lunes, 17 de mayo de 2021

CONTRA EL ESTUPOR

Termina el estado de alarma, lamentablemente, continua el estado de estupor.

No es una palabra que haya utilizado mucho en mi vida pero define bien la situación actual. Me parece especialmente acertada su acepción médica (no podía ser de otra manera en esta sociedad medicalizada en la que vivimos y en estos tiempos pandémicos) que dice lo siguiente: Estado de inconsciencia parcial caracterizado por una disminución de la actividad de las funciones mentales y físicas y de la capacidad de respuesta a los estímulos. De forma más general se define estupor como: Asombro o sorpresa exagerada que impide a una persona hablar o reaccionar.

La falta de respuesta, de reacción, es un elemento clave. Salta a la vista que la manera de afrontar la pandemia por los gobiernos de cualquier signo ha sido la gran excusa para poner en marcha medidas de control que van más allá de cualquier justificación médica o científica. El hecho de prohibir prácticamente todo a excepción de aquello que tenga que ver con el trabajo nos debería dejar muy claro que no todo es interés por nuestro bienestar. También hay otra cosa que no se ha prohibido, el continuado expolio a los eslabones más débiles de la sociedad. Desahucios, despidos y abusos laborales, robos ejecutados por bancos y empresas energéticas al amparo de las leyes hechas a medida y lo  que todavía no sabemos pero que aparecerá en forma de vasallaje hacia Europa a cambio de unos fondos económicos que como siempre acabarán sirviendo para hacer más ricos a los ricos y dejar nuevamente atados a la esclavitud salarial o a las humillantes limosnas al resto.

No hay respuesta a toda esa cantidad de estímulos, apenas unos pocos han osado desafiar las medidas represivas para alzar la voz y están pagando un alto precio por ello. No me refiero a los que sólo ven un problema en tener que llevar mascarilla y no poder ir al bar cada vez que se les antoja. Hablo de los que se la juegan por ellos y por los demás, los que ya tienen claro que la falta de libertad no ha llegado con la pandemia sino que siempre ha estado aquí.

Asombro o sorpresa que impide la reacción.

Por primera vez en la vida de muchas personas, que hasta la fecha se creían a salvo ya que todo lo malo y horrible de la vida sucedía siempre en otras latitudes, han visto (mejor dicho han sentido) su existencia amenazada. La sorpresa ha sido mayúscula y el miedo, atroz. El tratamiento de la información realizada sin excepción desde todos los frentes ha aumentado la sensación de asombro ante una anécdota que tenía que ver con murciélagos en el otro lado del globo hasta que se convirtió en la mayor de las plagas habidas en la historia de la humanidad. Día tras día, sin excepción, todo gira en torno a la pandemia. Al principio se competía por ver dónde había más contagios; más tarde la competición se extendió a los muertos; ahora tocan las vacunas… Pero la gran competición siempre ha girado alrededor de dónde era más sumisa (sensata y responsable decían los medios) la población. Al parecer dependía exclusivamente de esta sumisión el poder retomar la tan ansiada normalidad. Ciertamente, esta era la razón aunque no tenga que ver con cuestiones sanitarias.

Fin del Estado de alarma.

Y tras más de un año terminó la excepcionalidad (en su versión oficial). Ante la sorpresa de nadie lo que ha sucedido ha sido fiesta, celebración y vuelta a la rutina consumista. Saldremos mejores rezaba el mantra televisivo. De momento, salimos más pobres, más débiles y en un estado de estupor permanente. Casi un millón de nuevos pobres (oficialmente personas que viven con menos de 16 euros al día) que llevan a una cifra de casi 11 millones en todo el estado español, cientos de miles que engrosarán estas estadísticas en los próximos tiempos cuando acabe la mascarada de los ertes y las limosnas en forma de rentas mínimas. Pero todo suma, el estupor aumenta. Un año de entrenamiento intensivo en miedo y sumisión da para mucho. Incluso para rebajar más si cabe la capacidad de respuesta, para reforzar hasta el absurdo el modo egoísta de vida, el sálvese quien pueda.

