jueves, 13 de agosto de 2015

¿QUÉ PASA CON LA CUESTIÓN MILITAR?

Recientemente se ha conmemorado el 70 aniversario de la masacre nuclear perpetrada por los EEUU en Hiroshima y Nagashaki. Siete décadas desde que se hizo patente que la capacidad destructiva de los ejércitos no sólo era enorme sino que a partir de ese momento se constató que era brutalmente rápida.
Desde entonces el movimiento antimilitarista adquirió una nueva dimensión y multiplicó su expansión alrededor del mundo.

En nuestro entorno, el movimiento antimilitarista tuvo su máximo apogeo en la lucha contra el servicio militar obligatorio y contra las bases militares y la OTAN y se vio articulada en los movimientos de objeción de conciencia y de insumisión y en cantidad de colectivos antimilitaristas. Sin embargo, desde la abolición del servicio militar la cuestión antimilitarista ha ido perdiendo peso en el argumentario de todos aquellos que luchan por la construcción de otro mundo.

En la actualidad el tema militar ha desaparecido de la primera línea de la mayoría de movimientos sociales (no hablemos ya de todos aquellos que hablan de tomar el poder vía partido político porque estos ya saben que, para mantener ese poder, necesitan al ejército y su industria de la muerte perfectamente engrasados); obviando voluntaria o involuntariamente que la mera existencia de los ejércitos y el negocio de la muerte de la industria armamentística es un pilar dentro del orden capitalista. Esto está muy lejos de significar que el estado español se mantiene al margen del militarismo y sus consecuencias. Más bien sucede todo lo contrario.

En ocasiones anteriores he hablado sobre el negocio de la venta/tráfico de armas y la posición que ocupa España en ese tinglado y cómo alienta y arma a Estados que utilizan el terror y la muerte como política fundamental (Israel, Barhein, Arabia o Marruecos entre otros) a pesar de que supuestamente las leyes españolas prohíben la venta de armas a países que no respetan los derechos humanos (claro que si acataran sus propias leyes el propio Estado español sería el primero que no podría comprar sus armas debido a las reiteradas violaciones de los derechos humanos que comete). Es de sobra conocida la relación tan estrecha que existe entre el Estado y las empresas de armamento a las que prácticamente subvenciona a fondo perdido, a la vez que son su mejor cliente y ejerce de representante comercial. El fenómeno de las puertas giratorias llega a la máxima expresión con el ministro Morenés, en su día consejero de Instalaza (esta empresa es la responsable de la muerte de miles de personas gracias a las bombas de racimo, entre otros artefactos, que fabricaba y comercializaba hasta su “teórica” prohibición. Después de esto, Instalaza denunció al gobierno español por lucro cesante. Este pleito se ha resuelto a favor de la empresa siendo Morenés ministro y encargado de pagarse a sí mismo y a los suyos la compensación económica) y MBDA (empresa que diseña, fabrica y vende misiles) Por supuesto, se movía en este mundo empresarial al mismo tiempo que ocupaba altos cargos en la administración como la secretaría de Estado de defensa en el gobierno Aznar.

Por otro lado, el Estado español forma parte de ese organismo represor a nivel mundial llamado OTAN, y no sólo eso, sino que alberga, entre otras cosas, en la ciudad de Bétera un mando de fuerzas conjuntas de la Alianza Atlántica donde se halla un ejército de despliegue rápido de la OTAN (hq nrdc-esp) Obviamente, esto incumple las condiciones que acompañaban al SÍ en el infame referéndum de entrada a la OTAN de 1986 y que decía explícitamente que el Estado español no se incorporaría a la estructura militar integrada. Pero, ¿a quién le importa?
Sobre todo teniendo en cuenta el patético servilismo ofrecido a los EEUU desde la dictadura franquista y que el actual Gobierno ha elevado a la máxima expresión, permitiendo que Rota se convierta en la base para que los portaaviones norteamericanos campen a sus anchas por esta parte del globo, y dejando que instalen en Morón el mando del AFRICOM, la fuerza de choque con la que los EEUU impone su ley en África. Llegados a este punto es preciso recordar, que todos los gobiernos “democráticos” españoles han apoyado y participado en las diferentes guerras por la paz y por la democracia que es como les gusta llamar a sus masacres.

