miércoles, 31 de mayo de 2023

SUICIDIO JUVENIL

¿Qué clase de sociedad hemos creado? ¿Cómo es posible que esto sea  el culmen de la evolución? Nos jactamos de ser el ser vivo más inteligente que habita el planeta y hemos conformado una manera de vivir en común que nos impulsa a la muerte. Es más, por primera vez (al menos en la historia moderna del llamado mundo occidental) esta pulsión de muerte ha llegado a los más jóvenes.  Por supuesto que siempre ha existido esa pulsión. Forma parte de la experiencia vital de manera inevitable. Cuestionarse acerca de la muerte es imprescindible para sentirse vivo. La lamentable novedad es que se está yendo mucho más allá y se está empezando a contemplar la muerte, la no existencia como algo más deseable que la propia existencia.

Aquellos que en teoría, deberían tener intactas sus energías y proyectos para la vida se encuentran vacíos, agotados de una vida que apenas acaba de comenzar.

Vayamos a lo concreto.

Recientemente se ha presentado el informe de la Fundación ANAR del 2022 que recoge datos sobre las diferentes violencias que sufren niños, niñas y adolescentes en este país. Entre otras cosas, esta entidad ofrece unas líneas telefónicas de ayuda de donde han extraído los datos de dicho informe.

Por primera vez desde que se recogen estos datos los problemas relacionados con la salud mental (concepto ambiguo y extenso pero sobre el que podemos basarnos para entendernos) ocupan el primer lugar. Por encima, incluso, de todo lo que tiene que ver con la violencia física y el acoso. Pero no sólo eso, sino que dentro del bloque de salud mental destaca sobremanera la conducta suicida (tanto lo referido a la ideación como lo referido a los intentos reales).

Es sabido por todo el que no quiera mirar hacia otro lado que el suicidio es una de las causas de muerte más extendida en nuestra sociedad. En España se calcula (los números siempre son estimaciones y casi siempre tirando por lo bajo) que se suicida un ser humano cada dos horas. Por supuesto, parece lógico e inevitable que una parte de ellos sean adolescentes y hasta niños.

Más allá de las ideas de cada uno sobre el suicidio y lo que representa, la cuestión radica en cómo es posible que en un momento en que lo tenemos todo (teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad donde tener y poseer lo es todo) y somos inmensamente afortunados haya tanta gente que decida quitarse de en medio. Cómo es posible que tantos jóvenes con todo un mundo por descubrir decidan no vivir más.

No sólo el suicidio se ve reflejado en este informe. También las autolesiones, la violencia autoinfligida física y psicológicamente. Y tantos otros aspectos que no aparecen citados pero que necesariamente concurren y ayudan a crear el caldeo de cultivo necesario para llegar al horror estadístico que refleja el informe.

Una ausencia de solidez absoluta (lo líquido que diría Bauman) en las relaciones tanto familiares como entre iguales. Una presión desmedida por parecer algo que no son. Una competencia tan brutal como absurda por alcanzar objetivos impuestos tan alejados de su realidad y tan cercanos al mismo tiempo gracias a la realidad paralela vivida a través de las redes. Un mundo que les exige una singularidad extraordinaria mientras los moldea como clones conduciéndolos a un inevitable choque vital ante el que cualquier reacción es posible. Sí, la muerte también.

Vivimos en un mundo violento. Más allá de lo explícito y de lo que cualquiera podamos entender por violencia. Vivimos en constantes relaciones jerárquicas que nos impiden liberarnos. Exigidos por obligaciones, en muchos casos, impuestas externamente que se sitúan muy por encima de nuestros deseos y nos hacen sentir como normal un modo de vida absolutamente disfuncional.

Se nos exige, en especial a los más jóvenes, responsabilidades por alcanzar o no unos ideales basados en premisas que son pura fantasía. Es imposible que todos seamos ganadores, no todos podemos ser triunfadores según los cánones del sistema. Las propias reglas del juego exigen que para que haya vencedores tiene que haber vencidos, y muchos. Es así de simple. Es la lógica de la guerra, la lógica de la vida que nos está tocando vivir. En este marco bélico es imposible que no exista el suicidio. No todo el mundo puede (ni está dispuesto a) soportar la derrota, a caer en manos del enemigo. Y menos cuando todo y todos a tu alrededor inciden en que es exclusivamente culpa tuya que eso sea así.

