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miércoles, 18 de marzo de 2020

AMAR RADICALMENTE


Hace unos días compartía por redes sociales un breve fragmento de La palabra como arma escrito por Emma Goldman y que decía lo siguiente:

            “El hombre ha podido someter los cuerpos, pero ni todo el poder
            en la Tierra ha sido capaz de someter al amor.

Este fragmento está inscrito en el capítulo sobre Matrimonio y Amor. Sin embargo, creo que tiene una carga de profundidad demoledora que va mucho más allá de cualquier temática concreta. En mi opinión, es la razón última por la que a lo largo de la historia de la humanidad, ningún jefe, cabecilla, rey, gobierno o el cargo que sea que haya detentado el poder, por inmenso que haya sido, ha podido jamás extinguir las ansias de libertad, la extrema necesidad de poner el amor, en el más amplio de los sentidos, por encima de los intereses de cualquier minoría por muy privilegiada que ésta sea.
Ese sentido amplio del amor que abarca la fraternidad, la solidaridad, el deseo de bienestar, en definitiva, la libertad. Esa libertad que sólo puede ser real cuando es colectiva, cuando traspasa lo individual y abarca lo común. Es un espejismo sentirse libre en una sociedad oprimida, sometida al imperio del salario y el capital. Es en este amor radical en el creo como base de cualquier posibilidad revolucionaria.

Pero no creo que debamos confundirnos.
En estos tiempos de confinamiento y miedo inoculado, se suceden pequeñas muestras de ese amor radical entre iguales, pero quedan siempre sumergidas en la maraña de un individualismo egoísta, de un sálvese quien pueda fruto de una desconexión propiciada e inducida durante décadas por un sistema que necesita del aislamiento social para mantener su hegemonía. De un modelo que requiere de la desaparición por todos los medios de ese amor radical sustituyéndolo por ese otro, hijo bastardo de los tiempos que vivimos, basado en la necesidad de ser reconocidos, de sentirnos aceptados, incluidos en lo que sea. Un amor carente de compromiso y de esfuerzo que es precisamente lo que confiere esa radicalidad que de verdad permitiría dar un vuelco a este absurdo modo de vivir.

Mucha gente está ansiosa por creer, necesitan creer en esas pequeñas muestras de humanidad que se suceden fruto de las actuales circunstancias. Llenos de buenas intenciones están convencidos de que cuando todo esto termine, nada será igual. Yo también lo creo, aunque dudo que tengamos la misma visión sobre el futuro. La mía no es nada idílica, más bien todo lo contrario.

Más allá de las cuestiones de salud (sobre las que nada tengo que decir, sólo que os cuidéis y hagáis lo que creáis conveniente) los Estados están utilizando este momento para ir perfilando el futuro, para ir ensayando las diferentes versiones de lo que está por venir. Tal vez ahora mismo no esté en primer plano pero la insostenibilidad del modelo capitalista sigue estando ahí y lo saben. Saben que el estado de alarma o como quieran llamarlo será cada vez más habitual. De hecho, los gobiernos han adoptado como su forma habitual de funcionamiento la gestión de la crisis permanente, sometiéndonos a la excepcionalidad constante, convirtiéndola así en la norma. De esta forma, la crisis es continua y su gestión imprescindible. En nombre de esta constante urgencia el poder encuentra mil y una oportunidades para reestructurarse y poder modificar sus mecanismos de control una y otra vez mientras la mayoría espera la llegada de mejores tiempos. Tiempos que nunca van a llegar.

Militarización de las calles, estado policial donde unos denuncian a otros adjudicándose el papel de policías y reclusión forzosa mientras dictan leyes por el bien de la nación (que como siempre son unos pocos) y todos a batir palmas hacia el Gobierno. Y cada vez el Estado sintiéndose más imprescindible en el corazón de la gente y cada vez la posibilidad de sentir y vivir el amor radicalmente más lejos.

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jueves, 13 de agosto de 2015

¿QUÉ PASA CON LA CUESTIÓN MILITAR?