No menos increíble resulta el gasto militar que año tras año despliega el Estado con todo tipo de engaños para que no veamos la realidad de un presupuesto creciente y desmesurado que contrasta con el continuo recorte en las partidas que supuestamente están en la base de un Estado social.

El poder es consciente de que los ejércitos y las guerras tienen un evidente significado negativo, por ello, trata de revestirlo de una capa de humanitarismo. Así es como tenemos que los militares, según se nos vende, desarrollan misiones de paz (armados hasta los dientes pero repartiendo paz), participan en rescates arriesgados, luchan contra los incendios, asisten en las catástrofes naturales... como si para hacer todo esto fuera imprescindible ser militar. Pero claro, todo esto bien acompañado de excelentes campañas de marketing como mandan estos tiempos en los que la imagen lo es todo y el espectáculo debe continuar hasta el infinito.

Pero por encima de todo esto (que no es poco) no hay que olvidar lo que representa el militarismo.
Los ejércitos son la quinta esencia de los valores en los que se fundamenta un sistema de dominación: la jerarquía, la subordinación al líder, la obediencia ciega, la consecución de los fines sin reparar en los medios... Los ejércitos están diseñados con el único propósito de mantener y, en todo caso, restablecer el imperio del orden y la ley, es decir, aquello que el poder considera oportuno en cada momento. Para ello no importa cómo se consiga. Carecen de valor las vidas humanas, no significa nada arrasar regiones enteras y convertirlas en eriales estériles durante generaciones. El poder militar no se detiene ante nada ni ante nadie, simplemente obedece a su dueño, es su brazo ejecutor.

El ejército representa el as en la manga de cualquier Estado como aglutinante patriótico en momentos en que la exaltación nacional consigue diluir cualquier otra cuestión y como amenaza en la sombra, como recordatorio. Sin ir más lejos, la Constitución española autoriza al ejército a tomar el mando en situaciones especiales y, por supuesto, son los representantes políticos del poder los que dirimen qué situaciones son especiales.

Los ejércitos sólo sirven para la guerra y la guerra sólo se hace para aniquilar al otro, al supuesto enemigo. La realidad es que las guerras son diseñadas y dirigidas por el poder pero ejecutadas y sufridas por el pueblo. Siempre perdemos los mismo sea dónde sea esa guerra.

Los ejércitos y sus guerras son incompatibles con un mundo basado en la libertad y en el apoyo entre iguales. Es así de simple.
Mientras existan ejércitos, existirá la desigualdad, la opresión y la humillación. Prevalecerá el imperio de la fuerza, el imperio de la muerte.


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viernes, 24 de julio de 2015

ESPEJISMOS

Espejismo: Imagen, representación o realidad engañosa e ilusoria.

Ésta es una de las acepciones del término espejismo y, personalmente, me parece que explica con mucha precisión todo lo que sucede a nuestro alrededor en los últimos tiempos. Vivimos en un mundo lleno de espejismos. Y no solamente los espejismos que diariamente nos ofrece el poder a través de sus medios de desinformación de masas; sino muchos espejismos que vemos en los movimientos antagonistas e, incluso, los espejismos que nosotros mismos nos esforzamos por ver y vivir.