Este será nuestro legado, una sociedad en la que muchos, cada vez más, de sus miembros más jóvenes no querrán formar de ella y preferirán quitarse de en medio antes que soportar el sufrimiento de este mundo sin alma.

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lunes, 15 de mayo de 2023

CANSANCIO VITAL

Me costó mucho tiempo identificar esa sensación que me envolvía cada anochecer, cuando el mundo se detenía una vez que todas las tareas del día quedaban liquidadas. Siempre pensé que ese momento debía ser el mejor de todos. De pequeño imaginaba que cuando nos íbamos a dormir y todo permanecía en calma, los adultos se dedicaban a esas cosas maravillosas y secretas que sólo ellos conocían y que todos deseábamos averiguar porque, al fin y al cabo, en eso debía consistir eso de crecer y hacerse mayor.

Al principio lo achaqué al cansancio físico. No estaba acostumbrado, todavía, a ser adulto y al nivel de exigencia en ese plano que esa condición conllevaba. Suponía que con el paso del tiempo iba a acostumbrarme, que sin darme cuenta el propio devenir de los acontecimientos me iba a preparar para sobrellevarlo todo. De chaval nunca me había parecido ver a ningún adulto cansado de la vida.

Pero he llegado hasta aquí (y no son pocos los años) y la cosa no ha mejorado. El tiempo no cura una mierda. En este caso, lo empeora todo. Tal vez, eso sí, aporta conocimiento de causa aunque no siempre.

No sé cómo explicarlo, ni siquiera si es necesario hacerlo, pero es un cansancio violento, agresivo. O al menos, ese es el efecto que me produce. No es una violencia dirigida a nadie ni a nada. Simplemente, no quiero saber nada, no quiero hablar con nadie ni necesito que nadie venga a reconciliarme con el mundo. Por eso lo siento violento porque te aísla y te cubre con un manto que te separa de todo lo demás. Definitivamente, aísla y en consecuencia, divide.

No será el ingrediente primordial de la sopa pero, sin duda, ayuda y mucho a esta vida desconectada que caracteriza nuestra sociedad. Es un cansancio que destruye toda posibilidad de relación con el otro. No hay nada de qué hablar ni que compartir. Se vive en un estado de pasividad absoluta donde esta inacción la vives con dolor pero no puedes dejar de vivirla. Es un circuito cerrado, no hay escapatoria dentro de los parámetros que se consideran correctos para ser considerado un buen ciudadano.

Otra característica que le confiere ese carácter violento es que este cansancio no tiene correspondencia con el plano físico ni con el mental de la vida.

No tengo un trabajo agotador físicamente que justifique este estado (ni siquiera la crianza es justificación). Por supuesto, no debería existir ningún trabajo que agotara mentalmente hasta el extremo. Sé que los hay pero lo son más por como lo encaran las personas que lo ejercen que por la importancia extrema del asunto. La Tierra seguirá girando cuando el último ser humano haya desaparecido por muy especial e importante que sea la función que desempeñe.

Ojalá este cansancio tuviera que ver con mi aportación al mundo, ya me gustaría sentir sobre mis hombros el peso de una responsabilidad ineludible que justificara tanta violencia. Pero no, nada de eso. Es un cansancio injustificable, es un cansancio anodino que sólo responde a la más absoluta inoperancia a la hora, simplemente, de ser.

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lunes, 20 de febrero de 2023

EN LA VIDA COMO EN TWITTER (o al revés)

Pasado ya cierto tiempo desde que uno de los máximos exponentes del Capitalismo más salvaje, Elon Musk, comprara Twitter. Como todo lo que hace este personaje ha sido un asunto rodeado de polémica. Relativa, la polémica depende de lo poco o mucho que todavía uno crea en el funcionamiento de este sistema. Para mí, polémica cero. Simplemente, un explotador comprándole el negocio a otro explotador y haciendo lo que le da la gana con su nuevo juguete con el beneplácito de la afición.

Pero no es este asunto lo que me interesa. Aunque sí me ha despertado la curiosidad por esta red social de la que formo parte, sin mucho esmero, desde hace años.

