lunes, 18 de mayo de 2020

OBEDIENCIA (Pequeños apuntes sobre Fromm y Milgram)

Obediencia: Acción de acatar la voluntad de la persona que manda, de lo que establece una norma o de lo que ordena la ley.
La obediencia está en la base de todo sistema social y, en consecuencia, en todo sistema de poder. Especialmente, desde que la coerción física y el sometimiento por la fuerza han pasado a un segundo plano en las actuales sociedades capitalistas. ¡Ojo! Han pasado a un segundo plano, no han desparecido. El matiz no es pequeño.
La obediencia tiene unas bases tanto individuales como sociales y consecuencias en ambos planos. En el plano individual, está la sumisión ideológica, la aceptación acrítica de la interpretación de la realidad que la autoridad (en el ámbito que sea) ofrece. Esto provoca la falta de responsabilidad personal sobre lo que se hace puesto que simplemente hacemos lo que el poder nos indica, por tanto, nada incorrecto. Probablemente, la obediencia es la conducta más reforzada durante la trayectoria vital del individuo. Es importante resaltar el principio de jerarquía, su necesidad modelada durante siglos hasta hacer prácticamente impensable un modelo social no jerarquizado. Esto entronca con las bases sociales de la obediencia. Fromm hablaba del carácter social como la estructura que caracterizaba a un grupo. Esta estructura mantiene el funcionamiento social una vez que todos los componentes del grupo han hecho suyo el deseo general (es decir, cuando los que ostentan los medios para ejercer el poder consiguen que todos hagan suyos sus deseos). En nuestro modelo social este deseo estaría representado por conceptos como consumo, crecimiento, productividad, competencia...
El propio Fromm distinguía dos tipos de obediencia. Por un lado, la Heterónoma (Sometimiento) que se da con respecto a otra persona. Por el otro, la Autónoma (Autoafirmación) que obedece los dictados de la propia conciencia, pero lo que consideramos como propio en la mayoría de las veces no es otra cosa que una extrapolación de las órdenes que emanan de la autoridad o de los principios morales que rigen en la sociedad. En ocasiones, sí existe esa conciencia libre de la lógica de premio/castigo tan característica del orden social. A este tipo de conciencia libre, Fromm la denomina humanística (frente a la autoritaria que es como denomina a la anterior) y la describe como surgida del conocimiento interior auténtico. Creo firmemente, que mayoritariamente predomina la obediencia autónoma autoritaria. Es aquello que siempre se dice de que somos esclavos sin darnos cuenta de ello porque pensamos que somos libres, que lo que hacemos es fruto de nuestra propia reflexión. Como si las elecciones que vamos realizando a lo largo de nuestra vida no estuvieran condicionadas por el entorno en el que vivimos, por la cultura predominante, por los recursos de que disponemos… pero obedecer no siempre es fácil, en ocasiones crea conflictos internos ante los que debemos desarrollar estrategias para defendernos, para sentirnos mejor. No queremos quedar fuera del grupo, ser marginados. Aunque duela es mejor eso que desobedecer porque esto sí implica irremediablemente decir adiós.