Nos ofrecen una realidad engañosa en la que la recuperación económica es un hecho, sin embargo, no comprendo demasiado bien qué significa eso porque la única dinámica económica que existe desde hace muchísimos años (tanto cuando se supone que las cosas marchaban estupendamente y atábamos los perros con salchichas, como ahora que la pobreza económica es la realidad de muchísima gente) es que una parte muy pequeña de personas acumula una parte cada vez mayor del pastel económico. Así ha sido y así sigue siendo, sin duda. Otro engaño similar es el que nos ofrecen con la supuesta revolución democrática que andamos viviendo, nuevos actores políticos “surgidos del pueblo” toman el poder con la intención de poner las instituciones al servicio de la gente (como si tal cosa fuera posible, como si esas instituciones no hubieran sido diseñadas y creadas exclusivamente para estar al servicio del poder) legitimizando una vez más este potente espejismo al que llaman democracia. Sólo hay que ver lo sucedido en Grecia para empezar a comprender la magnitud y la oquedad que la expresión “tomar el poder”, tan de moda últimamente, contiene.
La lista de espejismos que el poder ofrece es interminable pero uno muy importante es la ilusión del trabajo. Esta imagen funciona en varias direcciones. Por un lado, ofrecen a menudo datos (un espejismo más que no refleja ninguna realidad más allá que la que les interesa) que constatan la recuperación del empleo. Esto da a entender que hay más gente asalariada y, por tanto, en su lógica que vive mejor. Sin embargo, cada vez más la diferencia entre tener empleo y no tenerlo es más invisible. La pobreza económica ya no es exclusiva de los desempleados. Por otro lado, afianza la imagen de que el trabajo lo es todo, es lo que dota de sentido la vida y marca la diferencia entre alguien útil y un desecho de la sociedad. A pesar de esto, el poder muestra su magnanimidad con los desechos ofreciéndoles la subsistencia a cambio de la humillación burocrática.

Lo que sucede dentro de los movimientos antagonistas al sistema también tiene mucho de realidad engañosa o espejismo. Cualquiera que se mueva por las redes sociales puede observar la enorme burbuja revolucionaria que existe. Particularmente, me sucede que la mayoría de mis contactos en este mundo virtual (incluyéndome a mí mismo) nos consideramos de una u otra forma como parte integrante de esa oposición al sistema vigente y, de esta forma, estamos constantemente recibiendo todo tipo de noticias, invitaciones y escritos varios sobre todo tipo de acciones y grupos revolucionarios. Parece que a nuestro alrededor haya un magma revolucionario a punto de llevarse por delante toda señal del poder dominante. Sin embargo, la realidad es bien diferente. Lo que parece una acción multitudinaria se convierte en una manifestación de apenas mil personas en ciudades donde millones padecen las penurias del sistema. También sucede que se tiene la tendencia a etiquetar, nombrar, anunciar, redactar, en definitiva a crear todo un armazón virtual en torno a un grupo que apenas funciona o no pasa de ser una tertulia de amigos (por supuesto, nada en contra de estas tertulias que son maravillosas). También asistimos al eterno espectáculo espejista de los nuevos gurús que aparecen cada poco tiempo con alguna idea revolucionaria y susceptible de captar a la gente y que, en el mejor de los casos acaba convirtiéndose en una especie de alternativa personal más o menos al margen del sistema y en el peor convirtiéndose en algo totalmente reaccionario y peligroso.
Enlazando con esto, veo cómo en las dinámicas personales (muchas veces vinculadas a este mundo militante) el espejismo forma parte importante de lo cotidiano. Muchas veces necesitamos creer esa ilusión formada alrededor de un proyecto o grupo porque la realidad se nos antoja insoportable. Sabemos y reconocemos los espejismos pero nos entregamos a ellos con tal de tranquilizar nuestras conciencias pensando que formamos parte de la disidencia a una sociedad tan cruel e inhumana, y con la esperanza de poder superar el miedo que nos atenaza y poder ir mucho más allá de ese espejismo y empezar a construir algo en donde poder sentirnos humanos de pleno derecho.

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miércoles, 8 de julio de 2015

DESOBEDIENCIAS

Desde la entrada en vigor de la ley Mordaza, el término desobediencia ha recobrado fuerza y está inundando el imaginario colectivo, especialmente, a través de la red (como casi siempre en estos tiempos de virtualidad). En concreto, parece recuperarse el concepto de desobediencia civil que popularizó Thoreau en su famoso ensayo. A saber, el no acatamiento de aquellas leyes consideradas contrarias a la justicia, es decir, injustas.
Además asumía que la no cooperación con lo que él denominaba el mal, que no era otra cosa mas que el gobierno, era un deber moral. Más tarde Martin Luther King añadió a esto que también era un deber moral cooperar con todo aquello que consideraba justo, esto último parece caer siempre en el olvido entre los que tenemos la tendencia al manifestódromo y los que hacen revoluciones a través de redes sociales.