Twitter viene a significar algo así como piar, más concretamente, gorjear. Es decir, no es ese canto melódico con el que algunos pájaros se comunican y se exhiben ante los demás. Es más bien, ese sonido repetitivo (a veces un tanto molesto) que tiene unos usos específicos.

Hace tiempo le leí (creo que a Bauman) que el gorjeo tenía dos funciones básicas y vitales para las aves. Por un lado, sirve para mantenerse en contacto con los suyos… Para no perderse y saberse parte del grupo. Por otro lado, y en paralelo, sirve para mantener alejados al resto de congéneres que no forman parte del clan. No se me ocurre un nombre más apropiado, que defina más claramente un producto y su uso. La cuestión es exactamente esa, en eso consiste Twitter. Identificarse con un grupo, reforzar esa identidad a base de discursos vacíos repletos de tópicos y, al mismo tiempo, mantener alejados (en este caso tratar de destruir) a todos los que no forman parte de él. Las defensas a ultranza de una idea por muy sinsentido que sea es el pan de cada día. Discursos sin cuestionamiento, lealtad absoluta. Conmigo o contra mí.

Por supuesto, hablo en términos generales. Sé que hay personas y discusiones maravillosas que merecen mucho la pena. Pero es lo menos abundante, no son la tónica general.

Esta dinámica ha saltado la frontera de lo virtual y parece haberse instalado en todas las formas de comunicarse. Una especie de hooliganismo que se ha instaurado en todos los ámbitos vitales. No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina. No sé si Twitter es un reflejo de la sociedad o si ésta ha adoptado el modo de funcionar de esta red social. Para el caso es lo mismo, la cuestión es que vivimos en un mundo atrincherado donde cada vez más es bastante complejo encontrar caminos que unan esas trincheras. Aquí cada uno vamos a lo nuestro y sólo parece que somos capaces de remar en la misma dirección en momentos puntuales y por temas muy concretos (asuntos que nos incumben directamente y que nos da bastante igual como afectan al resto de la sociedad) Una vez pasado el momento, cada cual vuelve a su redil sin ser capaces de sacar alguna conclusión sobre la manera en que se ha conseguido o no aquello que nos había movilizado. Simplemente, nos da igual.

Ha quedado establecida la imposibilidad de lo común. Quedando esto reservado a las necesidades impuestas desde el exterior por corporaciones y gobiernos. Entonces lo común no es otra cosa que el marco ideal del sálvese quien pueda, un campo de batalla en el que cada uno tiene la obligación de luchar para lograr alcanzar eso que nos iguala con el resto. El estándar que nos tienen reservado para que podamos considerarnos normales y, por tanto, aptos para la sociedad y triunfadores en la vida.

Convertidos en soldados no hay posibilidad de discusión entre iguales, de estrategias consensuadas. En la guerra sólo es posible acatar órdenes, seguir ciegamente las instrucciones de la jerarquía es la única opción. Y en esas estamos. Cada uno cree elegir el bando correcto y a los generales más preparados y se dedica a repetir consignas y patrones de comportamiento. Nos sentimos protagonistas de la historia y no acertamos a entender que somos meras comparsas representando todos el mismo papel en una función escrita de antemano. Y que no nos falte nuestro espacio en esta obra, de lo contrario no seríamos más que unos fracasados, unos nadie excluidos de la Historia.


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viernes, 23 de septiembre de 2022

PRESTA ATENCIÓN

Abrumado posiblemente sea la palabra que mejor define mi estado de ánimo. La deriva es terrible, literalmente nos vamos a la mierda (y de manera merecida me atrevería a decir).

Si algo define al ser humano es su capacidad de raciocinio, eso es lo que le ha mantenido arriba en la cadena alimentaria durante siglos. La fuerza física nunca ha sido lo nuestro por mucho que nos empeñemos no tenemos nada que hacer en este aspecto frente a muchísimas otras especies animales. Sin embargo, esa supuesta inteligencia nos ha metido en un mundo sin sentido, frío, rodeado de desconocidos y con graves problemas para procurarnos el sustento.

¿Qué clase de especie inteligente somos?

No hace falta enumerar de nuevo todo lo que val, lo sabemos: hambre, guerras, esclavitud, destrucción de todo lo que nos rodea y nos mantiene con vida… millones de vidas mutiladas en lo físico y en lo espiritual. Sí, también aquí en el venerado Occidente ¿No te lo crees? Mira a tu alrededor, por un momento sal de tu burbuja y presta atención.

