jueves, 18 de diciembre de 2014

LA ESCLAVITUD SE HACE LEY

Todos, debemos ser conscientes de que ya no hay espacio entre nosotros para las tibiezas, para las soluciones parciales, para la vuelta a tiempos mejores. Todo eso ya no es posible.

El capitalismo en su dinámica destructora sigue avanzando, cada vez más acelerado. Las máscaras han caído y ya no necesitan esconderse más, no necesitan colchones de seguridad ni falsas vías de escape.

Pasaron los “días felices” donde lo prioritario era inculcarnos el afán consumista, el apego a sus productos y la ilusión de prosperar en la vida a base de trabajar y ser buenos ciudadanos.

Pasó el tiempo en que nos envolvieron con su bienestar público, su crecimiento económico y sus infinitas posibilidades de ocio dirigido. Sí, seguramente disfrutamos esos días, sin querer saber, sin querer darnos cuenta de que aquello era posible a costa de millones de vidas humanas, a costa de aniquilar la naturaleza, a costa de ser aniquilados nosotros mismos como seres humanos.

Ese tiempo pasó. Ahora que ya somos fieles seguidores de sus democracias, ahora que ya no podemos vivir sin su salario, ni podemos prescindir de sus comodidades, ahora ya no necesitan más zanahorias para guiarnos. Ha llegado el momento en que la verdadera cara del capitalismo se haga visible. Los que creíamos vivir en la zona segura del mundo vemos cómo todo lo que en nuestra concepción sucedía en regiones recónditas está pasando ahora, aquí, en nuestra sociedad.

Millones (sí, millones) de personas sin poder alimentarse tanto como deberían; sin poder disfrutar de algo tan básico como un hogar (desahucios, pobreza energética…); millones de personas sin ningún tipo de ingreso, que malviven de la caridad; cientos de miles de personas sin acceso a la sanidad más básica y un largo etcétera de situaciones suficientes cada una de ellas para avergonzarnos como seres humanos.

Esa es nuestra realidad, la realidad de un país calificado como moderno y desarrollado. La realidad de un país democrático, de un estado de derecho que tiene como norma sagrada garantizar el bienestar de sus habitantes. Pero como dije, eso ya pasó. Y a pesar de sus esfuerzos por hacernos creer que esto es pasajero y a causa de la corrupción generalizada entre los políticos gobernantes, sabemos que no es cierto. También sabemos, aunque nos de miedo aceptarlo, que ahora vivimos en la realidad capitalista y, sabemos, que va a ir a peor. Así es, ahora vemos que no es una crisis, ni una estafa; sino el desarrollo lógico de un mundo liderado por psicópatas.

Tan sólo hay que ver en qué andan los gobernantes para afrontar esta realidad que con tanta crueldad nos golpea y que con tanta urgencia necesita un cambio radical.

Por un lado, tenemos el TTIP (junto a sus hermanos CETA y TISA), todos ellos acuerdos para el libre comercio entre Europa y Estados Unidos de todo lo que es susceptible de ser mercancía, es decir, de todo y todos. Sí así como suena, incluyámonos en esa lista porque eso es lo que somos al fin y al cabo para el modelo capitalista: mercancías. Estos tratados que se están negociando en secreto según dice la prensa aunque raramente habla de ello (como si para el resto de embustes legales hubieran contado con nosotros), nos conducen hacia un nuevo escalón en el sistema de dominación capitalista. Unos tratados que definitivamente ponen bien a las claras dónde residen los actuales dictadores de las normas que rigen las vidas que habitamos el planeta: en las grandes corporaciones. En este tratado se facilitará el rango de máxima ley a la esclavitud laboral, denigrando más todavía, aunque parezca imposible, la condición de asalariado; se otorgará al gran capital el derecho de patentar y por tanto poseer (con todas sus letras: poseer) y lucrarse con ello todo lo que considere, incluidas toda forma de vida y cualquier proceso natural; legalizará cualquier tipo de aberración como el fracking con la excusa de su imprescindible necesidad para asegurar el normal funcionamiento de la población; pondrá a los dueños del sistema en el lugar que les corresponde, situando a las transnacionales por encima de cualquier legislación existente y con el derecho a reclamarle a cualquier país compensaciones económicas si considera que no se ha llevado un trozo del pastel lo suficientemente grande (tribunales de arbitraje le llaman a esto); todo esto y mucho más pasará a formar parte de las reglas del juego con carácter legal.

Por supuesto que nada de esto es nuevo, de hecho es algo que ya vamos viendo en nuestro día a día, sin embargo cuando el Tratado se firme y entre en vigor, la situación degenerará hasta límites inimaginables (si no podemos mirar cómo le ha ido a México desde que firmaron el NAFTA).

