domingo, 24 de abril de 2011

COMPETITIVIDAD: Pilar del capitalismo y azote de la humanidad

De nuevo el incesante goteo de noticias y las consiguientes diatribas lanzadas desde las atalayas del poder, situadas en los medios de comunicación, ponen en primera plana un concepto considerado como fundamental por los teóricos del capital: la competitividad.
Todos los poderes fácticos del sistema dominante coinciden en cargar las tintas sobre la imperiosa necesidad de aumentar la competitividad de las empresas para salir de la crisis (o estafa a escala mundial, llámalo como quieras) y poder mantener, así, el nivel de riqueza de los grandes empresarios. Según sus teorías (las cuales nos han llevado a donde estamos ahora) esto también nos beneficia al resto de la humanidad, puesto que abre una vía para la creación de empleo y el reparto de la riqueza (lamentablemente hay millones de personas que se lo creen). La lógica capitalista indica que sólo el más fuerte puede prevalecer, por esto es tan importante el concepto al que nos referimos, ya que no es otra cosa que la capacidad de enfrentarse a otros por la consecución de un mismo objetivo, es decir, se trata de pasar por encima del resto de competidores y conseguir que todo el mundo elija tu producto independientemente de la necesidad que tengan de ello.

Si bien la competitividad es algo a lo que normalmente nos referimos dentro del ámbito de la economía, es innegable que el concepto, desgraciadamente, ha traspasado fronteras y ya es importantísimo en cualquier ámbito de la vida actual.
Los rectores del sistema dominante han extendido este concepto a través de multitud de canales tales como: la enseñanza obligatoria, la televisión, el deporte, los modelos juveniles que ensalzan, etc... hasta que ha quedado instalado en el código genético de la sociedad vigente.

Pretenden convencernos de que ser competitivos es algo maravilloso y nada peligroso. Nos enseñan que la competición hace que el resultado final sea mejor cuando lo único que se consigue es aprender el mayor número posible de tácticas para entorpecer la existencia de los llamados rivales.
Así, a modo de ejemplo, nos enseñan lo competitivas que son las grandes multinacionales que año tras año obtienen maravillosos beneficios gracias al afán competitivo de sus trabajadores. Sin embargo, olvidan los pequeños detalles sin importancia (según ellos, claro está): los salarios de miseria que cobran el 95% de los empleados, muchos de los cuales ni siquiera conocen lo que son los derechos del trabajador (por no hablar de los que directamente trabajan en régimen de semiesclavitud); el aniquilamiento del planeta, tanto de sus recursos como de las personas que lo habitan, en nombre de una competitividad que exige pasar por encima de cualquier ley; el nivel de pobreza que dejan estas multinacionales cuando deciden que ya no les sirve una de sus factorías porque han encontrado un sitio donde les es más rentable instalarse; y así hasta el infinito. De esta forma se las gasta la tan necesaria y alabada competitividad.

La competición se ha instaurado en nuestras vidas de forma antinatural.
Lo que antes era colaboración entre iguales para, por ejemplo, tener una buena cosecha que asegurara la manutención del pueblo, ahora es competencia y resquemor por que los otros puedan tener mejores resultados. Hemos pasado de la solidaridad entre vecinos a la desconfianza y el deseo de que ellos se lleven todo lo malo. En las escuelas ya no se oyen palabras como honradez o solidaridad, en su lugar atronan atroces conceptos como competencias y procedimientos. Los modelos sociales a seguir ya no son aquellos basados en el apoyo mutuo y la hermandad, en la actualidad son los basados en el egoísmo y la famosa competitividad: en ser mejor que los demás y, por tanto, en que los demás son el enemigo.
La competitividad destroza sociedades enteras al poner por encima de todo el valor supremo de la victoria sobre los otros, generando odios irracionales y malsanas existencias que sólo conducen a la alineación de los seres humanos y la destrucción de todo lo que nos rodea.


No quiero un mundo competitivo, no lo necesitamos. Hay mundo para todos si sabemos entender que formamos parte de un todo y que todos debemos ir en la dirección que nos permita ser libres sin necesidad para ello de competir entre nosotros.


Imprimir

miércoles, 13 de abril de 2011

PUNTOS DE ENCUENTRO

Cualquiera que hoy en día se posicione en contra de la manera criminal en que nuestro mundo es dirigido, puede observar multitud de posiciones ideológicas empeñadas en desacreditarse mutuamente, defendiendo cada una de ellas su supremacía moral con respecto a las otras. Esta circunstancia lejos de producir un intercambio de ideas y estrategias, consigue el efecto totalmente contrario: fortalecer de manera alarmante la corriente ideológica predominante.

Así, vemos constantes descalificaciones entre diferentes movimientos que, si por un momento dejaran de lado estas disputas teóricas, caerían en la cuenta de que tienen mucho más en común de lo que se imaginan.

Independientemente de la posición de partida que cada uno de nosotros puede tener y de la idea de sociedad a la que aspiramos, seguramente, podemos establecer unos puntos básicos en los que todos consigamos ponernos de acuerdo e iniciar a partir de ahí una respuesta organizada a la dictadura del capital en la que estamos inmersos.


