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lunes, 27 de abril de 2020

LA DISCIPLINA SOCIAL SE ALIMENTA DE DATOS

La disciplina se define como el conjunto de reglas de comportamiento para mantener el orden y la subordinación entre los miembros de un cuerpo o una colectividad en una profesión o en una determinada colectividad.
Creo que esa definición lo dice todo: orden y subordinación.
En lo social, la disciplina es la fuerza que regula la sociedad. La disciplina social se puede definir como el acatamiento cotidiano al conjunto de reglas para mantener el orden y la subordinación a las normas (legales y morales) entre los miembros de un grupo social. Es la adhesión a normas que garanticen la convivencia. Es decir, el respeto de la Ley. También es la adecuación del individuo al medio social. Parte del proceso de socialización consiste en adquirir conciencia de las obligaciones para con el grupo o sociedad y en la práctica de esas obligaciones para adaptarse a ella. La disciplina social se empieza a construir en el seno de la familia durante los primeros años. El proceso continúa en la escuela y se sigue dando en el resto (y a través de) el resto de instituciones.
Esa disciplina se alimenta de datos. Lo vemos todos los días en esta especie de estado de alarma en el que nuestras vidas han quedado suspendidas.
Muertos, infectados, recuperados, porcentajes… Por país, por región, por municipio… por escalera de vecinos si pudiéramos obtenerlos. Los datos ofrecen certezas, para bien o para mal. Es algo a lo que agarrarse, proporciona una justificación racional frente a la otra cara de la moneda: el miedo. Porque los datos en sí, son meros números pero la utilización que se hace de ellos siempre tiene un propósito. Los datos aportan información y de siempre se ha visto que quien domina la información adquiere una gran ventaja. Los datos los manejan unos pocos pero sus consecuencias las sufrimos todos. El Estado y las grandes empresas manejan los datos, no sólo los controlan sino que los fabrican a su antojo. Nos ofrecen aquellas versiones que interesan a sus proyectos. Incluso nos enseñan cómo debemos reaccionar ante ellos. El fin de todo ello, es alcanzar el objetivo antes mencionado: orden y subordinación. Es decir, que nos mantengamos siempre abaja, siempre agradecidos al poder por protegernos y velar por nuestros intereses.

A día de hoy, podemos ver la ansiedad de millones de personas a la espera de nuevos datos a cada instante. La visceralidad con que se reciben esos datos y, a pesar del teatro político (una patraña que como siempre sólo sirve para mantener alerta al rebaño) la convicción mayoritaria de mantenernos obedientes. Dispuestos a delatar ante las autoridades a cualquiera que no comparta nuestro miedo y decida actuar de otra forma.

Llevamos toda la vida entrenándonos en la recepción acrítica de datos y en la sumisión a las consecuencias que el poder nos indica sobre esos datos.
  
Los datos están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma. Así, la estadística (esa rama de las matemáticas que utiliza los datos para obtener inferencias) se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.
Llevamos toda la vida atendiendo a los datos de empleo y ausencia de él, a los sube y baja de la bolsa, a los datos demográficos, a los salariales, a los índices de precios de cualquier cosa, a los de jubilación y esperanza de vida, a los escolares… Nos hemos especializado en actuar en función de un sinfín de datos que nos proporcionan la certeza de saber en qué posición de la escala social nos encontramos y en cómo debemos actuar para ascender y no caer en el abismo de los que tienen peores números que nosotros.

Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que los datos tienen un uso todavía más perverso. Esa cara oculta que produce verdadero pavor y fortalece esa disciplina social.
Los datos determinan lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida. En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven. En el ámbito de la salud, los datos determinan quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo. También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.


Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero. Los datos alimentan la disciplina social, la nutren y la engrasan para su buen funcionamiento. Conocer los datos nos da la certeza de saber hacia dónde quieren que nos dirijamos y, por tanto, nos indica cómo debemos actuar. También acrecientan nuestros miedos. Miedo a quedar excluido, miedo a ser diferente a no pasar inadvertido, miedo a sufrir las consecuencias, miedo a morir en vida. Frente a esos miedos, la subordinación, la sumisión y el mantenimiento del orden aparecen ante nuestros ojos como la mejor opción para mantenernos en pie. Lamentablemente, no parece que seamos conscientes de que mantenerse en pie en este lodazal en el que vivimos nos conduce inevitablemente al agujero infecto en el que es imposible desarrollar nada mínimamente humano. 
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miércoles, 19 de julio de 2017

EL FACTOR ESTADÍSTICO



Hace unos días, en una de esas conversaciones con amigos típicas del verano, que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan; un buen amigo recordaba una sentencia de su profesor de estadística el primer día de clase: “La estadística es el arte de engañar con números”.