Por otro lado, tenemos en el ámbito patrio, la Ley Mordaza (aunque no os creáis que no tiene equivalentes en el resto de países) la plasmación de esa frase tan manida del “brazo armado de la ley”. El único objetivo de esta ley es asegurarse la nula contestación al proceso de explotación y esclavitud por el que transitamos y garantizar la absoluta entrega de la población a la causa capitalista. A través de diferentes mecanismos se trata: Por un lado de inocular miedo a los que empiezan a notar en sus carnes los efectos del sistema y se deciden a salir a la calle a ejercer su derecho a la protesta (si es que eso existe). Esto se hace allá donde el sistema sabe que más daño puede causar: el bolsillo, aplicando multas económicas por actuaciones y actividades que hasta no hace mucho estaban amparadas por la figura de los derechos fundamentales. Por otro lado, para aquellos considerados más peligrosos por el sistema, añaden el terror físico y emocional; dejando claro qué comportamiento no es el adecuado.

Esta ley da plenos poderes e impunidad a la policía para actuar según crea conveniente sin necesidad de que ninguna instancia superior autorice nada. Liquida la poca libertad de expresión que realmente quedaba en este país y garantiza un sistema de espionaje global que alcanza todas las esferas de la vida.

Como decíamos anteriormente, nada nuevo si exceptuamos el marco de legalidad que ofrece a estas prácticas habituales (cualquiera que haya participado en algún movimiento antagonista ya sabe de qué va esto) del sistema represor. El régimen FIES, las torturas denunciadas hasta la saciedad, la dispersión de presos, los ficheros policiales… En definitiva el terrorismo de Estado ha estado y estará presente. Esta nueva ley lo que hace es ampliarlo a toda la población y garantizar la impunidad de los ejecutores.

Estas dos cuestiones dejan a las claras el perfecto reparto del trabajo que conlleva el capitalismo en su estado actual, las corporaciones dirigen y los Estados reprimen. La combinación perfecta, ambos salen ganando. Por eso, resulta difícil imaginar una salida a través del propio sistema (y mira que se empeñan es hacernos creer que es posible).

 
A los que todavía creéis que esto no va con vosotros y que el mundo funciona estupendamente, sólo os digo que prestéis atención, que abráis los ojos y miréis a vuestro alrededor, pero sobre todo que os fijéis en aquello que más queréis (a vosotros mismos, vuestras familias, amigos…) y os paréis a pensar por un momento si de verdad es oro todo lo que reluce, si de verdad la vida se reduce a cumplir con el papel asignado.
Sabed que aquello que consideráis lejano ya está aquí, siempre lo estuvo pero ahora se ha convertido en algo cotidiano, palpable, real y que va a acabar con todo aquello que amáis, incluidos vosotros mismos.

A los que lucháis; a los que sentís la necesidad de hacer algo por cambiar el mundo que os rodea; a los que sabéis que las cosas no son como nos las cuentan; a los que no estáis dispuestos a consentir más abusos, más explotación, más muerte. A todos vosotros mi admiración, mi ánimo y mi apoyo para seguir adelante.

Imprimir

miércoles, 3 de diciembre de 2014

¿Y SI TODO FUERA MENTIRA?



Desde luego sería muy duro admitirlo, significaría aceptar que tu vida es un engaño y gran parte de lo vivido como propio no sería más que una representación en la que no has pasado de ejercer un papel secundario.
Crecemos con toda una serie de concepciones acerca de nuestra vida que de manera prácticamente involuntaria nos transmite nuestro entorno, sin ni siquiera ser conscientes de que lo único que consiguen de esta forma es perpetuar esta rueda interminable. Se nos instruye en la verdad suprema de que nuestra libertad es incuestionable y que nuestra felicidad es el objetivo máximo al que debemos aspirar. Ahora bien estos dos conceptos sobre los que se basa la existencia humana, según se nos enseña, están absolutamente falseados y modelados en función de los intereses de los que ostentan el poder sobre la sociedad.

La libertad de la que se nos habla se construye sobre la base de que vivimos en un mundo libre donde lo que nos sucede es fruto única y exclusivamente de nuestras acciones y, por tanto, las elecciones que hacemos en nuestra vida condicionan nuestra existencia. Y es en esta misma base donde empieza a desmoronarse el relato tragicómico en el que se ha convertido la vida humana, al menos en lo que se denomina sociedad de consumo que es desde donde yo hablo y vivo.
Nuestra libertad empieza y termina exactamente donde la norma social nos dicta, una norma escrita e impuesta por el poder y transmitida a base de un condicionamiento permanente de nuestra forma de pensar y, sobre todo, de sentir. En muchas ocasiones hemos hablado sobre el adoctrinamiento y la manipulación de nuestra forma de pensar a través del sistema educativo, los medios de desinformación y los productos culturales de masas. Pero todo esto no podría anclarse tan profundamente en nosotros sin contar con el aspecto emocional como nexo de unión.
Es cierto que dentro de la sociedad capitalista se tiende a identificar libertad con capacidad de consumo y la libertad para elegir con la elección entre productos diseñados en su mayoría para satisfacer necesidades ficticias. Sin embargo, esto queda en la superficie del mecanismo que sustenta esta posible mentira. Todo eso no es más que una ilusión creada desde el dominio que ejerce el sistema sobre nuestra manera de sentir.