Recientemente se ha conmemorado el 70 aniversario de la masacre nuclear perpetrada por los EEUU en Hiroshima y Nagashaki. Siete décadas desde que se hizo patente que la capacidad destructiva de los ejércitos no sólo era enorme sino que a partir de ese momento se constató que era brutalmente rápida.
Desde entonces el movimiento antimilitarista adquirió una nueva dimensión y multiplicó su expansión alrededor del mundo.

En nuestro entorno, el movimiento antimilitarista tuvo su máximo apogeo en la lucha contra el servicio militar obligatorio y contra las bases militares y la OTAN y se vio articulada en los movimientos de objeción de conciencia y de insumisión y en cantidad de colectivos antimilitaristas. Sin embargo, desde la abolición del servicio militar la cuestión antimilitarista ha ido perdiendo peso en el argumentario de todos aquellos que luchan por la construcción de otro mundo.

En la actualidad el tema militar ha desaparecido de la primera línea de la mayoría de movimientos sociales (no hablemos ya de todos aquellos que hablan de tomar el poder vía partido político porque estos ya saben que, para mantener ese poder, necesitan al ejército y su industria de la muerte perfectamente engrasados); obviando voluntaria o involuntariamente que la mera existencia de los ejércitos y el negocio de la muerte de la industria armamentística es un pilar dentro del orden capitalista. Esto está muy lejos de significar que el estado español se mantiene al margen del militarismo y sus consecuencias. Más bien sucede todo lo contrario.

En ocasiones anteriores he hablado sobre el negocio de la venta/tráfico de armas y la posición que ocupa España en ese tinglado y cómo alienta y arma a Estados que utilizan el terror y la muerte como política fundamental (Israel, Barhein, Arabia o Marruecos entre otros) a pesar de que supuestamente las leyes españolas prohíben la venta de armas a países que no respetan los derechos humanos (claro que si acataran sus propias leyes el propio Estado español sería el primero que no podría comprar sus armas debido a las reiteradas violaciones de los derechos humanos que comete). Es de sobra conocida la relación tan estrecha que existe entre el Estado y las empresas de armamento a las que prácticamente subvenciona a fondo perdido, a la vez que son su mejor cliente y ejerce de representante comercial. El fenómeno de las puertas giratorias llega a la máxima expresión con el ministro Morenés, en su día consejero de Instalaza (esta empresa es la responsable de la muerte de miles de personas gracias a las bombas de racimo, entre otros artefactos, que fabricaba y comercializaba hasta su “teórica” prohibición. Después de esto, Instalaza denunció al gobierno español por lucro cesante. Este pleito se ha resuelto a favor de la empresa siendo Morenés ministro y encargado de pagarse a sí mismo y a los suyos la compensación económica) y MBDA (empresa que diseña, fabrica y vende misiles) Por supuesto, se movía en este mundo empresarial al mismo tiempo que ocupaba altos cargos en la administración como la secretaría de Estado de defensa en el gobierno Aznar.

Por otro lado, el Estado español forma parte de ese organismo represor a nivel mundial llamado OTAN, y no sólo eso, sino que alberga, entre otras cosas, en la ciudad de Bétera un mando de fuerzas conjuntas de la Alianza Atlántica donde se halla un ejército de despliegue rápido de la OTAN (hq nrdc-esp) Obviamente, esto incumple las condiciones que acompañaban al SÍ en el infame referéndum de entrada a la OTAN de 1986 y que decía explícitamente que el Estado español no se incorporaría a la estructura militar integrada. Pero, ¿a quién le importa?
Sobre todo teniendo en cuenta el patético servilismo ofrecido a los EEUU desde la dictadura franquista y que el actual Gobierno ha elevado a la máxima expresión, permitiendo que Rota se convierta en la base para que los portaaviones norteamericanos campen a sus anchas por esta parte del globo, y dejando que instalen en Morón el mando del AFRICOM, la fuerza de choque con la que los EEUU impone su ley en África. Llegados a este punto es preciso recordar, que todos los gobiernos “democráticos” españoles han apoyado y participado en las diferentes guerras por la paz y por la democracia que es como les gusta llamar a sus masacres.