Hace un tiempo leí que la acción humana es fundamentalmente una respuesta. Me pareció y me sigue pareciendo un enunciado muy válido. Incluso cuando no sabemos a qué cuestión estamos respondiendo, lo hacemos. Partiendo de aquí, si todo lo que hacemos surge como respuesta a algo y somos una especie caracterizada por su inteligencia ¿Qué está pasando? ¿Cómo puede ser que todo vaya tan rematadamente mal? ¿Hemos perdido nuestro ingenio? ¿Acaso no estamos atendiendo a las preguntas correctas y nos dedicamos a actuar sin más? No lo sé y tampoco sé si serviría de algo el hecho de saberlo.

Lo que sí parece claro es que cada vez más todas las respuestas pasan por el avance tecnológico. El mito de la máquina que nunca se fue sigue en pie haciendo mantener la esperanza en un futuro mejor. La tecnología nos hará llegar donde nunca antes hemos estado y, sin embargo, lo que conseguimos es estar más perdidos que nunca. El tratar de avanzar constantemente y a cualquier precio no nos deja saber dónde estamos y eso anula cualquier posibilidad de ir a mejor. Con la mirada perdida en el horizonte tecnológico tal vez no nos damos cuenta de que aquí y ahora existen otras respuestas. Que requieren un esfuerzo y un nivel de sacrificio difícilmente admisible, sí. Qué tal vez sean nuestra única oportunidad de supervivencia como la especie inteligente que creemos ser, también.

Muchos, tal vez contagiados por ese mantra de que de las catástrofes surge la oportunidad de mejora, creen que lo mejor que nos puede pasar es que todo reviente y volvamos a empezar. El gran reinicio (han tardado poco en comercializar la marca) lo llaman. Craso error. La demolición ya está siendo controlada y se viene un largo periodo de profundización de la miseria a niveles inimaginables, incluso estratos sociales que se perciben como intocables sufrirán las consecuencias. Los poderes fácticos y sus gestores están listos para gestionar este proceso de tal manera que quede asegurada su posición aunque tengan que cambiar los modos y formas de vida. Lo que tengan que hacer se hará (de hecho ya se ha empezado) y a ser posible se aseguraran el apoyo y la comprensión de todos nosotros que aceptaremos como inevitable todo lo que nos caiga encima.

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jueves, 21 de abril de 2022

¡VIVE! NO PIENSES Y DISFRUTA DEL ESPECTÁCULO.

La evolución sigue su camino. En 50 años hemos pasado de espectadores pasivos a opinadores pasivos. En ambos casos, la clave está en el segundo término.

Hemos avanzado (no sé si es la palabra correcta) de lo que Debord definió como alguien que se sitúa frente a la realidad y la observa sin más a alguien que tiene la necesidad, incluso la obligación, de opinar sobre todo lo que observa. Lo que ninguno de los dos sujetos está dispuesto a hacer bajo ningún concepto es tratar de intervenir en esa realidad. Se mantiene en una posición de pasividad, más bien de impotencia ante lo que sucede.

Situados de esta forma no tenemos la capacidad de cambiar nada de nuestra realidad. Y ahí, justo en esa impotencia autoimpuesta nos sentimos muy bien, seguros y con la conciencia tranquila. Situados en ese lugar es imposible ser salpicados por la inmundicia de lo que nos rodea. Podemos seguir viviendo en nuestra fantasía democrática del primer mundo.

De hecho, vivimos en una época dorada para ejercer de espectadores (nada es por casualidad) Hay tal cantidad de información a nuestro alcance que literalmente somos incapaces de procesar nada. Simplemente observamos mínimamente, opinamos al respecto y a otra cosa que se nos va la vida. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de las redes y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema, por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo.

Cero reflexión, cero actuación.

Bajo ningún concepto tratar de establecer una relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en la vida. En ningún caso, emprender una acción que pueda mover la silla desde la que asistimos, impertérritos, al espectáculo de nuestra propia degradación. Incluso cuando lo observado nos lleva a un estado de indignación elevado preferimos considerarnos víctimas (nunca colaboradores necesarios y, por supuesto, nunca culpables) y esperar a que los otros, sean los que sean, resuelvan la situación. Mientras tanto, reforzamos nuestro patio de butacas particular y nos atrincheramos en él con más fuerza si cabe.