A través de un condicionamiento masivo ejercido durante años han conseguido crear un eje de coordenadas emocional basado en la supremacía absoluta del ego, un ego manipulado y ensalzado de tal manera que queda reducido a la siguiente sentencia: “estoy por encima de todos y de todo”. De esta forma este ego se convierte en egoísmo (ese sufijo -ismo que indica la cualidad superlativa del concepto). Al conseguir esto, se consigue que el eje de coordenadas emocional se fije con el único objetivo de satisfacer esa necesidad de agrandar el ego y, sobre todo, de hacérselo saber al resto. Esto implica de forma directa el fin de la capacidad de empatizar con el otro, de ponerse en su lugar y de aunar esfuerzos para alcanzar un objetivo colectivo.
Así hemos pasado de un mundo emocional centrado en la manada, en el grupo, la familia amplia... a otro donde nada importa más allá de uno mismo. Unas emociones absolutamente modeladas en todos los aspectos por un sistema social, que necesita del aislamiento antinatural que esta forma de sentir conlleva para poder funcionar a toda máquina. Este moldeamiento implica cambiar nuestros sentimientos y darles un nuevo significado.
Así fue necesario restringir muchas de las experiencias emocionales que caracterizan la condición humana, para lo que se impuso una nueva noción del amor, quedando recluido el amor universal como algo vergonzoso y, al tiempo, se sustituyó por esa idea del amor romántico, individualizado y absolutamente maleable que tanto daño hace en la construcción de los sujetos. También se modificó la noción de amistad hacia una absolutamente superficial, puesto que lógicamente al no poder universalizar el amor ya no era posible alcanzar ese nivel de empatía necesario para establecer verdaderos lazos de camaradería, llegando a la aberración actual por la que consideramos que la forma de tener y mantener amistades es a través de redes sociales (concepto perverso hasta en el nombre y que no es ajeno al tema que estamos tratando porque ningunea de una forma brutal lo que verdaderamente son redes sociales, es decir, grupos de personas apoyándose y ayudándose por el mero hecho de reconocerse como iguales). Esta forma de pensar y sentir nos lleva a ser absolutamente irresponsables de y con todo lo que nos rodea y sucede. No podemos olvidar que nuestro objetivo es la felicidad propia y esta forma de sentir nos hace ser ajenos a las consecuencias que pueda tener nuestra búsqueda para alcanzar esta meta.

Con este mapa emocional y de raciocinio nos enfrentamos a la vida en este mundo libre en el que creemos elegir nuestras opciones con la absoluta certeza de hacerlo sin ningún condicionamiento, sin querer ver que las opciones están marcadas y que las elecciones carecen de sentido, puesto que todas nos llevan en la misma dirección, a saber, en la dirección del enaltecimiento del ego y por tanto de la servidumbre, a un sistema desintegrador de la esencia humana. Los estudios, el trabajo, las amistades, la pareja… todo, absolutamente todo viene condicionado por el papel que nos tiene reservado el modelo social y el cambio de paradigma emocional tan sólo sirve para reforzarnos y reconfortarnos ante esas (falsas) elecciones, haciéndonos sentir que son las mejores para nosotros y para la imagen que tratamos de proyectar hacia el exterior, lo que resulta de vital importancia porque sirve para retroalimentar nuestro ego y facilitar la asunción de la mentira.

No somos libres, la felicidad no es posible en el plano individual. Es tan sólo una mentira más, una de las fundamentales si se quiere, de esta vida en la que creemos ser la causa de todo lo que nos sucede cuando apenas alcanzamos a comprender que vivimos atados de pies y manos a unas creencias emocionales y morales que nos vienen impuestas y contra las que poco podemos hacer si no empezamos por admitir la falsedad en la que vivimos. Creemos a pies juntillas que el ideal es trabajar en algo que nos guste, como si el mero hecho de la rutina laboral y la necesidad del salario no convirtiera cualquier empleo en algo abominable y que acaba por derrotarnos como personas. Admiramos a aquellos que dicen seguir sus ansias de libertad y abandonan su rutinaria vida por una llena de nuevas emociones cuando en el fondo aquello que admiramos no es más que una huida hacia adelante por la insoportabilidad de la realidad. Soñamos con poder realizarnos como personas sin siquiera pararnos a pensar en qué significa eso.

Siempre partimos de la misma base: yo. Pero ¿quién soy yo sin el resto? El sistema lo tiene claro, yo soy nada y en la nada debe sustentarse mi vida.
 