Es muy importante en este sentido recordar la enorme diferencia que existe entre la justicia y la legalidad. Este tema estoy seguro que daría para debates y escritos interminables pero que aquí reduzco a una sencilla cuestión: ¿Es justo todo lo legal o  es legal todo lo que consideramos justo? La justicia se define como un principio moral que inclina a hacer respetando la verdad y dando y recibiendo cada uno lo que le corresponde. Por el contrario, la legalidad es el marco de referencia establecido por el poder imperante para la convivencia social. No hace falta ponernos técnicos para darnos cuenta de que una cosa son las leyes y otra lo que cada uno considera justo. De hecho, hay cantidad de ejemplos activos en nuestro entorno de desobediencia hacia leyes consideradas injustas, entre los que me gustan especialmente todo lo concerniente al antimilitarismo (la insumisión en su día o las campañas actuales de denuncia y objeción fiscal), al llamado derecho a la vivienda (el movimiento okupa, las asambleas vecinales...) y tantos otros relacionados con temas tan dispares como la educación, las migraciones, los impuestos, los transportes…


La desobediencia civil es una práctica imprescindible para mantener una mínima cordura dentro de un sistema tan demente como éste en el que vivimos.

Sin embargo, son necesarias más desobediencias, no sólo la referida a las leyes injustas. Es imprescindible empezar a cuestionar y desobedecer en lo individual todas aquellas servidumbres que nos imponen y que venimos arrastrando durante tanto tiempo y que tanto ayudan a mantener el orden establecido.
Desobedezcamos esa ley grabada a fuego que nos dice que la vida hay que ganársela y que la forma de hacerlo es a través del salario. Jamás podremos desarrollar nuestro potencial ni podremos construir una sociedad justa si la vida de cada uno depende de la oportunidad de obtener un salario y, sobre todo, depende de que alguien crea conveniente pagar un salario. Desterremos el dogma economicista que nos ha absorbido totalmente y hace que cualquier proyecto, cualquier acción se mida en función de si es factible económicamente.

Desobedezcamos esa moral capitalista que permite que millones de personas mueran de hambre y padezcan guerras diseñadas y perpetradas por las grandes corporaciones en connivencia con los Estados pero que condena y reprime cualquier intento de protesta.

Desobedezcamos el mantra del consumismo. Nunca seremos felices a través del consumo por mucho que sus maravillosos medios de propaganda nos lo hagan creer. Eso no pasará simple y llanamente porque no es posible, porque está diseñado para todo lo contrario: para mantenernos es la más absoluta de las infelicidades y de las impotencias a través de la continua inoculación del deseo de alcanzar algo mejor (que por supuesto se sabe que es mejor porque es más caro) mezclado con la obsolescencia programada con la que se produce cualquier artículo.

Desobedezcamos la imposición del ritmo, del tiempo a la que estamos sometidos. Tenemos el horario de nuestras vidas prediseñado: tantas horas para trabajar, tantas para consumir, tantas para descansar... y siempre de tal manera que nos parezca imposible el poder realizar algo, cualquier cosa que no esté marcada en ese horario. Eso sí, nos conceden nuestro tiempo de asueto y amablemente nos indican cómo debe ser nuestro ocio y dónde debemos pasarlo.

Desobedezcamos sus patrones culturales prefabricados y sus modas que nos conminan a vivir de una forma totalmente ajena a lo que nuestra forma de ser y sentir nos indica. Que nos homogeniza a partir de la falsa ilusión de que somos absolutamente diferentes al resto gracias a seguir determinados patrones y no otros.

Deberíamos hablar y, sobre todo, practicar las desobediencias en plural, empezando por las más personales hasta llegar a las colectivas porque oponernos a lo injusto es el primer paso, pero necesitamos seguir avanzando para poder colaborar y construir aquello que consideramos justo, pero no para nosotros solos sino para todos.