Sin duda, en el estudio de la obediencia uno de los experimentos paradigmáticos es el que realizó Stanley Milgram. Algunas de las principales enseñanzas que nos dejó este experimento son, sin duda, a tener muy en cuenta.
Lo primero que observó es que la conciencia deja de funcionar. Esto está en la base de la obediencia, se sustituye el pensamiento propio por el de la autoridad, cuando esto sucede, el pensamiento se transforma en acción. Algo parecido postulaba Fromm con su concepto de conformidad automática definida como la adaptación del sujeto a las pautas culturales para no sentirse diferente y solo. Al aceptar el pensamiento de la autoridad, automáticamente se abdica de cualquier tipo de responsabilidad. El cumplimiento de los mandatos de la autoridad hace que la responsabilidad sea para dicha autoridad. El hecho se percibe como mero espectador no como actor principal. Por tanto las consecuencias que se puedan derivar de nuestros actos no nos incumben, nosotros estamos haciendo lo correcto. Esto es fácilmente observable en el estilo de vida llevado de forma mayoritaria en las llamadas sociedades opulentas. Condenamos  a hambre y muerte a medio planeta, esquilmamos los recursos del planeta y lo enfermamos sin ningún rubor, sin apenas cargo de conciencia porque simplemente estamos haciendo lo que debemos hacer (trabajar y consumir). A esto se le añade, como observó Milgram, que el alejamiento de la víctima facilita la crueldad. En los momentos actuales, la distancia se ha vuelto ley y, probablemente, esta ley ha llegado para quedarse. Pero no debemos engañarnos, llevamos años alejados, aislados, confinados en nuestras propias burbujas. No conocemos a nuestros vecinos, en la mayoría de los casos ni a los que llamamos amigos, como para no sentirnos alejados de los miles de millones de humanos que habitamos el planeta. La tecnología nos ha acostumbrado a creer que somos sociales y empáticos mientras ha ido destruyendo todo rastro de sociabilidad y empatía. También la burocracia desplegada hasta el último rincón de nuestras vidas se ha convertido en una manera de relacionarnos con el mundo, despersonalizada, aséptica, sin implicaciones. Vivimos sin necesidad de implicarnos emocionalmente en nada, esa es nuestra forma de socializar. Así es muy sencillo mantenerse alejado del resto, ser crueles sin remordimiento alguno. Pero si alguna cosa está siempre presente en nuestras vidas es la autoridad y tal y como decía Milgram, es necesaria su presencia para reforzar la obediencia. La autoridad forma parte de nuestra vida: empieza en la familia, sigue en la escuela, en el mundo laboral, está presente en los medios de comunicación, fuerzas policiales y militares, instituciones médicas… La autoridad es omnipresente y esto refuerza la obediencia. Lo saben bien.
Milgram demostró lo peligroso de la predisposición a obedecer y cómo esto nos deja sin conciencia de lo hecho y sin responsabilidad por lo realizado. Concluyó que lo peligroso no era el autoritarismo sino el principio de autoridad en sí mismo. Sabias palabras en mi opinión porque no es necesario vivir en una dictadura declarada para comprender que la desobediencia se paga cara, muy cara y en todos los aspectos de la vida de la gente.
Desobedecer no es sencillo, requiere de muchos recursos personales atreverse a dudar de la autoridad, atreverse a situarse en el otro lado, en el lado en el que estás solo y fuera del círculo social, donde la culpa por no hacer lo que se espera de ti puede llevarte a lugares no deseados, donde sobreponerse a todo eso requiere de una voluntad muy grande y donde, además, estás expuesto a las consecuencias físicas de la desobediencia que van más allá de lo que somos capaces de imaginar la mayoría de las personas. Sin embargo y, a pesar de todo, la desobediencia es más necesaria que nunca. No se me ocurre mejor explicación que estas palabras que Fromm dejó escritas en su “Sobre la desobediencia civil y otros ensayos”:

“Si la capacidad de desobediencia constituyó el comienzo de la historia humana, la obediencia podría muy bien, como he dicho, provocar el fin de la historia humana”.
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martes, 12 de mayo de 2020

INTROSPECCIONES DESDE EL LETARGO


¿Sabemos escuchar nuestros sueños? Y en caso afirmativo, ¿somos capaces de vivir en consecuencia? Y lo más importante, ¿sabemos comprender lo hecho hasta la fecha e interpretarlo? 