Imprimir

jueves, 20 de noviembre de 2014

A PESAR DE TODO, HAY QUE ENTUSIASMARSE



La capacidad de entusiasmarse es algo innato en los seres humanos. Lo observamos con mayor claridad en la infancia donde el entusiasmo, la ilusión; nos mueven a cada instante, nos facilitan el camino por el que queremos circular, sin miedos ni obstáculos. 

Sin embargo, esta capacidad poco a poco se ve interrumpida, coaccionada hasta que en muchos casos acaba sepultada en el fondo del ser humano recubierta por miles de capas de inseguridades. Esto no es casualidad, ni se debe a un talante natural del ser humano. Es fruto de años de integración en una sociedad regida por unos disvalores que fomentan precisamente eso, la desintegración de lo esencialmente humano y favorecen la aparición de estructuras mentales que sirven para justificar lo injustificable, para vivir sin sentir, para ser capaces de representar el papel que nos han adjudicado en la vida sin cuestionarnos nada sobre las consecuencias que eso tiene sobre nosotros mismos y sobre los demás.

El entusiasmo forma parte de un selecto grupo de actitudes vitales que consiguen movilizar el presente para tratar de alcanzar un futuro más acorde con nuestros pensamientos y nuestra manera de sentir. Esto lo convierte automáticamente en un enemigo para todo lo que desea permanecer inmóvil, inerte, para todo aquello que desea mantener el estado actual de las cosas, es decir, es un enemigo de primera magnitud para un sistema basado en el mantenimiento del status quo y en la aceptación del rol social preestablecido.

Ya desde bien temprano, nos topamos con un sistema educativo que nos enseña a canalizar nuestro entusiasmo natural hacia los objetivos más interesantes para el orden establecido. Nos prepara bien para sumergirnos en el fantasioso mundo del consumo donde la frustración está garantizada puesto que en la base del modelo social está la imposibilidad de satisfacer unos deseos  impuestos y jamás decididos libremente por nosotros, por mucho que así lo creamos.

Se entra así, en una espiral donde se establece un doble sistema de censura que inhibe cualquier atisbo de entusiasmo y, por tanto, cualquier oportunidad de llevar adelante una experiencia capaz de acercarnos a la esencia de lo humano, a la posibilidad de vivir sin necesidad de aprender a convivir con el remordimiento y aceptar la renuncia como elemento sobre el que pivota la vida.

Este doble sistema tiene una parte externa marcada por las normas sociales, las leyes y el aparato represor que las salvaguarda. Este aparato externo funciona de una forma extraordinariamente precisa, con su sola existencia consigue que la gran mayoría de la sociedad se mueva dentro de los márgenes establecidos sin ni siquiera plantearse la posibilidad de la existencia de nada más allá de dichos límites.
Pero es innegable que esta parte externa funciona tan bien porque hay otro componente en el sistema de censura, mucho más terrible si cabe,  que es el verdadero triunfo del sistema: el sistema interno de censura.
Nosotros nos incapacitamos al aceptar el precepto social de la delegación en todos los ámbitos de nuestra vida, aceptando la imposición del criterio de los expertos del sistema frente al nuestro. Con esto nos autoanulamos como personas capaces de tomar las riendas de nuestras vidas.
Los miedos inculcados, el temor a perder lo que falsamente creemos poseer, el terror al fracaso social... nos hace ser nuestros peores censores y nuestro peor enemigo de cara a dar el primer paso para recuperar el entusiasmo.

Ahora bien, a pesar de los pesares, seguimos conservando esa capacidad y el poder lo sabe. Por eso, ante la posibilidad de que podamos recuperar nuestra esencia y nuestra capacidad de entusiasmar y entusiasmarnos, nos prepara continuamente ilusiones prefabricadas en forma de bienes de consumo inútiles, alternativas sociopolíticas enlatadas y listas para consumir, pseudofilosofías del alma que incitan al egoísmo y al aislamiento bajo el manto del desarrollo personal, modernas teorías de la psique que incitan al recogimiento interior y a la negación de lo social.
Todo vale para mantener al sujeto en la inopia, centrando sus esfuerzos en la superación de una frustración difusa, sin dejar ver que el propio sistema es la causa de esa sensación.

Sin embargo, hay que ilusionarse pero sin llevarnos a engaño. El verdadero entusiasmo nace de nosotros mismos y con una única dirección: de nuestro interior hacia afuera. Sólo si somos capaces de reencontrar ese entusiasmo podremos convertirlo en fuerza revolucionaria capaz de modificar ese futuro que alguien ha escrito en nuestro nombre.
 