Nada causa más temor que notar cómo se tambalean los cimientos sobre los que has construido tu reducto. Así que procuras no hacer nada que pueda desencadenar el terremoto. Te mantienes a la expectativa, observando. Perpetuando tu condición de espectador, colaborando en la reproducción continua del espectáculo.  

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miércoles, 30 de marzo de 2022

!A DESBROZAR¡

Eliminar los obstáculos o impedimentos que dificultan una acción.

Me gusta esta acepción del verbo desbrozar. Con seguridad es la menos utilizada de todas pero se ajusta como un guante a la idea que me ronda por la cabeza si trato de definir con cierto grado de precisión en qué se ha convertido (si es que no ha sido siempre así) mi vida y la de tantas personas a lo largo y ancho del globo.

La acción por antonomasia es vivir. Nada hay más importante y más simple a la vez. Sin embargo, qué difícil se vuelve en este mundo insensible que todo lo convierte en mercancía, en objetos sujetos a la extracción de beneficio tras lo cual no nos queda más que ser simples desechos.

Pasamos la vida tratando de desbrozar los caminos por los que queremos transitar. En el esfuerzo, ni siquiera llegamos a advertir que esos caminos están más que despejados. Prácticamente existen sólo para que la gente como tú y como yo los transitemos. Y a pesar de eso, a pesar de haber sido andados por millones antes que nosotros se hace imposible no desbrozarlos día tras día. Caminos diseñados para que jamás consigamos llegar a ninguna parte pero tengamos la sensación de haber hecho lo imposible por lograrlo. Ya lo decía el poeta, se hace camino al andar aunque no vayamos a ningún sitio en particular.  

Es una locura. De las primeras cosas que tratan de inculcarte es de la necesidad de escoger un camino, de trazarte unas metas, ir a por ellas… Todo eso dota de sentido tu vida, te dicen. Se supone que pasas gran parte de vida aprendiendo (desde tu casa, la escuela, la sociedad, los medios…) la mejor manera de transitar esos caminos y resulta que apenas te han enseñado nada. Nadie te ha explicado la verdadera naturaleza de esos caminos. En definitiva, nadie te ha enseñado la cara real de la vida, la que no entiende de teorías abstractas sino que sólo reconoce la práctica cotidiana.

Y así vas pasando, tratando de eliminar unos obstáculos que no sabías que te ibas a encontrar porque has estado toda la vida siguiendo las instrucciones supuestamente correctas. Has cumplido a pies juntillas con el plan preestablecido. Pero al parecer, ese plan sólo funciona en determinadas condiciones. Condiciones tan particulares que tan sólo un porcentaje muy reducido de la población está en condiciones de cumplirlas. Este pequeño grupo poblacional coincide a la perfección con el poseedor de la gran mayoría de la riqueza material del planeta. Pero ni siquiera esa gente queda exenta de la obligación de desbrozar para seguir su camino (aunque nada que ver con el trabajo que debemos realizar el resto de los mortales).

Esta ingente tarea debería prepararnos, servirnos de entrenamiento para cuando tratamos de abrir nuevas vías por las que el discurrir de nuestras vidas sea más aproximado a lo que llevamos en nuestros corazones y nuestras mentes. Pero no lo es, no sirve de nada. Ni contamos siempre con las mismas herramientas para desbrozar ni los obstáculos con los que nos encontramos son siempre iguales. En muchas ocasiones, desconocemos por completo las razones por las que nos esforzamos tanto en desbrozar, simplemente, lo hacemos. Es lo que nos han enseñado, es lo que hemos querido creer.

Pero al parecer, aquello de que uno todo lo puede y todo lo tiene en su mano no acaba de ser del todo cierto. Más nos hubiera valido aprender a manejar herramientas para desbrozar que toda esa charlatanería barata. Mejor dicho, ojalá haber comprendido antes que las herramientas están ahí, a nuestro alcance… al alcance de todos. Porque sí, esas herramientas son colectivas y siempre han estado ahí. Sólo desde ahí, desde lo común uno puede empezar a desbrozar con cierto sentido su camino. No sólo eso, sino que también es posible compartir esas herramientas sin que necesariamente implique tener que llegar al mismo lugar que el resto. Sin duda, aprendizajes maravillosos que nadie nos procuró (aunque tal vez sí y no supimos verlo) y que tal vez no acabemos de descubrir jamás o seamos incapaces de llevarlos a cabo ante la sobredosis individualista que acarreamos.