Son cuestiones que, a priori, parecen alejadas de nuestro funcionamiento diario.  De esa rutina mecánica de la que no escapan ni esos supuestos momentos de ocio (opuestos al trabajo)  en que navegamos día tras día. Las necesidades que intentamos satisfacer a diario consumen nuestras energías. Sin embargo, necesitamos recuperar estos interrogantes, necesitamos ser honestos en sus respuestas porque si fuéramos capaces de todo esto, probablemente, estaríamos muy cerca del autogobierno personal y empezaríamos a estar listos, por tanto, para no ser gobernados por otros. No es tarea grata ni breve, pero es imprescindible. Debemos comprender que no somos burbujas aisladas del mundo que nos envuelve y condiciona pero la introspección y la honestidad son lujos de los que no podemos prescindir.
Sin duda, eso sería un paso de gigante hacia nuestra rehabilitación como especie, algo que hasta la fecha parece un imposible, una utopía sólo imaginable para unos pocos que nunca se resignaron a la degradación a la que nos ha conducido el abandono del conocimiento y su capacidad creadora y su suplantación por parte de la tecnología y su capacidad reproductora, replicando eternamente una visión distorsionada del mundo.
El endiosamiento de la tecnología ha supuesto una modificación absoluta de la dirección (amén de otros efectos perversos) del pensamiento humano. El conocimiento nos animaba a mejorar como personas, a posicionarnos de forma coherente en el mundo que habitábamos. En cambio, la tecnología nos ha hecho creer que somos seres omnipotentes, por tanto, ya no necesitamos mejorar al ser humano. Ahora, simplemente, necesitamos ir aplicando la solución tecnológica adecuada a cada circunstancia. Esto da a entender que el actual orden de cosas es absolutamente maravilloso y que lo siga siendo sólo depende de tomar las decisiones acertadas tanto a nivel individual como colectivo. Ahora lo que importa es mejorar la vida según los estándares vigentes (no se sabe la de quien) independientemente de la calidad humana de esos sujetos vivientes. Ahora, más que nunca, la tecnología se ha puesto en primera línea de combate como elemento redentor de la humanidad. Si seguimos esa vía, lo pagaremos caro.
Este cambio de dirección en el pensamiento ha supuesto de facto la muerte del pensamiento, al menos de ese pensamiento crítico tan necesario para poder formularnos las cuestiones de las que parte este escrito y sus posibles respuestas. De esta forma es como todos estos interrogantes se han ido convirtiendo en abstracciones cada vez más alejadas de nuestra realidad hasta prácticamente desaparecer de nuestro horizonte intelectual y transformar sus significados en nuestro vocabulario habitual. Y como siempre sucede, lo que no se nombra no se piensa y lo que no se piensa, no existe. La necesidad del pensamiento crítico también se observa en lo imperioso de cuestionar (contrastar con otras personas) también ese conocimiento al que podemos acceder y que nos hace evolucionar/mejorar como humanos. Esto es imprescindible ante la ingente cantidad de ruido (que tratan de colar como conocimiento e información) lanzado sobre nosotros y la velocidad a la que es posible asimilar y responder todo esto. Nos han creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento en el mundo.
Estamos en un momento aletargado de nuestra vida, para bien o para mal, debemos aprovecharlo. Cuando te detienes, puedes observar y reflexionar sobre ello. Sobre todo, puedes observarte y hasta tener el valor de admitir que no te reconoces en tu forma de vivir. Puedes conversar, pensar, planear, soñar, escuchar, comprender,  tomar decisiones, amar…  vivir. Todo acciones consideradas peligrosas para el buen funcionamiento social y por ello, imprescindibles ahora mismo.
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lunes, 27 de abril de 2020