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miércoles, 24 de junio de 2015

SOBRE COERCIÓN Y PERSUASIÓN



Entró en vigor la ley mordaza; aunque de manera encubierta lleve activa desde antes incluso de que ningún político se atreviera a formularla. Es una vuelta de tuerca más que considerable en la escalada dictatorial en la que andamos envueltos. Parece que definitivamente los tiempos de la zanahoria han pasado y se impone el palo como método de gobierno. Y esta vez, no sólo la gente comprometida y militante es la que se arriesga a sufrir todo el peso del aparato represivo, sino que cualquiera puede ser la víctima, especialmente esa especie tan desarrollada en los últimos años que centra su espíritu de lucha en el salón de su casa sentada frente al ordenador.

Cuando hablamos del palo y la zanahoria nos referimos a la típica forma en  que las élites ejercen el poder sobre el común de la humanidad. El ejercicio del Poder exige la coerción física (o su amenaza) y la manipulación psicológica. Con el despliegue del aparato represivo (policial, judicial, carcelario...) se ejerce una presión directa e inmediata sobre toda aquella persona considerada peligrosa para el orden social establecido y que además se atreve a demostrar su disconformidad de manera pública a través de sus actos. La coerción no es sólo a nivel físico (y eso que España es una de esas democracias donde la tortura y la violación de los derechos humanos están a la orden del día, tal y como saben todos aquellos que la sufren y tal y como lo denuncian organismos tan poco revolucionarios como Amnistía Internacional).
Otro nivel importante de coerción es el económico. Cada vez se apela más a la sanción económica como método para persuadir a todos aquellos que creen que tienen algo que conservar de que la protesta y la disidencia es un camino que conduce directamente a la desposesión y, por tanto, a la exclusión del sistema y aunque parezca paradójico esto frena a muchísima gente cuando parecería razonable vivir excluido de esta locura. Además de todo esto, tenemos la coerción psicológica que tiene muchas aristas pero que sin duda las políticas de dispersión en las cárceles son un claro exponente del inmenso daño que inflingen tanto a los presos como a sus allegados. Podríamos seguir enumerando situaciones donde los llamados ciudadanos libres (eso se supone que somos) nos vemos sometidos por la acción del palo, sin embargo, creo que todos las conocemos sobradamente.


Por otro lado, tenemos la zanahoria. Porque al poder le interesa una población sumisa pero contenta y agradecida por el tipo de vida que lleva. Así tenemos que para garantizar el control social se necesita ejercer la fuerza pero también desarrollar la persuasión. La persuasión es otra manera de denominar al adoctrinamiento pero con pequeñas diferencias, ya que la persuasión se consigue colonizando el imaginario colectivo. Poco a poco a través de la educación, los medios de desinformación, los espectáculos de masas y la cultura prefabricada se van imponiendo unos presupuestos básicos que acotan el mundo adaptándolo a las necesidades de las élites. Esta constante persuasión hace que vayamos construyendo un personaje que nada tiene que ver con nosotros pero que acaba dominando nuestra vida, porque la necesidad de adaptación a las exigencias del sistema hace que acabemos identificándonos, exclusivamente, con nuestra máscara social, necesaria para la supervivencia. Con ello se genera un vacío interior, se aniquila la propia vida y tratamos, entonces, de generar nuevas realidades a través de redes sociales cibernéticas o cualquier otro sucedáneo. Así la despersonalización queda consumada.

Lamentablemente esto se extiende también entre los que se consideran alternativos o contrarios al modelo social vigente. La persuasión que ejerce el Poder es tan intensa que parece imposible siquiera imaginar alternativas fuera del orden establecido. Alternativas que no conlleven en su misma génesis la fiebre economicista que todo lo envuelve o que no dependan del criterio infalible de unos cuantos elegidos, son rechazadas por la mayoría de contestatarios al calificarlas de utópicas. Todo las opciones quedan restringidas al marco teórico que el propio sistema nos ofrece. En consecuencia, nada de todo esto puede superar ese marco, nada nacido bajo las mismas premisas que rigen el sistema puede acabar con ese Poder establecido y ejercido, independientemente de la forma que adopte cada Estado.
  

