener engrasada y a pleno rendimiento. Y vemos como, poco a poco, con la aparición y el predominio de ese nuevo modelo donde la fábrica pierde peso y la economía financiera (con todo lo que implica) se hace dueña y señora, surge la necesidad de acotar su funcionamiento para tan sólo casos especiales. Adoptando una nueva forma para su desempeño diario mucho más “económica” y que consume menos recursos y, por tanto, que la proporción del pastel a repartir entre las élites sea mayor. Una forma de control que es una “consecuencia natural” (así lo predisponen las teorías científicas) de la sociedad de consumo y del emprendimiento en la que estamos hundidos hasta el cuello.
Ahora el controlador ya no es externo, nosotros mismos nos encargamos de realizar esta labor. Y parece que lo hacemos realmente bien. La verdad es que nos lo ponen fácil. Basta con hacernos creer que lo tenemos todo a nuestro alcance, que cualquier hijo de vecino puede ser el nuevo rey del mambo y llevar una vida de lujo para que entreguemos todo nuestro arsenal de rebeldía interior. Miedo, avaricia, idiotez… razones múltiples que conducen al mismo lugar: sumisión a las reglas que otros han diseñado para nosotros.
Abandonada toda esperanza, nos lanzamos a la carrera por los senderos marcados, sin darnos cuenta de que todos son circulares. Todos nos llevan al punto de inicio, o lo que es lo mismo, a ninguna parte. Porque en esta sociedad, el final de la carrera es la muerte, sólo con el movimiento perpetuo puedes mantenerte a flote dentro de ella. Aunque eso signifique cronificar un cansancio vital que nos lleva a una especie de suicidio del espíritu, a una vida artificial, vacía. Ese cansancio vital es uno de los mayores factores de control en este nuevo modelo. A veces, lo podemos identificar como conformismo o apatía, pero en cualquier caso, eso no surge de la nada. Nace de una estrategia predeterminada por la que la velocidad se ha apoderado de todas nuestras acciones, no sólo produciendo beneficios para los capitalistas sino que también en todo aquello que debiera definirnos: el amor, la reflexión, la lucha y la resistencia, el compromiso… todo debe hacerse rápido, todo nos cansa en extremo. Así, es difícil no caer en el fracaso una y otra vez. Así es como nos sentimos cada vez más cansados, más derrotados, más predispuestos a controlarnos y ser controlados. Nos conduce a un inmovilismo vital que nos encierra en nosotros mismos o, en el mejor de los casos, en pequeños grupos humanos creados alrededor de una idea común que con el paso del tiempo se vacía de significado, si es que alguna vez lo tuvo.
El bucle puede no tener fin, quién sabe. Lo único cierto, al menos para mí, es que pasan los años y nada parece cambiar, nada hace sospechar que podamos ser capaces de romper sus paradigmas, sus estrategias. Aunque siempre he creído que en la derrota es donde uno empieza a vislumbrar la esperanza.
 

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martes, 4 de junio de 2019

NARCISO DIRIGE EL ESPECTÁCULO



Hubo un tiempo en que Edipo era el rey. Hoy, sin duda, Narciso le ha destronado.
Lo cierto es que son dos caras de una misma moneda. Una moneda que tiene múltiples imágenes pero siempre la misma representación: el sufrimiento psíquico que padecen muchísimas personas en un entorno socioeconómico tan hostil para la inmensa mayoría de la población.
Por supuesto, si alguien espera una disertación psicoanalítica pude ir cambiando de canal. Por aquí no entrará lo que anda buscando por mucho que la premisa inicial apunte en esa dirección. Me interesa más lo que representan esos conceptos y las asociaciones que se pueden realizar con el modo de vida bajo el sistema capitalista y con la propia evolución de dicha forma de vida.
El mito de Edipo siempre se ha identificado con la represión, el deseo no satisfecho, el miedo… En lo que concierne a lo que pretendo plasmar aquí, podemos relacionarlo con un modelo productivista, con la fábrica. Con ese Capitalismo que se fortalecía de la fabricación de bienes y la explotación de aquellos que los producían. En ese mundo de la omnipresencia de la cadena de montaje, los empleos podían llegar a ser muy estables y no era extraño el que una persona dedicara toda su vida a una sola empresa. Lo normativo, aquello que el sistema establece como el ideal al que todo buen ciudadano debe aspirar a alcanzar, estaba perfectamente delimitado. La vida estaba muy estructurada si se quería estar dentro de la norma y no ser señalado ni tratado como un apestado social. Trabajo y familia (en ese orden), esos eran los pilares sobre lo que todo debía descansar. Así que trabajo y familia era lo que debía ser mantenido a toda costa y en lo que había que volcar toda la energía. Sobre esas dos vigas maestras, sostenía Edipo su imperio.
Era un modelo social rígido y solidificado que no permitía la más mínima desviación del camino marcado, por tanto, cada desliz debía ser reprimido. En la mayoría de los casos, autoreprimido. Para el resto se reservaban los mecanismos represivos del Estado (tal y como sigue sucediendo y seguirá haciéndolo mientras existan entidades con el monopolio de la violencia legal).