LA DISCIPLINA SOCIAL SE ALIMENTA DE DATOS

La disciplina se define como el conjunto de reglas de comportamiento para mantener el orden y la subordinación entre los miembros de un cuerpo o una colectividad en una profesión o en una determinada colectividad.
Creo que esa definición lo dice todo: orden y subordinación.
En lo social, la disciplina es la fuerza que regula la sociedad. La disciplina social se puede definir como el acatamiento cotidiano al conjunto de reglas para mantener el orden y la subordinación a las normas (legales y morales) entre los miembros de un grupo social. Es la adhesión a normas que garanticen la convivencia. Es decir, el respeto de la Ley. También es la adecuación del individuo al medio social. Parte del proceso de socialización consiste en adquirir conciencia de las obligaciones para con el grupo o sociedad y en la práctica de esas obligaciones para adaptarse a ella. La disciplina social se empieza a construir en el seno de la familia durante los primeros años. El proceso continúa en la escuela y se sigue dando en el resto (y a través de) el resto de instituciones.
Esa disciplina se alimenta de datos. Lo vemos todos los días en esta especie de estado de alarma en el que nuestras vidas han quedado suspendidas.
Muertos, infectados, recuperados, porcentajes… Por país, por región, por municipio… por escalera de vecinos si pudiéramos obtenerlos. Los datos ofrecen certezas, para bien o para mal. Es algo a lo que agarrarse, proporciona una justificación racional frente a la otra cara de la moneda: el miedo. Porque los datos en sí, son meros números pero la utilización que se hace de ellos siempre tiene un propósito. Los datos aportan información y de siempre se ha visto que quien domina la información adquiere una gran ventaja. Los datos los manejan unos pocos pero sus consecuencias las sufrimos todos. El Estado y las grandes empresas manejan los datos, no sólo los controlan sino que los fabrican a su antojo. Nos ofrecen aquellas versiones que interesan a sus proyectos. Incluso nos enseñan cómo debemos reaccionar ante ellos. El fin de todo ello, es alcanzar el objetivo antes mencionado: orden y subordinación. Es decir, que nos mantengamos siempre abaja, siempre agradecidos al poder por protegernos y velar por nuestros intereses.

A día de hoy, podemos ver la ansiedad de millones de personas a la espera de nuevos datos a cada instante. La visceralidad con que se reciben esos datos y, a pesar del teatro político (una patraña que como siempre sólo sirve para mantener alerta al rebaño) la convicción mayoritaria de mantenernos obedientes. Dispuestos a delatar ante las autoridades a cualquiera que no comparta nuestro miedo y decida actuar de otra forma.

Llevamos toda la vida entrenándonos en la recepción acrítica de datos y en la sumisión a las consecuencias que el poder nos indica sobre esos datos.
  
Los datos están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma. Así, la estadística (esa rama de las matemáticas que utiliza los datos para obtener inferencias) se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.
Llevamos toda la vida atendiendo a los datos de empleo y ausencia de él, a los sube y baja de la bolsa, a los datos demográficos, a los salariales, a los índices de precios de cualquier cosa, a los de jubilación y esperanza de vida, a los escolares… Nos hemos especializado en actuar en función de un sinfín de datos que nos proporcionan la certeza de saber en qué posición de la escala social nos encontramos y en cómo debemos actuar para ascender y no caer en el abismo de los que tienen peores números que nosotros.

Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que los datos tienen un uso todavía más perverso. Esa cara oculta que produce verdadero pavor y fortalece esa disciplina social.
Los datos determinan lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida. En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven. En el ámbito de la salud, los datos determinan quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo. También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.


Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero. Los datos alimentan la disciplina social, la nutren y la engrasan para su buen funcionamiento. Conocer los datos nos da la certeza de saber hacia dónde quieren que nos dirijamos y, por tanto, nos indica cómo debemos actuar. También acrecientan nuestros miedos. Miedo a quedar excluido, miedo a ser diferente a no pasar inadvertido, miedo a sufrir las consecuencias, miedo a morir en vida. Frente a esos miedos, la subordinación, la sumisión y el mantenimiento del orden aparecen ante nuestros ojos como la mejor opción para mantenernos en pie. Lamentablemente, no parece que seamos conscientes de que mantenerse en pie en este lodazal en el que vivimos nos conduce inevitablemente al agujero infecto en el que es imposible desarrollar nada mínimamente humano. 
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martes, 14 de abril de 2020