Y a cada paso aumenta la sorpresa porque hemos pasado de protagonistas a espectadores. La vida es lo que sucede en las pantallas, en los medios. No es lo que nos sucede a nosotros mismos. Vivimos atrapados en una serie de infinitos capítulos en la que no nos reconocemos, como si no fuera con nosotros. Mientras aceptamos nuestro rol de espectadores, otros dirigen el espectáculo y deciden que va sucediendo.

Contra el estupor

Este estupor sólo es posible porque seguimos sorprendiéndonos. Seguimos creyendo que las decisiones que se toman son por nuestro bien, por el bien común. Seguimos pensando que el poder representa nuestra voluntad. No aprendemos.

Estupefactos sufrimos las consecuencias sin llegar a ser conscientes del todo hasta que, tal vez, sea imposible hacer otra cosa que no sea sufrir.

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domingo, 21 de febrero de 2021

ARRAIGAR PARA CRECER



“Si no nos cuidamos nosotros, ellos no lo van a hacer”

Esta frase con algunas ligeras modificaciones llevo ya un tiempo oyéndola (bastante largo, demasiado) en los pocos espacios que todavía se pueden compartir.

Yo, demasiado ingenuamente me temo, me vuelvo a ilusionar pensando en que esta vez sí, esta vez ha llegado la hora de la autoorganización, del reconocimiento entre iguales frente a jerarcas de todo tipo. En definitiva, de la solidaridad y el apoyo mutuo.

Sin embargo, de manera casi inmediata, algo se dispara y saltan las alarmas. Los viejos temores, las experiencias vividas y sus posteriores reflexiones y aprendizajes vuelven a primera línea.

¿Quiénes son ellos? Y más importante todavía ¿Nosotros?

Me es fácil imaginar que el ellos se refiere a los políticos. No sé si a todos o cada uno anda pensando en los que no son de su cuerda. Quisiera equivocarme.  Aun así tengo claro quiénes son ellos para mí y va más allá de cuatro títeres políticos. Pero lo que me preocupa, sobre todo, es el nosotros. Porque tengo la sensación que ese nosotros deja fuera a muchísima gente. De hecho, dudo que ese nosotros vaya más allá de un pequeño círculo al que consideramos como nuestros iguales. Ya no queda un nosotros colectivo, ese tiempo pasó. En la actualidad vivimos dispersos, en todos los sentidos. Pasamos por la vida con un programa de mínimos, simplemente vivir sin que nos molesten ni ser molestados. Lo han conseguido, creemos que esta máxima es posible cuando la realidad es que este objetivo aspiracional no es nada más que convertirse en una perfecta pieza del engranaje que te atrapa mientras crees vivir una vida plena. Andamos desorientados y desarraigados, literalmente hablando. Vivimos simplificando, mostrando indiferencia y surfeando un eterno presente con una manera de hacer que oscila entre el egoísmo capitalista que nos empuja a pasar por encima de todos y la inmersión en el primer fenómeno de masas que se nos cruza por delante.

¿Es posible un nosotros en estas condiciones? ¿Es acaso deseable?

No lo sé, no tengo repuesta. Pero lo que sí sé es la necesidad de arraigar. Arraigar en el sentido de vincularse a otros, de establecer relaciones fuera de paradigmas mercantiles y de interés. Construir un nosotros por el mero hecho de reconocernos como iguales y saber que eso es un buen punto de partida. No es fácil en este mundo de apariencias en el que hemos crecido pero dejar las máscaras sociales atrás también es necesario. Sólo así es posible dejar de ver todo lo que se mueve en los márgenes como algo socialmente reprochable o directamente, criminal. En los márgenes es donde existe la posibilidad de arraigar, a partir de ahí tenemos la posibilidad de crecer.