Desde aquí, sin otra pretensión que la de expresar unas conclusiones sacadas de la conversación con personas de diversas ideologías opuestas al sistema predominante, queremos reflejar algunos de los puntos en los que nos hallamos en total sintonía.


En primer lugar, es necesario que todos y todas nos pongamos en marcha para hacernos sentir dentro de la sociedad. No es posible que todos nos quejemos de lo mal que van las cosas pero no hagamos nada para revertir la situación. Tenemos claro que la “democracia representativa” actual es un sistema para nada democrático y, por tanto, hemos de guiar nuestros esfuerzos para lograr una democracia participativa, es decir, que nuestras voces sean siempre escuchadas y tenidas en cuenta con el mismo valor que cualquier otra voz (que no sólo lo sean cada cuatro años para que los políticos puedan formular falsas promesas que no piensan cumplir).

Esta lucha no va a ser fácil porque hay enormes intereses en juego que no están dispuestos a quedarse quietos y no dudaran en usar todo el potencial que tienen a su disposición (medios de comunicación, represión,...) para evitar que los verdaderos dueños del poder (nosotros, las personas) nos hagamos con él.


Una vez asumido este reto, es el momento de poner esos puntos de unión de manifiesto.


Algo en lo que rápidamente todos nos ponemos de acuerdo es en la urgente necesidad de acabar con la usura y la especulación (cada uno lo llama como quiere: economía financiera, banca privada, sociedad del crédito,...) que permite una distribución de la riqueza hacia arriba y que provoca la muerte de millones de seres humanos cada año a través del hambre, la pobreza y las guerras. En este punto, encontramos imprescindible la supresión de las entidades internacionales que patrocinan este tipo de prácticas y fomentan deliberadamente la desigualdad: debemos acabar con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio. Estas Instituciones son instrumentos al servicio del capital cuya única finalidad es someter a los pueblos y explotarlos sin límite.

No se puede permitir que la alimentación, la salud, la educación, la verdadera cultura y otras cuestiones vitales, estén en manos de unos pocos especuladores que sólo buscan el beneficio personal y no tienen reparos en condenar a muerte a millones de personas (muertes mayoritariamente evitables) por un puñado de dinero.

Siguiendo en esta línea, otro paso en que la mayoría coincidimos es en acabar con el sometimiento a la banca privada en el que estamos inmersos. La total falta de escrúpulos de estas entidades y su absoluto poder de influencia sobre la casta política las ha convertido en las auténticas organizaciones de poder, sólo hay que ver lo rápido que hemos acudido todos para darles todo lo que necesiten y a cambio nos han pagado con desahucios y embargos. Por no hablar de las inversiones que hacen en nuestro nombre en negocios fraudulentos o en negocios que directamente engendran muerte y destrucción.

Sé que en este punto hay división de opiniones y una amplia gama de opciones que van desde la abolición del dinero hasta la implementación de tasas y aranceles que graven las operaciones financieras, pasando por la creación de una verdadera banca pública. Lo importante, en mi opinión es poner freno a la desmesura del sistema actual y en eso hay que centrarse, tiempo habrá para decidir cual es la opción que nos beneficia más como seres humanos viviendo en sociedad.


Otra cuestión en la que existe un gran acuerdo es en la imprescindible desmilitarización mundial. Hemos llegado a un nivel en que cualquier disputa se dirime con la ley del más fuerte (que a día de hoy todos sabemos quién es) y en el que el nivel de destrucción es tan alto que no haría falta mucho tiempo para cargarnos el planeta entero a base de bombas y mísiles.

La mayoría de Estados poseen un organismo llamado Ministerio de Defensa cuya finalidad es la ofensa. La ofensa contra los propios ciudadanos del país y contra todos aquellos que sean señalados como enemigos por el poder dominante. La industria de la guerra es uno de los motores más poderosos de la economía actual, hasta tal punto que todas las guerras son alentadas por la misma industria que no distingue entre bandos y aprovisiona por igual a aquel que tenga dinero para pagar. El gasto militar es tan alto y los incentivos económicos tan poderosos que la mayoría de científicos se dedican a este campo de una u otra manera creando un sinfín de artilugios de destrucción que rápidamente son puestos en circulación para probar sus efectos en cualquier parte del planeta. Así, lamentablemente, se puede ver que la mayor expresión intelectual y tecnológica de la especie humana ha quedado reservada para la industria de la muerte. Es evidente que en un mundo de estas características estamos condenados a la destrucción pudiendo dedicar todo ese esfuerzo y sacrificio a la mejora de las condiciones de vida de todos los seres humanos.

Por tanto, se hace indispensable el fin de esta carrera hacia la hecatombe y para ello, el primer paso, debe ser desmantelar el mayor y más impune de los ejércitos: la OTAN. Esta organización tan sólo tiene una misión y no es otra que imponer la visión del mundo que tienen las elites dominantes, encima tienen la desfachatez de ampararse en causas humanitarias para bombardear a seres humanos.

En el caso de España el ejército sólo sirve para poder ejecutar golpes de Estado a conveniencia del poder y para ponerlo a disposición de los Estados Unidos (además de recuperar islotes perdidos como el de Perejil, de vital importancia para la vida de los españoles).