Pero los tiempos cambiaron, porque el Capital así lo exigía en su progreso imparable hacia la nada más absoluta. Ahora, el dinero ya no se sustenta en la producción sino que descansa sobre sí mismo. La fábrica ha quedado relegada a la periferia del núcleo financiero. Y se ha llevado consigo la necesidad de una sociedad rígida de asalariados obedientes. No sólo se han deslocalizado los puestos de trabajo, también las formas sociales de vida. Lo normativo ha cambiado.
Emprendedores, dinámicos, dispuestos a sacrificarlo todo por su carrera, imaginativos, resilientes… Y toda esa charlatanería que conocemos de sobra (y que el engendro de la psicología positiva y su hijo bastardo el “coaching” se han encargado de encumbrar). Se utiliza para enmascarar lo de siempre: la esclavitud del salario, la necesidad de ganarse la vida para los desposeídos.
La sociedad del espectáculo se ha impuesto y con ella la imagen, lo superficial, lo externo, se ha convertido en lo fundamental.
Con estos mimbres, Narciso se ha encumbrado en el trono. La egolatría y la falta de empatía campan a sus anchas en una distopía que reniega de las clases sociales y su eterna lucha en pos de un sálvese quien pueda ridículo. Sólo hay que echar un vistazo al mundo digital, a las redes sociales (el mundo real para muchos) para observar a Narciso cabalgando por sus dominios. La rotura de vínculos sociales, el desapego y el desarraigo dan paso a una sociedad reconcentrada en sí misma, donde cada individuo está convencido de que puede ser el siguiente triunfador, aunque para ello deba pasar por encima de quien sea y deba renunciar a lo que sea. El primer paso para ser un triunfador es parecerlo (ya sabemos que la imagen lo es todo). Así la representación de nosotros mismos que ofrecemos al mundo es fundamental. Pero cada uno sabe lo que hay detrás de esa imagen. Cerrar los ojos y obviarlo no lo hace desaparecer. Es justo ahí, en la necesidad que tenemos de no ver nuestro propio reflejo, nuestra propia miseria donde Narciso sustenta su reinado.
 

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lunes, 20 de mayo de 2019

SEGUIMOS BAILANDO AL SON QUE NOS MARCAN



Tocan elecciones, varias, pues allá vamos. Llevamos meses comiendo caldo electoral de día y de noche. Todo se centra en eso. Ahora toca parar el fascismo, en las anteriores acabar con el bipartidismo y el Régimen del 78, en las próximas tal vez salvar el proyecto europeo, o que sé yo. Todo esto con una simple acción, el voto, que para eso es la quintaesencia de la democracia. Sí, miles de años de evolución han dado como resultado que poner un papel en una caja s la mejor forma de tener el control sobre tu vida. ¡Bravo!