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viernes, 22 de enero de 2021

MIEDO EN TUS OJOS

Hace tiempo escribí un texto que empezaba tal que así:

“El miedo siempre está presente. Es una emoción básica y uno de los motores para bien o para mal, de las sociedades humanas.

Siempre he oído que hay que hacerlo cambiar de bando; pero el miedo está en ambos lados. Simplemente, unos tienen las armas y las herramientas para protegerse de sus miedos. Otros, nos las negamos.”

Hoy, el miedo está muy presente en nuestras vidas. Fundamentalmente, miedo a perder lo que cada cual tenga, miedo a que nada sea igual por mucho que lo que hubiera con anterioridad no fuera precisamente lo ideal, lo deseado… pero, al fin y al cabo, era algo y era de cada uno. Lo peor de esto es que nadie más allá de los afines (ojalá sea así) va a hacer nada para quitarnos ese miedo. Más bien al contrario.

El miedo sirve de instrumento de control de las masas y ayuda a moldear un hecho cultural (el famoso relato) y un instrumento de gobierno político a medida de unos pocos. Nos machacan a diario, dicen que con la intención de concienciarnos, azuzan para que el miedo no pare de crecer. Lo hacen a través de una inmensa tela de araña que conforma la maquinaria del Poder (medios de comunicación, policía, ejército, partidos políticos, sindicatos,...) nos exigen grandes sacrificios a nivel personal así como una competitividad salvaje que nos convierte en enemigos hasta de los supuestos “nuestros”; nos obligan a aceptar un moldeamiento de las conciencias para encajarlo todo; Sobre todo, nos sentencian a una sumisión total.

Al trenzar este cúmulo de temores consiguen configurar una herramienta para el chantaje individual y colectivo, previa depreciación de la vida en beneficio del mercado y de la supuesta seguridad y bienestar colectivo. Cuando impera el miedo es más fácil encontrar enemigos, señalarlos y hacerles culpables de cualquier cosa. Más fácil para aquellos que lo necesitan, para los mismos de siempre. Se vive mucho mejor con un enemigo al que culpar.

Y el miedo va minando, se nota en los rostros de la gente, lo ves en esa pequeña franja que queda visible en esta normalidad impuesta. Lo intuyes en el resto del cuerpo. Nos achicamos y se crecen. Nos desarmamos y nos encierran. Lo aceptamos y siguen ganando. El miedo se extiende poco a poco y junto a su hermano el cansancio se antepone a todo y se acaba convirtiendo en conformismo y pasividad, en una inercia de rendición. A pesar de toda la propaganda nada bueno va a salir de aquí.

En esta situación todo se complica. La línea temporal se rompe, sólo el presente importa, aquí y ahora. Trabajar y consumir. Nada más, no hay propuesta alternativa. En este tipo de no vida, se cultiva el miedo para evitar la búsqueda de lo distinto: para evitar que la imaginación traspase las fronteras del presente. Se cultiva el miedo como distracción, para evitar que la precariedad de nuestras vidas nos empuje a pensar en nuevas formas sociales que desborden lo diseñado para nosotros. Es por eso que en las situaciones de miedo se aprovecha para legitimar el poder a base de  leyes que no encuentran respaldo alguno; son sólo el resultado de una prueba de fuerza. Y esta fuerza no es más que la capacidad de infundir miedo, es decir, el método más rápido de lograr un control social necesario para que todo siga igual (o peor).  


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lunes, 2 de noviembre de 2020

LUCROPATÍA: La enfermedad que nos matará

Vivimos en la agitación constante, en un vertiginoso ir y venir sin saber de dónde partimos ni hacia dónde vamos. Ni siquiera la actual situación ha conseguido modificar en lo esencial esta situación (entre otras cosas por esto nunca vamos a salir mejor de nada tal y como algunos auguraban allá por el mes de marzo) Es más, se ha generado un estado tal de angustia ante las dificultades para seguir sobreviviendo en esta jungla que la agitación se ha transformado en un cóctel de resignación nerviosa y miedo. Porque, a pesar de todo, se mantiene la esperanza de la salvación individual. A lo sumo, de la salvación de los nuestros. Seguimos manteniendo un esquema mental de ganancia; un marco de referencia donde los puntos cardinales son la obtención del beneficio (del tipo que sea y a costa de quien sea) y su consecuente falta de interés, de amor para con el otro.