HACIA UNA NUEVA NORMALIDAD

Desde hace unos días se repiten los mensajes de políticos y demás ralea acerca de recuperar la normalidad. Pero no una normalidad cualquiera, no. Una nueva normalidad que requerirá de un esfuerzo titánico (con todo lo que eso suele implicar) por parte de todos porque al parecer ya nada será como antes.
Mucha gente, ingenuamente a mi parecer, cree que algo mejor está por venir. Se basan en la idea de que todas vamos a salir “mejores personas” de esta terrible situación. Y lo creen porque se encargan a cada instante de recordarnos como la solidaridad se ha apoderado de la población y que eso, esa ola solidaria, ya no podrá detenerse. Por fuerza nos conducirá a una normalidad más amable, más humana. Pura propaganda para espíritus reblandecidos por el confinamiento y la melancolía producida por todo lo que ha dejado de ser posible.
La normalidad es la cualidad de lo que se ajusta a la norma. Lo que es normal es su base constituyente. Y esto, la norma, es precisamente lo que ninguno de nosotros podemos elegir, podemos decidir. Porque para que fuera posible una nueva normalidad es imprescindible que haya una nueva norma y eso no va a suceder. Las normas las dictarán los de siempre, los que no tienen la más mínima intención de cambiarlas.
La normalidad se basa en la necesidad de trabajar para poder vivir de la inmensa mayoría de la población mientras unos pocos disfrutan de la ganancia que esos trabajos producen.
La normalidad se basa en la necesidad de consumir porque es la única vía libre que nos han dejado para que esta vida normal merezca la pena ser vivida según sus mismos criterios. Si no puedes consumir, no mereces formar parte de la normalidad.
La normalidad se basa en explotar uno tras otro, o todos a la vez, todos los recursos naturales (incluidos nosotros mismos) para mantener ese nivel de consumo imprescindible para que nos consideremos suficientemente valiosos.
La normalidad se basa en la aceptación de la delegación como método de gestión de todo aquello que nos concierne.
La normalidad se basa en la creencia de que lo justo y lo legal son una misma cosa sin cuestionarnos ni por un momento quién hace esas leyes y con qué finalidad.
La normalidad se basa en la necesidad de que el monopolio de la violencia esté en manos ajenas que se presuponen neutrales y que sólo desean el bien común.
La normalidad se basa en mil y un aspectos que en ningún momento han sido cuestionados radicalmente. En el mejor de los casos, es probable que los pequeños matices puestos en tela de juicio sean absorbidos y maquillados por el sistema, tal y como siempre lo ha hecho tras cualquier tipo de crisis. En el peor, saldremos de esta aceptando recortes a nuestros derechos y libertades en favor de un mayor control y seguridad.
Porque si alguien va a salir beneficiado al final de todo esto será el Capital y, por encima de todo, el Estado que está recuperando una centralidad en el tablero de juego que había ido perdiendo en esta fase de Capitalismo globalizador.
Desde luego, los perdedores seremos los de siempre. Me temo que lo que tendrá de nuevo la normalidad que se acerca es la interiorización del miedo, de eso que ha sido llamado distanciamiento social. Dirán que es por nuestro bien, por nuestra salud, por el futuro de nuestros hijos. Conseguirán que seamos nosotros mismos los que nos encarguemos de que esto sea así (sólo hay que ver el fenómeno de la policía de balcón) Pero lo cierto es que una sociedad basada en el distanciamiento social es humana y políticamente invivible, inhabitable.
Sin el esfuerzo consciente de muchos, seremos atomizados hasta desintegrar cualquier opción de mantener vivos los lazos emocionales sobre los que desarrollar un verdadero ataque a los grandes mecanismos de reproducción y conservación social. Eso es, las instituciones y los mecanismos a través de los que se destilan los valores dominantes y se inocula su reverencia.
Cuando todo esto sauceda debemos ser capaces de mantener en pie la capacidad de amar, de pensar, de decir y, sobre todo, de actuar en consecuencia. No debemos refugiarnos en pequeños lugares seguros. En burbujas que nos insuflan una falsa sensación de seguridad, ni en esa red omnipresente por muy intolerable que nos puede parecer lo que nos rodea. Justo esa reclusión, es la condición necesaria para seguir formando parte de su normalidad.