Vamos a ello, nos engañamos y votamos. Ya s sabe, el mal menor, votar con la nariz tapada… Por seguir con los tópicos, ahí va otro. Eso es como salir al campo a que no te goleen y cosechar la mayor derrota del año (sucede en nueve de cada diez ocasiones, en la otra pierdes igual pero más decorosamente) Da igual quién gana, aunque ganen los “tuyos”, tú pierdes siempre. Es sencillo, el juego tiene unas normas y si juegas tienes que seguirlas. Si las sigues no hay posibilidad de que el resultado te sea favorable, a menos que te conviertas en ferviente seguidor del juego y admitas que las migajas que puedan caerte son un suculento botín. En el mejor de los casos, mejorará algún aspecto superficial que en poco afecta a lo fundamental. En el peor, te quitarán el maquillaje de golpe y verás el verdadero rostro de un mundo que agoniza y, mientras lo hace, destruye todo lo que encuentra a su paso.

Vivimos en las llamadas democracia liberales (afortunados que somos) cuyo nombre, en contra de lo que muchos puedan pensar, no se debe al predominio de la libertad individual de las personas, sino a la libertad del Capital para seguir siendo acumulado por unas pocas manos. Y eso es todo, podrán darle cincuenta mil vueltas al asunto, pero el meollo se mantiene intacto.

Aun así, nosotros a lo que nos digan, que no nos falten temas ni elementos para marear la perdiz y demostrar lo buenos oradores y argumentadores que somos todos.
Que si quién es el más fascista de todos, o el más imbécil, llámalo como quieras; que si los gobiernos del cambio han servido para cambiar algo o no, que si un fulano ha apadrinado la sanidad pública, que si tal o cual ha hecho méritos para esto o lo otro; que si tu bandera es más grande y más bonita que la mía… Hasta los que tienen claro (o eso me parece) que no participan en el circo, andan todo el día pendientes de todo y buscando, de paso, traidores entre los suyos que hayan sucumbido a la tentación. Y así pasan los días, los años, la vida.

Lo peor, es que todos sabemos que hasta las decisiones que no son más que migajas para nosotros, no dependen de los votos sino de la presión social en la calle y en el trabajo. Ningún gobierno aprueba nada mínimamente favorable a la mayoría sin que ésta lo exija, al fin y al cabo, si no lo van a poder rentabilizar en votos en las próximas elecciones para qué molestarse. Se lo ponemos tan fácil, somos tan dóciles, nos conformamos con tan poco…
 

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viernes, 22 de febrero de 2019

UN DÍA CUALQUIERA DE UNA VIDA AFORTUNADA



Te vas arrastrando, lentamente, a través de los días. Intentando desgastarte lo mínimo posible en un trabajo que, tal vez, algún día te gustó pero que ya no recuerdas la última vez que te ilusionó, que regresaste satisfecho al hogar.
Reservas la energía para los tuyos, para lo tuyo, para vivir eso que consideras tu vida.
¡Tienes suerte!, dicen muchas voces a tu alrededor, muchas de ellas son voces amigas y, sin embargo, en tu cabeza no suenan para nada amistosas. Incluso, a veces, te parece entrever un tono de reproche.
¿Suerte? Sin pronunciar la palabra, tu rostro es lo que da a entender porque enseguida esas voces sienten la necesidad de explicártelo. Tienes trabajo, casa, familia… (sí, en ese orden suelen reiterarlo) Tienes una nómina, suelen concluir a modo de sentencia, por si todavía no te habías dado cuenta de que eres poco menos que la encarnación de dios en la Tierra. Poco les importa lo que esa suerte supone para tu salud mental, para la física, para la convivencial… Al fin y al cabo, tienes ingresos y eso es lo que importa, eso es lo que te permite ser alguien.
Ni siquiera tratas de rebatir nada, demasiadas veces has intentado explicar que la vida debería ser otra cosa, debería regirse por otros criterios. Que ser afortunado sería poder disfrutar viendo crecer a tu hijo, aprendiendo con él en lugar de tener que conformarte con verle un rato al día cuando ya no te quedan apenas fuerzas para seguir adelante. Que ser afortunado sería seguir construyendo y caminando nuevas vías junto a tu pareja en lugar de estar pendientes del siguiente pago, del siguiente percance que te dinamite la economía familiar. Que ser afortunado sería desarrollar tus ideas, tus ilusiones, tus inquietudes, tus anhelos en lugar de sucumbir al ritmo frenético de consumo inútil en el que vivimos.
Pero todo esto te lo guardas para unos pocos, cada vez menos, y prefieres aceptar tu supuesta suerte y encerrarte en ella con la íntima esperanza de que algún día todo cambie y vire a tu favor por mucho que seas totalmente consciente de que los vientos no soplen a tu favor.
Eso sí, te queda el exabrupto, la maledicencia y las benditas redes sociales para volcar toda la frustración que esa vida tuya tan afortunada te produce.
 

