jueves, 8 de julio de 2010

LA NUEVA RELIGIÓN

Nadie sabe en qué mundo vivimos. Nadie comprende cómo funciona en realidad un conjunto tan grande y variado como es la humanidad. Sin embargo, existe un sistema que organiza, dirige y decide sobre lo humano. Es la nueva religión y su dios, el Capital.

A semejanza de cultos anteriores que se extendieron a lo largo y ancho de la Tierra. Esta nueva religión posee las escrituras, los templos, los profetas y todos los elementos indispensables para subyugar al creyente pero, a diferencia de creencias anteriores es mucho más poderosa, ha comprendido que es necesario que los creyentes piensen que pueden formar parte de la historia y ha puesto para ello todos los medios a su alcance.

En lugar de un templo por comunidad, los altos jerarcas del capital han dispuesto docenas: los han llamado sucursales y tienen abiertas sus puertas gran cantidad de horas al día. Para los inconformistas que necesitan expresar su fe a todas horas han dispuesto los cajeros automáticos que día a día aumentan sus prestaciones para que todos podamos expresar nuestra fe (incluso para que aquellos que no estén dispuestos a asumir su condición de creyentes, los tengan allí preparados para ser quemados o arrasados). Si aún así necesitamos demostrar al resto que somos más creyentes que ellos, la jerarquía religiosa a puesto a nuestra disposición un carné llamado tarjeta de crédito lista para ser exhibida en cualquier momento y situación.

La Sagrada Escritura se llama teoría del capitalismo y en ella se detalla el funcionamiento de una sociedad basada en la fe al capital. Como todo texto sagrado, no requiere de comprensión por parte de los creyentes sino de ciega aceptación de las enseñanzas que los pontífices nos regalan en grandes discursos. Los altos sacerdotes de esta religión también se reúnen en cónclaves multitudinarios y se agrupan de diversas maneras: FMI, BM, OMC, G-8,... De estos encuentros salen las órdenes que son transmitidas al clero regular, a quienes conocemos como políticos. Y son estos políticos, quienes a través de los mensajeros de la obra divina que son los medios de comunicación, nos transmiten los designios inescrutables del capital y nosotros, los creyentes, aceptamos y acatamos.

Pero los sumos sacerdotes no están en la cúspide del sistema, sólo lo aparentan para nosotros. Las decisiones que de ellos emanan vienen transferidas directamente por los profetas que están en contacto directo con la divinidad y, por tanto, son infalibles. Estos profetas son los grandes arquitectos de la religión, se reúnen en pequeños grupos para unificar los pilares de la fe y, luego, organizan una especie de convivencias con algunos de los sumos sacerdotes dándoles nombres pomposos y rodeados de secretismos (CFR, Comisión Trilateral, Club Bilderberg,...). Es aquí donde difunden la palabra de su dios y desencadenan el poder de su ira.