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viernes, 12 de junio de 2015

REFLEXIONES DEL AHORA

Desorientados o simplemente reorientados, una vez más, hacia la eterna promesa de la neutralidad de las instituciones, hacia la posibilidad de virar el rumbo del sistema, de hacerlo más amable. Nos negamos a aceptar que esta democracia tiene el timón trucado y siempre apunta hacia el mismo lugar por muchas vueltas que le des y cuando además de apuntar dispara: no hace prisioneros, tira a matar.
El poder de seducción del sistema es grande y su capacidad para crear nuevos actores en su espectáculo es inacabable. No sólo ha conseguido encauzar el descontento de mucha gente con inquietudes políticas sino que se ha superado a sí mismo: ha conseguido que aquellos desencantados que consideran que lo único que no funciona son los políticos ladrones encuentren a su nuevo paladín de la decencia encumbrado de la noche a la mañana y ni siquiera se han molestado en plantearse cómo ha sido posible esa aparición.

Es cierto que la capacidad de seducción es muy potente y cuenta con unos medios de difusión de masas que la hacen altamente eficaz. Sin embargo, no hay que menospreciar el factor miedo. Sí, ese miedo que a menudo oímos decir que “está cambiando de lado”; cosa ésta que no deja de tener su parte de verdad; pero que sigue habitando mayoritariamente en nuestro lado.

Por muchas razones diferentes tenemos grabado a fuego que la pérdida es dolor. Ese dolor nos aterra y, por tanto, cualquier posibilidad de pérdida nos da auténtico pavor.

Con este miedo es con el que juegan y casi siempre ganan. En la mayoría de ocasiones la posibilidad de perder algo que ingenuamente creemos poseer, ya sea algo tan etéreo como la libertad, la seguridad vital… o algo tan material como una vivienda o un trabajo nos impide asumir el compromiso necesario para sacar adelante aquellos proyectos o tomar las decisiones en las que decimos creer o confiar.

Por eso seguimos dejando que la corriente nos arrastre, que sean otros los que decidan cómo debe ser nuestra vida. Seguimos creyendo que la utopía basta con pensarla, que para vivir ya tenemos eso que llamamos la vida real y que en esta realidad sólo es posible tratar de mejorar nuestra condición sin tener demasiado en cuenta al resto porque si lo hacemos ni siquiera podemos mejorar la nuestra. Es la ley del posibilismo que nos imponen y aceptamos como dogma. Así seguimos asistiendo al espectáculo sin darnos cuenta que somos parte de él. Lo que sucede, incluido el teatro electoral y el posterior juego de las sillas, no nos es ajeno, estamos incluidos en él y es nuestra obligación tratar de revertir el guión de la obra porque el final está escrito y no es nada bueno. Pero no queramos cambiarlo sin salirnos del guión porque eso es imposible y una vez más... a la vista está. Mientras el cambio de cromos se hace visible y nos distrae al tiempo que nos polariza al más puro estilo futbolero (“que si yo soy de éste y tu de aquel…”) el sistema sigue afianzando sus bases y sigue avanzando en sus planes. Basten como muestra los diversos tratados de libre comercio (o libre esclavitud si hablamos con propiedad) que andan impulsándose alrededor del mundo o, en un nivel más cercano, el apuntalamiento del yugo militarista impuesto sobre África desde la base Morón. 

Mientras tanto, parece que todo queda en suspenso a la espera de ver si se confirma la hipótesis lanzada desde los medios de información acerca de que el tiempo de la nueva política ha llegado y el poder ha sido tomado por la izquierda (signifique eso lo que signifique) y todos volvemos a replegarnos en nuestros reductos en la eterna espera del momento oportuno. Tal vez el momento oportuno sea cualquiera y éste sea tan bueno como el que más. Pensémoslo. Hagámoslo.