La tarea a la que se enfrenta cualquier persona que ansía una vida fuera de los parámetros establecidos es enorme. Luchar para que su nueva normalidad no cristalice pero también, para que la vieja normalidad no vuelva jamás. Desatar toda la potencia de resistencia al tiempo que la creatividad ocupe el lugar que le corresponde no es tarea fácil. Es tarea imprescindible.
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jueves, 2 de abril de 2020

SOCIEDAD DE TRABAJADORES SIN TRABAJO

A medida que las crisis se suceden y los Estados del Bienestar se van desmoronando, van dejando al descubierto sus innumerables fraudes y estafas. Esto deja vislumbrar un futuro (espero que no muy lejano) enfrentamiento entre los que, a pesar de todo, prefieren la falsa seguridad del orden establecido y los que comprenden o empiezan a intuir que la vida es otra cosa y, por tanto, debe discurrir por otros cauces todavía por construir.
De nuevo estamos en medio de una crisis, sanitaria esta vez. Sin duda, terrible pero no más que cualquiera de las que ya han pasado o de las que están por llegar. En esta crisis hay muchas víctimas, demasiadas. Las primeras y las más dolorosas, los fallecidos y el rastro de dolor que dejan en sus seres queridos. Pero también todos aquellos que caminaban sobre la línea fina de la supervivencia y que, una vez más, se ven empujados a la miseria y a depender de la solidaridad/caridad para seguir a flote y no perder el rastro de la vida.
La crisis se ha convertido en el estado natural de la sociedad en los últimos tiempos. Su gestión, en la manera habitual de gobernar. Vivimos en un estado de excepción permanente porque este orden social no tiene otra forma de mantenerse mas que gestionando la miseria, producto de la crisis permanente que representa el Capitalismo.
Un aspecto fundamental de esta crisis permanente tiene que ver con el trabajo. Esto lo estamos viendo en la actualidad con una buena parte del trabajo suspendido y, por consiguiente, cientos de miles de personas expulsadas de sus puestos de trabajo y otras tantas impedidas para hacerlo de manera informal (puesto que ya habían sido expulsadas del mercado con anterioridad o jamás se les ha permitido ingresar en él). Esto no es algo exclusivo del momento actual.
Desde hace décadas se viene advirtiendo de la progresiva pérdida de empleos debida a diversos factores. Esto ha llevado  la proliferación de un cada vez mayor número de empleos sin finalidad alguna y a la precarización de la inmensa mayoría de puestos de trabajo y, por ende, la vida de millones de personas. El trabajo se ha desligado de la necesidad de producir mercancías (más o menos necesarias). Hoy en día, tiene más que ver con las necesidades político-ideológicas de tener el máximo posible de consumidores disponibles. En definitiva, se trata de mantener a flote, cueste lo que cueste, el orden basado en el trabajo.
Aquí está la clave, el orden del trabajo es el orden del mundo. La nefasta necesidad de “ganarse la vida” está en la base de un mundo jerarquizado donde trabajo o muerte (física, social, moral) es la única disyuntiva para millones de seres humanos.
No hay alternativas, prácticamente todas las posiciones políticas han puesto la idea del trabajo en su centro teórico hasta convertirlo en una especie de destino natural del ser humano. Ahora, de nuevo golpea  la crisis y de nuevo se legisla en favor de los favorecidos, de los que nunca dejan de ganar. Oleadas de despidos se suceden por todos lados por mucho que digan los políticos de distinto pelaje. Otra vez vamos a pagar los mismos, los que pagamos siempre, los que nunca dejamos de hacerlo.
Nos estamos convirtiendo en una sociedad de trabajadores sin trabajo. Y eso nos convierte en prescindibles, como bien saben desde hace muchos años millones de personas alrededor del globo.

