domingo, 24 de abril de 2011

COMPETITIVIDAD: Pilar del capitalismo y azote de la humanidad

De nuevo el incesante goteo de noticias y las consiguientes diatribas lanzadas desde las atalayas del poder, situadas en los medios de comunicación, ponen en primera plana un concepto considerado como fundamental por los teóricos del capital: la competitividad.
Todos los poderes fácticos del sistema dominante coinciden en cargar las tintas sobre la imperiosa necesidad de aumentar la competitividad de las empresas para salir de la crisis (o estafa a escala mundial, llámalo como quieras) y poder mantener, así, el nivel de riqueza de los grandes empresarios. Según sus teorías (las cuales nos han llevado a donde estamos ahora) esto también nos beneficia al resto de la humanidad, puesto que abre una vía para la creación de empleo y el reparto de la riqueza (lamentablemente hay millones de personas que se lo creen). La lógica capitalista indica que sólo el más fuerte puede prevalecer, por esto es tan importante el concepto al que nos referimos, ya que no es otra cosa que la capacidad de enfrentarse a otros por la consecución de un mismo objetivo, es decir, se trata de pasar por encima del resto de competidores y conseguir que todo el mundo elija tu producto independientemente de la necesidad que tengan de ello.

Si bien la competitividad es algo a lo que normalmente nos referimos dentro del ámbito de la economía, es innegable que el concepto, desgraciadamente, ha traspasado fronteras y ya es importantísimo en cualquier ámbito de la vida actual.
Los rectores del sistema dominante han extendido este concepto a través de multitud de canales tales como: la enseñanza obligatoria, la televisión, el deporte, los modelos juveniles que ensalzan, etc... hasta que ha quedado instalado en el código genético de la sociedad vigente.

Pretenden convencernos de que ser competitivos es algo maravilloso y nada peligroso. Nos enseñan que la competición hace que el resultado final sea mejor cuando lo único que se consigue es aprender el mayor número posible de tácticas para entorpecer la existencia de los llamados rivales.
Así, a modo de ejemplo, nos enseñan lo competitivas que son las grandes multinacionales que año tras año obtienen maravillosos beneficios gracias al afán competitivo de sus trabajadores. Sin embargo, olvidan los pequeños detalles sin importancia (según ellos, claro está): los salarios de miseria que cobran el 95% de los empleados, muchos de los cuales ni siquiera conocen lo que son los derechos del trabajador (por no hablar de los que directamente trabajan en régimen de semiesclavitud); el aniquilamiento del planeta, tanto de sus recursos como de las personas que lo habitan, en nombre de una competitividad que exige pasar por encima de cualquier ley; el nivel de pobreza que dejan estas multinacionales cuando deciden que ya no les sirve una de sus factorías porque han encontrado un sitio donde les es más rentable instalarse; y así hasta el infinito. De esta forma se las gasta la tan necesaria y alabada competitividad.

La competición se ha instaurado en nuestras vidas de forma antinatural.
Lo que antes era colaboración entre iguales para, por ejemplo, tener una buena cosecha que asegurara la manutención del pueblo, ahora es competencia y resquemor por que los otros puedan tener mejores resultados. Hemos pasado de la solidaridad entre vecinos a la desconfianza y el deseo de que ellos se lleven todo lo malo. En las escuelas ya no se oyen palabras como honradez o solidaridad, en su lugar atronan atroces conceptos como competencias y procedimientos. Los modelos sociales a seguir ya no son aquellos basados en el apoyo mutuo y la hermandad, en la actualidad son los basados en el egoísmo y la famosa competitividad: en ser mejor que los demás y, por tanto, en que los demás son el enemigo.
La competitividad destroza sociedades enteras al poner por encima de todo el valor supremo de la victoria sobre los otros, generando odios irracionales y malsanas existencias que sólo conducen a la alineación de los seres humanos y la destrucción de todo lo que nos rodea.


No quiero un mundo competitivo, no lo necesitamos. Hay mundo para todos si sabemos entender que formamos parte de un todo y que todos debemos ir en la dirección que nos permita ser libres sin necesidad para ello de competir entre nosotros.