Vivimos en la sociedad de la ganancia y del interés, en la que todo gira en torno a la posibilidad de obtener un diferencial positivo de cada acción realizada. Esto es algo bastante obvio en la esfera económica puesto que está en la base del propio capitalismo. Este faro que ilumina todo el funcionamiento del sistema económico está íntimamente alimentado con el concepto de propiedad, puesto que para obtener una ganancia, un beneficio hay que poseer algo con lo que poder interactuar.

Lo lamentable es que esta forma de pensar la tenemos metida hasta el tuétano. La hemos aceptado y asimilado como si fuera algo natural. De este modo, ya no es posible (o casi, eso espero) concebir ninguna idea o propuesta fuera de ese marco mental. Por el contrario todo lo que aquí cabe es factible, deseable por nosotros. Así nos va.

Damos por bueno todo lo que ayuda a mantener en pie la posibilidad de seguir viviendo bajo esa premisa. El miedo a que, en algún momento, se disuelva la opción de obtener una ganancia (aunque sea en un plazo de tiempo más o menos largo) nos atenaza. Nos hace obedecer incluso en momentos en que esa obediencia nos condena a ser los eternos perdedores.

Porque seamos claros. Hay una enfermedad que está matando a miles de personas por todo el mundo. Desgraciadamente, nada nuevo bajo el sol. Pero bajo ningún concepto es más grave ni más mortal que muchísimas otras cuestiones (enfermedades o no) que matan a millones de personas cada año por todo el globo. Jamás se han tomado medidas tan drásticas ni tan severas contra ninguna de ellas.

Esto va más allá, mucho más allá, de la preocupación por la salud. No hay que ser muy avispado para ver que el control social, el sometimiento de la población va muy por delante de la salud.

Tal vez el hecho de que nos enfrentamos al final de una era (lo que no quiere decir que lo que está por venir sea mejor, de hecho, todo apunta a lo contrario) con la crisis climática; el agotamiento del modelo extractivo; la economía virtual sustentada en castillos de naipes y el absoluto desprecio por cualquier forma de vida, incluida la humana, hacen que la lucropatía (obsesión por la ganancia) imperante entre aquellos que tienen verdadero poder de decisión ponga en marcha todos los recursos de los que disponen para asegurar su parte del pastel.

El paradigma del beneficio se impone de nuevo. La acumulación de la riqueza en manos de unos pocos se acelera mientras se encargan de repartir las culpas del desastre sobre las personas. Individuos cada vez más aislados, más débiles pero que, a pesar de todo, mantienen la esperanza de volver a ser ganadores algún día y asumen su parte en este macabro juego.

Penden las cifras de enfermos y muertos sobre nuestras cabezas. Es una losa demasiado pesada como para no agacharla. Obedecer por miedo a perder (la vida, el trabajo, la familia, amigos…). Obedecer por no tener alternativas. Obedecer con la esperanza del algún día mandar.

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domingo, 4 de octubre de 2020

¿ESTADO FALLIDO? NI DE LEJOS


Todos los focos apuntando, escenario dispuesto con tropecientas banderas y sendos atriles. Entran los protagonistas principales de la representación y, nuevamente, asistimos a la reproducción de la enésima patochada del poder político.

A partir de ahí, corre como la pólvora (gracias a los medios de desinformación masivos) la idea de que estamos ante la imagen de un Estado fallido.