No menos increíble resulta el gasto militar que año tras año despliega el Estado con todo tipo de engaños para que no veamos la realidad de un presupuesto creciente y desmesurado que contrasta con el continuo recorte en las partidas que supuestamente están en la base de un Estado social.

El poder es consciente de que los ejércitos y las guerras tienen un evidente significado negativo, por ello, trata de revestirlo de una capa de humanitarismo. Así es como tenemos que los militares, según se nos vende, desarrollan misiones de paz (armados hasta los dientes pero repartiendo paz), participan en rescates arriesgados, luchan contra los incendios, asisten en las catástrofes naturales... como si para hacer todo esto fuera imprescindible ser militar. Pero claro, todo esto bien acompañado de excelentes campañas de marketing como mandan estos tiempos en los que la imagen lo es todo y el espectáculo debe continuar hasta el infinito.

Pero por encima de todo esto (que no es poco) no hay que olvidar lo que representa el militarismo.
Los ejércitos son la quinta esencia de los valores en los que se fundamenta un sistema de dominación: la jerarquía, la subordinación al líder, la obediencia ciega, la consecución de los fines sin reparar en los medios... Los ejércitos están diseñados con el único propósito de mantener y, en todo caso, restablecer el imperio del orden y la ley, es decir, aquello que el poder considera oportuno en cada momento. Para ello no importa cómo se consiga. Carecen de valor las vidas humanas, no significa nada arrasar regiones enteras y convertirlas en eriales estériles durante generaciones. El poder militar no se detiene ante nada ni ante nadie, simplemente obedece a su dueño, es su brazo ejecutor.

El ejército representa el as en la manga de cualquier Estado como aglutinante patriótico en momentos en que la exaltación nacional consigue diluir cualquier otra cuestión y como amenaza en la sombra, como recordatorio. Sin ir más lejos, la Constitución española autoriza al ejército a tomar el mando en situaciones especiales y, por supuesto, son los representantes políticos del poder los que dirimen qué situaciones son especiales.

Los ejércitos sólo sirven para la guerra y la guerra sólo se hace para aniquilar al otro, al supuesto enemigo. La realidad es que las guerras son diseñadas y dirigidas por el poder pero ejecutadas y sufridas por el pueblo. Siempre perdemos los mismo sea dónde sea esa guerra.

Los ejércitos y sus guerras son incompatibles con un mundo basado en la libertad y en el apoyo entre iguales. Es así de simple.
Mientras existan ejércitos, existirá la desigualdad, la opresión y la humillación. Prevalecerá el imperio de la fuerza, el imperio de la muerte.


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jueves, 4 de abril de 2013

HOMSEC 2013, LA FERIA DE LA MUERTE



Hace apenas unos días se celebró en Madrid la IV edición del Salón Internacional de Tecnologías de Seguridad y Defensa (Homsec 2013). Como se puede apreciar, no es otra cosa que una feria de la muerte donde se potencia el comercio de armas a nivel planetario y en el que, por supuesto, no falta el patrocinio del Estado español (ni más ni menos que cinco ministerios apoyan el evento: asuntos exteriores, interior, industria, economía y, por supuesto, el ministerio de la guerra).

No hay que olvidar en ningún momento que la industria de la muerte española, encabezada por el ministerio de la guerra que actúa como representante comercial, sigue en pleno apogeo siendo una de las más potentes a nivel mundial. Los últimos datos disponibles (como comentábamos en esta entrada) son del año 2011 y reflejaban ventas de armas por valor de unos 2.400 millones de euros. Esto colocaba al Estado español en la séptima posición mundial (para que luego se diga por ahí que este país sólo es puntero en telebasura y deportes). Para ello, no se hace ascos a nada ni nadie y se vende a quién sea, pasándose por el forro la escasa legislación existente que prohíbe la venta de armas. Concretamente hay un supuesto legal que prohíbe la venta de armas en caso de que las armas puedan ser utilizadas para perturbar la paz (me pregunto yo qué arma no perturba la paz), la estabilidad o la seguridad en un ámbito mundial o regional. Así pues, nos dedicamos a vender armas a los USA (el mayor estado perturbador de la paz, por no decir terrorista, del mundo), a Arabia (con su enorme respeto por los derechos humanos, sobre todo los de los que no pertenecen a la casta real), a Marruecos (y sus poco perturbadores ataques a la población saharaui), a Israel y su política genocida hacia Palestina, y un sinfín de países que no se dedican a otra cosa más que a perturbar la paz porque para eso es para lo que sirven las armas, para matar.