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jueves, 3 de enero de 2019

RETRATO DE UN PRODUCTO (En su doble vertiente)

Soy un producto, o eso es lo que se pretende, lo que quieren que seamos, lo que probablemente ya sea a estas alturas.
Un producto del que todo es factible de ser aprovechado, consumido. Cada partícula de mi ser sirve para hacer negocio con ella. Cualquier aspecto inmaterial que me conforma vale para que obtengan beneficio de él. Tanto lo físico como lo intelectual, incluso aquello que podría ser considerado como espiritual es comprado por el mejor postor a diario. Se vende quiera o no, oponga mayor o menor resistencia sucede constantemente. Y si lo pienso, ni que sea por un momento, me doy cuenta de que me vendo por nada.

Soy consumido a cambio de consumir, un triste círculo vicioso que no debería consolar ni al más estúpido de los humanos. Y sin embargo, lo hace. Casi siempre lo hace. No hay otra explicación para esa espiral en la que nos consumimos y llamamos vida. Vida triste que rápidamente nos encargamos de poner en el escaparate, presumiendo. Absurdo, no existe otra palabra que lo defina.

Exhibido en un escaparate de alcance mundial, sin pudor, sin escrúpulos, con toda la crudeza que requiere reducir un ser humano a la simple condición de objeto. Pero no un objeto cualquiera, sino uno de la más baja condición, uno de usar y tirar. De los que no requieren siquiera un mínimo de mantenimiento. Porque además de ser un producto susceptible de ser comprado o vendido, también soy un producto de este tiempo. Tan asimilada mi condición que yo mismo me pongo en ese escaparate. No necesito que nadie lo haga por mí, yo me basto y me sobro para hacerlo y hasta para vanagloriarme por ello. La estupidez es imprescindible para ser un buen producto, es una característica muy apreciada por los compradores.

Como decía, soy un producto de mi tiempo y envuelvo mi vida con colores llamativos en forma de experiencias vitales porque sé que el contenedor es más importante que el contenido. Experiencias que vendo como únicas, sin ser consciente de que son exactamente las mismas que venden el resto, porque ya la imaginación no nos da para más. Porque somos material clonado, moldeados bajo un mismo patrón que nos hace creer únicos cuando no somos más que copias que van perdiendo calidad con el paso del tiempo.

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viernes, 28 de diciembre de 2018

FMI: 73 AÑOS AL SERVICIO DEL CAPITAL

Se acaban de cumplir 73 años de la creación del Fondo Monetario Internacional, creado el 27 de diciembre de 1945, un año después de la creación de otro de los grandes monstruos del capitalismo económico, el Banco Mundial. Estas dos instituciones junto a la Organización Mundial del Comercio forman la santísima trinidad de la dominación capitalista en el plano económico.