Y los números están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma.

Así, la estadística se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.

Día tras día, se esgrimen estadísticas para demostrar las bondades del modelo socioeconómico y político del que formamos parte. Vemos cómo el factor estadístico nos dice que estamos en un momento de euforia colectiva a nivel económico y, sin embargo, cada día están más llenos los comedores sociales, los desahucios se multiplican, las puertas traseras de los supermercados en las que muchos esperan el sustento que no pueden conseguir por otros medios, se convierten en escenarios improvisados de la tragedia cotidiana de miles de personas.

La estadística nos dice que el salario medio en España ronda los 22.000 euros anuales pero apenas conocemos a personas con esos ingresos y, sin embargo, conocemos a muchísimos con trabajos precarios por debajo del salario mínimo.

También nos cuentan las estadísticas las bondades del capitalismo. Una de ellas es el aumento de la esperanza de vida a nivel global situándola por encima de los 70 años. Sin embargo, se olvida de mencionar los 3 millones de niños menores de 5 años que mueren de hambre cada año, es decir, seis niños por minuto. Al parecer no todos los números valen lo mismo ni necesitan ser conocidos ni difundidos.

Así, también en la política, vemos cómo el factor estadístico se impone al comprobar la manera en que los partidos políticos se apropian de la representación del pueblo por amplias mayorías al recibir vía votación el respaldo de, en el mejor de los casos, el 15% o el 20% de la población total.

Todo son estadísticas, números que justifican acciones causantes de muertes que, sin embargo, reflejan un supuesto bienestar social. Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que la estadística tiene un uso todavía más perverso.

El factor estadístico determina lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida.

En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven.

En el ámbito de la salud, el factor estadístico decide quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo.

También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.

Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero.
 

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domingo, 29 de enero de 2017

VIDAS ENVASADAS



A menudo, me intranquiliza la sensación de que todo a nuestro alrededor parece estar envasado. Lo que comemos, lo que bebemos, lo que vestimos, lo que respiramos… todo envasado y listo para consumir. Sin embargo, lo que me aterra de verdad no es eso, sino la sensación de que nuestras vidas también lo están. Aquello que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos… todo parece estar perfectamente embalado y etiquetado, dispuesto para ser consumido. Somos vidas envasadas, somos productos.

El envasado es un método que se utiliza para la conservación. Creo que se trata exactamente de eso, de conservar. Conservar la posición que cada cual cree tener en el mundo, no arriesgar, quedarse en el sitio y, por tanto, perpetuar el modelo social tal y como lo conocemos.

Pero los envases no son más que apariencia, pura propaganda para mantener en pie una mentira insostenible. Inevitablemente, necesitamos focalizar todos los esfuerzos en los envases, hacerlos atractivos y sugerentes. Cualquier cosa con tal de evitar que nos fijemos en el interior, en el contenido. Porque es ahí, en el interior de los envases, donde se atisba la fatalidad. Vidas vacías, embrutecidas por la necesidad de no apearse de un carro que no lleva a ninguna parte, que sólo sirve para un avance sin ninguna finalidad más que la de repetir eternamente un ciclo vital que sólo es posible soportar a base de sucedáneos emocionales convenientemente envasados.

En nuestro fuero interno, sabemos del estado del mundo, sabemos de nuestro propio estado. Sentimos la extrañeza que nos produce una forma de vivir tan alejada de nuestros sueños, de nuestras ilusiones. Pero el miedo al cambio, a lo que pueda suceder nos atenaza y preferimos conservar. Aferrarnos a la ilusión de que vivimos del mejor modo posible y que conservar es la opción correcta. Por eso, lo envasamos todo y nos envasamos a nosotros mismos. Pero más que al vacío, nos envasamos en el vacío. Envolvemos nuestra vida de tal forma que parece que estamos cerca de todos y al cabo de todo cuando en realidad, nadie conoce a nadie. Desconectando nuestra vida del resto es como podemos focalizarnos en la frivolidad de lo cotidiano.

Manteniéndonos obedientes a esa norma podemos aspirar a todo (todo lo que tenga que ver con el envase, no con su contenido). La obediencia, el seguimiento de las instrucciones al pie de la letra nos permite mantenernos por más tiempo en ese estado de bienestar ficticio al que acabamos considerando “lo mejor a lo que podemos aspirar”. Es lo que llamamos ser un buen ciudadano, un perfecto observador de la norma social. Pero son precisamente esos, los buenos ciudadanos, los obedientes los que han posibilitado a lo largo de la historia los mayores horrores de la humanidad: las guerras, la explotación, la esclavitud…

Este mundo de vidas envasadas no es más que una gran mentira, en la que todo se basa en mantener la apariencia adecuada en el momento adecuado. Da igual el ámbito de la vida en el que nos situemos, todos funcionan igual. Lo importante es la apariencia, el envase.