Vivimos tiempos de inmediatez, sin embargo, puede ser el momento de vislumbrar otros órdenes del mundo porque más pronto que tarde el orden del trabajo ya no será válido y ahí, justo entonces, existirá una oportunidad para ese enfrentamiento del que hablaba entre los que desean las seguridad del Orden vigente y los que no. Más vale estar preparados para cuando debamos elegir. No nos podemos permitir el lujo de equivocarnos de bando, otra vez no.
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domingo, 22 de marzo de 2020

EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ


A pesar de las duras circunstancias que estamos viviendo (y lo que nos queda) y de que nadie sabe a ciencia cierta el qué, el cómo y el porqué de lo que está pasando; si parece que van delimitándose ciertas coordenadas y parámetros de lo que será. Tal vez algo borrosos a causa del temor con el que vivimos está situación.
Antes de la pandemia, parecía bastante clara la imposibilidad de seguir adelante con la lógica devastadora del capitalismo. Ahora, aunque en un momentáneo segundo plano, la realidad sigue siendo la misma. Deambulamos como depredadores por un mundo de recursos menguantes como si no hubiera mañana. Lo hacemos sin la más mínima conciencia de este hecho, concediendo el privilegio a unos pocos de dirigirnos al cataclismo. A pesar de todo, no es tan fácil dirigir a sociedades acostumbradas a la inmediatez, a la satisfacción a través del consumo, a la identificación absoluta con la dictadura del salario. No es fácil porque esto se acaba, al menos para la inmensa mayoría, y lo que viene no puede ser asimilado sin más.
Los poderosos necesitan planificar el futuro para seguir controlando la situación. Para ello, deben modificar con urgencia el imaginario colectivo de lo que ellos llaman democracia. Necesitan transformar el orden social y adaptarlo a una realidad cambiante para asegurar que nada cambia. Y necesitan hacerlo saliendo, por supuesto, reforzados y vencedores, idolatrados por las masas para perpetuar al sistema.
Cualquiera que haya pretendido o pretenda cuestionar el modelo social que rige nuestras vidas, vive el aislamiento de esa sociedad en primera persona. Sabe lo duro que es y lo fácil que resulta sucumbir. Si esto sucede la sumisión es total. Ahora, todos estamos aislados y la sumisión se acelera.
En estas circunstancias y amparados por el sagrado “bien común”, el Poder despliega dos de sus tentáculos más poderosos buscando sentar las bases de ese orden social renovado que necesita para el futuro inmediato.
La manipulación psicológica está haciendo que amemos a los que nos explotan gracias a sus pequeños gestos de caridad, que vitoreemos a los que hasta ayer nos golpeaban cuando defendíamos nuestros derechos, que adoremos a los que nos han robado hasta el último céntimo desde sus poltronas. Y no sólo eso, están consiguiendo que nos identifiquemos con ellos y ejerzamos de policías sin placa. Estamos cavando nuestra propia tumba.
Pero también necesitan ejercer la coerción pura y dura. Han militarizado las calles por nuestro bien, se intensifican los métodos de vigilancia, se acentúa la brutalidad y la impunidad campa a sus anchas.
Mención especial merece la combinación de ejército y servicios sociales que se está empezando a gestar. Tal vez esto sea el futuro, la gestión de la miseria imperante a través de una burocracia de lo social que define con criterios arbitrarios quién merece vivir y quién no. Una fuerza militar a pie de calle para dar salida a esas decisiones y aplacar cualquier atisbo de disidencia.