El Fondo Monetario Internacional nació de los acuerdos de Breton Woods tras la II Guerra Mundial con el objetivo de crear un fondo de ayuda a los países participantes. Para ello propusieron facilitar la expansión y el crecimiento equilibrado del comercio internacional, impulsando la cooperación entre países y fomentando la estabilidad cambiaria. Qué bonito sonaba entonces cuando todos se las prometían muy felices. Sin embargo, el resultado hasta la fecha ha sido absolutamente devastador. Sólo con mirar el resultado de las actuaciones del FMI en países africanos (millones de personas muriendo literalmente de hambre), latinoamericanos (que se lo pregunten a Argentina o Bolivia por ejemplo) y asiáticos, sin olvidarnos de algunas naciones de Europa oriental (Lituania aún no ha levantado cabeza) y no tan oriental como Grecia, para darse cuenta de que esto no es lo que prometieron. En España no necesitan intervenir directamente, somos tan dóciles que acatamos sus recomendaciones a las primeras de cambio, sin más. Como todo órgano de dominación económica que se precie, la corrupción forma parte de su ADN y sólo hay que ver la retahíla de escándalos que se suceden entre sus directivos (los que se conocen claro) como nuestro insigne Rodrigo Rato a la cabeza. Además de los negocios entre dictaduras y directivos del FMI como los trapicheos que tenía montados Youssef Butros-Ghali, cuya vida laboral ha ido oscilando entre el FMI y el gobierno de Mubarak. Fruto de este sacrificado trabajo fue condenado por corrupción a treinta años de cárcel. Por supuesto, tras la caída de Mubarak, nada ha cambiado en Egipto y continúan bajo el yugo, renovado año tras año, del FMI.

Pero volvamos a nuestra historia. Rápidamente el FMI se convirtió en lo que es hoy en día: un potente instrumento de la dominación mundial de los Estados Unidos y, en consecuencia, de sus multinacionales y entidades financieras. La razón es muy sencilla, las decisiones en este organismo se realizan a través de votaciones de sus estados miembros (182 en total) y la cantidad de votos que cada país tiene va en función de su capacidad económica y sus aportaciones al fondo. ¿Parece lógico verdad? Siguiendo estos criterios EEUU tiene el 16.4% de los votos, países como Francia e Inglaterra poseen el 4.85% y España el 1.38% (esto representa nuestro poder real en la toma de decisiones en el organismo que regula el mundo económicamente hablando). Pero, ¿dónde está la trampa? Bien, cualquier decisión necesita un mínimo del 85% de los votos para ser aceptada esto implica que es imposible tomar una decisión sin los Estados Unidos. De ahí que lo que ellos dicen es lo que se hace.

La manera de actuar del FMI es a través de sus programas de ajuste, diseñados para lograr los objetivos arriba mencionados, no obstante, en los últimos cuarenta años la única cosa que han logrado (realmente es la única que querían lograr) es que los países del Sur sean solventes para seguir pagando su deuda externa y se vayan creando las condiciones adecuadas para que las grandes corporaciones los colonicen y expriman a sus anchas.

¿Cómo lo hacen?
Acuden al rescate de los países pobres con grandes sumas de dinero que ponen a su disposición a cambio de seguir unas normas que ellos estiman adecuadas para convertirlos en países prósperos. Podemos resumir esas normas de la siguiente manera:

- Saneamiento del gasto público. Esto es muy fácil de conseguir, basta con reducir a la mínima expresión el gasto social total gracias al FMI no lo van a necesitar porque les va a hacer ricos.
- Eliminación de subsidios productivos y reducción de aranceles. Esto es: no se puede subvencionar la producción autóctona (igualito que los EEUU o la UE) y no se debe gravar la importación. La consecuencia directa es la eliminación total de la economía local porque no puede competir con la extranjera.
- Aumentar la presión fiscal. Tan sencillo como crear nuevos impuestos. La lógica es simple: como van a ser ricos tendrán que contribuir más.
- Eliminación de barreras cambiarias. Así podemos sacar todas las divisas del país sin mayores problemas.
- Estructura de libre mercado. Del libre mercado mejor ni hablamos, ya sabemos como acaba: monopolio total por parte de las multinacionales.
- Desregulación del mercado de trabajo. Adiós a los derechos laborales, adiós al sindicalismo, adiós al empleo estable y de calidad.

Con todo esto se consigue que los países intervenidos por el Fondo Monetario Internacional se conviertan proveedores de mano de obra y materias primas a precio de ganga. Porque, al fin y al cabo, de eso se trata. De dominar. Las fachadas de principios que este tipo de instituciones se construyen de cara a la galería, caen por si solas casi tan rápido como se crean. A día de hoy, nadie cabal puede dudar del daño hecho por el FMI. Sin duda, culpable directo de la muerte de millones de personas y de la pobreza de muchísimos millones más.


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