Siguiendo con los puntos de encuentro, también podemos nombrar el terrible drama de la situación del planeta. Independientemente de que seamos devotos fervientes de las tesis del cambio climático o no, resulta innegable que nos encontramos en una situación en que la relación entre el planeta y los que habitamos en él es insostenible. Es imprescindible cambiar el estilo de vida de los países ricos y de los que quieren vivir como dichos países (de nuevo aquí encontramos posturas divergentes pero con un denominador común: el respeto por la naturaleza y la creencia de que así no podemos seguir). Hay que luchar por un estilo de vida más acorde con lo que somos (seres dotados de una supuesta inteligencia) y convertirnos en garantes de la supervivencia del ecosistema global en lugar de ser lo que somos ahora: sus verdugos. Debemos abogar por que todo el esfuerzo que se invierte en construir artefactos para matar y atemorizar, se invierta en encontrar modos de vida y de producción más acordes con la finitud del planeta en el que habitamos.


También es imprescindible dejar claro el rotundo acuerdo existente en la creencia firme de la igualdad de todos los seres humanos y en reconocer que todos tenemos el derecho a vivir con dignidad e incluso el derecho a equivocarnos las veces que haga falta. No es posible seguir viviendo en un mundo en que es aceptada la noción de ciudadanos de primera, segunda e infinitas clases. Todos somos iguales y todos tenemos el derecho intrínseco a decidir por nosotros mismos.


Esto son tan sólo algunos puntos de encuentro entre todos aquellos que día a día nos afirmamos en la posición contraria al sistema dominante actual. Estoy seguro de que entre todos podríamos encontrar infinitud de otras cuestiones por las que luchar juntos. Cada cual puede aportar su granito en el ámbito que decida pero, es imprescindible empezar ya.

A cada minuto somos más los que tenemos la certeza de la inviabilidad de una civilización con las condiciones actuales, debemos ser consecuentes y empezar a actuar.


La decisión es de cada uno de nosotros.

Imprimir

domingo, 3 de abril de 2011

EL MIEDO ES NUESTRO ENEMIGO

Desde siempre el miedo ha sido uno de los grandes motores de la sociedad. Nos ha servido para estar preparados cuando una situación era percibida como potencialmente peligrosa para nosotros y poder así afrontarla o rodearla, siempre para nuestro propio beneficio.

Esto ha convertido al miedo en un pilar de la evolución de la humanidad y eso es algo que las elites dominantes no han pasado por alto. A lo largo de la historia los miedos colectivos e individuales se han ido explotando con el único propósito de beneficiar a los poderosos y, por encima de todos ellos, al Estado.

La creencia en la existencia de un Estado poderoso se basa en la necesidad de protección, en la fe en que sólo una entidad superior puede cuidar de nosotros y mantener nuestro mundo en su sitio. Es así como el poder identifica o inventa los peligros (viene a ser lo mismo una que otra) de manera que el diseño ideológico de estos permite administrar los remedios y dirigir las conciencias.

Las maniobras de invención suelen ser de dos tipos: una en forma de culpable exterior (terrorismo, fundamentalismo, catástrofes climáticas,...) otra, en forma de desviación personal o interna (pérdida de empleo, precariedad y aislamiento social, imposibilidad de devolver las deudas contraídas para saciar un impulso consumista aprendido, ...) En cualquier caso, consiguen que la tensión permanente a la que nos someten logre despersonalizarnos de tal manera que este tipo de situación vital arrincona el libre criterio personal y limita el ejercicio público de derechos “justificadamente”.


Todos estos miedos que nos van creando a través de una inmensa tela de araña que conforma la maquinaria del Estado (medios de comunicación, policía, ejército, partidos políticos, sindicatos,...) nos exigen grandes sacrificios a nivel personal así como una competitividad salvaje, un adoctrinamiento de las conciencias, un rearme de los arsenales y, sobre todo, una sumisión total. Al trenzar este cúmulo de temores consiguen configurar una herramienta para el chantaje individual y colectivo, previa degradación de la política en beneficio del mercado y de la supuesta seguridad.


Así pues, el Estado comprende perfectamente que el miedo es un factor vital. Él mismo lo tiene, su mayor temor es la revolución de las personas y sabe que dicha revolución será inevitable en el momento en que a todos nos dé por pensar y reflexionar acerca del mundo que nos rodea y su funcionamiento. La conclusión lógica de todo esto es que el propio Estado patrocina y fomenta el mayor de los miedos que puede sufrir el ser humano: el miedo a pensar.

En los países económicamente avanzados, hace ya mucho tiempo que el Estado entendió que la mejor manera de infundir el miedo a pensar era crear una corriente ideológica tan intensa que cualquiera que se viera tentado a utilizar su capacidad de libre pensamiento quedara automáticamente denigrado a la categoría de marginal o mucho peor, de terrorista intelectual. Junto a esta corriente ideológica predominante, se encargó de instaurar una serie de mejoras en las condiciones de vida de sus ciudadanos con el propósito de crear una falsa apariencia de estar viviendo en el mejor de los mundos posibles. Así es como de manera automática se instaura el miedo de la población a perder lo obtenido lo cual lleva a aceptar de buen grado tantos sacrificios como sean necesarios para mantener esta falsa visión de la vida. Al mismo tiempo, esto crea el miedo al otro, a cualquier otro que quiera apoderarse de lo que, por derecho, nos pertenece, creando así sentimientos globales de xenofobia que, bien explotados, constituyen una pilar fundamental de los Estados y una excusa perfecta para el rearme y los estados de excepción en los que vivimos permanentemente.