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8 comentarios:

Dizdira Zalakain dijo...

Estoy muy de acuerdo con lo que comentas acerca de que el valor de la competitividad es fundamental en nuestra sociedad. También en lo profundamente inmoral y pernicioso del mismo.
Pero yo resaltaría que, en la concatenación causal, la competitividad -en el sentido totalizador que aquí le estamos dando- es un resultado del capitalismo, no al revés. El sistema capitalista exige o ser competitivo o no ser. Lo mismo que la biología nos exige o comer a otros seres vivos o morir de hambre.
De nada valdría un esfuerzo ético o una concienciación masiva para que todos seamos más solidarios. En un sistema capitalista ser solidario es no sobrevivir y el sistema arroja de sí a los solidarios.
Hay que destruir el sistema y sustituírlo por uno socialista. Una vez hecho esto la solidaridad estoy convencida de que vendrá sola, con el sistema, como la competitividad vino con el anterior.
Como siempre, una reflexión interesante que da para debatir y pensar.
Saludos.

Raúl dijo...

Hola Dizdira, comparto tu opinión sobre la necesidad de un cambio de sistema para hacer desaparecer la competitividad, sin embargo, no estoy seguro que sólo con ese cambio sea posible.
El ansia de competir está tan arraigada en muchos aspectos que tal vez primero haya que conseguir cambiar esto para que sea posible el cambio de sistema.
Gracias por tu aportación tan interesante como siempre.
Un saludo.

Ciberculturalia dijo...

Raul,como siempre tus entradas son profundas, inteligentes y te invitan a la reflexión. Estoy de acuerdo con Dizdira que lamentablemente el sistema capitalista es la causa que no el efecto del instinto tan agudizado de "competitividad". Estoy convencida que con un sistema social más solidario, no tendríamos que apostar, como valor principal y motivador, por la competitividad.
Ésta es generalmente insolidaria y castradora. Lo vemos todos los días en nuestro entorno laboral.
Ojalá podamos abstraernos de ella y entre todos buscar otro mundo más solidario.
Un beso

Raúl dijo...

Hola Ciber, la cuestión es si se puede cambiar el sistema social por uno más solidario sin antes volver a poner por encima los valores de la igualdad y la justicia. ¿El cambio de sistema traería el cambio de valores o al revés?
Un saludo y gracias por la visita mañanera.

Dizdira Zalakain dijo...

Creo que Sartre escribio que un obrero dejaría de serlo el día en que, en un ejercicio de libertad personal, al sonar el despertador se negase a ir a trabajar. Alguien -no recuerdo quién- contestó: "Me temo que seguirá siendo un obrero. Solo que en paro."

Raúl dijo...

Hola Dizdira, la única forma en mi opinión en que sería posible dejar de ser obreros sería aboliendo el trabajo asalariado que tanto nos oprime y nos obliga a vivir siempre en una eterna contradicción.
Un saludo y gracias por la visita y tus aportaciones.

Anónimo dijo...

Mire, es verdad que el capitalismo ha ido en contra de los principios y existencia humana, pero si el socialismo es lo que pasa hoy en el Ecuador, en el que mucha gente se queda sin empleo, en el que nadie puede expresar su opinion, en el que se ha lavado la cabeza a los pobres y se los a puesto en contra de sus propios vecinos.
Creo entonces que mil veces apostaria al capitalismo.
y anónimo por esto de la libertad de expresión.

Raúl dijo...

Hola Anónimo.

No creo que se pueda llamar socialismo a lo que sucede en Ecuador (no estoy seguro de que jamás se haya llevado a cabo en ningún estado por mucho que así se haya vendido). Tampoco creo que el socialismo sea el ideal último para una sociedad. Sin embargo, jamás apostaría por el capitalismo, sistema responsable de millones y millones de muertes, del hambre y esclavitud de más de la mitad de los seres humanos del planeta y de la casi destrucción del mismo.

Un saludo.