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viernes, 22 de mayo de 2015

ES TIEMPO DE REFLEXIONAR (o eso nos dicen)

Nos dicen que es el momento de reflexionar y, en mi opinión, deberíamos hacerles caso aunque sólo fuera por esta vez. Pero hagámoslo bien, pensemos en cómo es el mundo en el que vivimos, en la vida que llevamos y en cómo nos gustaría que todo esto fuera. Luego actuemos en consecuencia pero no sólo una vez cada cuatro años como les gusta que hagamos; sino todos los días. En cada acción, en cada decisión que tomemos deberíamos tener presente esa reflexión.

Guerras, hambre, enfermedad, miseria, explotación, exilio… en definitiva muerte. Ese es el panorama que vive la inmensa mayoría de los seres humanos, muertes todas ellas evitables fuera de un mundo regido por el lucro y la acumulación de riqueza y poder, es decir, fuera de un mundo capitalista. Por el contrario, todas esas muertes son imprescindibles dentro de él, son necesarias para mantener la maquinaria capitalista perfectamente engrasada. No hay alternativa, el sistema exige el sacrificio de una cantidad exorbitante de vidas cada día.

Miles de personas mueren cada día tratando de cruzar fronteras que tan sólo existen para proteger los intereses del poder, tratando de huir de una realidad atroz cuyo único horizonte es la muerte cercana. Otras tantas perecen a causa de unas guerras en las que, como siempre, los oprimidos luchan entre sí mientras los verdaderos causantes de la guerra observan cómo fluctúa su cuenta de beneficios según apuesten por uno u otro bando (aunque la costumbre suele ser apostar por los dos). Otras mueren simple y llanamente de hambre, mueren porque el sistema exprime sus vidas y el territorio que habitan sin importar nada más que la ganancia que de ello obtienen.  Muchas más malviven compartiendo su vida con enfermedades que no sólo son curables sino que, en muchos casos, se deben al comportamiento devastador del poder en la explotación de recursos naturales.
Es posible que se pueda sentir esto como lejano; aunque sólo si tenemos inoculado el egoísmo capitalista que impide ver más allá de las circunstancias personales, porque cualquier ser humano que no haya perdido del todo su “humanidad” es imposible que no sienta como propio todo este dolor en mayor o menor medida (a pesar de los innumerables métodos de distracción e inutilización de la conciencia de los que disponemos en las llamadas sociedades desarrolladas).

Lo que no podemos sentir lejano es nuestro día a día, nuestro modo de vivir. Reflexionemos sobre cómo la experiencia única de la vida se desarrolla dentro de unos límites impuestos tan estrechos (cada vez más) que prácticamente nos hemos visto reducidos a convertirnos en seres que luchan por la supervivencia en lugar de disfrutar y experimentar la vivencia. Hemos aceptado el camino marcado de sumisión a los poderes fácticos y hemos abrazado la única vía que el poder reserva a los oprimidos para poder sobrevivir: el salario. Así, nos vemos abocados a aceptar todo aquello que nos imponen para poder acceder a nuestro pedacito de pastel que rápidamente consumimos, para facilitarnos el acceso a aquello que consideramos esencial, sin tener la oportunidad de preguntarnos el cómo y el porqué de la situación. Negándonos, de esta forma, la ocasión de disfrutar de nuestra propia vida.
Reflexionemos como nos dicen, pero hagámoslo sobre todo esto y sobre tantos otros aspectos que condicionan y rigen nuestra vida. Hagámoslo  de verdad y, luego, veamos si un cambio radical es posible a través de los mecanismos que nos ofrecen.

No se trata de votar a tal o cual o de no votar. Se trata de comprender qué podemos esperar de cada una de esas acciones. Se trata de ver la posibilidad real de cambio que puede existir, de demoler este modo de vida criminal a través de mecanismos ofertados por el propio sistema. Pero, sobre todo, se trata de comprender que no existe razón alguna por la que la mayoría de las personas deban vivir miserablemente mientras unas pocas se apoderan de todo.