Para perfeccionar este modelo y alejar toda tentación de ejercitar la libre conciencia, el Estado nos ha bombardeado (y continua haciéndolo más que nunca) con una infinitud de banalidades, con la esperanza (muy bien fundada) de mantener nuestro pobre intelecto ocupado. Así es como, en cuestión de muy poco tiempo, hemos pasado de preocuparnos por cómo mejorar nuestras vidas de una manera activa, a ceder todo el protagonismo al aparato estatal, quedando relegados a simples niños de teta esperando a que el Estado nos facilite nuestras vidas.

Por otro lado, en los países menos avanzados económicamente, el Estado (que no es más que una extensión de las antiguas metrópolis en la mayoría de los casos) no se anda con tanta sutileza psicológica e infunde el miedo a pensar con el método más antiguo: la violencia indiscriminada con el saldo de millones de muertos al año a causa de guerras, enfermedades y la imposibilidad de acceder a una alimentación suficiente.


La esperanza de construir un mundo mejor, o por lo menos de acabar con el que tenemos en menos de un periquete, pasa por superar ese miedo a pensar porque el pensamiento cuando es verdaderamente libre adquiere unos tintes revolucionarios y subversivos que son los que necesitamos para revertir el actual estado de las cosas. La libre conciencia es despiadada con los privilegios y las instituciones establecidas porque sabe que no son justas, es terrible con las costumbres establecidas porque comprende que son relaciones de servidumbre impropias del ser humano, es indiferente a la autoridad porque entiende que es totalmente arbitraria y carente de fundamento humano (únicamente concebida bajo criterios económicos). Por eso hay que derrotar el miedo que es el único impedimento para el avance del ser humano hacia un nivel superior de sociedad.


Imprimir

viernes, 25 de marzo de 2011

OTRO PUNTO DE VISTA SOBRE LO NUCLEAR

Estos días todo el mundo andamos pendientes de la catástrofe ocurrida en Japón y, especialmente, del terror nuclear que los medios de información nos retransmiten al segundo. Sin tener la intención de dejar el drama humano de lado, ni ahondar en la más que evidente peligrosidad de las centrales nucleares quiero centrar la cuestión en el elemento principal de la generación de energía nuclear: el uranio, en concreto en la extracción del uranio.

Existen argumentos económicos que demuestran claramente que la industria del uranio está en total declive. Sin embargo, hay más de 400 reactores atómicos que precisan ser alimentados con uranio enriquecido. Las industrias del sector no dudan en implicarse a fondo en los países con recursos uraníferos para extraer a bajo precio el mineral, aunque sea dejando tras de si miseria y baños de sangre.

La minería de uranio requiere de una explotación a cielo abierto. El problema es que el uranio no es un material abundante y supone remover una enorme cantidad de tierra para encontrar una pequeña cantidad de uranio. La relación es de 100.000 a 1, es decir, debemos remover 100.000 toneladas de escombros con toda la energía que ello conlleva, para producir 1 tonelada de uranio.

EL CICLO NUCLEAR
Comprende todas las operaciones realizadas desde la extracción hasta el fin de la vida útil del uranio. Un proceso en el que a cada paso que se da se multiplica la peligrosidad tanto para el ser humano como para el planeta. Este tipo de explotación requiere de unas grandes cantidades de territorio y, como casi siempre en esto de la minería, coincide con territorios ancestrales de pueblos originarios. A modo de ejemplo podemos señalar la ocupación del territorio Tuareg en Níger o la del pueblo aborigen Wongatha en Australia.

