lunes, 3 de febrero de 2020

LA IMPRESCINDIBLE CURIOSIDAD

El tema de la educación vuelve de nuevo a la palestra como no puede ser de otra manera. Es una cuestión primordial tanto para los que pretenden perpetuar el orden social, como para los que tratan de subvertirlo desde la convicción de que un individuo formado e informado será más proclive a luchar por otra forma de vivir más justa con todos y para todos. Para mí, es una cuestión recurrente en mi vida, tanto en lo personal como padre, como en lo profesional donde colateralmente me veo involucrado en el asunto. En otras ocasiones he reflexionado sobre el sistema educativo pero ahora necesito hacerlo sobre algo más particular. Más allá de sistemas de enseñanza y alternativas varias me interesa la cuestión de cómo el Estado, el Poder se ha otorgado el derecho de educarnos y nos ha impuesto la obligación de ser instruidos. Si pensáis que esto es un alegato pro pin parental, estáis perdiendo el tiempo. Ahora bien, más allá de los delirios criptofascistas, la cuestión da para darle una vuelta. No se trata de establecer la propiedad de los hijos, la sola premisa de establecer la propiedad de un ser humano me parece aberrante. Se trata de vislumbrar la ruindad que supone delegar en el Estado, en el Poder con mayúsculas en última instancia algo que a priori parece fundamental.

Si algo tengo claro es que el ser humano es curioso por naturaleza. Desde el primer momento es algo que nos define. Basta pasar tiempo con niños pequeños para observar esto. Esta curiosidad nos lleva inevitablemente a aprender. Por tanto, aprender forma parte de nuestro ser. Sin necesidad de caer en esencialismos, se puede decir que aprender forma parte importante de lo humano.

Sin embargo, parece que esta curiosidad innata no es ni de lejos suficiente para aprender todo lo que necesitamos saber. Al menos eso opina el Estado que es el que decide el qué, el cómo y el cuándo debemos aprender. Así al menos veo yo el sistema educativo más allá de grandes profesionales que se esfuerzan cada día en poner por delante los intereses del alumnado a los objetivos del sistema de enseñanza. La realidad escolar se esfuerza en remarcar cada día donde reside la fuente del saber. Aprender es algo que nos permite la institución educativa, ya no es una cuestión natural. Todo saber extraoficial no tiene ninguna validez. La titulación es lo único que certifica tu conocimiento. No eres nada sin un certificado expedido por la autoridad. La escuela se convierte en el gestor de la sabiduría, nada escapa a su control. Es la encargada de la distribución de méritos entre el alumnado, méritos que marcaran el devenir de cada uno en un sistema altamente estratificado. Es obvio que no sirve (ni jamás lo ha pretendido) para alcanzar los peldaños elevados de la escala social pero a pesar de todo, continúa siendo válido para tratar de subir algún pequeño peldaño social. La titulitis es una plaga del siglo XXI y muchos son los que la padecen al tiempo que sufren en sus propias carnes la decepción de las promesas incumplidas.

Como decía al principio, nos obligan a instruirnos, no a poder educarnos, sino a instruirnos. Nos necesitan de esta manera y así es como lo hacemos todos sin excepción. Es la forma más rápida y segura de aprender que no somos capaces de gestionar nada ni siquiera algo tan innato como la curiosidad y el aprendizaje sin una autoridad externa que nos dirija. Y así andamos, con la curiosidad muerta y asintiendo a izquierda y derecha según les convenga.

Afortunadamente, siempre hay excepciones. Luchas, esfuerzos e interés en que las cosas sean de diferente manera. Eso es indiscutible aunque sea muy difícil realizarlo tanto desde dentro de la institución como desde fuera. Por suerte (creo) la escuela no es la única vía de aprendizaje y socialización. Aunque las otras (familia, iguales y medios de comunicación) no son garantía de nada. Están tan inmersas en la sociedad como la escuela y, por tanto, forman parte de la misma unidad que reproduce generación tras generación el mismo patrón social.

La cuestión es cómo conjugar nuestras ganas de aprender, nuestro espíritu curioso con la necesidad de saber movernos en un mundo en el que no estamos solos y que se mueve a una velocidad de vértigo con unos condicionantes cada vez más extremos para la supervivencia. Y cómo hacerlo sin la necesidad de una autoridad ajena que nos dirija en cada momento. Combinar ambas vertientes parece difícil en una sociedad depredadora que no mira atrás y cuya máxima es seguir reproduciéndose hasta la extinción. Pero mantener la curiosidad es imprescindible para pensar siquiera la utopía. Para ser capaces, al menos de visualizarla, de acariciarla en nuestro interior. Sin esa íntima percepción, no hay nada que hacer.

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