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miércoles, 22 de abril de 2015

TODO POR HACER, PENSAR Y SENTIR



De nuevo ha empezado la carrera electoral y el circo se ha puesto en marcha desplegando todas las carpas y haciendo desfilar a todos sus actores exhibiendo sus mejores galas. Parece que se avecinan tiempos de cambios en cuanto a la aparente diversidad de partidos políticos que han saltado a la palestra y que gracias, entre otras cosas, al constante bombardeo mediático se han convertido en pequeñas ofertas de cambio lanzadas desde las cumbres para todos aquellos insatisfechos con el panorama actual y con el discurrir de sus vidas en general (por supuesto, para todos los que todavía creen que la vía electoral es la mejor opción de cara a poder vivir en una sociedad menos desigual y menos esclavizada).

Independientemente de la creencia sobre el hecho electoral es innegable que muchos nos cuestionamos el modelo vital en el que vivimos o, por lo menos, las injusticias sociales con las que se empieza a convivir con una cierta normalidad. Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad hacia los demás comprende que lo que le sucede a otro en realidad nos sucede a todos porque para el sistema somos exactamente lo mismo, simples números, simples peones de un macabro juego donde todos sin excepción pasamos a la categoría de prescindibles en un abrir y cerrar de ojos.

Ante estas circunstancias parece claro que está todo por hacer, es decir, necesitamos de un cambio tan radical (ir a la raíz de las cuestiones) que prácticamente cualquier ámbito de nuestra vida y por tanto de nuestra sociedad necesita de nuestra actuación. Todo por hacer, esa consigna se repite una y otra vez en cualquier grupo con aspiraciones al cambio social y responde a esa angustia vital que se siente cuando comprendes que la vida debe ser otra cosa.
Siendo absolutamente cierto, es necesario comprender que esta necesidad de hacer debe nacer de la reflexión porque si no es así es más que probable que acabe conduciendo a un desgaste que, a la postre, resulte útil solamente a los intereses del poder ya que acaba por hacer renunciar a mucha gente que se recluyen en la esquizofrenia cotidiana que implica nuestra vida actual. La acción sin reflexión sólo puede darse bajo mandato ajeno (ya sea el partido, el colectivo, el líder…) o siguiendo dogmas, por muy antisistema que sean éstos, que nos conducen a ridículas disputas entre teorías decimonónicas que prácticamente nunca se han puesto en práctica y sobre las cuales no se admite discusión por parte de sus seguidores.

Por tanto nos enfrentamos al todo por pensar, porque sin desmerecer ideas y teorías ajenas con las que podemos simpatizar es imprescindible que cada cual reflexione (y dando un paso más allá, ponga en común esas reflexiones con el máximo posible de personas) y trate de comprender desde su propia vivencia el mundo que le rodea y cómo es su relación con ese mundo para poder ser capaz de visualizar de qué manera se puede incidir en el cambio que se considere oportuno. La reflexión es el paso previo que imprescindiblemente hemos de dar para que la acción no se convierta en una especie de trabajo (algo así como un activista profesional que anda en todas partes sin involucrarse en ninguna) rutinario donde la forma se imponga al fondo y, por tanto, se imponga una vez más la razón del sistema que propugna lo superficial y lo inmediato.

Sin embargo, el factor crucial de esta ecuación es desde donde se inicia ese proceso de reflexión. Aquí entra en juego la última parte del enunciado: todo por sentir. A mi modo de ver, la reflexión que no nace de un sentir el objeto de la reflexión como propio se queda en un mero ejercicio de intelectualidad y es, sin duda, el primer paso hacia una acción inocua. No podemos realizar ningún tipo de planteamiento sin ser plenamente partícipes, especialmente a nivel emocional, de aquello que pretendemos modificar. Sólo cuando una situación duele a todos los niveles tiene la suficiente fuerza para conseguir que las personas nos involucremos de manera relevante en un proyecto.
La cuestión es si en un mundo en el cada vez se vive de forma más superficial es posible sentir, empezando por sentirnos a nosotros mismos. En una sociedad donde la realidad se abre camino a través de una pantalla y la interacción cada vez se restringe más a las posibilidades que ofrece un teclado es más difícil comprender el significado de la palabra fraternidad que bien pudiera estar en la base de muchos proyectos emancipadores colectivos.

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