Me llega el mensaje, no vivo ajeno al mundo dentro de una burbuja de cristal. Me ilusiono, ¿y si fuera verdad? Tanto tiempo esperando a que aparezca esa ventana, esa grieta por donde entrar como elefante en cacharrería. No, no puede ser. Digo yo que algo hubiera notado. No sé si el mundo descomponiéndose a mi alrededor, pero algo sí.

En lo cercano, lo que se nota es más bien otra cosa. Sobre todo, miedo y resignación.

Mucha gente viviendo con mucho miedo. Miedo a la muerte retransmitida 24/7 por los medios. Haciendo imposible desplazarla de la mente de la población. Sobre todo, gente mayor que ha acabado por renunciar a casi todo lo que mantenía viva la llama (familia, amigos, actividades varias…) Miedo a lo queda por detrás de la omnipotente pandemia. Paro, hambre, vidas derruidas… Pero también veo resignación, mucha. Y ésta por parte de todos. La jodida resignación que parece acompañarnos durante toda nuestra vida pero con un matiz especial. Algo que la hace diferente. Tal vez sea que mucha gente de la que se creía a salvo, invencible en su status autoproclamado de clase media se siente amenazada por primera vez. Unos ven como han tenido que renunciar a las chucherías consumistas (viajes baratos revestidos de experiencias vitales, ocio nocturno de consumo sin fin…) O tal vez sea que, además, han empezado a verle las orejas al lobo y se están dando cuenta del lugar que ocupa cada uno en la lista de los prescindibles del sistema. Muchos se han dado cuenta que son carne de sacrificio si la oportunidad política lo requiere. O mejor dicho, si el beneficio económico así lo indica. Porque, nuevamente, la economía (la suya claro) está por encima de todo, incluso de la vida. Todas las medidas que se toman, se hace en base a criterios económicos, en base al beneficio de unos pocos. Sucede siempre. Hay que salvar la economía como sea, si por el camino mueren unos miles que más da, que así sea. Así ha sido siempre.

 

Estado fallido dicen. Menudos caraduras (o que grandes profesionales según como quieras verlo) El Estado funciona a toda máquina. Sigue legislando en beneficio de los suyos (un pequeño ejemplo aquí) y machacando al pobre, al trabajador (aquí, aquí)Sigue ostentando el monopolio absoluto de la violencia y no reparando en gastos ni acciones porque ya sabemos todos que al virus se le derrota a cañonazos con el ejército en la calle y la policía en plan comando. Por si fuera poco, mientras mantiene al personal preocupadísimo con sus disparates diarios, también en lo judicial van haciendo lo suyo (aquí y aquí) El Estado se mantiene en forma. Se siente tan fuerte que ya no se esfuerza en mantener la mascarada de social y de derecho. Es en estos momentos cuando se muestra sin reparos, sin fisuras. Mientras se suceden las payasadas políticas, el verdadero Estado, el que funciona sin distinción de quienes sean sus caras visibles, se mantiene con gran fortaleza y puño de hierro. Pese a lo que pueda parecer nada está fallando.

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martes, 1 de septiembre de 2020

OJALÁ SER LA CONSPIRACIÓN

En la última entrada publicada en el blog hay un comentario dónde me acusan de formar parte del engaño de la pandemia. Está publicado sin respuesta porque no sabía qué podía decir ante eso. Al parecer ahora todo es conspiración. Da igual cuál sea tu posición, formas parte de la conspiración.

Conspiración: entendimiento secreto entre varias personas con el objetivo de derribar el poder establecido.