Mientras tanto, el resto atrapados en una vida compuesta de trabajo y hogar (ambas cosas en claro descenso) aislados del mundo que les rodea. Al menos, hasta que alguien decida que, simplemente, ya no eres necesario.
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miércoles, 18 de marzo de 2020

AMAR RADICALMENTE


Hace unos días compartía por redes sociales un breve fragmento de La palabra como arma escrito por Emma Goldman y que decía lo siguiente:

            “El hombre ha podido someter los cuerpos, pero ni todo el poder
            en la Tierra ha sido capaz de someter al amor.”

Este fragmento está inscrito en el capítulo sobre Matrimonio y Amor. Sin embargo, creo que tiene una carga de profundidad demoledora que va mucho más allá de cualquier temática concreta. En mi opinión, es la razón última por la que a lo largo de la historia de la humanidad, ningún jefe, cabecilla, rey, gobierno o el cargo que sea que haya detentado el poder, por inmenso que haya sido, ha podido jamás extinguir las ansias de libertad, la extrema necesidad de poner el amor, en el más amplio de los sentidos, por encima de los intereses de cualquier minoría por muy privilegiada que ésta sea.
Ese sentido amplio del amor que abarca la fraternidad, la solidaridad, el deseo de bienestar, en definitiva, la libertad. Esa libertad que sólo puede ser real cuando es colectiva, cuando traspasa lo individual y abarca lo común. Es un espejismo sentirse libre en una sociedad oprimida, sometida al imperio del salario y el capital. Es en este amor radical en el creo como base de cualquier posibilidad revolucionaria.

Pero no creo que debamos confundirnos.
En estos tiempos de confinamiento y miedo inoculado, se suceden pequeñas muestras de ese amor radical entre iguales, pero quedan siempre sumergidas en la maraña de un individualismo egoísta, de un sálvese quien pueda fruto de una desconexión propiciada e inducida durante décadas por un sistema que necesita del aislamiento social para mantener su hegemonía. De un modelo que requiere de la desaparición por todos los medios de ese amor radical sustituyéndolo por ese otro, hijo bastardo de los tiempos que vivimos, basado en la necesidad de ser reconocidos, de sentirnos aceptados, incluidos en lo que sea. Un amor carente de compromiso y de esfuerzo que es precisamente lo que confiere esa radicalidad que de verdad permitiría dar un vuelco a este absurdo modo de vivir.

Mucha gente está ansiosa por creer, necesitan creer en esas pequeñas muestras de humanidad que se suceden fruto de las actuales circunstancias. Llenos de buenas intenciones están convencidos de que cuando todo esto termine, nada será igual. Yo también lo creo, aunque dudo que tengamos la misma visión sobre el futuro. La mía no es nada idílica, más bien todo lo contrario.

Más allá de las cuestiones de salud (sobre las que nada tengo que decir, sólo que os cuidéis y hagáis lo que creáis conveniente) los Estados están utilizando este momento para ir perfilando el futuro, para ir ensayando las diferentes versiones de lo que está por venir. Tal vez ahora mismo no esté en primer plano pero la insostenibilidad del modelo capitalista sigue estando ahí y lo saben. Saben que el estado de alarma o como quieran llamarlo será cada vez más habitual. De hecho, los gobiernos han adoptado como su forma habitual de funcionamiento la gestión de la crisis permanente, sometiéndonos a la excepcionalidad constante, convirtiéndola así en la norma. De esta forma, la crisis es continua y su gestión imprescindible. En nombre de esta constante urgencia el poder encuentra mil y una oportunidades para reestructurarse y poder modificar sus mecanismos de control una y otra vez mientras la mayoría espera la llegada de mejores tiempos. Tiempos que nunca van a llegar.

Militarización de las calles, estado policial donde unos denuncian a otros adjudicándose el papel de policías y reclusión forzosa mientras dictan leyes por el bien de la nación (que como siempre son unos pocos) y todos a batir palmas hacia el Gobierno. Y cada vez el Estado sintiéndose más imprescindible en el corazón de la gente y cada vez la posibilidad de sentir y vivir el amor radicalmente más lejos.

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