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martes, 18 de enero de 2022

¿QUÉ LIBERTAD?

¿Qué será eso de la libertad sobre la que se habla en todo momento?

En los últimos tiempos, en el marco de esta crisis permanente del coronavirus, ha reaparecido con fuerza este término: libertad. Asociada a cualquier postura, a cualquier posición tomada. Me froto los ojos, ¿habrá llegado el momento en que algo tan espléndido como la búsqueda y la defensa de la libertad guíen nuestra forma de vivir? Siempre me he sentido inclinado hacia lo libertario así que tal vez sea el momento, si hay tanta gente defendiendo la libertad será por algo, digo yo.

Todo se hace o se dice en nombre de la libertad. Desgraciadamente, temo que todo se reduzca a su concepto de libertad, el que predomina, el único que puede prevalecer en una sociedad capitalista de consumo. La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar. Así, por arte de la magia capitalista, se desplaza la decisión libre que queda sustituida por la libre elección entre distintas ofertas preconfiguradas y adaptadas al modelo social. Hace 30 años, escribía Bauman (y no puedo estar más de acuerdo):

         El consumo ofrece libertad a personas que en otros aspectos de su vida sólo encuentran restricciones, opresión… En el juego de la libertad de consumo todos pueden ser ganadores al mismo tiempo.

A pesar de todo, no deja de ser paradójico que todos podamos ser ganadores y, al mismo tiempo, la sociedad de consumo haya transformado a la mayoría de la población en subjetivamente pobre. Esto se debe a la continua creación de necesidades artificiales que necesitamos satisfacer y que nunca llegamos a hacerlo porque constantemente surgen otras nuevas que nos lo impiden. Así, vivimos con la sensación constante de que siempre nos falta algo.

Porque el deseo de ser libres parte de la experiencia de estar oprimidos. Parte del sentimiento de que no puedo dejar de hacer lo que no quiero (cuánta gente debe sentir eso mismo con respecto a su trabajo). Y ¿Quién no siente deseos de ser libre a pesar de vivir en nuestra sociedad perfecta? ¿Cuántos tenemos esa sensación de no poder dejar de hacer muchas de las cosas que hacemos? Sin embargo, hay una cuestión que me parece más importante y es si existe la posibilidad de ser libres en una sociedad, en un mundo tal y como lo conocemos y vivimos.

Me parece harto difícil conjugar un mundo capitalista dominado por la posesión, la acumulación y la especulación con una libertad verdadera más allá de ese individualismo enajenado del sálvese quien pueda y como pueda que ahora parece que define el prototipo de ser libre. Bajo estas coordenadas, esa supuesta libertad sólo puede ser a costa de la opresión del otro, de muchos otros. En este contexto, la libertad se convierte en privilegio, se convierte en poder. Esto es un juego de suma cero, cuanto más gana uno más pierde otro, o millones de otros. Para muestra un botón: Durante los dos años de pandemia los diez hombres más ricos de la Tierra han duplicado su fortuna, mientras los ingresos del 99% de la humanidad han menguado.

La grandeza del juego es que nos ha hecho creer que cualquiera puede ser ganador porque siempre hay alguien peor que tú.

Por otro lado, en lo personal, me es muy difícil imaginar una sociedad fuera de ese marco (por mucho que haya podido leer al respecto) Y eso, con toda seguridad, es el gran triunfo del sistema. Nuestra incapacidad de imaginar siquiera un horizonte distinto al actual, nuestra asunción de que el estado actual es fruto de un orden natural y que no puede ser de otra manera. Más allá de todo esto, tan solo tengo alguna certeza acerca de la libertad: creo que es imposible desde lo individual, es decir, fuera de la cooperación comunal. No la creo posible sin la necesidad de realizarse mutuamente con el resto de una comunidad. Por tanto, creo que difícilmente podrá realizarse en una sociedad donde las comunidades humanas se han desestructurado dando paso a poblaciones de individuos desconectados.

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