Imprimir

sábado, 1 de noviembre de 2014

CORRUPCIÓN II

Después de un par de años, sigue con mayor intensidad, si cabe, el aluvión de casos de corrupción en las esferas políticas. A cada momento de multiplican las noticias que desde todos los medios de desinformación sin excepción se lanzan. Por eso, nos vemos en la obligación de actualizar una entrada publicada con anterioridad y ahondar un poco más en el tema.
La idea que se está tratando de transmitir es tan simple como atractiva: el problema es la corrupción política y el deficiente sistema democrático fruto de la transición. Por tanto, la solución a todos nuestros problemas reside en arreglar esto. Así, siguiendo esta línea argumental, nos encontramos con la corrupción política generadora de una crisis de representatividad (de paso aderezada con la corrupción de la casa irreal) y un bipartidismo incapaz de seguir creando ilusiones creíbles para la población son los nuevos mártires a sacrificar en el teatro capitalista.
Seamos sinceros, la corrupción política es intolerable y una muestra más del desprecio absoluto que sienten por aquellos a quien dicen representar pero, desde luego, no es la excepción dentro de la normalidad democrática en la que nos dicen que vivimos. Todos los casos que aparecen cada día en las noticias no son más que un botón de muestra, la corrupción es algo inherente al sistema capitalista.
No hay que entrar demasiado en detalle para que cualquiera pueda ver claramente que todo gobierno no es más que un órgano gestor de los intereses de los poderosos. El poder económico se sirve del político y, éste, recoge el fruto por el trabajo bien hecho. Los gobernantes, como buenos empleados, venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Eso es todo. Unos lo llaman corrupción; otros funcionamiento normal de las dictaduras parlamentarias. No podemos esperar otra cosa de un sistema en el que todo y todos somos meras mercancías y cuyo único objetivo es el beneficio económico y la dominación. Lo que pasa con los partidos políticos es un granito de arena más de la corrupción dentro de un sistema corrupto desde la médula.
Un sistema político social que ensalza valores como el éxito, la competitividad, el crecimiento ilimitado, la posesión personal a través del ejercicio de la dominación y el fomento del consumo desmesurado y llevado al límite de lo absurdo conduce, irremediablemente, a la corrupción como vía rápida para conseguir todo esto. Así, el capitalismo, premia la corrupción como método a seguir en cualquier esfera de la vida.
Corrupción en la política cuando se usa el poder para el propio beneficio o el de terceros, corrupción en la esfera laboral cuando se pagan salarios de miseria y se exige la vida del trabajador, corrupción en la educación cuando se fomentan los valores capitalistas a sabiendas de que esto conlleva una sociedad desigual, corrupción en la sanidad cuando se medicaliza a las personas bajo cualquier pretexto y se ignoran los factores sociales y ambientales que nos enferman, corrupción en las relaciones sociales cuando se intenta aparentar lo que no se es a base de posesiones materiales sin sentido, corrupción en la justicia cuando sistemáticamente se criminaliza a la gente que lucha, corrupción en la universidad cuando la intelectualidad justifica y legitima un sistema criminal, corrupción en los servicios sociales al permitir la miseria oficializada en lugar de denunciar la injusticia social, corrupción en los medios de comunicación cuando sirven de altavoz del poder en lugar de avanzadilla de la sociedad, corrupción en los cuerpos policiales y militares que defienden los intereses del poder a sangre y fuego,…
Pero en realidad, sí debemos ir un poco más allá para ver cómo la corrupción está en la esencia misma de este sistema y todos estamos alcanzados por ella.
En este sentido me gusta la segunda acepción que el diccionario de la RAE da del término corromper: Echar a perder, depravar, dañar, pudrir. Exactamente eso es lo que ha sucedido y sucede con la esencia humana, echada a perder desde el mismo instante en que aceptamos someternos a las diferentes condiciones que están en la misma base del sistema de dominación humana bajo el que vivimos. Aceptamos que nuestras vidas orbiten alrededor del dinero (que ni se respira, ni alimenta) que nos es más que papel mojado que funciona simplemente porque nos lo creemos, porque confiamos en él cuando no somos capaces de confiar en la mayoría de seres humanos. La aceptación del dinero conduce inevitablemente (porque el poder así lo establece, ya que para la mayoría de las personas es la única manera de obtener dinero) a la prostitución del trabajo asalariado que es la mayor fuente de corrupción de lo humano. La necesidad de trabajar para vivir, de ganarse la vida, está en la esencia misma de la corrupción. Cuando uno no es libre de vivir como quiere sino como debe para poder acceder al trabajo y así a la vida, inevitablemente se ve obligado a aceptar cualquier tipo de condición e imposición. Una vez superado ese listón la deshumanización es tal que cualquier cosa a la que los medios de desinformación llaman corrupción nos parece normal porque en el fondo, todos sabemos que eso es lo de menos al lado de lo que “debemos” hacer cada día para sobrevivir.
Por eso, el poder pretende centrar toda la rabia y el desengaño de la gente en la corrupción política, porque así mantiene intactos todos los demás ámbitos de corrupción, que son mucho más importantes para el buen funcionamiento del sistema. Al fin y al cabo un gobierno es lo más fácil de sustituir (incluyendo la jefatura de estado si hace falta). Todas las alternativas están previstas y las cartas ya están sobre la mesa para que nada cambie, reconduciendo como siempre el malestar social hacia la legitimación del sistema a través del planteamiento de falsas alternativas que aglutinan ese malestar.
Sin embargo, como cada vez que el poder se descubre, abre una ventana a la oportunidad de la respuesta popular y eso es algo que no podemos desaprovechar. Si la chispa que lance definitivamente a la gente a la calle es la corrupción, pues que sea. Pero que no se pierda la perspectiva de lo que realmente es el problema: el Capitalismo y el sistema de dominación que lo sustenta.