Volviendo al tema del Homsec 2013 podemos observar en la web del evento lo contentos que están todos por la alta afluencia de público, lo cual significa que el volumen de negocios fue considerable. Por tanto, la venta de máquinas de matar sigue a buen ritmo y podemos comprobar cómo la crisis no afecta por igual a todos.

Este evento lo organiza una curiosa organización: el grupo Atenea que se autodefine como “un think tank  de reflexión, participación y debate. Nuestras estrategias y actividades están destinadas a promocionar la conciencia de seguridad y defensa en los ámbitos de la cultura hispánica y en apoyo de las decisiones estratégicas de empresas e instituciones”. En realidad el grupo Atenea es un conglomerado de ex altos cargos del ejército y grandes accionistas de la industria armamentística. Como muestra del tipo de personas que se esconden tras este grupo. Vamos a hablar brevemente de su presidente, José Luís Cortina Prieto. Este personaje tiene tras de sí una larga carrera militar vinculada, principalmente, a los servicios secretos del Estado, repleta de episodios increíbles. Empezando, al poco de iniciar su carrera, en los años 60 cuando se dedicaba a adiestrar a un grupo de acción guerrillera de supuesta orientación castrista (sí señores, en pleno Madrid y en plena dictadura fascista un militar de carrera se dedicaba a adiestrar a grupos revolucionarios). También podemos hablar sobre su papel principal en la creación del Gabinete de Orientación y Documentación SA (GODSA), embrión de lo que, más tarde, se conocería como Alianza Popular (hoy PP) en los años 70. Para completar su brillante carrera en los servicios secretos destacamos que fue uno de los procesados por su participación en el “fallido” golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Aquí podemos ver su biografía oficial y lo bien que se recompensa tan brillantes servicios a la patria.

Éste es el tipo de gente que maneja la industria de la muerte en España, conjuntamente con la calaña política de turno que son los encargados de trasvasar los fondos públicos al sector privado de la muerte. En la pasada década el Estado español destinó más de 14.000 millones en ayudas a la industria de la muerte de los cuales nada ha sido devuelto (no sólo eso, sino que ese dinero sirve para producir armas que, más tarde, el gobierno de turno compra, pagando así dos veces). El resultado de tan buena gestión es una deuda militar de más de 32.000 millones de euros que pagamos entre todos. Como muestra de las excelentes relaciones entre jerifaltes militares y políticos tenemos la aparición estelar del Secretario de Estado de Defensa, Pedro Argüelles, en el acto de clausura de Homsec. Este hombre de estado pertenece a una familia asturiana que ha estado en la élite nacional desde el s.XIX (los Argüelles han sido ministros de Alfonso XIII, embajadores de Franco y altos cargos en la época “democrática”). En concreto nuestro hombre ha pasado de lo público a lo privado (ese fenómeno conocido como puertas giratorias) con una facilidad pasmosa: Director General de Asturiana de Zinc, eurodiputado, diputado madrileño, presidente de AENA, presidente de Boeing España y ahora Secretario de Estado del ministro Morenés (otra perla).

Así, una vez más, vemos dónde están las verdaderas prioridades del Estado. En un momento donde la capacidad de resistencia de la población está al límite, el Gobierno (como todos los que le han precedido) centra sus esfuerzos en mantener bien engrasada la maquinaria de la muerte y en último caso la de la represión (no hay que olvidar que nuestra constitución garantiza la toma del mando por parte del ejercito en caso de necesidad, para la pervivencia del Estado se entiende).

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