Así, lo lógico (si es que algo que pueda ser llamado así todavía existe) sería que la forma de contrarrestar esto sería con la verdad. Sin embargo, cuando todo es mentira quién puede saber qué es la verdad. Existen tantas verdades como cabezas que las piensan y, al mismo tiempo, no existe ninguna si aceptamos la premisa anterior de que todo es mentira en un mundo de apariencia. Si no podemos contar con la verdad como antídoto sólo nos queda lo genuino, aquello que todavía posee las características naturales. Urge la necesidad de desprendernos de nuestros envases, mostrarnos en absoluta desnudez para encontrar nuestra esencia genuina y a partir de ahí actuar. Sin pensar en cómo encajar nuestros actos en determinado modelo intelectual o social, sin necesidad de valorar si lo que hacemos será aceptado socialmente o qué beneficio-pérdida voy a obtener.

No te engañes, esto te llevará al rechazo social y fuera de todo, pero siendo sinceros quién puede preferir formar parte de esta gran mentira envasada en la que vivimos.
 

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miércoles, 3 de diciembre de 2014

¿Y SI TODO FUERA MENTIRA?



Desde luego sería muy duro admitirlo, significaría aceptar que tu vida es un engaño y gran parte de lo vivido como propio no sería más que una representación en la que no has pasado de ejercer un papel secundario.
Crecemos con toda una serie de concepciones acerca de nuestra vida que de manera prácticamente involuntaria nos transmite nuestro entorno, sin ni siquiera ser conscientes de que lo único que consiguen de esta forma es perpetuar esta rueda interminable. Se nos instruye en la verdad suprema de que nuestra libertad es incuestionable y que nuestra felicidad es el objetivo máximo al que debemos aspirar. Ahora bien estos dos conceptos sobre los que se basa la existencia humana, según se nos enseña, están absolutamente falseados y modelados en función de los intereses de los que ostentan el poder sobre la sociedad.

La libertad de la que se nos habla se construye sobre la base de que vivimos en un mundo libre donde lo que nos sucede es fruto única y exclusivamente de nuestras acciones y, por tanto, las elecciones que hacemos en nuestra vida condicionan nuestra existencia. Y es en esta misma base donde empieza a desmoronarse el relato tragicómico en el que se ha convertido la vida humana, al menos en lo que se denomina sociedad de consumo que es desde donde yo hablo y vivo.
Nuestra libertad empieza y termina exactamente donde la norma social nos dicta, una norma escrita e impuesta por el poder y transmitida a base de un condicionamiento permanente de nuestra forma de pensar y, sobre todo, de sentir. En muchas ocasiones hemos hablado sobre el adoctrinamiento y la manipulación de nuestra forma de pensar a través del sistema educativo, los medios de desinformación y los productos culturales de masas. Pero todo esto no podría anclarse tan profundamente en nosotros sin contar con el aspecto emocional como nexo de unión.
Es cierto que dentro de la sociedad capitalista se tiende a identificar libertad con capacidad de consumo y la libertad para elegir con la elección entre productos diseñados en su mayoría para satisfacer necesidades ficticias. Sin embargo, esto queda en la superficie del mecanismo que sustenta esta posible mentira. Todo eso no es más que una ilusión creada desde el dominio que ejerce el sistema sobre nuestra manera de sentir.