Imprimir

martes, 21 de octubre de 2014

EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

Ya lo dice la canción, The show must go on. Y es que esta vida es puro humo, puro espectáculo. No puede ser de otra forma, es imprescindible que sea así para poder mantener el desolador modo de vida de la sociedad actual.

Desde hace tiempo, la supuesta abundancia y la elección sin fin que el sistema capitalista finge proporcionar, suponen el telón de fondo global para esta mascarada. Andamos tan ocupados deseando lo que no necesitamos y consumiendo lo que no tenemos que no llegamos a darnos cuenta de nada más allá de la inmediata satisfacción de unos apetitos artificiales creados y alentados para reforzar nuestro papel en la trama.

La sociedad de consumo nos ha consumido, ha conseguido trasformarnos en pequeñas máquinas diseñadas para cumplir con nuestro cometido y mantener la eterna función del espectáculo capitalista. Junto a los medios de desinformación masiva y al sistema educativo, nos han conducido por una senda donde lo humano, la esencia de aquello que nos convierte en seres capaces de crear y construir su historia, ha quedado relegado en favor de un triste materialismo que nos obliga a malvivir y dejar a nuestro paso un rastro de destrucción prácticamente irreparable.

Por supuesto, es sólo lo que podríamos llamar el decorado principal de la función. Sin embargo, en función de las peculiaridad de cada zona geográfica, de cada modelo cultural… tenemos muchos otros pequeños decorados que se encargan de animar y renovar espectáculo global. Esto es necesario porque, evidentemente, siempre hay gente que no acaba de integrarse del todo en el modelo y tiene ciertas inquietudes y necesidades acerca de cómo deberíamos vivir. Es innegable que mucha gente se cuestiona aspectos concretos del modelo y siente la necesidad de cambiar el funcionamiento de muchas cosas.

Pero el sistema, también lo tiene todo pensado para ellos, y les ofrece sus propios modelos (o roles) alternativos: culpables, salvadores, independientes, modelos de evasión al fin y al cabo… tiene todos los papeles de la obra repartidos y dispuestos a actuar para que todo continúe según el plan preestablecido.

 
Así observando en mi entorno inmediato, en los últimos tiempos he visto la irrupción de diferentes tramas dentro de la pantomima capitalista. Por supuesto, que todas estas cuestiones tienen su importancia y hay que saber valorarlas en su justa medida para combatirlas/apoyarlas pero también para no desgastar las energías con ellas más allá de lo que cada uno considere necesario.

Haciendo un pequeño repaso por las tramas que nos ofrecen podemos observar la diversidad de opciones: renovación de la monarquía, independencia de Catalunya, corrupción generalizada, ébola, tarjetas opacas, irrupción de nuevos partidos o plataformas políticas, aparición y desaparición de leyes, justicia a la carta y un largo etcétera de situaciones que los medios se encargan convenientemente de mantener en primer plano o no en función de sus intereses. Y así pasamos el rato participando o simplemente contemplando este espectáculo del que queramos o no formamos parte en mayor o menor medida porque si hay algo en lo que destacan los guionistas de esta farsa es en conseguir no mantener indiferente a nadie. Eso y en fijar la atención de todos lejos de las cuestiones que, en parte o en su totalidad, subyacen en todo este embrollo.

Al fin y al cabo, todo esto sirve para diluir los esfuerzos de la gente que intenta construir nuevas experiencias y aprender, sirve para mantener nuestra atención lejos de los millones de vidas que cada año el capitalismo sacrifica en el altar del beneficio económico, para negar la evidencia del final de este modelo de producción basado en la explotación natural, para que no alcancemos a ver que cada gesto que creemos hacer libremente está condicionado y modelado por el sistema y que en muchas ocasiones tiene consecuencias terribles sobre nosotros mismos y el resto del planeta, para no comprender que vivimos bajo la esclavitud encubierta del salario que nos hace estar sujetos a sus normas de una manera increíble. En definitiva, el espectáculo está ahí para que no nos veamos obligados a reconocernos a nosotros mismos, a aceptar el fraude en que se ha convertido la vida bajo estas condiciones, a no vernos forzados a aceptar la lejanía de esa libertad que decimos poseer.

Nadie es ajeno a esto, cada cual debe hacer sus reflexiones y sacar sus conclusiones. Pero es necesario no dejarse deslumbrar ni guiar por los focos. El potencial de cambio está ahí, latente pero no debemos esperar al iluminado que nos indique la dirección a seguir. Recordad que las luces siempre forman parte del espectáculo y, como ya sabemos, el espectáculo debe continuar.