1- En muy pocos lugares del mundo hay uranio lo suficientemente concentrado como para que su extracción resulte económicamente rentable y aún así hay que remover cantidades ingentes de tierra para ello. Diseminado en grandes extensiones, se dinamitan las áreas donde ha sido detectado, removiendo la capa superficial de la tierra y pulverizando las rocas para hacer accesibles los yacimientos.
2- El uranio después de ser aplastado, molido y bañado en ácido, es secado y empaquetado como concentrado de uranio. Aquí sólo es ligeramente radiactivo, pero la extracción y el proceso de molido expone a los mineros a la inhalación y contacto de muchos materiales peligrosos como el radón, causando altos porcentajes de cáncer. El mineral triturado es rociado con millones de litros de agua mezclada con toneladas de una solución de ácido sulfúrico (lixiviación), que permite separarlo de otros minerales.
Este método de extracción, genera contaminación múltiple. A la decantación de metales pesados en los acuíferos aledaños a la explotación, hay que sumar los drenajes ácidos. Por último, el polvillo en suspensión, producto de las voladuras que contiene uranio y otros minerales altamente contaminantes, llevados por el viento, se depositan en los cultivos y aguas superficiales. El agua que se utiliza para obtener uranio, ronda los 500 litros por segundo, consumo elemental registrado en la lixiviación en explotaciones mineras semejantes. Por cada cien toneladas de uranio se generan: 3.700 litros de residuos líquidos que contaminan toda fuente de agua y se afincan en las capas subterráneas; 100 toneladas de residuos como radio, torio, prolactinio, plomo, polonio, cromo, vandio, molibdeno, cobre, níquel, cobalto, hierro y toneladas de compuestos químicos como ácido sulfúrico, isodecanol, bióxido de manganeso, etc. que emiten radiaciones altamente peligrosas y gas como el radón 222: el suelo permanecerá contaminado hasta mucho tiempo después de que la mina haya dejado de operar.
Al extraer uranio, está claro que no se explota un recurso natural no renovable sino que se está devastando bienes comunes: agua, suelos y biodiversidad.
3- Para concentrar el uranio suficientemente para su uso, se convierte en el gas hexafluoruro de uranio, se envasa y se envía a una planta de enriquecimiento, donde se aumenta artificialmente el porcentaje del isótopo U-235 que es capaz de fisionarse. Este proceso genera el cuádruple de residuos radiactivos que el uranio útil.
4- Una vez enriquecido, se envía a una planta de fabricación de combustible donde se convierte en óxido de uranio (polvo negro). Este polvo se comprime en pastillas que se introducen en los tubos de metal. Ahora el uranio ya está listo.
5- Ya en el reactor nuclear el uranio se transforma en elementos muy radiactivos, lo que convierte al combustible gastado en material peligrosísimo que emitirá radioactividad a lo largo de milenios.
6- Hay dos sistemas de tratamiento de residuos. Uno es dejarlos tal cual y almacenarlos donde sea (normalmente en fondos marinos o cementerios terrestres), cruzando los dedos para que no pase nada de manera inmediata, a la larga ya no importa. Otro es reprocesarlo para obtener uranio que se puede reintroducir en el ciclo del combustible o se puede utilizar para la fabricación de uno de los armamentos más mortíferos jamás creados por la humanidad. Este segundo sistema de tratamiento produce un volumen final de residuos radiactivos entre 160 a 189 veces mayor que el que se produce a lo largo de toda la cadena por no hablar de costo directo en vidas humanas que tiene la utilización de este tipo de armamento .


Como todo recurso natural con el que se comercia, siempre se acaba produciendo una situación de desigualdad e injusticia para los verdaderos poseedores (que no propietarios) de ese recurso. Podemos ver de manera rápida el caso de Níger.

Níger es el 4º exportador mundial de uranio. Su producción anual, evaluada en 3.300 toneladas, representa el 48% de sus ingresos de exportación. Rico en uranio, Níger también es uno de los países más pobres del mundo (está en el puesto 167 sobre 169 en la escala que mide el índice de desarrollo humano) y regularmente tiene que enfrentarse a graves crisis alimentarias.

Desde su independencia en 1960 de la metrópoli francesa, se han sucedido los golpes militares y las guerras entre las diferentes etnias de la zona. Curiosamente esta circunstancia no ha impedido que Francia continúe al mando de la economía nigerina ya que desde 1968 Areva (líder mundial en el sector de la industria nuclear) prácticamente ha monopolizado el comercio de minerales (con la excepción en los últimos años de la entrada de China en este juego) lo cual significa en la práctica controlar casi todo el flujo económico del país.

Entre 2003 y 2005 se elaboró un examen de la situación radiológica y sanitaria de dos ciudades mineras (Arfit y Akokan) a petición de la asociación local Aghir In Man, por la Comisión de investigación e información independiente sobre la radioactividad (Criirad) y la ONG de juristas Sherpa.

Según el Criirad, el agua distribuida a la población (más de 100.000 habitantes) presenta niveles de radiactividad que sobrepasan los topes de las normas internacionales de potabilidad. Los residuos radiactivos se almacenan al aire libre desde hace varias décadas. Las chatarras que resultan del trabajo de las máquinas se venden en los mercados, la población las recicla y las utiliza como materiales de construcción o para hacer utensilios de cocina. En mayo de 2007 Criirad informó la presencia de residuos de la extracción en el ámbito público, así como niveles de radiación gamma hasta 100 veces superiores a lo normal.
Sherpa: destaca la multiplicación de casos graves de enfermedades respiratorias y pulmonares, que se habrían ocultado sistemáticamente a los pacientes por los dos hospitales (casi siempre diagnosticaban Sida así no se reconocían como enfermos laborales) construidos y administrados por Somair y Cominak, ambas compañías participadas mayoritariamente por Areva que las usa a modo de pantalla (mecanismo habitual de las transnacionales). Ambas sociedades mineras son el segundo patrono del país después del Estado y sus enormes necesidades de suministro benefician a un gran número de empresas.

Básicamente estas empresas se dedican a expoliar todo el uranio que pueden sin ningún tipo de medidas de seguridad, para ello no han dudado en expulsar al pueblo tuareg que tiene sus tierras ancestrales en la zona minera. Tampoco han reparado en almacenar todos los residuos que produce la explotación del uranio al aire libre en lugares próximos a los núcleos de población que albergan a todos los indefensos trabajadores de la minería.
Como pasa siempre en estos casos, a la gente que vive allí se les plantea dos alternativas: morir rápidamente de hambre o morir de manera más lenta gracias al trabajo en la mina.