Ahí me quedé pensando que ojalá hubiera una conspiración en el sentido estricto de la palabra. Me encantaría formar parte de ella. Es más, considero que es imprescindible a día de hoy si queremos que exista un mínimo futuro para lo que llamamos humanidad, debemos formar parte de esa conspiración. Hay que derrocar el poder establecido, sin excusas pero también sin margen de error. No podemos permitirnos caer en antiguos (o no tan antiguos) fallos, no se trata de sustituirlo, ni de asaltarlo ni de modificarlo. La esperanza sólo se transformará en posibilidad si lo erradicamos por completo. Y aun así…

Ya me gustaría formar parte de ese entendimiento secreto. Me conformaría simplemente con atreverme a tomar esa decisión si algún día tuviera la posibilidad y desprenderme así, con ese acto, de los temores cotidianos a los que estamos sometidos. Desearía tener la fuerza, la energía, el coraje y todo lo necesario para llevar a cabo la Conspiración, así con mayúsculas. Por el momento, a duras penas consigo mantener la cabeza fuera del agua. Apenas unos centímetros por encima de un lodazal en que ya casi no reconozco a nada ni a nadie y por el que me voy hundiendo junto al resto de mis congéneres. Esto es un sálvese quien pueda, o más bien y como siempre, un sálvense los ricos y poderosos y jódanse el resto. El problema ahora es que casi todos piensan como si fueran ricos, como si tuvieran algún tipo de poder sobre sus vidas. No se dan cuenta que el nivel del agua apenas les llega unos pocos centímetros más abajo que a los que lo tienen todo perdido.

A pesar de todo trato de mantener los ojos bien abiertos y la mente despejada no sea caso que la Conspiración pase cerca de mí y no la presienta y la deje escapar sin más. No podría perdonármelo, no podría mirar a los ojos de mis seres queridos sin sentir que los he traicionado, que los he vendido por un puñado de monedas.

Qué más quisiera yo que formar parte de la Conspiración.

Ojalá ser la Conspiración.


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viernes, 26 de junio de 2020

¿ES LA DEMOCRACIA UNA DISTOPÍA?

De forma recurrente hablo y, de vez en cuando, escribo sobre la necesidad de recuperar la utopía como elemento central en el pensamiento crítico. No sólo por la necesidad personal de cada cual de ir atisbando un horizonte hacia el que caminar, sino como contraposición a una realidad cuyos elementos se vuelven cada vez más distópicos, más inhabitables. Existen infinidad de esos elementos que nos afectan, que condicionan nuestra vida durante cada segundo de nuestra existencia. Y ante los cuales hay que empezar por resistir para poder existir. Sin embargo, hay un elemento que probablemente engloba a todos, o prácticamente a todos los otros, y que rara vez es situado en la lista de elementos distópicos, de aspectos sobre los que al menos es necesario reflexionar y poner en tela de juicio.
Este elemento es la democracia, sí la sacrosanta democracia.

La democracia es el marco en el que los miembros de las sociedades que se consideran a sí mismas como ideales, tenemos para desenvolvernos. Lo domina todo, incluido el lenguaje con el que formamos los conceptos, las ideas con las que performamos nuestras vidas. Utilizamos ese lenguaje para describir aquello que nos incomoda, que nos crea malestar, que nos oprime. También para delimitar aquello que anhelamos, a lo que aspiramos. De esta forma, sin darnos cuenta, se impone un modelo de vida que es incapaz de transgredir los márgenes que nos ofrecen. Se coloniza nuestro interior al mismo tiempo que esa colonización tiene su reflejo en el mundo exterior, donde la fuerza es utilizada de forma más o menos explícita, para imponer ese modelo basado en la libertad. Una libertad que como mucho es un mal sucedáneo del ejercicio de la misma. Una libertad que como todo en esta vida es definida dentro de los límites de lo democrático, es decir, de lo asumible.