Imprimir

domingo, 28 de septiembre de 2014

A VECES HAY QUE DETENERSE PARA SEGUIR


Llevo una temporada de renovación. Necesito espacio y estoy vaciando cajones, armarios y demás y está siendo una experiencia más que interesante.

Ando recuperando escritos propios, recortes de periódicos y textos que he ido guardando por diferentes motivos a lo largo del tiempo (material de cuando las “cosas iban bien”, y de cuando dejaron de “ir bien”) y, sinceramente, me está permitiendo redescubrir algunas cosas que ya intuía y en cierto modo sabía.

En primer lugar, me está permitiendo constatar de nuevo que la vida es puro humo en la inmensa mayoría de las ocasiones y de los casos. Da igual el escenario que se nos ponga delante, ya sea en un momento de eso que llaman crecimiento económico y empleo a borbotones, ya sea en plena crisis y máximo desempleo, parece que se repiten las mismas dinámicas sociales e individuales. Antes y ahora prima el mismo modo de funcionar entre las personas, inconexo y carente de emoción social; incapaz de pensar y obrar más allá del interés personal inmediato. Esto me lleva a pensar que en las constantes llamadas que se hacen al cambio y la revolución, a la lucha contra la tiranía y el poder andan un tanto cojas. Por un lado, nos centramos en ir contra los que ostentan el poder, olvidándonos de nosotros mismos. Aunque esta lucha triunfara repetiríamos constantemente los mismos errores si no somos capaces de entender que no somos más que el producto refinado de un modelo social que nos empuja hacia lo inmediato y lo superficial siendo así que cualquier lucha acaba convirtiéndose en pura reforma por mucho que queramos vestirla con los ropajes más radicales. Por otro lado, se produce un fenómeno por el cual cuanto más consigue el sistema crear individuos desconectados entre sí y con una falta absoluta de empatía, más energía debe destinar la sociedad (de la que todos formamos parte) para mantenerlo. Así, todo el esfuerzo que deberíamos dedicar a satisfacer las necesidades reales se canaliza en trabajos absurdos y protestas estériles que, queriendo o no, sólo consiguen el efecto de perpetuar la situación.

También veo que la industria de la muerte sigue campando, como siempre, convertida en uno de los motores de este salvaje sistema. Esto es una constante inherente al capitalismo, es imprescindible matar y destruir para mantener la máquina viva, para que los engranajes funcionen a la perfección es necesario engrasarlos con sangre. Da igual la época y las razones esgrimidas, siempre ha sido el maldito dinero (lo vistan de motivos geopolíticos, religiosos, o de lo que quieran vendernos). Una y otra vez se fomenta el miedo y el terror, creando enemigos, convirtiéndolos en la excusa perfecta para continuar con el despliegue militar tanto en el exterior como en el interior de cualquier país. Se aprovecha la constante miseria a la que nos somete el sistema, tanto económica como ética, para fomentar el patriotismo ya que es muy seductor como válvula de escape ya que permite focalizar la culpa de la situación en el diferente. Pero, por encima de todo, permite mantener una situación de enfrentamiento entre los desheredados de cada sociedad que imposibilita cualquier intento de internacionalización revolucionaria. Llegados a este punto no podemos engañarnos, en la situación actual la revolución es una cuestión de todo o nada. Cualquier revolución individual será aplastada sin remisión, sólo es posible revertir la actual situación mediante una reacción internacional en cadena que imposibilite cualquier intento de represión.

El afán de consumir y poseer sigue creciendo día tras día, da igual que no tengamos siquiera las necesidades básicas cubiertas, parece que no podamos evitar que la vida gire en torno a lo superfluo, a cosas que realmente no son necesarias para vivir. Han conseguido que estos objetos prescindibles sean los únicos capaces de hacernos sentir ilusión por seguir adelante. Este afán permanece intacto en la base de los fracasos de la mayoría de experiencias prerrevolucionarias que se vienen dando alrededor del mundo, convirtiéndolas normalmente en movimientos tendentes al reformismo. Inevitablemente, se acaba imponiendo una especie de “realismo” que obliga a perseguir objetivos supuestamente factibles que, en caso de conseguirse, acaban siendo ampliamente superados en otros ámbitos por las constantes agresiones del poder. Están muy bien las reformas pero no van más allá de aspectos irrelevantes que tan sólo sirven para maquillar la situación y, sobre todo, para desgastar las energías de los que se deciden a luchar por algo.