Así es que cuando nos dicen que la energía nuclear es la más limpia y barata que tenemos a nuestro alcance y que es imprescindible para mantener nuestro nivel de vida no sólo debemos pensar en la posibilidad de accidentes o fugas radiactivas (que ya de por sí es gravísimo pero con una frecuencia muy baja) sino que deberíamos tener presente el costo en vidas y biodiversidad que tiene el mantener esta locura nuclear.
Con uranio se produce energía, de acuerdo. Pero, sobre todo, se produce muerte y destrucción: desde que se extrae en las minas a cielo abierto hasta que se recicla para recubrir bombas.

Imprimir

lunes, 21 de marzo de 2011

GUERRA EN LIBIA

Otra guerra ha estallado y ya hemos perdido la cuenta de las veces que lo hemos dicho. Esta vez pretenden engañarnos diciendo que esto no es una guerra cualquiera si no que es para salvar las vidas de la población libia amenazadas por su tiránico líder. Yo, en esta afirmación, tan sólo veo una prueba más de lo mal que está el mundo y de cuan distorsionados están los valores que lo rigen cuando casi todo el mundo da por bueno que es necesario que muera gente para imponer la paz.
Esta es la historia de la última cruzada del poder capitalista:
Libia es un país del norte de África donde vive muy poca gente y hay muchísimos recursos valiosos (petróleo, gas, agua, bancos de pesca, ...), durante los últimos cuarenta años ha sido gobernada con mano de hierro por Muamar el Gadafi (no sé cuál es la ortografía exacta del nombre y me he decidido por ésta) que a lo largo de este periodo de tiempo ha pasado de ser un sanguinario terrorista a un magnífico dirigente y por último se ha convertido en un tiránico dictador (todo esto desde el punto de vista de la prensa occidental, por supuesto) en función de su mayor o menor disposición a dejar que las grandes corporaciones transnacionales expoliaran, o no, los recursos de su país. Durante la última década se le consideraba un excelente dirigente y aquí en España, todavía recordamos cuando instaló su enorme jaima en medio de los jardines del Pardo en la capital del Estado. Eran otros tiempos y Gadafi permitía que Repsol tuviera su parte del pastel petrolero de Libia. Igual que en España sucedía en todos los “países democráticos”. Sin embargo, en 2009 se truncó este idilio cuando anunció que iba a dar marcha atrás y volver a nacionalizar el petróleo para conseguir mayores dividendos para los ciudadanos libios. Volvió a convertirse en terrible dictador para los medios occidentales y, por ende, para todos los que nos informamos a través de ellos.

Con estos antecedentes llegamos a la actualidad. Una actualidad marcada por la diversas “revoluciones” en países norteafricanos y de la península Arábiga. Unas “revoluciones” nacidas de la necesidad de libertad y de la necesidad a secas pero, seguramente, manipuladas hasta tal punto que han quedado reducidas a la nada (en Egipto se ha ido Mubarak y ahora manda otro militar y parece como si hubiera cambiado algo, al menos a los ojos de los países capitalistas). Al parecer éste era el camino a seguir para Libia; pero se han encontrado con un obstáculo con el que no contaban: el ejército y muchos ciudadanos libios apoyan a ese malvado dictador, algo incomprensible para las estrechas mentes de los estrategas occidentales.

Ante la intolerable situación que se les presentaba, rápidamente los países con empresas interesadas en Libia acudieron a la ONU (ese supuesto Gobierno Mundial que sólo sirve para legitimar barbaries en pro del sistema global) para conseguir una resolución del Consejo que autorizara la guerra sin mayores problemas. Dicho y hecho, la Resolución 1973 autoriza a utilizar todos los medios disponibles para proteger a los civiles y a las áreas pobladas bajo amenaza de ataque (un texto muy bonito pero que pronto se ha visto superado por las acciones de los países que participan en la ofensiva). Antes de seguir adelante, quiero mencionar expresamente la cobardía de tres países: China, Rusia y Alemania. Estas naciones suelen fanfarronear de su independencia y su poderío, sin embargo, su abstención en las votaciones viene a confirmar su sumisión ante el poder imperial. También hay que destacar que esta vez la diplomacia norteamericana ha sido un poco más hábil que de costumbre y ha dejado que Francia cargue con la responsabilidad de llevar la voz cantante en el asunto con Sarkozy al frente, necesitado de un golpe de efecto ante sus compatriotas para evitar su descenso a los infiernos políticos en las próximas elecciones (Sarkozy espera que esto le funcione tan bien como le funcionó a Margaret Thatcher la guerra de las Malvinas).

Con todo ello, la guerra ya se ha iniciado con los ataques aéreos por parte de los países (que son unos cuantos, entre ellos cómo no España, con Zapatero a la cabeza dando un paso más en su “Alianza de Civilizaciones”). Y no sólo ha empezado si no que cuenta con el respaldo de una opinión pública totalmente mediatizada por las interesadas informaciones facilitadas sobre las supuestas atrocidades cometidas por un enloquecido ejercito sobre una población indefensa. Este respaldo se ve en todo el espectro político “democrático”, desde las derechas que lo ven como algo ineludible y que ya debería haberse puesto en marcha hace tiempo, hasta las izquierdas que lo ven como un mal menor con tal de evitar la masacre.