A partir de ese momento, no es posible imaginar nada mejor que la democracia. Tal vez podamos imaginar cómo mejorar algunos aspectos concretos (eso que unos llaman regeneración democrática, otros tal vez lo llamen democracia digital, tal vez si siguiéramos buscando podríamos hallar docenas de denominaciones para otros tanto modelos de mejora democrática). Pero, desde luego, lo que no somos capaces de vislumbrar es un sistema superador de la democracia. Es posible que esto se deba a que tenemos la creencia, transmitida de generación en generación de que la única alternativa a la democracia es la dictadura y ésta es, sin duda, el peor de los males. No lo pongo en duda. No deseo una dictadura de ningún tipo a nadie. Ahora bien, eso no implica que le desee un sistema democrático. Porque como decía, no quiero dictaduras y las democracias no dejan de ser dictaduras sociales en las que se imponen, como siempre, los intereses de una minoría. Así ha sido desde su origen.
Siempre se habla de la democracia ateniense como el principio del sistema hace ya unos cuantos siglos. Pero ya en ese momento, el gobierno del pueblo no era más que el gobierno de los poseedores, de los propietarios, hombres. Ni mujeres ni esclavos.
Hasta llegar a nuestros días, la democracia ha ido variando, construyéndose siempre respondiendo a una correlación de fuerzas muy desiguales entre aquellos que poseían la riqueza y los que no. Siendo así, no es de extrañar que en cualquiera de las diferentes manifestaciones que la democracia ha ido mostrando siempre hayan respondido a los intereses de unos pocos.
Pero si algo confiere de forma definitiva esa pátina distópica a la democracia es su carácter omnipresente. Jamás ha habido un modelo de gobierno tan intrusivo como la democracia que pretende abarcar todos los aspectos de la vida. Pretende legislarlo todo hasta lo más íntimo. Y lo que es peor, siempre con criterios económicos. Siempre con el beneficio en mente. Esto la ha convertido en el sistema ideal para el desarrollo del capitalismo ya que ha conseguido que un modelo económico nacido para el beneficio de los Estados se haya convertido en un elemento autónomo situado por encima de los Estados mismos. Esto explica en gran medida el porqué de la supremacía del modelo democrático y de su incuestionabilidad.

Además, la democracia es considerada como un sistema moralmente insuperable ya que es ni más ni menos que la representación del interés popular. Aunque es evidente que la única representación existente es la de los intereses de aquellos que poseen la riqueza sigue siendo, aparentemente, irrefutable esta afirmación. Al fin y al cabo, el pueblo elige libremente a sus representantes así que no hay nada que objetar. Es tal su grado de perfección moral que continuamente se inician guerras alrededor del mundo en su nombre. Se trata de imponer la perfección del sistema allá donde todavía se muestren indecisos ante él. Por supuesto, es todo por el bien del pueblo aunque para ello haya que asesinar al propio pueblo. La democracia pretende ser el único modelo posible. Su democracia debe ser para todos, sin excepción.

Democracia o barbarie. Podría ser el eslogan de los tiempos y, no obstante, no parece que la barbarie haya desaparecido ni mucho menos en los países democráticos. Basta ver cualquier informe (o abrir los ojos a tu alrededor si no es que tú mismo la sufres en primera persona) escogido al azar del organismo oficial que se quiera sobre condiciones de vida para ver la lamentable situación en que se encuentran las sociedades democráticas. Sirvan como ejemplos los de EEUU, donde las desigualdades sociales y todo lo que conllevan son abismales o la propia España, donde la pobreza alcanza a un tercio del total de la población. Podríamos fijarnos en el acceso a la vivienda, o a la educación, o a la sanidad o cualquier otro parámetro que se nos ocurra para ver qué intereses defiende la democracia.


Tal vez no presente los niveles brutales de represión pura y dura de las dictaduras (cuyo recuerdo facilita mucho más la imposición democrática) pero de ahí a la perfección como sistema de organización social hay un abismo. Hay margen para poder, al menos, confrontarla, para incluir, al menos,  esta oposición en el marco de nuestra conciencia. Es posible que estos sean buenos tiempos para ello. Tal vez esta nueva normalidad de la que tanto hablamos incluya la posibilidad de responder a la pregunta que encabeza este escrito. En caso de una respuesta afirmativa, estaremos más cerca de nuestro sentir. Y eso sí que es moralmente positivo.
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