A través de un condicionamiento masivo ejercido durante años han conseguido crear un eje de coordenadas emocional basado en la supremacía absoluta del ego, un ego manipulado y ensalzado de tal manera que queda reducido a la siguiente sentencia: “estoy por encima de todos y de todo”. De esta forma este ego se convierte en egoísmo (ese sufijo -ismo que indica la cualidad superlativa del concepto). Al conseguir esto, se consigue que el eje de coordenadas emocional se fije con el único objetivo de satisfacer esa necesidad de agrandar el ego y, sobre todo, de hacérselo saber al resto. Esto implica de forma directa el fin de la capacidad de empatizar con el otro, de ponerse en su lugar y de aunar esfuerzos para alcanzar un objetivo colectivo.
Así hemos pasado de un mundo emocional centrado en la manada, en el grupo, la familia amplia... a otro donde nada importa más allá de uno mismo. Unas emociones absolutamente modeladas en todos los aspectos por un sistema social, que necesita del aislamiento antinatural que esta forma de sentir conlleva para poder funcionar a toda máquina. Este moldeamiento implica cambiar nuestros sentimientos y darles un nuevo significado.
Así fue necesario restringir muchas de las experiencias emocionales que caracterizan la condición humana, para lo que se impuso una nueva noción del amor, quedando recluido el amor universal como algo vergonzoso y, al tiempo, se sustituyó por esa idea del amor romántico, individualizado y absolutamente maleable que tanto daño hace en la construcción de los sujetos. También se modificó la noción de amistad hacia una absolutamente superficial, puesto que lógicamente al no poder universalizar el amor ya no era posible alcanzar ese nivel de empatía necesario para establecer verdaderos lazos de camaradería, llegando a la aberración actual por la que consideramos que la forma de tener y mantener amistades es a través de redes sociales (concepto perverso hasta en el nombre y que no es ajeno al tema que estamos tratando porque ningunea de una forma brutal lo que verdaderamente son redes sociales, es decir, grupos de personas apoyándose y ayudándose por el mero hecho de reconocerse como iguales). Esta forma de pensar y sentir nos lleva a ser absolutamente irresponsables de y con todo lo que nos rodea y sucede. No podemos olvidar que nuestro objetivo es la felicidad propia y esta forma de sentir nos hace ser ajenos a las consecuencias que pueda tener nuestra búsqueda para alcanzar esta meta.

Con este mapa emocional y de raciocinio nos enfrentamos a la vida en este mundo libre en el que creemos elegir nuestras opciones con la absoluta certeza de hacerlo sin ningún condicionamiento, sin querer ver que las opciones están marcadas y que las elecciones carecen de sentido, puesto que todas nos llevan en la misma dirección, a saber, en la dirección del enaltecimiento del ego y por tanto de la servidumbre, a un sistema desintegrador de la esencia humana. Los estudios, el trabajo, las amistades, la pareja… todo, absolutamente todo viene condicionado por el papel que nos tiene reservado el modelo social y el cambio de paradigma emocional tan sólo sirve para reforzarnos y reconfortarnos ante esas (falsas) elecciones, haciéndonos sentir que son las mejores para nosotros y para la imagen que tratamos de proyectar hacia el exterior, lo que resulta de vital importancia porque sirve para retroalimentar nuestro ego y facilitar la asunción de la mentira.

No somos libres, la felicidad no es posible en el plano individual. Es tan sólo una mentira más, una de las fundamentales si se quiere, de esta vida en la que creemos ser la causa de todo lo que nos sucede cuando apenas alcanzamos a comprender que vivimos atados de pies y manos a unas creencias emocionales y morales que nos vienen impuestas y contra las que poco podemos hacer si no empezamos por admitir la falsedad en la que vivimos. Creemos a pies juntillas que el ideal es trabajar en algo que nos guste, como si el mero hecho de la rutina laboral y la necesidad del salario no convirtiera cualquier empleo en algo abominable y que acaba por derrotarnos como personas. Admiramos a aquellos que dicen seguir sus ansias de libertad y abandonan su rutinaria vida por una llena de nuevas emociones cuando en el fondo aquello que admiramos no es más que una huida hacia adelante por la insoportabilidad de la realidad. Soñamos con poder realizarnos como personas sin siquiera pararnos a pensar en qué significa eso.

Siempre partimos de la misma base: yo. Pero ¿quién soy yo sin el resto? El sistema lo tiene claro, yo soy nada y en la nada debe sustentarse mi vida.
 

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martes, 15 de julio de 2014

MENTIRAS ENTRELAZADAS


Mentiras entrelazadas que se alimentan las unas a las otras, que se hacen más y más fuertes con el tiempo. Mentiras que sustentan nuestro modo de vida, en definitiva, mentiras que se convierten en nuestra vida.
Contra todo pronóstico creencias absurdas basadas en nada se transmiten de generación en generación y forman parte ya del ADN de nuestra sociedad, facilitando así el sinsentido por el que transitamos y que nos acerca cada día un poquito más a la extinción como seres humanos racionales.

Es demasiado complejo para mí hablar de todas ellas y de cómo se entrelazan y se hacen más fuertes; pero sí quiero hablar de unas pocas que me parecen importantes.

 
1-      La vida hay que ganársela

Esta sentencia aparentemente inocua es tan cruel como una sentencia de muerte. Al dar por asumido este hecho nos negamos nuestra propia libertad y nos atribuimos el papel de esclavos a perpetuidad.