Afortunadamente, también constato que somos muchos los que seguimos aprendiendo y trabajando con el objetivo de ir construyendo el tipo de vida que queremos vivir, buscando e indagando en múltiples vías que de forma más o menos acertada acortan la distancia entre lo que pensamos y lo que vivimos. Si conseguimos desprendernos de la inmediatez con la que el sistema nos obliga a vivir y somos capaces de compartir experiencias sin prejuzgar desde los dogmas de cada uno, podremos dar un paso importante por ese camino revolucionario que tan largo parece. Soy consciente de que está lejos la posibilidad de una revolución digna de tal nombre, sin embargo, hay que estar preparados para reconocer las pequeñas oportunidades y experiencias prerrevolucionarias que se van gestando o van surgiendo en momentos puntuales para ir ampliando el espectro de gente dispuesta a avanzar y, sobre todo, para no torpedearlas si no cumplen con la ortodoxia que cada uno considere como la única capaz de llevarnos hacia una nueva sociedad.

martes, 26 de agosto de 2014

CONTRADICCIONES

No acabo de adaptarme a esta vida tan bipolar que llevo, siempre en una lucha constante entre lo que me dictan la conciencia y el medio en el que vivo.

Es sorprendente la cantidad de contradicciones con las que uno se puede encontrar en su vida diaria y, el cómo afrontarlas y asumirlas forma parte de la estrategia vital de cada uno y así conseguir mantenerse cuerdo en un mundo tan extraño y ajeno para cualquiera que sea capaz de situar en el primer plano de sus principios la libertad y el respeto a cualquier forma de vida.
En no pocas ocasiones hablamos de un sistema explotador que arrasa con la naturaleza y con la vida sin ningún reparo; de una maquinaria primaria de la muerte que actúa por todo el mundo aniquilando vidas humanas con una creciente efectividad; de una maquinaria secundaria (grandes transnacionales, grandes bancos y toda la jauría de inversores) que actúa con extremada eficacia en el exterminio humano. En pos del máximo beneficio económico dictaminan en qué partes del planeta la gente debe morir de hambre, determinan qué enfermedades y de qué manera van a incidir sobre los seres vivos del planeta, decretan qué tierras deben ser arrasadas y sobreexplotadas en pos del bien de la humanidad cuyas nefastas consecuencias pagamos y seguiremos pagando con creces durante toda la vida.

De todo esto y mucho más hablamos y discutimos, nos posicionamos claramente en contra y en muchas ocasiones participamos en acciones y proyectos de protesta y de alternativa a todo ello (al menos esa es la idea con la que lo hacemos). Sin embargo, no podemos obviar dónde vivimos y cuáles son los códigos imperantes en esta sociedad, las relaciones interpersonales que mantenemos de forma más o menos deseada (amistades, familia, vecindario, entorno laboral y/o educativo…) y nuestra relación con el poder imperante. Es en este vasto ámbito donde surgen esas contradicciones diarias entre nuestra manera de hacer y vivir y nuestra forma de pensar y sentir. La distancia entre ambas define un interrogante cuya respuesta nos encamina hacia dos vías que transcurren entrecruzándose a lo largo de los tiempos. Obviamente, las vías tienen diferentes grados porque son muchas las variables que les afectan.

Por un lado, tenemos a las personas conscientes que sufren con dichas contradicciones y tratan de acortar la distancia entre su vida real y su vida ideal con todo el desgaste que eso supone. La capacidad de ir superando o, por lo menos, encajando estas contradicciones en nuestra forma de vida va directamente ligada a la profundidad de los valores e ideales de cada uno. Esta vía exige un esfuerzo constante y estar dispuestos a aceptar en muchas ocasiones la incomprensión del entorno inmediato. Por supuesto, supone estar dispuesto a enfrentarse a la violencia del sistema a todos los niveles (económico, social, policial, judicial…) pero sin duda, lo más difícil es enfrentarse a uno mismo; mantener esa coherencia íntima que permite mantener la cordura para seguir avanzando y no dejarse ir ni sucumbir a los cantos de sirena de una sociedad consumista que ofrece oportunidades de evasión mental sin fin.

Por otro lado, nos encontramos con esas personas que no consideran que existe ninguna contradicción a pesar de la enorme distancia que hay entre aquello que predican y lo que hacen en su vida. Mejor dicho, o no existen o las consideran absolutamente insalvables y por el momento no hay nada que puedan hacer con ellas. Ésta es una posición de todo o nada (concretamente revolución o nada) y como tal, concentra sus esfuerzos en esa hipotética revolución que no acaba de llegar, mientras tanto se trata de pasar la vida lo mejor posible entre discursos y soflamas.

Cualquiera de las dos vías es respetable, personalmente me identifico con la primera vía aunque reconozco que me cuesta muchísimo superar ciertas contradicciones y muchas veces veo un poco lejano el horizonte de cordura que me gustaría alcanzar. Sinceramente, ya no creo en el discurso de revolución o nada y cada vez creo menos en las personas que lo defienden pero soy consciente que cada uno tiene su forma de afrontar la existencia y sus propias contradicciones.
Siempre he sido partidario de tratar de ser lo más coherente posible con mis ideas, eso es lo que puedo aportar a los demás y a mí mismo.

Imprimir