Por supuesto, este artículo no es una defensa de Gadafi y su régimen, es más bien una crítica a todos esos valedores de la intervención por su valentía contra Libia y su aparato estatal. Desde aquí les pregunto a todos esos compinches del capital y del imperio de las armas:
¿Por qué no exigen también una intervención en otros países en situaciones similares y muchísimo peores?
¿Por qué no una intervención militar en el Estado de Israel que lleva décadas masacrando a un pueblo indefenso como el palestino que sólo quiere paz y libertad?
¿Por qué no una intervención militar en Colombia donde los derechos humanos son papel mojado y las muertes se cuentan por miles y los desplazamientos por millones?
¿Por qué no una intervención militar en Arabia Saudí donde la tiranía impera desde hace muchos años y los derechos son sólo para la familia real y los extranjeros afines?
¿Por qué no una intervención militar en China donde su capitalismo totalitario manda a la muerte prematura a millones de trabajadores indefensos?
¿Por qué no una intervención militar en Guinea ecuatorial cuyo eterno dictador ha condenado a la pobreza eterna a su pueblo?
¿Por qué no una intervención militar en Honduras donde gobierna un golpista a base de represión?
¿Por qué no una intervención militar en Marruecos donde la dinastía real condena a la inanición al pueblo saharaui?

Hay tantas preguntas que serían infinitas, sin embargo, una sola respuesta vale para todas: todos estos países son piezas que funcionan perfectamente en el engranaje capitalista mundial y en los planes que la elite político-económica ha dispuesto para la humanidad.Cualquiera que se sienta tentado de aceptar la ignominiosa resolución 1973 de la ONU que se haga estas preguntas y que piense si la mejor manera de conseguir la paz y la libertad es a través de las armas y la destrucción.



Imprimir

jueves, 17 de marzo de 2011

“¡VAYA SORPRESA!”: LAS EMPRESAS ESPAÑOLAS SE FORRAN

Espero que a estas alturas de la película a nadie le sorprenda el título de esta entrada. Si alguien pensaba que esto de la crisis económica es para todos y que todos la pagamos por igual vamos a echar un pequeño vistazo a algunos datos que aclaran la situación.
Por un lado, veamos cómo ha ido el pasado año para el común de los mortales en nuestro país. En primer lugar, a nadie se le escapa el enorme crecimiento del número de desempleados que oficialmente alcanzaba la cifra de 4,3 millones de personas aunque la realidad nos indica que esa cifra supera ampliamente los 5 millones. A este dato hay que añadir la que nos han vendido como “necesaria reforma de las pensiones” que nos obliga a trabajar hasta los 67 años sin por ello garantizarnos el cobro de nuestra pensión al final de tan penosa y dilatada vida laboral (por cierto, todo lo contrario que nuestra estimada casta política que les basta con sólo siete años para recibir de por vida una pensión que dobla con creces la máxima a la que nosotros podemos aspirar).
Echando más leña en la hoguera prendida para consumir a los trabajadores, tenemos la reforma laboral que sobrepasa ampliamente el mejor de los sueños de cualquier tratante de esclavos. Con un golpe del poder político-económico, sin respuesta por nuestra parte, nos hemos quedado a merced de la voluntad de las grandes empresas; sin ningún tipo de derecho por nuestra parte para poder, siquiera, defender lo que es justo según este sistema.
En la actualidad, la patronal y los “sindicatos” mayoritarios siguen negociando para socavar los pocos derechos de los trabajadores que permanecen incólumes hasta el momento, lo cual hace presagiar que la situación puede ir a peor.

Con todas estas decisiones tomadas por nuestros políticos, tanto los del Gobierno como los de la oposición, hemos llegado a una situación en que la precariedad e inseguridad laboral son el pan de cada día y son un abono perfecto para la acumulación de riqueza y poder por parte del empresariado patrio y para el aumento de la pobreza material en la mayoría de los ciudadanos.

Así vemos, que los resultados del año 2010 de las principales empresas nacionales (las que cotizan en el Ibex 35) ha sido casi un 25% superior al del año anterior, consiguiendo unos beneficios de 49.881 millones de euros en un año en el que muchos han visto cómo las entidades financieras les robaban sus hogares después de haberles exprimido al máximo y cómo los empresarios les dejaban en la calle sin ninguna posibilidad de seguir manteniendo su sustento, siempre con la complicidad política, no lo olvidemos.
Podemos destacar el resultado obtenido por Telefónica (o Movistar o como se llame) que ha obtenido beneficios por valor de 10.167 millones de euros convirtiéndose en la empresa líder en ganancias de nuestro país y llegando a niveles más altos de beneficios que los obtenidos antes de la crisis, con lo que empezamos a vislumbrar quién sufre los golpes y quién disfruta. Por supuesto, para obtener estos resultados los despedidos y las deslocalizaciones (marca de la casa de esta empresa) han estado muy presentes en el día a día de los trabajadores de la empresa y ya están planteando un nuevo ERE para este año, amén de las famosas prejubilaciones de esta compañía. Encima, ahora atacan a sus usuarios con un aumento más que salvaje en sus tarifas que no son, precisamente, de las más baratas.