Esta mentira es tan antigua como los sistemas de dominación humana y, por supuesto, es uno de los puntales de dichos sistemas. Curiosamente (esto es irónico claro) esta afirmación ha sido fomentada y alzada a la posición de dogma incuestionable por aquellos que jamás han tenido la necesidad de ganarse nada, aquellos a los que todo les ha venido dado. Mención especial merece la jerarquía religiosa que tanto ha hecho por difundir esta mentira con su “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Esta “obligatoriedad” de ganarse la vida tiene unas consecuencias terribles. Legitima la aberración de que para la inmensa mayoría de la humanidad la única forma de acceso a la riqueza es mediante el trabajo, mayoritariamente asalariado, es decir, para vivir hay que venderse y/o prostituirse. Nosotros mismos mutilamos nuestra vida al NO reconocer que por el mero hecho de existir somos acreedores de una vida digna donde la subsistencia y las necesidades básicas no sean motivo de preocupación.

Una vez instalada esta creencia y su mecanismo de esclavitud, la espiral se hace cada vez mayor puesto que a través del trabajo (y el miedo a no tenerlo y por tanto a no poder ganarnos la vida) nos vemos atados de pies y manos a la hora de poder articular cualquier proyecto de vida fuera de los cauces establecidos para nosotros.

 
2-      Vive como si no hubiera mañana

Esta afirmación en apariencia bienintencionada lleva intrínsecamente ligado un mensaje que se está revelando como letal para el futuro inmediato.

En la etapa actual de la humanidad se ha impuesto una visión de la vida que podríamos llamar presentismo que ha sido parte fundamental de la llamada sociedad de consumo y que ha contado con el respaldo y el impulso de toda la maquinaría capitalista a través de los medios de comunicación, de la publicidad, mediante cantidad de pseudo ciencias centradas en la obtención de la felicidad inmediata, etc…

Esta forma de vivir centrada en el presente ha posibilitado que nos encontremos al borde de un colapso generalizado tanto en muchas de la materias naturales sobre las que basamos nuestro modo de vida como en la racionalidad que se supone caracteriza a la especie humana.

Así constantemente nos parece increíble cómo los grandes depredadores del capitalismo actúan sin pensar en las próximas generaciones y no somos capaces de ver que en la mayoría de las ocasiones nosotros hemos hecho lo mismo, a nuestro nivel y con la pequeña incidencia que eso tiene en el conjunto resultante; aunque lo importante del caso es que repetimos exactamente los mismos patrones. Esta falta de conciencia sobre los efectos que los actos en el presente tienen en el futuro nos ha traído hasta donde estamos situados en la actualidad: al borde del precipicio sin posibilidades claras de dar marcha atrás.
 

3-      La tecnología nos hará libres

Cuando la máquina se incorporó al universo laboral se vendió la idea de que ésta nos liberaría de la carga que suponía el trabajo y nos abriría un mundo nuevo donde desarrollarnos a nivel personal y social debido al tiempo libre que íbamos a disfrutar a partir de entonces.

Muchos años después, no sólo no hemos sido liberados por la máquina, si no que ésta se ha introducido en todos los ámbitos de nuestra vida hasta hacernos absolutamente dependientes de ella. Nos esclaviza en el trabajo convirtiéndonos en piezas sobrantes de un sistema humillante de trabajo, nos impone un ritmo de vida enloquecedor que nos desconecta de cualquier realidad... Para suplir esto, nos ofrece una realidad virtual en la que creamos universos paralelos con supuestos amigos y amantes donde todo es falsa apariencia.

Hemos pasado de la anunciada libertad a la esclavitud aberrante que nos lleva a vivir a través de ella. Existen ya generaciones de seres humanos que no conciben la posibilidad de vivir sin una cantidad alucinante de artilugios absolutamente innecesarios para la vida pero que se han convertido en imprescindibles y que marcan la línea de la exclusión social en muchos casos. La máquina ha ascendido al panteón de los dioses modernos ocupando un lugar destacado a la derecha del dios Dinero.
 

Estas son sólo algunas de las mentiras que sustentan un modo de vida artificial, deshumanizador y totalmente embrutecedor. Soy consciente de que hay muchas más y de que las implicaciones entre ellas son mucho más complejas.

Sin embargo no puedo dejar de pensar en que la lucha por la verdad en estas cuestiones sí sería una batalla que valdría la pena librar.

Lamentablemente, estas mismas mentiras son las que nos llevan a luchas parciales y devastadoras para los que se implican en ellas que, en el mejor de los casos, nos dejan con el sabor agridulce del que sabe que ha conseguido una pequeña victoria a costa de hundirse un poco más en el lodo.

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