Por supuesto, hay otras empresas a las que queremos referirnos. Por un lado, las entidades bancarias donde destacamos al Santander con ganancias de 8.181 millones de euros, el BBVA con 4.606 millones, Repsol YPF con 4.693 millones y Endesa con 4.129 millones. Estas cinco empresas acumulan más del 60% de los beneficios empresariales en España y no es nada descabellado pensar que acumulan una proporción similar de poder en la toma de decisiones políticas en el país si tenemos en cuenta que sólo la economía se considera importante en la política actual.
Con todo este nivel de beneficios ni que decir tiene que el reparto es cosa de unos pocos, en concreto de los altos ejecutivos de las empresas. No tengo constancia de los datos del 2010 pero el año anterior os puedo decir que alguien como Alfredo Sáenz (consejero delegado del Banco Santander) más de 10 millones sólo en sueldos.
Todos estos potentados del capitalismo dirigen sus empresas y al Estado (sólo hay que ver las periódicas reuniones con el Gobierno) en beneficio propio con la única finalidad de enriquecerse sin límites y explotar hasta la extenuación los recursos tanto físicos como mentales de los ciudadanos. Así es la situación en la que vivimos donde unos pocos se enriquecen gracias al esfuerzo de la mayoría, mientras esa misma mayoría se conforma con tener algo que comer y poder sentarse a ver la televisión y olvidarse así de su situación.



Imprimir

sábado, 12 de marzo de 2011

LA INMEDIATEZ COMO SISTEMA

Durante las últimas décadas la inmediatez (el aquí y el ahora) se ha ido adueñando de nuestras vidas sin que apenas nos hayamos dado cuenta. Por supuesto, esto no ha ocurrido de forma casual si no que forma parte de una concepción mucho más amplia diseñada para convertir a las personas en meros autómatas que se dedican a pasar por la vida sin más aspiración que la de sufrir lo menos posible. El afrontar la vida bajo este punto de vista hace que nos desconectemos de nuestro pasado y de nuestras raíces, la cual cosa posibilita que seamos seres sin una conciencia clara de lo que ha sucedido en momentos pasados de la historia y, por tanto, incapaces de aprender de los errores y aciertos anteriores. Esto es algo que nos perjudica gravemente al común de los mortales y beneficia sobremanera a los pocos que están en la cima del poder actual.
Por otro lado, esta inmediatez que nos domina provoca que no tengamos en cuenta las consecuencias de nuestras acciones y nuestras decisiones. El vivir como si no hubiera mañana nos ha conducido a un mundo en el que sistemáticamente hemos destruido la naturaleza hasta unos límites en los que tal vez no haya vuelta atrás. También nos ha hecho ignorar la matanza premeditada de cientos de millones de personas a base de expoliar todos sus recursos en beneficio de nuestra vida de usar y tirar.
Esta “filosofía de vida” se ha impuesto de manera global (sobre todo en el llamado primer mundo, aunque también en las clases dirigentes de otros territorios) apoyándose en todos los recursos que el sistema dominante tiene a su alcance.

Desde la expansión de las tarjetas de crédito que posibilitan el consumo desaforado (que al fin y al cabo es el gran beneficiado de esta manera de entender la vida) sin necesidad de preocuparnos por si realmente podemos pagar o no ese producto o si lo necesitamos realmente, y la concesión de créditos y financiación de la compra de cualquier bien de consumo (hasta hace no muchos años era impensable comprar un pequeño electrodoméstico a plazos con una financiación facilitada por la propia tienda que te lo vende) hasta los “productos culturales” de la actualidad en los que escasean de manera sistemática los contenidos críticos, las reflexiones profundas y los posicionamientos ideológicos frente al sistema dominante.

Toda esta situación lleva consigo un desvirtuamiento de los valores y actitudes del ser humano. Concepciones tan importantes como la amistad, el amor en todas sus acepciones, la colectividad, la ayuda mutua,... han pasado a ser tan banales que han perdido su valor original (hasta el punto de que las relaciones del tipo que sean se buscan por Internet porque el presentismo en el que vivimos nos impide dedicar tiempo a todas estas cuestiones). De esta manera, se ha desarticulado el entramado moral que permitiría a las personas organizarse eficazmente contra la tiranía político-económica que nos tiene atrapados a su merced. Al mismo tiempo, se ha conseguido crear un modelo de ciudadano con un nivel de resistencia a la frustración muy pobre lo cual le impide esforzarse en conseguir nada que no le sea dado por el modelo predominante, así las personas ya no se preocupan por nada que no sea por el “yo, aquí y ahora” y ese tipo de mentalidad es la que el sistema requiere para poder funcionar porque esta mentalidad produce autómatas cuyo único objetivo es satisfacer sus necesidades, creadas de manera artificial por el propio poder dominante, a cualquier precio sin importar nada más. Incluso el sistema es tan maravilloso que si por casualidad alguien consigue escapar a la maraña de la inmediatez y tiene inquietudes sociales, le proporciona un fabuloso catálogo de organizaciones humanitarias a las que asociarse y poder así mantener su pequeña conciencia tranquila.

Imprimir